Literatura infantil






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Zumbayllu
Nro. 08 Enero 2012
Julio Carmona



Modesto y hacedor de versos del pueblo

Motivo de la portada.

Retrato de Bruno Portuguez.

Roger García Clavo. Dirige la Revista Literaria “Zumbayllu”

Roger_elrio@hotmail.com

BIOGRAFÍA

Julio Carmona, nació el 16 de marzo de 1945, en la ciudad de Chiclayo.
Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha obtenido el grado de Magíster en Educación con mención en Gestión Educativa por la Universidad de Piura.

En 1975, obtuvo el segundo premio en la cuarta versión del Concurso “El Poeta Joven del Perú” (el mismo que ganara Javier Heraud en su primera versión). Fue miembro del Grupo Intelectual Primero de Mayo, desde 1972, hasta la muerte del director del Grupo, el poeta Víctor Mazzi, en 1989. Es miembro del Comité de Redacción de la Revista digital argentina www.redaccionpopular.com. Se desempeña como docente de Literatura en la Facultad de Educación de la Universidad Nacional de Piura.

Ha publicado los poemarios Mar revuelta (1970), A nivel de la arcilla (1972), A orillas del amar (1976) con el que obtuvo el Premio Poeta Joven del Perú en 1975, No sólo de amor (1980), En honor a la verdad (1982), Tun tun quién es (1982), Piura’s poems (1991), Nada más que derramar el corazón (1995), Donde dice amor lluvia o pena (2002), Espinas las de la rosa (2003), Dar de sí más (2004, 2006) y Fuego en cenizas dormido (2005). Ha publicado también los libros de cuentos Reqentos (2002) y Unos cuantos cuentos (2006), el libro de crítica literaria El mentiroso y el escribidor. Teoría y práctica literarias de Mario Vargas Llosa (2007), y los textos académicos La poesía clasista. Poesía y lucha de clases en el Perú (1985), Teoría literaria (1993), Literatura infantil (1994), Propuesta de cambio de la materia Literatura como estrategia de gestión pedagógica para alcanzar la calidad educativa (2002), Didáctica de la literatura (2004), Literatura peruana (2005) y Guía para leer mejor: composición e interpretación de textos literarios (2005). Parte de su obra se encuentra en las publicaciones electrónicas Mester de Obrería y Bosque de Palabras. Se dedica a la docencia universitaria.

Contacto: carmona.juliocesar@gmail.com

CANTO Y SEÑA DE JULIO CARMONA

Por Victor Mazzi Trujillo

Prólogo al libro de poemas A nivel de la arcilla (Ver: sección Libros de Poesía).

El canto es el latido creador de la poesía. El Poeta, ante todo, canta. El canto, de antiguo, significa modulación de sentimiento. Y, de hecho, se manifiesta en una u otra forma poética. Y no hay poesía que no cante en voz alta la trascendencia de su contenido. O, de lo contrario, no es poesía.

Mas el canto, en estos últimos años, estaba siendo desvirtuado en los escalones de una acezante prosa y debido al atropellado esfuerzo de numerosos jóvenes autores en pugna por arribar lo antes posible la estrecha azotea de la celebridad. Prueba de ello tenemos en la ingente cantidad de composiciones publicadas en libros y revistas y que, de pronto, perecen sin pena ni gloria como papeles desglosados al azar, hojas secas de un frustrado deseo confesional, pajas de una teorética existencial y, por lo tanto naderías volanderas. Todo esto también como resultantes de aquella bretoniana «crisis de conciencia» o, en otras palabras, la sempiterna desesperación pequeño- burguesa. A la que cabría agregar el efecto de una violenta ruptura con el acervo lírico castellano, la causa de una fuga de la comunidad cultural de nuestro medio y, en última instancia, la consecuencia de un desventurado afán de trasplantar los angustiados estados de ánimo de un Wallace Stevens, de un Ezra Pound, de un T. S. Eliot o de un Dylan Thomas.

