Colombia: de la Nada al Nadaísmo






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Colombia: de la Nada al Nadaísmo
Introducción: La era del grito

La mañana del 20 de Febrero de 1909, se escuchó por todo París un grito ensordecedor que hizo levantarse de la cama a todo aquel que aún estaba durmiendo. Parecía la llegada de una peste. Los cándidos parroquianos de los periódicos matutinos iban al kiosco más cercano de su casa para comprar la edición de Le Figaro como todas las mañanas. Pero al momento de abrirlo se desataba la histeria. Un alarido aterrador se impregnaba en las bocas de todo quien lo leía. Unos gritaban que sí, otros que no, pero al final todos gritaban anunciando la llegada de la epidemia. Y no fue hasta que se tomaron el primer café au lait y se quitaron las lagañas de los ojos, que se dieron cuenta de que no era una peste la que producía tales alaridos. Bueno, sí era una peste, pero no precisamente en sus cuerpos: el autor de tan magna estupefacción y de tan aturdidora gritería por los Champs Elysées no era más que el primer manifiesto futurista escrito por un joven poeta italiano afrancesado llamado Filippo Tommaso Marinetti.

Toda esta historia era sólo para mostrar lo fuerte que gritan los parisinos: tan fuerte gritan, que un par de meses más tarde se comenzaba a oír el eco de ese grito del 20 de Febrero de 1909 por las calles latinoamericanas. Lo oyeron en Nicaragua, en Brasil, en Perú, en Argentina y hasta en Chile ya se oían esos gritos franceses traducidos al español por las revistas culturales de la época. Y a ese grito producido por el manifiesto de Marinetti se unieron otros suscitados por los Calligrammes de Apollinaire y por los cuadros de Picasso. Todo el mundo gritaba: desde Europa le gritaban a América, los americanos le gritaban a Europa; unos esperaban los gritos con el viento, otros se los traían en barco desde el otro lado del océano; los viejos gritaban que no, los jóvenes gritaban que sí; “El grito” de Edvard Munch había sido solo un esbozo de lo que fue esa gritería.

Y fueron esos gritos los que llegaron a la alcoba del joven Vicente Huidobro en Santiago de Chile, y este, untado de esos ruidos de ruptura provenientes de todas partes de Europa y América decidió crear su propio grito: el grito creacionista. Y fue un día de algún mes del año 1914 en el cual Vicente gritó en el Ateneo de Santiago su manifiesto Non serviam. El público atónito no supo qué hacer ante los chillidos del joven escritor: era la primera vez que alguien producía su propio grito en Hispanoamérica. Decidieron entonces que lo mejor era seguir aullando para que el grito de su compatriota no quedara en vano. Luego llegó Borges con un grito ultraísta importado de España; los brasileros no se quedaron atrás y también gritaron por su lado; los mexicanos emitían sonidos estridentes desde el norte que le daban la vuelta a América. Los españoles gritaban su dominio intelectual sobre Hispanoamérica; los hispanoamericanos, con alaridos, se declaraban desligados por completo de la vieja y carcomida madre patria. Todos gritaban un grito nuevo, todos rompían los vidrios del pasado con sus altos decibeles. Pero había una casa que aún no había roto sus ventanas; había una sociedad que se mantenía tejiendo las ropas fúnebres del siglo anterior sin decidirse a terminarlas; había un país estancado en la tradición y en la norma; un país que no había sumado su grito al de sus coetáneos: Colombia se había quedado por fuera de la vanguardia.

Pero no puede ser posible que la época del gran auge de la rebelión juvenil contra su pasado cultural no hubiese golpeado a Colombia en algún sentido; no puede ser verdad que no hayan existido movimientos literarios librepensantes e inconformes con la situación artística de su país que hayan decidido generar un cambio; no puede ser cierto que existiera un gobierno opresor tan fuerte que lograse silenciar las necesidades de ruptura de su pueblo; no puede ser cierto.

