La novela picaresca: el lazarillo de tormes






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INSTITUTO SUPERIOR DE COMERCIO

DPTO. LENGUAJE Y COMUNICACIÓN

PUNTA ARENAS
GUÍA MAESTRA

TERCEROS MEDIOS 2010
SEGUNDA PARTE:
EL VIAJE COMO TEMA LITERARIO



Aprendizajes esperados

Los alumnos y las alumnas:

• Reconocen en una variedad de obras literarias de diversas épocas el tema del viaje como símbolo de la existencia humana y representativa de una aspiración a la evolución social, ética u ontológica en ella.

• Reconocen las principales formas del viaje en la literatura considerando una variedad significativa y representativa de obras de diversas épocas y las comparan atendiendo a sus características de forma y contenido.

• Identifican el carácter argumentativo de tales obras en el contexto histórico, social y cultural, propio de cada una de ellas, y las comparan atendiendo a las diferencias de tales contextos en relación con la visión de la realidad humana, de las formas genéricas, de las tendencias artísticas y del lenguaje y estilo empleados.

•Producen textos literarios (narraciones, poemas, escenas o diálogos dramáticos) estructurados con el tema del viaje en cualquiera de sus posibilidades de contenido y significación, como argumentaciones que fundamentan determinadas visiones y formas de vida más auténtica.

•Valoran la obra literaria como instrumento de conocimiento de la realidad general del ser humano y de sí mismo como tal, en aspectos psicológicos, sociales, étnicos, históricos, éticos y culturales.


PROFESORES:

OLIVERIO GARAY CARDENAS

CLAUDIO HARO DIAZ

VICTOR MANSILLA VERA


PUNTA ARENAS, NOVIEMBRE 2010
LA NOVELA PICARESCA: EL LAZARILLO DE TORMES
En 1554 se imprimió en Burgos, en Alcalá de Henares y en Amberes, un libro con el título de Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades. Hay razones para pensar que debió de existir una edición anterior, quizás de 1553, pero no se ha conservado ningún ejemplar de esta edición. El libro se hizo pronto popular y se reimprimió muchas veces. Su popularidad se extendió más allá de España, y fue traducido al francés (1560), al inglés (1576), al holandés (1579), al alemán (1617), al italiano (1622). Esta obra marcará el inicio de un nuevo género literario: la novela picaresca, de gran importancia en la literatura española del Siglo de Oro.

La novela picaresca

Al margen de la individualidad propia de cada obra, todas las novelas picarescas comparten una serie de características comunes que podrían resumirse en las siguientes.

1. El protagonista es el pícaro, categoría social, procedente de los bajos fondos que, a modo de antihéroe, es utilizado por la literatura como contrapunto al ideal caballeresco. Su línea de conducta está marcada por el engaño, la astucia, el ardid y la trampa ingeniosa. Vive al margen de los códigos de honra propios de las clases altas de la sociedad de su época. Su libertad es su gran bien. Una libertad condicionada por su ascendencia, que el protagonista relata al lector para que comprenda su norma de vida, condicionada o determinada, en parte, por sus coordenadas existenciales.
2. Carácter autobiográfico. El protagonista narra sus propias aventuras, empezando por su genealogía, que resulta ser lo más antagónica a la estirpe del caballero. La forma autobiográfica estará en función de la orientación de crítica social que ejercerá la novela picaresca; al proyectar el autor su personalidad sobre un personaje fictício, esto le permite exponer con mayor libertad sus propias ideas.
3. Una doble temporalidad. El pícaro aparece en la novela desde una doble perspectiva: como autor y como actor. Como autor se sitúa en un tiempo presente que mira hacia su pasado y narra una acción, cuyo desenlace conoce de antemano.
4. Estructura abierta. El pluralismo de aventuras que se narran podrían continuarse; no hay nada que lo impida, porque las distintas aventuras no tienen entre sí más trabazón argumental que la que da el protagonista.
5. Carácter moralizante. Cada novela picaresca vendría a ser un gran "ejemplo" de conducta aberrante que, sistemáticamente, resulta castigada. La picaresca está muy influida por la retórica sacar de la época, basada en muchos casos, en la predicación de "ejemplos", en los que se narra la conducta descarriada de un individuo que, finalmente, es castigado o se arrepiente.
6. Carácter satírico. La sátira es un elemento constante en el relato picaresco. El protagonista deambulará por las distintas capas sociales, a cuyo servicio se pondrá como criado, lo que le permitirá conocer los acontecimientos más íntimos de sus dueños. Todo ello será narrado por el pícaro con actitud crítica. Sus males son, al mismo tiempo, los males de una sociedad en la que impera la codicia y la avaricia, en perjuicio de los menesterosos que pertenecen a las capas más bajas de la sociedad.

