Historia de la ilustración para libros infantiles






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Historia de la ilustración para libros infantiles


En las últimas décadas se ha incrementado la publicación de libros profusamente ilustrados, en los cuales el texto y la imagen se complementan entre sí para formar un todo y facilitarle al niño la mejor compresión de la lectura, puesto que la ilustración, además de estimular la fantasía en ciernes, es un recurso indispensable para el goce estético de la literatura infantil. De ahí que, mientras el adulto lee un cuento en voz alta, el niño se deleita mirando las ilustraciones. Lo que hace suponer que para el niño, así como es importante el contenido del cuento, es igual de importante la ilustración que acompaña el texto; más todavía, existen libros infantiles cuyas imágenes gráficas no requieren de texto alguno, pues son tan sugerentes que cuentan una historia por sí solas.

La imagen y su representación idiomática ocupan un lugar central en los cuentos, ya que los símbolos de los cuentos se prestan a la representación gráfica. La imagen y la palabra son dos funciones expresivas, que se reflejan y complementan tanto en el desarrollo de la función idiomática como en la estética. Por otra parte, la percepción de las ilustraciones, la destreza en la lectura, el interés y la madurez, varían entre los niños de la misma edad. Asimismo, los niños no sólo se sienten atraídos por el ruido que, al hojear, producen los libros y las revistas, sino también por las imágenes que éstos contienen.

La literatura infantil, en toda época y lugar, ha sido una especie de vertedero ideológico y estético, donde cabía todo lo que estaba mal escrito o impreso; primero porque se la consideraba un opúsculo al margen de la llamada "buena literatura"; y, segundo, porque se creía que bastaba con darle al niño los subproductos lanzados por el mercantilismo grosero. Es decir, esos libros con letras microscópicas y textos escasos y pobres, con ilustraciones de mala calidad y una encuadernación que se deshacía en las manos del lector antes de cerrar las tapas; cuando en realidad, lo que espera el niño es un libro que le llene de gozo a primera vista y le estimule las inquietudes de su fuero interno.

En los últimos decenios, si en algo se pusieron de acuerdo los psicólogos, pedagogos, ilustradores y escritores, es en la presentación que debe ostentar la literatura infantil, no sólo en cuanto al formato, al tipo de letra y la encuadernación, sino, sobre todo, en cuanto a las ilustraciones que, además de enseñar a diferenciar los tamaños y colores, contribuyen a la comprensión del texto.

Jan Amos Comenius (1592-1670), considerado el padre de la pedagogía moderna, fue el primero que intentó renovar los libros de texto en base a las ilustraciones. La publicación de su libro "Obis Pictus", en 1658, causó un revuelo entre los educadores de su época, puesto que se trataba de un libro cuyas imágenes transmitían tantos conocimientos como los textos. Por tanto, es de suponer que en el libro ilustrado, "el niño tendrá su primer encuentro con una fantasía estructurada, reflejada en su propia imaginación y animada por sus propios sentimientos. Es allí donde, a través de la mediación de un lector adulto, descubrirá la relación entre el lenguaje visual y el lenguaje verbal. Luego, cuando esté solo y repase las páginas del libro, una y otra vez, las ilustraciones le harán recordar las palabras del texto" (Lionni, L., 1985, p. 30).

Los expertos sostienen que cualquier niño, que tiene un libro en sus manos, es inmediatamente cautivado por las láminas a colores, debido a que comprende, antes que ningún otro idioma, las láminas que le transmiten mensajes y le suministran emociones estéticas. Por otro lado, desde la Primera Feria del Libro Infantil y Juvenil, celebrado en 1964, la plástica se ha convertido en un serio competidor de la palabra escrita, pues la ilustración no sólo es un elemento perfectamente válido en cuanto transmisor del contenido narrado, sino como realización estética, válida también por sí misma, y a cuya excelencia el pequeño lector tiene todo el derecho como a la belleza literaria.

