1 el empuje de las mujeres (1)”






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HACIA LA COMUNIDAD II :

1.1. EL EMPUJE DE LAS MUJERES (1)

Escritura automática. Hay en mi alguien que no conozco y que me conduce allí donde él quiere en mis novelas. Sin él no habría novelas, no habría teatro…” (2).
Nada arde en el Infierno, salvo el Yo” (3).
En el principio era el Verbo: el que escuchaba María.

Y el Verbo se hizo carne: aquel al que servía Marta” (4).
Vivir en comunidad es vivir juntos” (5).

A mi muy dilecta amiga le ha gustado bastante el primer escrito de esta breve serie en la que pretendo exponer la totalidad de mi trayectoria espiritual. Y digo bastante porque ella, aunque superabundante en hechos maravillosos, es verbalmente parca a la hora de elogiar las cosas que le complacen. En este caso, además, ha condicionado su aprobación final al hecho de que yo consiga salir indemne del intrincado problema en que voluntariamente me he metido.
De antemano sé que solo saldré con bien si, como le acontecía a Julien Green, mi bolígrafo es conducido por el Espíritu de Jesucristo resucitado a cuyo propósito, desde este mismo momento a Él y solo a Él me encomiendo. El resultado que obtenga no podrá, por lo tanto, serme atribuido. Ello conllevará dos grandes ventajas: una la de llegar al corazón de mis lectores; otra la imposibilidad de alcanzar entontecimientos vanos que no caben cuando sabes, a ciencia cierta, que lo producido no es de tu incumbencia.
Ahora bien impetrar la protección del Espíritu, cuando te asedian algún o algunos problemas graves, de imposible solución personal resultaría absurdo si, previamente, no entrego al Espíritu, sin reservas mentales, la solución del problema o problemas que en este momento me embargan.
La consecución, pues, de la aprobación final de mi dilecta admito que estará supeditada, al pleno cumplimiento previo de todo cuanto acabo de exponer.
Tras este indispensable preámbulo podré ya situarme en el punto en que dejé la evolución de mi trayectoria en el primero de estos escritos.
Nos quedamos allí en el reencuentro con los restos de aquel infantil esbozo de comunidad rudimentaria. Más su incapacidad actual para cumplir sus funciones del pasado eran evidentes. No solo por la escasez del número de supervivientes, – de cincuenta y tantos componentes habíamos pasado a veintidós – sino también y sobre todo por su dispersión, desgastes de la edad, frecuencia de las reuniones (del contacto diario y continuo podríamos alcanzar como mucho una periodicidad anual de reuniones), evolución individual de los espíritus, etc. En este orden de cosas significativo resulta que en el almuerzo celebrado en el pasado mes de diciembre, solo dos de sus antiguos componentes dimos testimonio de vida en el Señor. Los demás eludieron la cuestión.
Sin comunidad, cumplidos mis quince años, como ya dije, inicié una serie de vaivenes espirituales que por su falta de interés no voy a pormenorizar. Baste decir que observando retrospectivamente mi eje de coordenadas subsiguiente a mi forzada expulsión del grupo, encuentro todas estas alternativas de búsqueda y pérdida del ansiado equilibrio: arrianismo (Arrio negaba la divinidad del Verbo, nos habían enseñado en el colegio), frialdad de la que salgo a través de unos Cursillos de Cristiandad, provechosos pero de efectos poco duraderos, abandonismo más o menos hibernado, asistencia durante dos cuaresmas consecutivas a retiros organizados en el campo por el Opus Dei, años de recuperación de un catolicismo consuetudinario, burgués y aburridísimo del que entraba y salía mediante la comisión de pecados repetitivos y confesiones plenas de enmienda y mínimo dolor de corazón. Sobre todo mucho vacío y añoranza a todo pasto, tristeza, desamor…Cerca del punto de saturación, en mis insaciables y desordenadas lecturas, me di de bruces con la teología de la liberación y cuando comprobé que no era puerto alegre y trascendente de arribada, comencé a preocuparme por la gracia, sin saber entonces que más adelante la llamaría gratuidad.
La permanencia en cada una de estas etapas fue muy variable y temporalmente no se sucedieron exactamente en el orden relatado pues algunas contaron además con el agravante de la reincidencia.
Como buen gallego creí a pies juntillas en la respuesta del pontevedrés Diego Sarmiento (6) a Martín Alonso Pinzón: “La gente de esta tierra puede andar en siete mares – respondió Sarmiento a la pregunta de “adonde nos llevas gallego?” formulada por un desazonado Pinzón -, puede correr cuarenta mundos pero jamás olvida el camino de regreso”.
Ignorante y ensoberbecido yo creía que el reencuentro con el Señor era más sencillo y hacedero que el regreso a la aldea desde La Española a través de un Atlántico tenebroso. Lo circunscribía a una cuestión de paisanaje como desde tiempos remotos se viene haciendo en nuestra querida España para resolver las cuestiones más intrincadas.
Pero Jesucristo es el Señor. El único. El Salvador. Su recuperación no es cuestión de gallegos. Solo Él puede facilitártela y desde luego merced al procedimiento, momento y tiempo que su Espíritu determine.
Cuando ya me había olvidado de Sarmiento observando que mis sucesivos cambios de rumbo de nada me servían, uno nuevo y definitivo, inspirado, sin duda, por el Paráclito, me atrajo a las placenteras aguas de la gracia, lindantes con la gratuidad que sería mi cobijo definitivo.
Lleno aún de viejas mañas comencé mi preparación artillera y defensiva parapetándome bajo montañas de libros decidido a no abandonarlos hasta la obtención de la victoria.
Pronto coseché un triunfo parcial: mi encuentro con Simone Weil y un arsenal de sus mejores pensamientos recogidos en “La gravedad y la gracia”(7) y “A la espera de Dios”(8).
Ambos compendios han sido editados después por Trotta en versiones prologadas por Carlos Ortega. Del primero – sin perjuicio de profundizar en otra ocasión en su contenido que, desde luego, merece la pena – me quedo, de momento, con dos párrafos: uno del prólogo de Carlos Ortega (página 12 obra citada). Dice así:

