La lírica española desde la posguerra hasta finales de los años 50






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fecha de publicación08.06.2016
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LA LÍRICA ESPAÑOLA DESDE LA POSGUERRA HASTA FINALES DE LOS AÑOS 50



En los años anteriores a la Guerra Civil, la lírica abandona el tono deshumanizado vanguardista y comienza la rehumanización, coincidiendo con el surrealismo y con el estímulo de Pablo Neruda. Esa tendencia se acentuó en los años treinta y, en algunos casos, llevará a la poesía comprometida de guerra, por ejemplo, en Alberti y Miguel Hernández.

Entre 1936 y 1939, tanto en el bando republicano como en el nacional se desarrolló una literatura de propaganda ideológica: el poema se convirtió en arma de lucha con la que se ensalzaba al dirigente, al compañero muerto..., y se atacaba al enemigo. Esta producción no se caracterizó, en general por su calidad; sin embargo, debe destacarse la figura de Miguel Hernández, cuya obra, iniciada antes de la contienda, alcanzó su madurez en estos años.


  • Miguel Hernández es el más brillante de los poetas surgidos en los años treinta. Puede ser considerado como un epígono genial de la generación del 27. Su trayectoria refleja la evolución de la lírica de aquellos años, de la deshumanización al compromiso.




    • Etapa gongorina. Se caracteriza por el uso de deslumbrantes metáforas como en Perito en lunas, escrito en octavas reales.

    • Etapa de madurez creadora. La principal obra de esta época es El rayo que no cesa. Aparecen sus temas constantes: amor, vida y muerte. Aquí predomina el amor y el deseo, una inmensa fuerza de la naturaleza que choca contra el entorno. El amor, como un rayo, brota del corazón de poeta y se clava en él produciéndole heridas, penas y presagios de muerte de tono trágico. Predominan los sonetos clásicos; sus 14 versos obligan al poeta a sintetizar el tema y a concentrar su desbordado apasionamiento. Al final del libro aparece una de las mejores composiciones del autor, la Elegía a Ramón Sijé, en tercetos encadenados.

    • Etapa de poesía social. Abarca la obra escrita durante la Guerra Civil. El conflicto bélico supuso para Miguel Hernández el descubrimiento de su función social como poeta; es decir, asume que su destino es convertirse en la voz del pueblo, de los pobres como él, y decide ser el eco de sus desdichas y el cantor de sus gestas épicas en Viento del pueblo y El hombre acecha.

    • Poesía última. Escrita casi toda en la cárcel, está recogida en Cancionero y romancero de ausencias. El poeta lamenta las ausencias de sus amores (su mujer y su hijo) y de su libertad, en poemas que recuerdan la lírica tradicional. El estilo es sencillo y concentrado, de lenguaje simple y sugerente y de estructuras muy rítmicas (metros cortos, paralelismos, estribillos, repeticiones). La temática amor-vida-muerte se repite obsesivamente. De esta época son las Nanas de la cebolla, dedicadas al hijo que no ve crecer por estar en la cárcel.


La Guerra Civil supuso una fractura traumática en todos los ámbitos de la vida española y, por supuesto, también afectó a la literatura. Contrasta intensamente el desolado clima de los primeros años de posguerra con el rico ambiente cultural de la República. Al acabar la contienda, el panorama cultural quedó profundamente empobrecido, debido tanto a la muerte y el exilio de numerosos escritores, como al clima de censura, aislamiento y desconfianza hacia la cultura. En poesía, las ausencias son especialmente significativas:


  • Unamuno y García Lorca han muerto en 1936; Antonio Machado, en 1939, y Miguel Hernández morirá poco después, en presidio, en 1942.

  • Permanece en España, tras la guerra, algunos componentes de la generación del 27, como Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre y Gerardo Diego, que hacen obras fundamentales en la posguerra.

  • Viven en el exilio Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Rafael Alberti, Luis Cernuda, León Felipe, Altolaguirre, Prados, etc. Los poetas del exilio siguieron caminos diversos, pero en las producciones de todos ellos sobresale, cargado de angustia en una primera época, el tema de España. La obra de algunos de ellos influirá en poetas españoles posteriores.




    • León Felipe continúa en México su labor poética, en la que es significativo el tono vehemente e indignado y el aire profético y declamatorio con resonancias bíblicas y quijotescas. Temas centrales de sus versos son la España perdida tras la Guerra y la defensa de sus ideales republicanos, e incorpora además la realidad de los pueblos americanos con los que convive. Algunas obras suyas de este período son: Español del éxodo y del llanto,y El poeta prometeico.


LA POESÍA DE LOS AÑOS CUARENTA
Los poetas surgidos en los años treinta vivieron la guerra en plena juventud y la mayoría luchó en uno u otro bando, son la “generación del 36” o “generación escindida”.

