El aula sin muros






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EDMUND CARPENTER - MARSHALL MCLUHAN


EL AULA SIN MUROS
Investigaciones sobre técnicas de comunicación

Prólogo de Román Gubern





EDITORIAL LAIA

BARCELONA, 1974


La edición original inglesa fue publicada por Beacon Press, Boston, Mass, con el título Explorations in Comunication.

Cubierta de

Enric Satué

(Vista del rascacielos de la PanAm, Nueva York. )

Traducción de Luis Carandell

Prólogo de Román Gubern

© by BEACON PRESS, 1960, 1967
Primera edición española: EDICIONES DE CULTURA POPULAR, 1968

Segunda edición española: LAIA, mayo 1974
Realización y propiedad de esta edición (incluidos la traducción y el diseño de la cubierta):

EDITORIAL LAIA, Constitución, 18-20, Barcelona-14


Impreso en Romanya/Valls

Verdaguer, 1 - Capellades Barcelona

Depósito legal: B. 17. 399 - 1974

ISBN: 84-7222-267-5

Printed in Spain


ÍNDICE
#Prólogo — Román Gubern

#Introducción a la edición americana
#I. La comunicación táctil y visual

#Comunicación táctil. — Lawrence K. Frank

#Cinésica y comunicación. —"Ray L. Birdwhistell

#Concepción del espacio en el arte prehistórico. — G. Giedon

#Color puro. — Fernand Léger

#El ojo móvil. — Jacqueline Trywhitt
#II. Las comunicaciones verbales

#Tradición oral y tradición escrita. — David Riesman

#Espacio acústico. — Edmund Carpenter y Marshall McLuhan

#Leer y escribir. — H. J. Chayton

#Tiempo y tiempo de verbo en la poesía épica española. — Stephen Gilman

#La influencia del libro impreso sobre el lenguaje en el siglo XVI. — Marshall McLuhan

#Codificaciones lineales y no lineales de la realidad. — Dorothy Lee

#Comentarios sobre las «Codificaciones...». — Robert Graves

#El reflejo lingüístico del pensamiento Wintu. — Dorothy Lee

#Simbolismo budista. — Daisetz T. Suzuki

#El lenguaje de la poesía. — Northrop Frye

#El velatorio de Joyce. — W. R. Rodgers

#La cámara del pirata. — Stanley Edgar Hyman
#III. Los nuevos lenguajes

#Los nuevos lenguajes. — Edmund Carpenter

#El aula sin muros. — Marshall McLuhan

#Itinerario de los medios de comunicación. — Marshall McLuhan

#La revolución de las comunicaciones. — Gilbert Seldes

#La prensa soviética. — Arthur Gibson

#Cinco dedos soberanos impiden la respiración. — Marshall McLuhan
#Apéndice. — Breve glosario de los términos técnicos

PROLOGO

El 24 de noviembre de 1963, más de cien millones de norteamericanos pudieron contemplar simultáneamente, en las pantallas de sus televisores domésticos, al asesinato de Lee Harvey Oswald en una comisaría de Dallas, transmitido en directo, en el mismo momento de producirse, separados entre sí por miles de kilómetros de distancia. Este relámpago comunicativo que convertía a cada televidente en testigo ocular de un crimen y ante el que ya hemos perdido la capacidad para asombrarnos, es, ciertamente, un hecho traumatizante en la historia de la cultura humana y ofrece materia para reflexionar sobre en qué medida nuestros hábitos mentales y nuestras formas de comportamiento se han acomodado a las nuevas posibilidades de vida y de relación de la era electrónica. Para decirlo con palabras de Miche-langelo Antonioni: el hombre «actúa, ama, odia y sufre impulsado por fuerzas y por mitos morales que pertenecen a la época de Hornero, cosa absurda en nuestro tiempo, en vísperas de viajes a la Luna». 1

Confieso que no se me ocurre ejemplo mejor como introito a un prólogo que el editor me solicita, como castigo por haberle recomendado la traducción castellana de este libro, que comienza a llenar un escandaloso vacío en la bibliografía de nuestra península. Escandaloso, porque desde hace ya bastante tiempo la obra de Marshall McLuhan se ha convertido en uno de los más encabritados caballos de batalla que cabalgan, con enorme polvareda, por los campos intelectuales de otras latitudes europeas. Y nosotros, como en tantas otras ocasiones, vivimos en un hermético ghetto cultural al que no llegan estos estruendos, salvo en la forma de atenuadísimos y tímidos ecos, tales como las reseñas bibliográficas de alguna que otra revista minoritaria.

