Historia novelada sobre amazonas






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FRONTERAS PERDIDAS

HISTORIA NOVELADA SOBRE AMAZONAS

Ramón Iribertegui

A mis dos «jóvenes» Maestros,

Don Gilberto Mendoza y Dr. González Herrera,

amigos de tertulia y cómplices en el galanteo de esa dama

amada por unos y odiada por otros, llamada «Historia».

Al Dr. Juan Haro Cuesta

por su valioso aporte documental.

PROLOGO

España despertaba de un sueño.

La casa de los Habsburgo languidecía con la debilidad de Carlos II, su último rey. Sin hijos, enfermizo, débil y manejado por esposas y validos, el problema sucesorio se convirtió para él en una auténtica pesadilla.

Todas las potencias europeas estaban ávidas de lanzarse sobre las diversas posesiones españolas, pero la obsesión de Carlos II por conservar unida la herencia de sus mayores, pesó más que la repugnancia que sentía hacia todo lo francés y, a pesar de las pretensiones de la casa de Austria, nombró único heredero al Duque de Anjou y nieto de Luis XIV desde 1700 rey de España con el nombre de Felipe V.

Una nueva dinastía monárquica, la de la casa de Borbón, se sentaba ahora en el trono español.
El término Ilustración tiene origen francés y en Europa, en este siglo XVIII que apenas se estrena, todo tiene sabor francés.

El expansionismo de Francia con Luis XIV se basaba sobre todo en esas luces que a nivel intelectual, económico y político se extendieron por toda Europa.

Los intelectuales de la época estaban convencidos que emergían después de siglos de oscuridad e ignorancia, a una nueva era iluminada por la razón, la ciencia y el respeto por la humanidad. Esto en teoría. En la práctica, se conculcaron como siempre los basamentos de la razón, de la ciencia y del respeto por la humanidad. Hasta se le añadió el adjetivo “ilustrado” al Despotismo que siguió vigente en todas las cortes europeas. La censura gubernamental y las condenas de la iglesia siguieron impertérritas en un mundo que comenzaba a cambiar.

Con Felipe V el proceso de afrancesamiento iba in crescendo. La princesa de los Ursinos, camarera de su esposa, tenía gran influjo en la corte e instaló en puestos claves de la administración pública a franceses que ayudaron a sanear la situación económica.

En 1714 murió su esposa María Luisa de Saboya de la que Felipe V había tenido dos hijos, Luis y Fernando.

A pesar de que la descendencia estaba asegurada, se casó en segundas nupcias con la ambiciosa y autoritaria Isabel de Farnesio, hija del duque de Parma, de la que tuvo otros dos hijos, Carlos y Felipe.

La nueva reina logró que fuera nombrado primer ministro el Cardenal Alberoni, fiel seguidor y hechura de la reina. El plan estaba bien estudiado. Su política se basaba en recobrar las posesiones italianas perdidas en el Tratado de Utrecht en beneficio de Austria, para colocar en ellas como reyes a sus dos hijos. Así, por medio de los españoles echaría de Italia a los austríacos y por medio de sus hijos echaría de Italia a los españoles.

Esta política exterior agresiva invadiendo Sicilia y Cerdeña, hizo sonar la alarma entre las potencias de Europa que, unidas en una Cuádruple Alianza, Inglaterra, Francia, Austria y Holanda, obligaron a Alberoni a renunciar a sus pretensiones y fue depuesto de su cargo. Felipe V abdicó la corona en su hijo Luis I, pero tuvo que regresar al trono por su muerte prematura en ese mismo año.

A Isabel de Farnesio no le importaban alianzas, pactos o guerras con tal de darle una corona a sus dos hijos. Y lo logró después de una guerra con Austria. El infante Don Carlos fue coronado rey de Nápoles y su hermano Felipe se posesionó de los ducados de Parma, Plasencia y Guastalla.

El 9 de julio de 1746 moría en Madrid el rey Felipe V.

Fernando VI tenía 33 años cuando sucedió a su padre en el trono español. Casado con la portuguesa Bárbara de Braganza, continuó las políticas reformistas iniciadas por su padre, gracias a dos ministros muy eficaces: Don José de Carvajal y Lancaster de tendencia anglófila que dirigió la política exterior y el Marqués de la Ensenada, francófilo, buen administrador y reorganizador de la Hacienda y la Armada. A pesar de tener visiones distintas, lograron enrumbar al estado por un camino de paz y neutralidad, desoyendo las invitaciones de Francia e Inglaterra para ayudarlos en sus guerras. El estar casado con la hija del rey de Portugal favorecía ciertamente, las relaciones con la nación vecina, gran rival de España en las conquistas transoceánicas.

