Los generos literarios en la biblia






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LOS GENEROS LITERARIOS EN LA BIBLIA
Hasta aquí hemos aludido varias veces a la Biblia co­mo literatura. Decir esto no es decir demasiado, ya que den­tro de la literatura hay multitud de «géneros literarios». Es como cuando vamos al cine y nos preguntan por el tipo de película que hemos visto: de guerra, de misterio, de te­rror, etc. Por lo tanto, también necesitaremos saber qué gé­neros literarios hay en la Biblia, qué tipo de película vamos a ver, para luego poder hacerle al texto las preguntas ade­cuadas y no otras (¿quién se imagina estar viendo una pe­lícula de terror y que alguien pregunte cuándo demonios se van a besar el chico y la chica?). Esto va o ser especialmente importante cuando tratemos el tema de la verdad en la Biblia.
En la Biblia podemos encontrar diversidad de géneros literarios, ya que en realidad se trata de una biblioteca (colección de libros), y como tal contiene variedad de ellos; incluso, dentro de algunos nos encontramos con múltiples géneros literarios distintos. Vamos a com­probarlo.

En la Biblia aparecen “sagas” o relatos que literariamente se parecen a las sagas, es decir, aquéllos relatos que nos narran las peripecias de una familia. Fuera de la Biblia hay relatos de este tipo en Escandinavia, que precisamente sirvieron como modelos de estudio para las sagas bíblicas. ¿Dónde podríamos encontrar en la Biblia el género literario saga?. Obviamente en los ciclos patriarcales, es decir, en aquéllos relatos donde se nos narran las aventuras y el desarrollo de la familia de Abrahán, Isaac o Jacob.

Pero dado que la Biblia es un cuerpo de literatura, que ha tenido ese proceso tan largo y probablemente complicado de composición, no podemos pensar que los géneros los vamos a tener todos a la vista y completamente deslindados unos de otros, sino que nos los vamos a encontrar mezclados. Así, dentro del ciclo de Jacob, nos encontramos, por ejemplo, con una «etiololgía» (ver Gn 28,11-22). Por etiología se entiende aquel relato que pretende dar razón del origen de un nombre, de una costumbre, etc. Cuando el médico pregunta por la etiológía de la fiebre, por lo que está preguntando es por el origen o la causa de esa fiebre. En la Biblia nos encontramos con relatos de este tipo que pretenden ofrecer el origen de una cosa. En el texto de Gn 28 ¿dónde estaría la etiología? En el texto se pretende poner en claro el origen del nombre del santuario que había en Betel; en el v 11 cuando Jacob despierta del sueño afirma: Qué terrible es este lugar: es nada menos que la Casa de Dios y la puerta del cielo. Pues bien, en hebreo Casa de Dios, se dice Bet-El, o sea, Betel, es decir, nos encontramos ante un texto que nos quiere dar razón de por qué ese santuario se llama Betel (o Casa de Dios): porque una vez allí Jacob soñó.

También en el texto bíblico podemos hallar «fábulas». Por fábula podemos entender aquél relato donde los personajes que intervienen suelen ser animales o vegetales que pretende trans­mitirnos una enseñanza moral, la moraleja. Ejemplos extrabblicos los tenemos desde anti­guo con las fábulas de Esopo, hasta tiempos más recientes con las fábulas de Samaniego o Iriarte. ¿Quién no se acuerda de la fábula de la zorra y las uvas verdes?, ¿o aquélla que em­pezaba diciendo: «A un panal de rica miel ...?. Pues bien, fábulas las encontramos en Ju 9,6-15, donde una serie de árboles quieren elegirse un rey; se trata de una fábula antimonárquica.

Otro de los géneros literarios con el que nos podemos encontrar es con el «refrán». Re­franes o sentencias, en hebreo «masal», las hay en todas las culturas. También en la cultura semita y, por lo tanto, algunos de estos han pasado a la Biblia. Encontramos uno en Jr 31,29: “Los padres comieron las uvas verdes, y los hijos tuvieron la dentera”. Sería equivalente a nues­tro “pagaron justos por pecadores”, es decir, las culpas por los delitos son pagadas no por los que los cometieron, sino por otros. Otro refrán que se puede citar es el que está en 1 Sam 19,24: “Hasta Saúl está con los profetas” (también aparece en 1 Sam 10,12). A éste, co­mo resulta evidente, es más difícil encontrarle la equivalencia o entenderlo. Habitualmente se interpreta de dos maneras: como que se mete con la vida de los primeros grupos proféti­cos o como que la profecía no es hereditaria y, por tanto, hasta Saúl puede andar entre los profetas. Sin embargo ahora, para nosotros, lo interesantes es hacer notar cómo en estos re­latos nos encontramos con una narración que además sirve para reflejar la etiología u ori­gen de ese refrán. Como vemos, un nuevo caso de mezcla de géneros literarios: un refrán y a la vez un relato etiológico que lo explica.

