1912, Campos de Castilla, una historia de amor






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1912, Campos de Castilla, una historia de amor.

Ángel Martínez Samperio

Tertulia El Búho de Atenea, 9 de enero de 2013
Se no fue “por una senda clara”, según le dijo a Guiomar. Se nos marchó en su último viaje, “casi denudo, como los hijos de la mar”, y no hemos querido retenerle. Ha pasado el año 2012, y se ha borrado de la memoria de los españoles que cien años atrás vio la luz su “Campos de Castilla”.Permitidme que hoy evoquemos esos campos por donde todavía parece que vaga errante la sombra de Caín, por donde divagan conciencias somnolientas, y por donde en ocasiones cruza aquel otro loco iluminado que todavía otea “un sueño de lirio en lontananza”.
Fue Castilla quien hizo a España, dijo D. Antonio. De hecho, venidos del desastre del 98, exiliados del marasmo, las miasmas y la abulia, fueron aquellos hombres del confín del finisterre, como dijo Laín, quienes redescubrieron a los hombres de frontera en la anchurosa Castilla, aquellas fronteras interiores que, desde los Quiñones armados por los concejos, a golpes de lanza y espada fueron ensanchando el horizonte.
Como Laín Entralgo nos recuerda, “todos los del 98 ven la primera luz en la franja más excéntrica de nuestro suelo. Unamuno, Baroja, Maeztu, Bueno y Zuloaga son vascos; Ganivet, granadino; los Machado, sevillanos; Azorín, levantino; Valle Inclán y Menéndez Pidal, gallegos”. Al final de esta relación, coloca Laín la cita de Azorín: “Castilla… ¡Qué profunda, sincera emoción experimentamos al escribir esta palabra!... A Castilla, nuestra Castilla, la ha hecho la literatura”. No es mi tema en esta tarde; queda por ver si esa literatura no es revestimiento mítico sino que ha sido quintaesenciada de la historia, y ha sido la historia quien hizo la literatura donde, como en la historia, todo lo grande es anónimo como nos apuntó Menéndez Pidal, y el arte es arte para la vida donde se expresa un pueblo (“Los españoles en la literatura”). Los del 98 miran a esa historia y les duele, y con esa historia construyen pensamiento y hacen literatura. Ellos fueron, y quizás sean todavía, aquella fuente en medio de la aldea que dice Ortega en sus ensayos sobre el 98. Aldea fue, y creo que ya no es, la existencia nacional por donde paseaban y pasean petulantes señorones que la trataban como suya; aldea fue, pueblos grises que se desmoronan y, con ellos, ciudadanos que buscan el gris de la falta de compromiso, y en medio una iglesia rota, como un izado harapo de siglos. Allí todo está quieto, mudo e inclinado hacia la muerte, pero en el centro de su plaza, la fuente, viva, fresca, incansable, segura, ofrecida y siempre moza que es, “a un tiempo, el rumor y el alma de toda agua corriente”.
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Acaso fuente y muerte sean los dos polos del mismo diapasón de nuestra elegía. Quizás ese primer retrato de Antonio Machado, pintado al óleo por su abuela paterna, Dña. Cipriana Álvarez Durán, cuando Antonio sólo tenía cuatro años de vida, donde aparece junto a su madre y el recién nacido José, luego regalado por Antonio a Leonor, y esa última fotografía suya, muerto en su exilio de Colliure, sean dos imágenes extremas de la vida de España.
El pasado 27 de junio, Pedro Guillo nos habló de la relación de Machado con Pilar Valderrama. Hoy quiero dar un paso atrás y presentaros su estancia en Soria, porque allí se entrelazan dos amores que toman el dolor sobre sí: Amor y dolor que se manifiestan en Campos de Castilla, porque fue en ese tiempo cuando vio la luz, y el que sufrió en sus relaciones con Leonor Izquierdo Cuevas.
D. Antonio llega a Soria a finales de abril del año 1907. Llega con su nombramiento como catedrático numerario de Lengua Francesa en el Instituto General y Técnico de Soria, publicado el 16 de ese mismo mes, y con sus Soledades bajo el brazo. Venía con un sueldo anual de 3.000 pts. El viaje habría sido agotador: 250 Km. en aquel pequeño tren de vía única que, antes de Medinaceli, debía subir renqueante, durante tres horas, los mil metros de altura del Alto Duero, finalizando en la estación de S. Francisco en Soria Antonio tiene 32 años, y toma posesión de su cátedra el día primero de mayo. La primavera que le recibe, invadirá sus soledades, para darle luego el tajo fuerte. Llegado a la estación tomaría “la pajarilla”, el cochecillo tirado por caballos enjaezados con cascabeles, destartalado y viejo.
Mas tarde, el poeta contaría su primera impresión: “Soria dormía a la sombra de su vieja colegiata: Soria, la ciudad mística, tan noble y tan bella, parecía encantada entre sus piedras venerables” Pero aquella ciudad dormida, de apenas 7.000 habitantes entonces, hervía en comentarios de casino: pinares en llamas, como imitando a Numancia, y asesinatos en la provincia, como los del Romance de Alvargonzález, eran noticia cotidiana en El Avisador Numantino, el Noticiero de Soria o Tierra Soriana. Encontramos huella de ello en el poema “Por tierras de España” (XCIX), tercero en la sucesión: “El hombre de estos campos que incendia los pinares/ y su despojo guarda como botín de guerra…”, prosigue en los versos 17-19: “Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,/ capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,/ que bajo el pardo suyo esconde un alma fea…”

