La hipocresía del puritanismo






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Porque es imposible condenar a Ferrer; es inocente. Pero todo es posible tratándose de la Iglesia Católica.

El 4 de octubre Ferrer envió la siguiente carta a L'Humanité:

Prisión Celular, 4 de octubre de 1909.

Queridos amigos míos. No obstante la más absoluta inocencia, el fiscal exige la pena de muerte, basado en denuncias de la policía, que me presenta como el jefe de los anarquistas del mundo entero, dirigiendo los sindicatos de trabajadores de Francia y culpable de conspiraciones e insurrecciones en todas partes, declarando que mis viajes a Londres y París no fueron emprendidos con otro objeto.

Con calumnias tan infames están tratando de enviarme al patíbulo.

El mensajero está pronto para partir y yo no tengo tiempo para extenderme. Todas las evidencias presentadas al juez instructor por la policía no son más que un tejido de mentiras e insinuaciones calumniosas. Pero ninguna prueba en contra mía ha logrado éxito.

Ferrer.

El 13 de octubre de 1909, el corazón de Ferrer, tan valiente, tan firme, tan leal, fue acallado. ¡Míseros idiotas! La postrer palpitación agonizante de ese corazón acababa de morir cuando comenzó a latir en centenares de corazones del mundo civilizado hasta que creció en terrífico trueno, arrojando su maldición sobre los instigadores del tenebroso crimen. ¡Criminales de negra veste y devoto aire, en los estrados de la justicia! ¡Qué ironía!

¿Participó Francisco Ferrer en el levantamiento antimilitarista? Según la primera acusación que apareció en un periódico de Madrid, firmado por el Obispo y todos los prelados de Barcelona, no era acusado aún de participación. La acusación hacía hincapié en el hecho de que Francisco Ferrer era culpable de haber organizado escuelas ateas y haber difundido literatura atea. Pero en el siglo XX los hombres no pueden ser quemados simplemente por sus creencias ateas. Algo había que inventar, sin embargo; de ahí el cargo de instigador del levantamiento.

Por más que se hurgó para hallar en fuentes auténticas algún indicio que les permitiera fundar su participación en el levantamiento, nada encontraron. Pero entonces no se necesitaban las pruebas ni se aceptaban. Había setenta y cinco testigos -seguros- pero su testimonio fue tomado en forma manuscrita. Nunca fueron careados con Ferrer, ni él con ellos.

¿Es posible, psicológicamente, que Ferrer haya participado? Yo no lo creo, y aquí expongo mis razones: Francisco Ferrer no era solamente un gran maestro, sino también un maravilloso organizador. En ocho años, de 1901 a 1909, había organizado en España ciento nueve escuelas, amén de inducir al elemento liberal en su país a crear 308 más. En conexión con el trabajo de su propia escuela, Ferrer había establecido una imprenta moderna, organizado un cuerpo de traductores y esparcido a todos los vientos ciento cincuenta mil ejemplares de obras científicas y sociológicas modernas, sin olvidar la amplia cantidad de libros de texto racionalistas. Seguramente que nadie sino un organizador metódico y eficiente podía haber realizado tal hazaña.

Por otra parte, se probó en absoluto que el levantamiento antimilitarista no fue preparado en modo alguno, que llegó como una sorpresa para el mismo pueblo, tal como un gran número de insurrecciones revolucionarias en anteriores ocasiones. El pueblo de Barcelona, por ejemplo, tuvo a la ciudad bajo su control durante cuatro días, y, según las declaraciones de los turistas, nunca reinó orden ni paz más perfectos. Por supuesto, el pueblo estaba tan poco preparado que cuando se presentó el momento no supo qué hacer. En este sentido se asemejaron al pueblo de París durante la Comuna de 1871. Estos, tampoco estaban preparados. Aunque moribundos, protegieron los almacenes rebosantes de prisioneros. Apostaron centinelas para cuidar el Banco de Francia, donde la burguesía guardaba el dinero robado. Los trabajadores de Barcelona -¡también ellos!- cuidaron el botín de sus amos.