El editor me pide, por lo tanto, que «introduzca» la obra del profesor canadiense en España y, enemigo alérgico de los prólogos didácticos concebidos al patrón del Reader's Digest, con un mal resumen escolástico de la obra del autor que se trata de «introducir», no me queda otra alternativa que la de intentar situar culturalmente la aparición de su obra, con unas mínimas coordenadas históricas, y dejar al propio lector la libertad de juzgar el valor o no-valor del «McLuhanismo» —así se le llama ya en Europa y América—, a la luz de sus propios textos, y advirtiendo que esta primeriza antología de artículos fundamentales efectuada por él y por Edmund S. Carpenter, contiene únicamente cinco trabajos originales suyos, y uno de ellos escrito en colaboración con Carpenter. Se trata, por lo tanto, de una verdadera y auténtica «introducción» al «McLuhanismo» en el mercado del libro de habla castellana.

La obra de McLuhan se ha desarrollado, como no podía ser de otro modo, en un área cultural que ha asistido a una espectacular hipertrofia de los mass media. Su primer trabajo importante fue el libro The Mechanical Bride: Folklore of Industrial Man, publicado en Nueva York, en 1951, al que siguieron otros artículos y trabajos —Joyce, Mallarmé and the Press (1954), Printing and social progress (1959), Myth and Mass Media (1960), Tennyson and Picturesque Poetry (1960), The effects of the improvement of Communication Media (1960)— y la presente antología (cuyo título original es Explorations in communication), realizada en 1960 en colaboración con Carpenter y que inició la etapa de difusión internacional de su obra. Su pensamiento se desarrolló luego en dos obras fundamentales: The Gutenberg Galaxy (1962) , galaxia que, según MacLuhan, se extingue teóricamente en 1905 con el descubrimiento del espacio curvo, aunque «en la práctica ya había sido invadida por el telégrafo dos generaciones antes»2 y Understanding Media: the extensions of Man (1964). Su última aportación es un breve libro-juguete, que con profusión de imágenes resume sus teorías —The Medium is the Massage (1967)—, en colaboración con Quentin Fiore.

Por los títulos enunciados aparece claramente que el eje del pensamiento de McLuhan lo constituye los medios de comunicación del hombre, desde la expresión gestual a la palabra escrita o hablada, hasta el periódico, la fotografía, la radio, el cine y la televisión, «tecnologías —subraya McLuhan— que son extensiones de nuestros sistemas físicos y nerviosos para aumentar su poder y velocidad». 1 Su obra, que no pretende ser sistemática ni orgánica y que acumula una gran cantidad de información histórica y erudita, ha provocado apasionadas controversias en otras latitudes culturales. ¿Es el «McLuhanismo» una simple moda? ¿Se trata tan sólo de una formulación nueva de ideas viejas? ¿Nos hallamos ante un nuevo planteamiento científico del hecho de la «comunicación»? ¿Estamos, como algunos opinan, ante un ingenioso sofista de enorme capacidad revulsiva? Estamos, y eso es por lo tanto cierto, ante un «caso McLuhan».

