Presentación de José Ramón Cantaliso






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títuloPresentación de José Ramón Cantaliso
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De Cantos para soldados y sones para turistas, 19

"Sigue el son"

...Y este es Luis, el caramelero;
y este es Carlos, el isleño,
y aquel negro
se llama Pedro Martínez,
y aquel otro,
Norberto Soto,
y aquella negra de más allá,
Petra Sardá.
Todos viven en un cuarto
seguramente
porque sale más barato.
¡Qué gente,
qué gente tan consecuente!

TODOS A CORO

–Con lo que un turista traga
nada más que en aguardiente,
cualquiera un cuarto se paga!

SIGUE EL SON

...Y la que tose, señores,
sobre esa cama,
se llama Juana:
tuberculosis en tercer grado,
de un constipado
muy mal cuidado.
La muy idiota pasaba el día
sin un bocado.
¡Qué bobería!
¡Tanta comida que se ha botado!

TODOS A CORO

–Con lo que un yanqui ha gastado
no más que en comprar botellas,
se hubiera Juana curado!

TERMINA EL SOL

–Turistas, quédense aquí,
que voy a hacerlos gozar;
turistas, quédense aquí,
que voy a hacerlos gozar,
cantándoles sones, sones,
que no se pueden bailar.

"Presentación de José Ramón Cantaliso"

José Ramón Cantaliso,
canta liso! Canta liso
José Ramón.
Duro espinazo insumiso:
por eso es que canta liso
José Ramón Cantaliso,
José Ramón.

En bares, bachas, bachatas,
a los turistas a gatas
y a los nativos también,
a todos, el son preciso,
José Ramón Cantaliso
les canta liso, muy liso,
para que lo entiendan bien.

Voz de cancerosa entraña;
humo de solar y caña,
que es nube prieta después;
son de guitarra madura,
cuya cuerda ronca y dura
no se enreda en la cintura,
ni prende fuego en los pies.

Otros, con lengua chillona,
cantarán La Chambelona,
pero no José Ramón:
José Ramón no es santero:
ni hace de Papá Montero,
ni pregona El Manisero,
ni está borracho de ron.

Él sabe que no hay trabajo;
que el pobre se pudre abajo,
y que tras tanto luchar,
el que no perdió el resuello,
o tiene en la frente un sello,
o está con el agua al cuello,
sin poderlo remediar.

Por eso, de fiesta en fiesta,
con su guitarra protesta,
que es su corazón también;
y a todos, el son preciso,
José Ramón Cantaliso
les canta liso, muy liso,
para que lo entiendan bien.

De Tengo, 1964

"Tengo"

Cuando me veo y toco
yo, Juan sin Nada no más ayer,
y hoy Juan con Todo,
y hoy con todo,
vuelvo los ojos, miro,
me veo y toco
y me pregunto cómo ha podido ser.

Tengo, vamos a ver,
tengo el gusto de andar por mi pais,
dueño de cuanto hay en él,
mirando bien de cerca lo que antes
no tuve ni podía tener.
Zafra puede decir,
monte puedo decir,
ciudad puedo decir,
ejército decir,
ya míos para siempre y tuyos, nuestros,
y un ancho resplandor
de rayo, estrella, flor.

Tengo, vamos a ver,
tengo el gusto de ir
yo, campesino, obrero, gente simple,
tengo el gusto de ir
(es un ejemplo)
a un banco y hablar con el administrador,
no en inglés,
no en señor,
sino decirle compañero
como se dice en español.

Tengo, vamos a ver,
que siendo negro
nadie me puede detener
a la puerta de un dancing o de un bar.
O bien en la carpeta de un hotel
gritarme que no hay pieza,
una mínima pieza y no una pieza colosal,
una pequeña pieza donde yo pueda descansar.

Tengo, vamos a ver,
que no hay guardia rural
que me agarre y me encierre en un cuartel,
ni me arranque y me arroje de mi tierra
al medio del camino real.
Tengo que como tengo la tierra
tengo el mar,
no country,
no jailáij,
no tenis y no yacht,
sino de playa en playa y ola en ola,
gigante azul, abierto democrático:
en fin, el mar.