¡Cuán triste es la estupidez de los miserables; cuán terriblemente trágica! Pero, entonces, ¿hanse introducido tan profundamente los grillos en su carne que, aun pudíendo, no lo rompieran?

El miedo a la autoridad, el respeto a la propiedad privada, cien veces maldecida en sus adentros, ¿cómo es que él no se decide a develarla e ir contra ellos? Tal vez no se haya preparado suficientemente para emprender esta acción.

¿Puede alguien afirmar por un momento que un hombre como Ferrer se afiliara a un esfuerzo tan espontáneo, tan desorganizado? ¿No hubiera sabido que se solucionaría con una derrota, una derrota desastrosa para el pueblo? ¿Y no es más evidente aún que si él hubiera participado, él, el experto organizador, habría planeado enteramente la tentativa? Si todas las otras pruebas fallaran, este solo factor sería suficente para eximir a Francisco Ferrer. Pero hay otras igualmente convincentes.

Para el mismo día del levantamiento, julio 25, Ferrer había convocado a una conferencia a los maestros y miembros de la Liga de Educación Racionalista. Era necesario encarar el trabajo de otoño y particularmente la publicación del gran libro El Hombre y la Tierra, de Eliseo Reclus, y La Gran Revolución Francesa, de Pedro Kropotkin. ¿Es creíble, en modo alguno plausible que Ferrer, estando en antecedentes acerca del levantamiento, formando parte de él, invitara con sangre fría a sus amigos y colegas a Barcelona para el día en que él sabía que sus vidas estarían en peligro? Es claro, sólo la mente crimitlal y viciosa de un jesuita podía dar crédito a tal propósito deliberado.

Francisco Ferrer tenía su labor capital delineada; si se hubiese propuesto prestar auxilio a la insurrección, habría estado expuesto a perder todo y no ganar nada, salvo la ruina y el desastre. No es que dudara de la justicia de la ira del pueblo; pero su trabajo, su esperanza, la esencia toda de su vida se encaminaba hacia otra meta.

Caen en el vacío los frenéticos esfuerzos de la Iglesia Católica, sus imposturas, falsedades, calumnias. Ya es condenada por la conciencia humana despierta, de haber repetido una vez más los execrables crímenes del pasado.

Francisco Ferrer es acusado de enseñar a los niños las más estrafalarias ideas, de odiar a Dios, por ejemplo. ¡Qué horror! Ferrer no creía en la existencia de Dios. ¿Para qué enseñar a odiar al niño algo que no existe? ¿No es más creíble que llevara a los niños al aire libre, que les mostrara el esplendor del crepúsculo, la esplendidez del cielo tachonado de estrellas, la impresionante marávilla de las montañas y los mares; que les explicara de modo sencillo y directo la ley del crecimiento, del desarrollo, de la mutua relación de todas las cosas en la vida? Obrando así, hizo imposible para siempre que la semilla ponzoñosa de la Iglesia Católica se practicara un camino en la mente del infante.

Se había afirmado que Ferrer preparaba a los niños para destruir al rico. Historias fantásticas de viejas solteronas. ¿No es más presumible que los preparara para ayudar al pobre? ¿Que les enseñara que la humillación, la degradación, el temor del pobrerío, es un vicio y no una virtud; que sólo la dignidad y todo esfuerzo creador es lo que sostiene la vida y forma el carácter? ¿No es este el medio eficaz por excelencia de hacer la luz sobre la absoluta inutilidad y perjuicio del parasitismo?

Por último, se culpa a Ferrer de desmoralizar al ejército por la propaganda de ideas antimilitaristas. ¿Realmente? Debe haber creído, con Tolstoy, que la guerra es la matanza legalizada que perpetúa el odio y la arrogancia, que roe el corazón de las naciones y las convierte en maniáticas frenéticas.