En 1494 España y Portugal habían firmado en el Tratado de Tordesillas la línea de demarcación entre las posesiones de los dos reinos. Portugal, cuya preparación cosmográfica era superior a la de los navegantes españoles, forzó que la línea divisoria pasara a 370 leguas al oeste de las Islas de Cabo Verde (meridiano 46° 35 ) de manera que en adelante, todo lo que se descubriera al este de esa línea pertenecería a Portugal, y lo encontrado al oeste sería para España.

Cuando en 1500 Pedro Alves Cabral descubre Brasil, tal vez Portugal sabía ya que esa tierra estaba al este del meridiano 46 por lo que los portugueses extendieron rápidamente sus conquistas hasta el río de la Plata.

Estas continuas conquistas portuguesas, avanzando más allá de lo propuesto en Tordesillas, preocuparon grandemente en algunos círculos españoles.

En 1540 el español Francisco de Orellana descendió de Ecuador por el río Napo recorriendo todo el Amazonas hasta llegar al Atlántico. El portugués Pedro Teixeira en 1637 subió hasta el Ecuador por el gran río y regresó nuevamente. El Virrey de Perú, Conde de Chinchón ordenó a los Padres jesuitas Acuña y Artieda que lo exploraran desde Ecuador para dejar en claro los derechos españoles sobre el Amazonas.

Fueron precisamente los jesuitas, que posteriormente serían acusados de deslealtad por la corona española, los adalides principales en esta contención de los avances portugueses. Ya en 1632 solicitaron a Roma y a Madrid que se les concediera la posibilidad de penetrar en esas tierras. El P Fritz hizo esfuerzos por combatir los avances de los portugueses con el fin de evitar las incursiones de los cazadores de esclavos y por ello fue a Lima para presionar al Virrey, Conde de la Monclova, para que pusiera coto a esos avances portugueses. El Virrey le contestó: “Las Indias son muy grandes y hay bastantes tierras para las dos Coronas”.

A esta problemática se añadía la ignorancia y confusión sobre la geografía mediterránea entre los ríos Amazonas y Orinoco. Se creía que ambas cuencas estaban separadas por una gran cordillera. Cuando el jesuita P Román pasó del Orinoco al Río Negro descubriendo el Casiquiare, algo se aclaró. Los portugueses siguieron avanzando por el Río Negro en busca de esclavos. La presencia de jesuitas españoles desde la desembocadura del Río Negro hasta Perú contuvo los avances portugueses.

Los problemas limítrofes luso-españoles no terminaban ahí. Se complicaban también en la parte sur. La Colonia de Sacramento fue la avanzadilla colonial del gobierno de Portugal interesado en llegar al estuario del río de la Plata para consolidar el comercio con Buenos Aires, ciudad por donde los españoles recibían la plata peruana. Desde entonces la Colonia de Sacramento pasó intermitentemente de manos portuguesas a españolas y viceversa y fue causa de guerras y tratados entre las dos naciones por casi dos siglos.
Toda esta problemática unida a la suscitada también en las posesiones de ambas metrópolis en Asia, hizo que se sentaran a la mesa en Madrid en el año 1750 los delegados de España y Portugal, dispuestos a zanjar las diferencias limítrofes de todas sus posesiones.

El Secretario de Estado D. José de Carvajal, asesorado por el geógrafo Jorge Juan, fue el alma y motor de ese tratado. El se dio cuenta de que, además de resolver el problema de la Colonia del Sacramento en el Sur, era de vital importancia el problema Amazónico. El Tratado hispano-portugués firmado en Madrid el 13 de enero de 1750 estableció que “...ambas Magestades nombrarán quanto antes Comisarios inteligentes los quales visitando toda la raia ajusten con la mayor distinción y claridad los parages por donde ha de recorrer la demarcación en virtud de lo que se expresa en este tratado...”

Esta enorme tarea se encomienda por parte española a dos Comisiones: Una con dirección al Sur comandada por el Marqués de Valdelirios y otra dirigida por D. José Iturriaga desde Venezuela que debía encontrarse con los comisarios portugueses en el fuerte de Vilanova de Barcelos o Mariuá en el Río Negro.
Esta última Comisión de Límites es la que protagonizan los personajes que, de forma novelada, presentamos en este libro.

