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así como el hombre en quien dos poderes luchan, vacilo entre sucumbir al peso de mi

delito, o entregarme al esfuerzo del buen propósito. ¿De qué sirve la misericordia, sino

para bajar sobre la frente del pecador? ¿Y no tiene la oración la doble virtud de precaver

la caída, y de levantar al caído, obteniendo el perdón? Quiero, pues, levantar al cielo

mis miradas. Pero ¿cuál es la forma de oración que se apropia a mi delito? ¿Puedo pedir

y esperar perdón? ¿Hay acaso bastante agua en las suaves nubes del cielo para lavar la

mancha de sangre en la mano del fratricida? ¿Hay, por ventura, remisión para aquel que

sigue disfrutando los beneficios de su delito, su reina, su corona, su vanagloria? No

puede ser.

»Puede la dorada mano de la iniquidad sumergir la equidad en las corrompidas

corrientes del mundo, y le es dado a un vil soborno falsear a veces la ley humana. ¡Pero

no así allá arriba! ¡Allá no vale el artificio, ni nada puede la mentira! Allá aparece el

hecho en su desnudez, y el delincuente habrá de acusarse a sí mismo en el reino de la

verdad. ¿Qué nos queda, pues? -Probar hasta dónde alcanza la virtud del

arrepentimiento. ¡Ah, sí! Todo lo puede... Pero ¡ay! ¡Si quisiese el pecador y no pudiese

arrepentirse! -¡Oh, infausto estado! -¡Oh, pecho negro como la muerte! -¡Oh, alma, que

al esforzarte por libertarte de la red del pecado, te envuelves en ella! -¡Ángeles, acudid a

su socorro! Ablándate, corazón de acero, hasta ser cual las fibras del niño recién nacido.

-¡Inflexibles rodillas, doblaos! (Se arrodilla, y después de un momento de silencio

prosigue.) ¡Ah! ¡Las palabras han volado, pero faltan alas al corazón, y las palabras que

sin el corazón llegan al cielo no hallan en él entrada!»

Esta traducción literal y mala, aunque apenas daba una idea de la magnífica,

profunda y elevada poesía del poeta que fue y es gloria de su patria, llenó, no obstante,

de admiración al general, cuya alma era accesible a todo lo bello y a todo lo bueno. Pero

al echar una mirada sobre su mujer, que yacía blanca sobre su blanco lecho, como una

marchita azucena sobre nieve, hizo esta sencilla reflexión:

-¿Por qué busca estos cuadros de delitos y pasiones? ¿Por qué imita la paloma el

grito fúnebre del búho? ¿A qué remeda la oveja sencilla el rugido del herido y

sangriento león?

Después de haber guardado los papeles, el general se sentó en un sillón a los pies de

la cama de su mujer, y levantó a Dios su corazón en una ferviente plegaria por la vida

de la que amaba.

El reloj de la sala contigua a la alcoba dio las once, con la tenacidad de un recuerdo

que se rechaza y que constantemente vuelve: sus ecos y metálicos sonidos vibraron en el

silencio, como si llamase a una cerrada puerta la justicia, para la que no hay puerta que

pueda permanecer cerrada. Estos claros sonidos estremecieron a Ismena en su sueño, y

despertó dando un sordo gemido.

El general, que vio a su mujer con los ojos desatentados, y que la oyó pronunciar

palabras incoherentes, se acercó a ella, y rodeándola con sus brazos, le dijo:

-Serénate, Ismena; has tenido alivio. Dios oye nuestros ruegos: hace algunas horas

un sueño benéfico restaura tus fuerzas.

-¿He dormido? -murmuró Ismena-. ¡He dormido en el borde de mi sepultura, como

si ésta me prometiese descanso! ¡He dormido, cuando tan poco tiempo me queda para

arreglar mis cuentas sobre la tierra! ¡Sentaos, señor!... que como a tal quiero hablaros, y

no como a mi marido; porque digna no soy como a de ser vuestra mujer. Hablaros

quiero, no como a mi compañero, sino como a mi juez, cuya clemencia imploro.

El general atribuyó estas extrañas palabras al delirio, y sin hacer alto en ellas, quiso

tranquilizar a su mujer, proponiéndole diferir las explicaciones que quería hacer para

más adelante. Pero Ismena insistió con energía en que la escuchase, y prosiguió:

-Voy a morir... y dejo sin sentimiento todos los bienes de la tierra. Sólo uno es el que

ambiciono, y quisiera llevar conmigo a la tumba. Vos, que fuisteis para mí padre,

marido y bienhechor, no me lo negareis, puesto que sólo vos podeis dármele; porque

este bien que imploro es, señor, vuestro perdón.

Al oír a su mujer, el general se confirmó en que deliraba, y volvió a suplicarla que no

se agitase como lo estaba haciendo. Pero Ismena insistió de nuevo y con ahinco en que

la prestase atención sin interrumpirla.

-Si una mujer -dijo- que ha expiado una culpa con todo lo que el remordimiento tiene

de terrible y dedestrozador, arrebatándole éste su sosiego, su salud y su vida; si esta

desgraciada, en el momento de morir desesperada, puede inspirar alguna compasión...

¡oh, vos, que habéis sido el más generoso de los hombres; vos, que sembrásteis mi vida

de flores, tened para mi muerte una rama de oliva! Recibid sin rechazarme, sin huir de

mí en mis últimos instantes, sin hacer horrible mi agonía con maldecirme, una confesión

que os probará que mi corazón no está del todo pervertido, cuando tiene valor para

hacerla.