No obstante, poseemos las propias palabras de Ferrer referente a sus ideas sobre la educación moderna:

Deseo fijar la atención de los que me leen sobre esta idea: todo el valor de la educación reside en el respeto de la voluntad física, intelectual y moral del niño. Así como en ciencia no hay demostración posible más que por los hechos, así también no es verdadera educación sino la que está exenta de todo dogmatismo, que deja al propio niño la dirección de su esfuerzo y que no se propone sino secundarle en su manifestación. Pero no hay nada más fácil que alterar esta significación, y nada más difícil que respetarla. El educador que impone, obliga, violenta siempre; el verdadero educador es el que, contra sus propias ideas y sus voluntades, puede defender al niño, apelando en mayor grado a las energías propias del mismo niño.

Por esta consideración puede juzgarse con qué facilidad se modela la educación y cuán fácil es la tarea de los que quieren dominar al individuo. Los mejores métodos que pueden revelárseles, entre sus manos se convierten en otros tantos instrumentos más poderosos y perfectos de dominación. Nuestro ideal es el de la ciencia y a él recurriremos en demanda del poder de educar al niño favoreciendo su desarrollo por la satisfacción de todas sus necesidades a medida que se manifiesten y se desarrollen.

Estamos persuadidos de que la educación del porvenir será una educación en absoluto espontánea; claro está que no nos es posible realizarla todavía, pero la evolución de los métodos en el sentido de una comprensión más amplia de los fenómenos de la vida, y el hecho de que todo perfeccionamiento significa la supresión de una violencia, todo ello nos indica que estamos en terreno verdadero cuando esperamos de la ciencia la liberación del niño.

No temamos decirlo: queremos hombres capaces de evolucionar incesantemente; capaces de destruir, de renovar constantemente los medios y de renovarse ellos mismos; hombres cuya independencia intelectual sea la fuerza suprema, que no se sujeten jamás a nada; dispuestos siempre a aceptar lo mejor, dichosos por el triunfo de las ideas nuevas en una sola vida. La sociedad teme tales hombres: no puede, pues, esperarse que quiera jamás una educación capaz de producirlos.

Seguiremos atentamente los trabajos de los sabios que estudian al niño, y nos apresuraremos a buscar los medios de aplicar sus experiencias a la educación que queremos fundar, en el sentido de una liberación completa del individuo. Mas ¿cómo conseguiremos nuestro objeto? Poniendo directamente manos a la obra, favoreciendo la fundación de escuelas nuevas donde, en lo posible, se establezca este espiritu de libertad que presentimos ha de dominar toda la obra de la educación del porvenir.

Se ha hecho ya una demostración que por el momento puede dar excelentes resultados. Podemos destruir todo cuanto en la escuela actual responde a la organización de la violencia, los medios artificiales donde los niños se hallan alejados de la naturaleza y de la vida, la disciplina intelectual y moral de que se sirven para imponerle pensamientos hechos, creencias que aniquilan y depravan las voluntades. Sin temor de engañarnos podemos poner al niño en el medio que le solicita, el medio natural donde se ama y donde las impresiones vitales reemplazarán a las fastidiosas lecciones de palabras. Si no hiciéramos más que esto, habríamos preparado en gran parte la emancipación del niño.

Bien sé que no podríamos realizar así todas nuestras esperanzas; que frecuentemente nos veríamos obligados, por carencia de saber, a emplear medios reprobables; pero una certidumbre nos sostendría en nuestros empeños, a saber: que sin alcanzar aún completamente nuestro objeto, haríamos más y mejor, a pesar de la imperfección de nuestra obra, que lo que realiza la escuela actual. Prefiero la espontaneidad libre del niño que nada sabe, a la instrucción de palabras y la deformación intelectual de un niño que ha sufrido la educación que se da actualmente.