En escritor español Miguel de Unamuno, quien recordaba más las imágenes gráficas que las primeras letras de su infancia, confesó, en su libro "Recuerdos de niñez y de mocedad", lo siguiente: "Lo que llevamos metido más dentro del alma son aquellos grabados en cuya contemplación aprendimos a ver aquellas viejas ilustraciones. Para el niño no adquiere eficacia y virtud la sentencia sino como leyenda de un grabado, y acaso los más de los preceptos morales que ruedan de boca en boca y de texto en texto sin encarnar en las acciones, se debe a que no han encontrado todavía la figura visible de color y línea a que servir de leyenda" (Unamuno, M. de, 1942, p. 49).

En Alemania se comenzó con la litografía, que entre 1800 y 1830 tuvo un desarrollo significativo. Pero los libros de imágenes alcanzaron su mayor esplendor en el siglo XX, junto a la litografía que era la clave para reproducir imágenes gráficas. Ya a principios de 1900, los cuentos populares, que fueron paulatinamente adaptados para los niños, contenían excelentes ilustraciones en blanco y negro. Con el transcurso del tiempo, los textos se han combinado con las ilustraciones, que constituyen un excelente recurso didáctico para hacer más ameno un texto extenso y compacto. En la actualidad, en el mundo de la literatura infantil, es abundante la producción de libros en cuyas páginas se complementan el texto y las ilustraciones, en un proceso dinámico que refleja la importancia de cómo se maneja el dibujo y cómo éste influye en la mente humana.

El complejo mensaje del arte gráfico estuvo siempre vinculado a la literatura infantil y juvenil, basta recordar algunos nombres célebres del siglo XIX y principios del siglo XX: el pintor alemán Ludwig Richter, que reunió en torno suyo a varios artistas de su época, entre ellos al danés Lorenz Frolich, fue uno de los primeros en ilustrar "Robinson Crusoe" de Daniel Defoe y los cuentos populares de los hermanos Grimm. En Francia, Gustavo Doré ilustró los cuentos de Charles Perrault, y Arthur Rackhan, aparte de ilustrar "Alicia en el país de las maravillas" de Lewis Carroll y el famoso "Peter Pan" de Sir James Barrie, supo crear, asimismo, una atmósfera poética en sus trabajos, que van desde sus ilustraciones de los cuentos de H-C. Andersen, hasta sus dibujos del mundo caballeresco del Rey Arturo. Libros infantiles y juveniles que hoy constituyen verdaderas joyas de arte.

Walter Crane (1845-1915), pintor, diseñador e ilustrador inglés, célebre por sus ilustraciones de libros infantiles con un estilo premeditadamente arcaico.

La ilustración para Alicia en el país de las maravillas de Sir John Tenniel es célebre por sus ilustraciones de las obras de Lewis Carroll Alicia en el país de las maravillas (1865) y Alicia a través del espejo (1872).

El primer libro de texto ilustrado destinado a los niños fue The Visible World in Pictures (El mundo visible en imágenes) publicado por Juan Amos Comenio en 1658. La proporción mayor de libros ilustrados durante el siglo XIX correspondió a los destinados al público infantil, cuya producción aumentó considerablemente. Entre los ilustradores más importantes cabe mencionar a William Mulready (El baile de la mariposa, 1807), George Cruikshank (Cuentos de Grimm, 1823), Edward Lear (A Book of Nonsense, 1846), F.O.C. Darley (Rip Van Winkle, 1850), Gustave Doré (Los cuentos de Perrault, 1862), John Tenniel (Alicia en el país de las maravillas, 1865), Richard Doyle (En el país de las hadas, 1870), Arthur Hughes (Sing-Song, 1872), Winslow Homer (Courtin, 1874), Randolph Caldecott (La casa que construyó Jack, 1878), Kate Greenaway (Tarta de manzana, 1886), Walter Crane (Esopo para niños, 1887) y Beatrix Potter (El cuento de Peter Rabbit, 1900). Todos estos artistas ejercieron una fuerte influencia en el posterior desarrollo de la ilustración de libros infantiles. Son también dignos de mención el artista francés Louis Maurice Boutet de Monvel (Jeanne d’Arc, 1896) y el acuarelista inglés Arthur Rackham (Fábulas de Esopo, 1912).