Tambien podemos encontrar «himnos»que los podríamos definir como cantos que ce­lebran la gloria de Dios. Suelen tener una estructura común que consiste en la exhortación al comienzo para alabar a Dios, los motivos para la alabanza y una nueva exhortación final a la alabanza. Sería interesante leer Ex 15,1-18, donde está el himno o canto de Moisés por el paso del Mar Rojo a la salida de Egipto. El lugar propio del himno es la liturgia, es decir, se trata de piezas que tienen su origen y su lugar propio en el culto.

El himno vendría a ser un subgénero dentro del gran género poético, porque en la Biblia también hay lo «poesías» y muchas. Numerosos escritos proféticos y sapienciales tienen for­ma subrayar ahora fundamentalmente aquéllas formas literarias que lo son precisamente porque siguen unas determinadas normas. En la poesía hebrea es clave el paralelismo y el ritmo acentual. De momento nos basta saber que en la Biblia existe el gé­nero literario poético, cuyo exponente principal es esa colección de 150 poesías que llamamos Salterio. También podemos encontrar poesías sueltas en otros libros de la Biblia: ver por ejemplo 1 Sam 2,1-10, que es el canto de Ana, la madre de Samuel, donde posteriormente se inspirará el Magníficat de Lc 1,46-55.

El «credo» es otro de los géneros literarios que podemos encontrar. A alguien le puede parecer extraño que califiquemos de género literario al credo o a los credos, y sin embargo, hay que mantenerlo así. La diferencia con los otros géneros que hemos visto es que esos otros géneros podríamos encontrarlos también en lo literatura «profana», entendiendo por profano lo opuesto a lo sagrado, y a la Biblia como literatura «sagrada». A este respecto hay que decir dos cosas:
• que, independientemente de su ámbito, profano o sagrado, el credo es un género con características literarias propias que lo distinguen de otros géneros.
• que en el hombre antiguo es difícil hacer esas distinciones entre profano y sagrado que tan corrientemente hacemos hoy. Para las culturas antiguas, lo sagrado o lo religioso tenía más campo que en nuestros días, o al menos parecía más claro.
A pesar de haber dicho que no encontramos paralelos «profanos» de credos, sí es verdad que ha aparecido algo que podríamos calificar como la versión laica de los credos religio­sos: los «declaraciones». Nos referimos a esas declaraciones que realizan los Organismos y que pretenden exponer, en forma de breves enunciados, las creencias o las convicciones: de­claración universal de los derechos humanos, declaración de los derechos del niño, etc. En realidad están a caballo entre los credos y las colecciones de leyes al estilo del Decálogo (diez mandamientos). El ejemplo clásico de credo bíblico es el credo histórico de Dt 26,5-10. Se le llama credo histórico porque sus artículos son momentos clave dentro de la historia de la salvación. Mejor dicho, en el credo de Dt 26 se ve que para Israel, la historia como tal se convierte en Historia de salvación, porque en la historia cotidiana Israel ve la intervención de Dios.

