Literatura. El romanticismo






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Literatura. El romanticismo




  1. EL ROMANTICISMO

Se conoce con el término de romanticismo al movimiento cultural e ideológico que se produjo en la cultura occidental a finales del siglo XVIII y que perdura hasta mediados del siglo XIX. Este movimiento que es resultado de la profunda crisis social e ideológica de un mundo en acelerado cambio se opone de forma más o menos explícita, a los principios característicos de la Ilustración.

Los orígenes del Romanticismo hay que buscarlos ya en el siglo XVIII, sobre todo en la filosofía y la cultura alemana. Se produce allí el movimiento Sturm und Drang (Tempestad y Pasión), que propugna la creación literaria al margen de las reglas clásicas y revaloriza la expresión artística de los sentimientos y las vivencias. Esta sensibilidad prerromántica se manifiesta también pronto en Inglaterra y, con mayor o menor intensidad, se extiende por toda Europa.

A pesar de los elementos comunes que se producen en las literaturas del continente, estamos ante una corriente literaria que no es unívoca ni uniforme. Cada país desarrollará su propio romanticismo nacional. Aunque es cierto que continente se producen dos tendencias claras dentro del movimiento:

  • Un romanticismo exaltado, individualista combativo y antisocial, cuyo mejor representante fue José de Espronceda.

  • Un romanticismo tradicional o moderado que trata preferentemente temas históricos o amorosos ambientados en lugares exóticos y en épocas lejanas, especialmente la Edad Media. Esta corriente está representada por José Zorrilla.



    1. Rasgos del romanticismo



  • Irracionalismo. Se niega que la razón explique por completo la realidad. Es más, se abandona la idea de que existan verdades fijas e inmutables. Por el contrario, la realidad es en esencia cambiante, caótica e incomprensible. Por ello, no hay entre los románticos un pensamiento sistemático y coherente que aspire a comprender el mundo de forma global. Este rechazo de la razón y de lo racional justifica también la preferencia de los románticos por temas como lo sobrenatural, lo mágico y lo misterioso. Para ellos, el mundo es en esencia un misterio, algo oculto a lo que la razón es incapaz de llegar.

  • Subjetivismo. Si la razón tiene sus límites, son necesarias otras formas de conocimiento que para los románticos son la intuición, la imaginación y el instinto. De ahí la importancia de las emociones, los sueños o las fantasías que permiten bucear en el inconsciente para descubrir allí los impulsos no racionales, los escondrijos del espíritu humano. Frente a la razón, se levanta la bandera del sentimiento siempre arrebatado, aun cuando se tiña a veces de melancolía. La pasión es en el romanticismo una fuerza superior a la razón.



  • Idealismo. En conexión con la filosofía idealista, fundamentalmente alemana, que se impone con fuerza en toda Europa en la primera mitad del siglo, el hombre romántico siente predilección por lo absoluto, lo ideal. No quiere una parcela de libertad, un avance en el progreso o la contemplación de algo bello, sino que se lanza a la búsqueda de la Libertad, del Progreso, de la Belleza. Hay en los románticos un sentimiento de no plenitud, una conciencia de lo incompleto de la existencia humana que les hace buscar casi desesperadamente lo absoluto. Ello explica, por una parte, su necesidad de acción, su vitalismo, pero también, por otra, que sus anhelos se vean insatisfechos, lo que los conduce a la frustración y a la infelicidad.



  • Individualismo. El hombre romántico tiene una conciencia aguda y dolorosa de la propia personalidad, de ser distinto de los demás, y afirma constantemente ese yo frente a lo que lo rodea. En algunos casos, se siente superior a todo lo otro: exalta su propia sensibilidad, sus emociones que nadie puede siquiera comprender, su genio, pero también su desgracia o su infelicidad, mayores que las de nadie. Esta afirmación del yo lo conduce a la soledad que es uno de los temas básicos del Romanticismo. El yo del artista pasa a ocupar el primer plano de la creación. Los artistas vierten en sus obras sus sentimientos, expresan su insatisfacción con el mundo circundante, su ansia de infinito, su búsqueda del absoluto, su amor apasionado, su deseo vehemente de libertad, sus estados de ánimos, etc. Por eso la poesía lírica o la música son en esta época las artes supremas.



