Edad,raza, clase y sexo: las mujeres redefinen la diferencia. 1980






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fecha de publicación29.01.2016
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Edad,raza, clase y sexo: las mujeres redefinen la diferencia. 1980. Audre Lorde

en “La hermana, la extranjera”. Artículos y conferencias. Horas y horas, Madrid, 2004.

Buena parte de la historia europeo-occidental nos condiciona para que veamos las diferencias humanas como oposiciones simplistas: dominante/dominado, bueno/malo, arriba/abajo, superior/inferior. en una sociedad donde lo bueno se define en función de los beneficios y no de las necesidades humanas, siempre debe existir algún grupo de personas a quienes, mediante la opresión sistemática, se lleve a sentir como si estuvieran de más y a ocupar el lugar de los seres inferiores deshumanizados. En nuestra sociedad dicho grupo está compuesto por las personas Negras y del Tercer Mundo, por la gente de clase trabajadora, por las ancianas y por las mujeres.

En mi condición de feminista Negra, lesbiana y socialista de cuarenta y nueve años, madre de dos hijos, uno de ellos varón, y miembro de una pareja interracial, suelo encontrarme incluida en diversos grupos definidos con diferentes, desviados, inferiores o sencillamente malos. En la sociedad estadounidense siempre se ha pedido a los miembros de los grupos oprimidos y cosificados que se esfuercen por salvar el abismo que separa la realidad de nuestra vida de la conciencia de nuestro opresor. Porque como objeto de sobrevivir, aquellos para quienes la opresión es tan genuinamente norteamericana como la tarta de manzana, siempre nos hemos visto obligados a ser buenos observadores y a familiarizarnos con el lenguaje y las maneras del opresor, y a veces incluso a adoptarlos para lograr una ilusoria protección. Siempre que se plantea la necesidad de entablar una supuesta comunicación, quienes se benefician de nuestra opresión nos piden que comparamos con ellos nuestros conocimientos. Dicho de otro modo, enseñar a los opresores cuáles son sus errores es responsabilidad de los oprimidos. Yo soy la responsable de educar a los profesores que desprecian la cultura de mis hijos en el colegio. Las personas Negras y del Tercer Mundo son responsables de educar a la gente blanca para que reconozca nuestra humanidad. De las mujeres se espera que eduquen a los hombres. De las lesbianas y los gays que eduquen al mundo heterosexual. Los opresores conservan su posición y eluden la responsabilidad de sus propios actos. Y hay una sangría continua de energías a las que se podría dar mejor uso si se dirigieran a la redefinición de nuestro propio ser y a la planificación realista de los medios para modificar el presente y construir el futuro.
El rechazo institucionalizado de la diferencia es una necesidad básica para una economía de beneficio que necesita de la existencia de un excedente de personas marginales. Esa economía en la que vivimos nos ha programado a todas para que reaccionemos con miedo y odio ante las diferencias que hay entre nosotros y las manejemos de una de estas tres maneras: haciendo como si no existieran; si ello no es posible, imitándolas cuando pensamos que son dominantes; o destruyéndolas si las consideramos subordinadas. Pero no poseemos modelos de relación igualitarios para afrontar las diferencias. En consecuencia, las diferencias reciben nombres falsos y se ponen al servicio de la segregación y la confusión.
Entre nosotros existen a todas luces diferencias muy reales en cuanto a la raza, la edad y el sexo. Mas no son esas diferencias las que nos separan. Lo que nos separa es, por el contrario, nuestra negativa a reconocer las diferencias y a analizar las distorsiones que derivan de darles nombres falsos tanto a ellas como a sus efectos en la conducta y las expectativas humanas.
Racismo, creencia en la superioridad inherente de una raza con respecto a las demás y, por tanto, en su derecho a dominar. Sexismo, creencia en la superioridad inherente de un sexo y, por tanto, en su derecho a dominar. Heterosexismo. Elitismo. Clasismo. Discriminación por la edad.
Debe ser objetivo permanente de cada una de nosotras eliminar estas distorsiones de nuestra vida y, al mismo tiempo, reconocer, reclamar y definir las diferencias que constituyen la base sobre la cual se nos imponen dichas distorsiones. Porque todas nos hemos educado en el seno de una sociedad donde dichas distorsiones eran endémicas en nuestro modo de vida. Con excesiva frecuencia canalizamos las energías necesarias para reconocer y analizar las diferencias hacia la tarea de fingir que las diferencias son barreras infranqueables o que sencillamente no existen. Y ello resulta en el aislamiento voluntario o en conexiones falsas, engañosas. En ambos casos no desarrollamos los medios para utilizar las diferencias humanas como trampolín que nos empuje hacía el cambio creativo de nuestra vida. Y, en lugar de hablar de diferencias, hablamos de desviaciones.
En algún lugar, al filo de la conciencia, está eso que yo denomino norma mítica, una norma con la que en realidad sabemos que no nos identificamos. En Estados Unidos, la definición de dicha norma suele ser: blanco, delgado, varón, joven, heterosexual, cristiano y con medios económicos. Quienes nos mantenemos al margen del poder solemos identificarnos de una manera que nos hace diferentes y presuponemos que tal identificación es la causa básica de toda opresión, con lo que nos olvidamos de otras distorsiones relativas a la diferencia, algunas de las cuales tal vez practiquemos. En el movimiento de mujeres actual, lo habitual es que las mujeres blancas se centren en su opresión en tanto que mujeres y pasen por alto las diferencias de raza, preferencias sexuales, clase y edad. La palabra hermandad lleva implícita una supuesta homogeneidad de experiencias que en realidad no existe.