Acabamos de aludir al Decálogo, o sea «diez palabras». Esto es ejemplo de un género literario que aún no hemos visto: «la ley». En la Biblia también nos encontramos con esas normas que ordenan nuestra vida, que supo­nen una parte importante de la Biblia. Nosotros, modernamente, estamos acostumbrados a tratarnos con la ley o las leyes en libros separados, que tratan exclusivamente de ello. Si to­mamos la Constitución Española o el Código de Derecho Civil, allí no vamos a encontrar le­yendas, historias de familia, refranes, y menos aún poesías; allí encontramos solamente leyes. En la Biblia no es así, no hay libros dedicados a las leyes y otros a otros géneros (ya habla­mos de la mezcla de géneros), aunque haya algunos libros que mayoritariamente sean leyes como, por ejemplo, el Levítico. Como su propio nombre indica, es el libro de los levitas, que recoge las normas y leyes sobre el culto. Las leyes no suelen ir nunca sueltas, sino agrupadas en «códigos». Así entendemos el decálogo antes mencionado (Ex 20,1-17). El llamado «Códi­go de santidad», que lo forman los capítulos 17-26 del Levítico (la parte más antigua del li­bro) y el «Código Deuteronomista» (Dt 12-26). Es curioso observar cómo las leyes en la Biblia están dispersas, fundamentalmente por el Pentateuco, y a la vez todo el Pentateuco es consi­derado como Ley, incluidos los textos no específicamente legales. Esto está influido por el con­cepto de Ley que tiene Israel, sin duda alguna más amplio que el nuestro. Si entendemos la ley como la norma o la enseñanza que funda y rige mi vida, entonces tenemos que los acon­tecimientos que narra el Pentateuco, en su calidad de primeros, se convierten en ley para los tiempos sucesivos. Así, no sólo es ley el «no matar», sino que también fundará y regirá mi vida «la fe» de Abrahám o «la relación amorosa» de Dios con su Pueblo en la liberación de Egipto.

Es posible que, por todo lo que llevamos dicho sobre los géneros literarios y sobre la His­toria Sagrada, alguien pueda preguntarse si en la Biblia hay «algo de historia» en el sentido que entendemos todos: como narración que nos cuenta los hechos tal como sucedieron. Di­cho de otra forma, si hay algo que no sea «inventado», porque ciertamente, gran parte de los géneros literarios que hemos comentado poco tienen que ver con la historia. No hay por qué preocuparse. En la Biblia también tenemos reflejados datos históricos; es decir, se nos transmiten una serie de datos que pueden ser encontrados según los métodos de la historio­grafia moderna. Para esto pueden ser muy útiles una serie de ciencias auxiliares como la ar­queología, la paleografía, la numismática, etc. Algunos ejemplos:
En 2 Re 10,13ss podemos leer. «El año catorce del reinado de Ezequíos, Senaquerib, rey de Asiria, atacó todas las plazas fuertes de Judá y las conquistó. Enton­ces Ezequías mandó a Laquis este mensaje para el rey de Asiria...». Según este texto, en el año 701 (catorce del reinado de Ezequías) Senaquerib ataca las principales ciudades de Judá, entre ellas Laquis, y la conquista. Pues bien, la arqueología ha encontrado señales de destrucción en los estratos del terreno que corresponden a esa época. Además, en el palacio real de Ninive, residencia de Senaquerib, se en­contraron una serie de murales grabados en piedra con escenas de esa batalla. Por lo tanto, podemos concluir que la Biblia ciertamente nos transmite un acontecimiento que ocurrió así en la historia.
Intentando resumir de modo sistemático, podríamos decir que los principales géneros literarios que se dan en la Biblia se pueden agrupar bajo los siguientes epígrafes:
A. HISTORIOGRAFIA. Todo aquel relato que está contado en forma de historia, na­rrado. Es importante señalar cómo esta historia no necesariamente tiene por qué haber ocu­rrido en realidad, es decir, en el nivel histórico, sino que simplemente nos fijamos en la forma, dejando el nivel de los hechos históricos como uno de los posibles niveles del texto y, sin du­da, no como el más importante. A este género corresponderían la soga, el relato etiológico, la leyendo, el cuento, la fábula, el mito, etc.

B. LEY. En este género caben todos aquellos textos de corte legal cuya misión es regu­lar el comportamiento humano, la vida del hombre. Las leyes suelen estar formuladas de dos maneras: .apodíctica., es decir, la ley como mandato, bien sea en forma positiva («santifica­rás las fiestas») o negativa («no matarás»), y casuística o sea, en forma de caso («si en una de tus ciudades....; «cuando un profeta hable en nombre del Señor...).

C. PROFECIA. Nos basta ahora saber que es uno de los géneros literarios más carac­terísticos de la Biblia. En él se recoge gran parte de los oráculos proclamados por los profe­tas de viva voz. Los profetas que conocemos y a los que se les atribuyen sus libros (Isaías, Jeremías, Amós...) no escribieron casi nada. Esa es una labor de sus discípulos.

D. LIRICA. Abarcaría todo lo poético, que como se ha dicho tiene una particular ma­nera de ordenar el lenguaje y los recursos lingüísticos y artísticos. En la Biblia, tenemos tres libros claramente poéticos: Salmos, Lamentaciones y Cantar de los Cantares, además de otras poesías desperdigadas.

