Departamento de lengua castellana: literatura






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La Historia

        La literatura romántica es en gran parte histórica. Se interesó por la historia nacional como fuente de inspiración, a diferencia de los clasicistas. Algunas obras historicistas son mero divertimento, pero otras quieren abordar los problemas y sentimientos del tiempo del autor, de modoque la historia se convierte en espejo reflector del presente: Macías, de Larra; La conjuración de Venecia, de Martínez de la Rosa. El señor de Bembibre, de Gil y Carrasco, forma parte de un grupo de obras analtecedoras del ideal regionalista del momento, en este caso de exaltación de El Bierzo (León); pero también hay que tener en cuenta las creaciones románticas catalanas, donde el pasado sirve para reivindicar una lengua y una cultura moribundas. 
    Dentro del medievalismo triunfante reviste importancia el mundo árabe, oriental. El orientalismo de los románticos europeos cobra en España un matiz patriótico pues el mundo árabe era parte de nuestra historia, así por ejemplo las intrigas decadentes del reino de Valencia en Los amantes de Teruel de Hartzenbusch.

    2. Los sentimientos

        2.1. El amor

        Fue uno de los valores clave para nuestros románticos. No el amor racional y sometido al control de lo conveniente, sino un amor desatado, furioso y ciego, que tiene poco que ver con la realidad y que se ha convertido en un fenómeno subjetivo, de carácter posesivo y neurótico. Este sentimiento se reviste del tono sentimental o del pasional. El primero es una actitud melancólica, de tristeza íntima, de ensueño irrealizable del alma tímida del poeta frente a una amada imposible: Pastor Díaz, Gil y Carrasco y, luego, Bécquer. 
    El amor pasión lo encarna Larra. Surge de repente y se plantea en términos de todo o nada. Rompe las convenciones sociales en nombre de la libertad de amar. Suele acompañarlo la muerte trágica, como en Don Álvaro de Rivas, El trovador de García Gutiérrez o Los amantes de Teruel de Hartzenbusch. También, si no acaba trágicamente, le sucede el desengaño, la desilución, la ironía romántica o el cinismo de Campoamor. 
    Muy poco frecuente fue el amor erótico, que se complace en el gozo sexual y en su descripción, como hizo Arolas. 
    La mujer es vista como un "ángel de amor", inocente, hermosa, fuente de ilusiones para el corazón del hombre, a quien lleva a cimas de felicidad y virtud, como la Teresa de Espronceda. Es el ideal femenino. Pero también puede ser el polo opuesto, un demonio, perversa, criminal y vengativa, que arrastra a la muerte y a la destrucción. Doña Inés del Tenorio frente a la Zoraida de Los amantes de Teruel.

    Junto a la mujer víctima de los rigores del amor y de la sociedad (Doña Leonor de Don Álvaro o Elvira de Espronceda) emerge la mujer que lucha por su felicidad, que junta su destino al hombre frente al padre (doña Inés), y la que venga sus agravios (Azuzena, de El Trovador).

        2.2. La religión

        Se presenta a los románticos como sentimiento o como institución. En el primer caso se trata de un Dios inconcreto y universal, espíritu del universo. No parece haber entre los románticos españoles profundidad y sinceridad en su deísmo, y sí, sin embargo, abundantes dudas. 
    Aparece la rebeldía frente a Dios, que ha hecho al hombre tan desgraciado, y, en consecuencia, la reivindicación de Satanás. El satanismo encontró eco en El diablo mundo de Espronceda y en Don Juan Tenorio, de Zorrilla y en Don Álvaro de Rivas. 
    Como institución, la Iglesia suscitó el anticlericalismo en muchas obras, como en El moro expósito de Rivas; o los curas degenerados de El diablo mundo. Por ello escritores como Larra proponen desfanatizar la religión, reducirla al ámbito de la conciencia inividual e instaurar la libertad de cultos. 
    Como lado positivo, se descubrió la belleza del arte cristiano: templos medievales, tradiciones marianas, etc. Zorrilla despertó viejos milagros, leyendas populares, devotas creencias, etc. 
  
        2.3. La vida

        Fue para los románticos no un bien, sino un mal. Almas atormentadas en busca de un ideal inalcanzable, la inadaptación y la soledad son sus compañeras. El pesimismo lo envuelve todo: 
 

          1. Y encontré mi ilusión desvanecida

          2. y eterno e insaciable mi deseo:

          3. palpé la realidad y odié la vida.

