Ensayos sobre lo que se dice que es México. Se trata de "ensayos"






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El perfil del hombre y la cultura en México continúa siendo, con todo, uno de los best sellers de la filosofía en nuestro país. Con mayor o menor frecuencia se habla de "identidad cultural" y de "conciencia nacional". Y es que el tema del ethos mexicano está aún por resolverse. En estricto sentido, en cualquier país está siempre por resolverse, pues no admite un tratamiento científico positivo. La identidad de un pueblo no es algo que admita ser estudiado como el DNA de un animal. £n consecuencia, el ethos es algo perennemente abierto y sujeto a discusión, lo mismo en la vieja Europa que en África o en México. No obstante, siendo México un país joven —no cumplimos aún nuestro bicentenario de independencia— es lógico que el tema aflore con mayor frecuencia y que se carezca de los suficientes elementos para abordar este asunto. Universidades como La Sorbona y Cambridge tienen más años de historia que México, incluyendo a los aztecas. Somos, sin duda, un pueblo realmente joven.

La tesis de este ensayo es relativamente sencilla. Sostenemos que el barroco, entendido como movimiento cultural y no exclusivamente como un movimiento artístico, fue capaz de expresar con firmeza los rasgos de eso que hemos llamado ambiguamente "identidad cultural". Este movimiento recogió y creó, en nuestra opinión, las grandes pinceladas del ethos mexicano. El barroco está en la formación de la identidad nacional como también de alguna manera surrealismo. Desafortunadamente, la Ilustración fue un duro golpe para este proceso de acrisolamiento de la identidad y, como hemos señalado, la ausencia de un romanticismo sólido llevó a que el proceso de maduración de la identidad cultural se alargara innecesariamente.

A continuación describiremos algunos rasgos del barraco, para después abordarlo desde una perspectiva exclusivamente mexicana.

Semántica del barroco

El origen y etimología del término barroco son inciertos. Benedetto Croce hace derivar la etimología de la figura silogística baroco, una de las figuras más artificiosas y menos útiles en la lógica escolástica. Parece imponerse, sin embargo, la etimología más sencilla: barroco viene de barrueco, término utilizado para designar las perlas irregulares, cuyos contornos caprichosos semejan peñascos.

El barroco, como el romanticismo, ha tenido que pasar por un proceso más o menos largo de reivindicación cultural. La historia del arte y del pensamiento ha sido escrita, hasta bien entrado el siglo XX, desde una perspectiva, ilustrada, que ha impedido reconocer al barroco y al romanticismo todo su valor. Cuatro son los mitos o malentendidos que se han propalado sobre el barroco. Consideramos relevante mencionarlos, porque si no nos libramos de ellos, de esas deformadas concepciones del barroco, no se entenderá en qué sentido afirmamos que el barroco novohispano es expresión y génesis de nuestra identidad cultural.

Primero, pensar que el barroco es un fenómeno cuyo nacimiento, muerte y decadencia se sitúa en la historia hacia los siglos XVII y XVIII y que sólo se produjo entonces en la historia occidental. Frente a esta idea, algunos autores y críticos de artes plásticas, se han percatado de que el "barroco" es uno de los extremos de la bipolaridad en el desarrollo del arte. Dicho de otra manera, "barroquismo" y "clasicismo" son dos fenómenos que se repiten cíclicamente en la historia de la humanidad. En este sentido, el barroquismo —palabra que utilizaremos de ahora en adelante para designar este fenómeno cíclico y distinguirlo del barroco strictu sensu— es una expresión espontánea del espíritu humano. El espíritu humano presenta una dialéctica interna en la cual convergen o median una tendencia clasicista y una tendencia barroquista, que tensan y rasgan el alma humana y todas sus creaciones: el arte helénico y el helenístico, el románico y el gótico flamígero, y el abstraccionismo geométrico de la Sección de oro y el surrealismo, tema del segundo ensayo de este texto.

