El círculo de los escritores asesinos






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títuloEl círculo de los escritores asesinos
fecha de publicación30.05.2015
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Diego Trelles Paz

El círculo de los escritores asesinos




Editorial Candaya

Candaya Narrativa 4
Prólogo de Santiago Roncagliolo
ISBN 84-933546-8-6

320 págs. 16 €




EL AUTOR
Diego Trelles Paz nació en 1977 en Lima (Perú). Estudió cine y periodismo en la Universidad de Lima y desde 2001 realiza estudios de postgrado de literatura hispanoamericana en la Universidad de Austin, Texas. Además de escribir sobre música en la revista underground Caleta, ha hecho crítica de cine en el diario El Comercio y en 1999 dirigió el cortometraje Como si la muerte fuera para ellos. Actualmente, colabora con la revista Quehacer y dirige Pterodáctilo, revista cultural del Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Texas.

Trelles Paz es autor de Hudson el redentor (y otros relatos edificantes sobre el fracaso) (Ed. Caleta, 2001), obra a mitad de camino entre la novela y el libro de relatos, y de la plaquette Borges en Austin (Díptico Ediciones, 2004). Ha participado en el libro Roberto Bolaño. Una literatura infinita (Universidad de Poitiers, 2005) y en la antología de Andrés Neuman Pequeñas resistencias 4. Antología del nuevo cuento norteamericano y caribeño

(Páginas de espuma, 2005)

Sobre su primera obra, Hudson el redentor (y otros relatos edificantes sobre el fracaso) la crítica dijo:
«Hudson el redentor es un híbrido entre novela y libro de cuentos que gira en torno a las vidas extrañamente entrelazadas de algunos habitantes del distrito de Magdalena del Mar. Noches plenas en desencuentros e inútiles coincidencias, mañanas grises, expectativas nulas […] El autor ha sabido llevar de modo inteligente distintos modos de razonar y sentir, captando la individualidad de cada uno, pero dejando entrever a través de todos un maltrecho gesto de fragilidad.» Elisa Fuenzalida (El Comercio, Lima, 26 de agosto de 2001)
«Con reveladora prosa, Trelles logra en algunos pasajes transmitir una atmósfera de agazapada agresividad; sus personajes viven el momento, el día y la hora, y siempre con la sensación—que el lector casi puede palpar—de que todo puede perderse de un instante a otro.» Erasmo Vereau Veneros (El Peruano, Lima, noviembre 2001)
«Hudson el redentor se debate entre la esperanza y la frustración que es común a las generaciones emergentes, post-todo, en Latinoamérica. La narración es con frecuencia descarnada, implacable, apasionada.» Ronald Flores (Revista Pterodáctilo, Texas, otoño 2002)
«El fútbol es protagonista de las historias de estos personajes. El juego aparece como tema de conversación, rivalidad y nostalgia permanentes […] Pero, aunque el fútbol sirve como un horizonte más benigno que el de las drogas, hacia el final del relato mayor aparece igualmente viciado y termina siendo uno de los discursos en donde Trelles Paz imbrica violencia, drogas, corrupción y una ética paraapocalítpica. […] Para este mundo de Hudson el redentor es suficiente imaginarse a Trelles Paz diciendo sobre sus personajes: “Fracasan, luego existo”. Este libro es una buena justificación de esa existencia» Pablo Brescia (Revista Chasqui, Arizona, mayo 2004)

LA OBRA: EL CÍRCULO DE LOS ESCRITORES ASESINOS
¿Por qué mataron al crítico literario García Ordóñez? ¿Quién liquidó a una de las más jóvenes promesas de la intelligentsia cultural peruana? Aunque todos se declaran inocentes, el asesino es uno de los integrantes del Círculo, una pandilla de jóvenes escritores y cinéfilos, que bien podría recordar al Círculo de la serpiente cortazariano o a la famosa mesa circular de Dorothy Parker en el Hotel Algonquin. Ganivet, el Chato, Larrita y Casandra rinden pleitesía al poeta César Vallejo, no creen en democracia más necesaria que la del talento y sostienen una guerra sin cuartel contra la llamada «mafia cultural de Lima». Ellos serán los autores de los cuatro manuscritos que, reunidos y comentados por el enigmático Alejandro Sawa, pretenden aclarar el asesinato de tan influyente hombre de letras.

