El Renacimiento es un movimiento cultural que abarca todos los aspectos de la actividad humana. Se trata de un cambio de mentalidad, una nueva valoración del






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fecha de publicación17.04.2016
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El Renacimiento es un movimiento cultural que abarca todos los aspectos de la actividad humana. Se trata de un cambio de mentalidad, una nueva valoración del mundo, la persona y la existencia. Realmente, en su esencia, es un re­nacer a lo clásico con el resurgimiento de valores socia­les y estéticos que se manifiestan en nuevas formas artís­ticas y expresivas. Cronológicamente, tiene su inicio a mediados del siglo xiv en las ciudades del norte de Italia y desde allí se difunde al resto de Europa, donde se desa­rrolla en el siglo xvi.

Características del Renacimiento

El Renacimiento es el fruto de una transformación social e ideológica que se sustenta sobre dos pilares básicos: la imitación de los modelos clási­cos y la aplicación de los principios del humanismo.

La transformación social

El nacimiento y expansión del Renacimiento tiene su origen en una nue­va organización social que se manifiesta en los siguientes factores:

  1. Nacen algunos estados modernos, asciende la burguesía y los ciuda­danos participan en las tareas de gobierno,

  2. Se producen cambios en el sistema de producción artesanal y aparecen indicios de precapitalismo.

  3. Se descubren y conquistan nuevos mundos que amplían el universo y el conocimiento humano,

  4. Surgen grandes inventos (el papel, la brújula, la imprenta...) y son cons­tantes los progresos técnicos (el molino de viento, etc.).

Se revitalizan nuevas corrientes ideológicas y se crea un ideal de ser hu­mano distinto al medieval. El modelo renacentista es el cortesano, hom­bre diestro en armas y letras.

Las nuevas ideas filosóficas

Se realiza una crítica al pensamiento medieval y se revitalizan ideas fi­losóficas anteriores:

escepticismo

epicureísmo

estoicismo

neoplatonismo

erasmismo

Fomenta la acti­tud crítica, fren­te al dogmatismo medieval.

Invita al goce mo­derado de la vida y los placeres.

Exalta la dignidad del hombre y pro­pugna una vida se­gún el orden natural.

Defiende la belleza de los seres na­turales como reflejo de la divinidad (lo que generará la idealización del sentimiento amoroso).

Defensor de una reli­giosidad íntima, centra­da en la pureza de cos­tumbres.

En consecuencia, la persona se sitúa en el centro del universo (antro- pocentrismo), y el poder de la razón y el cultivo de la inteligencia la con­vierten en un ser superior. Con lo cual se abandona el teocentrismo me­dieval y la idea del mundo como «valle de lágrimas», y la naturaleza aparece como lugar de goce y disfrute.

La admiración por los clásicos

Las ciudades-estado italianas, que anhelan restaurar los ideales clásicos, convierten las culturas griega y latina en punto de referencia y estudio. Por ello, frente a la originalidad, toma importancia la imitación de los grandes autores por su prestigio.

De esa admiración e imitación, y de la defensa del latín, nace la preocupación por las lenguas nacionales, consideradas como el medio más natural de expresión. Además el latín se convierte en el idioma de la cultura; en él se escriben las obras de investigación y su conocimiento permite el acceso directo a Homero, Platón, Cicerón, Virgilio y Horacio, hasta entonces leídos sólo por una minoría culta.

Los principios del humanismo

Con el Renacimiento se concede importancia a los estudios humanísti­cos, que comprendían gramática, retórica, poética, historia y filosofía, y a la preocupación por la cultura clásica.

El humanista es un erudito, un crítico, que se basa en estos principios:

  • Profundo conocimiento de la antigüedad grecolatina.

  • Anhelo de restauración de los ideales clásicos,

  • Defensa del estudio, lectura y uso de las lenguas clásicas,

  • Valoración entusiasta del mundo y de la dignidad del ser humano.