Las diferencias de clase no reconocidas privan a las mujeres de energía y la visión creativa que podrían proporcionarse mutuamente. Hace poco tiempo, el colectivo de una revista de mujeres adoptó la decisión de publicar un número que incluyera sólo prosa, alegando que la poesía era una manifestación literaria menos “rigurosa” y menos “seria”. Ahora bien, la manera en la que se plasma nuestra creatividad viene muchas veces determinada por la clase social. La poesía es la más económica de todas las manifestaciones artísticas. Es la más oculta, la que requiere menor trabajo físico y menos materiales, y la que puede realizarse entre turnos de trabajo, en un rincón de la cocina del hospital o en el metro, utilizando cualquier trozo de papel. Estos últimos años, mientras escribía una novela y pasaba apuros económicos, llegué a comprender que hay una enorme diferencia entre las exigencias materiales de la poesía y las de la prosa. Ya que reclamamos una literatura propia, hay que decir que la poesía ha sido la voz principal de los pobres, de la clase obrera y de las mujeres de Color. Puede que para escribir prosa sea necesario disponer de una habitación propia, pero además también hacen falta unas resmas de papel, una máquina de escribir y mucho tiempo. Los requisitos de la producción de las artes visuales también contribuyen a determinar en términos de clase a quién pertenece cada forma artística. En estos tiempos en que los materiales tienen unos precios abusivos, ¿ quiénes son nuestros escultores, nuestros pintores y nuestros fotógrafos? Cuando hablamos de una cultura de mujeres de amplia base, hemos de ser conscientes de los efectos que tienen las diferencias económicas y de clase en la adquisición de los medios necesarios ara producir arte.
Tratamos de crear una sociedad en la que todos podamos avanzar, pero la discriminación basada en la edad es una distorsión de las relaciones que interfiere en nuestra visión. Al hacer caso omiso del pasado, favorecemos la repetición de los errores. El “abismo generacional” es un arma social importante para cualquier sociedad represora. Si las personas jóvenes de una comunidad consideran que los mayores son despreciables, sospechosos o superfluos, nunca serán capaces de sumar fuerzas con ellas para analizar la memoria viva de la comunidad, ni tampoco de preguntar “¿Por qué?”. De ello se deriva una amnesia histórica que nos mantiene ocupados con la necesidad de inventar la rueda cada vez que salimos a comprar pan en la tienda de la esquina.
Nos vemos en la necesidad de repetir y volver a aprender las lecciones que ya sabían nuestras madres porque no transmitimos lo que aprendemos o porque somos incapaces de escuchar. ¿Cuántas veces se ha dicho lo que ahora estoy diciendo? Por otra parte, ¿ quién podría haber imaginado que nuestras hijas permitirían que volvieran a atormentar y encorsetar sus cuerpos con fajas, tacones altos y faldas de tubo?.
Hacer caso omiso a las diferencias de raza que hay entre las mujeres y las implicaciones que tienen representa la amenaza más seria para la movilización conjunta del poder de las mujeres.