Simone Weil, en su breve existencia trató de desentrañar el grado y los modos de participación de la gracia divina en el mundo, así como el punto de intersección de la misma con las leyes que lo dominan. Toda su vida anduvo buscando ese momento del encuentro entre la perfección divina y la desgracia de los hombres”

Y el otro de la introducción de Gustave Thibon a la versión original francesa de la obra (página 17). Esta es su trascripción:

Decir a Cristo como San Pedro te permaneceré fiel era renegarlo pues implicaba suponer en si mismo y no en la gracia la fuente de la fidelidad. Como él había sido elegido, esta renegación ha devenido manifiesta para todos y para él. Para cuantos otros se cumplen tales jactancias y ellos no comprenden nunca. Es fácil de morir para lo que es fuerte porque la participación en la fuerza produce una borrachera que pasma. Pero es sobrenatural morir por lo que es débil; millares de hombres supieron morir heroicamente por Napoleón, mientras que el Cristo agonizante fue abandonado por sus discípulos. El amor sobrenatural no tiene contacto alguno con la fuerza pero tampoco protege el alma contra el frío de la fuerza, el frío del hierro. Solo una alianza terrestre si comporta bastante energía puede proteger contra el frío del hierro. La armadura es hecha de metal como la espada. Si se desea un amor que proteja el alma contra las heridas hace falta amar otra cosa distinta de Dios”.

Del segundo me voy a limitar a reproducir uno de los mejores poemas de la mística inglesa del siglo XVII. Se trata de “Love” de George Herbert (1593 – 1633. Aunque castigado por una doble traducción con intervención de profanos, su lectura merece la pena pues recitado como oración, varias veces, en la soledad de un monasterio, produjo el descendimiento del Cristo crucificado que tomó a Simone en sus brazos”(8). Dice así:
LOVE
El Amor me acogió, mas mi alma se apartaba

culpable de polvo y de pecado.