Este interés por la antigüedad clásica, unido a la preocupación por el desarrollo de las ciencias y el estudio de la naturaleza crean ese nuevo con­cepto del mundo y del arte que denominaremos Renacimiento

Los precursores del Renacimiento

El Renacimiento tuvo tres precursores, como vimos en la unidad anterior:

  1. Dante Alighieri, autor de la Divina Comedia, es considerado el primer escritor europeo moderno,

  2. Francesco Petrarca, primer humanista que, en sonetos y cancio­nes, canta a su amada Laura, una dama idealizada,

  3. Giovanni Boccaccio, prosista y autor del Decamerón, una amarga sátira narrativa contra las instituciones de su época. Es el continuador de Dante.

El Renacimiento en España

En España, el Renacimiento aparece con características propias y hace coexistir lo tradicional religioso con la nueva valora­ción del mundo, y lo nacional con las nuevas corrientes euro­peas.

Rasgos peculiares

Dos factores, políticos y culturales, contribuyen a que el Re­nacimiento español tenga una personalidad propia:

  1. El reinado de Carlos I de España y V de Alemania (nie­to de los Reyes Católicos), es símbolo de esplendor, pleni­tud política y prosperidad económica, y permite una aper­tura a las corrientes europeas.

  2. El reinado de Felipe II (hijo de Carlos I) sigue el espí­ritu de la Contrarreforma y, para evitar el contagio con las ideas protestantes, ejerce una férrea censura con la In­quisición.

Etapas del Renacimiento español

Las peculiares circunstancias de nuestro país generan en el Re­nacimiento español dos etapas bien definidas:

  1. Primer Renacimiento o época de Carlos I: comprende la pri­mera mitad del siglo XVI, un periodo de recepción de las di­rectrices europeas. Aparecen el neoplatonismo y el erasmismo, y se introduce la poesía italianizante, de influencia petrarquista. Su máximo representante es Garcilaso de la Vega.

  2. Segundo Renacimiento o época de Felipe II: comprende la segunda mitad del siglo xvi, donde se acentúa lo religio­so y lo nacional, y se cristianizan los rasgos paganos del pe­riodo anterior. La fórmula italiana se funde con la tradición nacional. Su máximo representante es fray Luis de León.

La poesía del Renacimiento

La poesía española del Renacimiento representa la simultaneidad de dos corrientes: la tradicional, heredada del siglo XV, y la comente eu­ropea, de influencia italiana. La poesía más escuchada era la popular, de carácter oral, manifestada en la lírica tradicional y en el Ro­mancero viejo. Con la aparición de la imprenta, los textos orales son re­cogidos en antologías, frecuentemente denominadas cancioneros, en los que conviven la poesía popular y la lírica culta. Los poetas cortesanos, por su parte, siguen cultivando la canción trovadoresca, centrada en el amor cortés y empleando el octosílabo (8) como forma métrica esencial. A me­diados de siglo, surge el Romancero nuevo o artístico, también de ca­rácter culto.

Aspectos formales

La aportación métrica esencial de esta influencia italiana es el verso en­decasílabo (11) que, por su flexibilidad rítmica, era muy apropiado para la expresión de temas líricos. Lo habían ensayado algunos poetas del si­glo xv, pero lo impulsa Juan Boscán y triunfa más tarde en los poemas de Garcilaso de la Vega. Sobre la base del verso endecasílabo se crean nue­vas estrofas, algunas ya habituales en la lírica italiana:

Terceto

Estrofa de tres versos endecasílabos (11), de rima consonante (ABA). Los tercetos encadenados alternan series de tercetos (ABA BCB CDC...).

Cuarteto

Estrofa de cuatro versos endecasílabos (11), de rima consonante (ABBA)

Lira

Estrofa de cinco versos, dos endecasílabos (11) y dos heptasílabos (7), con el siguiente esquema métrico: aBabB. Su rima es consonante. La crea Garcilaso en su Oda a la flor de Gnido

Estancia

Estrofa que combina un número variable de versos endecasíla­bos (11) y heptasílabos (7), de rima y distribución variable

Octava real

Estrofa de ocho versos endecasílabos (11), de rima consonante, con el siguiente esquema métrico: ABABABCC. La introdujo Boscán en su poema Octava rima, por lo que es co­nocida también como «octava rima».