Tras la guerra, se marcan las dos grandes tendencias poéticas representativas de los años cuarenta: poesía arraigada, que se manifiesta en forma de neoclasicismo garcilasista, y poesía desarraigada o existencial, de tono trágico y expresión más sencilla.

La mayoría de poetas de la generación del 36 se acoge a una u otra estética de acuerdo con su adscripción ideológica que, a su vez, se manifiesta a través de diversas revistas poéticas. En la década de 1940, las revistas literarias tuvieron un importante papel en la difusión de todas las líneas literarias.


  • Poesía arraigada

En las revistas Escorial y Garcilaso, en general, publicaron los poetas cercanos al nuevo régimen político. Es decir, escribían poetas que, tras haber apoyado el bando franquista en la contienda, en su mayoría falangistas, pasaron a convertirse en representantes de la poesía clasicista de tono más oficial.

Es la llamada poesía arraigada, es decir, aquella que crece y se nutre sin angustia en un mundo que consideran armónico y ordenado. El garcilasismo, o la revalorización de Garcilaso, había comenzado en 1936, con la celebración del cuarto centenario de la muerte del poeta renacentista. Pero, en los años de posguerra deriva hacia la valoración de las formas clásicas, sobre todo del soneto, y el predominio del tema amoroso, religioso y patriótico. Así, por ejemplo abunda el tono épico-heroico en la exaltación del pasado imperial español y en la identificación del paisaje castellano con el espiritualismo. En menor grado, el garcilasismo también recoge el gusto por el neopopularismo, relacionado con los Cancioneros del XVI.

En la línea garcilasista, se inscriben Luis Rosales, Dionisio Ridruejo, Luis Felipe Vivanco, Leopoldo Panero y Rafael Morales. En general, estos poetas evolucionarían hacia una poesía intimista y familiar.


  • Poesía existencial o desarraigada

Revistas como Espadaña publicaron, al margen de los circuitos oficiales, una poesía existencial que manifestaba el disgusto del poeta ante el mundo. Espadaña, en especial, se convirtió en el referente de la lírica desarraigada al aglutinar y difundir a los nuevos poetas. En ella aparece el germen de la poesía social de los años cincuenta.

Esta corriente lírica aparece en 1944 con Hijos de la ira de Dámaso Alonso, revulsivo en el plácido ambiente garcilasista. También aparece en 1944 Sombra del Paraíso, de Vicente Aleixandre, de tono menos desgarrado, pero de concepción existencial.

La poesía desarraigada, de tono trágico, existencial, se centra en el ser humano, en su dolor, desesperación y angustia ante un mundo caótico. Manifiesta un sentimiento de desarraigo, emparentado con el tremendismo narrativo del momento. Dámaso Alonso fue quien acuñó el término y lo explicó: los poetas desarraigados son como el árbol cuyas raíces han salido fuera de la tierra, que no encuentra sustento y sufre. El tema religioso, frecuente en esta poesía también, adquiere un tono existencial, patente en las abundantes innovaciones y preguntas a Dios sobre el sentido del sufrimiento humano.

En cuanto al estilo, rechazan la estética serena y armónica del garcilasismo y se inclinan por un lenguaje directo, coloquial, duro, apasionado y con imágenes tremendistas. Del mismo modo tienden a abandonar las formas clásicas y emplean el versículo de tono prosaico, aunque el soneto perdura en algunos poetas.

Representan esta tendencia Dámaso Alonso, Victoriano Crémer, Eugenio de Nora, Carlos Bousoño, José Luis Hidalgo y, en cierta forma, José María Valverde y José Hierro. Posteriormente se incorporan Blas de Otero y Gabriel Celaya, quienes marcan la evolución hacia la poesía social en los años cincuenta.


  • Dámaso Alonso es a menudo considerado miembro de la Generación del 27, sin embargo, su obra poética es esporádica y lo mejor de ella es posterior a la Guerra Civil. Su revelación como poeta se produce con la publicación de Hijos de la ira, poemario excepcional que rompe con el formalismo clasicista de la poesía que se compone en España en los primeros años de la posguerra. Hijos de la ira está escrito en versículos de ritmo obsesivo, en los que, con imágenes que recuerdan el mundo onírico del Surrealismo, se manifiesta una visión angustiada de la realidad con ecos de la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial. Ese mundo, dominado por el odio y la injusticia, es un horror ante el que Dios, si es que existe, se mantiene impasible. Otros rasgos del libro son el léxico coloquial, los paralelismos y estructuras reiterativas que evocan los salmos bíblicos, las anáforas, las interrogaciones retóricas... Por su contenido crítico y antirretoricismo formal, este libro de Dámaso Alonso supuso una revolución poética en la España de la época.

