La novela picaresca: el lazarillo de tormes






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Nuevo sesgo de la locura de don Quijote: los desdoblamientos.

Molido y sin poder moverse después de la paliza recibida, la locura de don Quijote adquiere una característica nueva: el protagonista de la novela se imagina ser otra persona. Recordando los romances del Marqués de Mantua se figura que él no es don Quijote sino Valdovinos, personaje que se halló en un trance parecido. Acierta a pasar por allí un labrador vecino suyo, Pedro Alonso, quien reconoce al «señor Quijana» y lo socorre caritativamente. Don Quijote se imagina que su vecino es el Marqués de Mantua y le habla con versos de los romances. Poco después, cuando el vecino lo ha cargado en su asno y lo conduce a la aldea, don Quijote se figura que él es el moro Abindarráez y Pedro Alonso don Rodrigo de Narváez, personajes de la

novela morisca Historia del Abencerraje y de la hermosa Jarifa. Don Quijote sufre, pues, dos desdoblamientos de su personalidad, sesgo nuevo de su locura, pero que será pasajero, pues sólo se volverá a dar al principio del capítulo 7 de esta primera parte, cuando se figurará ser Reinaldos de Montalbán. Este es un aspecto esporádico de la locura de don Quijote. Cervantes, a partir del capítulo citado, enmendará esta nueva técnica, y a lo largo de toda la novela don Quijote será siempre don Quijote.
El «Entremés de los romances».

Probablemente entre los años 1588 y 1591 un escritor anónimo, sin duda perteneciente a un grupo hostil a Lope de Vega, escribió una breve pieza teatral, el Entremés de los romances, en la que un infeliz labrador llamado Bartolo enloquece de tanto leer el Romancero y se empeña en imitar la actitud, el lenguaje y las hazañas de sus héroes. Se hace soldado y, acompañado de su escudero Bandurrio, sale en busca de aventuras. Quiere defender a una pastora a la que importuna un zagal, pero éste se apodera de la lanza de Bartolo y le da una gran paliza y le deja tendido en el suelo. Bartolo se acuerda entonces del romance del Marqués de Mantua y recita precisamente los mismos versos que Cervantes pone en boca de don Quijote después de la aventura de los mercaderes toledanos:

¿Dónde estás, señora mía

que no te duele mi mal?

Y cuando la familia de Bartolo llega para auxiliar al pobre loco, éste se imagina que quien acude es el Marqués de Mantua y le saluda:

¡Oh noble Marqués de Mantua,

mi tío y señor carnal!

El parecido entre el Entremés de los romances y el capítulo 5 de la primera parte del Quijote es tan evidente que no hay duda ¿e que existe una relación directa: Bartolo, loco por la lectura de los romances, y don Quijote, loco por la lectura de los libros de caballerías, no tan sólo se comportan de un modo similar sino que ambos, después de haber caído del caballo y recibir una paliza con su propia lanza, se lamentan con los mismos versos. Los cervantistas del siglo pasado creyeron que el entremés constituía la primera imitación del Quijote; actualmente, en cambio, los críticos más solventes consideran que el fenómeno es inverso, y que Cervantes pudo leer o presenciar alguna representación del Entremés de los romances, y que ello le sugirió algún aspecto de su gran novela y, concretamente, la materia desarrollada en el citado capítulo 5. Esto, a su vez, explicaría el nuevo sesgo de la locura de don Quijote: Cervantes, fuertemente impresionado por la breve pieza teatral, adoptaría pasajeramente la técnica de los desdoblamientos de la personalidad, que abandonará muy pronto.

En nada merma el mérito ni la invención del Quijote el hecho de que Cervantes se haya inspirado en obra de tan poca importancia y de tan escaso valor literario como es el Entremés de los romances. El novelista supo elevar aquella endeble muestra de literatura bufa a un superior plano artístico.
En la literatura francesa ocurre algo similar, ya que la gran obra de Francois Rabelais se inspiró en un librillo anónimo, ayuno de todo valor literario, llamado Grandes et inestimables crocniques du grant et enorme géant Gargantua. Y en el caso concreto de Cervantes su deuda al Entremés de los romances es mucho menor que la de Rabelais al citado libro anónimo
El escrutinio de los libros y final de la primera salida de don Quijote.