Este fue el tiempo en el que la mayor parte de los pueblos del Estado Amazonas actual cobraron forma y fueron incorporados a la Corona española.

Este libro, “aprendiz de novela”, quiere dar a conocer en forma narrativa lo fundamental de un documento importante para la Historia Colonial de Amazonas como lo es el libro de Demetrio Ramos Pérez “El Tratado de Límites de 1750 y la Expedición de Iturriaga al Orinoco”, esto es, lo que sucedió en la segunda mitad del siglo XVIII por estas tierras del sur de Venezuela.

A pesar de que algunos de los personajes, diálogos, actitudes y circunstancias que aquí se presentan son ficticios, la mayor parte de ellos y las narraciones son extraídas de las crónicas, documentos e historia real de la época.


1.
Diciembre de 1767.
- Mi padre se llamaba Kalaimi y era jirajara...

Así hablaba Tame, un indio de unos 30 años, al rescoldo de un fuego mortecino en una de esas pequeñas manchas de selva que bordeaban las sabanas y morían en el rumoroso Orinoco. Allá enfrente, al otro lado del río languidecía el pueblo de San Juan Nepomuceno de los Atures, fundado por los Jesuitas en 1740.

Anochecía.

Tame hablaba despacio, con voz parsimoniosa y monótona mientras mordisqueaba un fruto de moriche. El lento chisporroteo de la candela iluminaba a ratos unas facciones bien definidas: pequeño de estatura, cuello fuerte y un ancho rostro desgarrado apenas por unos ojos achinados, una boca carnosa y pequeña y una aplastada nariz.

Frente a Tame estaba un hombre demasiado espigado y desgarbado para ser indígena, se entretenía en remover el fuego con una estaca. El resplandor intermitente de las brasas mostraba una cara afilada que denotaba preocupación. Miraba con miedo a Tame cada vez que escuchaba algún ruido sospechoso.

- No pasa nada, Kameni. Descansa y deja de preocuparte. Aquí nadie te conoce.

Kameni disimulaba nuevamente la tensión que le afilaba cada vez más su rostro.

- Lo peor que te pueden hacer al apresarte es mandarte a tu tierra. - Tame trataba de bromear - ¿quién te va a reconocer? Por esta parte no hay achaguas. El Casanare queda muy lejos.
Kameni, aunque no lo parecía, era un sacerdote que no quiso entregarse a los soldados del Gobernador Centurión quien por orden del rey expulsó a los jesuitas de Guayana. Prefirió adentrarse en el llano, y después de pasar por numerosas y peligrosas aventuras, recorriendo sabanas inmensas, y atravesando esteros y morichales para las que no estaba preparado, se encontró providencialmente con Tame.

- Fue Dios el que te envió. Estoy seguro.

- Debes ser muy importante para Dios... - siguió bromeando Tame.
El año 1767 fue un año desdichado para la Compañía de Jesús. El rey Carlos III de España, decretó la expulsión de los jesuitas de todos sus dominios. Fue un auténtico terremoto institucional dentro del Imperio español. Era una orden religiosa que se distinguía por su obediencia y fidelidad al Papa y a todo lo que esa fidelidad abarcaba en los diversos escenarios políticos. La firma de 1767 expulsó de todos los dominios del imperio español a aquellos hombres que mejor habían servido, acrecentado y defendido los intereses de la Corona. El P. Ortega como le llamaban en la misión de Guanapalo entre los achaguas, no estuvo de acuerdo con la obediencia al rey.
- No es justa. Ningún cristiano está sujeto a cumplir una orden injusta.
Y desde entonces vagó errante de pueblo en pueblo por el inmenso llano. Se hacía llamar Kameni. Apenas sospechaba que alguien podía reconocerle, huía inmediatamente antes que lo delataran a las autoridades españolas. Por eso, todos los días teñía cuidadosamente de negro curame su pelo rojizo.

- Mi papá se llamaba Kalaimi y era jirajara....

Cuando se encontró con Tame y oyó el nombre de Kalaimi, sus ojos brillaron y le disparó una batería de preguntas, casi sin esperar respuesta, con el ansia de que lo que estaba pensando fuera cierto.

- ¿Kalaimi? ¿El cacique amigo del P. Gumilla? ¿El músico? ¿El compañero de Gumilla en Casiabo?¿El poblador de los Betoyes?...