Tengo, vamos a ver,
que ya aprendí a leer,
a contar,
tengo que ya aprendí a escribir
y a pensar
y a reir.
Tengo que ya tengo
donde trabajar
y ganar
lo que me tengo que comer.
Tengo, vamos a ver,
tengo lo que tenía que tener.

"Bonsal"

Bonsal llegó en el viento. Este Bonsal
es el Embajador. Animal
ojiazul, peliplúmbeo, de color
rojicarne, que habla un inglés letal.
(¿Cómo se dice? ¿Bónsal? Oh, señor,
es igual).

Sonrisas. Las sonrisas
arden como divisas.
Saludos. Los saludos
son suaves gestos mudos.
Promesas. Las promesas
anuncian largas mesas.
Y el águila imperial.
Y el dólar y el dolor.
Y el mundo occidental.
Bonsal. Este Bonsal
es el Embajador.

¿Qué quiere? Que Fidel
hable un poco con él.
Que la gente medite,
no que proteste o grite.
Que el campesino aquiete
su rifle y su machete.
Que vaya cada cual
a refrescar su ardor
con agua mineral.
Bonsal. Este Bonsal
es el Embajador.

Cuba por fin en calma. No Martí,
no Maceo. Washington es mejor.
¿El general? ¡Oh, no, la capital!
Y continuar así,
como quiere Bonsal,
que es el Embajador.
Noche. Ni un resplandor.
Sopor. Guardia Rural.
¿De acuerdo?
–No, señor.



De Poemas de amor, 1964

"
Un poema de amor"

No sé. Lo ignoro.
Desconozco todo el tiempo que anduve
sin encontrarla nuevamente.
¿Tal vez un siglo? Acaso.
Acaso un poco menos:
noventa y nueve
años.
¿O un mes? Pudiera ser.
En cualquier forma
un tiempo enorme, enorme, enorme.

Al fin, como una rosa súbita,
repentina campánula temblando,
la noticia.
Saber de pronto
que iba a verla otra vez, que la tendría
cerca, tangible, real, como en los sueños.
¡Qué explosión contenida!
¡Qué trueno sordo
rodándome en las venas,
estallando allá arriba
bajo mi sangre, en una
nocturna tempestad!
¿Y el hallazgo, en seguida? ¿Y la manera
de saludarnos, de manera
que nadie comprendiera
que ésa es nuestra propia manera?
Un roce apenas, un contacto eléctrico,
un apretón conspirativo, una mirada,
un palpitar del corazón
gritando, aullando con silenciosa voz.
Después
(ya lo sabéis desde los quince años)
ese aletear de las palabras presas,
palabras de ojos bajos,
penitenciales,
entre testigos enemigos.
Todavía
un amor de «lo amo»
de «usted», de «bien quisiera
pero es imposible»...De «no podemos,
no, piénselo usted mejor»...
Es un amor así,
es un amor de abismo en primavera,
cortés, cordial, feliz, fatal.
La despedida, luego,
genérica,
en el turbión de los amigos.
Verla partir y amarla como nunca;
seguirla con los ojos,
y ya sin ojos seguir viéndola lejos,
allá lejos, y aun seguirla
más lejos todavía,
hecha de noche,
de mordedura, beso, insomnio,
veneno, éxtasis, convulsión,
suspiro, sangre, muerte...
Hecha
de esa sustancia conocida
con que amasamos una estrella.

Ññ
Prólogo

     ¿Prólogo? Sí. Prólogo...

     Pero nada grave, porque estas primeras páginas deben ser frescas y verdes, como ramas jóvenes.

     Realmente, yo soy partidario de colocar los prólogos al final, como si fueran epílogos. Y en todo caso, dejar los epílogos para los libros que no tengan prólogo.

     Por otra parte, un prólogo ajeno tiene cierta intención provisional de cosa prestada. Después de impreso el libro, el autor que le puso al comienzo unas líneas del amigo debe vivir con el sobresalto de que éste se las pida:

     -Dice Menéndez que cuando usted termine con el prólogo. se lo mande...