          4. Sólo en la paz de los sepulcros creo.

          5.  

          6.                                                 (Espronceda, A Jarifa en una orgía)

    El tiempo mina la juventud, el desengaño el amor. La vida y el misterio del más allá, la injusticia y el dolor en la sociedad. Vivir, ¿para qué? Una angustiosa melancolía, una incontrolable desesperación: el "mal del siglo", hastío, cansancio de vivir. Los románticos, perdida la fe en Dios e incapaces de creer en la razón, como los ilustrados, operan en el vacío: el inmenso vacío del silencio divino.

    Este desprecio por la vida lleva a buscar aventuras y riesgos donde se pueda perder, como don Álvaro tras su fracaso. Así, la muerte es la gran amiga de los románticos; es la libertadora, la que trae la paz al alma atormentada: sobre la tumba romántica, el ciprés y la luna ponen una nota de serenidad. Por eso se busca el suicidio, como don Álvaro en la literatura y Larra en la vida real.

    3. Conflictos sociales

    La literatura romántica es muy comprometida. El artista, capaz de vivir de su pluma, liberado de la tutela del mecenas aristocrático, toma postura ante los problemas de la sociedad. Considera que tiene una misión social. Profeta de los tiempos modernos. Ángel caído, añora otra patria más pura, y hace ver a los demás el ideal. Espronceda o Zorrilla sintieron esta misión. 
    Se exige la libertad en todos los ámbitos: político, sentimental, artístico. Se convierte al pueblo en depositario del poder y se critica el absolutismo. Pero también se recela del pueblo cuando se convierte en revolucionario. Es el ideal liberal y burgués. Se prefiere al Yo, al individuo, frente a la organización. Con Rousseau se piensa que la sociedad es mala aunque necesaria, y que el individuo es pervertido por ella. Tal es la tesis de El diablo mundo de Espronceda. De ahí que se admire a tipos marginales y rebeldes que no se integran, como el bandolero, el trovador o el mendigo. 
    Es importante el sentimiento humanitario hacia el desgraciado el pobre, la víctima. Se siente compasión hacia el deforme o el tarado. Se clama contra la pena de muerte y el estado de las cárceles. Se intenta entender al criminal. Toda esta actitud es fruto del respeto al individuo, a la persona. 
    Se cultiva el nacionalismo español (galofobia) pero también el regionalismo de Cataluña, Galicia y el País Vasco, que reclaman la revalorización de sus lenguas y culturas.

Estética

    El romanticismo renovó los recursos artísticos del arte y de la literatura.

    1. Color local

        En su búsqueda del hombre concreto, del individuo, de sus circunstancias, los románticos conceden gran importancia al entorno. Por eso cuidan los fondos escenográficos, el lugar de la acción, el ambiente. Se ha llamado a esto color local, el gusto por lo particular frente al univresalismo clasicista. 
    La naturaleza se prefiere salvaje, agreste. No el jardín sino el bosque peligroso, que acaba triunfando sobre el hombre y sus obras. Se prefiere la noche, la primavera y el otoño, porque buscan la correspondencia entre los estados emocionales y el paisaje. Así, la noche puede presidir el amor con la luna como confidente, o poblarse de fantasmas, espectros y ladridos de perro buscando el efecto terrorífico y sobrenatural. La primavera simboliza el amor y la gloria, mientras que el otoño sugiere el desengaño y la derrota. 
    En las ciudades se revaloriza lo humilde y sencillo y el arte medieval árabe o gótico. Por eso se escogen ciudades artísticas cargadas de historia y tradición como Toledo o Granada, o se muestra la ermita abandonada, el campo sencillo, el pueblo derruido rodeado de silvestres florecillas.

    2. Fantasía

    Controlada por el clasicismo, renace la fantasía con los románticos, que tienden, más allá de la utilidad práctica, a romper los límites estrechos de la realidad y remontar el vuelo hacia las regiones inmensas de la imaginación. El desencanto, la angustia existencial se produce porque la realidad no llega jamás a conformarse con la imaginación. Clarín, en La regenta trata este tema que ya había novelado antes Cervantes en Don Quijote. 
    La fantasía gusat de lo misterioso y sobrenatural. Personajes de origen desconocido como don Álvaro, situaciones ambiguas o zonas confusas donde se pierden los límites entre lo creíble y lo increíble: presentimientos, voces o clamores vagos, apariciones del más allá, etc. O milagros, como en Zorrilla. 
    La fantasía recurre al sueño y a la visión, anunciando la exploración del subsconciente. El sueño positivo se relaciona con el paraíso, y pasó a ser sinónimo de lo deseado: sueños de amor y de gloria. El sueño negativo o pesadilla, como en El estudiante de Salamanca de Espronceda anuncia lo peor, la muerte, el fracaso.