I.- EL VIAJE COMO ASCENSO SOCIAL Y DESCENSO MORAL
EL LAZARILLO DE TORMES

TRATADO PRIMERO

El primer tratado comienza con Lázaro de Tormes contando la historia de su infancia. Su sobrenombre proviene del lugar donde nació, que fue el río Tormes. A los ocho años, su padre, Tomé González, fue acusado de robo y obligado a servir a un caballero en contra de los moros. Durante esta expedición perdió su vida.

Lázaro y su madre, Antona Pérez, se fueron a vivir a la ciudad donde ella le cocinaba a los estudiantes y le lavaba la ropa a los mozos de caballos del comendador de la Magdalena. Ella comenzó a tener relaciones con un mozo llamado Zaide, y Lázaro aceptó la relación entre ellos porque notó que él traía mejor comida a la casa. Luego, nació el hermano por parte de madre de Lázaro, pero la felicidad les duró muy poco, porque Zaide robó y fue capturado y azotado.

En un mesón conoce su madre a un ciego, al que le pareció que Lázaro le servía como guía. Su madre le dio permiso y Lázaro partió junto al ciego. El ciego era muy astuto y, más que cualquier otro, le enseñó a Lázaro lo difícil que era la vida. El ciego, también, era muy avaro y apenas le daba de comer. Cuando finalmente Lázaro se cansa de vivir con el ciego, éste engañó a su amo para que se diera contra un palo para poder salir de él.
TRATADO SEGUNDO

Este tratado Lázaro se encuentró con un clérigo. Lázaro acpetó el trabajo que le propuso el clérigo. A Lázaro no le fue muy bien en este trabajo, ya que el clérigo era avaro y no le alimentaba decentemente. Llegó el momento en el que Lázaro se cansó, y decidió robarle al clérigo el pan de la misa para poder comer. Para poder conseguir el pan, el sacó una copia de la llave del baúl dónde estaba el pan, y lo saco una noche, y se lo comió. Al el clérigo enterarse de ésto, decidió asegurar el baúl, pensando que eran ratones que se comían el pan, pero cuando encontró que era Lázaro, el lo despidió de su trabajo.
TRATADO TERCERO

Lázaro llegó a Toledo, donde, por quince días, vivió de limosnas. Un día, se encontró con un escudero de muy buena apariencia, quien fue su próximo amo. Su nuevo hogar fue una casa con poco alumbrado. La casa carecía de muebles. Lázaro entonces se dió cuenta que el escudero, aunque aparentaba ser un hombre de buena familia, en realidad era pobre. Para poder comer, Lázaro tuvo que mendigar, y darle parte de lo que recibía al escudero. Un día el gobierno de esa área prohibió el mendigar por las calles, y Lázaro, por suerte, consiguió comida a través de unas vecinas. El escudero estuvo sin comer por ocho días, hasta que consiguió un real para mandar a Lázaro a comprar

comida al mercado.

Más tarde los dueños de la casa del escudero vinieron a cobrar el alquiler de la casa, pero el escudero se excusó y desapareció. Lázaro se quedó una vez más sin amo.
TRATADO CUARTO

Las vecinas llevaron a Lázaro a dónde el Fraile de la Merced, su próximo amo. Al fraile le gustaba mucho caminar y visitar. Tanto caminaron Lázaro y el fraile que en ocho días Lázaro rompió su primer par de zapatos. El fraile fue el primer amo en regalarle un par de zapatos. Lázaro se cansó de seguirlo y lo abandonó.
TRATADO QUINTO

En este tratado, Lázaro se encuentra con un buldero. El buldero engañaba, junto a un alguacil, a la gente, tratando de convencerla para que creyeran en sus ideales. Por ejemplo, ellos hicieron un "drama" para que la gente creyera en los milagros. Después de cuatro meses Lázaro dejó al buldero, y siguió camino.
TRATADO SEXTO

Su próximo amo fue un maestro pintor de panderos, con el cuál duró muy poco. Una vez, Lázaro entró a una Iglesia, dónde se encontró con un capellán, siendo éste su próximo amo. El capellán le dió a Lázaro un asno y cuatro cántaros de agua para ir a vender agua por la ciudad. Este fue el primer trabajo que tuvo Lázaro dónde ganaba comisiones todos los sábados. Estuvo en esas condiciones por cuatro años, y, ahorrando poco a poco, pudo comprarse su primera espada y ropa usada. Después de haber mejorado Lázaro su apariencia , dejó al capellán y también dejó su oficio.
TRATADO SÉPTIMO

Después Lázaro se asentó con un alguacil. Duró muy poco con él, porque le pareció que el oficio de su amo era peligroso.