El canto, sin embargo, nuevamente se va perfilando en fluida continuidad sin nudo pese al contrabando de cuños ingleses y norteamericanos. El canto jamás podrá morir ni desfallecer mientras existan poetas que tañan sus fibras sensibles al menor estremecimiento individual o colectivo –sea en el campo o en la ciudad-, mientras insurjan aedos conscientes de su origen, de su vocación y de su inflexible textura arbórea. Para confirmar el aserto me bastará mencionar, dentro de los doce últimos años, dos voces distintas, no distantes, pero firmemente pródigas: la de Antonio Cisneros y la de Marco Martos. Voces de timbre claro que sienten, piensan y suenan en castellano.

Esa misma pasión vitalmente hispanoamericana se vuelve a dar en estos momentos con la presencia insoslayable de nuevos poetas de raigambre popular. Repito: de raigambre popular que no es lo mismo de versificadores pop o populistas. Estoy hablando, sin lugar a dudas, de poetas como Eduardo Ibarra, Artidoro Velapatiño, Alberto Alarcón, Julio Carmona, quienes, de modo natural, vienen a constituir una definida línea poética, muy aparte del confuso enjambre eliotizado. Y digo línea, entendiendo que si bien tienen diferencias formales se integran sustancialmente en concepción ideológica y actitud literaria. Cantores de plectro en pecho, todos y cada uno de ellos, suscitan y mantienen sus valores de creación en definitiva función de pueblo como de combate por la concreción de nuevas formas de vida para las clases explotadas de la sociedad.

Mencioné al joven poeta chiclayano Julio Carmona porque a él precisamente pertenecen estas páginas liminares. Julio Carmona no es para muchos, en verdad, un poeta desconocido. Su voz es bien apreciada, gracias a su inquieta participación en diversas actividades intelectuales, especialmente en lo que concierne al evento literario. Hace algunos años editó su primigenia obra de poesía: «Mar Revuelta». Sus poemas en aquella época eran breves muestras dotadas de una virtuosa concisión, un mundo múltiple de imágenes, en las que se imponía la pulcritud formal como el contenido grávido de sugerencias. Creo que su tarea órfica de entonces era un vivo trasunto de su emoción creadora, la impronta de su espíritu y, de sobremanera, el inicio de su significación verbal. Sea como fuere anunciaba ya la certidumbre de su vocación y la evidencia de su tonalidad.

De Julio Carmona tenemos ahora su segundo poemario intitulado «A Nivel de la Arcilla». Página a página recorredlo. Es un camino poblado de cantos a son de hombría. Cada canto tiene mucho de su experiencia de hombre que anda, que piensa y que demanda clamorosamente amor, entereza justicia social. Pero cuidado, que el canto de Carmona no pretende «epatar» al burgués ni al pequeño burgués. El tan sólo expone –en este volumen dedicado a la autora de sus días– temas de un diario acontecer: su certificación poética, su crítica y su autocrítica, su identidad sentimental, sus efusiones familiares, sus adhesiones fraternas, sus hesitaciones de ser social y sus elegías por los combatientes civiles caídos en acción de lucha.

Hubiera querido, en mi calidad de prologuista, analizar uno a uno los poemas que conforman esta obra. Pero temo arrebatarle tanto al autor como al lector ese exclusivo derecho de re-creación y emotividad. Me basta, sin embargo, recomendar una y otra repetición de lectura, porque Julio Carmona, a través de su libro presente, valoriza los actos de la poesía con la materia dócil de su corazón. Y, en definitiva, nos entrega un camino hacia el mañana. Un camino para todo aquel que tenga el corazón en su sitio.

Unos cuantos cuentos de Julio Carmona

Por Roberto Reyes Tarazona

«La guitarra», el primer texto de Unos cuantos cuentos, colección que nos ofrece Julio Carmona, anticipa la condición narrativa de la mayoría de los otros relatos, a pesar de la disímil composición de éstos, así como sus diversas técnicas, personajes y ambientes.

