La poesíA Épica. El mester de juglaría y los cantares de gesta






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fecha de publicación06.01.2016
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LA POESÍA MEDIEVAL

  1. LA POESÍA LÍRICA MEDIEVAL

La lírica hispánica de la Edad Media se caracteriza por la coexistencia de cuatro corrientes bien definidas: la arábigo andaluza, en lengua mozárabe; la lírica culta catalano-provenzal; las cantigas galaico-portuguesas ( lírica galaico-portuguesa), y los villancicos castellanos. Sus características generales quedan resumidas en el siguiente cuadro:



Las jarchas son los textos más antiguos de nuestra literatura. Datan del siglo XI, aunque probablemente ya se escribieron en el X. Se trata de breves composiciones en lengua mozárabe que se utilizaban para cerrar poemas conocidos como moaxajas, escritos en árabe o hebreo. Su temática era de carácter amoroso.

Frente a las jarchas, la poesía trovadoresca catalano-provenzal está pensada para ser cantada en la corte, sus poetas, los trovadores, son de origen noble y ofrecen textos cultos y muy elaborados (métrica perfecta, rima consonante y variedad de estrofas).

Las cantigas de amigo son el género más característico de la poesía galaico-portuguesa. En ellas, muchachas jóvenes se lamentan por la ausencia o el olvido de su amado, el amigo, en medio de un paisaje natural (el mar, los árboles, las fuentes, las avecillas). Suele aludirse al encuentro amoroso mediante acciones simbólicas como lavarse la camisa o el cabello, ir al agua, de romería, ver ciervos, etc. También nos encontramos con las cantigas de amor, cuyo tema es el amoroso , pero en donde es el amado quien se queja de la ausencia de su amada y las cantigas de escarnio, que son de tema burlesco. En cuanto a la métrica se caracteriza por el estribillo y las repeticiones.

La lírica primitiva castellana se manifiesta a través de los villancicos castellanos. Estos varían mucho en cuanto a tema, ya que son generalmente de tema amoroso y en cuanto a la métrica, se caracterizan por su brevedad y por presentar un presentar un estribillo.

  1. LA POESÍA ÉPICA. EL MESTER DE JUGLARÍA Y LOS CANTARES DE GESTA.

Es un género de poesía narrativa, que se centra en relatar las hazañas de un héroe. Hacia el siglo XII, la literatura castellana comienza a ofrecer este tipo de obras, a las que se les dio el nombre de cantares de gesta. Se trata de composiciones anónimas, con versos asonantes, de medida irregular, que se agrupan en series o tiradas con una misma rima, y desarrollan temas heroicos basados en la historia de un pueblo, en este caso el castellano, que se identifica con el protagonista como símbolo de sus ideales colectivos.

Los cantares de gesta fueron transmitidos oralmente por los juglares, lo que explica que la mayoría de estos textos se hayan perdido (sólo conservamos el Cantar de Mio Cid y un fragmento del Cantar de Roncesvalles). La palabra juglar procede del latín jocularis, "el que divierte haciendo juegos", y en efecto, se trataba de artistas dedicados a recorrer pueblos y castillos para entretener a la gente con actuaciones en las que mezclaban acrobacias, bailes, música, mímica y, obviamente, el relato de hazañas y gestas. Su labor como transmisores de un conjunto de tradiciones entre lo histórico y lo legendario los convierte en una verdadera institución, se habla del mester de juglaría (la palabra "mester", procede de ministerium, que significa servicio, oficio o profesión), con un talento extraordinario para transformar la obra literaria en un acontecimiento festivo de naturaleza singular: los textos que recitan (con una memoria prodigiosa, si tenemos en cuenta que muchos se acercan a los cuatro mil versos) están vivos, en el más riguroso sentido de la palabra, ya que se encuentran en un proceso de permanente creación, pues cada juglar canta a su modo y cada vez que se canta se hace de una manera distinta, para conectar con el público y satisfacer sus expectativas.

La poesía épica castellana se agota en el siglo XIII; sin embargo, su contenido pasará a las crónicas de los historiadores medievales, a la obra de poetas cultos que la recrean en nuevas versiones y, por supuesto, al romancero de los siglos XIV y XV.  