Llegó el día en el que el arcipreste de San Salvador vio a Lázaro y lo casó con una criada suya. Vivía muy bien con su nueva esposa, en una casa al lado del arcipreste. Luego comenzaron a formarse cuentos sobre su esposa y el arcipreste. La mujer de Lázaro lloró mucho por estos cuentos, pero Lázaro la tranquilizó. El decide no hacerle caso a los cuentos para que no hubiera una intervención en su felicidad. Finalmente llegó a un período de estabilidad en su vida, y para él no había nada mejor.
COMENTARIO EL LAZARILLO DE TORMES

La forma autobiográfica, rasgo común de todas las novelas picarescas, es la primera nota que caracteriza el relato de ficción del Lazarillo. Lázaro nos relata la historia de su vida: Lázaro nace en Salamanca, cerca del río Tormes, en el seno de una familia pobre, y desde niño se ve obligado a servir a varios amos (ciego, clérigo, noble, fraile, buldero, pregonero). Lázaro terminará independizándose y, ya hombre casado, disfruta de una situación que él considera próspera.

En este relato autobiográfico aparecen dos categorías temporales: un "ahora" que se explica a través de un "antes". Lázaro dirige su relato a una persona de rango superior ("Vuestra Merced"), a quien cuenta su "caso": las dudosas relaciones entre la mujer de Lázaro y el Arcipreste de Sant Salvador, cuya casa ella frecuenta. Este caso es el núcleo configurador en torno al cual se organiza la materia narrativa. La unidad estructural gira en torno a la convergencia de todo el pasado en el ser presente de Lázaro que cuenta su vida para justificar su "caso", un caso de honra. Lázaro no hace sino justificar una conducta moral muy particular aprendida de los labios de su madre: arrimarse a los "buenos", aquellos que le ayudan a sobrevivir.

Los sucesos fundamentales de su vida expresan el proceso educativo del protagonista, como una evolución pedagógica de perversión. Lázaro, hombre de vil origen, educado en la astucia y en el engaño por el ciego, busca una honra que le proporcione un provecho que, al fin, consigue, como nos relata en el "Tratado VII". En la novela hay dos planos narrativos: el del autor y el del protagonista; los dos planos se interfieren por medio de la ironía, aunque en dos sentidos diferentes: Lázaro cuenta su vida como si de un triunfo se tratase, mientras el autor cree todo lo contrario; Lázaro, desde su perspectiva, considera que ha llegado a buen puerto; para el autor, por el contrario, aquella situación es el colmo de la abyección.

En cuanto al estilo del Lazarillo, está escrito dentro del "estilo humilde", relacionado con la poética de los tres estilos (sublime, mediocre e ínfimo); el origen social de Lázaro exige al autor seguir las normas de la poética del estilo bajo. Cada estilo debía acomodarse a unos temas y a unos personajes para conseguir el "decoro", cualidad artística que consiste en hacer hablar a los personajes de acuerdo con su procedencia estamental. Por ello, el autor coloca al pícaro y al mundo que lo rodea dentro de una verosimilitud narrativa, en consonancia con su personalidad y el medio ambiente en el que vive. Esto se consigue intentando que la lengua sea un reflejo de este telón de fondo social; de ahí que abunden los vulgarismos y un estilo coloquial, con el que se intenta un acercamiento a la situación existencial del protagonista y de su medio ambiente.

II.- EL VIAJE COMO BÚSQUEDA DE IDEALES
PRIMERA SALIDA DE DON QUIJOTE

(Primera parte, capítulos 1 a 6)