Pero el Amor que todo lo ve, observando

mi entrada vacilante

se acercó hasta mí, diciéndome con dulzura:

¿hay algo que eches en falta?

Un invitado, respondí, digno de encontrarse aquí.

Tú serás ese invitado, dijo el Amor.

¿Yo, el malvado, el ingrato? ¡Ah, mi amado!

yo no puedo mirarte.

El Amor tomó mi mano y replicó sonriente:

¿quién ha hecho esos ojos sino yo?

Es cierto, señor, pero yo los ensucié; que mi vergüenza

vaya donde se merece.

¿Y no sabes, dijo el Amor, quién ha tomado sobre sí la culpa?

¡Mi amado! Entonces, podré quedarme…

Siéntate, dijo el Amor, y degusta mis manjares.

Así que me senté y comí.

Me estaba aproximando al final de mi desasosegado periplo cuando, de repente, como siempre acontece con ella, Providencia irrumpió en la escena y desde fuera de mi reducto se interesó sobre los afanes en que ocupaba mi tiempo. Le dije que estaba tratando de incrementar la cuantía de la gracia para tener una luz continua en mi vida. Algo más que los ramalazos intermitentes que, cada vez más distanciados, me venían sacudiendo. Providencia, entonces, con el tono de las grandes ocasiones, lleno esta vez de simple seguridad, me urgió a dejarlo todo y ponerme en manos de su dominico amigo del que ya me había hablado en varias ocasiones (yo solo recordaba una; ella me dijo que habían sido varias y que incluso me lo había presentado en la boda de uno de sus hijos. Dónde estaría metido yo entonces para no darme cuenta?. Visto desde ahora que me embebo sus palabras y que “a más a más” le persigo por toda la geografía peninsular para no cesar de escucharle, resulta incomprensible).
Providencia documentó, sin alharacas, sus asertos entregándome prestado un ejemplar (10) del famoso libro verde de su amigo dominico, a quien con asombrosa familiaridad llamaba Chus, para que fuera abriendo boca. No sé si fue esta exactamente su expresión. Si sé en cambio que yo debía de estar tan famélico de vivencias de gratuidad que cuando regresé a Madrid me había leido el libro cuatro o cinco veces encontrando todas sus páginas de sumo conocimiento hasta el punto de justificar el homenaje que todos los años el libro recibe por parte de sus devotos. (Dilectíssima asegura que fue en uno de estos homenajes cuando nos conocimos. Yo no lo recuerdo. Si algo quiere esto decir es que entonces aún andaba yo, al menos en parte, con la cabeza a pájaros. Tan a pájaros como cuando la seguridad de Providencia me impelió a tomar el libro sin protesta y comenzar a masticarlo sin rechistar).
Aún hizo más entonces Providencia: prometerme que en cuanto regresara a casa me organizaría de inmediato una reunión con el autor de tan singular medicina. Y lo hizo. Vaya que si lo hizo. Al tiro, como dicen los chilenos. Excuso decir la lata que yo estaba dispuesto a darle de no hacerlo. Bajo el influjo de mi indigestión maté dos pájaros de un tiro y conocí al tiempo a Chus y a Clarividencia según luego explicaré.
Así culminó Providencia su cuarta intervención decisiva en mi vida. La primera fue la pronta presentación de La Chata con quien me casaría a los pocos meses de conocernos. Han pasado cuarenta y tres años. Hemos tenido seis hijos y tres nietos y durante el increíble período de tiempo que llevamos juntos me ha ayudado a compartir las intemperancias de mi imponderable yo con generosidad, comprensión y las dosis de cariño necesarias para que sigamos juntos. Ha cargado con estoicismo, valor y dejándose muchas cosas en el empeño, con la parte más dura de la problemática de nuestras hijas. Volviendo los tres – Providencia, La Chata y yo – de una boda de Santo Domingo de la Calzada tuvo su segunda intervención al mostrarme con lenguaje carismático, la facilidad de cortar por lo sano con determinada inclinación irremediable – así lo consideraba yo entonces – de la que me parecía ser la sola víctima inocente. Tuve, entonces, por primera vez acceso al lenguaje de la Renovación. Me pareció meridiano, sencillo, innovador, alegre, eficaz, nada torturante.
