El español clásico (siglos XVI y XVII)






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CAPÍTULO VII
EL ESPAÑOL CLÁSICO (SIGLOS XVI y XVII)


  1. INTRODUCCIÓN


Durante el siglo XVI el castellano se convierte, ya como “lengua española”, en una de las grandes lenguas de cultura del mundo moderno. Es quizá la primera lengua de una estado unificado que se expande más allá de sus fronteras; como lengua de potencia dominante, su conocimiento será casi obligado para los europeos de la época; al mismo tiempo, las conquistas políticas, en especial la incorporación de las nuevas tierras descubiertas al otro lado del Atlántico, convierten al español en lengua, más o menos propia, de otros territorios.

Pero no sólo por eso es ésta la época “clásica” del español. A lo largo de estos siglos se extiende la llamada Edad de Oro de la literatura española: preparada por su amplio cultivo durante la Edad Media, y asimilados los influjos del mundo de la Antigüedad clásica y de la Italia renacentista, la lengua literaria española adquiere un grado de madurez y flexibilidad como casi ninguna otra en aquel momento. Si unimos ello a la aparición de grandes figuras individuales y de “escuelas”, lo cual suele ocurrir precisamente en estos períodos de expansión, entenderemos al porqué de dicha denominación. No hay que olvidar, además, que el apogeo de la literatura española fue más extenso que su predominio por razones políticas, y su influjo sobre la cultura francesa o inglesa se daba incluso cuando España ya no era una potencia de primer orden.

Por último, el español se convierte en objeto de estudio como tal lengua. De todas las “vulgares”, fue la primera que logró una gramática, como sólo ocurría hasta entonces con el latín. Ésa fue la Gramática de la lengua castellana, publicada en 1492 por Antonio de Nebrija, quizá el humanista español más consciente de su papel intelectual. En el prólogo, su autor vincula, según un ‘tópico’ humanista conocido, la suerte del idioma a la grandeza del Imperio que manifiesta, y considera así que podría ser dicha obra el instrumento para que los pueblos que se incorporen a la Corona española aprendan la lengua de sus nuevos señores. En todo caso, el deseo de equiparar en dignidad el español con las lenguas clásicas, latín y griego, es manifiesto1.


  1. LENGUA Y EXPANSIÓN POLÍTICA DE ESPAÑA


Durante la Edad Media, el nombre España había designado en parte una realidad geográfica, pero también evocaba la conciencia de unidad que había bajo los distintos reinos peninsulares: en ese sentimiento latía a veces el recuerdo de la Hispania romana o de la Monarquía visigótica, pero también la noción, aún vaga, de la nueva realidad común que se iba creando a través del tiempo y complejo proceso de la reconquista. Ello no impidió que cada uno de los Estados de la España medieval se organizara de modos muy diversos. A la vez, desde el s. XIII, consumado casi por entero el proceso reconquistador, cada uno siguió caminos diferentes: Portugal se volcó hacia el Atlántico, emprendiendo su política descubridora; Castilla se volvió hacia sí, envuelta en prolongados conflictos internos; Aragón se convirtió en una gran potencia comercial, y militar, en el Mediterráneo; y Navarra vivió cada vez más unida a Francia. Esa conjunción del sentimiento unitario y realidades diferenciadas va a condicionar la historia posterior de España.
Unificación política y lingüística


  1. La unión de las Coronas de Castilla y Aragón fue en principio sólo unión dinástica, movida por el cálculo político: los dos reinos siguieron teniendo sus propias estructuras políticas, por lo que la nueva España surgida en 1479 (año en que hereda la Corona aragonesa Fernando, esposo de Isabel, reina de Castilla desde 1474), no es sino una confederación de reinos bajo unos únicos monarcas. No obstante, la unidad va a reflejarse inmediatamente en la lengua: Menéndez Pidal señaló cómo Fernando escribía al modo castellano viejo; la Cancillería aragonesa y los escritores aragoneses abandonaron muy pronto sus modos dialectales específicos (eran muy pocos, y no importantes, los opuestos a los rasgos castellanos), aunque en el léxico puedan rastrearse dialectalismos hasta mucho después. Ello debió consumar la castellanización lingüística de los aragoneses, iniciada un siglo antes. Pervivió, por supuesto, la lengua catalana, ésta sí con clara entidad propia, tanto en Cataluña como en Valencia, pero su expresión literaria se vio reducida al mínimo: las clases cultas pasaron a utilizar el castellano como medio de expresión más “refinado”.