Como no pretendo hacer una disección crítica ni resumir las tesis de McLuhan (para eso están sus propios escritos) trataré de situar brevísimamente al lector ante el hecho psicológico-social de la «comunicación» y señalar luego las fuentes culturales que, a mi juicio, explican, clarifican y preceden al «McLuhanismo». Ante todo: ¿qué es la «comunicación»? «El término «comunicación» —observa McLuhan— ha sido empleado extensivamente en relación con carreteras y puentes, vías marítimas, ríos y canales, aún antes de que se convirtiera en «movimento informativo» en la era de la electricidad». 2 Actualmente, ya en la era de la electricidad, podemos decir que la comunicación es un circuito emisor-signo-receptor, basado en un código previamente aceptado por el emisor y el receptor, quien opera el descifrado e interpretación de las señales recibidas. Ya sé que esta no es la única definición posible del hecho, y tal vez no la mejor, pero puede sernos de utilidad al iniciar este itinerario a través de una materia de la que la bibliografía castellana es prácticamente virgen. Según la definición propuesta, el signo es el portador de la información. O, más precisamente, es la información misma. En la actualidad, la información transmitida es ya susceptible de ser cuantificada científicamente. Lo es, desde que en 1927 el norteamericano R. V. L. Hartley propuso en el Congreso Internacional de Telegrafía y Telefonía un sistema y una unidad que, en su honor, se conoce hoy con el nombre de hartley. Pero además de poderse diferenciar la información en términos de cantidad, se diferencia también en términos cualitativos muy diversos, pues puede revestir la forma de información oral, gráfica, táctil (alfabeto Braille), gestual (lenguaje de sordomudos; código expuesto en este libro por Ray L. Birdwhistell), olorosa (mal explorada todavía), etc. Es decir, que todos los sentidos del hombre (y del animal) son susceptibles de recibir información diferenciada.

Los progresos de la tecnología, particularmente a partir del invento de la imprenta, han provocado de un modo decisivo la ampliación y extensión de los medios de comunicación del hombre, no sólo en términos de vastedad y multiplicación del elemento receptor, sino suscitando además mutaciones sociales importantes. No sólo la tecnología de la imprenta creó el público lector y «sustituyó el anonimato creador por el concepto de «autor», 3 sino que «creó la uniformidad nacional y el centralismo gubernamental, pero también, a su vez, el individualismo y la oposición al gobierno en cuanto tal». 4 La primera revolución industrial y la era electrónica luego han potenciado el fenómeno de la comunicación de masas hasta límites gigantescos (radio, cine, televisión), conllevando fenómenos sociológicos sobre los que me parece ocioso insistir.

Todo ello, así expuesto, no es en realidad muy nuevo, pero interesa particularmente para situar aquí la especulación de McLuhan en el marco cultural de otras aportaciones anteriores de diversos campos y de las que, en cierto modo, ha sido este escritor un perspicaz aglutinante. En mi opinión, el «McLuhanismo» se basa, por lo menos, en tres aportaciones científicas previas muy considerables, de las que es una consecuencia natural. Estas aportaciones son: a) el desarrollo de la lingüística a partir del filólogo suizo Ferdinand de Saussure; b) la psicología de la Gestalt (que, junto con la anterior, ha contribuido decisivamente al desarrollo actual de las investigaciones estructuralistas); y c) los estudios de dos marxistas europeos —Béla Balázs y Walter Benjamin— sobre la reproductibilidad mecánica de la obra de arte.

a) De la lingüística saussuriana y post-saussuriana habría mucho que decir, pero quiero ceñirme únicamente a unos conceptos básicos. En su revolucionaria aportación, recogida por sus alumnos y publicada con el título de Cours de linguistique générale (1916), Saussure define el lenguaje como un «sistema de signos» y crea la nueva ciencia de la semiología: «La lengua es un sistema de signos que expresan ideas, por eso comparable a la escritura, al alfabeto de los sordomudos, a los ritos simbólicos, a las formas de cortesía, a las señales militares, etc. Sólo que es el más importante de todos estos sistemas.

«Se puede, pues, concebir una ciencia que estudie la vida de los signos en el seno de la vida social. Tal ciencia sería parte de la psicología social, y por consiguiente de la psicología general. Nosotros la llamaremos semiología (del griego sêmeîon, «signo»)».1

Pero esta jovencísima semiología creada por Saussure como «ciencia general de los signos», de la que la lingüística sería una de sus ramas, ha sido literalmente invertida después por Roland Barthes, aunque con cierta cautela, cuando responde a la proposición de Saussure: «la lingüística no es una parte, incluso privilegiada, de la ciencia general de los signos. Es la semiología la que es una parte de la lingüística: muy precisamente, la parte que atañe a las grandes unidades significantes del discurso». 2