En «La guitarra», desde las primeras líneas, resalta el tono coloquial, que en este cuento asume un rescate directo de la oralidad, condición que se hallará presente, de una u otra manera, en todo el libro. El narrador es aquí un viejo hombre de pueblo que evoca una historia a partir de una guitarra aparentemente abandonada, solicitada por un joven. Mediante este recurso, el narrador se va adentrando en el pasado y, por lo tanto, en otra forma de pensar y de actuar. A medida que se avanza en el relato, se va revelando la condición del narrador, un viejo poblano, que en su juventud fue «gallero y buen bebedor de chicha» además de gran tocador de vihuela; y así, poco a poco el lector es trasladado al mundo de los bandoleros norteños, en donde al final se agrega el componente que acompaña a «el juego, el guitarreo y el galantear»: la violencia, que actúa como desencadenante de la historia. De bandoleros es también «Cavar un hoyo o ‘La cruz de los Juárez’», cuento (que tiene como referente histórico, un lugar de Ferreñafe, en el Departamento de Lambayeque) cuyo final es igualmente dramático. Por otra parte, este interés por el pasado regional, se advierte en el último cuento del libro -y también de su producción- titulado «El secreto espejo del primer amor». Esta vez, la historia se remonta a la época de la esclavitud, en una hacienda de la costa norte, donde se desenvuelven varios conflictos propios de la época.

En «La guitarra», como en «Cavar un hoyo o ‘La cruz de los Juárez’», la historia no discurre por el usual cauce de los relatos regionales, pues el soporte estructural descansa en una filosofía de vida –que da soporte al libro y se irá evidenciando sutilmente en la medida que se sucedan los cuentos. En el primero de los mencionados, cuando el narrador-personaje está empeñado en explicar a su interlocutor, a través de términos locales y refranes su punto de vista, ratifica su posición afirmando: «cuando la vida te llama a descanso muere el tiempo y muere el viento». Y a continuación, refiriéndose a la guitarra, dice que «Ella es como la constancia que la memoria precisa cuando de sacar cuentas se trata». Lo cual, en conjunto, expande la riqueza del lenguaje.

Pero este contrapunto entre el saber popular y las ideas sutiles y hasta poéticas no es el único recurso narrativo de Carmona, quien también se vale del montaje de dos planos temporales diferentes que convergen en un final efectista, como por ejemplo en «Por las buenas» y en «Servicio de turno». También emplea el monólogo interior de manera efectiva en «Ahora que sí puedo decirle todo esto».

No estamos, pues, ante un narrador ingenuo que intenta recrear de manera naturalista las historias escuchadas en su localidad, o imaginadas por influencia del ambiente. Y si bien en la mayoría de los cuentos se advierte el uso de localismos –sin abusar de ellos–, y un predominio de historias regionales, todos los cuentos revelan un tratamiento literario consistente y efectivo. En otras palabras, Carmona conoce y domina el oficio de narrador y conduce sus relatos siguiendo los cánones establecidos por la poética del cuento.

De esta manera, va desgranando historias en las que se van apuntalando rasgos que configuran su mundo narrativo. Uno de ellos es la opción por el diseño de personajes de extracción popular, como en los cuentos ya mencionados. En todos los casos -incluyendo los cuentos de tema urbano: como «Cambio de posta», «El retorno» y «Castración»-, la presencia de lo popular se revela de distintas maneras. En «La alegría por los suelos», el punto de vista narrativo parte de una colectividad, como que podemos leer: «Nosotros le damos la espalda a la iglesia y también al sol»…; o si no, se desarrolla el enfrentamiento de los débiles contra los poderosos. Así, en «Por las buenas», un conflicto laboral enfrenta al patrón con los obreros; en «Ahora que sí puedo decirle todo esto», se expone el abuso de la gente del gobierno sobre un humilde padre de familia; en «Calibán», se abordan la soledad y el desamparo en el contexto de las relaciones patrón-peón de hacienda.