Proceso semejante es el ocurrido con el reino de Navarra, ocupado en 1512 e incorporado a la Coronado castellana en 1515; excluyendo las zonas vascófonas, sin expresión literaria y normalizada, el viejo romance navarro, semejante en parte al aragonés, poca resistencia opuso al castellano.

Como ya vimos (cap. VI, # 4.1.) la asimilación de Granada siguió las pautas de la reconquista: la nueva población cristiana, de habla castellana, se superpuso a los dominados musulmanes (a quienes el decreto de 1566-67 prohibió el uso del árabe, una de las causas de su rebelión). La diferencia estuvo aquí en que el Centro y Sur del antiguo reino granadino recibió desde Sevilla un castellano ya dialectalizado (lo que no ocurrió en el Norte y el Este, conquistados desde Castilla). Las repoblaciones de gallegos, asturianos, etc. realizadas tras la expulsión de los moriscos no alteraron ya el panorama lingüístico granadino.

No se produjo, en cambio, la unificación con el reino portugués: pese a la anexión de 1580, la definitiva ruptura de 1640 mostró que ambos Estados eran demasiado distintos y que el pueblo portugués tenía clara conciencia de su identidad. No obstante, hubo muchos portugueses, como el mismo Camoens, que escribieron en español, y autores como Gil Vicente o Jorge de Montemayor pertenecen por entero a la literatura castellana.
El español en Europa


  1. Durante el s. XVI y la primera mitad del s. XVII España fue la primera potencia europea; a los dominios que ya poseía la Corona aragonesa (Nápoles y Sicilia) las herencias de su rey Carlos I (1517-1556) añadieron Austria y territorios dependientes (desvinculada, desde Felipe II, de la Monarquía española), Flandes y Países Bajos, el Franco Condado y, más tarde, el Ducado de Milán; al mismo tiempo, en 1519 Carlos fue elegido Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, lo que le llevó a intervenir en los asuntos alemanes y a convertirse en árbitro de la política europea. Con enormes esfuerzos y grandes altibajos tal situación persistió hasta 1648, en que, por el tratado de Westfalia, España perdió muchas de esas posesiones y, derrotada y arruinada, quedó relegada ante el nuevo predominio de Francia.

Todo ello, necesariamente, convirtió al español en una lengua importante, que amigos y enemigos del Imperio se esforzaban en conocer: de ahí las numerosas Gramáticas y Diccionarios que, con mayor o menor fortuna, intentaban familiarizar a los europeos con nuestra lengua. El deseo de convertir al español en la lengua de la política y diplomacia europeas queda magníficamente plasmado en las palabras, tan conocidas, que Carlos I dirigió en 1536 al embajador francés ante el Papa y otros dignatarios: “Señor obispo, entiéndame si quiere, y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana”. Ciertamente, los avatares de la historia posterior impidieron que ello fuera así; ni siquiera en los dominios españoles en Europa el idioma llegó a arraigar. Pero es indiscutible el carácter internacional del español en aquellos siglos.