Alejándonos de la querella, inoperante a nuestros efectos, que opone ambas concepciones, queremos señalar tan solo el lugar de privilegio que —tanto en los estudios lingüísticos como en semiología— ha ocupado hoy la semántica, y particularmente la semántica lógica, «conjunto de reglas que determinan bajo qué condiciones es aplicable un signo a un objeto o a una situación, y que permiten poner en correlación los signos y las situaciones que son susceptibles de designar». 3 Definición, por otra parte, que nos remitiría al concepto crucial de connotación, como valor secundario que se añade o sustituye al originario en un sistema de valores de un hablante. Todo ello, como se ve, tiende a desplazar a la vieja ciencia lingüística, de fundamento historicista y etimologista, hacia una nueva que se adentra en el campo de la psicología y, de aquí, en el de la sociología.

b) Como todo problema de comunicación acaba por conducir al terreno de la psicología y de la fisiología (relación signo-sujeto y problemas de su percepción), es ineludible referirse a la escuela alemana de psicología de la Gestalt (Gestaltpsychologie), iniciada por Max Wertheimer en 1910 y desarrollada fundamentalmente por Kohler y Koffka. Nacida como una reacción contra la psicología atomista y asociacionista, esta escuela se especializó en estudios sobre la percepción de formas visuales, acústicas, táctiles, etc., llevando a cabo una enérgica crítica de la llamada «hipótesis de constancia» y no perdiendo jamás de vista que «tanto en psicología como en física no hay fenómenos físicos per se, sin que haya un observador con su punto de vista; hecho que, como es sabido, ha tenido las más importantes consecuencias en la moderna física del átomo (N. Bohr)». 4 Acumulando una ingente cantidad de experimentos sobre percepción, Kohler llegó a valorar más las afirmaciones de los sujetos «ingenuos» que las de los «cultos» (condicionados), con un razonamiento análogo al que McLuhan utiliza para explicar que Faraday llegó a ser un excelente físico gracias a su escaso bagaje matemático. 5

c) La tercera aportación, que me parece de la máxima importancia, se refiere a la reproductibilidad técnica de la obra de arte. Su primera formulación científica procede del húngaro Béla Balázs, que en su libro El hombre visibte y la cultura cinematográfica (Der schitbare Mensch oder die Kultur des Films, 1924), contrapone el «espíritu legible», creado por la imprenta y que había eclipsado durante siglos «el rostro de los hombres», al «espíritu visible», que ha sido redescubierto por una nueva tecnología creada a finales del siglo XIX: el cine. Este «espíritu visible» tiene la ventaja, según Balázs, de ser universal en su comprensión, como las matemáticas, al no estar ligado a particularismos idiomáticos nacionales, como ocurre con los productos de la imprenta. El alemán Walter Benjamín completó este panorama de la alianza entre la tecnología multiplicadora y la cultura 1 al señalar que la fotografía y el cine han hecho envejecer brutalmente a las artes figurativas clásicas, al despojar a la imagen de su aristocrática «aura» de unicidad. Lo que explica, también, el reflejo despectivo de un Duhamel y de otros intelectuales ante este «placer de ilotas», destinado a las masas. Desprecio aristocrático que se acentuará más tarde ante la Konsumenkultur por excelencia que es hoy la televisión.

Y aquí alcanzamos uno de los puntos neurálgicos de la naturaleza de los mass media y de sus equívocos en relación con las tecnologías multiplicadoras y difusoras. La comunicación oral, anterior en muchos milenios al invento de la imprenta, puede ser colectiva, como lo era de hecho en el ágora griega. Pero difícilmente nos referiremos a ella como a una típica «comunicación de masas», del mismo modo que nos abstendremos de calificar como «televisión» (a pesar de su rigor etimológico) al anteojo de Galileo, que es su precursor histórico en una era pre-electrónica. Porque un rasgo, no el único, que define necesariamente a los mass media es la existencia de un vasto destinatario colectivo, en gran escala, sin que importe el hecho de que el consumo se realice en comunidad (cine) o en privado (libro, televisión). En este punto McLuhan incurre en una de sus típicas contradiciones. En el presente libro, en el texto Classroom without walls, indica acertadamente que «pensamos en el libro como en una forma individual, en cuanto aislaba al lector y contribuía a formar el «Yo» occidental: sin embargo, el libro ha sido el primer producto de una producción para la masa». En cambio, en su última obra, escribe: «La tecnología de la imprenta creó el público. La tecnología eléctrica la masa». Distinción que ni es sostenible en términos de cantidad (hay películas minoritarias que tienen un público numéricamente inferior al de cualquier best-seller), ni bajo el ángulo del ritual del consumo en comunidad (la radio y la televisión son, en lo que se refiere al consumo aislado, equiparables al libro). Cabrían todavía nuevas matizaciones entre público y masa, en el plano de la psicología, si atendemos a la «conciencia de público», que es completamente distinta en el lector, en el espectador cinematográfico, aislado en la oscuridad frente a la pantalla, y en el individuo que integra la masa de un estadio en una competición deportiva o en un mitin político.

