El crucero universitario por el mediterráneo






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EL CRUCERO UNIVERSITARIO POR EL MEDITERRÁNEO
DURANTE LA SEGUNDA REPÚBLICA (1933)

Natividad Araque Hontangas

Facultad de Educación

Universidad Complutense de Madrid

Introducción
El crucero universitario por el Mediterráneo representa un hito sin parangón en la enseñanza universitaria española de todos los tiempos, asociado a las ideas de la Segunda República española, que propugnaba una enseñanza de calidad en base a las directrices pedagógicas de la Institución Libre de Enseñanza, con la intención de impulsar las actividades relacionadas con el descubrimiento de la Historia y de la Geografía de manera activa y en contacto con la realidad, como un complemento fundamental de la enseñanza universitaria, que no sólo debía fundamentarse en las tradicionales clases magistrales y demasiado teóricas de los catedráticos.

En 1931 se planteó la reforma universitaria, basada en la concesión de la autonomía a las universidades españolas, con la aquiescencia de Ortega y Gasset, que la consideraba prioritaria, concediéndose la autonomía a las facultades de Filosofía y Letras de las Universidades de Madrid y Barcelona, durante los primeros meses del gobierno republicano.

Este crucero universitario estará siempre vinculado al entonces ministro de Instrucción Pública, Fernando de los Ríos Urrutia, el cual ejerció su cargo dentro del Gobierno de Azaña, desde el 16 de diciembre de 1931 hasta el 12 de junio de 1933. Se trataba de un destacado intelectual socialista, que construyó 7.000 escuelas en los primeros 10 meses al frente de su Ministerio, frente a las 11.000 que se construyeron en un intervalo de 22 años -de 1909 hasta 1931-, con la monarquía. En cuanto a sus planteamientos educativos, se puede afirmar que siguió el legado de su tío Francisco Giner de los Ríos y de la Institución Libre de Enseñanza, materializando el ideario de fomentar la educación y la cultura, partiendo de la premisa de que era un derecho del pueblo y la base del progreso económico y social.

El artículo 48 de la Constitución republicana de 1931 reconocía y garantizaba la libertad de cátedra en las Universidades y facilitaba a todos los españoles, económicamente necesitados, el acceso a todos los grados de enseñanza, quedando sólo condicionado por la aptitud y vocación. Además, señalaba que la enseñanza sería laica, y se inspiraría en los ideales de la solidaridad humana, suprimiendo la obligatoriedad de la enseñanza religiosa.

Fernando de los Ríos intentó crear una universidad abierta a todos los ciudadanos, con independencia de su clase social, que demostrasen su capacidad para el estudio y la investigación. En el verano de 1932 puso en práctica el proyecto de la Universidad Internacional de Verano de Santander, que se ubicó en el palacio de la Magdalena, de dicha localidad. Además, se aprobó la Ley de Subvenciones para la Fundación Nacional de Investigaciones Científicas, se modificó la normativa para obtener el grado de doctor, se remodeló la Junta de la Ciudad Universitaria, dando un gran impulso a la construcción de sus edificios, y se concedió la autonomía a la Universidad de Barcelona por Decreto de 1 de junio de 1933, quedando regida por un Patronato.

En diciembre de 1932 afirmó que era necesario reequilibrar la enseñanza superior y conceder mayor prestigio a los titulados medios y profesionales, que escaseaban en aquella época, y que eran necesarios para el buen funcionamiento de la industria y los servicios. Se pensaba que había que establecer un sistema de control sobre la docencia, con la finalidad de que la enseñanza universitaria tuviese más calidad, y que las normas de titulación universitaria fuesen más estrictas. En este aspecto se elaboró el Proyecto de Bases de Reforma Universitaria, entre enero y febrero de 1933, que fue presentado en las Cortes el 17 de mayo, en el cual se denunciaba la vigencia de un sistema universitario anclado en la legislación de 1857.

