Si se compara la situación que encontraron los conquistadores y colonizadores españoles en el territorio colombiano con la que presentaban a comienzo del siglo






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El período colonial

 

Los orígenes


Si se compara la situación que encontraron los conquistadores y colonizadores españoles en el territorio colombiano con la que presentaban a comienzo del siglo XVI otros lugares del continente como México, Perú o el Río de la Plata, el historiador encuentra numerosos contrastes que contribuyen a explicarle la peculiaridad del desarrollo social y económico de lo que ha llegado a ser la República de Colombia.

Lo primero que salta a la vista, es que no hubo en el actual territorio de Colombia culturas prehispánicas de la amplitud, unidad y densidad de las que hallaron los españoles en México o el Perú. Si la comparación se efectúa con la región del Río de la Plata o del Brasil y aun de territorios vecinos que durante la época colonial aparecen íntimamente ligados al Nuevo Reino de Granada como el de Venezuela, encontramos en el territorio colombiano una población indígena más numerosa, formando un conjunto de culturas que por su potencial demográfico, su cultura y su organización social fueron capaces de resistir con mayor voluntad de sobrevivencia al impacto de la conquista y de aportar más significativos elementos indígenas a la formación de la nueva sociedad resultante del proceso de aculturación y fusión que se produjo durante los siglos XVI y XVII.
Al iniciarse la conquista española, desde el punto de vista demográfico, el territorio colombiano presentaba una situación intermedia entre la encontrada por los españoles en México y el Perú y la que caracterizaba a los últimos territorios americanos antes mencionados. Los cálculos más recientes, aunque todavía discutibles, le atribuyen una población indígena fluctuante entre los 3 y los 4 millones de habitantes aborígenes, en contraste con los 25 a 50 millones a que pudo llegar la población prehispánica de México o a los 10 millones que pudo tener el imperio de los Incas. Esos 3 o 4 millones de indígenas del territorio colombiano, estaban reducidos a poco más de 600 mil hacia las primeras décadas del siglo XVII y a unos 130.000 al finalizar el siglo XVIII. La rápida desaparición de su población aborigen y un intenso proceso de mestizaje iniciado desde la segunda mitad del siglo XVI, explican el hecho histórico de que en Colombia, la huella indígena sea relativamente débil y en cambio, muy vigorosa la marca de lo hispánico. Esta población indígena estaba representada por una pluralidad de culturas de muy diverso desarrollo, que probablemente estaban en proceso de unificación al producirse la conquista, pero que no llegaron a constituir un imperio como el peruano o el mexicano de los aztecas.

Ocupaban las culturas prehispánicas de Colombia un territorio de complejísima geografía y muy difícil intercomunicación, circunstancia que gravitó sobre el desarrollo de la nueva sociedad a través de su período colonial y que ha seguido gravitando sobre el desarrollo moderno de Colombia. Situado en plena zona tropical, sin el complejo sistema de montañas andinas que lo atraviesan de sur a norte, el territorio colombiano tendría un clima cálido y altamente húmedo, muy semejante al de la actual selva amazónica o al de algunos países tropicales africanos como el Congo. Las tres grandes cordilleras en que se dividen los Andes suramericanos al cruzar la frontera de Colombia y el Ecuador, modifican la climatología colombiana creando una gama muy variada de climas de altura, cálidos en los valles y cuencas hidrográficas, suaves en las laderas cordilleranas medias, fríos y apropiados para el desarrollo, de la vida humana en las altas mesetas como la Sabana de Bogotá, donde se encuentra el epicentro de su desarrollo histórico y la actual capital de la nación. Fragoso, áspero, doblado y enfermo, son los adjetivos usados por los cronistas de la conquista para caracterizar el territorio de lo que será el Nuevo Reino de Granada.
La comunicación y el transporte a través de esta barroca geográfica, ha sido el mayor obstáculo para el desarrollo colombiano, sobre todo, si se tienen en cuenta dos factores: el débil y lento desarrollo demográfico del país durante el período colonial y todavía en el siglo XIX, y el hecho de que su poblamiento, por circunstancias muy particulares de su historia, se hizo a partir del interior andino del territorio, asiento de su más densa población indígena y de sus más desarrolladas culturas, como la chibcha, lo que significaba mano de obra para la explotación de los nuevos territorios, donde además estaban ubicadas sus mejores tierras agrícolas.