Los escenarios de esta singular historia son Perú, Estados Unidos, África y una pérdida y enigmática isla caribeña. Una cantante punk caída en desgracia, una femme fatale enamorada de Eric Rohmer, un cronista enloquecido que forma un «Club de enemigos de Neruda», un anciano subversivo que rememora el heroísmo del Cid, un poeta suicida que torea coches y un narco mexicano que huye a Etiopía tras los pasos de Rimbaud son algunos de los personajes de El círculo de los escritores asesinos. Tan maléficos como inocentes, tan frágiles como arrogantes, todos tienen mucho de las sórdidas calles de la Lima donde creció su autor, Diego Trelles Paz, uno de los mejores representantes de la narrativa peruana actual.

Del prólogo:
«Es tan fácil contar una buena historia de detectives que es muy difícil contar una historia que valga la pena. Y habitualmente, la manera de hacerlo es que trascienda el hilo criminal para iluminar la realidad de una sociedad, una verdad o un personaje (un ser humano) hermoso. Ése es el reto creativo que asume Diego Trelles Paz con El círculo de los escritores asesinos.

La primera particularidad de esta novela de detectives es que no tiene detectives. Recopila una sucesión de testimonios de los supuestos autores del crimen, todos ellos ocultos bajo seudónimos literarios y reunidos por el enigmático Alejandro Sawa, último miembro del Círculo. Conforme transcurren las páginas, vamos descubriendo a Ganivet, el desesperado reo inocente que les lee El Quijote a sus compañeros de prisión; al Chato, reconvertido en estudiante ilegal en EEUU, que se esfuerza por contarle su historia a un viejo académico desinteresado; al irreverente Larrita, cuya desenfadada verborrea rimbaudiana no logra convencernos de su sinceridad (¿o sí?); y a Casandra, la musa de todos los demás, una mujer obsesionada con un cuadro de Hopper, cuya historia sea acaso la más bella y terrible de todas. El "editor" Sawa no deja de expresarse, sin embargo, mediante las tendenciosas notas a pie de página que completan, desde su perspectiva, la historia fragmentada que los demás erigen, como el Dios–autor de Flaubert, que reparte su vanidad entre todos los personajes a los que ofrece una voz, pero en este caso sin tener la delicadeza de callarse.

Una historia colectiva es como un espejo trizado en mil pedazos. Dos de sus fragmentos pueden reflejar lo mismo, pero otros dos pueden contradecirse. Quizá una esquirla saliente refleje a otras esquirlas y cree un incomprensible juego de reflejos infinitos. Pero hay una diferencia fundamental entre el relato y el cristal: cuando un espejo se rompe en mil pedazos, la realidad que refleja se sostiene ante él completa e independiente. En cambio, cuando las versiones de un relato se cruzan, se oponen, se destruyen unas a otras, no queda ningún modelo puro y real con el cual confrontarlas. El investigador debe limitarse a ellas y recomponerlas, para deducir del relato la realidad más verosímil.