La tercera cuando me animó a encaminar por otros derroteros la búsqueda de la gracia. La cuarta cuando me facilitó mi primer encuentro con Chus en condiciones memorables. Nunca olvidaré su comportamiento ni tampoco el de Clarividencia. Ambas se limitaron a testimoniar nuestra conversación dejándome acaparar las más o menos cuatro horas que nos dedicó nuestro Pastor. No las aproveché del todo pues quise hacer gala de aplicación procurando exhibir ante la audiencia mis conocimientos del “Libro Verde”. Chus me dijo dos cosas que me calaron muy hondo. La primera me llenó de optimismo: El Señor había preservado mi espíritu. Estaba, pues, en condiciones de avanzar con rapidez. La segunda, que debía integrarme en la Comunidad de Maranatha. Le hice caso y fui, por primera vez, el miércoles siguiente a nuestro encuentro. La terminología de la Renovación, absolutamente nueva para mi, produjo otra vez su efecto imantador. Fui, pues, el miércoles y todos los demás miércoles subsiguientes hasta el día de hoy. Providencia debió aleccionar a la Comunidad. Cuando me acompañó a mi primera reunión – quinta intervención – Todos sus amigos me acogieron con inusitada afección y naturalidad. Otro tanto sucedió al hacer acto de presencia en el habitual ágape de “La Joyita”. Durante mucho tiempo todos me cedieron con natural descaro el puesto de honor enfrente de Chus. La verdad es que no estaba acostumbrado a tales delicadezas en el competitivo mundo del siglo, donde tenías que abrirte paso a codazos. La sexta actuación de Providencia consistió en prepararme las cosas para que pudiera asistir al primer cursillo siguiente a mi primera asistencia, bien en Maranatha, bien en Caná. Me facilitaba horarios, itinerarios, enseñantes y todos los datos que pudieran contribuir a mi concurrencia. Incluso me acompañó las primeras veces para tranquilizarme ante súbitos levantamientos de brazos, repentinas puestas en pie colectivas, profecías, oraciones, etc. Yo debía permanecer sentado, tranquilo, sin necesidad de participar en ningún movimiento hasta que no lo sintiese. La verdad es que nunca me consideré observado, cosa insólita en nuestro país, al margen de los Carismáticos. También me explicó que la Renovación era como una piedra de molino que te va puliendo poco a poco, limando y suavizando todos tus bordes agresivos, insanos. Nunca sabrá todo lo que yo he podido agradecer sus desvelos. Poco a poco empecé otra vez a sentirme como un niño y a conectar todos estos torrentes de ternura colectiva con los que había sentido durante mi permanencia en aquella lejana comunidad infantil. Allí había sentido por primera vez la presencia de Jesucristo en mi vida. Ahora regresaba con inusitada fuerza y alegría. Tanta que a veces me costaba trabajo superar mi emoción.
Empecé a conectar la pérdida del Señor durante gran parte de mi existencia con el abandono de aquella incipiente comunidad. Poco a poco fui viendo con claridad el por qué de tantas tristezas, de tantas añoranzas, de tantas insatisfacciones.
Conocí a todos los amigos y amigos de Providencia: a Enrique, a Dulzuras, a Sabiduría, a Confianza, a Testimonio, a Acogida, a Patricio.
Aprendí una técnica de aproximación al ser humano totalmente nueva de eficacia asombrosa: el amor a la descubierta sin prevenciones, sin aguijón, con el mínimo afán posesivo. Cuando pude volar solo lo puse en práctica con la ayuda del Espíritu y así me hice amigo del Dilectíssima, José Luis, Profundidades, Mensajera, Misericordia, Aplicación, Musicalidad, Emociones, Audacias, Resolución, Impetuosidad, Norteña, Enseñanza.
De todos ellos y ellas hablaré en próximas entregas. No pararé hasta que lo pueda hacer también de los demás.
Dilectíssima cree que todo esto y otras muchas cosas no son sino arrebatos propios de mi edad. Que tengo que tener cuidado para no perecer de un ataque de viruela (11) . Hay, sin embargo, cosas que aún no puede saber porque todavía es joven y carece de la experiencia que solo se logra alcanzando la edad en que suceden. No ha verificado que el espíritu nunca envejece porque sus profundidades no tienen fin. No sabe que la parte espiritual del hombre en vez de cumplir años los “descumple”. Mis arrebatos son hijos del Hombre Nuevo, por tanto, de mi parte espiritual (12).
Pero hoy tengo que acabar aunque ello implique prolongar el serial con un imprevisto capítulo bis sobre “El Empuje de las Mujeres”.
Antes unas palabras sobre Clarividencia y el nuevo oficio de “escribidor” que para mi ha descubierto. Desde poco después de conocerme ha venido insistiendo una y otra vez en que tengo que escribir. Que tengo que escribir para la Renovación. Lo ha conseguido y es posible que algún día le pese. Si ese día llega será difícil frenarme. Tan difícil como fue frenar al “Tostado” (13) . Gracias Clarividencia por tu impagable incentivo.