Más duradero fue el influjo de la cultura española. Si bien en nuestra lengua no se expresó el pensamiento reflexivo o crítico (y su adopción del foráneo, como en el caso del erasmismo, chocó con numerosos obstáculos), los escritos religiosos, de tipo ascético o místico, políticos y morales, y la literatura en general (novela, teatro, cancioneros líricos) tuvieron extraordinaria acogida en Europa. Las traducciones fueron numerosas; puede decirse que géneros como la novela nacieron en España (con el Lazarillo y Cervantes); y episodios como el teatro francés clásico tienen evidentes raíces hispanas.
2.2.1. Consecuencia de todo ello fue la aparición de hispanismos en otras lenguas, en especial francés e italiano. Suelen referirse a aspectos considerados entonces característicos de lo español, y en pocos casos han perdido esa connotación originaria. Entre ellos, Menéndez Pidal cita los italianos sussiego y grandioso, grandiosita; también it. disinvoltura, gusto o fr. désinvolte, brave; en algún caso hay matiz despectivo como en fr. habler (“fanfarronear”). También se refieren a personajes distintos; it. piccaro, y a objetos: fr. guitarre, ingl. guitar, etc. Naturalmente, productos y objetos del Nuevo Mundo entraron en las denominaciones, españolas o indígenas, dadas por conquistadores y colonizadores: fr. tabac, maïs, ouragan. Canoë, it. tabacco, mais, canoa, ingl. tobacco, hurricane, etc.
El español en el Nuevo Mundo
2.3.1. La expansión española de mayor trascendencia histórica y la que proporcionó al idioma su posterior extensión por inmensos territorios fue la que se produjo hacia las nuevas tierras del Atlántico. El proceso tuvo su prólogo en la ocupación de las islas canarias, descubiertas a fines del s. XIV, dominadas en un principio por Portugal e incorporadas a la Corona castellana entre 1479 y 1496; su conquista, colonización y castellanización lingüística (el idioma les llegó, sobre todo, de andaluces) fueron el ensayo de lo que iba a ocurrir más tarde al otro lado del Océano.

La conquista y colonización de estas nuevas tierras fue un proceso relativamente rápido. En octubre de 1492 la expedición guiada por un marino quizá genovés, Cristóbal Colón, llegó a las islas del caribe: éstas fueron ocupadas en los años siguientes, y de ellas partieron nuevas expediciones a lo que pronto se vio era un inmenso continente. Se comprobó también que aquello no era el Oriente buscado, sino algo nuevo: los españoles lo llamaron Indias Occidentales (América fue nombre usado en principio sólo por los otros europeos). Entre 1519 y 1540 ocurrió la conquista del continente: en primer lugar, el Imperio azteca, más tarde el incaico, y, a partir de las nuevas bases de México y Lima, los territorios del Centro e istmo de panamá, los llanos de Bogotá y Venezuela, Chile y Río de la Plata.
2.3.2. La organización política, social y cultural de los nuevos territorios, fue un proceso extraordinariamente complejo. Desde el punto de vista lingüístico el conflicto fue múltiple: entre las lenguas autóctonas y el castellano, entre los deseos de propagar éste y los de mantener a los indígenas en sus propias lenguas (en general, por motivaciones religiosas), si bien extendiendo algunas de ellas (nahua, quechua, guaraní: las lenguas generales); por último, hubo también conflicto entre las varias formas de español llegadas al Nuevo Mundo.

La suerte de las lenguas indígenas fue paralela a la de sus pueblos: muchas desaparecieron con ellos (así, casi todas las del Caribe), algunas por la total hispanización de sus hablantes. Persistieron no sólo las de aquellos pueblos que tuvieron poco o ningún contacto con los españoles, sino también, como dijimos, las de las comunidades indias más desarrolladas, generalizadas en ocasiones por los mismos españoles, sobre todo por los misioneros. La política española oficial osciló siempre entre la castellanización más o menos forzada y el respeto y cultivo de las lenguas autóctonas. Muchos elementos pasaron de esas lenguas al español, general o propio de cada zona (a veces, los españoles llevaron voces de una lengua indígena a otra u otras): la contribución más importante es de tipo léxico, referida a las nuevas realidades de aquel mundo (que a veces recibían nombres ya existentes, aplicados a realidades conocidas en España y más o menos parecidas); el contagio de elementos fónicos o morfológicos es mucho más limitado, y se da sobre todo en hablantes bilingües.