También aparecen dos composiciones características del Renacimiento: el soneto, que es la forma emblemática de la nueva poesía, y la can­ción petrarquista:

  1. El soneto es un poema que combina dos cuartetos y dos tercetos. La rima de los cuartetos es siempre la misma (ABBA ABBA); la de los ter­cetos presenta variantes (CDC DCD; CDE CDE; CDE DCE; etc.), Los dos cuartetos suelen ser descriptivos, y los tercetos, generalmente de tono meditativo. Desde el Renacimiento, el soneto es la estrofa culta por antonomasia de la poe­sía en castellano.

  2. La canción petrarquista está constituida por un número variable de estancias, pero el esquema métrico de la primera debía repetirse en todas las demás.

No obstante, las nuevas formas métricas conviven con los versos y estrofas tradicionales, que siguen cultivándose, especialmente el romance. No hay que olvidar que las adaptaciones del modelo italianizante conviven en España con la lírica culta de procedencia medieval —que se man­tiene vigente en los cancioneros— y con la lírica popular de los romances, que no dejan de influir en los nuevos modelos. El romance se consagra como la estrofa más representativa de la poesía popular en castellano.

Además, se recuperan varios géneros poéticos de tradición grecolatina:

Égloga

Composiciones de tipo bucólico en las que el poeta manifiesta sus sentimientos a través de pastores, en el marco de una naturaleza idealizada.

Oda

Poema lírico de tono elevado y variedad de temas y asuntos.

Epístola

Trata temas doctrinales en forma de carta y a veces tiene carác­ter confidencial y familiar.

Elegía

Muestra los sentimientos ante una circunstancia dolorosa (muerte de un ser querido, etc.)

Esta revolución métrica en la poesía renacentista se apoya en diversos re­cursos literarios como el hipérbaton, que recrea la sintaxis clásica, o la metáfora, que plasma la belleza sensorial. Pero el poeta se atiene siem­pre al precepto clásico de ajustarse a las leyes de la naturaleza, huyendo de la afectación, con lo que consigue un estilo poético marcado por la so­briedad, la naturalidad, la selección y la elegancia.

Temas y motivos poéticos

Los poetas del Renacimiento emplean en sus creaciones diversos motivos o tópicos de la literatura grecolatina, entre los cuales podemos destacar:

  1. El carpe diem (goza el día de hoy), que invita a gozar del momento presente.

  2. El collige, virgo, rosas (recoge, doncella, las rosas), exhortación a una joven para que disfrute del amor antes de que el tiempo marchite su be­lleza.

  3. El locus amoenus (lugar agradable), que recrea un prado verde de dulces y claras, que sirve de solaz o refugio al poeta para expresar su sufrimiento amoroso.

  4. El aurea mediocritas (mediocridad dorada) que ofrece una alaban­za a la vida moderada, alejada de toda ambición,

  5. El beatus ille (feliz aquél) que manifiesta la añoranza de una vida apar­tada del caos del mundo en busca de la paz y la armonía de la natu­raleza.

Junto a estos motivos literarios, de influencia clásica, aparecen en la pri­mera mitad del siglo los tres grandes temas de la lírica renacentista: la na­turaleza, el amor y la mitología. A ellos se unen, en la segunda mi­tad, otros temas esenciales: la huida del mundo, eje de la poesía as- cético-moral; el amor a lo divino, centro de la poesía mística; y el ideal patriótico, que conforma la épica culta.

