Calendario manual y Guía de forasteros en Chipre para el carnaval del año de 1768 y otros






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José Cadalso y Vázquez

(Cádiz, 1741-Gibraltar, 1782)

Ambos autores relacionados con Goya











Nacido en el seno de una familia burguesa, se educó con los Jesuitas en Madrid y París, e ingresó en la carrera militar. Como militar alcanzó el grado de coronel, poco antes de su fallecimiento en el sitio de Gibraltar.

José Cadalso mantuvo estrechas relaciones de amistad con algunos de los mejores literatos de su tiempo, Leandro Fernández de Moratín, y los poetas de la llamada “escuela salmantina”.

Su obra literaria incluye un volumen de poesías titulado Ocios de mi juventud (publicado en 1773), y un par de obras satíricas: el Calendario manual y Guía de forasteros en Chipre para el carnaval del año de 1768 y otros , que se difundió manuscrita; y Los eruditos a la violeta o Curso completo de todas las ciencias … (1772). También se sintió interesado por el género teatral aunque con no demasiada fortuna. Se conservan la tragedia Don Sancho García (1771), y Solaya o los circasianos (descubierta y publicada muy recientemente). Se le atribuye también una obra titulada La Numantina , nunca recuperada.

Una de sus obras más conocidas son las Cartas Marruecas (publicadas en el Correo de Madrid entre 1788 y 1789, y en 1793 en volumen). A partir de un fingido intercambio de cartas entre dos marroquíes y un español se critican variados temas relacionados con la España de su tiempo, desde una perspectiva ilustrada: la evolución histórica, la crítica de costumbres contemporáneas, el carácter de los españoles, los males que aquejan al país, etc.

Su otra obra importante es las Noches Lúgubres (aparecida en El Correo de Madrid entre 1789 y 1790, y en volumen en 1792). Se ha considerado como una aportación temprana al romanticismo español, y presenta reflexiones sobre la existencia humana, bastante pesimistas. En todo caso, fue una obra de enorme éxito y difusión.












Gaspar Melchor de Jovellanos 1744-1811

Gaspar Melchor de Jovellanos (Gijón, 5 enero 1744 / Puerto de Vega, Navia, 28 (?) noviembre 1811) es, junto con Fray Benito J. Feijoo, el escritor e ilustrado más reconocido del Siglo de las Luces español. Como escritor fue poeta, dramaturgo, crítico de arte y de literatura; analista de problemas jurídicos, políticos, económicos, históricos; pedagogo y teórico de la educación; promotor de temas asturianos y gran conocedor de la historia, la jurisprudencia, y la cultura española.

Entre sus obras pueden destacarse, El delincuente honrado (drama de 1773), las Epístolas de Jovino a sus amigos salmantinos y A sus amigos de Sevilla, A Batilo, y la Epístola del Paular, las sátiras A Arnesto, y el conjunto de sus Cartas (1767-1811) y de su Diario (en catorce cuadernos: 1790-1811). Si bien las obras que le van a dar el reconocimiento nacional y la proyección internacional son: Memoria para el arreglo de la policía de los espectáculos y diversiones públicas, y sobre su origen en España (1790), Informe en el expediente de la Ley Agraria (1794) –obra con la que se encumbra en la opinión de la época y de la posteridad–, Memoria sobre la educación pública (1801), Memorias histórico-artísticas de arquitectura (1804-1808) y Memoria en defensa de la Junta Central (1811).

Cabe distinguir en su vida siete etapas:

  1. infancia y años de formación (1744-67),

  2. etapa sevillana (1768-78),

  3. etapa madrileña (1778-90),

  4. exilio asturiano –los años felices–, escindido en dos partes (1790 a noviembre de 1797, y octubre de 1798 a 1801),

  5. encumbramiento ministerial en Gracia y Justicia (noviembre de 1797-agosto de 1798),

  6. encarcelamiento en Mallorca (1801-1808),

  7. renacimiento en la Junta Central y últimos días (1808-1811).