Es sin duda más preciso, como hace Armando Plebe en el prólogo de la edición italiana del presente libro, referirse a «nuevos lenguajes» para diferenciar a los que son producto de la era electrónica, recordando con él que mientras estos nuevos lenguajes nos van sumergiendo en una cultura visual post-literaria, otros pueblos primitivos (como los esquimales), están abandonando ahora su milenaria fase de cultura oral, pre-literaria, para avanzar hacia la etapa de la comunicación literaria (pág. 20). En este ciclo histórico que recorre el arco cultura oral, cultura literaria, cultura visual falta, como casi siempre en estos trabajos, las imprescindibles consideraciones socioeconómicas que condicionan a las culturas subdesarrolladas del Tercer Mundo.

Y aquí radica, a mi modo de ver, una de las insuficiencias típicas de estos estudios, que eluden de un modo casi sistemático el análisis del papel desempeñado por los mass media en la «economía de consumo» neocapitalista, al servicio de una clase dirigente y destinados a la manipulación psicológica del consumidor. 2 Cuando McLuhan escribe que «las sociedades se han configurado siempre en mayor medida por la naturaleza de los medios utilizados por el hombre para comunicarse que por el contenido de la comunicación», 3 está prescindiendo maliciosamente de los contenidos de clase de la información, consecuencia lógica de la propiedad capitalista de los mass media, detentados por la alta burguesía industrial, y está haciéndose acreedor —aunque sería necio desdeñar la importancia decisiva de los medios en sí mismos— de los reproches de «formalista» y de «tecnócrata» (la técnica más importante que los contenidos que esta técnica vehicula). Este rasgo, unido a su irrefrenable tendencia a la pirueta sofista, se convierten en argumentos de peso para emprender una crítica a fondo del «McLuhanismo», crítica que no voy a ahondar aquí y que en ningún caso puede ignorar, en cambio, la excepcional cantidad de utilísima información contenida en sus obras y el torrente de fecundas sugerencias que su lectura suscita, que son siempre enérgicos estimulantes intelectuales en un terreno resbaladizo y apasionante en el que se entrecruzan, entre otras disciplinas, la lingüística, la antropología, la psicología y la sociología.

La estructura antológica del presente libro contribuye a hacer de él uno de los más útiles que pueda desear un lector no familiarizado con el tema, ya que en él se abordan, con gran solvencia, problemas fundamentales relacionados con la comunicación táctil, visual y verbal, además de la problemática de los «nuevos lenguajes», estudiados en gran parte por un McLuhan aún no lanzado a las piruetas intelectuales de sus obras más recientes y más discutibles, con todo lo que su carga revulsiva comporta para bien y para mal. Obras que habría que leer a la luz de la vieja y ya polvorienta sabiduría de John Locke, cuando con criterio escéptico nos ponía en guardia, hace trescientos años, sobre las «verdades establecidas», en su Ensayo sobre el entendimiento humano. Que este criticismo de Locke sobre el human understanding sea complemento de los understanding media del profesor canadiense, para que con ello clarifiquemos nuestra comprensión de los gigantescos mass media en un mundo ultratecnificado y en el que paradójicamente muchas comunidades humanas siguen viviendo todavía en las tinieblas del neolítico, mientras sobre sus cabezas vuelan los potentes superreactores que enlazan continentes en pocas horas. Pero la coexistencia del tam-tam y del televisor en el mismo planeta, y a veces a escasos kilómetros de distancia, es tema que nos llevaría muy lejos de los propósitos de la presente introducción.