También alejadas de los mares y de las vías de acceso a los puertos estaban colocados sus más ricos territorios mineros como los de Antioquia y el Cauca.
Las enormes dificultades del transporte desde el hinterland hasta los puertos marítimos y de unas regiones a otras que tuvo el país durante las tres centurias de la historia colonial, que sólo empezaron a superarse en la segunda mitad del siglo XIX con el establecimiento de la navegación a vapor por el río Magdalena y el todavía incipiente desarrollo de los ferrocarriles, ha tenido para el desarrollo económico de Colombia numerosos efectos negativos, entre los cuales deben destacarse dos: el alto costo de sus productos, sea de los destinados a los mercados externos o a los internos y a la lentitud conque se ha formado un mercado nacional. Algunos datos generales pueden dar un indicio de la magnitud del problema. Uno de ellos, la distancia entre los principales núcleos urbanos del interior y los puertos marítimos del Atlántico. Bogotá, la capital de la Audiencia primero, luego del Virreinato y de la República, esta a 1.088 kilómetros; Medellín y su contorno, el principal centro minero de los siglos XVI, XVII y XVIII y en la Colombia moderna su segundo centro industrial, a 950; Bucaramanga y sus territorios aledaños, importante centro de manufacturas textiles en el período colonial, a 700 kilómetros.

La comunicación de los distintos centros poblados al río Magdalena, la arteria fluvial que recorre el país de sur a norte y es la vía natural de acceso a los puertos del Atlántico, se hizo durante la colonia y hasta muy avanzado el período republicano por caminos estrechos, escarpados, atravesando regiones de intensas lluvias que los mantenían en condiciones deplorables, hasta el punto de ser intransitables por mulas y caballos y sólo ser posible el transporte con peones cargueros. Tal era el caso de los caminos que comunicaban la región minera de Antioquia con el río Magdalena, por los cuales se hacía la introducción de las mercancías importadas de España o de la región oriental del Reino que la abastecía de lienzos, cordelería, batanes, sal, harinas y ganado; o el de los caminos que comunicaban el oriente manufacturero y agrícola con el occidente minero, que servía de mercado al ganado de las dehesas de la Sabana de Bogotá, del Tolima y del Huila. Los problemas afrontados por el transporte de las harinas producidas en las ricas tierras agrícolas de Cundinamarca y Boyacá (Bogotá y Tunja), durante el período colonial, fue típico de este estado de aislamiento y de fragmentación del mercado. Cartagena y los puertos del Atlántico consumían harinas europeas y americanas, porque las del interior del país resultaban más caras debido a los altos costos del transporte y además, llegaban en mal estado a su lugar de destino dadas la duración del viaje y las primitivas condiciones de los medios de transporte. El viaje de Cartagena al centro del país duraba de seis a ocho semanas y de tres a cuatro, el de éstos a los puertos del Atlántico. Colombia hubo de esperar hasta el siglo XX para tener un sistema de transporte, que asegurara la intercomunicación regular de sus diversas regiones y permitiera la formación de un verdadero mercado nacional y racionalizara su comercio exterior de importaciones y exportaciones.
Otro ejemplo de la poca colaboración que la naturaleza ha prestado al desarrollo colombiano ha sido su escasa, casi podríamos decir, nula atractividad para el inmigrante. En efecto, Colombia es quizás el país latinoamericano en cuya formación nacional, la inmigración ha tenido menor significado. Cuando a mediados del siglo XIX, se abrió paso en América Latina la política de poblar a base de inmigrantes europeos, Colombia no fue extraña a ella. Los gobernantes de la segunda mitad del siglo hicieron todo lo posible por atraerlos: establecieron libertad de cultos, pusieron en práctica una política ilimitadamente generosa de concesión de tierras baldías, concedieron estímulos tributarias a las inversiones y para los inmigrantes, todo con pobrísimos resultados. El país no pudo gozar de esta barata inversión de capital ni de la economía que pudo significar la crianza de los millones de inmigrantes que se establecieron en Argentina, Uruguay, Brasil meridional y Chile en la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del presente. El trópico era una muralla; las guerras civiles y la inestabilidad política la reforzaron y ello explica uno de los rasgos más característicos del desarrollo histórico colombiano, de su formación social y de su cultura: Colombia ha sido un país formado casi exclusivamente a base del mestizaje indo-español, un país sin inmigrantes, cuyo desarrollo económico y social ha sido producido desde dentro y a partir de sus propios recursos humanos. Es pues, ésta, otra medida de las dificultades que su geografía ha puesto a sus generaciones sucesivas.
Para dificultar su tarea de llegar a ser una nación dentro de los modelos de la civilización occidental que para bien o para mal adoptó, se han agregado los resultados de tres siglos de colonialismo que dejaron como herencia una población rural depravada biológica y culturalmente y una clase dirigente en general pobretona, sin inmigración ni grandes ambiciones, conforme con un tipo de vida tradicional basado en las rentas territoriales, en los modestos ingresos de la burocracia y en un limitado comercio.
Las bases económicas
Dentro del cuadro de la economía colonial hispanoamericana, la Audiencia de Nueva Granada (actual Colombia), elevada a la categoría de virreinato en 1739, tuvo esencialmente una economía minera, casi exclusivamente productora de oro, pues la plata representó en su producción un papel secundario. Desde la iniciación de la conquista y a través de los tres siglos de vida colonial, el oro fue su primero y casi único artículo de exportación, no obstante que en la segunda mitad del siglo XVIII, la política de los reyes borbones hizo un esfuerzo por diversificar las exportaciones estimulando la producción de géneros agrícolas como el tabaco, el algodón, el cacao, las maderas tintóreas, las quinas, etc. Pero los resultados fueron modestos, pues al finalizar el siglo sólo llegaron a representar un 10% del comercio de exportación.

