Historia novelada sobre amazonas






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23.

Kuati pasó esos dos días reviviendo su infancia. Visitó el pueblo en ruinas. De la que fuera casa grande de Cuseru, sólo quedaban unos horcones y un techo de palma en el suelo. Caminó silencioso por la orilla de aquel río en el que tantas veces se había solazado y jugado con sus amigos. Por más que buscó, no encontró a ninguno de sus coetáneos. Todos se habían ido. Los puinave y baniba habían sustituido a los fieros guaipunabi.

El viejo Francisco nunca quiso irse de este pueblo. El conoció su nacimiento, sus florecimientos temporales y sus menguas. Se aferró al paisaje y no quiso saber de cambios. Vio crecer a sus hijos y a sus nietos y aunque pobre, era feliz en la tierra que él había elegido. Kuati sonreía cuando, olvidándose que tenía ya 40 años, seguía aconsejándole como cuando era niño. A Francisco le gustaba tomar de vez en cuando y, durante los tres días que estuvieron juntos, hablaron, se divirtieron y tomaron mucho. No se sabe si querían recordar, olvidar, o ambas cosas.

Humboldt, mientras tanto, pasó el tiempo examinando y analizando, tomando notas y observaciones astronómicas. Con el Superior de los franciscanos se informó bien sobre el trayecto que debían recorrer.

- Subirá usted primero por el Atabapo, y luego por el Temi. Cuando el río se estreche y no pueda avanzar, le indicarán el camino a través de la selva.

Sólo hay dos frailes establecidos en esos desiertos lugares entre el Orinoco y el Río Negro; pero en Yavita se le buscarán medios de arrastrar su piragua por tierra, hasta el caño Pimichín. Si no se quiebra, bajará usted sin tropiezos por el Río Negro hasta el fortín San Carlos: después remontará el Casiquiare y, bajando después por el Orinoco, puede tornar usted a San Femando dentro de un mes.
El 26 de abril de ese año 1800 salió la expedición de San Fernando, siguiendo la ruta descrita por el fraile franciscano. Kuati, al lado unas veces de Bompland, otras veces solicitado por Humboldt, respondía a las preguntas que los curiosos europeos hacían sobre los árboles, animales, y costumbres de sus habitantes. El viaje se hacía monótono y lento, porque a cada rato se paraban en una de las lajas de la orilla para examinarla. Kuati les mostró una curiosa laja que, golpeada con una piedra, producía un sonido como el de una campana y que, según los indios, ese sonido atraía las tormentas con grandes descargas eléctricas. Humboldt sonreía incrédulo, mientras hablaba Kuati.

- Es mejor que no la hagan sonar... - les advirtió el viejo baniba que los acompañaba.

No habían navegado media legua, cuando unos nubarrones negros oscurecieron la tarde y lo que antes fuera un paisaje apacible y relajante, se convirtió en poco tiempo en un inmenso túnel negro, iluminado a instantes por zigzagueantes relámpagos.

Una brisa huracanada sopló de este a oeste con tal fuerza, que obligó a la embarcación a guarecerse en la orilla izquierda. La lluvia duró pocos minutos, la brisa fue disminuyendo y con ella, el río fue amansándose. Humboldt observó cómo la tormenta fue arrastrada por el viento hacia el Oeste y, aunque no aceptaba la explicación de causa a efecto que le había dado Kuati, desde entonces un gusanillo en forma de interrogante, se instaló en su mente de científico. En eso cavilaba mientras atravesaban el bravo raudal de Samusida o Chamuchina.

Viajaron de noche y al amanecer del día 28 superaron el raudalito y la laja de Guarinuma. Un poco más arriba, los bogas les enseñaron a la derecha, en medio de la selva, la antigua misión abandonada de Mendaxari.