Si las mujeres blancas olvidan los privilegios inherentes a su raza y definen a la mujer basándose exclusivamente en su propia experiencia, las mujeres de Color se convierten en las “otras”, en extrañas cuya experiencia y tradición son demasiado “ajenas” para poder comprenderlas. Un ejemplo de esto es la notoria ausencia de la experiencia de las mujeres de Color en los cursos consagrados a las mujeres. La literatura de las mujeres de Color rara vez se incluye en los cursos de literatura de mujeres y prácticamente nunca en otros cursos de literatura o en los estudios generales sobre las mujeres. La excusa que se esgrime muy a menudo es que la literatura de las mujeres de Color sólo puede ser enseñada por mujeres de Color, o bien que es demasiado difícil de comprender, o que no se puede “desentrañar” en una clase porque procede de experiencias “demasiado diferentes”. He oído esta argumentación en boca de mujeres por lo demás de preclara inteligencia, mujeres a quienes se diría que no plantea el menor problema enseñar y analizar la obra procedentes de experiencias tan enormemente diversas como las de Shakespeare, Molière, Dostoievski o Arristófanes. Sin duda debe de haber otra explicación.
Aunque la cuestión sea muy compleja, creo que uno de los motivos de la gran dificultad que, para las mujeres blancas, entraña la lectura de la obra de mujeres Negras, es que las mujeres blancas son remisas a verlas como mujeres y a la vez como diferentes. El análisis de la literatura de las mujeres Negras requiere, en efecto, que se nos vea como un grupo con todas nuestras complejidades -como individuos, como mujeres, como seres humanos-, en lugar de sustituir la verdadera imagen de las mujeres Negras por los estereotipos problemáticos pero familiares que proporciona la sociedad. Y, en mi opinión, lo mismo puede decirse con respecto a la literatura de otras mujeres de Color.
La literatura de todas las mujeres de Color recrea la textura de nuestras vidas y muchas mujeres blancas están empeñadas en pasar por alto las auténticas diferencias. Pues si se considera que la inferioridad de una de las partes es consustancial a la diferencia, el reconocimiento de ésta puede acarrear sentimientos de culpa. Permitir que las mujeres de Color se quiten de encima los estereotipos provoca un sentimiento de culpa en la medida en que amenaza la cómoda situación de las mujeres que ven la opresión como una cuestión exclusivamente relacionada con el sexo.