Este proyecto tenía el propósito de evitar el intrusismo profesional y potenciar las asociaciones de estudiantes en los organismos relacionados con la cultura y la educación, como eran la Junta de Ampliación de Estudios, el Consejo de Cultura, las Misiones Pedagógicas y el Patronato de Estudiantes. Entre otros aspectos, se abordaba la reforma del sistema docente, mediante la reducción de las clases magistrales y la ampliación del número de clases prácticas y tutorías, según el modelo educativo anglosajón. Se suprimían los exámenes por asignaturas, para evitar el poder omnímodo del profesorado, sustituyéndose por dos pruebas generales, a mitad y final de la carrera. Además, se daba a los alumnos/as la posibilidad de organizar su propio plan de estudios. Como era de esperar, los sectores más conservadores se opusieron radicalmente al mencionado proyecto.

El ideal educativo republicano tenía sus raíces en el proyecto pedagógico de la Institución Libre de Enseñanza, que perseguía una transformación global dentro de la que subyacía una visión de lo político, lo social, lo religioso, lo ético y lo científico, recíprocamente entrelazados e interdependientes, fundiéndose en una concepción humanista del mundo y de la vida. La educación debía ser integral, con el objetivo de conseguir que los hombres y las mujeres fueran cultos, íntegros moralmente, austeros, solidarios, con sensibilidad artística, salud física, solidez de carácter, amor a la naturaleza, elegancia, corrección de maneras y comprometidos con la reforma.

El crucero universitario se circunscribía dentro de la innovación pedagógica, que suponía el excursionismo como recurso educativo y, concretamente, de los tres pilares educativos de la Institución Libre de Enseñanza: trabajo intelectual, sobrio e intenso; gimnasia y deportes al aire libre, y acercamiento a la naturaleza y al arte. En este caso, se trataba de crear una Universidad viva, en contacto con el resto del mundo, que acercase a sus estudiantes a la realidad social y cultural, no sólo de España, sino del resto de los países. Las excursiones que se realizaban en España, hasta ese momento, sólo habían estado vinculadas a los niveles de primaria y secundaria, y fueron promovidas, inicialmente, por Rafael Torres Campos, geógrafo e historiador de la mencionada Institución, alrededor de 1878. Posteriormente, fueron impulsadas por Manuel Bartolomé Cossío y, también, fueron incluidas en los programas educativos de los señores Manjón y Poveda.
La organización del crucero universitario por el Mediterráneo

Durante esta etapa de intentos fallidos de llevar a cabo una profunda reforma universitaria, se realizó el crucero universitario como una prueba más del deseo gubernamental de la República por mejorar la enseñanza universitaria, sin clasismos, y bajo la dirección del decano de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, García Morente. Según Gregorio Marañón, el Gobierno de la República se había convertido en el mecenas de los que vivían del trabajo de la investigación y la enseñanza, y de “los hijos del burgués mediocre, del profesional modesto, del comerciante, del labrador y del pastor de nuestra serranía”1. Por fin, se rompía con la tradición de que los cruceros sólo servían para el recreo de millonarios.

El crucero tenía como objetivo sembrar las semillas para crear una España mejor, puesto que el ideal no sólo era que los universitarios adquiriesen una mejor preparación en contacto directo con las diferentes culturas del Mediterráneo, sino que también se trataba de fomentar la generosidad, la solidaridad, la tolerancia y la cooperación de los alumnos participantes, los cuales afirmaron que este viaje había supuesto un punto de inflexión en sus vidas, que se proyectó en el futuro, porque fue inolvidable. En este aspecto, María Elena Gómez Moreno diría de esta experiencia: “En adelante, nuestra vida arrancaría de una nueva era: antes y después del crucero, y el hecho de haber participado en él, nos uniría a todos a lo largo de los años.”

