Ensayos sobre lo que se dice que es México. Se trata de "ensayos"






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publicar los lutos, por medio de pregoneros y música con solemnes visitas de la Audiencia al Virrey, del Virrey al Arzobispo, de éste a la Audiencia, y así hasta cubrir el complejo entramado social. Los oidores preparaban las honras fúnebres contratando a algún arquitecto o pintor famoso. Fueron famosas las columnas clásicas del túmulo imperial de Carlos V construido por Claudio Arciniega en el zócalo de la ciudad de México. Este monumento, por cierto, fue descrito por Francisco Cervantes de Salazar en el impreso Túmulo imperial de la gran ciudad de México de 1560. Interesante —hasta donde un volante noticioso de corte puede serlo— es el panfleto de Dionisio Ribera Llorez, cuyo título es más que elocuente Relación historiada de las exequias funerales de la Majestad del rey don Philipo II, nuestro señor, hechas por el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de la Nueva España (...) declarando las letras, jeroglíficos, empresas y divisas que en el túmulo se pusieron, como persona que lo adornó y compuso, con la invención traza del aparato suntuoso con que se vistió desde su planta hasta su funecimiento (México, 1600).

Para las honras fúnebres se convocaba, además, a doctores universitarios y poetas para componer epitafios e inscripciones, y las altas autoridades elegían al predicador para tan altas circunstancias.8

La poesía se desarrolla a la sombra de los arcos triunfales y los túmulos funerarios. Durante el barroco mexicano, la poesía por encargo da frutos sabrosos, pero también insípidos. Como atinadamente apunta Alfonso Reyes, "la poesía cívica y social es exorbitante y superabundante (...) Muchedumbre de panegiristas y versificadores de anales desfila en las procesiones, contribuye a los torneos literarios, a los florilegios de los fastos públicos, y alza arcos de triunfo y monumentos semioficiales según la retórica del tiempo, en odas, canciones reales, octavas, liras, sonetos, romances, epigramas y jeroglíficos: mezcla de ampulosidad y prosaísmo, inevitables extremos en el caso. Ni siquiera faltan poetisas, pálidas azafatas de la Décima Musa. A voz en cuello, estos vates entonan loores de varones ilustres, Manes Católicos, Ulises Verdaderos, nuevos Perseos, Isabeles de España; bautizan, casan, consagran y entierran príncipes o predicadores reales; riegan flores artificiales en las tumba; contemplan a la Virreina en el balcón; cortan libreas, ensillan cabalgaduras; se extasían ante el Monarca que cede su carroza al Santo Sacramento; emprenden viajes fluviales desde el Ebro hasta el Chapultepec; hacen que Marco Antonio se trague las perlas de Cleopatra".9

Este desarrollo, patológico y mediocre en tantos casos, fue posible porque encontró unas condiciones políticas y sociales propicias. El mundo barroco se construye a partir del arte, y el arte barroco se construye también a partir de la política barroca.

Debe advertirse, por cierto, que siendo perfectamente atinada la acre y aguda observación de Alfonso Reyes sobre los poetas novohispanos, la poesía por encargo dio también frutos bellos y amables. Dígalo si no, la Lamentación de Juan Ortiz de Torres a la muerte del príncipe Baltasar Carlos. Por su parte, Sor Juana participa también de estos poemas por encargo. Su genio la libra del servilismo formal y estético, ayuno de espontaneidad y belleza. No sin una buena dosis de ironía, escribió unas décimas sobre el arco triunfal levantado por el cabildo de la ciudad de México con ocasión de la entrada del virrey marqués de la Laguna,10 aprovechando los versos para agradecer el regalo recibido:

Esta grandeza que usa

conmigo vuestra grandeza,

le está bien a mi pobreza

pero muy mal a mi Musa

(...)

No ha sido Arco, en realidad,

quien mi pobreza socorre,

sino arcaduz, por quien corre

vuestra liberalidad

(...)

Aun viendo el efecto, dudo

que pudiese el tiro errado

de un Arco mal disparado

atravesar tanto escudo;

mas a mi silencio mudo

sólo obedecer le toca,

pues, por si replico loca,

con palabras desiguales,

con tantos sellos Reales

me habéis tapado la boca.

Con afecto agradecido

a tantos favores, hoy

gracias, Señores, os doy,

y los perdones os pido,

que con pecho agradecido

de vuestra grandeza espero;

y aun a estas décimas quiero

dar, de estar flojas, excusa,

que estar tan tibia la Musa

es efecto del dinero

Los símbolos son medios para ejercer el poder. El poder de una cédula real procede, ante todo, de la firma del rey, no de su capacidad de coacción en estas tierras. De hecho, en el siglo XIX, el virrey Venegas será prácticamente aprisionado por un movimiento peninsular enfrentado al movimiento criollo del Lic. Primo de Verdad. El auténtico poder del virrey procedía de la autoridad que se le reconocía en virtud de ser un vicario, un vice-rey. Casos semejantes son los conflictos de los virreyes con la jerarquía eclesiástica y las órdenes religiosas. Peleas en las que casi siempre saldría perdiendo el poder temporal, no porque careciera de un poder efectivo—el ejército—sino porque su poder metafórico y simbólico era menos incisivo que el poder espiritual. Frente a una custodia con el Santísimo Sacramento, el virrey tenía que hincarse.

La expulsión de los jesuitas será un hiato, una ruptura radical. Los jesuitas son expulsados de la Nueva España —y de todos los dominios españoles— por un golpe de fuerza bruta, por un ejercicio arbitrario de autoridad, que sólo apela a la conciencia real. La ejecución de la orden en la Nueva España no se amparará en la metáfora, en los símbolos, sino en la realpolitik. Precisamente por ello, pensamos que el ingreso de México a la modernidad no se da tanto en el terreno de las ideas, que al fin y al cabo encontraron lugar dentro del mundo barroco, sino en el terreno de la política. El pensamiento barroco estuvo abierto a las ideas modernas; así acontece con Sigüenza y Góngora. En cambio, la política barroca se destruye si se moderniza. La política barroca se ancla en la razón metafórica; la política moderna en el monopolio de los mecanismos de coacción legal y violencia física.