Pedro Alonso lleva a don Quijote a su aldea. Su ausencia había producido la natural intranquilidad a la sobrina del hidalgo y al ama que cuidaba de la casa, quienes habían compartido sus angustias y temores con el cura y el barbero del lugar, y todos habían llegado a la consecuencia de que la locura de don Quijote era debida a la lectura de libros de caballerías. Una vez ha vuelto don Quijote, y mientras éste duerme profundamente, el cura y el barbero proceden a examinar los libros que llenaban la librería o biblioteca del hidalgo. Se trata de un capítulo (1, 6) dedicado exclusivamente a la crítica de novelas y de libros de poesía, que el cura va comentando y juzgando según, naturalmente, las ideas y gustos de Cervantes. La mayoría de los libros son quemados por el ama en el corral de la casa; pero algunos de ellos se salvan de la condena (el Amadís de Gaula, el Palmerín de Inglaterra, el Tirante el Blanco), así como ciertas novelas pastoriles. Entre éstas aparece «La Galatea de Miguel de Cervantes», de quien dice el cura que hace años que es gran amigo suyo y que sabe «que es más versado en desdichas que en versos» (en lo que hay un evidente juego de palabras). Respecto a la Galatea afirma el cura que es libro que «tiene algo de buena invención; propone algo, y no concluye nada», pero que hay que esperar la publicación de su segunda parte para juzgarlo (como es sabido, la segunda parte de la Galatea, varias veces prometida por Cervantes, no llegó a aparecer nunca). Adviértase este curioso aspecto del Quijote: la aparición en la novela del propio novelista, ahora como un escritor amigo del cura, uno de los personajes de la ficción; luego irrumpirá él mismo en la obra. Como sea que en este escrutinio no figura ningún libro cuya primera edición sea posterior a 1591, hay fundadas razones para creer que Cervantes escribió este capítulo (lo que equivaldría a decir que comenzó el Quijote) aquel año o en los dos inmediatamente siguientes.

Se ha supuesto que, tras el escrutinio y quema de los libros de¡ hidalgo, se acababa una primera versión del Quijote, concebido como novela breve al estilo de las Novelas ejemplares. En efecto, estos seis primeros capítulos que constituyen la primera salida del protagonista tienen una evidente unidad por, sí solos. Se trataría de una breve narración, muy similar al Entremés de los romances, en la cual un hidalgo enloquecería leyendo libros de caballerías, sería burlescamente armado caballero, deferidería a Andrés de las iras de Juan Haldudo y finalmente sería apaleado por los mercaderes y recogido por Pedro Alonso y vuelto a su aldea. La condena e incineración de los libros de caballerías, causantes del daño, cerrarían esta novelita. No obstante, todo esto no pasa de ser una conjetura, y afortunadamente Cervantes siguió adelante.
SEGUNDA SALIDA DE DON QUIJOTE

(Primera parte, capítulos 7 a 52)

Sancho Panza,

Don Quijote no podía vagar solo por los caminos de España, pues el novelista se veía obligado a hacerle pronunciar largos soliloquios que nos revelaran sus impresiones, sus estados de ánimo y su talante. El don Quijote de la primera salida queda un poco apartado de nosotros porque lo seguimos únicamente a través de los datos que objetivamente nos ofrece el escritor y de sus desvaríos. Ahora, al salir por segunda vez de su casa, don Quijote lo hará acompañado «de un labrador vecino suyo, hombre de bien - si es que este título se puede dar al que es pobre -, pero de muy poca sal en la mollera» (1, 7). Sancho Panza no será siempre así, y en la pluma de Cervantes irá evolucionando, no tan sólo porque el escritor lo perfilará y lo matizará con inigualable acierto, sino también porque a este ignorante labrador se le irá pegando el ingenio de don Quijote e incluso llegará a contagiarse de su locura. Sancho se decide a acompañar a don Quijote en calidad de escudero, aunque no tiene una idea muy clara de lo que esto significa (y de hecho será, y se considerará, un criado del hidalgo), y acuciado por la promesa de las ganancias y botines que su amo adquirirá en sus aventuras, sobre todo el gobierno de una «ínsula». Tampoco sabe exactamente Sancho qué es una ínsula, pues se trata de un término arcaico que aparecía con frecuencia en los libros de caballerías. Cuando Sancho, en la segunda parte de la novela, vea realizado su sueño, aunque todo ello no sea más que una breve farsa, su ínsula estará en el centro de Aragón y nada tendrá de isleño.