La temática de la lírica renacentista es esencialmente amorosa, aunque no falten los motivos patrió­ticos y religiosos. El poeta analiza su mundo interior para descubrimos el placer y el desasosiego que le produce el sentimiento amoroso. El amor lo lleva a la búsqueda de la belleza, que en la líri­ca se identifica con la mujer y el paisaje, como arquetipos de perfección. El petrarquismo, el neopla­tonismo y la tradición cortesana introducen en la poesía la noción del mundo ideal, donde el amor es una fuerza superior que domina la voluntad del individuo. Al entrar en conflicto con la realidad, el poeta vive el amor como una experiencia contradictoria, dramática y, a la postre, imposible.

Siguiendo a Petrarca, el poeta renacentista vuelve la mirada al pasado, y su alma se llena de melan­colía al recordar el tiempo en que conoció a su amada, reviviendo con añoranza las horas vividas felizmente junto a ella, y lamentando su pérdida, por muerte o abandono. Desea apartarse de la gente para poder meditar sobre la frustración del amor en el marco idílico de una naturaleza ideal. Se retoma así el tópico literario del locus amoenus (lugar ameno’), procedente de la tradición lati­na y que no había llegado a perderse en la literatura medieval.

La naturaleza

La mirada que el hombre dirige hacia la naturaleza y sus leyes es crítica y racional. Ahora preten­de «ordenar» el mundo a su alrededor para que pueda ser comprendido por la inteligencia. La razón (y no solo la «autoridad», como en la Edad Media) empieza a valorarse como instrumento de cono­cimiento. El Renacimiento es una época muy dinámica, que muestra una gran curiosidad intelec­tual que dará sus frutos en el siglo XVII, cuando Galileo y Descartes consoliden las bases de la cien­cia moderna. Entre los científicos del xvi podemos recordar a Nicolás Copérnico (1473-1543), quien proclama el heliocentrismo —los planetas giran alrededor del Sol— frente al geocentrismo medie­val —la Tierra ocupa el centro del universo—, aceptado y defendido por la tradición cristiana.

La naturaleza renacentista es apacible y armoniosa; está poéticamente idea­lizada y tiene como centro el locus amoenus, tópico que se remonta al poeta latino Virgilio. Este «lugar agradable» suele servir de marco para las escenas amorosas o para los relatos mitológicos. Se trata de un prado verde que llena de frescor el suave murmullo de aguas cristalinas o la bri­sa de árboles frondosos, y que ejerce de testigo mudo a quien el poeta cuen­ta su sufrimiento por la indiferencia o los desdenes de la amada.

Esta naturaleza, remanso de paz y armonía, cumple en la poesía ascéti­ca de la segunda mitad del siglo otra función: es el refugio que acoge al poeta en su huida en busca de sosiego y descanso espiritual.

El amor

El amor en el Renacimiento está influido por la filosofía neoplatónica y tiene una concepción petrarquista; es decir, se muestra desli­gado de los apetitos carnales y aparece como una virtud del entendimiento que eleva al hombre de lo material a lo inmaterial, superando la sen­sualidad.

La amada posee una bondad y una belleza que son destellos de la divi­nidad, por lo que su contemplación permite acceder a la contempla­ción de la Belleza Absoluta. Esa divinización de la amada convierte al amor en un acto de adoración, de culto casi religioso.

No obstante, el amor aparece también como fuente de frustración, por­que el enamorado lo considera imposible de alcanzar, y sólo recibe de su amada indiferencia o desdén. El poeta experimenta un dolor insufrible y se ve obligado a reprocharle su carácter esquivo (que concreta en antí­tesis: fuego/hielo, día/noche, paz/guerra), a rehuir otra compañía y a re­fugiarse en la naturaleza o a recluirse en sí mismo (introspección).

La belleza de la amada se plasma en un retrato físico, repetido de manera similar por los poetas. Para ello utilizan imágenes o metáforas -que los escritores van repitiendo- extraídas de la naturaleza: piel de lirio; cabellos rubios de oro; labios rojos, como el rubí, el clavel o el coral; dientes de perlas; cue­llo blanco, erguido, frágil como cristal; mejillas sonrosadas, reflejadas en la rosa, la azucena, la aurora o la púrpura. Se trata de imágenes ascendentes, en las que la belleza de la amada compite con las cualidades de la naturaleza.