Al día siguiente, ya de noche, arribaron a la Misión de la “Divina Pastora de Baltasar de Atabapo”, o como dicen los indios, de San Baltasar. Llamada así por el nombre de Baltasar, el capitán baniba que fundó el pueblo. Fueron muy bien recibidos por un franciscano catalán y pernoctaron allí.
Al amanecer del día 1 de mayo, salieron y embocaron el Temi y a las once de la mañana estaban en San Antonio de Yavita, en donde fueron acogidos con mucha amabilidad por otro monje franciscano. Permanecieron en su casa cuatro días mientras los indios arrastraban la embarcación a través del portaje hasta el caño Pimichin.

Kuati ayudó a los científicos a recorrer la selva para recoger especies de plantas desconocidas para ellos. No duró mucho la expedición, pues se sintieron invadidos por una extraña picazón en los dedos. Un indio de Yavita les curó con una infusión de la corteza de un arbusto llamado “Uzao” que, batida fuertemente, producía bastante espuma. Las fricciones con esa infusión aliviaron rápidamente la comezón que tenían en los dedos y en otras partes infectadas. El indio le regaló unas ramas de Uzao para usarlas en caso de nuevos ataques de los aradores.
Finalmente, el 5 de mayo salieron para Pimichín. Kuati veía con entusiasmo lo maravillados que estaban los viajeros. Hacía sólo unos días remontaban las aguas claras del Orinoco que corría hacia el Norte y ahora están navegando hacia el Sur por las negras aguas del Guainía o Río Negro, el gran afluente del Amazonas.

Río abajo, pronto se encontraron con una pequeña aldea denominada Maroa que, juntamente con los ríos Tomo y Aki eran el territorio natural de los indios banibas.

Después de dos horas y media de navegación desde la desembocadura del Tomo llegaron al Caño Itiniwini y a la misión de San Miguel de Davipe. El P. Morillo, misionero franciscano, los recibió con toda amabilidad, pues hasta les brindó vino de Madeira. Los barcos portugueses subían hasta allá, de vez en cuando y traían víveres y vino al Río Negro.

El franciscano le contó a Humboldt que antiguamente, un misionero consultó a sus superiores para ver si podía celebrar la misa con ese tipo de vino. Los superiores, no muy versados en geografía, creyendo que era vino extraído de la madera, le negaron el permiso.
Una lluvia no muy fuerte, pero persistente, los despertó a la madrugada. La calima no permitía ver la orilla opuesta. Allá le decían aguacero blanco. No pudieron embarcarse hasta pasadas las dos de la tarde. La humedad de la zona era tal, que parecía respirarse agua.

Al atardecer volvió la lluvia, pero esta vez con inusitada fuerza. Divisaron una pequeña isla que dividía en dos el curso de agua, y en la orilla izquierda, una aldea casi escondida. Se llamaba Tiriquín, y tradicionalmente fue un pueblo de españoles, aunque ahora son casi todos indios y mestizos. Decidieron cobijarse y pasar la noche en dicha aldea.

Después de amarrar la embarcación, cuando subían por el ligero terraplén hacia las casas, les salió al encuentro un anciano blanco, de unos 75 años seguido de hombres y mujeres. Humboldt se presento como jefe de la expedición expresándole la intención de gozar de su hospitalidad para pernoctar allí.

- Me llamo Karneni. Están en su casa. Hacía ya muchísimo tiempo que no pasaban europeos por estos ríos.
A Kuati, el nombre de Kameni no le era familiar, pero observando con detenimiento al anciano, trató de recordar la figura de alguien que él creía haber visto alguna vez. Desde lo profundo de su recuerdo, aquel rostro emergía y desaparecía a ratos. Aquel pelo y la larga barba blanca dejaban ver unos restos de mechones rojizos. De pronto, algo brilló en su mente y le hizo exclamar a baja voz:

- ¡No puede ser!
Kuati se recordó de aquel español pelirrojo que apareció un día en San Fernando, y acompañó a Francisco por largo tiempo. El era un muchacho todavía y aprendía el manejo de la lanza y la espada. El estuvo presente varias veces, cuando practicaba con Francisco y montaba caballo en la playa.

