Las grandes civilizaciones de la américa precolombina






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SIGLO XVIII, UN SIGLO DE PROFUNDOS CAMBIOS
Durante este siglo se producen varios cambios, algunos como consecuencia de procesos internos y otros de procesos más generales que afectaron a Europa y a España. El Racionalismo y el Despotismo Ilustrado tuvieron repercusión en la mentalidad de la elite intelectual. En España se produjo un cambio de dinastía con la muerte de Carlos II en 1700, extinguiéndose la dinastía de los Habsburgo, y el poder recayó en el primer miembro de la familia Borbón: el príncipe francés Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, que tomó la Corona con el nombre de Felipe V. El poder de los reyes se fortaleció, ya que obedecía al principio de que el poder lo entrega Dios al monarca, en contraposición al concepto tradicional español de que Dios le da el poder al pueblo y este al monarca. En esta fase, la Corona autorizó la emigración francesa a América y los franceses se interesaron por desarrollar la minería, la agricultura, el comercio y la industria; además influyeron en enriquecer la austera vida colonial del reino de Chile, cambiando el gusto y las costumbres de este territorio. Felipe V se esforzó por organizar más racionalmente la hacienda pública, tarea reformista que se intensificó durante el reinado de Carlos III (1759 1788).

En Chile, los cambios que se produjeron a nivel del gran Imperio Español bajo el reinado de los Borbones se tradujeron en mejoras de tipo económico e infraestructura. Ejemplo de estas mejoras fueron: la urbanización y fundación de ciudades, la construcción de caminos y sistemas de regadío, el mejoramiento de las relaciones con el mundo mapuche, la reorganización del sistema de gobierno local, la exploración científica del territorio. Todo lo anterior tenía el propósito de controlar mejor las zonas apartadas del Imperio y lograr un desarrollo económico que le permitiera a la Corona continuar con su dispendioso tren de vida. A esto hay que agregar que durante el siglo

XVIII la Corona española se vio involucrada en una serie de conflictos bélicos con algunos de sus países vecinos. Estas guerras necesitaban recursos, los que provinieron de sus colonias en América.
El prototipo de gobernador ilustrado del siglo XVIII

Durante este siglo la mayoría de los gobernadores fueron funcionarios que, al contrario del período anterior, se destacaron por su profesionalismo y su alto nivel técnico. Fueron el producto del siglo en que les tocó vivir, ya que esta centuria se destacó por el gran desarrollo científico y tecnológico.

Gabriel Cano de Aponte, que fue gobernador en los años 1717-1733, comenzó el plan de obras públicas para mejorar la producción agrícola; también se enfrentó a la rebelión general mapuche de 1723 y acordó la paz en el parlamento de Negrete de 1726. Una serie de gobernadores ilustrados desplegaron medidas para mejorar las relaciones fronterizas, con lo que aumentó una actividad comercial que se desarrollaba en el interior de la frontera, donde decenas de mercaderes españoles o mestizos intercambiaban mercaderías por ganado, mantas, ponchos y sal.

Entre estos gobernadores ilustrados, se destaca Ambrosio O’Higgins, existe consenso entre los especialistas del período en considerarlo uno de los gobernadores más inteligentes y productivo del siglo XVIII. Entre sus más importantes obras públicas se destacan: construcción del camino de carretas entre Santiago y Valparaíso por las cuestas de Lo Prado y Zapata, que en la actualidad conocemos como la Ruta 68; la ruta trasandina hacia Uspallata, los Tajamares definitivos del río Mapocho, terminó la edificación de la casa de Moneda. Quizás una de sus más trascendentales tareas fue la de mantener una excelente relación con el pueblo mapuche. En ese contexto es que se ubica la abolición de la encomienda; esto es de gran importancia, pues implica que terminó con el trabajo obligatorio de los indígenas, lo que implicó que a partir de ese momento su trabajo debía ser remunerado.