En Madrid a dos de Enero de 2.006

Gloria al Señor.

Fernando Escardó
(1) Copia del texto enviado a Fray Escoba para su inserción en la página Web de la “Renovación Carismática Católica en el Espíritu”.

(2) Julien Green. Diario correspondiente al 7 de noviembre de 1994 citado por Nicolás Fayet en su biografía editada por Bartillat, pág. 162.

(3) Theologica Germánica. Principio recogido por Marguerite Yourcenar en “La voz de las cosas”, Gadir Editorial, pág. 39.

(4) San Agustín aludido por Marguerite Yourcenar en obra citada, pág. 60.

(5) María Moliner, “Diccionario de uso del español”. Editorial Gredos, Madrid 1983.

(6) Al regreso del descubrimiento de América, Sarmiento hubo de substituir por enfermedad a M. Alonso Pinzón al timlón de “La Pinta” penetrando en la bahía de Bayona (Pontevedra) el 1 de Marzo de 1493 como portador de la buena nueva (Víctor F. Freixanes, El País correspondiente al 11 de Junio de 2005).

(7) “La Pesanteur et la Grace” avec une introduction por Gustave Thibon. Librairie Plon, París.

(8) “Attente de Dieu” Lib. A. Fayard, París.

(9) Relato de Simone Weil al fraile dominico J.M. Perrin en “A la espera de Dios”, pág. 41.

(10) “Vivencias de Gratuidad” de Chus Villarroel. O.P. Edibesa. Madrid, 2002.

(11) “A la vejez viruelas” viejo aforismo popular que recoge María Moliner en su famoso Diccionario.

(12) Al formular por escrito el testimonio que presté en Urnieta (véase en Frayescoba mi escrito titulado “Quebrantado por el Espíritu”) no omití lo más significativo de todo lo que allí dije: que me sentía como si tuviera tres años de edad. La expresión provocó risas y asombro y al día siguiente cunado me senté a desayunar con las niñas del ministerio de música de la Renovación donostiarra me recibieron con un expresivo “Buenos días, niño de tres años”.

(13) Alonso Fernández de Madrigal (Madrigal de las Atlas Torres 1410, Ávila 1455). Conocido universalmente por el Tostado, alcanzó el episcopado de Ávila. Se propuso comentar la Sagrada Escritura por entero. Estuvo a punto de conseguirlo.




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