Cinco grandes polos de desarrollo tuvo la minería colombiana colonial, cuatro de ellos, los de mayor importancia, localizados en el centro y el occidente del país. En el oriente sólo hubo un pequeño distrito minero ubicado cerca a las ciudades de Pamplona y Bucaramanga que entró en decadencia desde las primeras décadas del siglo XVII. Los distritos mineros del centro y occidente eran:

1. El antioqueño, que incluía los centros mineros de Zaragoza, Cáceres, Guamoco, Remedios y Buriticá.

2. La que podríamos llamar zona central, correspondiente a los actuales departamentos de Caldas, Valle y Tolima comprendía centros mineros como Anserma, Supía, Marmato, Arma, Cartago y Mariquita.

3. El Chocó que cubría la costa pacífica al norte de Buenaventura y las cuencas fluviales de los ríos San Juan y Atrato.

4. La zona del sur, localizada en los actuales departamentos del Cauca, Nariño y Huila, su costa pacífica y sus cuencas fluviales. Incluía esta zona las minas de Barbacoas, Almaguer, La Plata, Timaná y Caloto.

Estos cuatro grandes distritos mineros gravitaban administrativamente alrededor de las ciudades de Antioquia y Popayán. Allí residían los grandes propietarios de minas y a ellas afluía el mayor volumen de movimiento económico inducido por la producción minera. En la segunda mitad del siglo XVI la alta productividad de las minas dio a la Nueva Granada el prestigio casi legendario de gran productor de oro. En las décadas que van de 1570 a 1610 los yacimientos de Antioquia dieron sus mayores rendimientos y las exportaciones promedio sobrepasaron, para el conjunto de la Audiencia, la cifra del millón de pesos anuales, sin incluir el cuantioso contrabando que en éste, como en los siglos posteriores, pudo calcularse en un ciento o cuando menos en un 50% del oro legalmente registrado. Para ese período no había llegado a su clímax la disminución de la población indígena, aunque ya estaba altamente diezmada, especialmente en esta provincia, y los cuantiosos botines recogidos, en las operaciones de saqueo a los indígenas y sus santuarios religiosos, así como los capitales hechos en lucrativo comercio de la conquista, permitieron la aplicación de considerables capitales a la explotación de las minas.
Pero una vez explotados los más fáciles y superficiales aluviones y vetas, la productividad empezó a descender, con ritmo desigual en los diferentes distritos, pero con una tendencia que no deja duda sobre el comienzo de una profunda crisis, que se inicia hacia 1630 y está en su plenitud a mediados del siglo. La penuria de mano de obra, que afectaba no sólo a las minas sino a las haciendas y a la producción agrícola, produjo el encarecimiento de los abastos. La fuga de capitales hacia sectores más lucrativos como el comercio, hizo descender las inversiones en obras hidráulicas más necesarias, justamente a medida que se agotaban los yacimientos más fácilmente explotables. La falta de caudales tampoco hacía viable la sustitución de la mano de obra indígena por esclavos negros que a los precios de la época resultaban costosos.