En nuestra opinión, se ha insistido demasiado en la vinculación del barroco con el absolutismo. Esto es cierto en lo que se refiere a Francia. "El Estado soy yo", afirmó Luis XIV y se rodeó de un fastuoso ceremonial para subrayar su poder cuasi divino, poder al que incluso la Iglesia estaba subordinada (el fenómeno del galicanismo).11 El barroco novohispano y peninsular juega, ciertamente, un papel en la ejecución y formación del poder civil, pero el ceremonial religioso es más impresionante y suntuoso que el civil. Además, se observa en algunos pensadores barrocos actitudes no del todo absolutistas, actitudes que sólo pueden explicarse negando el estatuto de barroco a autores como Juan de Palafox (explicación absurda), o reconociendo que el "absolutismo" de los Habsburgo españoles estuvo constreñido por una tradición foral. En la Nueva España, el absolutismo es restringido desde el momento que el dominio real tiene que dar cuenta de sí. Al intentar legitimar la conquista de estas tierras, la monarquía española se ató las manos; se obligó a dar cuenta del derecho a ejercer su poder y su autoridad, algo que ningún rey francés hizo en sus colonias africanas o del Caribe. Cito un pasaje verdaderamente impresionante de Palafox:

El Príncipe se hizo para el Pueblo y no el Pueblo para el Príncipe. Pueblo sin cabeza, puede hallarla y elegirla, ¿qué hará el Rey y la cabeza, deshecho el cuerpo y el Pueblo? Esta consideración obliga a atenciones de grande prudencia y conocimiento. El Pueblo debe arriesgarse por h vida de su Rey y el Rey por la de su Pueblo. El Pueblo común quien defiende su cabeza, en que consiste toda su conservación; el Rey, como quien defiende a su cuerpo, en que consiste su Imperio. Esta influencia de amor y defensa recíproca entre el Rey y los vasallos, esta secreta comunicación de voluntades es el vínculo que contiene, conserva, sustenta, alegra, estrecha, fortalece los reyes y los reinos entre sí.12

Estas líneas, escritas en pleno siglo XVII, no son completamente originales, y se percibe en ellas un sabor escolástico. No obstante, llama la atención que el poder real no se conciba como un poder absoluto que no tiene que dar cuentas a nadie. Recordemos quien escribe: Juan de Palafox, virrey y arzobispo de México en 1642, Su terrible lucha con los jesuitas, lucha en la que, siendo obispo de Puebla, se enfrentará también con el nuevo virrey, puede explicar, quizá, esta moderación en la concepción de la autoridad. En todo caso, el hecho permanece incólume. Un hombre plenamente barroco, y un barroco madurado en la Nueva España, está lejos del absolutismo real.

La cultura del barroco: dirigida, masiva) uriana

Maravall analiza algunas características de la cultura del barroco: dirigida, masiva, y urbana.13 Nos parece que el esquema es válido para acercarse a la Nueva España.

Según Maravall, el barroco es una cultura dirigida, porque a partir de una concepción del hombre y del mundo, orienta la conducta de los individuos y de la sociedad toda. Esta pretensión barroca no es nueva y, de una u otra manera, puede observarse en cualquier filosofía y movimiento cultural. Sin embargo, en el barroco destaca una preocupación especial por el conocimiento, dominio e incluso manipulación del comportamiento humano. Así puede ser entendida la obra de Baltasar Gracián: como una preceptiva de la conducta. La educación y adquisición de prudencia es un tema reiterado en la obra de Gradan. El barroco otorga un papel predominante a la prudencia, pues sólo poseyendo el arte de dirigirnos a nosotros mismos y a los demás hombres, seremos capaces de alcanzar la felicidad. Esta preocupación denota un afán por dominar la conducta humana. Nótese que no decimos una "tecnificación" de la conducta humana, porque los barrocos, y Gracián al frente de ellos, son inteligentes y se percatan de que la conducta humana libre no es objeto de una técnica, sino de una habilidad directiva., tradicionalmente denominada prudencia. Esto explica, por cierto, por qué algunos consultores de empresa contemporáneos han puesto de moda a Gracián en los populares estudios sobre "liderazgo" y "dirección de organizaciones".

En la Nueva España, Juan de Palafox ejemplifica esta preocupación por la prudencia. Recogemos algunas de sus máximas políticas en las que destaca esta concepción de la política como una capacidad de prever y de proyectar. El arte del buen gobierno es una proyección estratégica, no un simple dominio:

Los reinos que se gobiernan por remedios y no por prevenciones van perdidos. (59 LJX)

Prevenir los daños públicos suele estimarse poco porque no llegaron a experimentarlos aquellos que los han despreciado y así no pudieron temerlos y el remediarlos se estima doblado, costando más y valiendo menos, pero como se debe mayor corona al que guarda al ciudadano que al que mata al enemigo, así mayor premio al que sin sangre previene que no se pierda el reino que al que lo cobra con ella. (180 CLXXX)

Y por supuesto, no puede faltar un elogio a la prudencia, entendida, sobre todo, en términos de estrategia, de adelantarse al futuro:

La República sin tesoro es cuerpo sin sustancia, y sin prudencia , es navío sin timón. (181 CLXXXI)14

El barroco pretende dirigir a los hombres masivamente, pretende ser una cultura de masas y actuar sobre su voluntad, moviendo ésta con resortes psicológicos manejados conforme a técnicas —ahora sí— de captación de la atención (propaganda). Las artes y en general todos los ritos y ceremonias civiles y religiosos juegan un papel fundamental en esta captación. Los jesuitas vieron el punto prontamente, cuando se percataron de la importancia de construirlas iglesias de suerte que facilitaran la atención de los fieles, iglesias que fueran un teatro, un foco de atención, una metáfora atractiva para los fieles y arrancarlos así del protestantismo.