Negarse a reconocer las diferencias impide ver los diversos problemas y peligros a los que nos enfrentamos las mujeres.
En la estructura de poder patriarcal, uno de cuyos puntales es el privilegio de tener la piel blanca, no se emplean los mismos engaños para neutralizar a las mujeres Negras y a las blancas. Así, por ejemplo, las estructuras de poder utilizan con facilidad a las mujeres Negras en contra de los hombres Negros, no porque sean hombres, sino porque son Negros. Es por ello que las mujeres Negras hemos de tener muy presente en todo momento que hay que separar las necesidades de opresor de los legítimos conflictos que hay en el seno de nuestras comunidades. Las mujeres blancas no tienen este problema. Las mujeres y los hombres Negros han compartido y siguen compartiendo la opresión racista, pero de distintas maneras. La opresión compartida nos ha hecho desarrollar defensas conjuntas y vulnerabilidades comunes que no tienen una réplica en la comunidad blanca, excepción hecha de la relación entre las mujeres y los hombres judíos.
Por otra parte, a las mujeres blancas se les tiende la trampa de inducirlas a unirse al opresor con el supuesto de compartir el poder. Posibilidad que les está vetada a las mujeres de Color. Las cuotas mínimas de participación que a veces se nos ofrecen no son una invitación a sumarnos al poder; la visible realidad de nuestra “otredad” racial así lo demuestra con palmaria claridad. Las mujeres blancas tienen a su disposición un abanico más amplio de supuestas alternativas y recompensas por identificarse con el poder patriarcal y sus armas.
En estos tiempos en que ERA se ha venido abajo, la economía pasa por estrecheces y el conservadurismo va en aumento, las mujeres blancas son más propensas que las mujeres Negras a caer en la peligrosa trampa de creer que si eres lo suficientemente buena, guapa y dulce, si enseñas a tus hijos buenos modales, detestas a quienes hay que detestar y te casas con un buen partido, se te permitirá coexistir en relativa paz con el patriarcado, al menos hasta que un hombre necesite tu puesto de trabajo o te cruces con el violador del barrio. Es cierto que, a no ser que se viva en las trincheras, resulta difícil recordar que la guerra contra la deshumanización nunca cesa.
Mas las mujeres Negras y nuestras hijas sabemos que la violencia y el odio forman parte inextricable de las trampa de nuestras vidas y que no hay descanso posible. No sólo nos enfrentamos a ellos en las barricadas o en los oscuros callejones, ni en los lugares donde nos atrevemos a verbalizar nuestra resistencia. Para nosotras, la violencia está cada vez más entretejida con nuestro vivir cotidiano, la encontramos en el supermercado, en clase, en el ascensor, en el hospital o en el patio del colegio, en la relación con el fontanero, con el panadero, con la dependienta, con el conductor del autobús, con el cajero del banco o con la camarera que se niega a servirnos.
Las mujeres compartimos algunos problemas y otros no. Vosotras teméis que vuestros hijos, al hacerse mayores, sumen fuerzas con el patriarcado y testifiquen en contra vuestra; nosotras tememos que saquen a rastras a nuestros hijos de un coche y les peguen un tiro en medio de la calle, y vosotras volveréis la espalda a los motivos por los que nuestros hijos hayan muerto.
La amenaza de la diferencia también ha cegado a las personas de Color. Quienes somos Negros debemos comprender que la realidad de nuestra vida y nuestra lucha no nos hace inmunes al error de hacer caso omiso a las diferencias o llamarlas con nombres erróneos. El racismo es una realidad viva en el seno de la comunidad Negra y muchas veces las diferencias que hay entre nosotros se consideran peligrosas o sospechosas. Muy a menudo, la necesidad de unidad se interpreta erróneamente como una necesidad de homogeneidad, y la visión feminista Negra se toma como una traición a nuestros intereses comunes como pueblo. La permanente batalla contra la aniquilación de la raza, librada en conjunto por las mujeres Negras y los hombres Negros, es la causante de que algunas mujeres Negras continúen negándose a reconocer que también estamos oprimidas como mujeres y que la hostilidad sexual contra las mujeres Negras no es patrimonio exclusivo de la sociedad racista blanca, pues también ocurre en las comunidades Negras. Es una enfermedad que golpea el corazón de la nación Negra y el silencio no la hará desaparecer. Exacerbada por el racismo y por las tensiones generadas por el desvalimiento, la violencia contra las mujeres y niñas Negras se convierte muchas veces en norma y medida de la virilidad en nuestras comunidades. Sin embargo, rara vez se alude a estos actos de odio contra la mujer cuando se habla de los crímenes contra las mujeres Negras.
El grupo de mujeres de Color es el peor remunerado de la población activa de Estados Unidos. Somos asimismo el objetivo número uno del abuso del aborto y la esterilización, tanto aquí como en el extranjero. En algunas regiones de África, a las niñas pequeñas se les sigue cosiendo la vulva para mantenerlas dóciles y al servicio del placer de los hombres. Se denomina circuncisión femenina y no es una cuestión cultural, como se empeñaba en afirmar el difunto Jomo Kenyatta, sino un crimen contra las mujeres Negras.
La literatura de las mujeres Negras está impregnada de dolor causado por las frecuentes agresiones sufridas, no sólo a manos del patriarcado racista, sino también de los hombres Negros. Ahora bien, la lucha conjunta, que es una necesidad y un hecho histórico, nos ha hecho particularmente vulnerables a la falsa acusación de que ser antisexista es ser antinegro. Entretanto, el odio a la mujer como recurso para descargar la frustración generada por el desvalimiento va restando fuerzas a nuestras comunidades Negras y a nuestras vidas. Cada vez hay más violaciones denunciadas y no denunciadas, y la violación no es una forma agresiva de sexualidad sino una agresión sexualizada. Tal como señala el escritor Negro Kalamu ya Salaam: “ Mientras exista la dominación masculina, también existirá la violación. Sólo la revuelta de las mujeres y la toma de conciencia de sus responsabilidades en la lucha contra el sexismo por parte de los hombres podrán acabar con las violaciones”.