  • Vicente Aleixandre, miembro de la Generación del 27 y republicano, durante la Guerra Civil permaneció enfermo en Madrid, donde continuó al final de la contienda. En la posguerra y por largos años su casa se convirtió en lugar de acogida para los nuevos poetas españoles, con los que Aleixandre desempeñó un papel fundamental de animador de la poesía española de los siguientes decenios.

Tras la Guerra Civil, Aleixandre sigue publicando numerosos poemarios, entre los que sobresale Sombra del paraíso. En sus versos, teñidos de nostalgia, soledad y pesimismo, el autor refleja el cansancio del hombre y contrasta el dolor del presente frente a la armonía del pasado. Su tema clave es el paraíso perdido, evocado a través de los recuerdos infantiles y materializado en la naturaleza, perfecta en oposición a una sociedad impregnada de sufrimientos. El uso del verso libre y la sucesión de imágenes ilógicas supusieron el resurgimiento del surrealismo de preguerra.


  • Tendencias minoritarias

En la segunda mitad de la década de los cuarenta, dos movimientos plantearon una voz diferente a las de las poesías arraigada y desarraigada: el vanguardismo de los postistas y el esteticismo del grupo Cántico.

    • La lírica vanguardista de los años cuarenta queda recogida en la revista Postismo, cuyo primer y único número se publicó en 1945, promovida por Carlos Edmundo de Ory. Se declaran herederos del surrealismo y del dadaísmo, de ahí el tono humorístico, desenfadado, irreverente y anticonvencional que utilizan. Por el contrario se mostraban críticos frente a todo realismo y al tono trascendente. En principio fue una tendencia minoritaria, pero enlaza con la poesía de los años sesenta, tras la etapa de realismo dominante en los cincuenta. En sus orígenes, los principales representantes del postismo fueron Carlos Edmundo de Ory y Eduardo Chinarro.




    • La poesía esteticista de la posguerra está representada por el grupo Cántico, que fundó la revista del mismo nombre. El título revela un homenaje a Jorge Guillén y a los modelos del grupo, los poetas del 27, en especial Cernuda. Como ellos, pretenden la perfección formal, un lenguaje refinado y una poesía basada en la imagen. Representan esta línea Ricardo Molina y Pablo García Baena. Como los postistas, el grupo Cántico no tuvo eco en los años cuarenta, pero su obra se revalorizó en los años setenta.


Junto a estos movimientos debe señalarse la importancia de las publicaciones de poesía, como la iniciada por José Luis Cano en 1944, la colección Adonais, cuyo papel en la difusión de nuevas voces y tendencias ha sido incuestionable. La editorial Adonais organiza desde 1943 un importante premio de poesía del que han salido autores de la talla de José Hierro, Claudio Rodríguez, José Ángel Valente y Luis García Montero, entre otros. En la actualidad, este premio sigue siendo uno de los más prestigiosos del panorama literario español.

LA POESÍA SOCIAL DE LOS AÑOS CINCUENTA
En torno a 1950 la poesía existencial evoluciona hacia la poesía social, se pasa de expresar la angustia individual a manifestar la solidaridad con los demás. Y en 1955 se publicaron dos libros que marcan el nuevo concepto de poesía, Pido la paz y la palabra, de Blas de Otero, y Cantos iberos, de Gabriel Celaya. Ambas obras abandonan el tono existencial y proponen una lírica que sea testimonio de la realidad, que recoja los problemas del ser humano en su entorno. Los antecedentes de esta poesía se encuentran en la poesía humanizada de los años treinta, con Alberti, Miguel Hernández y Pablo Neruda. Es la lírica paralela al realismo social narrativo, y como la novela, pretende incidir en la vida política mediante la denuncia de la injusticia, y la solidaridad con los oprimidos. Así se considera la poesía un instrumento para transformar la realidad.

Los temas que trata la poesía social son la alienación, la injusticia y la solidaridad. Es decir, plantea temas que afectan a la colectividad más que al propio poeta. Así, se recupera el tema de España, en reflexiones políticas sobre la sociedad hispánica. Por el contrario, la poesía social abandona el intimismo amoroso, religioso o existencial. Todo lo referente al esteticismo adquiere connotaciones negativas, pues la belleza se considera una frivolidad en momentos históricos decisivos.