Secundo mito, pensar que se trata de un fenómeno exclusivo de la arquitectura, de la escultura y la pintura. Se olvida que existe todo un pensamiento barroco, que no se agota exclusivamente en una literatura lírica y vacía. Existe, propiamente hablando, un pensamiento barroco, tal sería, por ejemplo, el caso de Baltasar Gracián en España, cuya influencia en la Nueva España, por cierto, no ha sido aún estudiada con suficiente atención.

Tercero, pensar que el barroco es un estilo patológico, monstruoso y de mal gusto. Este prejuicio, típicamente ilustrado, llegó a la Nueva España con los afrancesados. El abandono del barroco implica —eso creían— una modernización, una "europeización'. Sostenemos que la negación del barroco por mor del afrancesamiento implicó la detención de un proceso natural de maduración cultural. No deja de ser llamativo que el barroco haya venido a ser reivindicado durante el siglo XX. El movimiento neocolonialista, González Obregón, Artemio de Valle Arizpe, aunque muy criticados por su estilo arqueologista y poco compromiso con las realidades sociales de nuestro país, jugó un papel importantísimo en este exorcismo del barroco. El neocolonialismo sacudió algunos prejuicios de la modernidad ilustrada y permitió rescatar medianamente un pasado virreinal, prohibido hasta entonces por el progresismo liberal.

Cuatro, pensar que el barroco se produce como una especie de descomposición del estilo clásico del Renacimiento. Esta postura es defendida incluso por autores de renombre mundial como William Fleming en su libro Música, arte e ideas. Este mito es particularmente falso en el caso mexicano, donde el barroco no surge de la descomposición de un Renacimiento que nunca se dio. Aunque algunos de los españoles del XVI hayan llegado a México trayendo ideas renacentistas, la necesidad de una nueva fundación no permitió que se diera un renacimiento. Basta voltear los ojos a los conventos mexicanos del siglo XVI para constatar que la arquitectura del XVI mexicano no tiene nada que ver con la arquitectura renacentista italiana. El XVI mexicano es un amalgamamiento —encuentro o choque, lo mismo da— entre dos cosmovisiones, donde la europea tiene, a la fuerza, que asumir algunos elementos importantes del Nuevo Mundo. La estética, política y ética que se vive en el Nuevo Mundo no es, de ninguna manera, la misma que se vive en el Viejo Mundo. El barroco mexicano no tiene como único antecedente el renacimiento, le antecede también un estilo típicamente indiano: el tequitqui. Arte europeo interpretado por la mano de obra indígena y para la mentalidad indígena.

Contenido del barroco

El espíritu del barroco difícilmente encuentra mejor expresión que la frase de Bernini: "El hombre es tanto más semejante a sí mismo cuanto más se mueve". El barroco pretende mostrar esa identidad a través del movimiento. Todo estilo artístico o toda corriente de pensamiento que pretende captar la esencia humana como algo terminado, como una esencia fija e inmutable, asesina lo esencial del ser humano: la vida. La vida es movimiento, mutación, adaptación. La vida es espontaneidad e innovación. Una imagen del hombre que no "captura" este movimiento no es auténtica, es una caricatura. Bernini parece adelantarse a Bergson y a José Vasconcelos, para quienes el hombre sólo es hombre en la medida que está moviéndose, que está cambiando. La paradoja es patente: el hombre sólo alcanza identidad como ser humano en la medida que acepta que esa identidad no es fijeza, no es una esencia estática.

Ninguna unidad es posible sin la confrontación: la unidad arquitectónica se alcanza confrontando formas, la unidad de una pieza musical se alcanza por el contrapunto, la unidad de un poema se alcanza oponiendo metáforas, la unidad de un cuadro se logra por el claroscuro, la unidad de la fe se alcanza por luces de caridad y obscuridades de fe.