Las diferencias existentes entre las mujeres Negras también reciben nombres falsos y se emplean para separarnos a unas de otras. Siendo como soy una feminista lesbiana y Negra que se siente cómoda con los diversos y numerosos ingredientes de su identidad, así como una mujer comprometida con la liberación racial y sexual, me encuentro una y otra vez en la situación de que se me pida que extraiga de mí misma uno de los aspectos de mi ser y lo presente como si fuera un toso, eclipsando y negando las demás partes que me componen. Pero vivir así es destructivo y fragmentario.

Para concentrar mis energías necesito integrar todas las partes de lo que soy, sin ocultar nada, permitiendo que el poder que emana de las distintas fuentes de mi existencia fluya libremente entre mis distintos seres, sin el impedimento de una definición impuesta desde fuera. Sólo así puedo ponerme a mí misma, con todas mis energías, al servicio de las luchas a las que me entrego y que forman parte de mi vida.
El miedo a las lesbianas, o a ser tachada de lesbiana, ha llevado a muchas mujeres Negras a testimoniar en contra de sí mismas. A algunas nos ha llevado a entablar alianzas destructivas, a otras nos ha llevado a la desesperación y al aislamiento. En las comunidades de mujeres blancas, el heterosexismo es a veces el resultado de la identificación con el patriarcado blanco y constituye un rechazo de esa interdependencia de las mujeres identificadas con las mujeres que permite que sean ellas mismas en lugar de estar al servicio de los hombres. Otras veces refleja el empecinamiento en la creencia de que las relaciones heterosexuales sirven de protección, y aún otras en un reflejo del odio hacia nuestra propia persona que nos ha sido inculcado desde la cuna y contra el que debemos luchar.
Estas actitudes están presentes en alguna medida en todas las mujeres, más en las mujeres Negras donde se encuentran mayores resonancias del heterosexismo y de la homofobia. Pese a que los vínculos entre mujeres cuenten con una larga y honorable historia en las comunidades africanas y afroamericanas, y a pesar de los logros y conocimientos demostrados por muchas mujeres Negras identificada con las mujeres, fuertes y creativas, que han destacado en las esferas política, social y cultural, las mujeres Negras heterosexuales tienden a desdeñar o a hacer caso omiso de la existencia y la obra de las lesbianas Negras. Esta actitud deriva en parte de un comprensible terror contra las represalias masculinas en el estrecho ámbito de la sociedad Negra, donde el castigo contra cualquier intento de autoafirmación por parte de la mujer sigue siendo que te acusen de lesbiana y, en consecuencia, de no merecer las atenciones no el apoyo de los hombres Negros, que son un bien escaso. Mas la necesidad de estigmatizar o relegar al olvido a las lesbianas Negras también deriva de un miedo muy real a que las mujeres Negras identificadas con las mujeres, que han dejado de depender de los hombres para definirse a sí mismas, puedan llegar a reorganizar nuestro concepto de las relaciones sociales.
Las mujeres Negras que en su día insistían en que el lesbianismo era un problema de las mujeres blancas, se empeñan ahora en que las lesbianas Negras son una amenaza para la nación Negra, ya que son aliadas del enemigo y una negación de lo que es ser Negro. Estas acusaciones, lanzadas por las mujeres en las que precisamente buscamos una comprensión real y profunda , han inducido a muchas lesbianas Negras a mantenerse ocultas, atrapadas entre dos fuegos: el racismo de las mujeres blancas y la homofobia de sus hermanas. Su obra se suele desdeñar, trivializar o estigmatizar, como les ha sucedido a Angelina Grimke, Alice Dunbar-Nelson y Lorraine Hansberry. Y, sin embargo, las mujeres vinculadas a otras mujeres, ya fueran nuestras tías solteras o las amazonas de Dahomey, siempre han contribuido a conformar el poder de las comunidades Negras.
Y, ciertamente, no son las lesbianas Negras quienes agreden a las mujeres y violan a las niñas y a las abuelas en las calles de nuestras comunidades.