Este carácter masivo del barroco es omnipresente en México. El barroco se vierte a las calles, y sobre todo, en las iglesias que fueron siempre un recinto abierto para la plebe. Las iglesias sólo en contadas ocasiones cerraban sus puertas a léperos y castas. Las procesiones son una parte de este carácter masivo de esta cultura novohispana. Y en la Nueva España confluyen dos tradiciones procesionales. Por un lado, la andaluza, Sevilla es célebre por sus pasos en Semana Santa, por otro, la indígena, que tan astutamente fue aprovechada por los misioneros del siglo XVI. En efecto, la religiosidad indígena era un culto abierto a las plazas. Los indígenas tenían procesiones en que lucían parasoles, abanicos y andas. Por ello, las procesiones encontraron un fuerte arraigo en la Nueva España que, además, contaba con un clima privilegiado para desarrollar este tipo de ceremonias al aire libre (algo que no sucede en la mayor parte de Europa. Las procesiones del Corpus Christi se suspenden frecuentemente en Francia y Flandes, donde el clima de primavera es peligrosamente lluvioso). Las procesiones y la perenne apertura de las iglesias permitieron que la religiosidad, apuntalada por las técnicas de propaganda barroca, penetrara con cierta profundidad en las masas urbanas y, en buena mecida, en la población rural. Impregnación que fue mucho más honda que la del poder civil. Al fin y al cabo, en el virreinato no eran muchas las manifestaciones extraordinarias de la autoridad, y casi todas se concentraban en las grandes ciudades. Entrada de virreyes, honras fúnebres, celebración de nacimientos, bodas reales y coronaciones. Un lugar importante lo ocupaba la "procesión civil" llamada Paseo del pendón. El día 13 de agosto, fiesta de San Hipólito y aniversario de la caída de Tenochtitlán en manos de Cortés, se sacaba de la iglesia de San Hipólito México, un pendón de la Virgen, utilizado por Cortés como estandarte durante la conquista. Se organizaba un desfile civil "paseando" el pendón por las principales calles de la ciudad.

Pero la cultura masiva significa, lo mismo en España que en la Nueva España, una cercanía de los objetos culturales a las masas. No es que la cultura barroca fuera una cultura democrática, como sí lo pretendió ser el realismo soviético y el muralismo mexicano. Es que el barroco, especialmente en sus versiones plásticas, era un lenguaje más o menos inteligible para importantes segmentos de la población, a diferencia del neoclásico, cuya semántica y sintaxis resultó excesivamente fría para la calidez mexicana.

A su vez, el hombre culto del barroco adopta algunos giros "vulgares". No existe una ruptura, una barrera impenetrable, entre la alta cultura barroca y lo que ha dado en llamarse cultura popular. Aunque se trate en el fondo de cierta afectación, el hombre culto barroco gusta de asumir o rozar algunos aspectos populares. Ya hemos referidos dos importantes: los villancicos con negrillas de Ser Juana Inés de la Cruz, y los aires guineos que se perciben en piezas compuestas por maestros de capillas novohispanas.

Desafortunadamente, el motín de 1692 en que se quemó el palacio virreinal con sus archivos, y se saquearon los portales de comerciantes, llevó al criollo Sigüenza y Góngora a ver con recelo, por no decir verdadero desprecio, al populacho, causa de tales desmanes. Sigüenza y Góngora estaba en camino de acercarse y comprender el ethos de las clases bajas de la Nueva España. Nunca sabremos hasta qué punto este motín interrumpió la paulatina aproximación de los criollos a indios y castas. Probablemente dicho acercamiento hubiera conducido a la forja de la identidad nacional por otros derroteros distintos de los actuales.

Un punto cuestionable de la interpretación que Maravall hace de la cultura masiva es la importancia otorgada por dicho autor a la opinión. Los escritores políticos del barroco se preocupan por la opinión de la "masa" e intentan encauzarla y dominarla. El novohispano Ruiz de Alarcón escribe en Los pechos privilegiados

Al fin, es forzosa ley

Por conservar la opinión

Vencer de su corazón

Los sentimientos el Rey

Idea verdaderamente revolucionaria: el rey también está sujeto a la opinión y, en ocasiones, tiene que ceder a la presión de ella. Que la opinión juega un papel importarte en las decisiones políticas es una verdad siempre sabida, pero pocos, si exceptuamos a Maquiavelo y algún otro, se habían atrevido a enunciar tal verdad tan rudamente en tiempos anteriores al barroco.

Juan de Palafox, por ejemplo, insiste en la importancia de la reputación de un gobierno, y reputación no es sino una opinión consolidada:

Las monarquías, cuando se van acabando primero pierden la reputación, luego lo conquistado y después sirve la nación; como cuando se forman primero cobran reputación, luego salen de servir a otras naciones y después dominan a las demás. Con este juicio se ha de ver y conocer en qué estado se halla una monarquía. (100 C)15

En apoyo de esta tesis, Maravall invoca la existencia de un mercado de noticias e impresos. La noticia se hace mercancía gracias a la imprenta, pero también gracias a que hay compradores. Los compradores de noticias son el núcleo de una opinión pública. La Gaceta Nueva de Madrid es reimpresa en Sevilla, Zaragoza, Valencia, Málaga y México.

En resumen, la cultura del barroco logra que individuos diseminados en un territorio, desconocidos entre sí, se sientan vinculados por una inclinación de tipo afectivo a la comunidad, a la Iglesia y al rey. El barroco ha hecho propaganda de esos valores, que terminan por socializarse y crear, al mismo tiempo, una comunidad. Esta idea es relevante, pues explica por qué el barroco dotó a la Nueva España —tan dispar entre sí— de una incipiente identidad. El barroco logró una identidad virreinal en ciertos estratos en torno a Dios y la Corona. No podemos olvidar, por ejemplo, que el metimiento de independencia de México arranca de la defensa de los derechos de Fernando VII frente a José Bonaparte, usurpador francés, impuesto por Napoleón. Es una para-doja: la lealtad fomentada por la Corona fue el detonante de ¡a independencia del virreinato.

La cultura barroca es también una cultura eminentemente urbana. El arte toquitqui del siglo XVI es preponderantemente rural, pues los conventos se erigen fuera de las ciudades o, mejor dicho, en los lugares de alta densidad de población indígena (Xochimilco, en el Valle de México; Huejotzingo, en Puebla; Yecapixtla, en Morelos; Cuitzeo, en Michoacán). El XVI es un siglo de divulgación del cristianismo y asentamiento de las nuevas estructuras políticas y económicas; está volcado hacia los pobladores primitivos de esta tierra. El barroco es un arte maduro, volcado hacia los asentamientos virreinales. En las poblaciones sólidamente establecidas se construyen templos magníficos y palacios ostentosos. Sólo en la ciudad se organizan costosas mascaradas. Los cortejos espectaculares, los catafalcos funerarios, requieren de una estructura económica que el campo difícilmente puede dar. En la ciudad se convocan los torneos de poetas; sólo en comunidades bien establecidas se pueden discutir los cánones literarios, sólo en ellas puede haber academias y sociedades literarias. Sólo en las ciudades se pueden representar las fastuosas comedias —aunque el teatro religioso, el auto sacramental, siempre encontró lugar en el campo—y montar las capillas musicales.