  • El genio creador. Durante el Romanticismo se cree que el arte es una forma de expresión del genio que el creador lleva en su interior. El artista nace, no se hace. De ahí la revalorización de lo espontáneo, de lo intuitivo, de lo original, de aquello que es característico del genio creador. La obra de arte es el resultado de un momento de inspiración que refleja la valía de su autor. La posibilidad de desarrollo de su capacidad creativa hace del romántico un individuo vitalista, eufórico y apasionado. Pero de aquí proceden también sus quejas de artista incomprendido, sus protestas cuando siente que la sociedad desconoce o desprecia su genio individual otra vez la conciencia de la soledad.



  • Inseguridad radical. El romántico es por naturaleza alguien inseguro e insatisfecho, pues, al haber perdido la confianza en la razón, ya no hay certezas absolutas en el mundo y no sirven las respuestas tradicionales a los interrogantes que la realidad ofrece. Ello da lugar a la desazón vital romántica. Pero la inseguridad y la insatisfacción vitales son al mismo tiempo motores de la creación artística, porque el romántico busca constantemente respuestas y soluciones a las dudas y problemas que se le plantean.



  • Desengaño. El choque entre el yo hipertrofiado romántico y la realidad prosaica y gris que no da satisfacción a sus anhelos e ideales produce en el artista romántico un hondo desengaño, un tedio y un hastío vitales que lo llevan a rebelarse contra las normas morales, sociales, políticas o religiosas.



  • Evasión. Para escapar de ese mundo en el que no encuentra cabida su idealismo extremo, el romántico opta por huir de esa realidad inmediata que no le gusta. La evasión puede producirse en el tiempo o en el espacio:

    • Evasión en el tiempo: los románticos están especialmente interesados por la Edad Media, un periodo histórico que les parece especialmente interesante.

    • Evasión en el espacio: los románticos se evaden a lugares lejanos o exóticos, como Oriente, América o la misma España, que para muchos escritores europeos era, con sus antiguas tradiciones y su peculiar folclore prototipo de país romántico.

    • Suicidio: una forma de evasión extrema. Europa fue recorrida por una sorprendente ola de suicidios provocada por la lectura del Werther de Goethe.



  • Soledad. Además de la evasión temporal y espacial, adquiere especial importancia la huida de la realidad mediante el refugio en sí mismo, con lo que el gusto por la soledad se convierte en uno de los temas románticos por excelencia. Esto justifica la preferencia por lugares solitarios como castillos, cementerios, jardines, espacios apartados o recónditos, etc. La soledad del romántico nace de su individualismo, de la afirmación de su yo: en este sentido, la soledad produce también dolor y lo lleva a ansiar la integración, la comprensión de los otros, el amor.



  • Naturaleza dinámica. Frente a la naturaleza artificiosa y bucólica del Neoclasicismo, el artista romántico representa la naturaleza en forma dramática, en movimiento y con preferencia por la ambientación nocturna. Opone, pues, al orden, a la mesura y a la armonía neoclásicos, el desorden y la falta de proporción. La naturaleza se identifica con los estados de ánimo del creador y, según sean estos, es turbulenta, melancólica o tétrica, como una proyección de sus sentimientos. Pero a la vez la naturaleza está por encima de todo, lo que deja traslucir cierta concepción panteísta del universo, como se advierte en el tópico romántico de las ruinas, que simbolizan el predominio de la naturaleza sobre el hombre y sus obras.



  • Nueva sensibilidad. El sentimentalismo, manifiesto ya en muchos autores ilustrados, se prolonga y amplía durante el Romanticismo, que lleva a primer plano la intimidad. Resultan ahora características la introspección, la nostalgia, la melancolía, la tristeza y la soledad. Se extiende el sentimiento de la fugacidad e infelicidad de la vida humana, que provoca la típica angustia romántica. El gusto por lo sombrío y crepuscular es revelador de tal sensibilidad.



