Gerardo piña-rosales, desde una cámara oscura






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fecha de publicación10.03.2016
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GERARDO PIÑA-ROSALES, DESDE UNA CÁMARA OSCURA
Pedro Guerrero Ruiz

Academia Norteamericana de la Lengua Española


Los trabajos investigadores de Gerardo Piña-Rosales sobre teatro, poesía y narrativa, unidos a sus formidables estudios sobre la literatura del exilio español, son tan numerosos y sobresalientes que mencionar aquí alguno sería pecar por defecto sobre los otros. Su bibliografía es muy extensa, tan extensa en investigaciones de literatura hispana como de la lengua española y la presencia de una y otra en Estados Unidos.

Pero Gerardo Piña-Rosales es también creador de fotografía, poesía, cuento y novela. Sobre él, han escrito Rafael Conte, Odón Betanzos, Wenceslao Carlos Lozano, Joaquín Badajoz, Eduardo del Campo, etc. Y todo ello no lo comento sino para decir que estamos ante un hombre científico y humanista, en el que coinciden también los aprecios de una sensibilidad y una lucidez vívida e intelectual extraordinarias.

Pasión por la literatura. Eso es lo que tiene Gerardo. Pasión y devoción. Devoto de la lectura y comunicador de la imaginación, de una imaginación poderosa, incontenida y también perspicaz, llena de rasgos en apariencia surrealistas (ya saben que la vanguardia siempre será hiperrealista, surrealista) que nos llevan por senderos fantásticos y brillantes, concretados en vidas. Palabra sobre palabras, como Machado, e imagen de la vida. La vida que él, Gerardo Piña, ve para nosotros en la fotografía o en la escritura.

Pues de mi propia ceguera, desde el ojo certero de su entrañable narrativa, desde su cámara de fotógrafo, desde ahí, me arrebató su novela, dándome luz ya a partir de su título, Desde esta cámara oscura*, y a través de una cita de Todorov, “… sólo es perfecto aquel para quien el mundo entero es como un país extranjero”. Y ello lo hizo Gerardo Piña descubriéndome la vida de otro fotógrafo, Rafael Bejarano.

Desde esta cámara oscura (Premio de Novela del Ayuntamiento-Casino de Lorca, 2006) es más que una novela. Es una creación de intertextualidad literaria y artística, una ékfrasis. Es una vida ejemplar de un fotógrafo exiliado, una biografía inventada y novelada y una poética humana sufrida en ese exilio interior, verdadero, de un personaje que poca gente conoce pasados los años, de un raro, y, a pesar de sus muchos premios y reconocimientos en México o en Estados Unidos, finalmente un maldito, como lo fue el poeta lorquino Eliodoro Puche, como tantos y tantos que en los años treinta quedaron desmarcados de la España oficial por asuntos de honor y una moralidad a prueba de sobornos políticos.

Gerardo Piña-Rosales vive la vida y las cosas que suceden a su alrededor intertextualmente: narrativa, fotografía, poética, ética, vida ejemplar o biografía novelada… Rafael Bejarano, fotógrafo y escritor, un exiliado en México y después en Nueva York, es conocido –así se explicita en la novela- por el autor-narrador cuando ya vivía solo, divorciado y hasta olvidado de su única hija. Silencio y soledad. El fotógrafo, que en la novela resulta natural de Ronda, vivía en una casa en Tarrytown, que él llamaba “Mi Madriguera”, “un viejo edificio de ladrillo y tejas, rodeado de un inmenso jardín donde crecían salvajes los árboles y plantas”. Todo tan vetusto como amado.

Bejarano es un hombre -al decir del narrador- “alto, huesudo, cargado de espaldas, y con una gafas leoninas y enmarañada barba blanca que le conferían un extraordinario parecido a Walt Whitman. Tras los espejuelos redondos, relampagueaban unos ojos verdigrises, que parecían verlo todo, capturarlo todo, aquilatarlo todo”. Allí vivía nuestro hombre en un sótano de recuerdos y viejas cámaras fotográficas.

La novela es un testamento póstumo y es una vida de la recámara imaginativa del escritor y una narrativa que te apasiona, que te duele, que te molesta, como debe ser la buena narrativa, la que, de alguna manera, nos estremece.

Accede -¿o es todo un invento?- el autor-narrador a unas páginas que le envía Bejarano después de conocerle. Si Bejarano es un personaje real o no es de menor importancia. Pero lo que hace de la novela un espejo de tantos y tantos creadores que tuvieron que organizar su vida fuera de España es lo que Piña-Rosales pretende decirnos. Y lo dice, y nos muestra a un fotógrafo, como él, que habla desde su ojo mediador, la cámara: “Siempre que contemplo mis propias fotografías, se recomponen en mi mente las circunstancias del momento en que fueron tomadas: la intensidad y el matiz de la luz, la complejidad o sencillez de la composición, la profundidad de campo, la distancia focal”. En esa intertextualidad, en esa mirada dual se concentra el poder de la narrativa investigada y creada o descreída de Gerardo Piña-Rosales, la formalización de una estructura cuyo ojo es también un objetivo.