    3. Tipos

    Los románticos han creado más tipos planos, fijos, que personajes con variación psicológica cuyo comportamiento depende de las circunstancias y que no es siempre predecible. El personaje romántico suele ser de una pieza, como determinado por su esencia, con unos sentimientos que responden a una manera de ser. 
    El héroe romántico responde a la configuración byroniana: apasionado, orgulloso, enamorado, perseguido por la fatalidad, escéptico, caballeroso y noble. Don Álvaro es el modelo. 
    El antihéroe romántico es taimado y cruel; insensible, frío y calculador. Puede ser representante de una autoridad inflexible y ciega, como el padre que marca el destino de su hija. 
    Para ambos tiene mucha importancia el gesto, generalmente grandioso, que dramatiza el conflicto o muestra una manera de ser: don Álvaro se suicida: don Juan desafía al cielo. 
    Los tipos románticos y costumbristas no retratan al individuo singular, sino un modo de ser, pues se busca más el símbolo que el sujeto.

    4. Lenguaje

    El romanticismo cambió los procedimientos expresivos. Eliminó el sistema de referencias neoclásicas (mitología) y optó por nombre y espacios reales. En nombre de la libertad rechazó la distinción entre palabras nobles y plebeyas, expresión dle pueblo. Se sustituyó el ideal de precisión lógica por el de colorido y expresividad. 
    Se creó un vocabulario romántico, extremado: "maldición, sonrisa infernal, profundos fosos, gasas transparentes..." 
    El nuevo estilo es, fundamentalmente, enfático: signos de interrogación y exclamación, puntos supensivos, hinchazón retórica. Nada de sencillez: exceso verbal. Ironía, burla del artista de su obra, etc. 
    Propugnaron un estilo castizo frente al afrancesamiento léxico.

El romanticismo español: historia

    1. Los orígenes

    La polémica Böhl de Faber-Mora: Aunque antes de 1814 ya habían penetrado en la península algunos elementos románticos como el ossianismo, el mal del siglo o la sensibilidad ante la naturaleza, es ese año el que marca el primer paso firme hacia el nuevo movimiento con la polémica sostenida entre Böhl, alemán establecido en Cádiz, y Mora, ilustrado. El alemán defendía a Calderón de la Barca y el romanticismo, mientras Mora se le oponía en nombre del buen gusto y del arte clásico. Es la primera escaramuza entre clásicos y románticos.

    El Trienio liberal (1820-23): España volvió en 1820 al liberalismo por tres años. En tan corto espacio de libertad aparecieron tres hitos románticos: Mis ratos perdidos (1822) de Mesonero Romanos, primera manifestación del costumbrismo; El Europeo (1823-24), periódico cultural con colaboradores españoles, ingleses e italianos: intento cosmopolita de difusión de los grandes autores románticos, de sus doctrinas y de la vida literaria europea. Y, finalmente, la primera novela histórica original española, Ramiro, conde de Lucena (1823), de Humara y Salamanca, que incorpora rasgos típicamente románticos como el medievalismo, el orientalismo árabe y el sentimentalismo.

    La ominosa década (1824-1833): El recrudecimiento del absolutismo borbónico frenó el desarrollo del romanticismo. Con la censura y la falta de libertad rebrota el neoclasicismo y muchos liberales se ven forzados a emigrar a París o Londres, donde se convierten en románticos y contribuyen, al volver a la muerte del rey, al triunfo del romanticismo en España. 
    Dentro del país aumentan las traducciones de Byron, Scott y otros románticos gracias al editor valenciano Cabrerizo y al barcelonés Bergnes de las Casas. Larra publica sus periódicos costumbristas a partir de 1828, y en Barcelona aparece El Vapor, que reúne a los románticos catalanes y en donde se publica la "Oda a la Patria" de Aribau. 
    Es tiempo de sociedades y tertulias, como la liberal "Los numantinos", en la que Espronceda y sus amigos hacían política liberal y exaltada. En torno a una mesa del Café del Príncipe se formó en 1829 la importante tertulia romántica El Parnasillo. 
    En 1828 publica Agustín Durán su Discurso, donde defiende el teatro antiguo español frente a las descalificaciones clasicistas con criterios románticos. Publicó, asimismo, sus importantes Romanceros populares antiguos. 
    En 1829, Donoso Cortés pronunció un Discurso de apertura en el Colegio de Humanidades de Cáceres, defendiendo al romanticismo como esencia europea frente al clasicismo. 
    En 1830 publica Ramón López Soler Los bandos de Castilla, imitación de Scott y continuadora de la novela histórica autóctona. Martínez de la Rosa estrena Abén Humeya en París y publica La conjuración de Venecia con unos Apuntes sobre el drama histórico, que va abriendo paso al género histórico en el teatro. 
    Se dan a conocer a partir de 1828 los costumbristas Larra, Mesonero y Estébanez Calderón e impulsan el género. 
    Comienza la reivindicación de las lenguas y culturas catalana y gallega.