Es posible que Cervantes eligiera el nombre del escudero criado de don Quijote en atención a un modismo de la época: «Allá va Sancho con su rocino», que se aplicaba a dos personas que siempre iban juntas; modismo muy antiguo, pues el Marqués de Santillana, en sus Refranes que dicen las viejas tras el fuego, incluye el siguiente: «Fallado ha Sancho el su rocín».

Lo importante es que a partir de este capítulo 7 ha aparecido en el Quijote la inmortal pareja y con ella el constante y sabroso diálogo. Gracias a este diálogo entraremos a fondo en el alma de don Quijote, y su

constante departir con Sancho será un eficaz contraste entre el sueño caballeresco y la realidad tangible, la locura idealizadora y la sensatez elemental, la cultura y la rusticidad y también la ingenuidad y la cazurra picardía. La figura de ambos se presta también al contraste: don Quijote seco y delgado, montado en su escuálido caballo, y Sancho gordo y chaparro, siempre acompañado de su asno.
Los molinos de viento.

Uno de los episodios más conocidos del Quijote, y que ha sido objeto de infinidad de manifestaciones gráficas, es la aventura de los molinos de viento (I, S). Don Quijote montado en Rocinante y Sancho en su jumento llegan, en su vagar, ante treinta o cuarenta molinos de viento, que el primero imagina ser unos desmesurados gigantes que agitan amenazadoramente los brazos, con gran sorpresa del segundo, que intenta convencer a su amo de la realidad. Don Quijote, como en la primera salida, sigue desfigurando la realidad para acomodarla a sus fantasías caballerescas, pero ahora tiene a su lado a Sancho, que inútilmente intentará sacarle de su error. Desoyendo las advertencias de éste, don Quijote acomete los molinos con su lanza, y caballo y caballero son derribados por la fuerza de las aspas que giran impelidas por el viento.

En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:

-La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de obre la faz de la tierra.

-¿Qué gigantes? -dijo Sancho Panza.

-Aquellos que allí ves -respondió su amo - de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.

-Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.

-Bien parece -respondió don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna, eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en voces altas:

-Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.

Levantóse en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:

-Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.

Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.

-¡Válame Dios! -dijo Sancho-. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?

-Calla, amigo Sancho - respondió don Quijote-; que las cosas de la guerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo, han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.

-Dios lo haga como puede -respondió Sancho Panza.

Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba. Y, hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del Puerto Lápice, porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero; sino que iba muy pesaroso por haberle faltado la lanza; y, diciéndoselo a su escudero, le dijo:

-Yo me acuerdo haber leído que un caballero español llamado Diego Pérez de Vargas, habiéndosele en una batalla roto la espada, desgajó de una encina un pesado -amo o tronco, y con él hizo tales cosas aquel día y machacó tantos moros, que le quedó por sobrenombre Machuca, y así él como sus decendientes se llamaron desde aquel día en adelante Vargas y Machuca. Hete dicho esto, porque de la primera encina o roble que se


me depare pienso desgajar otro tronco tal y tan bueno como aquel que me imagino, y pienso hacer con él tales hazañas, que tú te tengas por bien afortunado de haber merecido venir a vellas y a ser testigo de cosas que apenas podrán ser creídas.

-A la mano de Dios - dijo Sancho -; yo lo creo todo así como vuestra merced lo dice; pero enderécese un poco, que parece merced que va de medio lado, y debe de ser del molimiento de la caída.