Tame sonreía tranquilo, mientras en la cabeza de Kameni o P. Ortega, bullían todas aquellas narraciones y cuentos que en Bogotá le relataron los jesuitas veteranos de las misiones del Orinoco.

Un graznido agudo cortó el ambiente de nocturna serenidad, haciendo que el asustado Kameni abriera los ojos inquisidoramente hacia un Tame que, levantándose del chinchorro se perdió sigiloso en el bosque. No tardó en regresar sosteniendo por el largo cuello una úkira, un negro pajarraco nocturno. Una de las trampas montadas por Tame había funcionado. Unas veces cazando, otras pescando, la compañía y experiencia de Tame hacían que Kameni aprendiera a sobrevivir con lo estrictamente necesario en tan áspero ambiente.

- Mi papá se encontró con el P. Gumilla por pura suerte. Vivía en Tame, de ahí viene mi nombre, uno de los primeros pueblos cristianos que los jesuitas lograron poblar con diversas naciones de indios: jirajaras, guamos, guajibos... Se hizo cristiano. Aprendió a tocar el clarín. Allí había instrumentos de todo tipo y los misioneros enseñaban a tocarlos con maestría. Los primeros misioneros sabían de todo. Yo era muy joven cuando me contaba que el P. Gumilla era un magnífico carpintero, albañil, escultor, pintor, pero no sólo eso; conocía bastante de medicina y eso era lo que le hacía más apreciado. En las continuas epidemias que se presentaban, el P. Gumilla les curaba con medicinas naturales y caseras por lo que se ganó la buena fama de brujo... ¿Estoy hablando mucho, Kameni? Pareciera que no te interesa lo que te estoy contando.

- No. Estaba pensando en otras cosas, Tame.
Kameni rumiaba con dolor todo lo acontecido. La historia de Gumilla la conocía muy bien. Desde su noviciado en España y en los años de seminario en Santa Fe de Bogotá le habían emocionado las historias de los primeros misioneros de los Llanos. Sus emocionantes y penosos viajes por sabanas inmensas, enfrentándose a Caribes y holandeses, sus fracasos, sus grandes éxitos con tribus peligrosas que fueron reducidas pacíficamente... las figuras y el ejemplo de grandes misioneros como Gumilla, Rotella, Lubián, Román, Gilij etc. fueron lo que alimentaron su vocación misionera y enrumbaron su vida.

- ¿Por qué no te entregas? – susurró Tarne.

- Ya no tengo vuelta atrás. Mis compañeros ya están muy lejos. La Compañía fue borrada de la tierra, no existo... ¿te das cuenta, Tame? El P. Ortega ya no existe. Ya no sé quién soy...

- Eres Kameni.

- ¿Kameni..? ¿pintándome el cabello a cada rato para que no me reconozcan? ¿Huyendo de acá para allá como una fiera? No, Tame, ya no soporto más esta situación. A veces pienso que hice mal en quedarme... pero otras veces pienso que los jesuitas aquí, fuimos unos auténticos cobardes. ¿Por qué no nos alzamos como en las misiones del Paraguay? Aquí podríamos haber reunido miles de indígenas y defendido nuestras misiones. Nos entregamos como ovejas...
La noche avanzada iba espaciando cada vez más el diálogo. Al otro lado del Orinoco titilaban como cocuyos las débiles luces de San Juan Nepomuceno de los Atures, mientras el río se despeñaba raudal abajo con un ruido sordo.

Tame seguía hablando mientras Kameni parecía estar dormido.

- Mi papá, el famoso Kalaimi, fue un aventurero. No podía estar quieto en ninguna parte. Era como si tuviera una casa de hormigas en sus pies. Armado con su famoso clarín, se dedicó a vagar por aquellas tierras. Llegó a Tunja y desviando hacia el norte, fue a topar con Pamplona. De aquí tomó rumbo a oriente adentrándose en tierras del piedemonte andino de la cordillera de Mérida. Bajando al Llano, se encontró con una tribu cuya lengua era muy parecida a la suya. Eran Betoyes que vivían muy cerca de allí. Buen conversador y tocando el clarín de vez en cuando, se dirigió con ellos al pueblo.