La mitología

El Renacimiento se caracteriza por la recuperación de la cultura grecolatina, cuya importancia había sublimado el Humanismo. Los humanistas, al redescubrir el mundo clásico, fijan en este el ideal de belleza y perfección al que se debía aspirar. Se contempla la Antigüedad como «la medida eter­na de una vida elevada y la norma de toda ilustración» (Hans Freyer). Pero no es la Antigüedad la que renace, sino Occidente quien resucita con la fuerza y el carácter extraído del conocimiento de la Antigüedad.

Desde estos planteamientos, el arte y la literatura del Renacimiento imitan formalmente los mode­los clásicos y se llenan de referencias culturales al mundo grecolatino y, especialmente, a su mito­logía, que ofrece variados motivos —con sus dioses y héroes paganos— para inspirar las obras escultóricas, arquitectónicas o literarias. El estilo artístico y literario del Renacimiento sigue el canon clásico de belleza, basado en la armonía de las formas, la proporción, el equilibrio y la naturalidad. Lo auténtico está en la realidad tal y como esta se ofrece, que es «lo natural». Hacia la segunda mitad del siglo xvi, el artista derivará en otra estética más artificiosa denominada manierismo.

Las obras renacentistas se llenan también de dioses, ninfas, héroes y otras figuras inspiradas en la mitología grecolatina. Estos motivos, tomados de las Metamorfosis, obra del poeta latino Ovidio, cumplen no sólo una función estética u ornamental: el poeta los actualiza y los emplea como símbolos de su propio conflicto sentimental. El poeta que representa la asimi­lación de estos nuevos temas es Garcilaso de la Vega.

La huida del mundo

El tema de la huida del mundo, entendida como un ansia de trascen­dencia, aparece en la segunda mitad del siglo, dentro de una poesía de ca­rácter moral que desarrolla el beatus ille y el aurea mediocritas. El ser hu­mano vive encarcelado en la prisión del mundo, donde impera el caos, la discordia y los bienes engañosos. Para evadirse de esa cárcel debe iniciar un recorrido purificador utilizando diversos medios:

  1. la práctica y desarrollo de determinadas virtudes: prudencia, justicia, fortaleza y templanza

  2. la dedicación al estudio y al trabajo intelectual

  3. el contacto directo con la naturaleza

  4. la percepción del arte musical

Este proceso produce en el hombre una paz espiritual que le permite atisbar el Bien, la Belleza, la Bondad y la Armonía como realidades absolutas y universales, que participan de la divinidad

El tema de la huida del mundo es una de las bases de la poesía ascéti­ca, que cristianiza corrientes paganas y se concreta en el deseo del indi­viduo de trascender y fundirse con la divinidad

La unión mística

La unión mística es un concepto de raíz religiosa que surge en la segun­da mitad del siglo xvi. Esta literatura mística tiene su base en la experiencia de la unión del alma con Dios con el que los místicos aspiran a co­municarse.

Dicha comunicación presenta unos caracteres típicos:

  1. Exige un proceso previo de purificación (ascética) en el que el alma se desentiende del mundo, por la renuncia y la penitencia, y aspira a la perfección moral,

  2. Es una gracia divina, que sólo se concede a unos pocos. No depende, por lo tanto, de la voluntad humana,

  3. Produce un estado de embelesamiento, de éxtasis, que desconecta del mundo circundante,

  4. No se puede expresar con el lenguaje humano; el poeta místico no pue­de encerrar con palabras sus vivencias, por lo que recurre al empleo de símbolos, alegorías, paradojas o antítesis, que provienen del amor humano.

Los dos místicos más notables de la literatura en lengua castellana son san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús.