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Aquella estancia se acorta. Es de sólo cinco días. “Tierra Soriana informa en su edición de 6 de mayo: “En el tren de anoche marchó a Madrid nuestro amigo D. Antonio Machado Ruiz, profesor de francés del instituto provincial de Soria”. Su marcha momentánea parece motivada por haber querido dar tiempo al interino que ocupaba su plaza. No se mantuvo en Madrid mucho tiempo. De ello da fe su poema “A orillas del Duero” (XCVIII), fechado en ese mismo año, que comienza diciendo: “Mediaba el mes de julio…”. A su lado, mencionemos ese escrito que recupera de su memoria el mes de septiembre de ese mismo año:
“Con su luna sobre la plomiza Sierra de Santana, en una tarde de septiembre de 1907, se alza en mi recuerdo la pequeña y alta Soria. Soria pura, dice su blasón. Y, ¡qué bien le va este adjetivo!. Sobre un paisaje mineral, planetario, telúrico, Soria, la del viento redondo, con nieve menuda, que siempre nos da en la cara, junto al Duero adolescente, casi niño, es pura y nada más. Soria es una ciudad para poetas, porque allí la lengua de Castilla, la lengua imperial de todas las Españas, parece tener su más propio y más limpio manantial. Soria es, acaso, la más espiritual de esta espiritual Castilla, espíritu a su vez de España entera. Nada hay en ella que asombre, o que brille y truene; todo es allí sencillo, modesto y llano.

Es Soria maestra de castellanía, que siempre nos invita a ser lo que somos y nada más”. Misérrimas ruindades y noblezas parecen ser do caras de la misma moneda.
Tal parece que en las tierras altas de Soria encuentra Machado la expresión de su propio carácter: ser el que se es, sencillamente, austeramente. Castilla, España sobrevive, “con su corazón de roble”, bajo los harapos del “viejo arnés de guerra”. Es todavía más allá de su degradación, aunque la sobrevuele el buitre.
Allí, en tierras de Soria, el poeta de Soledades y Del Camino tendría que aprender que “un corazón solitario, no es un corazón”. Allí conocería a una niña de 13 años: Leonor. El poeta había encontrado domicilio, al principio, en la pensión de Isidoro Martínez Ruiz y su mujer, Regina Cuevas Acebes, en el número 54 de la calle del Collado, esquina al Instituto. En diciembre de ese año 1907 ambos cierran su pensión y Machado se traslada a la que mantienen abierta en la Pza. Teatinos (hoy Estudios), la hermana de Regina, Isabel Cuevas, y su marido , Ceferino Izquierdo, sargento de la Guardia Civil, jubilado, hombre pendenciero, maltratador y dado a la bebida. La familia tiene tres hijos: la mayor, Leonor, de 13 años, Sinforiano, de 10, y la recién nacida Antonia. Leonor había nacido en el