En esta modalidad han surgido clásicos modernos en diferentes países, entre los que destacan: Maurice Sendak en Estados Unidos, (Donde viven los monstruos); Jean de Brunhoff en Francia (los libros de Babar, que se iniciaron en 1931); Reiner Zimnik (Jonás el pescador, 1956) y Marlene Reidel (El viaje de Eric, 1960) en Alemania; y Yashima Taro en Japón (El niño cuervo, 1955). La mayor parte de los libros ilustrados que se editan en la actualidad están dedicados a los niños.

La relevancia que la ilustración concede a la literatura infantil hizo que en varios países se supere la clásica división entre el escritor y el ilustrador, del mismo modo como se superó la diferencia existente entre el escritor a secas y el escritor de la literatura infantil. En Estados Unidos y Europa, por ejemplo, el artista de las imágenes gráficas y el artista de la palabra escrita tienen los mismos derechos de autor, y ningún ilustrador tiene ya la necesidad de luchar contra el autor o editor para que su nombre figure en la cubierta de los libros, pues se sobreentiende que la ilustración es una creación artística semejante a la literatura. Además, la fusión entre el escritor y el ilustrador no solamente implica la fusión entre la imagen y texto, sino la creación de una obra digna de ofrecérsela a los niños, ya que si ambos se aferran a su propio arte, a su propio estilo y a sus propias ideas, lo más probable es que la ilustración no sea una trascripción enriquecedora del texto. Lo que implica que tanto el ilustrador como el escritor creen libros a partir del interés de los niños y no a la inversa.

Ningún autor serio podrá referirse a los pequeños lectores con el mismo lenguaje que usa para comunicarse con los adultos, ni ningún ilustrador podrá diseñar imágenes de difícil comprensión, habida cuenta que el sentido de la perspectiva de los niños es diferente a la de los adultos; en parte, porque los niños tienen más dificultades que el adulto para reconocer una figura pequeña que se esconde en una figura mayor, lo mismo que para relacionar los detalles en una totalidad, no sólo porque su cara es más pequeña y sus ojos están más ceca el uno del otro, sino también porque el niño ha vivido menos y que, consiguientemente, tiene menos experiencia en la cual basar sus juicios. Asimismo, para reconocer los detalles de un dibujo doble, que teóricamente exige una reorganización de la percepción, el niño de 4 años necesita más información que el niño de 7 años.

Así, cuando se enseñan dibujos dobles a niños de diferentes edades, se llega a la conclusión de que la comprensión de los dibujos está relacionada con la edad del niño; un experimento que se ajusta a las teorías de Jean Piaget, quien considera que la percepción se mejora con la edad -maduración- y la experiencia cognoscitiva.

En una investigación realizada se mostró imágenes de personas, animales y cosas, compuestas de frutas y verduras. En este experimento, casi todos los niños de 4-5 años vieron sólo las partes; en cambio los niños de 6-7 años vieron tanto las partes como las totalidades. Un niño, por citar un caso, dijo: "Yo veo frutas", y después de volver la mirada sobre la imagen añadió: "yo veo un muñeco hecho de frutas". Es decir, no cabe duda que los niños, a partir de los 8 años de edad, pueden distinguir tanto los detalles como las totalidades. Además, se debe considerar que la percepción está vinculada a la motivación, la motricidad, el desarrollo lingüístico e intelectual.

La esquematización en la percepción tiene que ver con la capacidad para organizar y reorganizar mentalmente las partes y las totalidades de un objeto observado, de modos que cada cual conserve su característica particular. En el plano lógico se decide las relaciones entre las partes y las totalidades, por medio de una multiplicación lógica. Un ejemplo de esto es ordenar una palabra en una sopa de letras o distinguir la imagen de un muñeco en un dibujo compuesto o complejo.