Román Gubern

Mayo de 1968

INTRODUCCIÓN

Los artículos que figuran en esta Antología proceden de Explorations, una revista dedicada a las comunicaciones publicada entre 1953 y 1959. Todos sus números son ahora ejemplares de coleccionista.

Explorations estudiaba la técnica de lenguajes tales como la imprenta, el formato de los periódicos y la televisión. Sostenía que una revolución en la elaboración y distribución de ideas y sentimientos modifica no solamente las relaciones humanas sino también la sensibilidad humana. Afirmaba también que desconocemos en gran medida el papel que ha desempeñado la alfabetización en la configuración del hombre occidental y que ignoramos igualmente el grado en que los medios electrónicos de comunicación han contribuido a configurar los valores modernos. Los intereses que se jugaban en la alfabetización eran tan profundos que la alfabetización misma nunca fue examinada. Y la actual revolución electrónica es ya tan permanente que nos es difícil colocarnos fuera de ella para estudiarla objetivamente. Pero puede hacerse, y constituye un enfoque fructífero examinar uno de los medios de comunicación a través de otro; estudiar la imprenta con la perspectiva de los medios electrónicos o la televisión a través de la imprenta.

Cuando De Tocqueville quiso estudiar la democracia, se dirigió al nuevo mundo porque se dio cuenta de que la América colonial tenía una enorme ventaja sobre Europa. Podía desarrollar y aplicar inmediatamente todas las consecuencias de la imprenta (en el libro, en el periódico y, por extensión, en la producción en serie en la industria y en la organización) porque no existía en América el fondo de tecnología anticuada a liquidar antes de empezar esta tarea. Los europeos tu vieron que pasar por un largo y penoso período para poder explotar la nueva tecnología de la imprenta.

Hoy tienen los Estados Unidos la mayor carga de tecnología anticuada que existe en el mundo; la vida americana está penetrada por sistemas educativos e industriales edificados sobre la imprenta y sobre métodos derivados de la imprenta. Los países subdesarrollados tienen una enorme ventaja sobre nosotros: guardan con la tecnología electrónica una relación similar a la que nosotros tuvimos con la tecnología de la imprenta. Y está por determinar lo que tenemos que hacer o podemos hacer para realizar un lavado de cerebro en nosotros mismos respecto a esta anticuada herencia.

El factor que interesa en esta situación es la utilización de cintas electrónicas mediante las cuales se envía la información desde diferentes puntos simultáneamente y en concierto; anteriormente, con la imprenta, una unidad seguía a la otra. Mediante este desplazamiento desde la configuración lineal a la configuración en grupo, la alfabetización ha perdido su principal apoyo en la estructura social de nuestro tiempo, porque la fuerza de motivación de la enseñanza de la lectura y el desarrollo de una alta cultura literaria, era el hecho de que esta disciplina escolar correspondía a todos los patrones y fines del mundo exterior. Hoy el mundo exterior está abandonando esta misma forma y proporciona cada vez menos motivaciones para la enseñanza de la lectura y la consecución de una cultura literaria en nuestras escuelas.

Nuestros conceptos mismos de análisis de los medios de comunicación son literarios; se limitan al análisis del contenido y no tienen nada que ver con las nuevas configuraciones de los medios electrónicos. Probablemente la mejor forma de analizar los medios de comunicación sea a través de «la ignorancia organizada». Este sorprendente concepto parece haber surgido durante la segunda guerra mundial, cuando el organismo Operations Research de las Fuerzas Armadas encargó a biólogos y psicólogos el estudio de problemas de armamento que normalmente habrían correspondido a los ingenieros y a los físicos. Aquellos técnicos, que no entendían nada de armamento, en lugar de añadir un conocimiento especializado sobre los distintos problemas, pasaban por encima de ellos logrando una visión de conjunto. Cuando se arroja un conocimiento sobre una nueva situación, se comprueba que esa situación es relativamente opaca; si uno organiza su propia ignorancia, tomando la situación como un proyecto global, sondeando y explorando todos los aspectos al mismo tiempo, uno encuentra aperturas inesperadas y puntos de vista nuevos. Así el químico Mendeleev, para descubrir el grupo que faltaba en la tabla de elementos, no se limitó a utilizar los conocimientos disponibles. En lugar de eso, se preguntó: ¿Cuáles han de ser las características del resto, si aquellos elementos que conocemos están de alguna manera relacionados entre sí?