En el caso de Colombia, aunque mirándolo desde unas dimensiones mucho más pequeñas, sí se generó una búsqueda de ruptura; sí se generaron movimientos en pos de un cambio que, aunque no pudieron ser vistos en Hispanoamérica o mundialmente, examinados desde la situación política, social y cultural del propio país sí generaron una serie de pequeños sismos en el sistema, los cuales poco a poco fueron creciendo hasta generar el apocalipsis para el antiguo régimen artístico. Bueno… un pequeño apocalipsis. Digamos un apocalipsis con solo un jinete.
El ambiente cultural colombiano de principios del siglo XX estaba dominado por un arte absolutamente conservador y normativo. El partido político de derecha tenía un control total sobre el gobierno y la literatura, ahogando la mente del pueblo con una visión tradicional y pasatista que cubría toda la atmosfera social del país. Luis Tejada hablaría de esto en un artículo del periódico El Espectador en 1922: “Este país es esencialmente conservador en todos los aspectos de su vida pero singularmente en lo que se refiere a la literatura”1. La literatura era manejada por el gobierno; los escritores de la época eran el grupo de los “Centenaristas”, movimiento que le hacía honor al centenario de la independencia del país, y “donde se reunieron varios de los más pulcros cavernícolas que país alguno haya ofrecido jamás”2. Estos abogaban un culto a la firmeza estética y ética en el arte, siguiendo los parámetros de la educación moral impuestos por el gobierno.

El trabajo educativo del gobierno buscaba generar en el país el desarrollo de un español perfecto: sin neologismos, atado a la lengua tradicional de la península, absolutamente normativo y sin rupturas de la regla. Y lo lograron; crearon el español considerado como el más ortodoxo no sólo entre los hispanoamericanos, sino también incluyendo a los de España. Y fue esta pureza del lenguaje la que creó una barrera intraspasable para la poética colombiana: mientras que en la península Ibérica y en América se desmenuzaba el español manipulando su morfología y sintaxis, creando neologismos y destruyendo sus normas; en Colombia la literatura seguía siendo clásica en todos los sentidos. Todo estaba escrito con un español normativo y académico que pocos poetas se atrevieron a pasar por alto: las estructuras del pasado, los sonetos y las métricas clásicas, no salían de la cabeza de los escritores colombianos. La imposición por parte del gobierno y de los educadores de enseñar un español puro y correcto llevaría a una tradición de uniformidad, de pureza y de compostura gramatical que al quedar tan impregnada en la cultura y en la mente de los ciudadanos, luego romperla sería un trabajo muy difícil.
Los sembradores de discordia

Se puede considerar a la revista Pánida, fundada en Medellín en 1915, como la primera búsqueda de ruptura en la literatura colombiana. Y no es que este grupo de los “13 pánidas” haya creado innovaciones en el ámbito artístico del país; en realidad “los pánidas” no generaron ningún cambio literario digno de ser resaltado. El verdadero aporte que le dio la revista al mundo cultural colombiano fue haber dado a conocer la figura de León de Greiff. Él le mostró al país una manera de ver y expresar la vida distinta de cómo era percibida por sus escritores coetáneos. Aunque su poesía estaba embriagada de simbolismo y de una clase de modernismo muy particular, sus imágenes y su música eran únicamente suyas; sus originales ritmos, burlones e irónicos, rompían con todo lo que la literatura colombiana había establecido. Mostró una indudable voluntad de trasformación estética y ética para un país absolutamente tradicionalista y conservador.

En la poesía de Greiff, se puede encontrar la mezcla de la indomable búsqueda de cambio, unida a sus particulares ritmos saltones, a sus cultismos decimonónicos sacados del español campesino colombiano y a una fuerte atracción hacia el modernismo y al simbolismo, mostrando en ellos su innovación, pero manteniéndose siempre agarrado por alguna parte a las tradiciones pasadas. A veces su forma es nueva, a veces el contenido es innovador, pero siempre se siente en el fondo de su lírica un ambiente que no logra liberarse de las ataduras del pasado:



FACECIAS

Oh tropical

ferrocarril,

fruto del mal

ingenieril!
A mi senil

gusto ancestral,

(o juvenil

“pose” trivial)
Aporta tedio

y atroz neurosis

tu maquinaria!
Un buen remedio!