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castillo de Almenar, a ocho kilómetros de la ciudad, donde había estado destinado el padre. Leonor es descrita por su tía, Concha Cuevas, como “de talla mediana; el cabello, castaño, un poco ondulado; no se ponía afeites: una niña; los ojos morenos oscuros; la tez sonrosada; la voz aniñada”, o como completa Mariano Granados Aguirre, alumno de D. Antonio y compañero de juegos de Leonor: “morena, pero blanca, con palidez de lirio; grandes, profundos, rasgados ojos y una mirada como de una gacela sorprendida… que “adoraba los versos”.
Imaginemos el contraste, a los ojos de esta niña soñadora, entre un padre borracho y maltratador y un poeta como Machado. Dirá más tarde D. Antonio: “Dicen que un hombre no es hombre/ hasta no escuchar su nombre/ en labios de una mujer/ Puede ser”. Imaginemos al poeta de soledades escuchar en boca de esa niña de ojos iluminados, llamándole D. Antonio. Acaso debamos tomar nota de la VI de las Canciones (CLIX): “Noche castellana;/ la canción e dice,/ o, mejor, se calla./ Cuando duerman todos,/ saldré a la ventana.”, porque ambos salen en la noche para verse de tapadillo en sus ventanas; o mejor aún, imaginemos la emoción secreta de ambos en la iglesia de Santo Domingo (XII): “En Santo Domingo,/ la misa mayor./ Aunque me decían/ hereje y masón,/ rezando contigo,/ ¡cuánta devoción!”.
No era muy bienvenido D. Antonio Machado en aquellos mentideros de la vieja y conservadora ciudad, donde los chismes hervían en El Casino de Numancia, lo Círculos de La Amistad y el Mercantil, o los cafés El Recreo y El Desengaño. Era aquella una Soria muy conservadora, aunque luego, desde Baeza, le pareciera en comparación una Atenas. Soria había preferido olvidar a D. Julián Sanz del Río, introductor del krausismo en España. Que le calificaran a D. Antonio de hereje y masón, aunque no lo fuera, eran sendos sambenitos. Sin duda su manera de entender las cosas chocaba con el ambiente. Claro que D. Antonio había publicado simultáneamente, en tres diarios de la ciudad, el 14 de abril de 1908, el artículo titulado “Nuestro patriotismo y La marcha de Cádiz”, himno zarzuelero de Chueca con que se despedía a los soldados que marchaban a Cuba. Allí Antonio se despacha con el concepto de Patria:
“Sabemos que la patria no es una finca heredada de nuestros abuelos; buena no más para ser defendida la hora de la invasión extranjera. Sabemos que la patria es algo que se hace constantemente, y se conserva sólo por la cultura y el trabajo. El pueblo que la descuida o abandona, la pierde, aunque sepa morir. Sabemos que no es patria el suelo que se pisa, sino el

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suelo que se labra; que no basta vivir sobre él, sino para él; que allí donde no existe huella del esfuerzo human no hay patria, ni siquiera región, sino una tierra estéril, que tanto puede ser nuestra como de los buitres o de las águilas que sobre ella se ciernen. ¿Llamareis patria a los calcáreos montes, hoy desnudos y antaño cubiertos de espesos bosques, que rodean esta vieja y noble ciudad? Eso es un pedazo del planeta por donde los hombres han pasado, no para hacer patria, sino para deshacerla. No sois patriotas pensando que algún día sabréis morir para defender esos pelados cascotes; lo seréis acudiendo con el árbol o con la semilla, con la reja del arado o con el pico del minero a esos parajes sombríos y desolados donde la patria está por hacer… Convencidos de que sabemos morir –que ya es saber procuremos ahora aprender a vivir, si hemos de conservar lo poco que aun tenemos”. Imaginemos la reacción en los mentideros.
El 30 de julio de 1909, a las diez de la mañana, en la iglesia de Nuestra Sra. De la Mayor, en la mismísima Plaza Mayor de la ciudad, contrajeron matrimonio Antonio y Leonor. Él, de etiqueta; ella con traje de seda negra bajo velo blanco y ramo de azahar. De allí partieron de viaje a Barcelona, con la intención de ver allí a su hermano Manuel. Pero en Barcelona ha comenzado la Semana Trágica; se ha cortado la comunicación por tren, y los nuevos esposos se quedan en Zaragoza. Desde allí deciden dirigirse a Fuenterrabía tras pasar por Pamplona, y luego descender a Madrid. Luego, de regreso a Soria, se instalan con los padres de Leonor en la calle Estudios: un pequeño dormitorio, con cama grande y una mesita de noche, y un cuarto destinado a ser despacho de Antonio, con balcón a un jardín donde, en mayo, florecen las acacias; un gran espejo isabelino, un sofá y dos butacas, y una mesa de grandes dimensiones. Allí trabaja el poeta, en sus clases y en su nuevo libro: Campos de Castilla. El 17 de marzo de 1910 solicita una beca de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas parea estudiar un año en París, que obtiene en diciembre. En los primeros días de enero de 1911, marchan Antonio y Pilar con su beca que incluye su sueldo habitual, más 300 francos mensuales, más 500 francos de gastos de viaje, y 300 pts. anticipadas por la editorial Renacimiento, dirigida por su amigo Gregorio Martínez Sierra, a cuenta de los derechos de Campos de Castilla, aún no terminado. Coincidiendo con esa marcha, el día 12 de enero, en la revista madrileña La Lectura se publica “Por tierras del Duero”. Su amigo José María Palacios lo reproduce en Tierra Soriana, en primera plana. Esa publicación ocasiona una reacción virulenta del Ideal Numantino, el Noticiero de Soria y El Avisador Numantino. La campaña parece ser la causa de que Machado cambie el título de su poema por el de “Por tierras de España”. Los informes que