     Y a lo mejor, es para emplearlo en otra obra. Para prestárselo a otro amigo.

     Mi prólogo es mío.

     Puedo decir, pues -aclarado lo anterior- que me decido a publicar una colección de poemas en virtud de tenerlos ya escritos. En esto soy un poco más honrado que ciertos autores cuando anuncian sus obras sin haber redactado una sola línea de ellas. Casi siempre, dicho anuncio aparece en el primer libro, con un título lleno de goma: «Obras en preparación». Y en seguida, una lista que comprende varios tomos de poesía, crítica, teatro, novela... Todo un mundo de aspiraciones, pero con muy cortas alas para el vuelo. [114]

     No ignoro, desde luego, que estos versos les repugnan a muchas personas, porque ellos tratan asuntos de los negros del pueblo. No me importa. O mejor dicho: me alegra. Eso quiere decir que espíritus tan puntiagudos no están incluidos en mi temario lírico. Son gentes buenas, además. Han arribado penosamente a la aristocracia desde la cocina, y tiemblan en cuanto ven un caldero.

     Diré finalmente que estos son unos versos mulatos. Participan acaso de los mismos elementos que entran en la composición étnica de Cuba, donde todos somos un poco níspero. ¿Duele? No lo creo. En todo caso, precisa decirlo antes de que lo vayamos a olvidar. La inyección africana en esta tierra es tan profunda, y se cruzan y entrecruzan en nuestra bien regada hidrografía social tantas corrientes capilares, que sería trabajo de miniaturista desenredar el jeroglífico.

     Opino por tanto que una poesía criolla entre nosotros no lo será de un modo cabal con olvido del negro. El negro -a mi juicio- aporta esencias muy firmes a nuestro coctel. Y las dos razas que en la Isla salen a flor de agua, distantes en lo que se ve, se tienden un garfio submarino, como esos puentes hondos que unen en secreto dos continentes. Por lo pronto, el espíritu de Cuba es mestizo. Y del espíritu hacia la piel nos vendrá el color definitivo. Algún día se dirá: «color cubano».

     Estos poemas quieren adelantar ese día.

N. G.

     La Habana, 1931. [115]


Pequeña oda a un negro boxeador cubano



Tus guantes




puestos en la punta de tu cuerpo de ardilla,




y el punch de tu sonrisa.




 

El Norte es fiero y rudo, boxeador.




Ese mismo Broadway,




que en actitud de vena se desangra




para chillar junto a los rings




en que tú saltas como un moderno mono elástico,




sin el resorte de las sogas.




ni los almohadones del clinch;




ese mismo Broadway [119]




que unta de asombro su boca de melón




ante tus puños explosivos




y tus actuales zapatos de charol;




ese mismo Broadway,




es el que estira su hocico con una enorme lengua húmeda,




para lamer glotonamente




toda la sangre de nuestro cañaveral.




 

De seguro que tú




no vivirás al tanto de ciertas cosas nuestras,




ni de ciertas cosas de allá,




porque el training es duro y el músculo traidor,




y hay que estar hecho un toro,




como dices alegremente, para que el golpe duela más.




Tu inglés,




un poco más precario que tu endeble español,




sólo te ha de servir para entender sobre la lona




cuanto en su verde slang




mascan las mandíbulas de los que tú derrumbas




jab a jab.




 

En realidad acaso no necesitas otra cosa,




porque como seguramente pensarás,




ya tienes tu lugar.




Es bueno, al fin y al cabo,




hallar un punching bag,




eliminar la grasa bajo el sol,




saltar,




sudar,




nadar, [120]




y de la suiza al shadow boxing,




de la ducha al comedor,




salir pulido, fino, fuerte,




como un bastón recién labrado




con agresividades de black jack.




 

Y ahora que Europa se desnuda




para tostar su carne al sol




y busca en Harlem y en La Habana




jazz y son,




lucirse negro mientras aplaude el bulevar,




y frente a la envidia de los blancos




hablar en negro de verdad.




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