Kalaimi me contó sus aventuras y viajes, invitando a los Betoyes a que se acercaran a conocer Tame, su pueblo. Después de largas discusiones decidieron no hacerle caso, pero los jefes del pueblo dejaron en libertad a los que quisieran acompañar a Kalaimi. Así se puso en marcha atravesando tribus salvajes, con quienes tuvo a veces que hacer uso de su arma secreta: el clarín. Cuando la situación se hacía muy tensa, Kalaimi sonaba el clarín con toda su fuerza, y los salvajes huían espantados ante aquel sonido tan horrible. Por fin llegó a Tame con 16 betoyes.
Kameni se sentó en el chinchorro. A pesar de sus ojos cargados, no lograba dormir. Tame avivó el fuego nuevamente y acostado siguió con su monólogo...

- Como te dije, Kalaimi tenía rollones en sus pies y no duraba mucho tiempo en un sitio. Animado por el P. Obino, misionero de Tame, volvió a tierras de los Betoyes y, después de pasar muchas aventuras y desventuras, a los pocos meses regresó con otras familias Betoyes.

Pero se dio cuenta que entre jirajaras y betoyes las cosas no marchaban muy bien. Los jirajaras, como viejos habitantes del sitio trataban a los betoyes como advenedizos, obligándoles a un servicio. Por esto Kalaimi solicitó a los misioneros fundar un nuevo pueblo para los betoyes. Caminaron por extensas sabanas y se detuvieron en un sitio llamado Casiabo, cerca del río Cravo. Allí dirigió como cacique a los betoyes y fue el primer misionero indio de los Llanos, enseñándole todo lo que él había aprendido.

Cuando pasó por Tame el P. Mimbella, Provincial de los jesuitas, Kalaimi le pidió un misionero para Casiabo y para hacer entradas a tribus betoyes, lolacas, tamanacos y otras que habitaban el Llano.

Ese misionero fue el P. José Gumilla. Se hizo muy amigo de mi padre y juntos recorrieron los llanos del Meta y Casanare hasta llegar al Orinoco, estableciendo pueblos y construyendo fuertes para defenderse de los Caribes y holandeses. Gumilla decía siempre que sin escolta española no podrían subsistir los pueblos. Famoso fue el ataque del caribe Taricura a San José de los Otomacos, en donde murió. Un holandés disfrazado de indio, desnudo y bien pintado le sucedió en el mando, pero fracasó en su ataque. Desde entonces los caribes dejaron en paz a Gumilla y su gente. Los caribes arrasaron varios pueblos de los PP. Capuchinos en Guayana. La noticia de que no sólo habían dado muerte a un misionero, sino que después le cortaron los brazos, lo ahorcaron y quemaron todo el pueblo, produjo gran conmoción en los pueblos de los llanos Anteriormente los caribes habían matado a los jesuitas Teobast, Fiol, Bek y Loberzo.

Después de unos años, al P. Gumilla lo mandaron a Santa Fe de Bogotá como Superior y posteriormente a España. Cuando regresó a los Llanos le dieron la triste noticia de la muerte de mi padre. El clarín de Kalaimi había dejado de sonar para siempre. Poco después, en 1750, murió Gumilla.
Sentado en su chinchorro miró a Kalaimi con ojos brillantes.

- ¿Sabes por qué te conté toda la historia del jirajara Kalaimi?

- Estás orgulloso de tu padre. Es natural...

- Sí - contestó Tame sentándose en el chinchorro - Pero no es eso lo que interesa. Eres tú lo que importa en este momento. Mi padre fue un vagabundo, errante, peregrino por tierras extrañas. Dejó a su gente, a su parentela jirajara y se hizo betoye. ¿No te dice nada eso?¿No ves ahí un camino posible para ti?

- ¿Cuál?

- Deja de lamentarte, Kameni. Sal de tu escondite. Busca un nuevo pueblo, una nueva gente, olvídate que eres o eras un jesuita. Ponte a caminar y construye tu nueva vida. Ahí tienes el Orinoco. Cruza los raudales que te separan de un mundo nuevo. Aventúrate como Kalaimi y como él, busca tu nuevo pueblo. Rompe con todo lo que fuiste. Ya no existen los jesuitas. No te fuiste con ellos, te quedaste. ¿Para qué?¿Para estar pensando siempre en el pasado?

- ¿Te parece fácil? - musitó Kameni enrollándose nuevamente en su hamaca.
El alba que apenas se asomaba, encontró a Kameni bañándose en el caño, tratando de borrar sus recuerdos, al mismo tiempo que recuperaba el color rojizo de sus cabellos teñidos por el negro curame.
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