Impresión y vaguedad en el nombre y patria del protagonista,

La novela se inicia con una descripción de las costumbres y estado del protagonista, hidalgo de unos cincuenta años y de mediana posición, que consumía sus menguadas rentas en la compra de libros de caballerías cuya lectura le entusiasmó de tal modo que le llevó a la locura. Cervantes, tan preciso y detallista en los puntos esenciales de la narración y en los matices de verdadera eficacia novelesca, tiene un especial empeño en rodear de cierta imprecisión o vaguedad algo que a primera vista podría parecer capital en el relato: el nombre de la aldea en que vivía el hidalgo y el apellido real de éste. El escritor finge, en los capítulos referentes a esta primera salida y en los dos iniciales de la segunda, que está redactando una historia verdadera, basada en otros autores «Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la del Puerto Lápice... », 1, 2) y en «los anales de la Mancha» (1, 2), fuentes ficticias que permiten a Cervantes satirizar ciertos recursos frecuentes en los libros de caballerías. Pero ya veremos que más adelante intensificará este matiz más intencionadamente con la invención de Cide Hamete Benengeli. Gracias al recurso de las fingidas fuentes de su novela (que, no lo olvidemos, Cervantes presenta como «historia»), al empezar la narración y tratar del nombre del protagonista, puede escribir: «Quieren decir que tenía el nombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben aunque por conjeturas verosímiles se deje entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento... » Y más adelante, en este mismo primer capítulo, cuando el protagonista se ha bautizado a sí mismo con el nombre de don Quijote, Cervantes comenta: «de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir». Hay en todo ello una clara ironía y un burlesco remedo de las disquisiciones eruditas de los historiadores de verdad. La imprecisión en el apellido del héroe se mantendrá en otros momentos de la novela: el labrador Pedro Alonso le llamará «Señor Quijana» (1, 5); y al final de todo, cuando recuperará la razón, afirmará categóricamente ser «Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno» (II, 74).

Todos los personajes que figuran en el Quijote (con la excepción de la mujer de Sancho Panza) aparecen denominados inequívocamente: sólo el nombre del protagonista queda envuelto en la imprecisión. Ello no puede deberse a descuido ni a negligencia de Cervantes, ya que él mismo, como acabamos de ver, comenta el hecho.
Por otra parte, la geografía por la que transcurre el Quijote es también precisa, tanto por lo que se refiere a pequeñas aldeas y lugarejos como a una gran ciudad. Pues bien, esta precisión falta, cabalmente, siempre que se hace referencia al lugar donde habían nacido don Quijote y Sancho ' desde donde aquél emprende sus aventuras. El y

Quijote empieza con aquellas tan conocidas palabras: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme... » En ellas quiso ver la crítica del siglo xix cierto resquemor de Cervantes contra algún pueblo de la Mancha (concretamente Argamasilla de Alba) por haberle sobrevenido desgracias en él. Obsérvese que, si tal interpretación se pudiera dar como cierta, se podría objetar que poco le hubiera costado a Cervantes situar la patria de don Quijote en una aldea que no le hubiese sido antipática ni de desagradable recuerdo.
La verdad es que las palabras «En un lugar de la ' Mancha» constituyen un octosílabo que figura en el romance titulado El amante apaleado, verso que debería tener cierta popularidad; y que la fórmula «de cuyo nombre no quiero acordarme» es propia del comienzo de un cuento popular (don Juan Manuel inicia un apólogo del Conde Lucanor así: «En una tierra de que non me acuerdo el nombre había un rey... »). Téngase en cuenta, además, que en la lengua de Cervantes el verbo «querer» a veces tiene un mero valor auxiliar, y así «no quiero acordarme» significa simplemente «no me acuerdo», del mismo modo que en la frase antes citada, «quieren decir que tenía el nombre de Quijada... », equivale a: «dicen que tenía el nombre de Quijada... ».

La misma vaguedad consciente que hallábamos en el apellido de don Quijote se encuentra, pues, en la determinación del «lugar de la Mancha» donde había nacido y desde donde emprenderá sus aventuras. En este último aspecto existe también un matiz que no debe ser olvidado, pues constituye el primer palmetazo a los libros de caballerías, que solían iniciarse con pompa y solemnidad y situando la imaginaria acción en tierras lejanas y extrañas y en imperios exóticos o fabulosos. El Quijote no empieza ni transcurre ni en Persia, ni en Constantinopla, ni en la Pequeña Bretaña, ni en Gaula, ni en el Imperio de Trapisonda, sino, llana y sencillamente, «en un lugar de la Mancha».
Los libros de caballerías hacen enloquecer t. don Quijote,

Así, pues, de buenas a primeras nos hallamos en una anónima aldea de la Mancha, lugar de vivir monótono y apacible, donde jamás ocurre nada extraordinario. En ella habita, como en todas las aldeas castellanas, un hidalgo de mediana condición, sólo ocupado en cazar y en administrar sus bienes, el cual «los ratos que estaba ocioso - que eran los más del año se daba a leer libros de caballerías». Para adquirirlos había malvendido algunas de sus tierras; y, sumido en su lectura, llegó a olvidarse de la caza e incluso de la administración de su hacienda, de suerte que «se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio».