E. SABIDURIA. Género literario cuya preocupación es lo vida cotidiano (no lo revela­ción del profeta o la manera de ver la historia del historiador). la reflexión y la experiencia serán sus instrumentos. Se encuadrarían aquí el masal, o refrán, la sentencia y el proverbio. A algunos libros de la Biblia se les llama sapienciales, porque son aquéllos donde reside es­pecialmente el género literario «sabiduría»: libro de los Proverbios, libro de la Sabiduría, Ecle­siastés, etc.

F. APOCALIPTICA. Literatura que surge de una situación de opresión y persecución. En realidad se llega a solapar con la profecía, pero no pueden equipararse. Se caracteriza por su concepción compartimentada del tiempo y su fabulosa puesta en escena (hay que ima­ginar los .bichos. que aparecen en el libro de Daniel, capítulo n.

G. CARTAS. Gran género literario que tiene más importancia en el N.T. (casi la mitad de él son cartas). En el A.T. hay algunas cartas insertas en los libros historiográficos o proféti­cos (ver 2 Sam 11,1415; 1 Re 21,8-10; Jr 29). En este género cabe distinguir entre lo que es una carta (misiva privado, familiar) y una epístola (un tratado de teología en forma de carta y dirigido fundamentalmente a una comunidad).

LA VERDAD DE LA BIBLIA
Con lo tratado anteriormente estamos en disposición de abordar el problema de LA VERDAD de la Biblia. Cuan­do hablamos de la Biblia como Historia Sagrada o Sagra­da Escritura, quedaba flotando la afirmación de que la Biblia es palabra de Dios y esta afirmación es con frecuen­cia malentendido o, mejor dicho, hay que entenderla en su justa medida. Efectivamente, la Biblia para el creyente es la Palabra de Dios: en esta Escritura Dios hace oír su voz, esta Escritura interpela nuestra vida y nos sirve como me­dida o canon (eso es lo que significa que sea una literatura canónica) de nuestra existencia.
De esta afirmación se pasa inseparablemente a otra: como lo Biblia es Palabra de Dios, evidentemente la Biblia ha de tener razón en todo lo que dice, o la Biblia es verdad en todo lo que cuento. Esta ha sido la idea que ha estado en vigor durante siglos en la Iglesia, y la verdad es que no había tenido problemas hasta que las ciencias comenzaron o avanzar y a independizarse de la tutela de los saberes teológicos. Es a partir de ese momento cuando la Biblia va a ser leída con otros ojos: no ya como un libro que nos transmite una serie de, llamémoslos así, verdades de fe, sino como un conjunto de libros que transmiten un con­junto de conocimientos susceptibles de ser leídos también desde una clave científica. Esto quiere decir que la Biblia no sólo nos cuenta la experiencia de fe de muchas generaciones de creyentes, sus experiencias de encuentro personal con Dios, sino que también nos transmite, in­separablemente unidas a esas experiencias, sus categorías sociales, culturales, etc. Un ejemplo:
En el capítulo 11 del Levítico podemos encontrar una división de animales desde el punto de vista de la pureza ritual: se trato de un texto donde se nos habla de los animales que se pueden consumir porque son puros y de los que son impuros. El criterio de determinación de la pureza se basa en categorías exteriores de los propios animales: de los rumiantes son comestibles aquéllos que tengan la pezuña partida. La sorpresa surge cuando en el versículo 6 leemos que la liebre es un ani­mal impura porque, aunque sea rumiante, no tiene lo pezuña partida. No hace fal­ta ser licenciado en biología para saber que la liebre no es un rumiante sino un roedor.

Si pensamos que la Biblia, al ser palabra de Dios, es verdad en todos sus nive­les, concluiremos que Dios no sabe biología puesto que ha confundido a un roedor con un rumiante (porque de lo que no hay ninguna duda es de que la liebre es un roedor).

Otro ejemplo típico es Josué 10.
¿Qué solución le damos al problemas?. Pues lo primero que hay que conocer es la historia del problema, que antes ha quedado implícita. Digamos que ha habido


TRES PERIODOS EN LA INTERPRETACION BIBLICA:
1. EL PRIMER PERIODO. Que podríamos calificar como «ingenuo», en realidad no ten­dría problema. Allí el saber profano era identificable con el saber religioso. Es decir, las co­sas religiosas que se contaban coincidían en cuanto a los datos científicos (clasificación de plantas y animales, cosmología, etc.), con lo que sabía la ciencia de entonces: para aquella gente, para toda, científicos o no científicos, la liebre era un rumiante ya que se podía com­probar cómo estaba constantemente moviendo el hocico igual que lo hacían las vacas.