Mientras los recién llegados se acomodaban en las casas y el anciano dirigía las operaciones de alojamiento, Kuati se hizo el encontradizo con él.

- ¡Kameni! Yo conocí a un Kameni hace muchos años. Pero entonces yo era muy niño.

El viejo se volteó y lo miró a los ojos inquisitivamente. Al parecer, no le gustó que lo reconocieran.

- ¿En dónde viste a ese Kameni? – le preguntó.

- En San Femando. Pero eso fue hace más de 30 años…

- ¿Y quién eres tú? ¿Cómo te llamas?

- Francisco Solano - mintió Kuati, pues así lo conocían los de la expedición.

- Quizás hubo otro Kameni en San Fernando…

Y se alejó excusándose que debía mandar a preparar comida para los huéspedes, mientras mascullaba entre dientes:

- ¿No pasó suficiente tiempo para que se olvidaran de mí? ¿Quién será ese que después de 30 años aún sabe que existe Kameni?
Kuati después de bañarse, tomó un guaral que dejara un boga en la laja y lo lanzó como mejor recordaba. Al rato, sintió al pescado que picaba de la carnada, haló fuerte pero falló en su intento. Colocó una nueva carnada y recomenzó. Dos veces más fracasó en su intento. No aguantó más. Humillado, dejó el guaral a un lado y dijo sonriendo:

- Hasta de pescar me olvidé...

Poco después, subió a participar del caliente sancocho de báquiro que prepararon las mujeres y esperó que todos se fueran a dormir. Cuando pasó cerca el viejo Kameni con un candil encendido, le hizo una señal y acercándose le dijo:

- ¿Podríamos hablar un rato antes de acostamos? No tengo sueño.

A Kameni se le notó el disgusto y, a regañadientes aceptó sentarse en una pequeña banqueta de madera, frente al oscuro y misterioso Guainía.

- ¿De qué me quieres hablar? - disimuló su malhumor Kameni.

- ¿Usted conoció a Fray José Antonio de Xerez?

Kameni dudó por un rato en contestar.

- ¿Y a Francisco López? - insistió Kuati.

- Sí. Los conocí. Pero ¿quién eres tú? Yo no conozco a ningún Francisco Solano...

- Yo soy Kuati, el nieto del Capitán Cuseru, el jefe de los Guaipunabi.
El anciano abrió con asombro sus ojos y ya no dejó de hablar.

- ¿Kuati? ¿El muchachito que entrenaba el gallego López? ¿El hijo de Don José Solano?

- Shssss... No grite - tuvo que calmarle Kuati - Aquí nadie sabe quién soy.

- ¿Qué es de tu padre? ¿Vive Francisco López? ¿Y Fray José Antonio? Tu madre se llama Iwina ¿no? ¿Qué haces aquí con estos europeos? ¿Por qué te escondes bajo otro nombre?...
Kuati le contó con detalle su vida. Desde que vio a Kameni con aquel indio fuerte que lo trajo a San Fernando hasta hoy que volvieron a encontrarse, habían pasado más de 30 años. Le habló de Caracas, La Habana, Madrid... Le dijo que Fray José Antonio ya había muerto, pero que Francisco López vivía aún en San Fernando, viejo pero feliz. Le expuso la búsqueda del padre, sus deseos de venganza, su encuentro fortuito y la convivencia en su casa por más de tres años, sin decirle que era su hijo.

- Tal vez haya muerto. Lo dejé muy achacoso y viejo.

- ¿Todavía no le perdonas? – le dijo Kameni.

- Lo odié con todas mis fuerzas. Ahora no sé ya ni lo que siento… lo odio y lo amo a la vez. ¿Qué arreglaría el perdón?

- ¿Y qué haces aquí? - le preguntó Kameni.

Sintió hacia Kuati un ramalazo de compasión y revivió una experiencia ya vivida por él.