Su carrera profesional siguió y ascendió por estos pasos: Alcalde de la Cuadra de la Real Audiencia de Sevilla (1768), Oidor de la Real Audiencia de Sevilla (1774), Alcalde de Casa y Corte (1778), Consejero del Consejo de las Órdenes Militares (1780), miembro de la Real Junta de Comercio, Moneda y Minas (1783), encargado de la Comisión de Minas en Asturias (1790), Subdelegado de Caminos de Asturias (1792), promotor del Real Instituto Asturiano (1793) –desempeño con el que se encontrará más a gusto–, Consejero del Consejo de Castilla (1794), comisionado secreto del gobierno (junio-octubre de 1797), Embajador de España en Rusia (octubre-noviembre 1797: no tomó posesión), Ministro de Gracia y Justicia (noviembre 1797-agosto 1798), representante por Asturias en la Junta Central (1808-1810).

El perfil de ilustrado

Jovellanos escribió habitualmente piezas líricas (idilios, odas, epístolas, sátiras…), sobre todo en su etapa sevillana, pero hay que decir que buscó siempre el anonimato al considerarse más un preceptista y un aficionado que un poeta consagrado. Sin embargo, algunas de sus producciones serán consideradas como lo más granado del siglo XVIII. Más allá de su dimensión poética y dramática, destaca como ensayista. Al lado del registro histórico y de su dimensión humana que nos ha legado con su Diario y con sus Cartas, sobresale con Campomanes, Rubín de Celis, Cabarrús y Urquijo por sus escritos económicos –señaladamente La Ley Agraria–, en compañía de Aranda, Floridablanca, Olavide, Campomanes, Saavedra, Toreno y Flórez Estrada por sus ideas políticas –resaltando su Elogio de Carlos III y la Memoria en defensa de la Junta Central–, al lado de F. Martínez Marina por su ideario jurídico –pudiendo señalarse aquí el Sobre la necesidad de unir al estudio de la legislación el de nuestra historia y antigüedades–. Pero, sobre todo, Jovellanos no trasciende sólo como autor de unas señaladas obras más o menos sobresalientes, sino que su mérito reside en el legado del conjunto de su obra –descontando todo lo que se ha perdido– compuesto de centenares de escritos menores y decenas de ensayos de mayor envergadura, tras de los cuales late un pensamiento y una obra que asimila el conjunto del saber de su tiempo (literario, científico y filosófico), llena de coherencia, de propuestas prácticas factibles (que no pudieron ser) y estructurada en torno a un modelo o sistema de ideas –el jovellanismo– que nunca explicitó en todo su detalle sistemáticamente pero que puso en práctica y supo denotar al compás de los hechos y actuaciones como político, como letrado y como escritor, elevando su obra y su sistema de ideas al nivel de una verdadera filosofía.

En la escena internacional se encontraban en la cumbre de la opinión Montesquieu, Rousseau y Voltaire, y, a cierta distancia, el conjunto de los «philosophes» franceses (Diderot…), ingleses (Locke…), italianos (Beccaria…), y alemanes (Wolff…). Jovellanos no se codeó con esta élite ilustrada, no sólo porque fuera más joven que ellos sino sobre todo porque la cultura de España del momento, después de unos años de explendor con Carlos III, no fue capaz de cuajar y trascender, porque no hubo una tradición cultural posterior con potencia y continuidad suficiente como para rescatar e incorporar las «luces» enterradas –se haría algo, pero sobre todo ladina o parcialmente– y, también, porque la mayor parte de los esfuerzos del XIX y XX se invirtieron no en hacer posible el pensamiento político sino en hacer viable la misma vida política.

Perfil creador, social y político

El lustre cultural de Jovino –su nombre poético– puede quedar compendiado si recordamos que fue amigo universitario de Cadalso, líder, al lado de Olavide, del grupo de Sevilla, «director» del grupo de poetas y literatos de Salamanca (Meléndez Valdés, Fray Diego González, Fray Juan Fernández de Rojas: con nombres poéticos de Batilo, Delio y Liseno respectivamente; al lado de Mireo –Fray Miguel de Miras, que residía en Sevilla–), referente en el que se ahijaron intelectualmente L.F. de Moratín (Inarco) y Vargas Ponce (Poncio); personalidad respetada por Trigueros y Forner (Aminta); colaborador de Ponz en el trabajo enciclopédico del Viaje de España. La proyección social e intelectual de su pensamiento que ya había empezado a configurarse con trazos firmes, despunta fulgurantemente en el tránsito de Sevilla a su vida madrileña, a sus 36 años, siendo requerido por las principales instituciones culturales de un país de diez millones de habitantes, de los que unos centenares eran homologables en el ambiente ilustrado europeo y algunos miles pugnaban por elevar el nivel de conocimientos de la España imperial amodorrada y católica aislada: ingresa en las reales academias de la Historia (1779-80), la de Bellas Artes de San Fernando (1780), de la Lengua (1781), de Cánones (1782) y de Derecho (1785). Su trascendencia social se va a ir plasmando por la promoción y puesta en funcionamiento que hace de las sociedades económicas de amigos del país de Sevilla, León y Asturias (1780), de las que será miembro, además de las de Madrid (1778), Mallorca y Galicia, teniendo que desempeñar la dirección de la asturiana (1782) y de la matritense (1784).