El estilo es sencillo, cercano al lenguaje coloquial, a veces prosaico y muy expresivo, pues pretende llegar a la inmensa mayoría. Al mismo tiempo ese estilo genera su propia retórica en torno a ciertos conceptos que se repiten, como el deseo de llegar al pueblo; el hombre-hermano; la imposibilidad de la neutralidad política y el deber de tomar partido; la urgencia histórica que obliga a la denuncia; la inutilidad de la belleza en la injusticia; la función del poeta y de la poesía, etc. En definitiva, se tiende a un lenguaje claro y mayoritario, supeditado al contenido que es el eje del poema.

El auge de la poesía social se dio entre 1955 y 1960, época de enorme difusión, ya que se incorporaron numerosos poetas, e incluso, cantantes.

Sin embargo, en los primeros años sesenta, como ocurría con la novela, comienzan las primeras críticas al simplismo y a la baja calidad de la poesía social. Sin duda contribuyeron al descrédito de esta poesía la repetición de temas y formas, la incorporación de poetas de menor categoría y el cambio en las formas de vida. Aunque esta tendencia pervive en algunos escritores durante bastante tiempo, hacia 1960, como ocurre en los otros géneros, se tiende a renovar el estilo y los temas.

Los más destacados poetas sociales fueron:


  • Blas de Otero es uno de los poetas más representativos del período que se inicia tras la guerra, pues sus etapas reflejan la evolución de la poesía en esa época: el existencialismo desarraigado, la poesía social comprometida y la renovación poética.

Su primera etapa existencial queda recogida en Ángel fieramente humano y Redoble de conciencia, que más tarde fusiona bajo el título de Ancia. El poeta se interroga por el sentido del mundo, el destino del ser humano, la soledad y la angustia frente a la muerte. En cierto sentido, es una poesía religiosa muy personal, pues Dios responde con su silencio a las desgarradoras preguntas del poeta. El tema amoroso aparece enlazado al religioso, pues el amor aparece como una posible salvación a la angustia y a la soledad. Emplea un estilo desgarrado y violento, muy expresivo y denso. Predomina el soneto, aunque también escribe poemas en verso libre.

La segunda etapa de poesía social se inicia en 1955 con Pido la paz y la palabra, y abarca En castellano y Que trata de España. Es una poesía de testimonio y denuncia que plantea la solidaridad con los que sufren y el tema de España. Se pronuncia, asimismo, sobre la función del poeta y de la propia poesía desde la perspectiva del escritor comprometido. El estilo pierde el tono dramático anterior y se inclina hacia una mayor sencillez en lenguaje y formas, con predominio del verso libre.

A partir de los años sesenta, inicia su tercera etapa, coincidiendo con el desgaste de la poesía social y con un cierto cansancio del poeta, que se replantea la efectividad de esta poesía. Queda recogida en Mientras e Historias fingidas y verdaderas. Suponen una renovación del lenguaje y de las imágenes, de influencia surrealista, y en ella predominan los temas intimistas.


  • Gabriel Celaya está considerado uno de los pilares de la poesía social, aunque su extensa producción lírica abarca distintas orientaciones.

Primera etapa: tras unas primeras experiencias surrealistas antes de la Guerra Civil, Gabriel Celaya se decantó por una poesía de tono existencialista, que revela su inseguridad frente al mundo, en el que el individuo busca su afirmación. A esta época pertenecen los libros Movimientos elementales y Objetos poéticos.

Segunda etapa: aunque el escritor incluye Tranquilamente hablando en su poesía existencial, con este libro, de tono sencillo y coloquial, inicia la poesía social exigida por el compromiso ético del momento. La voz poética se fusiona con un nosotros colectivo, que representa a la “inmensa mayoría”. La interioridad lírica se sustituye por la solidaridad. Después de Paz y concierto, llega a la cima de la poesía social en Cantos iberos, en los que sigue defendiendo la función crítica de la literatura como arma de lucha social.

Su tercera etapa muestra una poesía que recoge la identificación entre la persona y el cosmos, y adquiere un tono filosófico. Penúltimos poemas es uno de los títulos más significativos de esta etapa.


  • José Hierro es, sin duda, una de las figuras más destacadas en el ámbito de la poesía social de los años cincuenta.

Desde sus primeros libros (Tierra sin nosotros, Alegría y Con las piedras, con el viento), en la obra de Hierro está presente el paso del tiempo y las pérdidas que produce. La alegría se muestra como afirmación vital, y el amor se contempla desde un pasado nostálgico.

Con Quinta del 42 y Cuanto sé de mí, Hierro se aproxima a la poesía social mediante la objetivación colectiva de sus preocupaciones personales, presentando una concepción de la poesía como conocimiento tanto de la realidad exterior como del ser íntimo.

Con Libro de las alucinaciones se inicia su última etapa, en la que se hablará vagamente de emociones que, en ocasiones, resultan poco comprensibles. Intensificará esta línea en Agenda y la continuará en Cuaderno de Nueva York.

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