- No lo sé, Kameni. Por ahora camino… Voy de acá para allá, a veces me pregunto quién soy y que hago en este maldito mundo – dijo Kuati tratando de leer su futuro en las oscuras aguas del Guainía.

- ¿Quieres que te lo diga? - le habló el viejo Kameni - Estás huyendo de ti mismo. Lo mismo me pasó a mí. Te da miedo reconocerte y aceptarte como eres… Yo también fui, primero Ortega, luego Kameni, Luis de Rodrigo, etc.

- Esa es una de las cosas que me cuesta perdonarle a mi padre – respondió Kuati - Mi vida es el ejemplo de lo que ustedes hicieron con nosotros los guaipunabi. Nos destruyeron. Nos aniquilaron como raza y nos hicieron bagazo, gente de tercera clase. Yo sufrí en carne propia esta realidad que no puedo digerir, Kameni.

El anciano se calló por unos momentos, respetando el sufrimiento del mestizo Kuati.

- ¿Tú crees que las razas son eternas? Mucho antes de que llegaran los españoles a estas tierras, muchos pueblos habían desaparecido. ¿Dónde están los que dejaron esos mensajes indescifrables tallados en las rocas y lajas de los ríos? Tú dices que murió tu raza ¿estás seguro? ¿No crees que en ti surgió una raza nueva? Tú no eres ni mejor ni peor, Kuati, tú eres otro.

- ¿Una raza despreciada? - gritó Kuati.

- Yo confío en el futuro, Kuati. Mis hijos y mis nietos son mestizos… Han perdido unas cosas, pero han ganado otras. En ese ganar y perder, el hombre va descubriendo la vida y adaptándose mejor a ella. Hasta ahora, sólo has visto lo que has perdido. Trata de ver lo que has ganado. Sólo así encontrarás tu camino… Te lo dice alguien que ha pasado por esa misma experiencia.

- Usted no es indio ni mestizo, Kameni.

- Voy a contarte una cosa que la saben muy pocos. Cuando tú me conociste en San Fernando estaba en tu misma situación. ¿Te acuerdas de Tame, el indio jirajara que me acompañó?

- Sí.

- A él le debo la felicidad que tengo hoy. El me ayudó a salir de los Llanos, huyendo de las autoridades que cumplían la orden de expulsión de los Jesuitas de todo el imperio español. Yo no me llamo Kameni, como tú tampoco te llamas Francisco Solano. Yo soy el P. Ortega, un ex-misionero jesuita de los Llanos.

Kuati, que raramente exteriorizaba sus sentimientos, escuchaba disimulando su asombro.

- Huimos por selvas y sabanas. Teñí de negro mi pelo rojo, me disfracé de indio para despistar a los guardias españoles, vivimos aventuras sin límite hasta que llegamos a Atabapo. Tame, una noche, me habló seriamente: “Kameni, deja de la lamentarte. Sal de tu escondite. Busca un nuevo pueblo, una nueva gente, olvídate que eres o eras un jesuita. Ponte a caminar y construye tu nueva vida. Ahí tienes el Orinoco. Cruza los raudales que te separan del Alto Orinoco. Aventúrate como mi viejo Kalaimi, y como él, busca tu nuevo pueblo. Rompe con todo lo que fuiste. Ya no existen los jesuitas. No te fuiste con ellos, te quedaste. ¿Para qué? ¿Para estar pensando en el pasado?”

Y aprendí la lección. Te digo lo mismo, Kuati, no huyas de ti. Encuéntrate más bien a ti mismo y busca tu nuevo pueblo, tu nueva vida. No pienses en el pasado, Kuati. Te hace daño. ¿Conoces la historia de los indios Mapoyo?

- No.

- En el Llano me contaron que un célebre capitán de los Mapoyo era el orgullo de su pueblo: valiente, sabio, previsor, preocupado por el bien de todos. Una mañana, cuando el sol se asomaba vieron su choza cerrada, cosa muy rara, pues era el primero que se levantaba al rayar el alba.