En El círculo de los escritores asesinos, el problema de las versiones adquiere una sutileza añadida, porque la propia percepción de los narradores está tamizada por las historias de los libros y las películas que han visto. Encerrados en la Lima gris y húmeda del postfujimorismo, los miembros del Círculo frecuentan poetisas heavy metal, traficantes desengañadas, críticos literarios de cafetín y escritores de medio pelo, una fauna que no sabe si recordarnos al París de Baudelaire o a los bajos fondos del puerto del Callao. Sus borracheras, que suelen terminar entre botellazos y versos de Vallejo, están salpicadas de citas de más o menos todo lo que su autor ha leído, visto u oído: Portishead, Rohmer, Rulfo, Cervantes, Pío Baroja, Morrissey, Glauber Rocha, Welles, Onetti, Borges, Alberti, Burroughs, Leopoldo Lugones, Alfonsina Storni, Dulce María Loynaz, Vila-Matas, Villoro, Robert Altman, Cortázar, Luis Hernández, Neruda, Antonio Cisneros, Roberto Bolaño –crucial y clarísima influencia, por cierto, en la concepción y ejecución de esta novela– y el mismo Trelles Paz –cuyo alter ego bien podría ser el Chato, redivivo protagonista de su libro anterior– se suman a cientos de otros artistas mencionados, a través de cuyos ojos nuestros personajes se apropian del mundo para comprenderlo, juzgarlo o incluso negarlo según los principios estéticos de sus creadores preferidos.

Así, un paseo por las sórdidas peripecias del Círculo es inevitablemente un recorrido por la literatura actual y no tan actual, en el que se mezclan sin aparente orden ni concierto grandes novelistas y desconocidos poetas de culto, intelectuales de relumbrón y artistas suicidas, putas y borrachos, como impone el mismo y casi contradictorio género: un policial sangriento que habla sobre estética y literatura. »
SANTIAGO RONCAGLIOLO

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ALGUNOS FRAGMENTOS DE EL CÍRCULO DE LOS ESCRITORES ASESINOS

(Del Manuscrito G)

Nunca, antes de ese día, me había puesto a observar un edificio fantasma del que no se desprendía ni un solo ruido pero por el que, pronto, desde uno de sus salientes cajones –decía el Chato– asomaría Vargas Llosa con su pulcro pijama londinense, fastidiado por un insomnio inexplicable y, claro, al vernos con el semblante hacia el cielo, como si esperásemos la llegada de Dios, se preguntaría si acaso esos curiosos muchachos estaban ahí para verlo, para conversar con él y mitigar su insomnio con una de esas preguntas inesperadas que un escritor en ciernes quiere hacerle a aquel en el que sueña –u odiaría– verse convertido.

No apareció. Vargas Llosa no estaba en Lima y el Chato lo sabía porque, cuando este acontecimiento se daba, sus jefes salían despedidos como balas perdidas dejando todo el trabajo de las ediciones sabatinas a su corte de periodistas nocturnos. No estaba, no había nadie en esa casa además de los libros de su famosa biblioteca; pero el Chato seguía hablando de Él con un tono esperanzado, como si en cualquier momento pudiese llegar a prenderse una luz desde el fondo de esa suntuosa nada, una luz que borrase la inmensa sombra en la que aquel inmueble tenebroso nos sumía.

«Así es siempre» –dijo el Chato de pronto– «vengo a menudo, Ganivet, y si no he bebido, me siento a esperarlo cinco o diez minutos, aun cuando sé que está recibiendo premios en Londres o en Madrid o en Nueva York, yo aquí lo espero y lo espero pero lo único que veo es esta imponente edificación que me ensombrece por completo. Lo curioso es que espero sin saber qué voy a decirle si un día asoma y, a veces, he llegado a la conclusión de que, si alguna vez veo a Vargas Llosa sin uno de sus perfumados y atractivos guardaespaldas europeos, voy a agarrarlo a golpes.»
(Del Manuscrito CH)
Lo primero que hice, al terminar aquella espléndida novela, fue mirarme la frente en el espejo. ¿Tendría el “estigma de Caín”? ¿Encontraría un Max Demian deambulando por Lima? En el barrio había un chico solitario que se paseaba con libros gruesos y siempre llevaba una larga gabardina negra. No era amigo nuestro. Su nombre era Hudson. Su hermano era un gordito afeminado que, durante toda su vida, se había preparado para convertirse en mujer. Él me dijo que Hudson escribía. Cuando lo supe, pensé que mi espera había concluido. ¡Tenía que ser el Demian que buscaba!, ¡era imperioso preguntarle cuanto antes por la marca en mi frente! Un día desapareció para siempre de Magdalena y yo ni siquiera me había atrevido a saludarlo. Imaginaba que había salido de nuestra pequeña e insignificante comunidad para convertirse en escritor y, cuando me aburría de mi mediocre juventud, me consolaba pensando en su valeroso gesto.
Algunos años más tarde, cuando el Círculo ya había entrado en mi vida y yo era un periodista melancólico, lo volví a ver. Hudson era un vagabundo que mendigaba alcohol en los bares. No había escrito nada pero siempre hablaba de la gran novela que, febrilmente, construía. Al verlo se me llenaron los ojos de lágrimas. ¿Qué era yo entonces sino el ínfimo periodista de una redacción de sonámbulos?