La ferroviaria

descarrilosis!” 3



PEQUEÑA BALADA RIENTE DE LOS SAPOS EN LAS CHARCAS

Los sapos en las charcas

serenatas jocundas

van a decir

a las deidades zarcas

de las noches profundas:

para reír!

(…)

A insignes pedagogos

ahítos de catálogos

van a decir,

y a sucios demagogos

y a poetas análogos:

para reír!
Y a solteras apáticas

y a doncellas históricas

van a decir,

y a las Dueñas Gramáticas,

y a tales Retóricas:

para reír!
Los sapos en las charcas

serenatas jocundas

van a decir,

y mis pupilas zarcas,

falaces y profundas

van a reír!4


En 1917 el centro de expresión intelectual en Colombia pasó a ser Barranquilla. Esta ciudad costera acoge a la revista Voces, y a su “Grupo de Barranquilla” liderado por el legendario librero catalán Ramón Vinyes. Durante los últimos años de la década de 1910, Voces reunió en sus páginas a los más importantes poetas de Latinoamérica y Europa; mostró su interés por el vanguardismo siendo una de las primeras revistas en América en dar noticia de las vanguardias en el viejo continente (futurismo, cubismo); y todo esto lo hizo con una actitud mucho más agresiva y polémica que la mostrada por los “paisas” de Pánida. Pero no creó vanguardia propia, no generó ninguna forma de arte nuevo; en realidad más que “Voces” lo que fundaron fue “ecos”; un altavoz para dar a conocer las rupturas artísticas en el exterior, pero nunca las rupturas propias, ya que no generaron ninguna.

El antioqueño Luis Tejada, cronista y ensayista, llegó a Bogotá en 1920 a darle vida a una nueva generación en la literatura colombiana. Llegó para untar a los jóvenes de la capital con sus filosofías comunistas, con sus creencias destructoras de todo el orden establecido anteriormente. Con él como maestro, comenzaron a formarse tácitamente los escritores colombianos que generarían controversia años más tarde:

“En aquel ambiente del Windsor, al lado de los hacendados y los negociantes comenzó a aparecer un nuevo tipo de hombres. Empezaron a ocupar diariamente las mesitas, sin acuerdo previo, sin una reunión anterior por medio de la cual se declarara fundada con estatutos y reglamento, la nueva generación colombiana. Iban apareciendo allí nuevas caras, trayendo el aporte de su propio mensaje, y sin saberse cómo ni cuándo quedó establecida una nueva generación colombiana, sin mensajes ni manifiesto al país, movida indudablemente por la misma fuerza espontánea que le quitaba al país su cáscara del siglo XIX y lo incorporaba, al transformarlo en el XX.”5

De ahí salieron los “Arquilókidas”, quienes representaron el primer intento colectivo de ejercicio pleno de libre examen y el más vigoroso rechazo estético y ético a todo el arte que precedía a la nueva generación literaria en Colombia.

Extraña darse cuenta de la poca importancia que se le ha dado a este grupo entre las “vanguardias” en Colombia, ya que en realidad los “Arquilókidas” pueden considerarse fundamentales para el desarrollo intelectual de los movimientos futuros.

El diario El Sol de Bogotá fue el que acogió los escritos “arquilókidos” al comenzar el grupo, para luego pasar a publicar sus críticas en el periódico La República. Aunque no tuvieron el alcance, ni la fuerza de la vanguardia en Europa o el resto de Latinoamérica; y aunque no hubo entre ellos una figura fuerte y cosmopolita que los llevara a la fama internacional, los “Arquilókidas” sí compartieron las características típicas de los vanguardistas de la época: “el rechazo a la tradición y la consecuente exaltación de lo original y lo nuevo; la oposición a la institución del Arte como signo de normatividad y autoriarismo”6. Fue el primer grupo en Colombia que rechazó fuerte y abiertamente al mundo intelectual dominante; atacaron sin misericordia a la generación “centenarista” y a su culto de la firmeza estética y ética en el arte.