Durante el cúmulo de escritos, oraciones fúnebres, elogios, informes, memorias y, en general, encargos oficiales, tuvo que ejercer también de censor (como miembro de la Academia de la Historia). En la Sociedad Económica Matritense cabe destacar, al lado de numerosas intervenciones, la que hizo en defensa de la admisión de mujeres frente a Cabarrús, al que venció, pasando a fundarse por votación mayoritaria la sección de damas.

El drama de su vida

El fragor de la batalla que le tocó vivir, desde que acabó su formación universitaria a los veintitrés años, transcurrió en diez felices y bastante enamoradizos años sevillanos; en doce años de trepidante actividad, incómoda en lo que tenía de artificiosa, en el Madrid cortesano; desterrado diez años fuera de la Corte, en Asturias, en parte humillado pero deseando continuar en esas ocupaciones indefinidamente (son los años de la fundación del Real Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía, y de la producción de buena parte de sus mejores obras); nombrado ministro en lo que sería un año tormentoso,envenenado –muy probablemente– por las intrigas de las camarillas palaciegas, que casi le cuesta la vida; prisionero siete años: uno en la cartuja de Valldemosa y seis en el castillo de Bellver; perdida en repetidas ocasiones su biblioteca, que tuvo que rehacer, náufrago dos veces; incendiada la casa de Gijón y expoliado su querido Instituto por las tropas francesas, de aquel que había entablado tantos contactos amistosos con los franceses en sus viajes por España y que tanto les había respetado; nombrado ministro del Interior por el gobierno napoleónico de José I, cargo que rechazó, después de helársele la sangre, y nombrado diputado por Asturias en la Junta Central, pasó los tres últimos años de su vida entregado a la labor de luchar por la independencia española y de dotar a la nación de una Constitución, que respetando la buena esencia de las leyes históricas se convirtiera en el nuevo marco de una soberanía monárquica que había de desempeñar su función bajo el orden más general de la «supremacía» popular.

La persona

Gaspar Melchor mantuvo amistades profundas toda su vida con el canónigo candasín C. González de Posada (escritor de temas asturianos), con Ceán Bermúdez (con quien colaboró toda su vida aportándole datos para su obra sobre la historia del arte), con Arias de Saavedra (su administrador y protector fiel, al que cariñosamente y sin afectación llamará «papá» en el Diario), con Pedro Manuel Valdés Llanos (su amigo de las correrías asturianas, y que probablemente le contagió la pulmonía de la que morirían los dos), con Pedrayes (matemático insigne) y con Goya (el más grande pintor español al lado de Velázquez, al decir del propio gijonés). La amistad con Campomanes se enfrió cuando éste actuó más movido por el miedo que por la amistad, caído en desgracia Cabarrús; años después romperá con Cabarrús, al que había apodado siempre «el amigo», en el momento de su alineamiento afrancesado con el ejército invasor. Mantendrá durante algunos años unos interesantes intercambios de ideas con el cónsul inglés en La Coruña, Jardine, y una amistad afectuosa con lord Holland (con quien discute y trabaja para depurar el futuro e inminente sistema constitucional español). Sus lazos familiares no sólo fueron de afecto sino también de amistad en el caso de su hermano Francisco de Paula y de su hermana Josefa (la poetisa que escribe en bable). Sufrió, como el resto de sus compatriotas, repetidas guerras, ora contra Inglaterra, ora contra Francia, muriendo invadido su país y huyendo de las embestidas del ejército napoleónico.