    2. El triunfo romántico

    Para Peers no hubo tal: el romanticismo duró apenas diez años. Apareció con Don Álvaro y terminó con Don Juan. Le sucedió un eclecticismo que seleccionaba lo bueno de ambos bandos (clásicos y románticos) y entronizaba el justo medio. 
         Pero la generación romántica cambió, en diez años, el panorama cultural y literario español. Acabó con las reglas clasicistas y el afrancesamiento, impuso la libertad expresiva. Larra, Espronceda, Rivas o Zorrilla son los padres de la modernidad literaria española. 
    Poco público lector y la pervivencia de la censura hacen difícil la vida del escritor. A diferencia de París o Londres, era muy complicado vivir exclusivamente de la pluma, y el escritor tenía que combinar su oficio literario con el periódico, el empleo público o la política. La literatura, las letras, frecuentemente no eran sino un medio para conseguir destinos más jugosos. No fue posible, en general, el escritor puro, independiente, como Larra, Zorrilla o Espronceda. Y la literatura se tornó acomodaticia tras el triunfo del liberalismo. 
    El pensamiento y la literatura gozó de gran prestigio social durante el romanticismo. A ello contribuyeron en Madrid dos instituciones creadas por entonces: el Ateneo (1835) y el Liceo (1837). Ambos centros culturales difundieron las más novedosas ideas y fueron ejemplo de tolerancia ideológica. 
    Las disputas entre clásicos y románticos se agudizaron a partir de 1833. En 1834, además del estreno de Macías, de Larra, y de La conjuración de Venecia de Martínez de la Rosa, el Duque de Rivas publicó El moro expósito con un prólogo de Alcalá Galiano que pasa por ser un manifiesto romántico. 
    El estreno de Don Álvaro en 1835 desató una enconada reacción por parte de los clasicistas, que atacaron la obra. Los románticos contaban con una revista militante fundada en 1835, El Artista, desde la que defendieron el teatro romántico y atacaron a los clasicistas. Espronceda publicó en él su celebrada sátira "El pastor clasiquino". 
    Los clasicistas achacaban al romanticismo su inmoralidad, y poco a poco los románticos, ya en el poder, fueron moderándose, como demuestra la revista No me olvides, continuadora de El Artista, donde colaboran Zorrilla, Hartzenbusch y Campoamor. Donoso Cortés intenta conciliar ambas tendencias, lo que fue difícil, como evidencian los nuevos ataques de Lista a los románticos. 
    Contra los excesos románticos proliferaron también famosas sátiras como las de Larra ("El casarse pronto y mal"), Gorostiza ("Contigo pan y cebolla"), Bretón de los Herreros ("Todo es farsa en este mundo") y Mesonero Romanos ("El romanticismo y los románticos"). Se satiriza al romántico tal y como la moda lo había caracterizado: melenudo, ojeroso, pálido, leyendo versos a la luna. 
    El romanticismo reaccionó contra la rígida separación de géneros clasicista en nombre de la libertad y la naturalidad. Se proclamó el derecho a mezclar los géneros y se negaron las reglas que querían encauzar el genio. Se consagró el relativismo como principio fundamental de la creación literaria. En el teatro se puso de moda el drama, en el que se funden elementos tr´sgicos y cómicos; se toleró en él la poesís lírica; se mezcló prosa y verso y sólo solía respetarse la unidad de acción. En poesía se mezcló también el tono serio con el festivo, introduciendo la ironía como recurso apto para expresar el desengaño romántico. Se experimetó con la métrica y se aceptaron todo tipo de palabras, incluso las consideradas antipoéticas o vulgares. Espronceda cultivó el diálogo dramático en sus poemas narrativos, y sus héroes épicos ya no tenían por qué ser aristócratas: podían pertenecer al pueblo. 
    Los románticos inventaron el fragmento, expansión espontánea del alma del artista desgajada de todo cuerpo unitario.