En todo el país las lesbianas Negras están en la vanguardia de los movimientos contra la violencia sufrida por las mujeres Negras; lo estuvieron, por ejemplo, en las protestas que se desencadenaron en Boston en la primavera de 1979 tras el asesinato no resuelto de doce mujeres Negras.

¿Qué aspectos concretos de nuestras vidas debemos analizar y modificar con objeto de contribuir a que se produzca un cambio? ¿Cómo redefinimos las diferencias? No son nuestras diferencias las que nos separan, sino la renuncia a reconocer las diferencias y a desmontar las distorsiones derivadas de hacer caso omiso de las diferencias o de llamarlas por el nombre que no les corresponde.
Uno de los mecanismos de control social consiste en inducir a las mujeres a otorgar legitimidad a una sola área de las diferencias humanas, las que existen entre las mujeres y los hombres. Y todas hemos aprendido a enfrentarnos a esas diferencias con la premura que caracteriza la actitud de cualquier subordinado oprimido. Todas hemos tenido que aprender a trabajar y a coexistir con los hombres, empezando por nuestros padres. Hemos reconocido las diferencias y nos hemos adaptado a ellas, incluso cuando reconocerlas suponía perpetuar el viejo modelo de relaciones humanas dominante/dominado, según el cual el oprimido debe aceptar la diferencia del amo si quiere sobrevivir.
Pero nuestra supervivencia futura depende de nuestra capacidad para relacionarnos en un plano de igualdad. Si las mujeres deseamos lograr un cambio social que no se quede en los aspectos meramente superficiales, habremos de arrancar de raíz los modelos de opresión que hemos interiorizado. Debemos reconocer las diferencias que nos distinguen de otras mujeres que son nuestras iguales, ni inferiores ni superiores, y diseñar los medios que nos permitan utilizar las diferencias para enriquecer nuestra visión y nuestras luchas comunes.
El futuro de la Tierra puede depender de la capacidad de las mujeres para identificar y desarrollar nuevas definiciones del poder y nuevos modelos de relación entre las diferencias. Las viejas definiciones no han sido beneficiosas para nosotras ni para la tierra que nos sustenta. Los viejos modelos, aun hábilmente retocados para imitar el progreso, siguen condenándonos a incurrir en una repetición camuflada de las relaciones de siempre, del sentimiento de culpa de siempre, del odio, la recriminación, los lamentos y la desconfianza.
Pues llevamos incorporadas las viejas pautas que nos marcan unas expectativas y unas formas de respuesta, las viejas estructuras de opresión, y todo esto tendremos que modificarlo a la vez que modificamos las condiciones de vida que son consecuencia de dichas estructuras. Pues las herramientas del amo nunca desmontan la casa del amo.
Tal como lo explica brillantemente Paulo Freire en “Pedagogía de los oprimidos” , el verdadero objetivo del cambio revolucionario no es sólo la situación de opresión de la que pretendemos liberarnos, también lo es esa parte del opresor que nos ha sido implantada en nuestro interior y que sólo conoce las tácticas de los opresores y las relaciones de los opresores.
Todo cambio comporta un crecimiento y el crecimiento puede ser doloroso. Mas al mostrar nuestro ser mediante la lucha y el trabajo compartidos con aquéllas a quienes definimos como diferentes y a las que, no obstante, nos unen unos objetivos comunes, vamos consiguiendo perfilar mejor la definición de nosotras mismas. Esta puede ser la vía de la supervivencia para todas las mujeres, Negras o blancas, mayores o jóvenes, lesbianas o heterosexuales.

Nos hemos escogido como compañeras

para compartir el filo de nuestras batallas

la guerra es sólo una

si la perdemos

llegará el día en que la sangre de las mujeres

cubrirá, reseca, un planeta muerto

si vencemos

ya sabéis que buscamos

más allá de la historia

una relación nueva y mejor.”

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