Características del Romanticismo

Rechazo al Neoclasicismo. Frente al escrupuloso rigor y orden con que, en el siglo XVIII, se observaron las reglas, los escritores románticos combinan los géneros y versos de distintas medidas, a veces mezclando el verso y la prosa; en el teatro se desprecia la regla de las tres unidades (lugar, espacio y tiempo) y alternan lo cómico con lo dramático.

Subjetivismo. Sea cual sea el género de la obra, el alma exaltada del autor vierte en ella todos sus sentimientos de insatisfacción ante un mundo que limita y frena el vuelo de sus ansias tanto en el amor, como en la sociedad, el patriotismo, etc. Hacen que la naturaleza se fusione con su estado de ánimo y que se muestre melancólica, tétrica, misteriosa, oscura... a diferencia de los neoclásicos, que apenas mostraban interés por el paisaje. Los anhelos de amor apasionado, ansia de felicidad y posesión de lo infinito causan en el romántico una desazón, una inmensa decepción que en ocasiones les lleva al suicidio, como es el caso de Mariano José de Larra.

Atracción por lo nocturno y misterioso. Los románticos sitúan sus sentimientos dolientes y defraudados en lugares misteriosos o melancólicos, como ruinas, bosques, cementerios... De la misma manera que sienten atracción hacia lo sobrenatural, aquello que escapa a cualquier lógica, como los milagros, apariciones, visiones de ultratumba, lo diabólico y brujeril...

Fuga del mundo que los rodea. El rechazo de la sociedad burguesa en la que les ha tocado vivir, lleva al romántico a evadirse de sus circunstancias, imaginando épocas pasadas en las que sus ideales prevalecían sobre los demás o inspirándose en lo exótico. Frente a los neoclásicos, que admiraban la antigüedad grecolatina, los románticos prefieren la Edad Media y el Renacimiento. Como géneros más frecuentes, cultivan la novela, la leyenda y el drama histórico.

Primeras manifestaciones

El Romanticismo penetra en España por Andalucía y por Cataluña (El Europeo):

En Andalucía: El cónsul de Prusia en Cádiz, Juan Nicolás Böhl de Faber, padre de la novelista "Fernán Caballero", publicó entre 1818 y 1819 en el Diario Mercantil gaditano, una serie de artículos en los que defendía el teatro español del Siglo de Oro, tan atacado por los neoclasicistas. A él se enfrentaron José Joaquín de Mora y Antonio Alcalá Galiano, empleando para ello argumentos tradicionalistas, antiliberales y absolutistas. Las ideas de Böhl de Faber eran para ellos inaceptables (pues seguían aferrados a la Ilustración), pese a que representaban la modernidad literaria europea.

En Cataluña: El Europeo fue una revista publicada en Barcelona entre 1823 y 1824 por dos redactores italianos, un inglés y los jóvenes catalanes Bonaventura Carles Aribau y Ramón López Soler. Dicha publicación defendió el Romanticismo moderado y tradicionalista siguiendo el modelo de Böhl, negando totalmente los valores del neoclasicismo. En sus páginas, se hace por primera vez una exposición de la ideología romántica a través de un artículo de Luigi Monteggia titulado Romanticismo.

La poesía

Los poetas románticos componen sus poemas en medio de un arrebato de sentimientos, plasmando en versos todo cuanto sienten o piensan. Según parte de la crítica literaria, en sus composiciones hay un lirismo de gran fuerza, sin embargo conviviendo con versos vulgares y prosaicos.

Varios son los temas de la lírica romántica:

El Yo, la propia intimidad. Fue Espronceda, dejando en su Canto a Teresa una desgarradora confesión de amor y desengaño, quien con más acierto ha logrado poetizar sus sentimientos.

El amor pasional, con entregas súbitas, totales, y rápidos abandonos. La exaltación y el hastío.

Se inspiran en temas históricos y legendarios.

La religión, aunque frecuentemente sea a través de la rebeldía con la consiguiente compasión y aun exaltación del diablo.

Las reivindicaciones sociales (revalorización de los tipos marginales, como el mendigo).

La naturaleza, que es mostrada en todas sus modalidades y variaciones. Suelen ambientar sus composiciones en lugares misteriosos, como cementerios, tormentas, el mar embravecido, etc.
La sátira, frecuentemente ligada a sucesos políticos o literarios.