El teatro romántico

    Varios ingenios del periodo romántico cultivaron la comedia moratiniana de costumbres. Fue Bretón de los Herreros el mejor, junto a Gil y Zárate, Ventura de la Vega, etc. Éste último la transformó con resortes románticos, la situó en esferas sociales elevadas y así creó la "alta comedia" con El hombre de mundo (1845). 
    Sobrevivió el melodrama dieciochesco (La conjuración de Venecia, de M. de la Rosa) y se cultivó la tragedia, la comedia ligera o vaudeville (Scribe) y la comedia de magia, de inmenso éxito (La pata de cabra, de Grimaldi). 
    El drama romántico trajo la novedad de intentar ser un drama natural y no artificial, verdadero, reflejo de la vida. Un drama que quiso ser guía social, defendiendo la libertad y la autenticidad, comprometido con los derechos del hombre, dispuesto a establecer la conciencia del individuo por encima de leyes escritas. El drama romántico fue eminentemente social, enraízado en los conflictos de su tiempo, ante los cuales asumió una actitud. Contrastó la estructura social existente con los principios nuevos en busca de un mundo mejor, más feliz. Normalmente condenó a la sociedad española arcaica, conservadora. 
    Defendieron la libertad frente a la represión tiránica obras como La conjuración de Venecia (1834) de M. de la Rosa, Simón Bocanegra (1843) de García Gutiérrez y Juan Lorenzo (1865), del mismo autor. 
    La lucha de clases, la brutalidad de las dominantes y la opresión sobre los debiles son temas tratados en Dón Álvaro (1835) de Rivas y El trovador (1836) de García Gutiérrez. 
    Se proclama la primacía del individuo sobre los códigos morales en Macías (1834) de Larra, Los amantes de Teruel (1837) de Hartzenbusch o Don Juan Tenorio (1844) de Zorrilla. 
    Todo ello desató la enemiga de los sectores conservadores, que veían estos personajes e ideas como horrendos y monstruosos. 
    Este teatro social fue, sin embargo, historicista. Lejos de la vida coetánea, al pasado llevaron los problemas y desde él analizaron el presente. Se trata, pues, de un drama histórico. Pero la Historia no les interesó demasiado en sí misma, sino como lección relacionada con temas aplicables al presente. 
    Vacilaron los románticos entre el empleo del verso o la prosa en sus dramas históricos. Se impuso la solución usada en Don Álvaro de mezclar verso y prosa, como en Shakespeare. 
    El drama romántico tuvo su vigencia entre 1834-1844, y su triunfo ocasionó reacciones adversas literarias, por no ajustarse a las reglas, y sociales, por propagar ideas disolventes. Se criticaba, sobre todo, la influencia dañina francesa de Hugo y Dumas, a quienes se traducía. 
    Se abogó por un teatro nacional que estudiara las costumbres del dia y no la historia pasada. Es la dirección que inauguró Ventura de la Vega con El hombre de mundo. La "alta comedia" discutía problemas actuales sin ropajes historicistas. En conclusión, el drama romántico transformó la escena española y se recicló en la "alta comedia".