La unidad es un tema del barroco, pero no se trata de una unidad terriblemente homogenizadora, se trata de una identidad alcanzada únicamente a través de la alteridad, de la diferencia. Sin oposición no hay unidad. El hombre es la unidad suprema del mundo, porque es eso, alteridad, tensión, diferencia. Baltasar Gracián describe al hombre como constante cambio. Salta a la vista, desde este momento, que la complejidad del universo mexicano, donde conviven alternancias, tensiones y diferencias que aún no han sido borradas o difuminadas por los siglos, haya encontrado el barroco una expresión de su constante cambia, de su proceso de maduración.

El barroco es un movimiento cultural de síntesis que no anula las diferencias, sino que convive o, mejor dicho, subsiste gracias a ellas. Mientras que el clasicismo apela a una unidad monolítica, a una unidad tan simétrica que cada uno de los elementos de la unidad tiene que subordinarse al todo (qué es una columna clásica fuera del Partenón), la unidad barroca apela a los contrastes. Basta mirar un cuadro del novohispano Cristóbal de Villalpando para hacerse cargo de que la unidad no está lograda a costa de la uniformidad: cada uno de los colores, de los contrastes, de las figuras en movimiento, propicia la unidad. Por el contrario, la mentalidad ilustrada entiende la unidad en términos de uniformidad. No es casualidad que el Estado —con mayúscula, decidió Richelieu el modernizador de Francia— sea un invento moderno, una entidad que, al menos en su versión original, uniforma a los habitantes bajo el rasero de la ciudadanía. La equalité y la fratemité de la revolución fraterna pueden ser interpretadas precisamente como eso, como un desconocimiento de la gama de relaciones sociales que no son igualitarias ni uniformes. Algún autor contemporáneo ha hecho notar la incapacidad del pensamiento revolucionario francés para entender las relaciones entre paternidad y filiación, que de suyo no son igualitarias. También es un lugar común hablar de cómo la carta de ciudadanía, la "igualdad" de los hombres, termina desprotegiendo a los más débiles y pobres, precisamente porque desconoce esa desigualdad. La familia, la sociedad tienen una textura, un relieve, con simas y cimas, con pendientes y peñascos. También el pensamiento humano los tiene. La modernidad ilustrada es incapaz de asumir esta disparidad y, en un intento, noble pero ingenuo, crea igualdades ficticias que terminan por aniquilar las alteridades —en el mejor de los casos— o expulsar a los diferentes del todo social y cultural. En el Estado moderno las alteridades pretenden ignorarse; en el Imperio al viejo estilo (que se corresponde con el barroco) las diferencias coexisten, o mejor dicho, dan existencia al mismo Imperio. Frente al código napoleónico —un mismo derecho para toda Europa— las Leyes de Indias —unas leyes especiales para lugares especiales— son el desafío de una estructura totalizadora, ilustrada la primera, barroca la segunda; eficaz la primera, humana la segunda.

Pero el costo del barroco es la angustia. La modernidad ilustrada es naturalmente optimista. Condorcet y Voltaire ya nos habían hablado del perpetuo progreso logrado a partir de la razón instrumental, un mesianismo secularizado que llegaría a México únicamente a partir de la independencia, y, particularmente, a partir del triunfo del liberalismo La modernidad ilustrada tiene una fe ciega en la racionalidad instrumental como medio para hacer mejores hombres; la racionalidad instrumental puede convertir un pueblo pobre en un pueblo rico, y que una colonia entre al concierto las grandes naciones en pie de igualdad. La Ilustración enfrenta el mundo con optimismo. Frente a este optimismo, el barroco, sin llegar a ser pesimista engendra angustia y cierto escepticismo. El barroco expresa el sentimiento agudo de la inconstancia de todo, lo que explica, por ejemplo, la aparición de la tragicomedia y el personaje de cien máscaras. Si todo es dinámico, si la esencia misma del hombre es el cambio, ¿qué nos garantiza que ese constante cambio sea para bien? El sentimiento agudo del constante cambio es, visto con sentido común, el sentimiento tragicómico de la vida. Si todo cambia, nada permanece, ni el progreso, ni el retroceso. ¿No es esto un estupendo resumen del Volkgeist mexicano en que convive un optimismo y un pesimismo? ¿No es esto el humor negro?