  • Nacionalismo. Los románticos, que han perdido la fe en los valores absolutos tradicionales, encuentran un asidero existencial en el espíritu comunitario que los liga a su entorno. En este momento se forja el concepto de pueblo como entidad espiritual supraindividual a la que pertenecen individuos concretos que comparten una serie de rasgos comunes: lengua, costumbres, folclore, leyes… Ello explica el interés que se despierta en la época por conocer que tiene de particular el espíritu de cada nación y la obsesión por buscar las raíces de cada pueblo en su historia, su literatura, su cultura, etc. Así se comprende la revitalización de los antiguos poemas épicos y de las leyendas y tradiciones locales, el nuevo cultivo que alcanzan las lenguas vernáculas y la exaltación de la patria. Estas dos ideas románticas se oponen al espíritu universalista de la Ilustración.



  1. ORÍGENES Y DESARROLLO DEL ROMANTICISMO ESPAÑOL

En un contexto de enfrentamiento político entre los liberales, herederos de las Cortes de Cádiz, y los conservadores, defensores del Absolutismo, se desarrolla el romanticismo en España.

Los románticos europeos ya habían descubierto que los ideales que ellos defendían se reflejaban en la historia y en el arte antiguo español: el Romancero, el Quijote, las leyendas medievales, los templos y monasterios, los tópicos y los mitos. España se convirtió en el país romántico por excelencia. A pesar de todo, el romanticismo como movimiento renovador entra tardíamente en España y su triunfo y apogeo cortos.

    1. Etapas del romanticismo español



      1. Primera etapa: principios de siglo

Aunque ya en algunos autores ilustrados del XVIII se atisban rasgos que anuncian un cambio de sensibilidad y una mayor atención a los aspectos sentimentales, la conmoción que supone la Guerra de la Independencia trae consigo a su término, con la implantación del absolutismo, la dispersión de los intelectuales y el derrumbe de la obra ilustrada dieciochesca. La falta de libertad de expresión y la rígida censura hacen que la cultura española del momento sea raquítica.

En ese momento se produce en las letras españolas la primera controversia a propósito de la literatura romántica que se desarrollaba en Europa, en particular en Alemania. En Cádiz, Johan Nicolás Böhl de Faber, cónsul alemán en España, haciéndose eco del interés de los románticos alemanes por Calderón, defiende el teatro barroco español frente al neoclásico y las teorías de los hermanos Schlegel sobre el romanticismo (1814-20) en polémicos artículos publicados en prensa. Un ilustrado liberal, José Joaquín de Mora, sale en defensa de la estética neoclásica y se entabla una polémica que dura varios años y que no tiene repercusiones en el desarrollo de una literatura romántica en España.

      1. Segunda etapa: mediados de la década de 1830.

La restauración absolutista vuelve a dispersar en el exilio a buena parte de la intelectualidad española. Los emigrados desarrollan una notable actividad, sobre todo en Londres, y entran en contacto con el Romanticismo. Entre los exiliados se encuentran muchos de los autores que luego serán centrales en la literatura romántica española (Ángel de Saavedra, Espronceda, Martínez de la Rosa…), junto a antiguos ilustrados que abrazan ahora el liberalismo y también el Romanticismo: José María Blanco White, Alcalá Galiano, José Joaquín de Mora…)

Cuando, tras el fin del reinado de Fernando VII, vuelven los emigrados, brota con cierta pujanza el Romanticismo en la literatura española. El apogeo romántico coincide con el estreno de la obra del Duque de Rivas, Don Álvaro o la fuerza del sino en 1835. En el año anterior ya se habían publicado obras de corte romántico como El moro expósito, del mismo autor o La conjuración de Venecia de Martínez de la Rosa. A partir de este momento, el Romanticismo español como estética dominante apenas dura quince años. En 1844 se estrena Don Juan Tenorio de José Zorrilla y en 1849 la publicación de La Gaviota, de Fernán Caballero marca el final de la etapa romántica propiamente dicha.

Los años 30 y 40 son, pues, los años del apogeo de esta literatura. A ello contribuye un medio social urbano que propicia el desarrollo de la burguesía y, por tanto, de un público lector que acoge con interés las nuevas formas literarias.