2.1.- EL CANTAR DE MIO CID

Se trata del principal cantar de la épica castellana y el único que ha llegado hasta nosotros en un manuscrito prácticamente completo (conservamos 3730 versos, han debido de perderse alrededor de 150), firmado en 1207 por un tal Per Abbat, su copista; aunque el texto original habría sido compuesto hacia 1140 por dos juglares sorianos, uno de Medinaceli y otro de San Esteban de Gormaz. El protagonista de la obra es un personaje histórico, Rodrigo Díaz de Vivar (1040-1099), conocido con el sobrenombre del Cid Campeador, un infanzón castellano, miembro de la baja nobleza, que gracias a su esfuerzo, su perseverancia y su valentía logra ascender socialmente y llega a convertirse en señor de Valencia. En el cantar, el Cid se desenvuelve en un mundo injusto que lo castiga una y otra vez, poniendo en tela de juicio su honor. La obra se divide en tres partes:

  • Cantar del destierro: El Cid cae en desgracia ante su señor, el rey Alfonso VI, que lo destierra de Castilla. Acompañado por un puñado de caballeros que han permanecido leales a él, libra importantes batallas, sobre todo contra caudillos musulmanes, de las que sale triunfante y enriquecido. 

  • Cantar de las bodas: El Cid conquista Valencia y obtiene el perdón del rey, quien, para compensarle, casa a las hijas del héroe, doña Elvira y doña Sol, con unos nobles leoneses, los Infantes de Carrión.

  • Cantar de la afrenta de Corpes: Los Infantes de Carrión dan repetidas muestras de cobardía y se convierten en objeto de burla en la corte de Valencia. Para vengarse, deciden regresar a su tierra con sus esposas; sin embargo, por el camino, las maltratan y abandonan en el robledal de Corpes. El Cid acude al rey para pedir justicia, los Infantes son castigados y doña Elvira y doña Sol vuelven a casarse, esta vez, con los Infantes de Navarra y Aragón, futuros reyes de España.

El Cantar de Mio Cid destaca por su realismo, su sencillez y su sobriedad. Está escrito pensando en el público que va a escucharlo, por lo que abundan las fórmulas del tipo: "allí veríais", "sabed", las preguntas y exclamaciones retóricas dirigidas al auditorio y los epítetos épicos para referirse al héroe: "el que en buena hora nació", "el que en buena hora ciñó espada", "el de la barba cumplida". El narrador cede la voz a los personajes constantemente, por lo que el peso del diálogo es muy importante. Son habituales los paralelismos y geminaciones: "mujeres y varones", "moros y cristianos", que dotan de ritmo al poema, al igual que la alternancia de tonos gracias a la combinación de pasajes bélicos, sentimentales e incluso humorísticos.

  1. EL MESTER DE CLERECÍA

En el siglo XIII, algunos autores cultos, normalmente monjes, crean una escuela poética que recibirá el nombre de mester de clerecía ("oficio de clérigos"). A diferencia de los juglares, su objetivo es moralizante y didáctico (predominan los temas religiosos e históricos), y la forma que adoptan no es el verso irregular con rima asonante distribuido en tiradas, sino la cuaderna vía: estrofas de cuatro versos alejandrinos (14 sílabas) con rima consonante, divididos en dos hemistiquios por una cesura central. Así lo manifiesta el autor del Libro de Alexandre, uno de los primeros textos de esta escuela poética.

Mester traigo fermoso,    non es de joglaría;  14 A
mester es sin pecado,    ca es de clerecía,   14 A
fablar curso rimado    por la cuaderna vía,     14 A
a sílabas cuntadas,    ca es grant maestría     14 A

Gran parte de las composiciones del mester se apoyan en fuentes clásicas (también bíblicas) a las que los monjes tenían acceso directo gracias a sus bibliotecas. El objetivo es poner al alcance de cualquiera una serie de textos cultos adaptándolos a los gustos del pueblo y a la lengua que habla, el castellano. Con el paso del tiempo, el mester de clerecía experimenta una evolución: las primeras obras están marcadas por una fuerte religiosidad y su métrica es perfectamente regular, más tarde se introducen temas profanos y una mayor variedad en metros y estrofas, lo que contribuye a que la corriente pierda carácter y acabe por desaparecer.

    1. GONZALO DE BERCEO. MILAGROS DE NUESTRA SEÑORA

Gonzalo de Berceo es el primer autor castellano de nombre conocido. Nació a finales del siglo XII y murió a mediados del XIII. Es probable que se formara en el Estudio General de Palencia, donde debió de entrar en contacto con el nuevo arte de la clerecía. Su vida transcurrió entre los monasterios de San Millán de la Cogolla (La Rioja) y Santo Domingo de Silos (Burgos), donde ejerció como sacerdote y desempeñó diversas tareas administrativas. Su obra, exclusivamente religiosa y de carácter predominantemente narrativo (aunque no faltan rasgos líricos y algunos elementos dramáticos), suele dividirse en tres bloques:

  • Obras marianas: Milagros de Nuestra Señora, Loores de Nuestra Señora y Duelo que fizo la Virgen el día de la Pasión de su Hijo.