El barroco europeo coincide con la depresión económica del siglo XVII y la crisis consecuente. Esta crisis llegó a la Nueva España, aunque paliada por los constantes descubrimientos de minas de plata. Quizá lo más relevante de esta crisis no sean sus consecuencias económicas —ni en Europa ni en la Nueva España— sino sus consecuencias en la concepción del mundo. La guerra de los treinta años fue el estallido de dos tendencias, dicho retóricamente, que representan el pensamiento barroco y el pensamiento moderno ilustrado. Por un lado, se encuentran los partidarios del orden "tradicional", surgido de la Contrarreforma (no podemos olvidar que el barroco es el instrumento de propaganda de la contrarreforma católica en España y en Italia), y por el otro, los países protestantes del Norte apoyados por el cardenal Richelieu.

La España de los Habsburgo se construye sobre dos ejes: la idea de Imperio y el catolicismo. El Imperio de los Habsburgo, aunque centralista, dista de parecerse a la moderna idea de Estado. El Imperio de los Habsburgo recoge la vieja idea medieval de un orden universal —unum et diversus—, de un orden supranacional. El Imperio no es una nación globalizada, es una estructura que permite la convivencia de derechos distintos, de fueros, de pueblos diversos, de monarquías y principados. Por ello, la Nueva España no puede recibir, al menos durante los primeros años, el nombre de colonia; la Nueva España era un virreinato que dependía de la corona de Castilla. La Nueva España conserva, así, sus peculiaridades dentro de ese todo de orden que carece de las pretensiones de una modernidad totalizadora, si bien los Habsburgo españoles manifiestan desde muy pronto unas tendencias centralizadoras que conviven, hasta el advenimiento de los Borbones, con las tradiciones ferales de raigambre feudal.

La Nueva España es una auténtica creación de los Habsburgo. Es "nueva", porque se trata de una verdadera fundación que exige todo un aparato jurídico y político creado, en buena parte, ex novo; al mismo tiempo es "España", es vieja, porque no se trata de un innovación absoluta. España se recoge en la Nueva 'España. (Fenómeno, por cierto, que es perfectamente vigente en el siglo XX. En los años treinta, Pedro Salinas visitó México invitado por la Casa de España en México. Escribió entonces: "el español sólo tiene una visión completa de España cuando ha conocido México".)

La Nueva España es malentendida, es inexplicable, cuando se le intenta comprender a partir del modelo colonial inglés. La Nueva España es una nueva experiencia, es una criatura recién nacida y no un trasplante, como aconteció con las trece colonias norteamericanas. Este nacimiento sólo podía tener lugar, conjeturamos, dentro del contexto del Imperio español, cuyas pretensiones no eran modernas, o al menos no eran modernas al estilo francés. Los reinos de Francia e Inglaterra sólo pudieron engendrar colonias. El Imperio español engendró virreinatos.

