Presentación de José Ramón Cantaliso






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títuloPresentación de José Ramón Cantaliso
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Mujer nueva



Con el círculo ecuatorial




ceñido a la cintura como a un pequeño mundo,




la negra, mujer nueva,




avanza en su ligera bata de serpiente.




 

Coronada de palmas




como una diosa recién llegada,




ella trae la palabra inédita,




el anca fuerte,




la voz, el diente, la mañana y el salto. [121]




 

Chorro de sangre joven




bajo un pedazo de piel fresca,




y el pie incansable




para la pista profunda del tambor.





Madrigal



De tus manos gotean




las uñas, en un manojo de diez uvas moradas.




 

Piel,




carne de tronco quemado,




que cuando naufraga en el espejo, ahúma




las algas tímidas del fondo.





Madrigal


Tu vientre sabe más que tu cabeza




y tanto como tus muslos.




Ésa




es la fuerte gracia negra




de tu cuerpo desnudo.




 

Signo de selva el tuyo.




con tus collares rojos,




tus brazaletes de oro curvo,




y ese caimán oscuro




nadando en el Zambeze de tus ojos.





Canto negro


¡Yambambó, yambambé!




Repica el congo solongo,




repica el negro bien negro;




congo solongo del Songo




baila yambó sobre un pie.




 

Mamatomba,




serembe cuserembá.




 

El negro canta y se ajuma.




el negro se ajuma y canta,




el negro canta y se va.




 

Acuememe serembó.




                             aé;




                      yambó,




                             aé.




 

Tamba, tamba, tamba, tamba.




tamba del negro que tumba; [123]




tumba del negro, caramba,




caramba, que el negro tumba:




¡yamba, yambó, yambambé!






Rumba


La rumba




revuelve su música espesa




con un palo.




Jengibre y canela...




¡Malo!




Malo, porque ahora vendrá el negro chulo




con Fela.




 

Pimienta de la cadera,




grupa flexible y dorada:




rumbera buena,




rumbera mala.




 

En el agua de tu bata




todas mis ansias navegan:




rumbera buena,




rumbera mala.




 

Anhelo el de naufragar




en ese mar tibio y hondo:




¡fondo




del mar! [124]




 

Trenza tu pie con la música




el nudo que más me aprieta:




resaca de tela blanca




sobre tu carne trigueña.




Locura del bajo vientre,




aliento de boca seca;




el ron, que se te ha espantado,




y el pañuelo como rienda.




 

Ya te cogeré domada,




ya te veré bien sujeta,




cuando como ahora huyes,




hacia mi ternura vengas,




rumbera




buena;




o hacia mi ternura vayas,




rumbera




mala.




No ha de ser larga la espera,




rumbera




buena;




ni será eterna la hacha,




rumbera




mala;




te dolerá la cadera,




rumbera




buena;




cadera dura y sudada,




rumbera




mala... [125]




¡Último




trago!




Quítate, córrete, vámonos...




¡Vamos!








Velorio de Papá Montero

 







Quemaste la madrugada







con fuego de tu guitarra:







zumo de caña en la jícara







de tu carne prieta y viva,







bajo luna muerta y blanca.







El son te salió redondo







y mulato, como un níspero.




 







Bebedor de trago largo,







garguero de hoja de lata.







en mar de ron barco suelto.







jinete de la cumbancha:







¿Qué vas a hacer con la noche,







si ya vio podrás tomártela,







ni qué vena te dará







la sangre que te hace falta,







si se te fue por el caño







negro de la puñalada?




 







¡Ahora sí que te rompieron,







Papá Montero!




 







En el solar te esperaban,







pero te trajeron muerto;







fue bronca de jaladera,







pero te trajeron muerto;







dicen que él era tu ecobio,







pero te trajeron muerto;







el hierro no apareció,







pero te trajeron muerto.




 







Ya se acabó Baldomero:







¡zumba, canalla y rumbero!




 







Sólo dos velas están







quemando un poco de sombra; [127]







para tu pequeña muerte







con esas dos velas sobra.







Y aun te alumbran, más que velas,







la camisa colorada







que iluminó tus canciones,







la prieta sal de tus sones







y tu melena planchada.




 







¡Ahora sí que te rompieron,







Papá Montero!




 







Hoy amaneció la luna







en el patio de mi casa;







de filo cayó en la tierra







y allí se quedó clavada.







Los muchachos la cogieron







para lavarle la cara,







y yo la traje esta noche







y te la puse de almohada.




 



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