La lengua que conquistadores y colonizadores llevaron al Nuevo Mundo eran tan variada como sus portadores. Como ocurre en tales casos, al trasplantarse a un nuevo territorio debió sufrir un proceso de nivelación y homogeneización de sus elementos más diferenciales. La base sobre la que se realizó fue, sin embargo, muy característica: a lo largo de todo el XVI el núcleo mayoritario de emigrantes estaba constituido por andaluces, más de un 30% (de los que casi el 80% eran del reino de Sevilla, muchos de la misma ciudad), seguidos por extremeños (16,5%), castellanos viejos (14%) y leoneses (6,5%). Por otro lado, de 1492 a 1508 el porcentaje de andaluces rondó el 60%; durante todo el siglo, mujeres y comerciantes venían en su gran mayoría de Sevilla2. Ello constituyó una primera sociedad colonial antillana fuertemente andaluzada, también en sus hábitos lingüísticos, que, tras la estancia en el puerto de Sevilla, constituía base obligada para el paso al Continente. La koiné construida sobre esa base debía tener un claro tinte andaluz.

En épocas posteriores, el porcentaje de gentes del Norte (los naturales del Reino de Aragón estaban excluidos) aumentó; en las tierras de Chile y Río de la Plata llegó a haber altas concentraciones de castellanos viejos, riojanos y vascos. No hay que olvidar que las Cortes virreinales de México y Lima recibieron una población de nobles y funcionarios que llevarían los modos lingüísticos usuales en la metrópoli, refrenando así las tendencias dialectales y vulgares. Pero en las costas la población establecida y el contacto periódico con marineros y comerciantes llegados de Sevilla (monopolizadora de la comunicación con Indias) aseguraron el carácter históricamente dialectal del español en el Nuevo Mundo3.


  1. DE CASTELLANO A ESPAÑOL. LA NORMA LINGÜÍSTICA


3.1. Durante la Edad Media no había existido una denominación fija para el idioma nacido en la vieja Castilla y usado por Alfonso X, Juan Ruiz o el Marqués de Santillana4. Al común romance, de larga vida, han de añadírsele especificaciones: en el s. XIII se desarrollan romance castellano o de Casti(e)lla, lenguaje castellano o de Castiella, y a fines de siglo castellano se usa ya como sustantivo para designar a la lengua propia del Reino de Castilla, una vez diluido en ella el leonés (hibo también lengua vulgar, frente al latín de los cultos). Sin embargo, ya Alfonso X usa una vez espannol, y varias lenguage de España, con ese valor, y en un poema francés del XIII espaignol, parece significar “castellano”.

Este nombre de español, “demasiado exclusivista” (Lapesa) en la época medieval, empieza a ser dominante a principios del XVI: no lo usan humanistas como Antonio de Nebrija o Juan de Valdés, pero sí es ya frecuente en Fernando Colón (muerto en 1539), y se hace cada vez más general desde mediados del XVI. La nueva denominación encajaba perfectamente con la nueva realidad nacional, ámbito común en el que habían venido a confluir los viejos reinos medievales; el neologismo español llenaba, así, un contenido que ahora tenía realización plena. A eso responde el hecho de que los extranjeros siempre hablen de español, y de que sus Gramáticas y Diccionarios se refieran casi exclusivamente a la lengua española: manifestaban así cómo la nueva realidad española se sentía de forma nítida más allá de sus fronteras. Por otro lado, en español se reconocían quienes no eran castellanos, e incluso podían sentir recelos ante Castilla: tanto los miembros del antiguo Reino, leoneses o andaluces, como los nuevos españoles (aragoneses, valencianos, navarros, etc.) preferían el término más abarcador al privativo, pues era también su lengua, y era asimismo la única lengua en que podían comunicarse entre sí todos los españoles.

Sin embargo, el viejo término castellano no se olvidó: era la denominación tradicional, y, como tal, fue mantenido por los más conservadores. Pero también podía indicar la modalidad más “pura” de la lengua (así en Juan de Valdés), o referirse a su origen histórico, lo que provocaba claro orgullo entre los castellanos: de esa forma lo emplean una Gramática anónima de Lovaina (1555) o Gonzalo de Correas, ya en el XVII.

Por último, fue también usual el empleo indistinto de ambos nombres; lexicógrafos como Covarrubias hablan de “lengua Española o Castellana”, y otros utilizan “Lengua Española Castellana” (como especificando a la cuál de las lenguas de España se refieren) o “Lengua Castellana Española”, (realzando el carácter “español” por antonomasia del castellano).
3.2. Dos tipos de
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