En el caso de Josué 10-14, la situación de que el sol nace por la mañana saliendo por el Este, avanza y se oculta por la tarde en el Oeste, el que un hombre lo mandara pararse y se parara, no resultaba incongruente (hay que decir que lo maravilloso de este relato, lo que sería lo fundamental de su contenido, no es tanto que el sol se parase, sino que eso es el signo de que Dios obedeció a un hombre, porque luchaba por Israel).

Vemos cómo en este primer estadio de la interpretación bíblica no encontramos problemas.
2. Los problemas vendrán en el SEGUNDO PERIODO, que podríamos llamar «conflic­tivo». Es el momento en el que las ciencias, sobre todo las que estudian la naturaleza, lle­gan a su mayoría de edad y se independizan. Es entonces cuando vendrán Galileo y compañeros, y demostrarán que la cosmología no es como la Biblia daba a entender. Se ha­rán clasificaciones de animales y plantas científicas, distintas a las que hasta entonces regían, y se verá que no coinciden con las que la Biblia hace. En una palabra: los datos que la Biblia nos aporta entran en conflicto con los que nos proporciona lo ciencia; el saber profano, cien­tífico, ya no coincide con el saber religioso. La solución al conflicto será doble:
• una posible solución será la de decantarse a favor de la Biblia o de la ciencia despre­ciando a la otra parte. En este caso tendremos unos científicos descreídos, que toman todo lo que dice la Biblia, en el mejor de los casos, como cuentos válidos para niños. O bien, cre­yentes en situación de permanente sospecha, cuando no abiertamente beligerantes, hacia to­do lo que huela a científico.
• la otra solución por parte de los creyentes es la de intentar armonizar Biblia y ciencia. Si la Biblia afirma que el mundo fue creado en siete días y, por otra parte, viene la ciencia diciendo que más bien fueron miles de millones de años los que ha tardado la tierra en ser lo que es, entonces concluiremos que los días de los que habla la Biblia, se refieren a perío­dos de tiempo muy largos y no a días naturales de los de 24 horas.
A esta postura que intenta armonizar las dos afirmaciones, la bíblica y la científica, se la llama «concordismo» y ha resultado insolvente ya que a veces resulta imposible la armoni­zación. Siguiendo el ejemplo de los días de la creación, los días que propone Gn 1 son los períodos de 24 horas que conocemos (pasó una tarde, pasó una mañana) y no otras posi­bles mediciones de tiempo. Dicho de otro manera: no hay por qué hacer a los autores bíbli­cos científicos del s. XX.
3. El TERCER PERIODO es «el nuestro»; por eso no lo vamos a llamar de ninguna ma­nera. Es la conclusión a que hemos llegado después del importantísimo avance que ha hecho la teología y su interpretación de la Biblia en los últimos tiempos. Probablemente es la con­clusión a que debíamos llegar y que otras épocas ni siquiera imaginaron porque les faltaban los elementos necesarios. No significa que sea la mejor ni la última, sencillamente es la de nuestro tiempo. Nos referimos a que nos damos cuenta de que el saber científico, no es que no coincida con el religioso, sino que no tiene por qué coincidir yo que es de otro orden. Significa que los campos de acción y los intereses son distintos y, por lo tanto, incomparables. Significa que la Biblia no pretende ser un libro de ciencias naturales, sino un libro religioso, un libro donde se nos narran experiencias de fe, ciertamente unidas a concepciones cosmológicas o científicas determinadas, cuyo principal centro de interés será precisamente ese, la experiencia religiosa y no el dato científico.

En este sentido convendrá distinguir en la Biblia TRES POSIBLES NIVELES DE LECTURA:
NIVEL HISTORICO LITERARIO.