Según los expertos, los aspectos cualitativos del desarrollo de la percepción se pueden resumir del siguiente modo: la percepción es un proceso a través del cual el organismo se proporciona de información sobre el entorno. No es casual que la percepción visual, que tiene que ver con el sentido de la vista, domine en la investigación sobre el tema de la percepción, incluyendo sus partes psico-evolutivas, puesto que la vista está considerada como el órgano más importante del organismo humano, aunque filogenéticamente la sensibilidad es más vieja que el sentido de la vista y el oído

Kornei Chukovski, en su libro "De los dos a los cinco", dice: "Todo poema para los niños debe ser gráfico, ya que los versos que los propios niños componen son, por decirlo así, dibujos en verso (...) La precisión gráfica de los versos infantiles debe servir de brújula a los dibujantes que ilustran libros para niños y a los poetas que escriben para ellos". A lo que agrega el ilustrador holandés Leo Lionni: "Para el autor de libros para niños, es esencial recuperar y expresar los sentimientos y las sensaciones de sus más tempranos encuentros con las cosas y los acontecimientos. Debe retornar a los lugares y a las circunstancias de su niñez en busca de los estados de ánimo y de las imágenes de entonces, y debe inventar maneras de transformarlos en lenguaje. Un libro para niños describe esos momentos remotos cuando nuestra vida todavía no había sido sometida a las imposiciones y a las exigencias del mundo adulto, y cuando cada experiencia personal, no importa cuán específica fuera, adquiría sentido universal" (Lionni, L., 1985, p. 28).

A cualquiera que dedique su arte a la infancia, le será útil observar la creación pictórica del mundo infantil, como quien para filmar un río debe de zambullirse en sus aguas, pues el dibujo del niño tiene una relación íntima con su desarrollo emocional, perceptivo e intelectual. Los niños sometidos a las tragedias de una guerra, por ejemplo, dibujan un mundo lleno de aviones y tanques, donde las víctimas yacen como soldaditos de plomo; en tanto los niños que viven en un contexto social armónico y pacífico, dibujan un mundo como debería de ser, sin genocidios, tanques ni aviones. Los niños sordos tienden a dibujar orejas desproporcionadas y los niños agresivos exageran el tamaño de las uñas y los dientes. (Carlsson, H., 1985, p. 62).

No obstante, cuando éstos pasan de la creación personal a la apreciación y el goce estético, prefieren las creaciones de los adultos y, entre ellos, los más estrechamente vinculados a la realidad, desde el punto de vista de la claridad y la minuciosidad en los detalles, aunque algunos sostienen que los niños se sienten atraídos por los libros infantiles en cuyas páginas aparecen animales desproporcionados o personas carentes de simetría, con caras redondas, brazos y piernas cortas, ojos enormes y bocas diminutas.

Todos son conscientes de que el niño, a diferencia del adulto, tiene un pensamiento mágico y la capacidad de poderse imaginar una realidad que se diferencia del pensamiento lógico. Es decir, lo que para el adulto se manifiesta en conceptos abstractos -en ideas-, para el niño se manifiesta en imágenes, una experiencia que comparte con algunos pintores como Marc Chagal, en cuyos cuadros se ve a una pareja de enamorados volando sobre los techos de París, a un muchacho tocando violín en el tejado de una cabaña o a los ángeles hablando de igual a igual con los mendigos. Los niños, como los pintores cubistas, observan e imaginan la realidad desde una perspectiva que no se ajusta a la lógica racional, sino a las aventuras de la imaginación, propias de los corazones eternamente infantiles.