El gobernador Ambrosio O’Higgins se relacionó con el pueblo mapuche tratándolo casi como un pueblo independiente. Bajo su gobierno los mapuches llegaron a tener incluso embajada en la ciudad de Santiago. En 1793 Ambrosio O’Higginas convocó al último y gran parlamento del siglo XVIII (Negrete). Fundó las villas de San Ambrosio de Vallenar, San Francisco de Borja de Combarbalá e Illapel, San Javier de Maullín, Santa Rosa de los Andes, San José de Maipo, San Ambrosio de Linares, Reina Luisa de Parral y repobló Osorno. Este gran personaje ilustrado del siglo XVIII recibió los títulos de barón y marqués y fue nombrado virrey del Perú.

Llegaron numerosos científicos franceses, ingleses y españoles con el propósito de reconocer geográficamente y observar la realidad del territorio, como Armando Freizer, quien escribió los frutos de sus estudios en Relación de un viaje en el mar del Sur, a las costas de Chile y Perú realizado durante los años 1712, 1713 y 1714 y muchos otros que contribuyeron a hacer catastros y levantar planos que se han convertido en interesantes documentos para reconstruir ese período.
Expresiones culturales del siglo XVIII

La mayor parte de las expresiones culturales de este último siglo colonial estaban relacionadas con la fe católica. Con mayor preponderancia en algunos lugares que en otros se produjo un rico sincretismo cultural, debido a la mezcla de las expresiones de los pueblos originarios y el aporte de los españoles.

En la educación el sistema no sufrió demasiados cambios. Una destacada labor la ejercieron los jesuitas, que abrieron distintos colegios, como por ejemplo el Real Colegio de Caciques en Chillán, donde los hijos de los lonkos aprendían técnicas agrícolas españolas que después aplicaban en sus tierras de origen. Esta importante labor educativa contribuyó a que los mapuches introdujeran innovaciones como el arado de metal y el cultivo de productos españoles, mejorando además la crianza de los animales que habían sido traídos desde España.

La integración de los indígenas a la cultura de los españoles era una herramienta para lograr uno de los grandes objetivos de la Iglesia Católica en Chile: la evangelización. Este proceso de transculturación implicó entre otras cosas que muchos mapuches se convirtieran al catolicismo, y otros mezclaran sus propias formas religiosas con las llegadas desde España.

En 1738 la Corona autorizó la creación de la Real Universidad de San Felipe, que contó con cinco facultades: Teología, Filosofía, Derecho, Matemáticas y Medicina. La implementación de esta Universidad implicó que la juventud chilena de ese entonces tuviera acceso a la educación superior en su propia tierra. La mayoría de los jóvenes criollos que participaron en el proceso de la Independencia pasaron por estas aulas. A fines del siglo XVIII, en 1797, bajo la dirección de Manuel de Salas, abrió sus puertas uno de los primeros centros educativos técnicos de nuestro país: la Academia de San Luis, destinada a formar técnicos necesarios para la implementación de las nuevas obras públicas del período: agrimensores, mineralogistas, constructores navales, metalurgistas y pilotos náuticos, quienes se integraron a las distintas tareas de construcción de esta fase.
Espacio público y privado en el Reino de Chile

Los especialistas coinciden en afirmar que el tono de la vida cotidiana estaba marcado por la velocidad del mundo rural; las ciudades eran más bien pequeñas villas o aldeas donde el tiempo transcurría lentamente, a la velocidad de las oraciones como el “Credo” y el “Padre Nuestro”.

Los espacios públicos estaban coronados por festividades religiosas y celebraciones como el cumpleaños del rey o del gobernador. No existía el debate político público; las decisiones políticas eran tomadas en España y por lo tanto participación civil no existía. En el ámbito de lo privado este período se caracteriza por la vida familiar que, en el caso de la aristocracia, comúnmente estaba constituida por más de diez hijos. El papel de la mujer en esta sociedad patriarcal estaba circunscrito a los deberes domésticos, por lo que los hombres ejercían su autoridad sin contrapeso al interior de la familia y trabajaba en actividades comerciales o del campo.