En 1585, Bernardo de Balbuena ya se preciaba de haber ganado el primer lugar en un certamen poético entre trescientos concursantes. En 1618, el rico gremio de plateros de la ciudad de México había patrocinado un torneo poético para festejar la entonces reciente proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción.16 En 1683, la Universidad había organizado otro torneo semejante. Estos aparatosos y costosos torneos no podían tener lucimiento sino en comunidades urbanas.

Sólo en ciudades importantes podían tener lugar fiestas como las orgullosamente descritas por el sabio mexicano Carlos de Sigüenza y Góngora, con ocasión del matrimonio de Carlos II con Mariana de Neoburgo en 1692, que ejemplifica esta cultura "masiva" y urbana:

Distribuyéronse las máscaras por los gremios y, emulándose unos a otros en galas propis;, libreas a los lacayos, en lo ingenioso de las ideas, en la hermosura y elevación de los triunfantes carros, en el gasto de cera con que las noches, con que consecutivamente regocijaban la ciudad, se equivocan en días, dieron regla a los venideros para gobernarse con aplauso en empeños tales. Mucho más que esto fueron los juegos que, ya en otras tres continuadas noches, con la pensión de parecer por sólo lucir dejaron sin la esperanza de otra inventiva a su industrioso artífice.

Hiciéronse corridas de toros, sainete necesario en españolas fiestas. ¡Con qué acierto! ¡Con qué magnificencia! ¡Cuán majestuoso y proporcionado el uso! ¡Qué pródigamente repartidas las colaciones! ¡Qué regocijada la plebe! ¡Qué gustosos los nobles! ¡Con cuánta complacencia los tribunales! ¡Qué alegría por todo esto el buen virrey!17

En 1700, para celebrar la canonización de San Juan de Dios, se organizó en la Alameda de la ciudad de México, una fiesta descrita en los Diarios de Robles y Guijo, testigo del acontecimiento:

Los vecinos de la Alameda salieron curiosamente vestidos remendando varios animales y fábulas de la Antigüedad; la idea del carro fue el Monte Parnaso, el Pegaso con alas; en nueve nichos, las Musas, y arriba, en un trono, el dios Apolo...y hubo otra con representación del mundo al revés: los hombres vestidos de mujeres y las mu eres de hombres; ellos con abanicos y ellas con pistolas; el carro con un retrato de San Juan de Dios y un razón ricamente adornado que recitaba una loa..."18

Sin embargo, hay que tener precaución al afirmar que el barroco es eminentemente urbano. Existen ejemplos arquitectónicos que, prima facie, podrían aducirse para intentar refutar esta tesis: la iglesia jesuita de Tepotzotlán, la parroquia de Santa Frisca en Taxco, Santa María Tonanzintla en el Valle de Puebla. Salta a la vista que el primer caso no es paradigmático, pues Tepotzotlán era ni más ni menos que el noviciado de la poderosa orden de la Compañía de Jesús. No era raro que el tal colegio —en las inmediaciones del Valle de México— gozara de especiales privilegios artísticos y recursos económicos. Santa Prisca sigue llamando aún hoy por hoy la atención. La riqueza de las vetas de plata y el capricho de José de la Borda son los factores que explican la construcción de la magnífica joya arquitectónica en la sierra de Guerrero (recuérdese el refrán popular, Dios dando a Borda y Borda dando a Dios). Santa María Tonanzintla, por su parte, es un barroco que ha sido denominado, coloquialmente, barroco popular, para designar su carácter poco académico, además el Valle de Puebla siempre ha estado densamente poblado.

Por otra parte, no debemos trasladar nuestro concepto de ciudad al siglo XVII. Oaxaca, hoy una modesta población provinciana, fue en su momento una próspera ciudad, enriquecida con la explotación de la grana cochinilla que se exportaba a Europa (Se cuenta que después de que el Greco utilizó la cochinilla de Oaxaca exclamó "Nunca más pintaré color grana, sin cochinilla de Oaxaca", anécdota que falsa o verdadera, habla de la prosperidad de ciudades que hoy pasarían por pequeñas.)

El barroco y la cultura criolla

El barroco novohispano está indefectiblemente unido al criollismo.19 Criollo es el término utilizado para nombrar al hijo de españoles nacido en América. Pero Edmundo O'Gorman observó que el criollismo desbordó muy pronto el hecho racial para designar un hecho de conciencia. Actualmente, en lugares como Colombia — otrora el virreinato de la Nueva Granada — el término criollo se utiliza para designar lo "auténtico-", lo colombiano, por contraposición a lo extranjero. Criollo viene a significar novohispano. o mejor dicho, la conciencia de ser novohispano; el indio y las castas, aunque nacidos en tierras de la Nueva España, no participaban plenamente de la "novohispanidad". Su mundo cultural y social era distinto del mundo barroco. Se trata de un fenómeno similar al que ocurrió en la Grecia clásica. Únicamente los ciudadanos eran miembros plenos de la polis. Las mujeres, los extranjeros y los esclavos no participaban de la polis sino en un sentido lato, indirecto, y siempre insuficiente. No eran plenamente helenos. Vivir en la polis no equivalía a habitar físicamente en los recintos amurallados de Atenas o Esparta. Para ser ciudadano era menester participar de la vida política, cultural y social de la ciudad. Así lo ha visto con claridad meridiana Hannah Arendt en su extraordinario libro The Human Condition.

Mutatis mutandis, el indio no fue un novohispano y, desgraciadamente, en pleno siglo XX continúan existiendo etnias que viven al margen del desarrollo cultural, económico y tecnológico de nuestro país. Vivir en México no es habitar un territorio; vivir en México es la participación de unas conicciones, es hablar un lenguaje, reconocer unos procedimientos políticos y colaborar en una estructura económica. En este sentido, el criollismo novohispano incorporó a los mestizos, quienes no cumplían con los requisitos raciales para ser criollos, pero sí lo requisitos culturales. De igual manera, el criollismo excluyó a quienes no participaban de esta cultura barroca de la que venimos hablando.

Al afirmar que la cultura barroca es una cultera masiva, hemos subrayado a continuación que la cultura barroca estaba necesitada de la vida urbana y que, por ende, la plenitud del barroquismo era accesible exclusivamente para quienes tenían el dominio de las letras. No hay contradicción entre afirmar el carácter masivo de la cultura barroca y reconocer, simultáneamente, un dejo de elitismo.