La locura lleva a este hidalgo manchego a dos conclusiones falsas :

1º.- Que todo cuanto había leído en aquellos fabulosos y disparatados libros de caballerías era verdad histórica y fiel narración de hechos que en realidad ocurrieron y de hazañas que llevaron a término auténticos caballeros en tiempo antiguo.

2º.- Que en su época (principios del siglo xvii) era posible resucitar la vida caballeresca de antaño y la fabulosa de los libros de caballerías en defensa de los ideales medievales de justicia y equidad.

Y como consecuencia de estas dos conclusiones, el hidalgo -manchego decide convertirse en caballero andante y salir por el mundo en busca de aventuras.

Fijémonos bien en que la locura de don Quijote no es consecuencia de ningún desengaño ni de ningún desdén amoroso, ni puede tener su punto de arranque en ningún lance de armas ni de amor, ya que el hidalgo vivía tranquilo y sosegado en su lugar de la Mancha. Ello diferencia fundamentalmente la locura de don Quijote de la del Ortando furioso de Ariosto, producto de los desdenes de Angélica la Bella. Lo esencial de la locura de don Quijote es que nace en los libros, frente a la letra impresa. Se trata de una enfermedad mental producida por la literatura, concretamente por un género literario: los libros de caballerías.
Aspecto físico del hidalgo «ingenioso».

En el primer capítulo del Quijote y en otros diversos momentos de la novela se hace la descripción física del protagonista: «de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro. alto de cuerpo, estirado y avellanado de miembros, entrecano, "' la nariz aguileña y algo corva, de bigotes grandes, negros y caídos». Este aspecto no es arbitrario, pues los rasgos más salientes del físico de don Quijote corresponden de un modo evidentemente no casual con las características que en la obra del doctor Huarte de San Juan, Examen de ingenios (publicada en 1575) se dan al hombre de temperamento «caliente y seco», que «tiene muy pocas

carnes, duras y ásperas, hechas de nervios y murecillos [o sea «músculos»], y las venas muy anchas... el color del cuero... es moreno, tostado, verdinegro y cenizoso; la voz... abultada y un poco áspera... ». Tales hombres,

afirma Huarte de San Juan, son ricos en inteligencia y en imaginación, de carácter colérico y melancólico y son propensos a manías, notas todas ellas que efectivamente encontramos en don Quijote. Y si tenemos en cuenta que para Huarte el ingenio es algo así como la posesión de facultades intelectivas, que en un momento determinado afirma que difícilmente se encuentra «hombre de muy subido ingenio que no pique algo en manía, que es una destemplanza caliente y seca del cerebro», y que su obra se titula, precisamente, Examen de ingenios, tal vez nos acercaremos a la explicación del adjetivo que figura en el título de nuestra novela. «El ingenioso hidalgo... ». Por este camino tal vez llegaría a ser lícito interpretar este concepto en nuestra lengua actual con una expresión cercana a la de «el desequilibrado hidalgo ... »; pero ello distaría mucho de ser exacto, ya que ingenioso también significaba, para Cervantes, hombre de feliz entendimiento natural, sutil, inventiva.
La armadura de don Quijote.

Decidido a hacerse caballero andante el hidalgo manchego limpia y adereza lo mejor posible unas viejas armas que tenía en su casa y que habían sido de sus bisabuelos. Este detalle, que al lector actual puede parecer insignificante o marginal, tiene su importancia, ya que don Quijote, a principios del siglo xvii, vagará por los caminos de España revestido de una armadura de finales del siglo xv (época de sus bisabuelos), lo que hará de él un arcaísmo viviente que producirá la estupefacción o la risa de sus contemporáneos, súbditos de Felipe III que se encontrarán frente a un ser vestido como un caballero de los tiempos de la guerra de Granada, sorpresa- similar a la que nos produciría a nosotros toparnos con un personaje disfrazado de mariscal del tiempo de Napoleón. El aspecto grotesco de don Quijote se acrecentará extraordinariamente cuando cubra su cabeza con una bacía de barbero de latón, adminículo que hoy ya no nos es familiar, pero que hasta hace poco era vulgar y corriente y que por fuerza tenía que resultar chocante usado como tocado.
Rocinante.

El hidalgo manchego torna como montura un viejo rocín de su propiedad, al que da el nombre de Rocinante por parecerle «alto, sonoro y significativo». Este caballo escuálido y menguado corredor, tan poco apropiado para empresas guerreras, también provocará la risa de cuantos lo vean convertido en un remedo de corcel de caballero.
El nombre «Quijote».