También es de señalar que el nuevo espíritu afectó a la versificación. Frente a la monótona repetición neoclásica de letrillas y canciones, se proclamó el derecho de utilizar todas las variaciones métricas existentes, de aclimatar las de otras lenguas y de innovar cuando fuera preciso. El romanticismo se adelanta aquí, como en otros aspectos, a las audacias modernistas de fin de siglo

José de Espronceda

Nació en 1808, en Almendralejo, Badajoz. Fundó la sociedad secreta de Los numantinos, cuya finalidad era "derribar al gobierno absoluto". Sufrió reclusión por ello. Huye a Lisboa a los dieciocho años y se une con los exiliados liberales. Allí conoce a Teresa Mancha, mujer con la que vivió en Londres. Tras una actuación política agitada, vuelve a España en 1833. Lleva una vida disipada, plagada de lances y aventuras, por lo que Teresa Mancha lo abandona en 1838. Estaba a punto de casarse con otra amada, cuando en 1842 fallece en Madrid.

Batallas, tempestades, amoríos,
por mar y tierra, lances, descripciones
de campos y ciudades, desafíos
y el desastre y furor de las pasiones,
goces, dichas, aciertos, desvaríos,
con algunas morales reflexiones
acerca de la vida y de la muerte,
de mi propia cosecha, que es mi fuerte.

Espronceda cultivó los principales géneros literarios, como la novela histórica, con Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar (1834), el poema épico, con El Pelayo, pero sus obras más importantes son las poéticas. Publicó Poesías en 1840 tras volver del exilio. Son una colección de poemas de carácter desigual que reúne poemas de juventud, de aire neoclásico, junto con otros del romanticismo más exaltado. Estos últimos son los más importantes, en los que engrandece a los tipos más marginales: Canción del pirata, El verdugo, El mendigo, Canto del cosaco. Las obras más importantes son El estudiante de Salamanca (1839) y El diablo mundo:

El estudiante de Salamanca (1839): Es una composición que consta de unos dos mil versos de diferentes medidas. Narra los crímenes de don Félix de Montemar, cuya amada Elvira, al abandonarla, muere de amor. Una noche, ve la aparición y la sigue por las calles y contempla su propio entierro. En la mansión de los muertos se desposa con el cadáver de Elvira, y muere.
El diablo mundo: Esta obra quedó sin terminar. Consta de 8.100 versos polimétricos, y pretendía ser una epopeya de la vida humana. El canto séptimo (Canto a Teresa) ocupa buena parte del poema, y en él evoca su amor por Teresa y llora por su muerte.

Otros poetas

Pese a la brevedad de la lírica romántica en España, también surgieron otros notables poetas que caben destacar, como el barcelonés Juan Arolas (1805 † (1873), el gallego Nicomedes Pastor Díaz (1811 † 1863), Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814 † 1873) y Pablo Piferrer (1818 † 1848). Este último, pese a escribir solo en castellano, fue uno de los precursores del movimiento romántico en Cataluña.

Carolina Coronado

Mención especial merece Carolina Coronado (Almendralejo, 1823 † Lisboa, 1911). Pasó gran parte de su infancia en el campo extremeño y muy joven se manifestó como poeta. Casada con un diplomático norteamericano, vivió en varios países extranjeros. Las desgracias familiares le hicieron buscar la soledad y el retiro en Lisboa, donde murió en 1911. Su obra más importante es Poesías (1852).

La prosa

Durante el Romanticismo hay un gran deseo de ficción literaria, de novela, en contacto con las aventuras y el misterio, sin embargo, la producción española es escasa, limitándose en ocasiones a traducir novelas extranjeras. Fueron más de mil traducciones las que circularon en España antes de 1850, pertenecientes a escritores como Alejandro Dumas, Chateaubriand, Walter Scott, Victor Hugo, etc., del género histórico, sentimental, galante, folletinescas... La prosa española se limita básicamente en la novela, la prosa científica o erudita, el periodismo y el cultivo intenso del costumbrismo.

En el primer cuarto de siglo se distinguen cuatro tipos de novelas: la novela moral y educativa, la novela sentimental, la novela de terror y la novela anticlerical. De todas ellas, la más puramente romántica es la de tipo anticlerical. Sin embargo, la influencia romántica se plasmará, principalmente, en la novela histórica.
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