El concepto de criollo, como concepto barroco, requiere de su opuesto para ser entendido. Criollo se opone a gachupín, aunque la palabra no tiene siempre un sentido peyorativo. Así, en un censo de la ciudad de México en 1689, se registran 1,182 "gachupines", es decir, peninsulares laicos. No todo uso do la palabra "gachupín" es necesariamente peyorativo. Este significado negativo se irá acentuando con el paso del tiempo. No obstante, el malicioso pero perspicaz Thomas Gage percibe tempranamente el antagonismo creciente entre gachupines y criollos.

Al respecto, resulta muy valioso el testimonio del libro Sumaría relación de las cosas de la Nueva España, escrito en 1604 por Baltasar Dorantes de Carranza. El autor es un criollo típico, nacido en la ciudad de México a mediados del siglo XVI. Fue hijo de Andrés Dorantes, uno de los cuatro supervivientes de la infortunada expedición de Pánfilo de Narváez a la Florida (conocida como la expedición de Núñez Cabeza de Vaca). Baltasar Dorantes heredó una encomienda de su padre, que perdió, aunque finalmente logró el puesto de tesorero real en el puerto de Veracruz. Nuestra prolijidad en la descripción del autor dibuja el origen de la conciencia criolla: saberse heredero de los conquistadores y forjadores del virreinato y, al mismo tiempo, verse desplazado por los advenedizos peninsulares. Los oportunistas, burócratas y aristócratas venidos de la Villa y Corte fueron soslayando paulatinamente a los descendientes de los conquistadores. Dorantes recoge un soneto anónimo y terrible:

Viene de España por la mar salobre

a nuestro mexicano domicilio

un hombre tosco, sin ningún auxilio

de salud falto y de dinero pobre

Y luego que caudal y ánimo cobre

le aplican en su bárbaro concilio,

otros como él, de César y Virgilio

las dos coronas de laurel y roble.

Y el otro, que agujetas y alfileres

vendía por las calles, ya es un conde

en calidad, y en cantidad un Fúcar;20

Y abomina después del lugar donde

adquirió estimación, gusto y haberes

¡Y tiraba la jábega en San Lúcarl

El soneto expresa con fineza y amargura la frecuente actitud de los peninsulares. Por un lado, el apoyo que unos a otros se brindaban, en perjuicio de los criollos. Por otro, el desapego del peninsular hacia la Nueva España, a pesar de haber hecho fortuna en ella (algo por demás actual entre muchos emigrantes españoles en el México contemporáneo).

La corona española se opuso, ya se ha señalado, al enfeudamiento en forma de encomienda (y más de algún autor ha insinuado que detrás de la Junta de Valladolid y la discusión sobre las encomiendas, no latía exclusivamente un afán por defender a los indios, sino el interés de la corona de impedir la creación de una nobleza neofeudal de conquistadores). La política de la Corona desarticuló el proyecto de los primeros novohispanos; pero no se propuso tampoco un proyecto alterno claro. Además, el constante aumento de la población criolla, ávida de oportunidades, y el desarrollo de una clase mestiza, generaron un creciente malestar contra los peninsulares, quienes gozaban de privilegios en la Nueva España.

La confrontación, una oposición, un claroscuro barroco, propicia la paulatina toma de conciencia. Pedro de Avendaño en Fe de erratas se burla de un predicador ampuloso venido de la metrópoli, haciendo gala de un desprecio generalizado a los peninsulares:

Soberbio como español

quiso con modo sutil

hacer alarde gentil

de cómo parar el sol;

no le obedeció el Farol,

que antes —Icaro fatal—

lo echó en nuestra equinoccial,

porque sepa el moscatel

que para tanto oropel

tiene espinas el nopal

El desprecio al gachupín, al "moscatel" es rotundo (el vino moscatel era un producto español). La referencia al nopal que desgarra el oropel es extraordinaria. Nos encontramos ante una expresión pintoresca, pero profundamente actual de la imagen que el mexicano proyecta hacia el exterior. Nos encontramos también ante una pugna vigente —en no pocas ocasiones chauvinista— entre lo mexicano y lo extranjero: como México no hay dos.

La cultura barroca es un proyecto de vida surgido de la confrontación, de la contradicción. El barroco permite al criollo perfilar su propia identidad. El barroco sabe asumir las confrontaciones. Nueva España se articula en torno al orgullo de saberse mejor que la "Vieja España. Traemos nuevamente a cuento el pasaje de Sigüenza y Góngora, donde el sabio criollo afirma que nuestra fiesta para celebrar un boda real es tan magnífica como la misma boda:

No soy tan amante de mi patria, ni tan simple, que me persuada a que cuanto hay y se ejecuta en ella es absolutamente lo mejor del mundo; pero aunque no he salido a peregrinar otras tierras (harto me pesa), por lo en extremo mucho he leído, paréceme puedo hacer concepto de lo que son y de lo que en ellas se hace. Con este presupuesto, le aseguro a vuestra merced, con toda verdad, no haber tenido que envidiar México a otro cualquiera lugar que no fuere esa corte de Madrid (donde no hubo representación sino realidad) en esta función.

Sigüenza y Góngora es verdaderamente atrevido: no ha viajado fuera de la Nueva España, pero ninguna otra provincia es tan espléndida como la nuestra.

El criollo novohispano requiere algo más que un trivial orgullo. Manrique, siguiendo a O'Gorman, considera que el criollo ancla su proyecto en la forjación de mitos. El mitificado pasado prehispánico y la religión constituyen los ejes de la identidad cultural criolla. A ello habría que añadir una conciencia de la peculiariedad y feracidad de la naturaleza novohispana, algo por demás perfectamente barroco. El barroco no ignora la naturaleza.

En efecto, durante el barroco se plantea la dialéctica artificio-naturaleza, cuya síntesis será el jardín versallesco, naturaleza domesticada. Tal equilibrio se romperá hacia el final del barroco, por ejemplo en el pintor Watteau, donde la naturaleza deja de ser apacible y se presenta temible, misteriosa, indomable.21 La naturaleza americana no se amolda perfectamente al ideal versallesco del jardinero-arquitecto Le Notre. La naturaleza americana es "demasiada" naturaleza para los geométricos diseños de Le Notre. Pero el criollo no se resigna con una naturaleza brutal y bárbara. La naturaleza americana es amable y domesticable, aunque en un sentido distinto al europeo. Es paradigmático el caso de Veracruz: sólo podían habitar en el puerto quienes habían nacido en él. Los extranjeros, los inmigrantes, son atacados por el vómito negro. Así consta en diversos cronistas del virreinato.