La información que tenemos sobre el crucero es la que nos aportan los escritos de: Gregorio Marañón, Guillermo Díaz-Plaja, Julián Marías y Arturo Ruiz-Castillo; los pasajes de los Diarios de a bordo, de Manuel García Morente, Carlos Alonso del Real, Julián Marías y Manuel Granell, además de las Notas resumen del viaje por el Mediterráneo, manuscrito de Enrique Lafuente Ferrari, y unos interesantes Apéndices y Documentos que quedaron recogidos en el Catálogo publicado por los amigos de la Residencia de Estudiantes, en 1995, en colaboración con la Universidad Complutense de Madrid y con la Compañía Transmediterránea. También se ha contado con los testimonios de Gonzalo Menéndez Pidal, Fernando Jiménez de Gregorio, Ángela Barnés y Enrique Lafuente Niño.

El aprendizaje y las experiencias que les proporcionó el viaje no sólo quedaron en las memorias de los expedicionarios, sino que pasaron a formar parte de sus diarios, que conservarían durante toda su vida, y que han servido para que conozcamos más profundamente sus anécdotas. El decano García Morente pensó motivarles para que tomasen notas, a través de la institución de un premio de 2.000 pesetas para el mejor diario que se presentase. Además, Gregorio Marañón, en calidad de presidente de la Sociedad Geográfica, estableció un premio de 1.000 pesetas a la mejor memoria geográfica del viaje. Incluso se realizó una exposición en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid con las fotografías obtenidas, concediendo un premio de 1.000 pesetas al mejor lote.

El crucero fue organizado por varios profesores universitarios para acercarse a las fuentes de la historia del Mediterráneo, con miras científicas. Fundamentalmente, se trataba de que concurriesen profesores y alumnos de la Escuela de Estudios Árabes, puesto que gran parte de su itinerario se realizó por países musulmanes -Túnez, Egipto, Palestina, Turquía y otros, como Sicilia-, donde existían palpables huellas del islamismo. En este aspecto, formaron parte de la expedición dos encargados de sección -González Palencia y García Linares-, y cinco alumnas de dicha Escuela -Ángela Barnés González, María Luisa Fuertes Grasa, Esmeralda Gijón Zapata, Manuela Manzanares López y Encarnación Plans Sanz-, que tuvieron la posibilidad de conocer in situ los grandes monumentos y el ambiente en el que se crearon las obras maestras de la literatura y la ciencia árabes.

Para la realización del itinerario, minuciosamente estudiado, bajo la dirección de Manuel García Morente, se contrató el buque llamado Ciudad de Cádiz, que fue fletado por la Compañía Transmediterránea. Además, García Morente no escatimó esfuerzos por contactar, a través de José Ruiz de Arana -director de la Sección de Relaciones Culturales del Ministerio de Estado-, con las legaciones españolas en aquellos países -cónsules y diplomáticos-, para que les procurasen medios de transportes, entradas gratuitas a museos, etc., y recepciones con altas personalidades de esos países. Un dato digno de mención fue la elaboración del “himno del crucero universitario”, que se cantó el 21 de junio de 1933 durante la fiesta celebrada a bordo del buque, rumbo al puerto de Alejandría, así como la realización del Diario de noticias, que era un periódico que se publicó durante la travesía, bajo el patrocinio de la compañía naviera.

En el tablón de anuncios del barco se insertaba, diariamente, toda la información sobre las actividades que realizarían los expedicionarios, dentro y fuera del buque. La compañía transmediterránea accedió a proporcionarles gratuitamente los servicios de duchas y baños con agua de mar, algo que no era habitual. También tuvieron la gentileza de prestarles un servicio de lavado y planchado, que debían pagar según los precios estipulados. Algo muy importante es que no existían expedicionarios de clases distintas, todos podían circular libremente por el barco, aunque de hecho se daban algunas diferencias relativas a la distribución de espacios. Todos tenían pensión completa, poniendo como exigencia la puntualidad para asistir a las comidas. Evidentemente, los profesores tenían reservados asientos en el comedor de primera clase2.