En 1922 encontraron en el periódico La República el lugar desde donde podían poner sus gritos para causar el mayor estruendo posible en la sociedad. Su comportamiento belicoso y agresivo se asimila mucho a la actitud beligerante de los futuristas de Marinetti: el antipasatismo absoluto, la negación de toda la literatura anterior a ellos y la violencia e irreverencia con la cual mostraban y expresaban sus ideas eran de la misma índole de las manifestaciones futuristas. Dedicaron su trabajo a destruir el pasado a base de insultos y señalamientos, porque no creían posible “tratar a nuestra barbarie literaria con vocablos cariñosos”7. Atacaron todo y a todos los que no les agradaban con una actitud humillante y ofensiva. Entre sus artículos publicados en La República, escribieron uno con la lista de personalidades de la cultura colombiana que querían degollar y ahorcar, entre las que colgaban a políticos, poetas, novelistas, críticos… A todo aquel que tuviese aires de vejez y de norma.

Pero no fue hasta la publicación de su carta a la Academia Colombiana de la Lengua Española que la derecha del país no se levantó a detenerlos:

Los Arquilókidas a la Academia
Bogotá, 26 de Junio de 1922

Señor secretario de la Academia Colombiana de la Lengua Española.

Presente.

Habiendo emprendido este grupo la grata labor de limpiar el agro intelectual de amorreos, cananeos y filisteos, y sabiendo, por referencias, que ese cuerpo conserva los más célebres fósiles, agradeceríamos a usted nos enviara una lista de tan “ilustres desconocidos”. Tiene esta solicitud el objeto de conocer los nombres de los individuos que componen ese asilo de inválidos mentales, muchos de los cuales serán empalados y estrangulados sin misericordia.

Tenemos noticia de que todos estos señores, ancianos austeros pero miopes, cuya labor literaria ignora el país, son académicos tan sólo por su edad bíblica. Ya lo había dicho Anatole France, en una célebre isla se mata a los ancianos, nosotros los hacemos académicos.

De usted respetuosamente,

Los Arquilókidas”8

Fueron escritos de la talla de este los que llevaron a los grandes educadores morales del país, como el pedagogo Agustín Nieto Caballero o el escritor “centenarista” Tomás Rueda Vargas, a levantarse en contra de la actitud beligerante e irrespetuosa de esos jóvenes rebeldes. Y aunque estos intentaron defender su actitud sísmica apoyándose en su filósofo de cabecera, Arquíloco, no pudieron resistir el peso que les ponía el gobierno y tuvieron que volver al silencio eterno, no criticando nunca más a la cultura conservadora colombiana.

Aunque su época bélica no duró sino los meses de junio y julio de 1922, el paso dado por Luis Tejada y sus “arquilókidas” no quedó en vano. En medio de esa sobriedad artística que se vivía en Colombia en la década de los 20, Tejada hablaba de la necesidad de cambio, de novedad, criticando la actitud estática de sus coetáneos:

“Nadie experimenta aquí la inquietud del porvenir, ni siquiera del presente. Todos son inmunes a los gérmenes de la renovación, y preferimos encerrarnos en la contemplación del pasado antes de adoptar una actitud de simpatía activa, incorporándonos a la agitada vida que transcurre fuera, uniéndonos por algún hilo vital al mundo conmovido y maravilloso que va en marcha hacia adelante.”9

Estas fueron las palabras que llegaron a los oídos de jóvenes rebeldes y bohemios en busca de crear un futuro mejor como Alberto y Felipe Lleras Camargo, Rafael Maya y Luis Vidales. Y estos jóvenes, junto a algunos veteranos cansados de vivir en el pasado, entre los que estaba León de Greiff, Jorge Zalamea y Germán Arciniegas, decidieron generar un medio de ruptura con el mundo cultural colombiano del “Centenario”, creando una revista y un movimiento que estuvieran acordes con el mundo artístico de la época. Y el 6 de junio de 1925 publicaron el primer número de su revista
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