El Romanticismo español, sin embargo, adopta las formas del europeo, pero carece de su fuerza y hondura. Los escritores románticos españoles se integran rápidamente en el sistema. La figura de escritor romántico bohemio y “maldito” no se dará en España hasta bastante más tarde.

      1. Tercera etapa: 2º mitad del siglo XIX. El posromanticismo.

Se produjo nuevamente la influencia alemana (Heinrich Heine) y se reivindicó la poesía como forma popular y de expresión intimista que busca superar el Romanticismo retórico y trivial a través de la condensación y simplificación formales, como medio de sugerir con la palabra, la imagen y el símbolo las ideas que rozan lo inefable. Sólo dos autores mantuvieron durante la segunda mitad del siglo XIX el subjetivismo característico de los románticos: Gustavo Adolfo Bécquer y Rosalía de Castro.

  1. TEMAS ROMÁNTICOS

La literatura es una vía utilizada por el romántico para transformar la sociedad y plasmar sus ideales y actitudes ante la vida. Son escritores comprometidos que intervienen activamente en la política y los conflictos sociales, a la vez que se dedican al periodismo como un medio de llegar a la masa.

Todas las características de la ideología y de la nueva actitud romántica se traducen en temas literarios que se repiten a través de todos los géneros. Se clasifican en varios apartados:

1) Temas históricos:

La historia nacional o regional se convierte en una de las principales fuentes de inspiración. La Edad Media con sus castillos, catedrales y monasterios; el mundo árabe y su exotismo y los personajes literarios creados principalmente en el Barroco, como don Juan o don Quijote, aparecerán con frecuencia en la obra romántica. De ahí el apogeo de la novela histórica, los romances y leyendas o el costumbrismo.

2) Los sentimientos:

El individualismo y egocentrismo románticos se traducen en una literatura plagada de emociones y sentimientos subjetivos:

a) El amor: Un fenómeno romántico por excelencia que adquiere dos formas: el amor sentimental, envuelto en una actitud de ensueño y melancolía y el amor pasional, que rompe las fronteras y convencionalismos sociales, reclama la libertad del corazón y da lugar, a veces, al desengaño y la frustración.

b) La mujer: Forma parte de ese sentimiento amoroso e igualmente adquiere dos papeles: el ángel de amor, dulce e inocente, hermosa y víctima: doña Inés, en Don Juan Tenorio, por ejemplo; o bien, la mujer perversa, vengativa y destructora: Zoraida, en Los amantes de Teruel.

c) La vida: El hombre, en su búsqueda de un sueño inalcanzable, no logra adaptarse a una forma de vida cotidiana y ésta aparece como un problema irresoluble que conduce a la angustia vital. Ese desprecio conduce a aventuras peligrosas, sueños heroicos o incluso a desear la muerte como única libertad.

d) La rebeldía ante el mundo: El descontento romántico aparece en multitud de obras. Las ansias de libertad no encuentran cauce, las grandes ilusiones desembocan en el desengaño y todo ello se traduce en una rebeldía política que conlleva el exilio o en una rebeldía social que conduce al retiro ascético o a la evocación de tiempos pasados y en ocasiones, al suicidio literario.

3) Los conflictos sociales:

El artista se hace eco de los conflictos sociales y políticos del siglo, de las desigualdades y frustraciones, de la conciencia nacionalista y regionalista, de las teorías del humanitarismo social. Presenta personajes marginados, pero libres: bandoleros, piratas, mendigos y víctimas, en general, de una sociedad clasista y opresora.

4) La Naturaleza:

Se ha dicho que los románticos descubrieron el paisaje. La Naturaleza cobra especial importancia y se adapta a los estados de ánimo del poeta o del personaje, mostrándose melancólica, tétrica o turbulenta, según los casos. A la angustia y la obsesión por la muerte responde el gusto por la noche o los paisajes sepulcrales. La soledad del romántico encuentra marco adecuado en yermos desolados, paisajes recónditos o jardines abandonados. En fin, resulta explicable la preferencia por una literatura “en libertad”: bosques intrincados, ásperas sierras, etc.

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