Las ciudades

El mundo urbano cambió profundamente durante el siglo XVIII, pues se fundaron decenas de nuevas villas. Las razones que explican estas fundaciones tienen que ver con un deseo de la Corona y las elites locales por ejercer mayor control sobre la masa popular, compuesta fundamentalmente por mestizos, que incluso se empezaban a convertir en trabajadores remunerados. Por otro lado, existía a fines de este siglo la idea de que la “barbarie” de los indígenas se combatía concentrándolos en ciudades al estilo español. Según un censo efectuado en 1778, el territorio del obispado de Santiago, comprendido entre los ríos Copiapó y Maule, era de 259.646 habitantes -incluyendo todos los grupos étnicos. Es difícil conocer con precisión la población de Chile en esa época, sin embargo, se ha podido establecer que lo que hoy conocemos como los grandes centros urbanos de nuestro país eran en esa época más parecidos a un villorrio o a un pequeño pueblo.

La real dinámica social se llevaba a cabo en el mundo del campo y concretamente en las numerosas haciendas de la aristocracia terrateniente; las ciudades en cambio eran concentraciones muy reducidas; hacia 1810 Santiago contaba con poco más de 30.000 habitantes y era la ciudad más grande. Coquimbo continuaba siendo la ciudad más importante del norte, famosa por sus vinos y sus productos agrícolas. Concepción era otro centro urbano de importancia durante el siglo XVIII; su condición de frontera lo había convertido en un importante centro de intercambio de productos entre el mundo indígena y el español. A mediados del siglo, esta ciudad fue azotada por un gran terremoto. Se discutió durante casi 15 años el lugar donde debería ser refundada la ciudad (el trazado original estaba en lo que hoy día se conoce como Penco, de ahí el gentilicio de la zona: “penquista”).

Esta discusión ha sido única en Chile, pues muy pocos centros urbanos han sido fundados después de largas discusiones técnicas para elegir el lugar y el trazado de la ciudad. Por su ubicación geográfica, durante toda la Colonia fue un importante puerto que recibía a los barcos que habían logrado cruzar el estrecho de Magallanes y se dirigían hacia el norte. En Santiago la situación no era muy distinta. Hasta la construcción de los Tajamares, comenzado por Ambrosio O’Higgins, el centro político, administrativo y religioso estaba en torno a la Plaza de Armas, llamada en ese entonces Plaza Mayor. La ciudad popular y mestiza se ubicaba en el llamado barrio de La Chimba por el norte, el llamado barrio guangualí por el poniente. En estas áreas se cultivaba la tierra y se vendían los productos agrícolas, mezclándose con las chinganas y pulperías que atendían a las personas que deseaban comer y beber. Con respecto a los sitios de venta se destacaban la Plaza de Armas y las llamadas pulperías del barrio de La Chimba; en estas últimas se vendían productos alimenticios de primera necesidad, pero además en muchas de ellas detrás de los mostradores se vendía comida y bebida. De esta manera se generaba el germen de la sociabilidad popular, que el poder central de la ciudad en muchas ocasiones intentó reprimir a través de legislaciones.

El puerto de Valparaíso se conectó con Santiago a través de un camino de carretas, lo que permitió disminuir el tiempo de viaje de cinco a tres días. Estos caminos, al igual que todos los caminos de la Colonia, tenían cada cierto trecho lugares donde los viajeros y viajeras, al igual que sus caballos, podían detenerse para descansar.