Reivindicación del mundo indígena, religión y naturaleza son los tres ejes en torno a los cuales se arma el proyecto cultural barroco.

La asunción del pasado prehispánico es un fenómeno culto. Son los grandes autores barrocos, no los indios, quienes se dedican a rescatar el pasado indígena. No podía ser de otra manera; la mayoría de los indígenas vivían en condiciones cercana* a la inmediatez, por decirlo hegelianamente, en un estado de conciencia alejado de .las categorías occidentales. Los indígenas no necesitaban un pasado para "legitimar" una identidad novohispana que nunca habían poseído El problema de la identidad, seamos crudos, no lo tenían 'os indios, lo tenían los criollos.

En esta historia reconstructiva del pasado indígena descuellan tres obras y dos escritores: la no desdeñable, aunque farragosa, Monarquía indiana de fray Juan de Torquemada, y las Relaciones históricas de la nación Tulteca o Relación de todas las cosas que han sucedido en la Nueva España, y de muchas cosas que los toltecas alcanzaron (arca 1608) y la Historia chichimeca (c. 1630), título que probablemente no fue el original, sino el que le dio Sigüenza y Góngora.

Los casos de ambos autores son interesantes. Torquemada, con ser religioso, elabora la historia prehispánica con una actitud radicalmente distinta a la de Motolinía, Las Casas y Sahagún. Para éste último, la función del conocimiento de los mitos y ritos de los antiguos mexicanos era impedir la recaída en la idolatría. Los frailes que hacen historia en el XVI, tienen intenciones pastorales: atacar la idolatría y defender a los indios. Torquemada toma una actitud nueva: la de quien explora el pasado para entender el presente.

En el caso de Alva Ixtlixóchitl, marginando toda la discusión historiográfica, la actitud es similar. Es el rescate orgulloso de un pasado áureo. Alva Ixtlixóchitl es quien mitifica a su ancestro Netzahualcóyotl, como "Salomón mexicano": sabio, poeta y rey.

El extremó de esta reivindicación —mitificación—del pasado indígena es la cristianización de Quetzalcóatl llevada a cabo por don Carlos de Sigüenza y Góngora, erudito heredero de los papeles de Alva Ixtlixóchitl. Tal es la tesis defendida en la obra perdida de Sigüenza y Góngora, Fénix del Occidente, S. Tomás Apóstol, hallado con el nombre de Quetzalcóatl, entre las cenizas de antigua; tradiciones conservadas en piedras, en Teoamoxtles Tultecos, y en cantares Teochichimécos y Mexicanos. El dios azteca Quetzalcóatl era el apóstol Santo Tomás; lo que quedaba demostrado en la obra mediante un estudio del significado del nombre, el atuendo y la doctrina del santo cristiano. Este relato habla de los milagros realizados, describe los lugares e indica las reliquias dejadas por el apóstol al predicar en el Nuevo Mundo. La obra perdida sólo se conoce por referencias.22 Ignoramos sus métodos, pero el espíritu que la animó cuadra perfectamente con la búsqueda de la identidad novohispana. Se trata de un eslabón precioso en la conformación de esa identidad cultural.

Un novohispano tiene que sentirse orgulloso de su pasado indígena. No puede vivir de espaldas a lo prehispánico. Pero, al mismo tiempo, es profundamente católico. Tampoco puede rechazar su religión. El problema no era fácil de resolver, pues aceptar la verdad del catolicismo implicaba, en buena medida, el rechazo y satanización del pasado prehispánico. La religión prehispánica en torno a la cual giraba el mundo indígena era "diabólica" (ni siquiera el mismo Tor-quemada supera esa visión. Solamente Bartolomé de las Casas intentó encontrar una legitimidad a los ritos indígenas}. Sigüenza y Góngora es genial: une lo prehispánico y lo cristiano. El mundo prehispánico, en lo que de más calle tenis, Quetzalcóatl, el fundador de Tula, era ni más ni menos que el apóstol Tomás. Quedaba así exorcizado un sector del pasado indígena, y se le podía lucir orgullosamente. Religión y pasado prehispánico podían servir de cimiento para un proyecto cultural. Todo avalado, además, por la erudición y ciencia del sabio criollo. La revalorización del pasado prehispánico era casi completa.

La religión consiste, en consecuencia, en el otro rasgo de este criollismo. Pero como la Vieja España es también católica, el rasgo distintivo no puede encontrarse en el catolicismo, sino en la inculturación del catolicismo. El guadalupanismo se convierte así en rasgo típico del catolicismo mexicano, y en consecuencia, en un trazo esencial del bosquejo criollo. Hasta el día de hoy, la Virgen de Guadalupe juega un papel sociológico fundamental en México. No es casualidad que Miguel Cabrera, el pintor por antonomasia del XVIII —aunque no el mejor— se dedique a reproducir imágenes de la Guadalupana de una manera inusitadamente prolífica. Tampoco es extraño que las iglesias barrocas dedicadas a la Guadalupana proliferen en todo el virreinato. Al menos un retablo, una pintura se dedica a la Virgen de Guadalupe en las suntuosas iglesias novohispanas, tal es el caso de la iglesia de Guadalupe en Querétaro, cuya gloria fue cantada por Sigüenza y Góngora en tono francamente triunfalista:

Embarazo del aire,

de Querétaro nobles suspensiones,

sin mendigar a Europa perfecciones

ni recelar del tiempo algún desaire,

miro un galante templo

donde airosa contemplo

la perfección en término sucinto,

del volado arquitrabe al bajo plinto

Contundente es la desdeñosa referencia a Europa. La Nueva España no necesita de Europa.

Sigüenza y Góngora es el "Cabrera" literario de la Virgen de Guadalupe. En 1662 compuso en octavas el poema Primavera indiana:

—Estas, le dice, son; éstas las claras

divinas señas de mi dulce Imperio;

por ellas se me erijan cultas aras

en este vasto rígido hemisferio.

No hagas patente a las profanas caras

tan prodigioso plácido misterio:

sólo al sacro pastor, que ya te espera,

muéstrale esa portátil primavera

Hácelo asi; y al descolgar la manta

fragante lluvia de pintadas rosas

el suelo inunda, y lo que más espanta

(¡Oh maravillas del amor gloriosas!)

es ver lucida, entre foresta tanta,

a expensa de unas líneas prodigiosas,

una copia, una imagen, un traslado

de la Reina del Cielo más volando.