-Así es la verdad -respondió don Quijote-; y si no me quejo del dolor es porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna, aunque se le salgan las tripas por ella.
Los molinos se han convertido en la mente de don Quijote en gigantes porque en 'los libros de caballerías abundan estos seres de monstruosas proporciones, muchas veces llamados «jayanes» (del francés antiguo jayant, moderno géant), y que casi siempre son perversos y causan gran daño a los hombres normales. El gigante es un elemento casi imprescindible del libro de caballerías desde sus inicios medievales (como Morholt, vencido por Tristán); y en las degeneraciones del género en el siglo xvi esta monstruosa especie prolifera enormemente. Los mismos nombres de los gigantes que aparecen en los libros de caballerías quieren ser tremebundos pero caen en lo ridículo, y a veces son sencillamente grotescos. Don Quijote, en sus constantes lecturas, había topado con gigantes llamados Anfeón, Carmadón, Bruciferno, Boralto Dragontino, Brutillón, Arrastronio el Bravo, Pronastor el Orgulloso, Grindalafo,' Furibundo, Astrobando (que cabalgaba en un elefante porque ningún caballo podía soportar su peso), Mandanfabul, Calfurnio, Baledón, Bravorante (que se había criado con leche de tigre y se alimentaba con carne de fieras), Pacanaldo, Cartaduque («el jayán de la Montaña Defendida»), Daliagán de la Cueva Oscura, Frandamón el Desmesurado, Galpatrafo, Luciferno de la Boca Negra, Pasaronte el Malo, Marisgolfo, Mondragán el Feo, Bracamonte el Espantable, Mordacho de las Desemejadas Orejas, Serpentino de la Fuente Sangrienta, Nabón el Negro, Candramarte, Tenuronte el Malo, etc.

Don Quijote tenía estos terribles nombres en la cabeza y sabía que los caballeros andantes habían luchado contra tan desmesurados seres y los habían vencido. Véase, como muestra
... El jayán le dijo: -Cativo caballero, ¿cómo osas atender tu muerte, que te no verá más el que acá te envió? Y aguarda y verás cómo sé ferir de maza-. Galaor fue sañudo y dijo: -Diablo, tú serás vencido y muerto con lo que yo trayo en mi ayuda, que es Dios y la razón-. El jayán movió contra él, que no parescía sino una torre. Galaor fue a él con su lanza baja al más correr de su caballo y encontróle en los pechos de tal fuerza que la una estribera le hizo perder, y la, lanza quebró. El jayán alzó la maza por lo ferir en la cabeza, y Galaor pasó tan aína que lo no alcanzó sino en el brocal del escudo, y quebrando los brazales y el tiracol ge lo fizo caer en tierra, y a pocas Galaor hobiera caído tras él; y el golpe fue tan fuerte dado, que el brazo no pudo la maza sostener y dio ' en la cabeza de su mismo caballo, así que lo derribó muerto, y él quedó debajo. Y queriéndose levantar, habiendo salido dél a gran afán, llegó Galaor y diole del pechos del caballo y pasó sobre él bien dos veces antes que se levantase; y a la hora tropezó el caballo de Galaor en el del gigante, y fue a caer de la otra parte. Galaor salió dél luego, que se veía en aventura de muerte, y puso mano a la espada que Urganda le diera, y dejóse ir al jayán que la maza tomaba del suelo, y diole con la espada en el palo della y cortóle todo, que no quedó sino un pedazo que le quedó en la mano, y con aquél le firió el jayán de tal golpe por cima del yelmo que la una mano le fizo poner en tierra, que la maza era fuerte y pesada, y el que feria de gran fuerza y el yelmo se le torció en la cabeza. Mas él, como muy ligero y de vivo corazón fuese, levantóse luego y tornó al jayán, el cual le quiso ferir otra vez; pero Galaor, que mañoso y ligero andava, guardose del golpe y diole en el brazo con la espada tal ferida que ge lo cortó cabe el hombro, y descendiendo la espada a la pierna, e cortó cerca de la meitad. El jayán dio una gran voz y dijo: - ¡Ay, cativo, escarnido soy por un hombre solo! Y quiso abrazar a Galaor con gran salía, mas no pudo ir adelante por la gran ferida de la pierna, y sentóse en el suelo. Galaor tornó a lo ferir, y como el gigante tendió la mano por lo trabar, diole un golpe que los dedos le echó en tierra con la meitad de la mano; y el jayán, que por lo trabar se había tendido mucho, cayó, y Galaor fue sobre él y matólo con su espada y cortóle la cabeza (Amadís de Gaula, I, 12).
Relatos de este tipo habían excitado la imaginación de don Quijote: es natural que al ver los molinos de viento se imaginara que se hallaba frente a terribles gigantes, con los que podría luchar y a los que podría vencer como Galaor y tantos otros caballeros andantes.
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