Otro rasgo importante en la narrativa de Carmona es el humor, que lo consigue mediante la descripción, como en el extenso primer párrafo de «De entierros y desentierros», pasando por el humor de situaciones, como en «La alegría por los suelos», e incluso el humor negro, recurso que utiliza para atenuar el peligro de caer en la truculencia, en el final de «Por las buenas».

Además, Carmona, como buen poeta -pues él ha hecho su ingreso a la literatura por la puerta de la poesía- incursiona en el tema del amor, tema difícil si los hay, en la narrativa. «Servicio de turno» corresponde a la secular historia de un triángulo amoroso, que desarrolla de manera irreprochable, sin caer en un final previsible, gracias sobre todo a su adecuado manejo de la trama y de los planos temporales.

Por todas estas razones, que tienen que ver con el adecuado manejo del lenguaje, de las técnicas narrativas, con sustento en un punto de vista coherente con sus ideas y convicciones personales; así como por la riqueza y fuerza del tratamiento de sus textos, y por aquellas razones que no se pueden explicar analíticamente, por corresponder al simple placer que produce seguir una historia bien contada, Unos cuantos cuentos, de Julio Carmona, es un libro que puede colmar las expectativas de todo lector amante de la literatura.

Julio Carmona, el exorcista del escribidor.

Por Winston Orrillo

De veras hay que tener valor para enfrentarse al búnker que representa la literatura de Mario Vargas Llosa, parapetado como se halla, el autor de La tía Julia, detrás de una retahíla de «defensistas» que lo único que hacen, en realidad, es buscar la oportunidad para que el narrador les done un verbo o un adverbio, y así salten a la fama –ellos creen- par saecula saeculorum.

Por eso, el libro El mentiroso y el escribidor: Teoría y práctica literarias de Mario Vargas Llosa, de Julio César Fernández Carmona, como no podía ser de otro modo, ha caído en el mayor vacío, lo cual no obsta para que, desde esta tribuna independiente de los tufos de la mafia literaria, proclamemos su excelencia, y digamos que su autor, poeta con más de doce libros publicados, narrador y ensayista de polendas, amén de catedrático principal en la Universidad Nacional de Piura, es una de las voces más esclarecidas de la nueva literatura peruana, allende, por cierto, los megamercados literarios que venden gato por liebre.

He puesto, en el título, Julio Carmona, porque ése es el nombre literario que usa desde su libro de 1970: Mar revuelta.

A Julio lo conozco como una suerte de alter ego: desde las aulas universitarias -segunda mitad de la década de los gloriosos 60´s- en la aún no estudiada (para el desarrollo de la literatura chiclayana) Universidad Nacional de Lambayeque, donde empezó sus pininos estéticos, hasta su actual –y esforzada- labor no sólo como creador incoercible, sino como un difusor cultural, como lo que podríamos calificar: una suerte de agit-prop literario que, en varios correos electrónicos que él maneja –con paciencia benedictina- da cuenta, sin prejuicio alguno, del devenir de las artes y las letras de hogaño. Me confieso deudor de los enjundiosos envíos de Julio; en los que no sólo vibra el aura estética, si no el compromiso de la palabra en el tiempo.

De este modo, no estamos solamente con un autor esclarecido, sino esclarecedor: lo hemos seguido en varias polémicas, y leemos sus escritos en países hermanos, adonde llegan, sus enhiestos versos, sus denuncias y adhesiones, en esta labor que alguna vez será reconocida: la de acercar la literatura y el arte, fulgentes e igníferos, que son advenimiento de ese otro mundo que sabemos posible.

¡Muchas gracias, Julio, hermano en el fragor de la batalla!
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