  • Vidas de santos: Vida de San Millán de la Cogolla, Vida de Santo Domingo de Silos, Vida de Santa Oria y Martirio de San Lorenzo.

  • Obras doctrinales: El Sacrificio de la Misa y Los signos que aparecerán antes del Juicio.

De entre todas, tal vez la más importante sea los Milagros de Nuestra Señora. Se trata de una colección de veinticinco milagros obrados por la Virgen, con los que Berceo pretende inspirar y aumentar la devoción por María. Los relatos se apoyan en fuentes latinas, que el autor reelabora para darles espontaneidad y aproximarlas a la realidad del pueblo: se detiene en la caracterización de personajes, emplea giros de la lengua popular (él mismo lo manifiesta en la Vida de Santo Domingo: "Quiero hacer una prosa   en román paladino / en el cual suele el pueblo   hablar con su vecino"), procura localizar los milagros en épocas próximas y lugares conocidos, recurre al humor, selecciona y organiza cuidadosamente los contenidos para sorprender al público (la Virgen salva a ladrones y borrachos; compite con otra mujer por el amor de uno de sus fieles; resucita a los que no murieron en gracia de Dios, para que se arrepientan; castiga a los sacrílegos o a los que hacen algún mal a sus protegidos).

El conjunto viene precedido por una introducción alegórica de gran interés: el poeta se presenta como un peregrino (el hombre que se dirige a Dios) cansado de caminar (vencer las dificultades de la vida) que llega a un hermoso prado (la Virgen) en el que puede descansar (alcanzar la gloria) entre multitud de flores (los nombres que se han aplicado a Santa María) y refrescarse en cuatro fuentes (los Evangelistas). Es un excelente ejemplo de cómo se adaptó el tópico literario del jardín de las delicias, propio de la literatura amorosa, para fines religiosos.

3.2.- JUAN RUIZ. ARCIPRESTE DE HITA. EL LIBRO DE BUEN AMOR

Juan Ruiz nació a finales del siglo XIII, probablemente en Alcalá de Henares, y murió a mediados del XIV. Vivió en Madrid y en Hita (Guadalajara), donde ocupó el cargo de Arcipreste. Pasó trece años en la cárcel por orden de su arzobispo y allí escribió su única obra, el Libro de buen amor, que tuvo dos ediciones, en 1330 y 1343. Consta de 1728 estrofas (más de siete mil versos) de métrica variada, aunque predominan los alejandrinos, y desarrolla la autobiografía ficticia de Juan Ruiz, que se presenta como un experto amador dispuesto a enseñar a sus lectores las artes de seducción con las que ha logrado rendir a todo tipo de mujeres: damas nobles, virtuosas, casquivanas, bellas viudas, pastoras, beatas, monjas, moras, villanas... El relato de estas aventuras amorosas constituye el eje central del libro, sobre el que se desarrollan otros elementos relacionados con él:

  • La versión libre de una comedia latina medieval, titulada Pamphilus, que servirá como modelo de conquista amorosa. Don Melón (identidad que asume el arcipreste en esta primera aventura) corteja a Doña Endrina hasta conseguir su favor. El joven, aún inexperto, contará con la inestimable ayuda de una vieja alcahueta, Trotaconventos, precedente directo del personaje de la Celestina.

  • Cuentos y fábulas, relatos moralizantes que comentan y amplían el argumento principal.

  • Textos satíricos, en los que ataca los vicios y censura la corrupción de la sociedad rendida a la codicia y al dinero.

  • Dos episodios alegóricos: la pelea entre don Amor y el Arcipreste (el protagonista reniega de él por hacer sufrir a los hombres); y la batalla entre Don Carnal y Doña Cuaresma (lucha entre el placer y la abstinencia).

  • Composiciones líricas de temática variada, muchas de ellas religiosas.

En el prólogo de la obra, Juan Ruiz declara que su intención al escribir el libro fue combatir el "loco amor del mundo" y apartar a los hombres del pecado; sin embargo se apresura a añadir que "como pecar es humano, si algunos (cosa que no les aconsejo) quisieren usar del loco amor, aquí hallarán algunas maneras para ello". De esta forma, el autor se instala en la ambigüedad y deja a la discreción del lector cómo usar los conocimientos que le ofrece: gozar de la vida y transgredir las normas o llevar una vida sobria y respetable, optar por lo mundano o por lo divino, e incluso, con ese espíritu alegre y burlón que caracteriza al protagonista, por ambos a un tiempo, convirtiendo la vida en una especie de carnaval, donde todo se confunde y se pone en duda (algo muy propio del siglo XIV, cuando la peste asola Europa, y el hombre vacila entre poner su esperanza en Dios o disfrutar sin ningún reparo del momento presente).

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