El ilustrador debe conocer el desarrollo senso-motriz de la infancia, con el fin de entender la actividad creativa propia del niño; es más, debe saber que cuando un niño tiene un lápiz en la mano, lo primero que hace son líneas sin convicción hasta darle una forma redonda, a la cual sólo le falta tres puntitos para que represente el rostro humano, pues los ojos y la boca son órganos a los cuales el niño atribuye muchísima importancia. Luego de los ojos y la boca, dibuja los brazos y las piernas, consistentes en dos rayitas verticales y horizontales. Posteriormente, éstas líneas difusas toman forma más estilizada y realista, a pesar de que muchos niños, a la edad de ocho años, siguen haciendo composiciones abstractas y expresionistas que, para un adulto, son de difícil comprensión, o como diría Pablo Picasso: imitar los seres y las cosas resulta muy sencillo para el pintor, lo difícil es imitar la creatividad de los pequeños pintores.

Los niños, entre los nueve y doce años, tienen mayor interés en los dibujos que mejor reflejan la realidad, aunque no con la misma exactitud de una cámara fotográfica que, por lo demás, es menos estimulante que el dibujo. Empero, cuando ingresa en el período crítico de la pubertad, prefiere tanto la imagen realista como el dibujo experimental, sobre todo, la técnica llamada "cartón", que es propio de los tebeos o las historietas.

Según señalan los expertos, el dibujo tiene una propiedad icónica, debido a que imita la realidad por medios ilusorios. El análisis está basado en principios semióticos. Nos valemos de la semiótica como método para analizar la estructura del dibujo y los diferentes códigos de los símbolos. Esto se usa para caracterizar las diferentes convenciones idiomáticas de la comunicación, y una de esas formas de comunicación es el lenguaje de la imagen visual.

El niño, por medio de sus dibujos, refleja su propio mundo interno, sus pensamientos y sentimientos, todo aquello que no puede expresar por medio de las palabras. El idioma gráfico del individuo nos entrega hilos conductores para analizar sus experiencias y su madurez intelectual.

La fantasía del niño no está divorciada de la realidad. Los niños organizan y estructuran el caos del universo por medio de la palabra y el dibujo. Si el niño se expresa de manera espontánea por medio de los dibujos es porque algo tiene que contar, algo que no lo puede expresar por medio de la palabra oral o escrita. Una simple expresión gráfica a temprana edad puede revelarnos su fuero interno y su forma de concebir el mundo.

Para Jerónimo Bruner, la temprana creación pictórica ayuda a entrenar las funciones de la memoria y es determinante en el desarrollo idiomático. Bruner concibe la imagen gráfica y el idioma verbal como una evolución ordenada durante el período preescolar y considera el lenguaje escrito como algo único en el desarrollo cognoscitivo. Lo mismo que para el psicólogo ruso Lev Smenovitj Vygotskij, el dibujo, además de desarrollar la destreza motórica del niño, es el primer paso del lenguaje escrito y una poderosa herramienta para el pensamiento, ya que las letras no son más que una suerte de dibujos en miniatura.

El artista, dedicado a ilustrar libros para niños y jóvenes, está en la obligación de interiorizarse en el mundo que va a pintar, para que a partir de esa realidad pueda desarrollar una labor fecunda, consciente de que la imagen gráfica sirve para motivar y estimular el gusto por la lectura. La conocida ilustradora Monika Deppert, refiriéndose a este tema, apunta: "Para poder dibujar un pedazo de realidad, tengo que vivirla y sentirla. Si se trata de una realidad alejada de la mía, tengo que ir a buscarla y exponerme a la experiencia directa. Esto no puede ser sustituido por medio de mirar fotografías y leer libros" (Deppert, M., 1985, p. 5).

En efecto, el arte de la ilustración, que se ha incrementado en la literatura infantil, es la puerta que conduce hacia el complejo proceso de aprendizaje de la lectura, o como sostienen Verónica Uribe y Marianne Delon: "Las imágenes y la concepción gráfica son de gran importancia en un libro para niños. En el aprendizaje de la lectura y en la consolidación de hábitos de lectura, las imágenes juegan un papel interesante de apoyo, motivación y apresto a la lectura. No deben ser simples adornos del libro ni debemos considerar que simplemente hacen al libro más bonito. Las imágenes constituyen por sí mismas un lenguaje de fácil aprehensión por parte de los niños, que pueden tener tanta o más importancia que el lenguaje escrito. Por este motivo, es indispensable prestar atención a la calidad gráfica de los libros para niños" (Uribe, V.- Delon, M., 1983, p. 27).