El ideal patriótico

El ideal patriótico es un reflejo del espíritu nacionalista que aparece en Es­paña en tiempos de Felipe II (segundo Renacimiento). Este tema exalta el heroísmo nacional y se manifiesta en canciones a gestas gloriosas: Canción a la batalla de Lepanto, de Fernando de Herrera (Sevilla, 1534- 1597). Este autor, perteneciente a la escuela sevillana, fue llamado el Divino, y escribió varios poemas heroicos de carácter patriótico.

Por otra parte, cabe destacar otros poemas épicos de este siglo: La Arau­cana, de Alonso de Ercilla, sobre las luchas de los españoles y los indios en el valle de Arauco (Chile), y La Austriada, de Juan Rufo, en torno a las hazañas de don Juan de Austria.

Lenguaje poético

Frente a la concepción utilitaria del arte que dominaba en la Edad Me­dia, el Renacimiento nos ofrece un afán esteticista. Los poetas pres­tan atención a los recursos expresivos del lenguaje, pero huyen de la afec­tación y se rigen por cuatro ideales clásicos: sobriedad, naturalidad, selección y elegancia

Este ideal clásico persiste a lo largo del siglo xvi. Sin embargo, en la segunda mitad algunos autores intensifican los recursos formales, complican la expresión y adoptan ciertas «ma­neras» o formas poéticas que derivan hacia la tendencia estilística denominada manierismo, precursora del culteranismo barroco

La época de Carlos I: los renovadores de la lírica castellana


Uno de los primeros renovadores fue el poeta y humanista catalán Juan Boscán (1492-1542), buen conocedor de la poesía provenzal y del poeta valenciano del siglo xv Ausiás March, a quien llega a comparar con Homero. Pronto mostró gran interés por la cultura grecolatina e italiana, como muestra su traducción de El cortesano, de Castiglione. A raíz de una entrevista en Sevilla, en 1526, con el embajador de Venecia Andrea Navagero, escritor y entendido en los autores clásicos, trata de adaptar, en sus Sonetos, los metros italianos a la lírica castellana. Le parecían más aptos para los pensamientos graves y profundos, más propios de hombres cultos, al menos frente a la poesía de cancionero. Sin embargo, Boscán no se mostró hábil en el manejo del endecasílabo, labor que también había ensayado tiempo atrás el marqués de Santillana. El triunfo definitivo de las formas italianas en castellano llegará con Garcilaso

Garcilaso de la Vega

Su breve vida no deja espacio sino a una obra breve: tres églogas, dos elegías, una epístola, cin­co canciones y treinta y ocho sonetos; pero su categoría poética es tan grande que, aunque bre­ve, es suficiente para consagrarle como «príncipe de los poetas españoles».

Su pasión por Isabel Freire, no correspondida, y el dolor que le produjo su muerte, son los moti­vos principales que inspiran las dos primeras églogas y buena parte de sus sonetos. El tema cen­tral de la poesía de Garcilaso es el amor, sentimiento que explora hasta el detalle; otros temas pre­sentes en sus versos son también la amistad y la Naturaleza, a la que idealiza y pone como testigo de sus amarguras.

En sus composiciones, el amor es expresado mediante los códigos de la literatura bucólica y los tópicos literarios del beatus ille (‘dichoso aquel...’) y del locus amoenus, que constituyen motivos recurrentes de la literatura renacentista y del Siglo de Oro. En la Églogas I y II, la voz de Garcila­so se esconde detrás de los pastores Salicio y Nemoroso, que lloran la ausencia de Galatea y Eli­sa, nombres literarios de Isabel Freire. El paisaje que les sirve de marco sugiere una naturaleza bella y serena, verde y primaveral, con árboles frondosos, ríos de aguas claras y abundantes flo­res (la rosa, el lirio); sobre el prado, inundado de rayos de sol, corre un viento suave; no hay nubes ni tormentas, aunque sí se produce un contraste entre la oscuridad y la luz, paralelo a los estados de tristeza y alegría, que refleja el poeta en estancias.