La vida de las ciudades en los espacios públicos se desarrollaba de día, debido a la inexistencia de alumbrado público. Por las noches la gente se retiraba a sus respectivas casas una vez que el sol se escondía. No existían cafés ni restaurantes que atendieran las necesidades de los visitantes.
Los espacios privados

La organización familiar aristocrática se basaba en una práctica que estaba centrada en el respeto a los mayores y en el matrimonio católico. A la cabeza estaba el padre, en el cual se centraba toda la autoridad familiar, que muchas veces incluía, además de la esposa e hijos, a parientes, allegados y la numerosa servidumbre. La familia era especialmente fecunda; no era raro encontrar a más de diez hijos en la familia aristocrática. Al interior de la elite aristocrática todo el mundo se conocía. En ciudades como Santiago, La Serena o Concepción los miembros de estos grupos conformaban a su vez una especie de familia; se casaban entre ellos, hacían negocios, compartían las tertulias, enviaban a sus hijos a estudiar a Europa, etc. Por el contrario, la familia popular no se constituía a partir del matrimonio sino que lo más común era el amancebamiento o el concubinato.

El papel de la mujer en esta sociedad patriarcal se desenvolvía fundamentalmente en el hogar y en asuntos domésticos. Los hijos estaban subordinados a la autoridad de los padres, por lo que les estaba prohibido casarse sin su consentimiento. Los matrimonios eran arreglados por los padres, quienes previamente fijaban una dote (correspondiente al aporte de la mujer a la unión) y que en muchos casos consistía en importantes sumas de dinero, joyas y propiedades.

La mansión aristocrática por lo general era de un solo piso (debido a los temblores) y estaba hecha de adobes, piedra y madera. Era sobria, estaba recorrida por pasillos exteriores y en su mayoría contaban con pequeñas capillas donde se celebraban misas. Esta sobriedad fue levemente alterada a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, en que el comercio y el contrabando permitieron la importación de objetos que dieron cierto lujo a estos espacios aristocráticos. Por ejemplo, las toscas mesas de madera y las sillas de vaqueta fueron reemplazadas por muebles con incrustaciones de nácar y marfil. Las mesas fueron adornadas con lozas de China, Inglaterra y Holanda; en las paredes se colgaron los espejos llamados lunas, importados de Venecia.

En los límites de las ciudades se ubicaban los llamados rancheríos, donde vivía el bajo pueblo. Estas habitaciones eran de construcción muy simple a base de ramas, palos y barro, con una sola habitación de tamaño variable, en cuyo interior se mantenía la costumbre mapuche de vivir con los animales. Esta costumbre –que han tenido también otros pueblos- les permitía guardar el calor en los duros día de invierno. En torno al río Mapocho, en Santiago, existieron varios de esos rancheríos.

Las propiedades del campo de la aristocracia eran de grandes proporciones, a menudo más grandes que las de la ciudad. Tenían por lo general forma de L, rodeadas de un pasillo donde se dormía la siesta. Estos fundos eran verdaderos centros de producción y autoabastecimiento; en ellos se fabricaban los tejidos, elementos de cuero, se ahumaban y salaban algunos alimentos, se confeccionaban conservas y mermeladas, etc. Muchas de estas casas se mantienen hasta el día de hoy en algunos rincones rurales de Chile.

LA CREACIÓN DE UNA NACIÓN
La Independencia americana, la construcción de Chile

Autonomía, Libertad, Fraternidad fueron valores que animaron a los americanos durante los primeros 25 años del siglo XIX. Desde todos los rincones de esta América Latina cientos de hombres y mujeres lucharon por terminar con el imperio español en nuestras tierras.

El proceso no estuvo exento de problemas. La falta de experiencia, las rencillas políticas, el personalismo de los primeros líderes y caudillos, la pobreza de los grupos populares, la falta de autonomía económica, entre otras, hicieron de este capítulo de nuestra historia una época difícil. Sin embargo, fueron tiempos fundacionales de una historia de búsqueda de identidad propia, donde la tradición hispánica se fundió con las nuevas tendencias extranjeras y locales, dando inicio a los distintos países que hoy conforman este continente.
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