Esta candidez y ternura religiosa es elocuente, si se tiene en cuenta que el mismo autor de esta poesía (aunque más viejo) es el detractor del principio de autoridad en las Ciencias. En su polémica con el padre Kino, Sigüenza y Góngora afirma que en la ciencia sólo tiene lugar la comprobación y la demostración. En 1681 exclamó: "...aun Aristóteles, el reconocido príncipe de los filósofos, quien por tantos siglos ha sido aceptado con veneración y respeto, no merece crédito... cuando sus juicios se oponen a la verdad y a la razón". He aquí la tensión barroca. Racionalidad y misticismo conviven en delicada simbiosis.

Esta misma tensión entre una fe sencilla y recia y una racionalidad fina y exigente se irá acrisolando más y más. Un ejemplo tardío es el Poema heroico acerca de Dios y de Dios-Hombre del jesuita Diego José Abad. Nacido en Jiquilpan de Michoacán en 1727, Diego José Abad estudió, como Sigüenza y Góngora, en Tepotzotlán. El poema escrito en un latín magnífico es interesante, pues al tiempo que se ha abandonado ya la artificiosidad del barroco gongorista, hay en él ecos claros de la poesía mística barroca. Basta leer la conclusión:

Para que arda, Dios Santo, y me inflame en tu amor,

No me mueven los dones del cielo ofrecidos,

No me impelen del Tártaro penas horrendas

A no hacerme, protervo, pecar contra Ti.

Esto me mueve: Jesús, mirarte carísimo,

Con tres golpes clavados a un infame madero,

El rostro sangriento, y con crueldad lacerado,

Entre oprobios morir y expirar en tormentos

Me enciendo a tu vista y así hierva mi pecho,

Que si ni penas a mi gozo quedaran,

Por mí aún te temiera y aún siempre te amara

Quita, pues no queda por mí, los preparados

magníficos premios; porque aunque ellos me quites,

No menos que hoy te amo, te amaré ardientemente23

Lo más interesante es, en nuestra opinión, que un autor que estilísticamente está más cerca del neoclásico y que muchos especialistas consideran como moderno, esté glosando el famoso soneto No me mueve mi Dios para quererte (de cuya autoría mucho se discute, y que nosotros adscribimos a Miguel de Guevara no por razones técnicas, sino por dejar en la Nueva España el origen del bello soneto).

Finalmente, habría que añadir la exaltación que los criollos hacen de la naturaleza mexicana. El criollo está orgulloso de la naturaleza, de sus ciudades, del paisaje y de su tierra. Paradigmático es Bernardo de Balbuena por su poema Grandeza mexicana, que si bien tiene una forma clásica, se puede adscribir plenamente a este movimiento del orgullo criollo del barroco. Cuál es la pretensión del poema lo expresa Balbuena con claridad:

De la famosa México el asiento

origen y grandeza de edificios

caballos, calles, trato, cumplimientos,

letras, virtudes, variedad de oficios,

regalos, ocasiones de contento,

primavera inmortal y sus indicios,

gobierno ilustre, religión, estado,

todo en este discurso está cifrado.

Orgulloso, Balbuena proclama la riqueza natural de esta tierra, preñada de plata, que recibe la Nao de Manila y comercia con la Península. México resulta en este poema —y no sin razón— una de las grandes ciudades del mundo:

(...)

Es toda un feliz parto de fortuna

y sus armas un águila engrifada

sobre las anchas hojas de una tuna

de tesoros y plata tan preñada,

que una flota de España, otra de China

de sus sobras cada año van cardadas

También en la ruta del orgullo criollo, y en un tono gongorista, Arias de Villalobos escribe en Canto intitulado Mercurio las glorias de México.

Ya no se ensalzarán los efesinos

con el gran templo que abrasó Erostrato,

cuando los templos bellos y divinos

a mirar lleguen de esta corte un rato,

los artesones, ricos, peregrinos,

donde el oro macizo es más barato

que el mazón y artificio, que en la cumbre

labró un ensamblador por la techumbre

Villalobos está presumiendo los célebres artesonados de algunas iglesias mexicanas, madera dorada y labrada que impresionaba a todos por su riqueza, y que Villalobos no tiene empacho en comparar con el templo de Diana en Efeso —una de las siete maravillas del mundo— quemado por Erostrato, para pasar a la historia, aunque fuera como su destructor. Por una broma cruel de la historia, de esos artesonados no queda ninguno en nuestro país, salvo un alfarje mudéjar, casi sin dorados, en el convento franciscano del siglo XVI de la ciudad de Tlaxcala. Si quisiéramos hacernos una idea de esos artesonados dorados y refulgentes tendríamos que visitar la catedral de Toledo o la iglesia de San Francisco en Santa Fe de Bogotá, que conserva intacto el techo áureo.

El orgullo de la naturaleza salta a la vista en la Rusticatio mexicana del jesuita guatemalteco, educado en Tepotzotlán, Rafael Landívar. Aunque estilísticamente se aleja del barroco, su afán por hacerlo, lo lleva ser barroco en su desprecio por la metáfora ("Oculten otros sus pensamientos bajo arcanos símbolos/ por cuya tiniebla abstrusa nadie ose penetrar, ni torturarse",). Lo importante es que Landívar, quien sufrió la extinción de la orden, canta a la naturaleza americana. Su virgilianismo no me impide colocarlo como un último eslabón de esta cadena de barroquismo criollo que deviene una "modernidad" más criolla que moderna:

Hubo, lejos de aquí,24 en tierras occidentales, ilustres, la ciudad de México, espaciosa y poblada; por sus hombres y riqueza, magnífica, que en pretéritas edades estuvo bajo el dominio de los indígenas, pero ahora, sometidos éstos por las armas, señorean los hispanos y su Imperio rige la ciudad. La circunda el claro cristal de varias lagunas, cuya onda indolente incita el resbalar de las piraguas

A lo largo de sus quince cantos, Landívar elogiará y describirá —en tono más modesto que Balbuena y Villalobos— las riquezas naturales de estas tierras: azúcar, plata, oro, añil, grana y púrpura.

El criollismo pasa así por una evolución que arranca de las misma entrañas de la Conquista —no puede olvidarse que los hijos de Cortés fueron acusados de conspirar contra el rey—y que alcanzaron esplendor en el siglo XVIII con los jesuitas educados en el humanismo, capaces ya de dar una forma universal a su percepción singular de una realidad mexicana. Desafortunadamente fue la Ilustración —que no otra cosa es la decisión borbónica de expulsarlos— lo que acabó abruptamente con quienes habían sido los herederos espirituales de la inquietud barroca de un Sigüenza y Góngora.