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Antonio envía desde París dan cuenta de con cuanta seriedad atiende a su investigación. Lo que no menciona es que además asiste a las conferencias de Bergson. Su filosofía de la durabilidad del tiempo es algo que también se escucha como fondo de la poesía machadiana. Durante su estancia en París, dos son los polos que marcan su actividad: El Colegio de Francia y la Biblioteca Nacional. ¿Y Leonor? Cuesta trabajo imaginar a esta jovencísima provinciana, sola en París, en tanto Machado llena su tiempo y cultiva la relación con Rubén Darío, director de las revistas Mundial Magazine y Elegancias. Desde París también Machado envía a Martínez Sierra parte de su romance “La Tierra de Alvargonzález”.
Entonces estalla el drama: El 14 de Julio, día de la fiesta nacional francesa, Leonor tiene un vómito de sangre. En ese día de celebración, Antonio no encuentra médico que atienda. Después de una noche de angustia, Machado lleva a Leonor a la Casa Municipal de Santé. Leonor tiene tuberculosis. Antonio renuncia a su pensión y decide el regreso ya que, según los médicos, el ambiente de París es mortal para Leonor. Para ese regreso Rubén Darío le presta los 300 francos solicitados por Antonio. El 15 de septiembre de 1911 ya están en Soria. Leonor empeora con la llegada de los fríos. Antonio tiene esperanza en la primavera; alquila una casita en el Espolón, en el camino a la ermita del Mirón y le manda construir un cochecito de ruedas para llevarla de paseo. Ahí, en ese escenario, cobra significación el poema “A un olmo seco” (CXV), fechado en Soria, a 4 de mayo de 1912. Es un tiempo cuando la esperanza es vencida por la realidad, y Antonio busca acompañar a Leonor en su muerte, contagiándose con los pañuelos tintos en sangre. A mediados de abril ya estaba impreso Campos de Castilla, y Antonio busca levantarle el ánimo a Leonor llevándole un ejemplar dedicado: “A mi Leonorcica del alma, Antonio”. Consta la respuesta de Leonor, mirándole con aquellos grandes ojos de niña asustada: “¡Antonio! ¡Antonio!”.
Llegó la primavera al campo soriano, pero no al estado de salud de Leonor. Hay Pascua, pero no aquella de Resurrección que cantara el poeta en 1909, sino un tránsito por la muerte. Allí, en el alto Duero, seguirán cantándose las “canciones de mozas” que Antonio recoge en sus Canciones del alto Duero (CLX), pero el poeta no recogerá su algazara. El día primero de agosto, a las diez de la noche, moría Leonor Izquierdo Machado. Había cumplido 18 años el 12 de junio. Es la hora del retorno a la soledad: “Señor, ya me arrancaste lo que más quería./ Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar./ Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía./ Señor, ya estamos solos, mi corazón y el mar” (CXIX); es la hora del desesperado