Rouault formuló el principio de la «luz a través», más que la «luz en», pintando cristal teñido. La peculiaridad de la televisión, a diferencia de la fotografía y del cine, es que la imagen se constituye por luz a través; haciendo que los puntos de luz del mosaico en desplazamiento se proyecten al telespectador. La forma de comunicación de luz a través, que exige una iluminación total desde dentro, es manifiestamente distinta de las formas analíticas de la alfabetización que crean un hábito de percepción y análisis que de modo deliberado y por medios organizados, toman un único elemento a la vez.

El alfabeto fonético y sus derivados hacen hincapié en materia de percepción, en el conocimiento analítico de una sola cosa a la vez. Esta intensidad de análisis se consigue al precio de que todas las demás cosas del campo de percepción pasen al estado subliminal. Durante 2500 años hemos vivido en lo que Joyce llamaba la «Concepción de ABCED». Como resultado de esta fragmentación del campo de la percepción y de la ruptura del movimiento en aspectos estáticos hemos conseguido un poder de conocimiento y de tecnología aplicada que no tiene paralelo en la historia humana. El precio que por ello pagamos es que existimos desde el punto de vista personal y social en un estado de conocimiento subliminal casi absoluto.

En esta época de todo-a-la-vez, hemos descubierto que es imposible, desde el punto de vista personal, colectivo y tecnológico, vivir en lo subliminal. Paradójicamente, en este momento de nuestra cultura, volvemos nuestros ojos una vez más al hombre pre-alfabetizado. Para él no existía un factor subliminal en la experiencia; sus formas míticas de explicación interpretaban todos los niveles de cualquier situación al mismo tiempo. Esta es la razón por la cual Freud no tiene sentido cuando sus teorías se aplican al hombre pre-alfabetizado o post-alfabetizado.

Los medios electrónicos del hombre post-alfabetizado contraen el mundo hasta reducirlo en una aldea o una tribu en la cual todo le sucede a todo el mundo al mismo tiempo: todo el mundo conoce y por tanto participa en todo aquello que está sucediendo y en el mismo momento en que sucede. La televisión concede esta calidad de simultaneidad a los acontecimientos que tienen lugar en esta aldea global.

Esta participación simultánea en las experiencias colectivas, como sucede en una aldea o en una tribu, crea una concepción de aldea, o tribal, y prima el hecho de la vida en común. En esta nueva yuxtaposición tribal, nadie lucha por una preminencia individual que sería suicida desde el punto de vista de la sociedad y que por tanto se convierte en tabú. Los adolescentes buscan deliberadamente la mediocridad como forma de conseguir este estar juntos. Refuerza esta tendencia el estímulo del mundo adulto, que es esencialmente individualista. Los adolescentes desean ser artistas, pero no pueden «estar juntos» si son excepcionales; por ello boicotean lo excepcional.

Del mismo modo que los esquimales han perdido su carácter de tribu mediante la imprenta, pasando en el curso de unos pocos años desde el estado de nómadas primitivos al de técnicos alfabetizados, así nosotros, en un período igualmente breve, estamos pasando a constituir una tribu a través de los medios electrónicos. La alfabetización que estamos abandonando, la quiere para sí el esquimal; el lenguaje oral que él rechaza, nosotros lo aceptamos. Que esto sea bueno o no es una cosa que está por ver. Por el momento es importante que comprendamos sus causas. El objetivo de esta Antología es contribuir a crear una conciencia sobre el fenómeno de la imprenta y de las nuevas tecnologías de la comunicación al objeto de que podamos orquestarlas, minimizar sus contradicciones y choques mutuos y sacar lo mejor de cada una de ellas en el proceso educativo. El actual conflicto conduce a la eliminación de la motivación de aprender y a la disminución del interés en las anteriores conquistas. Conduce a la pérdida del sentido de la medida. Sin la comprensión de la gramática de los medios de comunicación, no podemos aspirar a conseguir una conciencia contemporánea del mundo en que vivimos.
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