Sin embargo, a pesar de estas consideraciones, todavía hay quienes niegan la importancia de las ilustraciones en la literatura infantil, sin considerar que, a veces, para los niños es más relevante el lenguaje visual que el lenguaje hablado o escrito, no sólo porque vivimos en una sociedad dominada por la imagen gráfica, sino porque la ilustración es un poderoso medio de comunicación y un excelente recurso didáctico en el sistema educativo.

http://www.leemeuncuento.com.ar/ilustraciones.html . Artículo de Víctor Montoya.

· Historia de la ilustración en España

El primer tercio (1900-1936), tiempo de vanguardias artísticas, fue uno de los periodos más estimulantes y vitalistas de la historia de la cultura española. Se alcanzaba la modernidad y, con ella, las artes gráficas, la industria editorial y la prensa periódica experimentaron un gran desarrollo que, a su vez, propició la difusión de la obra de un grupo excepcional de artistas plásticos de la época, entre los que se encuentran los precursores de la ilustración española de libros para niños

Fue el momento, también, del nacimiento sociológico de la infancia. Los niños comenzaron a existir como tales, a tener su propio espacio en la sociedad, y la básica atención escolar se fue ampliando con propuestas de tipo cultural. Y así los niños empezaron a tener «sus» libros, «sus» tebeos, «su» teatro... Nació, pues, la literatura infantil española, que por definición tenía que ser ilustrada (según la autorizada opinión de la Alicia de Carroll: ¿de qué sirve un libro si no tiene dibujos?, y lo hizo de la mano de grandes artistas. Los irrepetibles modernistas y los noucentistes catalanes que, como fue habitual en la época, alternaron de forma natural y sin prejuicios, pintura, grabado, cartelismo, publicidad y humor gráfico, con la ilustración de libros infantiles.

Barcelona, como gran centro de producción editorial, y Madrid, con la editorial Calleja, auténtica «factoría infantil», pusieron en circulación modélicos libros para niños, ilustrados por Apel·les Mestres, Salvador Bartolozzi, Xavier Nogués, Josep Llaverías, José Sánchez Tena, Rafael de Penagos, Joan Junceda y Lola Anglada, entre muchos otros. Artistas olvidados, apenas nombres de culto para unos pocos, que se reivindican hoy en esta exposición, y que, si los tiempos hubieran sido propicios, habrían dado lugar a una gran escuela de ilustración española y, posiblemente, a un «siglo de oro» de la ilustración de libros infantiles. Pero no pudo ser.

La guerra civil y los largos años de posguerra y dictadura posteriores (1936-1970), marcaron la vida cultural española con el exilio y el silencio. La escasez y la mediocridad fueron las notas predominantes, con alguna brillante excepción, como los exquisitos trabajos de Mercé Llimona (Barcelona, 1914-1997), destacada cultivadora de la tradición inglesa; las armoniosas imágenes de María Rius (1938); los ternuristas niños felices de Ferrándiz (1919), que dio color a muchas Navidades con sus famosos «christmas», y los trabajos de algunos espléndidos dibujantes de historietas (Blasco, Ambrós, Cifré, Vázquez, Ibáñez), un género que alcanzó gran popularidad en la época; tanta, que no es infrecuente referirse a ella como «aquellos tiempos del tebeo».