El fotógrafo exiliado de la novela vivió en casi toda América Latina. Viajó, retrató, y obtuvo premios internacionales y reconocimientos excepcionales. Sus recuerdos del exilio, por aquella salida hacia los Pirineos, su etapa en Francia y su separación matrimonial permanecen en el protagonista como una configuración de su propia soledad cuando recuerda su pueblo natal, Ronda, que le lleva, de otra manera, a ver la realidad hasta que vuelve a su antigua casa en los años sesenta.

Por las fechas, la vuelta del personaje a España y desde el exilio coincide -esto lo digo yo- con un maestro suyo de la Escuela Nacional de México, el también exiliado pintor Antonio Rodríguez Luna, al que yo conocí bien en esos años y en su regreso también a España, en muchas tardes del café Lyón de Madrid. Por eso me detuve particularmente en esta vuelta de Bejarano a su país, a España, por lo que tiene de vuelta de vidas consumidas, apagada también entre muchos de los grandes hombres y mujeres del pensamiento, la ciencia y la cultura españolas de nuestra diáspora intelectual, todavía por descubrir, la que no renunció a la II República Española.

Un poco como Alberti, cuando vuelve a su pueblo o cuando recuerda el Museo del Prado, Bejarano confirma la historia del exilio desde la emoción contenida: la dispersión humana, la España peregrina, la guerra incivil, el exilio, el largo periodo fascista, los campos de concentración franceses, México o la voluntad humanista del Presidente Cárdenas.

Los recuerdos de sus cámaras de fotos, los detallismos de sus condiciones técnicas y sus virtudes analógicas y desconocidas por quienes no tenemos formación para ello hacen percibir una estima intelectual y creativa del personaje novelado, el fotógrafo Bejarano, poco común. Y su vocación por la fotografía en aquel país extranjero, de la mano de su tío Salvador, el que le decía: “la fotografía consiste en escribir con la luz; pero para dominar esa caligrafía tan especial es necesario antes hacer muchos palotes, aprender a medir la luz, a sopesarla, a sentirla, para poder trasladar al negativo ese juego de luces y sombras con fidelidad, exactitud y precisión. La calidad de una fotografía -añadía- no depende de la cámara, ni de la lente, ni de la película utilizada, sino de la percepción visual de quien la hace… La fotografía, querido sobrino -terminaba su tío Salvador- es la verificación plástica de un hecho”. Más adelante, y ya determinantemente, Álvarez Bravo le confirmaría lo que nos revela en la novela Piña-Rosales: “La fotografía es una forma de conocimiento, un medio para explorar nuestra conciencia”.

Les invito a conocer la vida, la obra y las situaciones del personaje Rafael Bejarano desde la escritura de Gerardo Piña-Rosales, a indagar algunas situaciones que descubren la importancia de un genial fotógrafo, de una vida. Y no más, porque lo que les importará, supongo, no es leer a quien les escribe de esta novela, sino leerla para poder establecer ese contacto ineludible de la literatura con su intertexto lector.

Fue Bejarano, al decir del autor-narrador, fotógrafo y amigo de Picasso, Buñuel, Casals, Madariaga, Américo Castro, Giral, Max Aub, Albornoz o León Felipe. Manhattan, esa hermosa y metálica caja de Pandora, fue un espejo donde pudo verse con premios internacionales, publicaciones, menciones de honor o exposiciones de excelencia. Pero ese no es motivo de investigación de una novela, tampoco la de Gerardo. Porque al libro (el que ustedes verán acompañado le fotos que nos amigan la idea de los diversos escenarios y acontecimientos de esta ficcionada vida ejemplar, rescatada, de entre otras vidas, por el ojo y la escritura rigurosa de Piña-Rosales) es mucho más de lo que yo digo o no debo decir porque toda novela es una confidencialidad entre el lector y el escritor.

Pero me atrevo a señalar que lo que Gerardo nos ofrece es una historia intervenida por la mano del escritor y una biografía ejemplar de un personaje raro y maldito, los que gustan tanto al escritor como al establecimiento de la materia que lo contiene: Desde una cámara oscura.

Gerardo Piña-Rosales, como todo buen género, también el literario, nunca se gasta y hasta mejora con los años. Por eso nos ofrece historias marginales, vívidas, en el interior de una corteza de globalización que la sentimos como ajena. En esa interioridad y en esa literatura esencial descriptiva (la descripción de Nueva York es de lo más original, certera y dramáticamente poética que jamás he podido leer) nos inunda y nos mantiene conmovidos. Es su trazo insistente, porque conoce los brillos y el dolor de esa literatura del exilio, recreándose ahora en una vida-espejo de su condición también de fotógrafo. Doy fe. Y que ustedes la lean bien.
*Desde esta cámara oscura, Gerardo Piña-Rosales

Editorial Nostrum, Madrid 2006
Lorca (Murcia), 27 de noviembre de 2006




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