Ocho días dice Cervantes que pasó el hidalgo manchego en imaginar el nombre que se pondría a sí mismo, y tras esta larga meditación decidió llamarse «don Quijote de la Mancha». Se antepone, pues, la partícula honorífica «don», que en aquel tiempo sólo podían usar personas de cierta categoría (el propio autor no tenía derecho a ella y jamás se le ocurrió llamarse «don» Miguel de Cervantes) y que era ocasión de burlas o de reprimendas cuando alguien, por presunción, se la ponía irregularmente. -El nombre «Quijote» es también un acierto de comicidad, pues mantiene la raíz del apellido del hidalgo (Quijada o Quijano) y lo desfigura con el sufijo - ote, que en castellano siempre ha tenido un claro matiz ridículo (como se advierte en los consonantes de los versos que escribe el protagonista en Sierra Morena, en los que su nombre rima con «estricote», «pipote», «azote», «cogote», etc., 1, 26); y al propio tiempo «quijote» es el nombre de la pieza de la armadura que cubre el muslo (voz procedente del francés cuissot o del catalán cuixot, «muslera»). Pero en el espíritu del hidalgo manchego, al buscarse un nombre caballeresco, debió de influir también el del gran caballero artúrico Lanzarote del Lago, cuya historia estaba tan divulgada en España por libros y por romances; y en el espíritu de Cervantes debió de hacer mella el nombre burlesco del «hidalgo Camilote», que aparece en el libro de caballerías Primaleón y Polendos, punto que veremos más adelante. Y del mismo modo que los caballeros hacían seguir su nombre del de su patria (Amadís de Gauta, Palmerín de Inglaterra), don Quijote lo completó con el de la suya: «de la Mancha».
Dulcinea del Toboso,

Finalmente, recordando don Quijote que todo caballero andante estaba enamorado de una dama a quien encomendarse en los trances peligrosos y a quien ofrecer los frutos de sus victorias, decidió hacer dama suya a una moza labradora «de muy buen parecer», llamada Aldonza Lorenzo, natural del cercano pueblecillo manchego del Toboso. Pero el nombre de esta mujer era de una vulgaridad intolerable, hasta el punto que corría el proverbio «A falta de moza, buena es Aldonza», y la protagonista de La lozana andaluza, obra celestinesca de Francisco Delicado, se llamaba así y se cambió el nombre por su anagrama Lozana. Don Quijote, que tiempo atrás había estado algo enamorado de Aldonza Lorenzo, aunque sin llegar a darle cuenta de sus sentimientos, al convertirla ahora en su «dama» le da el nombre de Dulcinea del Toboso. Ya veremos el sutil arte con que Cervantes trata a este personaje femenino, que jamás asoma a las páginas del Quijote.

Y así acaba el primer capítulo de la novela, excelente y acertada presentación del protagonista en la que el autor ha dado a sus lectores los datos suficientes para comprender su propósito inicial: la sátira y parodia de un género literario en boga, los libros de caballerías. El hidalgo manchego se ha vuelto loco debido a una auténtica intoxicación literaria y su demencia le ha llevado a un desajuste con su ambiente y con su tiempo. Creído de que la aventura caballeresca es algo factible, a ella ha acomodado su nombre, el de su caballo y el de la moza labradora que ha transfigurado en una encumbrada dama.

Don Quijote en el campo y el «rubicundo Apolo».

Con el ideal de justicia y equidad de la caballería medieval («agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que emendar, y abusos que mejorar, y deudas que satisfacer», 1, 2) sale don Quijote de su aldea por la puerta del corral de su casa una calurosa mañana de julio, sin que nadie se dé cuenta, y emprende su vagabundeo a caballo de Rocinante. Va sin rumbo fijo, como los caballeros andantes de las novelas, y hablando consigo mismo en lenguaje campanudo, altisonante y cuajado de arcaísmos. Sueña en su gloria futura y en el historiador que en tiempo venidero escribirá sus hazañas, y su imaginación le dicta las palabras con que se narrará su primera salida:
Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillas con sus arpadas lenguas habían saludado con dulce y melifluo armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manche 'go horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel (1, 2).

El lector moderno debe ir con mucho cuidado cuando en el Quijote encuentre pasajes como esta descripción del amanecer, que a más de a uno ha engañado. Las líneas que acabamos de ver han sido puestas como «modelo de prosa», y no ha faltado quien las admirara como tal. El error es gravísimo, y Cervantes reiría de buena gana si pudiera ver que hay quien se toma en serio este pasaje, pues él lo escribió con el deliberado propósito de burlarse de los libros de caballerías y de parodiar su altisonante estilo. La prueba está en el hecho de que en algunos de estos libros encontramos descripciones muy similares, pero escritas en serio, como en la del amanecer que nos ofrece el Belianís de Grecia:

Cuando a la asomada de Oriente el lúcido Apolo su cara nos muestra, y los músicos pajaritos las muy frescas arboledas suavemente cantando festejan, mostrando la muy gran diversidad y dulzura y suavidad de sus tan arpadas lenguas... (11, 43).