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debate en el alma: “Dice la esperanza: un día/ la verás, si bien esperas./ Dice la desesperanza:/ sólo tu amargura es ella…”. Pero el corazón responde: “Late, corazón… No todo/ se lo ha tragado la tierra” (CXX). El 8 de agosto informa El Porvenir Castellano del retorno a Madrid, en esa misma noche, de D. Antonio y de su madre. Atrás quedó una lápida que luego la familia de Leonor cambiará, y una misma tumba para las dos hermanas; atrás, en los cajones de su mesa de trabajo, hojas manuscritas de sus viajes por la provincia, “virutas de su taller de carpintero” hoy extraviadas; atrás su cuadro al óleo de cuando fuera niño, regalado a Leonor como si fuera autora de una nueva infancia. Por delante, el cañón de una pistola, como le confiesa por carta a Juan Ramón: “Cuando murió mi mujer, pensé en pegarme un tiro”. Le salva el éxito de Campos de Castilla, porque piensa que si hay algo útil todavía, no tiene derecho a aniquilarlo. Es tiempo de aquel delirio que inventa cuando evoca los sueños, ya en campos de Baeza: “¿No ves, Leonor, los álamos del río/ con sus ramajes yertos?/ Mira el Moncayo azul y blanco; dame/ tu mano y paseemos./ Por estos campos de la tierra mía,/ bordados de olivares polvorientos,/ voy caminando solo,/ triste, cansado, pensativo y viejo”. (CXXI); o aquel otro sueño: “Soñé que tu me llevabas/ por una blanca vereda,/ en medio del campo verde,/ hacia el azul de las sierras,/ hacia los montes azules,/ una mañana serena./ Sentí tu mano en la mía,/ tu mano de compañera,/ tu voz de niña en mi oído/ como una campana nueva,/ como una campana virgen/ de un alba de primavera./ ¡Eran tu voz y tu mano,/ en sueños, tan verdaderas!.../ Vive, esperanza, ¡quién sabe/ lo que se traga la tierra!” (CXXII). Allá en Baeza, aquel 29 de abril de 1913, con la primavera ya puesta en pie en los campos sorianos, antes del secarral de agosto, sin primavera ya en su corazón dolido, Machado le pregunta a su amigo el periodista José María Palacio: “Palacio, buen amigo,/ ¿está la primavera/ vistiendo ya las ramas de los chopos/ del río y los caminos? En la estepa/ del alto Duero, Primavera tarda,/ ¡pero es tan bella y dulce cuando llega!...! Y concluye su poema con un encargo: “… Con los primeros lirios/ y las primeras rosas de las huertas,/ en una tarde azul, sube al Espino,/ al alto Espino donde está su tierra…”. Y es que allí, en el Alto Espino, está el cementerio donde reposan los restos de Leonor. ¿No volvió Antonio a Soria? Sí que volvió, y acompañado por su hermano José: En 1932 le fue concedido en Soria el título de hijo adoptivo de la ciudad, según informa La Libertad en su edición del 7 de agosto de 1932. Su estancia fue muy breve. ¿Se vio con la familia de Leonor? ¿Subió al Alto Espino?. No hay constancia. El amor de Antonio por Leonor es ahora un triste y dolorido amor fracasado, melancolía que destila el alma como nieblas del Moncayo. El punto de encuentro de ese amor, con el que

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profesa a Castilla y a España, lo hallo en esa ofrenda apasionada que hace a su amor por Leonor con su amor a Castilla, cuando le hace entrega de su libro dedicado. La perdida de Leonor le duele tanto como el extravío de España. Valgan dos breves ejemplos: El 1910 se rinde homenaje al fallecido D. Antonio Pérez de la Mata, ilustre soriano calificado como “sembrador de esperanzas”. D. Antonio remite un escrito que comienza diciendo: “En una nación pobre e ignorante –mi patriotismo, señores, me impide adular a mis compatriotas- donde la mayoría de los hombres no tiene otra actividad que la necesaria para ganar el pan, o alguna más para conspirar contra el pan de su prójimo… en esta España, tan querida y tan desdichada, que frunce el hosco ceño o vuelve la espalda desdeñosa a los frutos de la cultura, decidme: el hombre que eleva su mente y su corazón a un ideal cualquiera, ¿no es un Hércules de alientos gigantescos cuyos hombros de atlante podrían sustentar montañas?”. Segundo ejemplo: Allá por 1913 envía a Juan Ramón Jiménez, a requerimiento de Azorín, un documento en el que afirma: “Tengo un gran amor a España y una idea de España completamente negativa. Todo lo español me encanta y me indigna”. Y es ahí donde yo encentro parangón con su inmenso, dolorido y fracasado amor por Castilla, por España, como todo aquel que derrocharon los hombres del 98. En ambos casos amó Machado lo que no pudo salvar, como los del 98.
Es verdad que en los versos de Machado hallamos una queja, una diatriba, una filípica contra la degradación de la castellanía. Castilla, y toda Iberia, tienen un corazón de roble, dice en “A orillas del Duero”, pero es el suyo un corazón enfermo: es una tierra “triste y noble”, pero también es “… miserable, ayer dominadora,/ envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora/… La madre en otro tiempo fecunda en capitanes/ madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes”. O ese otro que titula Por tierras de España: “… Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,/ capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,/ que bajo el pardo sayo esconde un alma fea,/ esclava de los siete pecados capitales./ Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza,/ guarda su presa y llora la que el vecino alcanza;/ ni para su infortunio ni goza su riqueza;/ le hieren y acongojan fortuna y malandanza./… Pero, ¿habéis notado que este grito de denuncia es de dolor desgarrado porque ama lo que ve mientras sufre por ello?. ¿Habéis reparado en cómo concluye su poema dedicado al Dios ibero, fechado en 1913?: “¿No dio la encina la madera/ para el fuego de Dios la buena rama,/ que fue en la santa hoguera/ de amor una con Dios en pura llama? Mas hoy… ¡Qué importa un día!/ Para los nuevos lares/ estepas hay en la floresta umbría,/ leña verde en los viejos encinares./ Aun larga patria