En relación con las comidas, hay que señalar que el desayuno era de café con leche, o chocolate con tostadas, mantequilla, galletas, mermeladas y frutas. El almuerzo constaba de seis entremeses, tres platos, postres, queso, fruta, dulce, café o té. La comida estaba compuesta por cuatro platos, postres variados y dulce o helado, café o té. Excepcionalmente, al final de las comidas de los domingos se servía champagne. Además, a media mañana y tarde, en los días que estuvieran navegando, se servía una taza de caldo por las mañanas y un lunch por la tarde. En los días dedicados a visitas terrestres se entregaba a cada pasajero una comida fría, compuesta por tortilla, jamón, carne o pescado, frutas, queso y pan, procurando variarlo cada día.

El barco contaba con una capilla, en la que el capellán Felio Fontanals celebraba misa, pudiendo asistir los expedicionarios que quisieran. En la enfermería prestaban sus servicios el médico Luis Téllez y la enfermera. En el caso de haber algún enfermo a bordo, sólo el médico se encargaba de acompañar a los expedicionarios. Además, también había un servicio de radiotelegrafía, en el que trabajaban: Francisco Bernal, Francisco Pérez y Gabriel Coll.
La disciplina interna

Especialmente importante fueron las prevenciones que se realizaron para la vida de los expedicionarios a bordo del buque, desarrollando una organización espléndida en cuanto a la distribución de los camarotes, de manera que en primera clase iban los profesores, las señoras y las señoritas, aunque algunas por falta de espacio tuvieron que instalarse en segunda clase. En los camarotes de tercera clase se distribuyeron los alumnos más fuertes y jóvenes. García Morente se enorgullecía de haber desarrollado un modelo de disciplina interna, basado en la autoridad moral de los profesores y en la conciencia del alumnado -en base a su iniciativa y libertad individual-, que resultó ser todo un éxito. Dentro del barco, se les pidió que tuviesen especial cuidado en no ensuciarlo ni estropearlo, de ser puntuales a las horas de las comidas, de llegada para zarpar y que respetasen el sueño y mantuviesen el mayor silencio durante las horas nocturnas.

También se contemplaron prevenciones higiénicas, que fueron elaboradas por el doctor Gustavo Pittaluga, considerando la necesidad de evitar enfermedades que podían transmitirse por vía hídrica, sobre todo en los países del norte de África, por lo que se facilitó a cada expedicionario una cantimplora con suficiente capacidad, que utilizaron durante las visitas a algunas localidades, entre las que estaban: Cartago, Susa, Jaffa, Jerusalén, Beirut, Damasco y Esmirna. Otra de las prevenciones era que los expedicionarios evitasen el contacto “demasiado íntimo” con indígenas y gente del pueblo, sobre todo con los nómadas en los hinterland, en las cercanías de Túnez, Cartago, Susa y Alejandría, por su falta de higiene. Sin duda, los universitarios se familiarizaron con las normas que estudiaron en la asignatura de Higiene durante el Bachillerato de aquella época, y que les alertaba sobre las medidas que debían tomar para evitar el contagio de enfermedades y para evitar la deshidratación y el excesivo calor. Es por ello que en las prevenciones se incluía la necesidad de que, además de llevar cantimploras para que no les faltase agua, vistiesen ropas de color blanco y utilizasen sombreros.

Los aspectos pedagógicos de las visitas fueron previamente estudiados, de tal manera que los profesores se encargaban de dar conferencias en la nave para que los alumnos adquiriesen unos conocimientos previos, que les sirviesen para asimilar mejor las explicaciones de los guías en las visitas a los monumentos, museos, etc. Además, se habían dispuesto suficientes planos de cada una de las ciudades que se iban a visitar, que eran entregados a los expedicionarios a la llegada a cada localidad, para que pudiesen orientarse fácilmente en caso de extravío y poder incorporarse a su grupo, al buque o al hotel.

Las prevenciones para que no hubiese retrasos ni pérdidas las hacía García Morente, a la hora de la comida, en el comedor más amplio, y las repetía Ferrandis en los otros comedores. Con objeto de controlar la llegada al buque debían firmar unas hojas que cada grupo tenía dispuestas antes de la hora de zarpar, y cuando los ocho grupos se hallaban a bordo, García Morente avisaba al capitán para que levantase anclas3.

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