El lector del siglo xvii, que sabía que éste era el estilo peculiar de algunos libros de caballerías, captaba al instante la intención paródica de Cervantes en el pasaje «Apenas había el rubicundo Apolo... », que, fijémonos bien, está puesto en boca de don Quijote, quien, intoxicado por este estilo de prosa, lo juzga admirable, al paso que Cervantes, al satirizarlo, lo condena rotundamente. Advertimos, además, que el Quijote es, en principio, un libro propio para ser gustado por entendidos en literatura, que sabrán captar bien las intenciones del autor.
Don Quijote es armado caballero.

Apenas don Quijote ha abandonado su aldea se da cuenta de que jamás ha sido armado caballero, y se propone recibir la orden de caballería en la primera ocasión que se le presente. Al atardecer, después de un día de vagar por despoblado, llega a una venta o mesón que su mente transforma en un castillo. Se inicia aquí una de las fases de la enfermedad mental del protagonista, que consiste en acomodar la realidad, por lo general vulgar y corriente, a su exaltada fantasía literaria. Sus sentidos

le engañan y le transmudan la realidad de acuerdo con su idea fija o monomanía: dos mozas de la más vil condición que estaban a la puerta de la venta (la Tolosa y la Molinera) se le imaginan dos hermosas doncellas o encumbradas damas, y el sonido del cuerno de un porquero le parece el clarín de un enano que anuncia su llegada a los moradores del castillo. Don Quijote, convencido de que el ventero, o propietario de aquel infame mesón, era el castellano de lo que él cree es un castillo, le pide que le arme caballero, a lo que aquél, hombre maleante y socarrón, accede para evitar ciertas pendencias que no tardan en iniciarse y para burlarse de aquel estrafalario loco.

Y en efecto, aquella noche, tras una grotesca imitación de la sagrada ceremonia de la vela de las armas, el ventero se presta a la farsa de armar caballero a don Quijote. Lo más noble y elevado de la religiosa solemnidad de armar caballero queda ahora reducido y rebajado a una burla soez y miserable. El ventero, haciendo ver que lee oraciones en un libro « donde asentaba la paja y cebada que daba a los arrieros», da a don Quijote un espaldarazo con su espada. La Tolosa le ciñó la espada y la Molinera le calzó la espuela, como hacían las nobles doncellas en las ceremonias caballerescas.
Hay en este episodio una evidente y diáfana parodia de las solemnes fiestas que tanto abundan en los libros de caballerías donde el héroe es armado caballero con toda seriedad y con el más profundo fervor religioso. Pero hay aquí también la clave de un decisivo equívoco en que se basa el Quijote, pues pone bien de manifiesto que el protagonista de la novela jamás fue caballero, aspecto que percibían bien los lectores del siglo xvii. Para este caso la antigua legislación española es bien clara y explícita. En la ley xii del título xxi de la Segunda de las Partidas del rey don Alfonso X el Sabio se legisla lo siguiente: «E non deve ser cavallero el que una vegada oviesse recebido cavallería por escarnio. E esto podría ser en tres maneras: la primra, quando el que fiziesse cavallero non oviesse poderío de lo fazer; la segunda, quando el que la recibiesse non fuesse ome para ello por alguna de las razones que diximos [entre estas razones se ha dicho antes que no puede ser caballero «el que es loco» ni el hombre «muy pobre»]; la tercera, quando alguno que oviesse derecho de ser cavallero la recibiesse a sabiendas por escarnio... E por ende, fue establescido antiguamente por derecho que el que quisiera escarnecer tan noble cosa como la cavallería, que fincase escarnescido della, de modo que non la pudiese aver».

Ya hemos visto que don Quijote recibió la caballería «por escarnio», como demuestra hasta la saciedad el episodio que comentamos, donde el ventero que le dio el espaldarazo no tenía «poderío de lo fazer» y con sus burlas y farsa no hizo más que escarnecer «tan noble cosa como la cavallería». Don Quijote además quedaba excluido del acceso a la caballería por la segunda imposibilidad señalada por la ley, ya que no era «ome para ello» por estar loco y por ser pobre. Y adviértase que en la segunda parte de la novela la sobrina del protagonista dirá a éste:

« ¡Qué sepa vuestra merced tanto, señor tío, que, si fuese menester en una necesidad, podría subir en un púlpito e irse a predicar por esas calles, y que, con todo esto, dé en una ceguera tan grande y en una sandez tan conocida, que se dé a entender que es valiente, siendo viejo, que tiene fuerzas, estando enfermo, y que endereza tuertos, estando por la salud agobiado, y, sobre todo, que es caballero, no lo siendo, porque aunque lo puedan ser los hidalgos, no lo son los pobres! » (11, 6).