Significa que las Biblia, como obra humana que es, tiene una dimensión histórica y literaria. 0 sea, es susceptible de ser abordada como obra literaria cualquiera y estudiada desde ese punto de vista: podemos analizar si está bien escri­ta o no, según los criterios literarios; podemos ver si los datos científicos, históricos, culturales o sociales que nos proporciona se ajustan o no a los criterios científicos actuales, etc. Puede ocurrir que después del estudio concluyamos, por ejemplo, que como obra literaria no es de las mejores, que hay otras mejores que ella; no pasa nada. Puede ocurrir que encontremos que nos cuenta una serie de datos que por la Historia sabemos que no ocurrieron así; tam­poco importa, porque ese no es el principal fin de la Biblia: no pretende ser una joya de la literatura, ni un trotado de historia o de zoología.
NIVEL TEOLOGICO.

Significa que la Biblia nos cuenta una serie de datos teológicos: có­mo unos creyentes entienden o Dios, cómo se relacionan Dios y el hombre según la experien­cia de un pueblo, etc. Con esto ya nos vamos acercando al fin primordial de la Biblia, que es expresar el encuentro entre Dios y el hombre.
NIVEL KERIGMATICO o de fe.

Con él llegamos al fin del camino que se inicia en el nivel histórico-literario. Es que la experiencia de encuentro de unos creyentes con Dios como nos indicaba el nivel teológico y que ha de repetirla cada creyente: yo no puedo vivir de las experiencias de los demás, sino que debo vivir las mías propias. Si Israel tiene una experiencia de encuentro con Dios, puede servir de modelo a la que yo debo tener, pero nunca puede suplantarla.

Tan sólo en este nivel se puede afirmar que la Biblia es palabra de Dios. Por eso es com­patible el que la Biblia pueda contener algún error en el nivel histórico-literario, incluso en el nivel teológico (alguna concepción de Dios puede que no sea demasiado acertado) y ser a la vez Verdad, con mayúscula, en el nivel de la fe, el nivel de encuentro personal con el Dios fiel y veraz.

No es preciso decir que a los dos niveles primeros se puede acceder sin tener fe (puedo hacer un espléndido análisis literario de la Biblia, o disertar sobre sus contenidos teológicos sin tener ni chispa de fe), pero que, obviamente, al tercero sólo se llega con fe y sin duda, quien haya hecho la experiencia del encuentro humano o del amor, sabe que los niveles son incomparables; que no tiene nada que ver el saber teóricamente sobre la amistad con el te­ner amigos; que sólo sabe de verdad lo que es el amor quien se haya enamorado alguna vez.

El problema de la verdad también tiene que ver con el hacer la experiencia, porque igual que Piloto, siempre podemos preguntarnos qué es la verdad, y sólo podremos responder cuan­do, de alguna manera, nos topemos con ella (ese es el fallo de Piloto, que teniendo delante a la Verdad, no sabe reconocerla). Porque, hablar de la verdad así, asépticamente, no nos conduce a ninguna parte; la verdad tiene que ver con la experiencia y hay muchos tipos de verdad. Esto es muy importante a la hora de preguntar por la verdad en la Biblia..

Leyendo a León Felipe en su obra Versos y oraciones del caminante», encon­tramos:
Yo te veo, Señor, con un hierro encendido

quemándome la carne hasta los huesos...

Sigue, Señor,

que de ese hierro han salido

mis alas y mi verso.
¿Es esto verdad?. Pues depende. Depende de o,.qué tipo» de verdad nos este­mos refiriendo. Esto, como lenguaje poético que es, podemos decir que tiene su ver­dad, distinta de la verdad histórica o científica; ni mejor ni peor, sino de otra clase. ¿Alguien se imagina intentando analizar esta poesía con las categorías científicas?. Un señor que ve a Dios; que Dios tiene un hierro candente con el que quema el poeta; que el poeta anima a Dios para que le queme más; y que para colmo, se dice que del hierro han salido sus alas y su verso. Incomprensible, ¿no? La poesía hay que analizarla (en realidad la poesía ha de ser gustada) desde sus propios presupuestos, como el dato científico hay que verlo desde su ámbito propio y no desde otro.

Sólo así veremos que cada lenguaje (cada género literario), tiene su propio sis­tema de comprensión y, por lo tanto, su propio nivel de verdad. Por eso, antes de preguntar si el dato bíblico, cualquiera que sea, es verdad o no, hay que pregun­tarse de qué género literario se trota y en qué nivel nos estamos moviendo. No es lo mismo la pregunta por la verdad de la destrucción de la ciudad de Laquis desde el punto de vista histórico, que la verdad del relato de la torre de Babel desde el punto de vista de la autosuficiencia, del hombre en cuanto dimensión pecadora de la humanidad.



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