(Del Manuscrito L)

Solía tener una amiga española en Lima. Era una catalana disidente que andaba de novia con el vocalista zarrapastroso de una banda punk llamada Los cuatro ratas. Ramona (así se había puesto ella misma homenajeando a los Ramones) tenía por costumbre desearle a todo el mundo que le dieran por el culo. «¡Anda a que te den por el culo, macho!» decía por aquí y por allá, a veces ahorrándose lo del culo. Cuando le pregunté si eso era común en su país, me respondió que sí, que su madre solía deseárselo a sus amigas de la parroquia, o a su padre, cuando se molestaba. Recuerdo que el comentario de Ramona me sugirió una imagen de delicioso humor negro: veía a la madre de Ramona (una señora rosada y bien puesta en carnes) saliendo de la iglesia y molestándose con el padre de Ramona (por esas épocas una señorita casta) por una tontería. Veía, luego, cómo la beata señora le decía a su marido que le dieran por el culo y, en seguida, como por acto de magia, veía al hombre teletransportado hacia un cuarto de torturas, amordazado y puesto de noventa grados delante de un senegalés desnudo y vigoroso, a punto de sodomizarlo con su falo descomunal. Entonces, sí, como lo había profetizado la mujer que lo amaba, al padre de Ramona le daban por el culo con todas las de la ley ¿no les jode?
(Del Manuscrito C)
Supe entonces, Jean-Marie, que la verdad es lo menos importante y que la gente vive más feliz cuando ni siquiera la presume. Supe que tío Manolo lo sabía y que ahora estaría más tranquilo sin tener conciencia de nada. Supe que era un cobarde y que, posiblemente, me hubiera gustado ser una cobarde a su lado. El arte, Jean-Marie, desvela la locura de los otros pero no consigue erradicar la propia. Y si en la vida ya no se trata de luchar contra la locura del mundo, entonces, Jean-Marie… ¿de qué se trata?
Presentaciones en España:
Canet de Mar. Biblioteca P.Gual i Pujadas (Riera Sant Domènec, 1)

Sábado, 4 de marzo, a las 19 horas.

Presenta: David Estrada Luttikhuizen, novelista y profesor de la Universidad de Girona.

 

Bilbao. Casa del libro. (C/ Colón de Larreátegui 41)

Viernes, 10 de marzo, a las 19.30.

Presentará el escritor peruano Ricardo Sumalavia.

 

Madrid. Librería Estudio en Escarlata (C/ Guzmán El Bueno 46)

Sábado, 11 de marzo, a las 19.30

Presentará el novelista venezolano: Juan Carlos Chirinos.

Dialogarán con el autor: Santiago Roncagliolo y Sergio Galarza.

 

Barcelona. La Central del Raval (C/ Elisabets  6)

Miércoles, 15 de marzo, a las 19.30 horas

Presenta: Teresa Martín Taffarel poeta y profesora de la Escuela de Escritura del Ateneo de Barcelona.

 

Palma de Mallorca. casatomada (Passatge Antoni Torrandell 1, local 11)

Viernes, 17 de marzo, a las 20 horas

Presenta: Horacio Alba, crítico literario y director de la revista casatomada.

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