A finales de los años 60, en Cataluña comenzó a recuperarse abiertamente el libro infantil ilustrado, heredero de aquellos precursores. Y ya en los 70, de la mano de la madrileña editorial Altea y de dos jóvenes profesionales, creativos, renovadores y progresistas —el ilustrador (y desde hace unos años también escritor) Miguel Ángel Pacheco y el escritor y cineasta José Luis García Sánchez—, se dio el primer paso, el impulso decisivo que permitió alumbrar un nuevo concepto de libros para niños, moderno y a la altura de los tiempos, que hoy ya está plenamente instalado en el panorama internacional.

Principales protagonistas de ese momento fueron, junto a Pacheco, el grupo de ilustradores formado por Asun Balzola, Miguel Calatayud, José Manuel Boix, Viví Escrivá, Carme Solé, José Ramón Sánchez, Ulises Wensell, Montse Ginesta y Karin Schubert, cuyos trabajos tuvieron una excepcional acogida en el país y una inmediata repercusión internacional. Rupturistas, originales y buenos conocedores tanto de los clásicos como de las nuevas corrientes artísticas, ellos supieron incorporar la contemporaneidad al panorama español. Hoy, treinta años después y aún en plena actividad, siguen siendo los ilustradores de referencia de la literatura infantil española.

Este «Grupo de los 70», que lo es más por pura coincidencia temporal (y por el buen olfato de quien fue capaz de aglutinarlos en torno a proyectos innovadores), que por características comunes, rechaza la idea de «escuela española de ilustración». No se reconocen como miembros de esa supuesta escuela, ya que si algo les caracteriza, como independientes y autodidactos que son, es la diversidad de ideas, de estilos, de técnicas, de trayectoria profesional... Marcaron, sin embargo, las pautas del buen hacer y han sabido ganarse el respeto y la admiración de todos, tanto por su magnífica obra, siempre en evolución, como por su irreductible defensa de la libertad creativa. Y marcaron también el camino para los que han llegado después. Ellos, como grupo, tal vez no formaron una escuela, pero sí la han creado. Esta exposición, en la que se ha reunido a un centenar largo de ilustradores españoles del siglo XX, es una buena muestra de la huella espléndida de su magisterio.

La mayoría de los nuevos profesionales que, en las décadas de los 80 y los 90, se fueron incorporando al panorama de la ilustración, siguieron las pautas del Grupo. La estela de «balzolas», «calatayudes», «pachecos», «solés», «ginestas»... es fácil de apreciar en muchos de los trabajos que aquí se muestran, obra de jóvenes ilustradores que, inspirados en sus maestros, supieron recrear estilos personales. Junto a ellos, y en esos años de especial euforia editorial, a la que contribuyó el desarrollo de la edición en las Comunidades Autónomas, fueron apareciendo también personalidades singulares, como Ruano, Luis de Horna, Gabán, Alonso, Gusti, Ballester, Meléndez, Serrano, los gallegos López Domínguez y Enjamio, los vascos Mitxelena y Olariaga, que vinieron a añadir riqueza variedad a un panorama realmente atractivo, en el que hoy ya caben todas las propuestas

Los novísimos —Amargo, Max, Morales, Rubio, Tàssies, Villamuza, Villán— cierran el siglo con brillantez, con obras de impacto similar a las del Grupo de los 70, y con similar afán de innovación, aunque con la ventaja de saberse inscritos en una tradición (corta aún, pero tradición al fin) que les ampara. Pasado ya el tiempo de «inventar» el libro ilustrado español para niños, estos ilustradores pueden dedicarse a reinventar, en esos libros, el arte de su tiempo. Un arte de hoy, que no olvida el pop, el surrealismo, el cubismo, el expresionismo o el hiperrealismo, pero en el que resulta evidente la influencia del cine, la fotografía, el cómic, el diseño gráfico y la infografía, además del gusto por la experimentación y por el mestizaje de técnicas. La última generación de ilustradores españoles lo está haciendo con estimulante libertad creativa y con excelente oficio. Ellos cierran un siglo que no pudo ser de oro, pero abren otro que promete llegar a serlo.

http://ilustrapalooza.blogspot.com/2008/05/ilustracion-de-libros-infantiles.html

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