El virreinato —el auténtico virreinato y no la simulación inglesa en la India del siglo XX— se corresponde con ese espíritu del barroco, capaz de contener en sí las tensiones, las fuerzas centrífugas de diversas nacionalidades (castellanos, navarros, aragoneses) alrededor de un punto unificador, pero no uniformador. El Imperio barroco tiene una estructura orgánica, cada parte que lo compone puede tener funciones distintas, y por tanto, leyes distintas (el rey de "España" era monarca absoluto de Castilla, pero tenía que jurar los fueros de Aragón diciendo frente a la nobleza aragonesa "vos que valéis tanto como nos, y todos juntos más que nos"). Esta concepción organicista del Imperio se contrapone a la concepción ilustrada del Estado, donde todas las partes que lo componen son iguales y se subordinan uniformemente a un poder central. En esta concepción ilustrada del Estado no hay lugar para la alteridad de los súbditos, sino una tendencia a medir todo coa un mismo rasero. Se trata de un compuesto matemático: un todo compuesto de piezas exactamente iguales, y no de un todo orgánico, compuesto de partes vivas, cambiantes y distintas cada una por su función. La plasticidad de un imperio de este tipo semeja a la estructura de un retablo barroco, en donde no hay partes exactamente iguales, en donde el retablo puede ser visto desde diversos ángulos, y donde cada parte adquiere un valor lo mismo unido, lo mismo separado, donde cada detalle tiene sus propias reglas (la pintura, la escultura, los marfiles, los estofados, los espejos). El Imperio barroco no parece una fachada neoclásica, que destaca por el equilibrio y la armonía lograda a base de la simetría y la uniformidad de cada una de las partes.

Pero hemos dicho que la organicidad del Imperio español, y por tanto de la Nueva España, tiene un eje de las fuerzas centrífugas: el catolicismo. No se puede olvidar que la defensa del catolicismo será la carta de legitimidad de la monarquía española. Desde los reyes católicos hasta el siglo XX, el catolicismo será el principal aglutinante del mosaico de fuerzas que componen y tensionan a España. En pleno siglo XVII, Juan de Palafox, obispo de Puebla, afirmará, no sin buena dosis de adulación y triunfalismo, que la diferencia entre la monarquía española y el resto de las monarquías es el derecho y la defensa de la religión: "... a casi todas las monarquías las ha formado la ambición, la fuerza, la tiranía, la superstición o la violencia; pero la española la formó el Derecho, la estableció la religión, la promovió la justicia, la ha gobernado la cristiandad y la prudencia de tan excelentes, píos y santos príncipes". 1 Idea que la historiografía tradicionalista de España gustaba de ejemplificar contraponiendo la frase atribuida a Felipe II, "Prefiero perder todos mis reinos que gobernar sobre herejes" con la de Enrique IV de Navarra, el primer Borbón, "París bien vale una misa".

El catolicismo constituye el centro ideológico que dotará al Imperio de los Habsburgo de una cohesión interna y de una organicidad y vitalidad que se verá debilitada por la llegada de la modernidad ilustrada.

Este punto es particularmente importante para nuestra argumentación. El catolicismo fue un rasgo definitorio de la monarquía española, que gustó de presentarse como defensora de la fe, primero contra moros, y posteriormente contra protestantes. Este rasgo definitorio fue aún más importante para las relaciones con el Nuevo Mundo, pues la implantación de la fe constituyó la carta de legitimación de la Corona española para la conquista de las tienes americanas. Ni siquiera autores tan independientes y reacios a la conquista como Bartolomé de las Casas logran escapar del todo a este discurso. (Precisamente por ello, y con ello adelantamos una de nuestras tesis, la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles contribuirá a poner en tela de juicio la legitimidad de la corona de las majestades católicas.)

La Nueva España nace a partir de un discurso ideológico que se aferra a la expansión del catolicismo como su razón de ser. Este sesgo acompañará la historia de México hasta la segunda mitad del siglo XIX. La lucha entre conservadores y libélales no será sino una disputa sobre el valor del catolicismo como fundamento de una estructura civil.

Ahora bien, el catolicismo español encontró en el barroco un medio de expresión y de divulgación. El barroco se convirtió, o mejor dicho, fue concebido originariamente como un instrumento de propaganda de la contrarreforma. Los jesuitas, en torno a quienes surgió el uso programático del barroco como instrumento de propaganda y defensa de la fe, son inseparables de la consolidación del Imperio de los Habsburgo y del perfilamiento de la Nueva España.

En un principio la Nueva España es una aventura renacentista, una Utopía realizable como un laboratorio para el humanismo renacentista. (Silvio Zavala ha hecho notar, por ejemplo, la influencia de la
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