El hecho es que, a través de todo el siglo XVII y en la primera mitad del XVIII, los mineros del occidente neogranadino y los funcionarios reales, se quejan permanentemente de la decadencia de las minas por falta de brazos y carencia de caudales para adquirir nuevos esclavos. Un minero poseedor de una cuadrilla de 30 esclavos era una excepción en Antioquia, donde, el mayor volumen de la producción era aportada por los pequeños mineros, propietarios cuando más de dos o tres esclavos, o por los lavadores de oro independientes, los innumerables "mazamorreros" que dieron a la minería de Antioquia el carácter popular y constituyeron el activo agente de cambio social que han destacado varios historiadores de la región, particularmente Alvaro López Toro, en su ensayo Migración y Cambio Social en Antioquia.

La falta de capitales fue también la causa del estancamiento y descenso de la tecnología minera. Para 1776 el gobernador de la Provincia, Francisco Silvestre, hacía anotar que en Antioquia se hallaban abandonadas las minas filón y que sólo se explotaban aluviones y placeres. El molino de minerales era desconocido y el azogue ya no se usaba en la producción de la plata. Antioquia adquirió entonces fama de ser la más pobre provincia del Reino.
La prolongada depresión del sector minero, sólo empezó a superarse en las primeras décadas del siglo XVIII, cuando entraron en explotación los yacimientos auríferos del Chocó, donde un grupo de ricos hacendados y comerciantes de Popayán y Cali

-Arboledas, Mosqueras, Gómez de La Aspriella, Caicedos, Garceses, Piedrahítas, etc.- pudieron emplear cuadrillas de más de 50 a 100 esclavos.
Alternativas muy semejantes sufrieron los agricultores y el comercio en el mismo período, puesto que dependían de los ciclos de prosperidad o depresión del sector minero. La agricultura en particular fue afectada directamente por el descenso de la población indígena. Ya desde fines del siglo XVI, la escasez de brazos era un problema para las haciendas, aun en las zonas en que la población aborigen fue menos rápidamente diezmada, como fueron las tierras de Cundinamarca y Boyacá. Hacendados y mineros vivieron en disputa por el control de la limitada mano de obra indígena, que tampoco en el caso de la agricultura, pudo ser sustituida por esclavos negros, debido también a la limitación de capitales de los terratenientes. Sólo unos pocos grandes propietarios de la Costa Atlántica, del Cauca y del Valle del Cauca, pudieron disponer de recursos para trabajar sus haciendas de ganado y caña con mano de obra esclava. La tecnología agrícola, escasamente sobrepasaba los niveles de la agricultura indígena prehispánica y los de la Edad Media española. Como lo observaba a fines del siglo XVIII Pedro Fermín de Vargas, el arado de hierro era prácticamente desconocido, tan desconocido como las técnicas de abono y el riego. La clase de los hacendados, por otra parte, rutinaria y ausentista, demostró en general poco espíritu innovador y hasta poca ambición económica. Con pocas excepciones, la hacienda granadina produjo apenas para mercados locales y es muy significativo que no hubiera aparecido en la Nueva Granada, durante el período colonial, la gran plantación azucarera, tabacalera o cacaotera, capaz de producir excedentes para la exportación, como existió en otros territorios del imperio español como México y aun la capitanía de Venezuela.
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