Si Ferrer hubiese organizado realmente a los rebeldes, si hubiera luchado en las barricadas, si habría arrojado un centenar de bombas no podría haber sido tan peligroso a la Iglesia Católica y al despotismo como con su oposición a la disciplina y a la coacción. La disciplina y la coacción ¿no son la esencia de todos los males del mundo? La esclavitud, la sumisión, la pobreza, toda la miseria, todas las iniquidades sociales resultan de la disciplina y la coacción. En efecto, Ferrer era peligroso. De ahí que fuera condenado a morir el 13 de octubre de 1909 en el foso de Montjuich. Ahora ¿quién osa afirmar que ha muerto en vano? En vista del inusitado movimiento de indignación universal: Italia nombrando calles en memoria de Francisco Ferrer; Bélgica iniciando un movimiento para erigirle un monumento; Francia movilizando a sus varones más ilustres para recibir y continuar la herencia del mártir; Inglaterra que se adelanta a las otras naciones y publica su biografía; todos los países uniéndose con el propósito de perpetuar la gran obra de Francisco Ferrer; América también, tardía siempre en ideas progresivas, fundando una Asociación Francisco Ferrer, que se propone como fin principal publicar la vida completa de Ferrer y organizar Escuelas Modernas a través de todo el país. Frente a esta ola revolucionaria internacional, ¿quién osaría decir que Francisco Ferrer murió en vano?

¡Qué maravillosa, qué dramática fue la muerte en Montjuich, y cómo estremece el alma humana! Altanero y firme, la mirada interior vuelta hacia la luz, Francisco Ferrer no necesitó sacerdotes que le dieran ánimo, ni hizo reproches a nadie porque le obligaban a dejar este mundo. La conciencia de que sus ejecutores representaban una era moribunda y que él era la verdad naciente, le sostuvo en los heroicos momentos finales.

La hipocresía del puritanismo

Hablando del puritanismo respecto al arte, Mr. Gutzon Borglum ha dicho:

El puritanismo nos ha hecho tan estrechos de mente y de tal modo hipócritas y ello por tan largo tiempo, que la sinceridad, asi como la aceptación de los impulsos más naturales en nosotros han sido completamente desterrados con el consecuente resultado que ya no pudo haber verdad alguna, ni en los individuos ni en el arte.

Mr. Borglum pudo añadir que el puritanismo hizo también imposible e intolerable la vida misma. Esta, más que el arte, más que la estética, representa la belleza en sus miles cambiantes y variaciones es, en realidad, un gigantesco panorama en mudanza continua. Y el puritanismo, al contrario, fijó una concepción de vida inamovible; se basa en la idea calvinista, por la cual la existencia es una maldición que se nos impuso por mandato de Dios. Con la finalidad de redimirse, la criatura humana ha de penar constantemente, deberá repudiar todo lo que le es natural, todo sano impulso, volviéndole la espalda a la belleza y a la alegría.

El puritanismo inauguró su reinado de terror en Inglaterra durante los siglos XVII y XVIII, destruyendo y persiguiendo toda manifestación de arte y cultura. Ha sido el espíritu del puritanismo el que le robó a Shelley sus hijos porque no quiso inclinarse ante los dictados de la religión. Fue la misma estrechez espiritual que enemistó a Byron con su tierra natal; porque el genio supo rebelarse contra la monotonía, la vulgaridad y la pequeñez de su país. Ha sido también el puritanismo el que forzó a algunas mujeres libres de Inglaterra a incurrir en la mentira convencional del matrimonio: Mary Wollstonecraft, luego, George Elliot. Y más recientemente también exigió otra víctima: Oscar Wilde. En efecto, el puritanismo no cesó nunca de ser el facto más pernicioso en los dominios de John Bull, actuando como censor en las expresiones artísticas de su pueblo, estampando su consentimiento solamente cuando se trataba de la respetable vulgaridad de la mediocracia.

Y es por eso que el depurado británico Jingoísmo (o sea, la belicosidad puritana), ha señalado a Norteamérica como uno de los países donde se refugió el provincialismo puritano. Es una gran verdad que nuestra vida ha sido infectada por el puritanismo, el cual está matando todo lo que es natural y sano en nuestros impulsos. Pero también es verdad que a Inglaterra debemos el haber transplantado a nuestro suelo esa aborrecible doctrina espiritual. Nos fue legada por nuestros abuelos, los peregrinos del
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