~ Rosario Castellanos, 1925 1974






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título~ Rosario Castellanos, 1925 1974
fecha de publicación08.03.2016
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Autorretrato ~ Rosario Castellanos, 1925 – 1974

Yo soy una señora: tratamiento
arduo de conseguir, en mi caso, y más útil
para alternar con los demás que un título
extendido a mi nombre en cualquier academia.
Así, pues, luzco mi trofeo y repito:
yo soy una señora. Gorda o flaca
según las posiciones de los astros,
los ciclos glandulares
y otros fenómenos que no comprendo.
Rubia, si elijo una peluca rubia.
O morena, según la alternativa.
(En realidad, mi pelo encanece, encanece.)
Soy más o menos fea. Eso depende mucho
de la mano que aplica el maquillaje.
Mi apariencia ha cambiado a lo largo del tiempo
—aunque no tanto como dice Weininger
que cambia la apariencia del genio—. Soy mediocre.
Lo cual, por una parte, me exime de enemigos
y, por la otra, me da la devoción
de algún admirador y la amistad
de esos hombres que hablan por teléfono
y envían largas cartas de felicitación.
Que beben lentamente whisky sobre las rocas
y charlan de política y de literatura.
Amigas...hmmm... a veces, raras veces
y en muy pequeñas dosis.
En general, rehuyo los espejos.
Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal
y que hago el ridículo
cuando pretendo coquetear con alguien.
Soy madre de Gabriel: ya usted sabe, ese niño
que un día se erigirá en juez inapelable
y que acaso, además, ejerza de verdugo.
Mientras tanto lo amo.
Escribo. Este poema. Y otros. Y otros.
Hablo desde una cátedra.
Colaboro en revistas de mi especialidad
y un día a la semana publico en un periódico.
Vivo enfrente del Bosque. Pero casi
nunca vuelvo los ojos para mirarlo. Y nunca
atravieso la calle que me separa de él
y paseo y respiro y acaricio
la corteza rugosa de los árboles.
Sé que es obligatorio escuchar música
pero la eludo con frecuencia. Sé
que es bueno ver pintura
pero no voy jamás a las exposiciones
ni al estreno teatral ni al cine-club.
Prefiero estar aquí, como ahora, leyendo
y, si apago la luz, pensando un rato
en musarañas y otros menesteres.
Sufro más bien por hábito, por herencia, por no
diferenciarme más de mis congéneres
que por causas concretas.
Sería feliz si yo supiera cómo.
Es decir, si me hubieran enseñado los gestos,
los parlamentos, las decoraciones.
En cambio me enseñaron a llorar. Pero el llanto
es en mí un mecanismo descompuesto
y no lloro en la cámara mortuoria
ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe.
Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo
el último recibo del impuesto predial.
Self-portrait

I am a señora: a title difficult
to obtain (in my case) and more useful
for mingling with others than a degree
from an institution of higher learning.

Thus I show off my trophy and repeat:
I am a señora. Fat or thin, according
to the position of the stars
the glandular cycles and other
phenomena I do not understand.

Blonde, if I should choose a blonde wig.
Or dark, according to my moods.
(In truth, my hair is graying, graying.)

I am more or less ugly. But that depends
on the hand that applies the makeup.

My appearance has changed with the passage of time--
though not as much as Weininger said about
the changing appearance of genius--. I am mediocre.
That which, on the one hand, spares me enemies;
and on the other, assures me the devotion
of an admirer or two and the friendship
of men who speak incessantly on the telephone
and send long letters of congratulations.
Who slowly sip whiskey on the rocks
and talk of politics and literature.

Woman friends? Why, very seldom

and in small doses.

As a rule I avoid mirrors.
As usual, they would tell me that I dress badly,

that I make a fool of myself
when I try to flirt with someone.

I am Gabriel's mother: you know, that child
who will stand before me one day as a severe judge,
and besides, perhaps, may play the executioner.
Meanwhile, I love him.

I write. This poem. And others. And others.
I pontificate in front of my classes,
I contribute to journals of my specialty,
and, once a week, an article for a newspaper.

I live facing the park. But almost

never do I turn to look at it, nor

do I cross the street

to stroll and breathe and caress

the trees' wrinkled skin.

I know it's obligatory to listen to music,
but I avoid it frequently. I know it's
fine to look at paintings
but I hardly ever go to art shows,
to the premieres at the theater, or the cine-club

I prefer to remain here, as I am now,
reading and, if I turn off the light,
thinking of shadows and other trifles.

I suffer rather by habit, by tradition,
in order not to distinguish myself even more
from my compatriots than for specific reasons.

I would be happy, if I knew how.
That is, if they had taught me the gestures,
the speeches, the embellishments.

Instead they taught me how to weep.
But crying for me is a broken mechanism: I don't
weep in front of the casket, on the sublime
occasion, or when faced by catastrophes.

I cry when I burn the rice or when I lose

the latest receipt for the property taxes.
Arraignment of Men ~ Sor Juana de la Cruz, 1651 – 1691

Silly, you men-so very adept
at wrongly faulting womankind,
not seeing you're alone to blame
for faults you plant in woman's mind.
After you've won by urgent plea
the right to tarnish her good name,
you still expect her to behave--
you, that coaxed her into shame.
You batter her resistance down
and then, all righteousness, proclaim
that feminine frivolity,
not your persistence, is to blame.
When it comes to bravely posturing,
your witlessness must take the prize:
you're the child that makes a bogeyman,
and then recoils in fear and cries.
Presumptuous beyond belief,
you'd have the woman you pursue
be Thais when you're courting her,
Lucretia once she falls to you.
For plain default of common sense,
could any action be so queer
as oneself to cloud the mirror,
then complain that it's not clear?
Whether you're favored or disdained,
nothing can leave you satisfied.
You whimper if you're turned away,
you sneer if you've been gratified.
With you, no woman can hope to score;
whichever way, she's bound to lose;
spurning you, she's ungrateful--
succumbing, you call her lewd.
Your folly is always the same:
you apply a single rule
to the one you accuse of looseness
and the one you brand as cruel.
What happy mean could there be
for the woman who catches your eye,
if, unresponsive, she offends,
yet whose complaisance you decry?
Still, whether it's torment or anger--
and both ways you've yourselves to blame--
God bless the woman who won't have you,
no matter how loud you complain.
It's your persistent entreaties
that change her from timid to bold.
Having made her thereby naughty,
you would have her good as gold.
So where does the greater guilt lie
for a passion that should not be:
with the man who pleads out of baseness
or the woman debased by his plea?
Or which is more to be blamed--
though both will have cause for chagrin:
the woman who sins for money
or the man who pays money to sin?
So why are you men all so stunned
at the thought you're all guilty alike?
Either like them for what you've made them
or make of them what you can like.
If you'd give up pursuing them,
you'd discover, without a doubt,
you've a stronger case to make
against those who seek you out.
I well know what powerful arms
you wield in pressing for evil:
your arrogance is allied
with the world, the flesh, and the devil!

Hombres necios que acusáis

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.

Si con ansia sin igual 
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego con gravedad 
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
al niño que pone el coco 
y luego le tiene miedo.

Queréis con presunción necia
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Tais,
y en la posesión, Lucrecia. 

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis
que con desigual nivel
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada?

Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y queja enhorabuena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga 
o el que paga por pecar?

¿Pues para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar
y después con más razón
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo 
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.

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