A dónde nos hubiera llevado la modernidad-barroca de los jesuitas es algo que nunca sabremos. Lo cierto es que la independencia no pudo contar ya con ese impulso. Se encontró únicamente con una Ilustración, más o menos tamizada, y con un pasado barroco que también fue bombardeado por la modernidad ilustrada, pero que, al menos, nunca fue borrado radicalmente de la Nueva España.

1 Juan de Palafox y Mendoza, "Juicio político de los daños y reparos de cualquier monarquía", Ideas políticas, UNAM, 1946, p. 15.

2 Llamo la atención sobre el hecho de que se ha perdido ya en este verso la diferencia castellana entre la "ce" y la "se". De otra manera el verso perdería elegancia. Sor Juana no habla como una castellana.

3 Alusión aristotélica. "Esfera supralunar" es el cielo.

4 Alfonso Reyes, Letras de la Nueva España, Fondo de Cultura Económica, México, 1986, p. 83.

5 Cfr. Francisco de la Maza, La ciudad de México en el siglo XVII, Cultura SEP-Fondo de Cultura Económica, México, 1985, p. 17.

6 Esta idea debe ser matizada, pues como escribe Octavio Paz " Los americanos de habla española nacimos en un momento universal de España. De allí que Jorge Cuenta sostenga que el rasgo más notable de nuestra tradición es el desarraigo. Y es verdad: la España que nos descubre no es la medieval sino la renacentista; y la poesía que los primeros poetas mexicanos reconocen como suya es la misma que en España se miraba como descastada y extranjera: la italiana. La heterodoxia frente a la tradición castiza es nuestra única tradición.

"Al otro día de la Conquista los criollos imitan a los poetas españoles más desprendidos de su suelo, hijos no sólo de España sino de su tiempo. (...) Si algo distingue a la poesía novohispana de la española, es la ausencia o escasez de elementos medievales. Las raíces de nuestra poesía son universales, como sus ideales. Nacida en la madurez del idioma, sus fuentes son las mismas del Renacimiento español. Hijas de Garcilaso, Herrera y Góngora, no han conocido los balbuceos heroicos, la inocencia popular, el realismo y el mito. A diferencia de todas las literaturas modernas, no ha ido de lo regional a lo nacional y de éste a lo universal, sino a la inversa". (Octavio Paz: "Introducción a la historia de la poesía mexicana", México en la obra de Octavio Paz. Promexa, México, 1979, pp. 149-150). Sin embargo, hay dos precisiones, ambas hechas por el mismo Paz. La primera es una nota a pie de página: "Esta idea no es enteramente aplicable a la poesía popular mexicana, que sí desarrolla y modifica formas tradicionales españolas" (nota 1). La segunda es una obviedad, Paz se refiere a la poesía y no a otros aspectos de la cultura. Basta ver las portadas de los conventos del siglo XVI mexicano para darnos cuenta de que el "renacimiento" mexicano es una interpretación muy libre del renacimiento. Las grisallas de conventos como Huejotzingo, Actopán y Acolmán utilizan una perspectiva que está lejos aún del siglo XVI italiano e incluso de Fray Angélico. Excepciones siempre podrán encontrase, por ejemplo, los frescos policromos de la Casa del Deán en Puebla, cuya perspectiva, por cierto, deja de ser un modelo de estudio albertiano. La arquitectura monástica del XVI tiene elementos góticos y mudéjares, además de una clara impronta indígena.

7 Cfr. José Antonio Maravall, La cultura del barroco, Ariel, 1996, p. 502 ss.

8 Es muy interesante el texto de Francisco de la Maza: Las pires funerarias en la historia y el arte de México, Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, México, 1946.

9 Alfonso Reyes, Letras de la Nueva España, Fondo de Cultura Económica, México, 1986, p. 81.

10 Este arco fue levantado por el cabildo catedralicio para la entrada del nuevo virrey el 30 de noviembre de 1680. Sor Juana describe este arco ni más ni menos que en el Neptuno alegórico...

11 Evidentemente no queremos soslayar el hecho del Real Patronato sobre la Iglesia. En España también hay una tendencia regalista, pero en nuestra opinión, el regalismo español fue siempre mucho más moderado que el galicanismo de los Luises. Prueba de ello, reiteramos, lo constituyen, por un lado los enfrenamientos, particulares y locales, de autoridades civiles y religiosas en la Nueva España.

12 Juan de Palafox, "Diversos fragmentos sobre política sacados de la historia real sagrada", Ideas políticas, UNAM, México, 1946, pp. 37-38.

13 Cfr. José Antonio Maravall, La cultura del barroco, Ariel, Barcelona, 1996.

14 Juan de Palafox, "Diversos dictámenes espirituales, morales y políticos", Ideas políticas, UNAM, México, 1946, pp. 7 y 10, dictámenes 59, 180 y 181.

15 Juan de Palafox, "Diversos dictámenes espirituales, morales y políticos", Ideas políticas, UNAM, México, 1946, pp. 8, dictámenes 59, 100.

16 Una descripción muy interesante de este tipo de torneos se encuentra en Irving A. Leonard: La época barroca en el México colonial, capítulo IX, Fondo de Cultura Económica, México, 1974.

17 Carlos de Sigüenza y Góngora, "Alboroto y motín de México del 8 de junio de 1692", Relaciones históricas, UNAM, 1992, pp. 91-92.

18 Citado por Francisco de la Maza, La ciudad de México en el siglo XVII, Fondo de Cultura Económica-Cultura SEP, México, 1985, p. 24. 66

19 Claro y sencillo es el estupendo ensayo de Jorge Alberto Manrique, "Del barroco a la Ilustración", en Historia general de México, vol. I, Colegio de México, México, 1977.

20 Referencia a la rica familia de banqueros que prestaban dinero a los reyes españoles.

21 Cfr. Fernando Checa, José Miguel Morán: El barroco, ediciones Istmo, Madrid, 1994, pp. 128 ss.

22 Cfr. Leonard Leonard: Don Carlos de Sigüenza y Góngora, Fondo de Cultura Económica, México, 1984, p. 109.

23 Canto LXIII, traducción de Bernabé Navarro, en Cultura mexicana moderna en el siglo XVIII, UNAM, México, 1983, pag. 81

24 Escribe el autor en el destierro italiano. Cito la traducción de Octaviarlo Valdés, editorial Jus, México, 1965.
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