En medio de este paisaje arquetípico e idealizado se hallan los pastores, las ninfas y las ovejas, los elementos míticos y pastoriles con los que el autor objetiva sus sentimientos. El poeta muestra así su deseo de huir de lo que aprisiona su alma, en busca de la libertad, para ser como los seres de esa naturaleza, que viven sin dueño.

Renacentista es también el tema pagano del carpe diem (‘aprovecha el día’), tomado por el poeta de la literatura latina (Horacio, Ausonio), que nos recuerda la fugacidad de la vida y la necesidad de disfrutar del placer. A él dedica uno de sus sonetos más famosos, muestra perfecta del lengua­je petrarquista: «En tanto que de rosa y azucena».

Tras describir la belleza de una amada ideal (los dos cuartetos), la exhorta (en el primer terceto) a no dejar pasar su juventud (la «alegre primavera») sin gozar del amor («el dulce fruto»), advirtién­dole (entre el primer y el segundo terceto) que el paso del tiempo marchitará su lozanía y su atrac­tivo, porque nadie puede cambiar las leyes de la naturaleza.

Poetas seguidores de Garcilaso

Aunque la poesía tradicional del siglo xv no se abandona, la mayoría de los poetas españoles de la primera mitad del siglo xvi siguen la senda renacentista o petrarquista abierta por Garcilaso de la Vega.

El granadino Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575) es una de las personalidades más apasionan­tes de nuestro Renacimiento por su condición de diplomático, militar, poeta y erudito poseedor de una vasta cultura. En su amplia obra poética, se alternan composiciones de estilo tradicional y renacentista, entre las que cabe recordar la Fábula de Adonis, Hipómenes y Atalanta y una epís­tola dirigida al poeta Juan Boscán.

Hernando de Acuña (1520-1580?), también hombre de armas y de letras como Garcilaso y Hurta­do de Mendoza, cultivó la poesía heroica según la forma tradicional y la lírica amorosa italianista en una obra que abarca madrigales, canciones y, sobre todo, sonetos.

Gutierre de Cetina (1520-1557?), poeta y soldado como los anteriores, pese a su corta vida, nos ha legado una colección de madrigales, elegías, epístolas, canciones y sonetos de tema amoroso y de una rara perfección. El siguiente madrigal es el que le dio más fama como poeta

Ojos claros, serenos,

si de un dulce mirar sois alabados,

¿por qué, si me miráis, miráis airados?

Si cuanto más piadosos,

más bellos parecéis a aquel que os mira, 5

no me miréis con ira,

porque no parezcáis menos hermosos.

¡Ay, tormentos rabiosos!

Ojos claros, serenos,

ya que así me miráis, miradme al menos.

La lírica del segundo periodo del siglo XVI


La poesía italianizante de la época de Garcilaso se va perfilando en dos tendencias a medida que avanza el siglo xvi: la representada por los poetas vinculados a la Universidad de Salamanca —Escuela Salmantina— y la que se desarrolla en Sevilla —Escuela Sevillana.

Ascetas y místicos

En buena parte de la lírica de temática religiosa de la época se reflejan dos actitudes espirituales: la ascética y la mística, ambas instaladas en el camino de perfección que sigue el alma para unir­se a Dios a lo largo de tres momentos o vías: purgativa (el alma se despoja de lo terreno), ilumi­nativa (se siente la presencia de Dios) y unitiva (se produce la unión con Dios).

  • La ascética (ascesis significa «ejercicio») se corresponde con una vida de esfuerzo y sacrificio. Esta es la línea del poeta agustino Fray Luis de León y del prosista dominico Fray Luis de Granada.

  • La mística se corresponde con las etapas del camino de perfección en las que el alma se une a Dios. En nuestra literatura sobresalen dos grandes místicos: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.

La ascética no tiene por qué llevar a la elevación mística, ni la mística presupone un camino de ascetismo: el místico es un elegido por la gracia divina.

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