La poesía romántica

    La lírica romántica desterró el amaneramiento y superficialidad de la poesía neoclásica. El poeta podía dejar volar libremente su fantasía sin sujetarse a modelos ni normas, buscando tan sólo la expresión auténtica de su alma, sus sentimientos más sinceros. Lo importante era ser original y dejarse llevar por la inspiración y no imitar o elaborar trabajosamente las formas. 
    El Yo halló en la poesía el cauce ideal para desnudarse sentimentalmente en un neurótico exhibicionismo: hablar de sí mismo, de sus ilusiones, amores; o proyectándose hacia los demás, de su compasión por los oprimidos, de sus preocupaciones políticas, de su visión de un mundo en libertad. 
    Surgió una poesía subjetiva amorosa, moral y social. Peor la intimidad se enfatiza, se habla a gritos, con una excesiva retórica. Pocos pulsaron la cuerda del intimismo menor, tal vez Gil y Carrasco y, después, Bécquer y Rosalía. 
    1840 es el año excepcional: Poesías de Espronceda, Ternezas y flores de Campoamor, Poesías de Pastor Díaz, Poesías caballerescas y orientales de Arolas. En 1841: Poesías de Gómez de Avellaneda. Después vendría Zorrilla. 
    Abundó la poesía satírica y festiva en autores como Martínez Villergas. Floreció la poesái narrativa en consonancia con la revitalización del Romancero antiguo: El estudiante de Salamanca y El diablo mundo de Espronceda, los Cantos del trovador de Zorrilla y los Romances históricos del Duque de Rivas. Son poemas largos y filosóficos o cortos (romances, leyendas o cuentos). La leyenda la practicó Zorrilla en sus Cantos del trovador. Vagamente histórica, a veces inventada, por lo general se centra en tradiciones folclóricas o literarias ligadas a lugares famosos, mezclando historia y fantasía, usando lo maravilloso y lo misterioso, el milagro y lo sobrenatural, etc. 
    La poesía romántica, al expresar un ideal y un mundo interior se pobló de símbolos para expresar el misterio, la melancolía y el amor imposible. Símbolos muchas veces tomados de la Naturaleza, como las hojas caídas (desilusión). Además, el colorido descriptivo exigió un lenguaje sonoro, musical y pictórico. 
    Desaparece la mitología clasicistas y aparece la nórdica (sílfides, walkirias) ossianica. 
    El romanticismo propugnó utilizar todas las variaciones métricas existentes. La polimetría fue práctica frecuente, como las escalas ascendentes y descendentes de Espronceda. Los románticos liberaron a la poesía de las limitaciones preceptistas. Abundó la silva, el endecasílabo agudo, la octava real, el terceto en la epístolas y la lira. La estrofa más popular fue el cuarteto y el verso octosílabo cobró vigencia junto a la redondilla y la quintilla del teatro. Espronceda popularizó la octavilla aguda en la Canción del pirata.

La novela

    El romanticismo puso de moda la novela histórica y la novela social o de costumbres, en la línea de Scott, Hugo y Dumas. Como Sancho Saldaña de Espronceda y El doncel de Don Enrique el doliente de Larra en 1834. El Señor de Bembibre de Gil y Carrasco en 1844, y muchas más: Navarro Villoslada, García de Villalta, Escosura, Estébanez, etc. 
    Son novelas ambientadas en la Edad Media, melodramáticas, como las de Scott, novelista muy admirado en España. Las hay superficialmente históricas y comprometidas, que buscan iluminar el presente a través de ejemplos pasados. 
    Se cultivó el regionalismo novelesco, buscando una identidad perdida y una exaltación de la historia local, como en los casos de Cortada, López Soler, Gil y Carrasco y Navarro Villoslada. 
    La novela social y de costumbres se inicia en la década de 1840, sobre la base de traducciones de Balzac, Dumas, Sand o Sue. El gran novelista social español fue Ayguals de Izco, introductor de Sue, preocupado por los problemas de la clase obrera. Popularizó la novela folletín o por entregas, hoy llamada folletinesca, melodramática, cuyos temas eran históricos, obreristas y sexuales. Su novela más conocida fue María o la hija de un jornalero (1845), cuya protagonista es acosada por un clérigo y un noble.

El Costumbrismo

    Entre 1820-1830 sobresalen Larra, Mesonero y Estébanez en revistas y periódicos. Publican sus Artículos (Larra, 1835-37), Panorama matritense (Mesonero, 1835) y Escenas andaluzas (Estébanez, 1846). A ellos se suman otros escritores: Antonio Flores, Modesto Lafuente, etc. Y un libro colectivo: Los españoles pintados por sí mismos, de 1834-44. 
    Por un lado los costumbristas pretendían salvar un mundo que se iba, el alma castiza de la nación. Por otro, testimoniar un mundo cambiante y defender a España de la visión de los extranjeros, algo deformada, con una descripción de sus tipos y costumbres realista. También censurar los defectos de la sociedad española. Larra era crítico profundo y Mesonero más superficial. 
    La importancia del costumbrismo romántico fue grande. Con sus métodos de observación y análisis de la realidad abrió el camino a la novela realista.

3. Paradigmas españoles del Yo romántico

Tres escritores en particular -Larra, Rivas y Espronceda- forjaron imágenes del Yo en el mundo moderno que, a la vez que relacionaban los paradigmas europeos de la subjetividad romántica, también creaban los modelos de subjetividad que serían predominantes en la literatura española. 
  
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