Don Quijote no fue caballero por tres razones: porque estaba loco, porque era pobre y porque una vez recibió por escarnio la caballería. Aunque hubiera recobrado la razón y aunque hubiera allegado una cuantiosa hacienda, el hidalgo manchego jamás hubiera podido ser armado caballero, porque una vez, contra lo legislado en la Segunda Partida, recibió la caballería por escarnio.

Obsérvese que toda la novela transcurrirá acomodada a este equívoco inicial. Las personas sensatas que toparán con don Quijote comprenderán al punto que se trata de un loco que se figura que es caballero. Sólo los rústicos, como los cabreros, los chiflados, como el primo, o los tontos, como doña Rodríguez se tomarán en serio la caballería del hidalgo manchego. Y también Sancho Panza, a pesar de su sentido común. Pero Cervantes ha sido muy hábil, y ha colocado el episodio del «armazón» de la caballería antes de que en la novela aparezca el escudero. Si Sancho hubiese estado en la venta cuando don Quijote fue armado hubiera visto la realidad: que aquello era venta y no castillo, que el ventero no era ningún castellano y que toda la escena fue una farsa.

La novela se basa, pues, en un error, producto de la locura del protagonista, que, como buen monomaníaco es un hombre sensato, prudente y entendido en todo menos en lo que afecta a su desviación mental. Don Quijote, hombre bueno, inteligente, de agudo espíritu, de un atractivo sin límites y admirable conversador, sólo denuncia su locura al creerse caballero y al amoldar cuanto le rodea al ficticio y literario mundo de los libros de caballerías.
Aventura de Andrés y Juan Haldudo: un error aritmético.

Creído de que ya es caballero, satisfecho y alegre, sale don Quijote de la venta que tomó por castillo. Pero a poco se ofreció ante su vista la injusticia, el abuso de poder y la desgracia del desvalido, males contra los que fundamentalmente había luchado la caballería medieval y para cuyo exterminio erraban por el mundo los caballeros andantes de los libros. Juan Haldudo, el rico, vecino del Quintanar, está azotando a su mozo Andrés, que tiene atado a una encina, porque le perdía las ovejas de su ganado. Don Quijote interviene a favor del criado y ordena a Juan Haldudo que desate a su víctima y que le pague los meses de sueldo que le debe. Atemorizado el amo obedece, y al tratar del pago de la deuda resulta que Andrés ha de cobrar nueve meses a siete reales cada mes. «Hizo la cuenta don Quijote, y halló que montaban setenta y tres reales». Así, «setenta y tres», como se lee en la primera edición del Quijote, y no «sesenta y tres», como se ha enmendado en las demás impresiones y como quiere la aritmética. Don Quijote, tan sabio en armas y en letras, se equivoca en esta tan elemental multiplicación (recuérdese que Cervantes fue encarcelado por cuentas mal rendidas), error que, naturalmente, favorece al menesteroso.

Satisfecho se marcha don Quijote convencido de que ha reparado una injusticia; pero apenas se ha perdido de vista, Juan Haldudo ata al mozo otra vez a la encina y lo azota hasta dejarlo medio muerto. Don Quijote
ignora su auténtico fracaso, y que su intervención justiciera no ha hecho más que dañar al pobre Andrés. Días después volverá a encontrarse con el mozo y tendrá que oír de él que más hubiera valido que don Quijote hubiese seguido su camino adelante en vez de meterse donde no le llamaban ni en negocios ajenos (I, 31).
Aventura de los mercaderes.

A poco encontró don Quijote a seis mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia, y los detuvo y les conminó a que confesaran «que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso» (1, 4). Don Quijote exige que hagan esta confesión sin verla («la importancia está en que sin verlo lo habéis de creer, confesar, jurar y defender»). Pide a aquellos hombres un acto de fe ciega, que les parece ridículo e incomprensible; y como es lógico los mercaderes se burlan de él, y cuando don Quijote irritado los ataca, tropieza y cae Rocinante, un mozo toma la lanza del caballero y lo apalea cruelmente y lo deja tendido en el suelo sin aliento ni poder moverse por el peso de su arcaica armadura.
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