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espera/ abrir al corvo arado sus besanas;/ para el grano de Dios hay sementera/ bajo cardos y abrojos y bardanas./ ¡Qué importa un día! Esta el

ayer alerto/ al mañana, mañana al infinito,/ hombres de España, ni el pasado ha muerto,/ ni está el mañana –ni el ayer escrito./ ¿Quién ha visto la faz del Dios hispano?/ Mi corazón aguarda/ al hombre íbero de la recia mano,/ que tallara en el roble castellano/ al Dios adusto de la tierra parda.”

Su grito de “¡quien sabe lo que se traga la tierra” es el mismo para sus dos amores. Junto a “Pasado efímero que cuenta en la CXXXI, hay que situar “El mañana efímero” de la CXXXV.
CONCLUSIÓN
En 1917, D. Antonio pone prólogo a Campos de Castilla y dice: “En un tercer volumen publiqué mi segundo libro, Campos de Castilla (1912). Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada –allí me casé; allí perdí a mi esposa, a quien adoraba-, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano. … a lo elemental humano (dice más tarde en ese mismo prólogo), al campo de Castilla y al libro Primero de Moisés, llamado Génesis”. Machado quiere mostrar un nuevo génesis de España en lo esencial castellano, que es lo esencial humano.
Ese corazón con el que mira, pese al polvo heraclitiano que lo ciega, mira con dolor por lo que ve, pero más aún: con un amor infinito; mira desde la pérdida de lo que fue, con una cierta melancolía; mira como retirándose hacia su soledad donde se siente arrojado de nuevo; mira como aquel caballero de la Castilla de Azorín, desde su ventana o desde lo alto de la torre de la catedral, sin entrar (“cañones de von Krupp”), siempre meditabundo de lo que ve con “el nervio sensitivo de su alma” que dijo Ortega; “el codo puesto en el brazo del sillón y su cabeza en la palma de la mano”. Comparar el “Poema de un día”, donde D. Guido tiene sitio, y aquel Elogio que dirige al maestro Azorín y su libro Castilla, con motivo del homenaje en Aranjuez el 23 de noviembre de 1913, titulado “Desde mi rincón” por no poder asistir: Hallarán en la Castilla de Azorín y en el poema de Machado un común denominador: borbollar de gentes en las calles y plazas; humero de trenes que van y vienen dentro de un recinto de pirineos doblados; nubes que pasan anunciando siempre el cambio sobre unas cabezas que no cambian; cosas nimias de seres insignificantes, tratados con inmenso afecto; ruta de D. Quijote.. Machado escribe en 1.916 una carta a Azorín, tomando motivo en la publicación de “Un pueblecito”, donde le agradece las intuiciones de la España real al tiempo que asevera: “aún en los pueblos más embrutecidos, se encuentra un hombre despierto,

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inteligente y noble que compensa con creces la grosería ambiente. Son el alma invisible e ignorada de España, y darla a luz es la verdadera y santa erudición”. Esa es Castilla, una y ancha, que debe ser recuperada haciendo España, parte de un mosaico.

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