Se acercaron y al sentir un fuerte olor fétido, entraron. No se lo esperaban. El Capitán mapoyo estaba muerto en la hamaca. Grande fue el duelo de todo el pueblo y todos determinaron buscar al autor de esa muerte. Tú sabes muy bien que entre todos los indios la muerte tiene siempre, no sólo una causa, sino un causante.

Después de preparar el cadáver y hacer los ritos funerarios lo envolvieron en palmas tejidas como un catumare y lo colocaron en una gruta.

Terminado el duelo, quedaba por resolver quién era el causante de la muerte del cacique. El brujo local no supo dar respuesta, por lo que una comisión se puso en camino para consultar al famoso brujo del Capanaparo.

Después de un larguísimo viaje y expuestos todos los detalles de la muerte del capitán mapoyo, el brujo de Capanaparo dictaminó: “El que mató a su cacique se encuentra en su misma tribu y es aquel que a su regreso, no busque la muerte por si mismo”.

Con el natural desaliento se regresaron los mapoyos a su tierra. Al comunicarle a todos la terrible decisión del adivino, empezando por el Consejo de Ancianos, se despeñaron todos por la alta y empinada laja que cae en el Orinoco. Todos, hombres, mujeres y niños se precipitaron al río pues ninguno quiso sobrevivir y ser así considerado el causante de la muerte del cacique.

- Es admirable si todo eso sucedió así - dijo Kuati.

- Kuati, voy a decirte una cosa: ni el español ni el indio sobrevivirán. Los españoles, tarde o temprano se irán. Cuseru, Iwina, los Guaipunabi desaparecieron. Quedas tú y otros como tú que no son españoles ni tampoco indios. El futuro de esta tierra no es de los “puros”, el futuro de esta tierra está en los pardos, en los mestizos. Convéncete Kuati. Así pasó con todos los pueblos. No mires atrás, Kuati, el futuro es tuyo. No odies a tu padre porque él vive en ti. No te avergüences de Cuseru, de Iwina, porque ellos viven en ti. No te despeñes como los Mapoyos.
Kuati se quedó en silencio. Las palabras de Kameni le llegaron muy hondo. Después como queriendo cambiar de conversación le dijo:

- A propósito de Jesuitas… Cuando estuve en España se oía que el Papa buscaba la restauración de tu Orden.

- Kuati, tengo 8 hijos y 23 nietos. Estos son mis jesuitas…

Y levantándose, le dio un ligero golpe en la espalda.

- Vamos a dormir. Piensa en lo que te dije esta noche. Mañana será otro día.
Kuati se desveló toda la noche rumiando las palabras del exjesuita:

- “No huyas de ti”... “ponte a caminar y construye tu nueva vida...” “Busca un nuevo pueblo, una nueva gente...” Iré al Mavicure. Buscaré el rastro del viejo Cuseru y su gente. De mí tal vez nacerá una nueva raza...
La aurora no se había despertado. Era de noche aún cuando la gangosa voz del alemán Humboldt, arrastrando “erres” y comiéndose los artículos, sonaba ya por todo el campamento.
- ¡¡A despertaggg!!.. ¡¡A despertaggg!!... ¡¡Hoy Ilegagg a San Cagrlos.!!...
Todo el campamento revivió en pocos momentos. Las mujeres hicieron un caliente y sabroso guarapo de mañoco que animó a la gente.

Kuati se acercó a Kameni antes de embarcarse y lo abrazó rápidamente, como sintiendo vergüenza de que esos sentimientos salieran a flote.
La mañana se desperezaba y abría sus ventanas al sol, mientras remos y palancas chapoteaban río abajo. El viejo Kameni contemplaba cómo el barco iba ocultándose en el lejano recodo del río.
Un pequeño nieto de Kameni lo despertó de su ensimismamiento:

- Abuelo ¿quién era ese indio de ojos claros y con barba...?


F I N
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