Un sudor frío bañaba la frente de la moribunda: sus yertas manos temblaban

convulsivamente; sus palabras salían débiles, pálidas de sus labios, como las últimas

gotas de sangre que vierte una herida de muerte! Sin embargo, haciendo un postrer y

heroico esfuerzo, prosiguió así:

-Sé que voy a traspasar vuestro corazón con un agudo puñal; empero sólo ese medio

puede impedir el que yo muera desesperada. Aquí tenéis -prosiguió, sacando un pliego

cerrado que tenía debajo de su almohada- una declaración firmada por mi y atestiguada

por dos testigos venerables, con el fin de impedir una infame usurpación, un criminal

expolio y un horrible abuso de vuestra noble buena fe. Por ella veréis, señor, que...

¡Ramón no es nuestro hijo!

El general, al oír estas tremendas palabras, por un movimiento involuntario se alzó

de su asiento con ímpetu; pero al punto recayó en él anonadado, y cubriendo su rostro

con ambas manos, exclamó con asombro y dolor:

-¡Ramón, Ramón no es hijo mío!!!

-¡Tened piedad de mi agonía! -gimió Ismena torciéndose las manos.

-¡Eres una infame! - exclamó el general con toda la indignacion de la probidad contra

la traición, y con toda la repulsa de la virtud hacia el crimen.

Jamás había oído Ismena la bondadosa y paternal voz de su marido tomar el terrible

y viril acento con que le arrojó el oprobio a la faz, y se sobrecogió cual herida de un

rayo. El profundo dolor y la severa condena de su marido le parecieron abrir un abismo

entre ambos, y hacer imposible que los labios que articulaban aquel acerbo fallo

pronunciasen la dulce palabra que anhelaba en su agonía, y que deseaba más que la

vida. Esa palabra, que sólo podía dulcificar su muerte, era el perdón, que es el más bello

y perfecto fruto de la caridad; el perdón, cuyo valor es tan grande, que con toda su

sangre lo compró el Hijo de Dios, y que concede su Padre por una lágrima; ¡tal es su

misericordia! El perdón, don divino que ni pide ni otorga el orgullo, y que implora y

concede la mansedumbre; ese perdón, que llevaría la culpable al cielo como una eficaz

intercesión. ¿Acaso había tardado demasiado en pedirlo? ¿Iría a morir quizás en el

momento en que las olas de la sangre sumergían en el corazón del ofendido la santa

misericordia, la generosa clemencia? La infeliz, en su desaliento, se arrojó fuera del

lecho, cayó postrada, y levantando sus cruzadas manos, que apoyó sobre el noble pecho

del hombre a quien había engañado, gritó con voz gutural y moribunda:

-¡Perdón!

Su último pensamiento, su último sentir, su último aliento se disolvieron en esta

última palabra. El general se estremeció al oír aquel grito destrozador lanzado en el

estertor de la muerte; se inclinó hacia su mujer, y la cogió en sus brazos: ¡no levantó

sino un cadáver!

En aquel instante se oyeron las doce lentas y graves campanadas del reloj, como si

hubiese aguardado el Tiempo ese momento para lanzar su metálico sonido cual un

espontáneo y piadoso doble!

Capítulo VII.

Una culpa secreta, arrastrando sus terribles consecuencias, enlazadas unas a otras

cual un grupo de serpientes, había ya costado la felicidad y la vida a la que la cometió, y

la razón a la que la concibió; pues el anatema y la muerte de Ismena condujeron a Nora

a la casa de locos. Y sin embargo, su horrenda rastra y sus amargas influencias no

habían parado aquí, y emponzoñaban los últimos años de la existencia, hasta entonces

tan serena y apacible, del general conde de Alcira. Se reconvenía el excelente anciano,

sin cesar, por la palabra dura y acerba que la indignación arrancara a sus labios, y que

era la sola con la que en su vida toda había herido a un corazón destrozado y marchito,

que imploraba una suave y santa palabra para dejar de latir tranquilo, y que sólo halló

un cruel baldón, con el cual murió desesperado. -Lloraba ardientes lágrimas por no

haber concedido aquel perdón, que sólo pudo faltar un instante a su corazón generoso;

¡y este instante había sido el último de la infeliz que lo imploraba! Aquel perdón que

quizás hubiese prolongado su vida, calmado sus sufrimientos, dulcificado su muerte, ¡se

lo había negado!!!

Este recuerdo, que era a su vez un remordimiento, envenenaba su vida!

La reacción que experimentaba, llegaba, en su bondad natural, hasta hacerle casi

disculpar un delito compensado por tan sobresalientes cualidades, borrado por un

remordimiento sin igual, y por sufrimientos mortales, puesto que la muerte tiene la

dulce prerogativa, al asir su presa, de llevar consigo a la tierra lo malo que tuvo, y

dejarle lo bueno por epitafio.

El general compensó aquel momento, en que se había olvidado de ser cristiano, con

multiplicadas obras de caridad, ofrecidas a Dios en holocausto, para lograr del cielo el

perdón, que negó la tierra, a la arrepentida pecadora, y con incesantes sufragios para

obtener el descanso de su alma; preces que el Eterno escucharía, porque Él oye al

hombre a quien crió, cosa qne no puede negar el más aferrado incrédulo: que no hizo el

Criador del hombre un expósito, sino que, le reconoció por hijo, le dio preceptos y le

prometió una gloriosa herencia desde la cruz.

Todas las mañanas un sacerdote ofrecía el santo sacrificio de la Misa por el descanso

de un alma que eternamente vivía en el corazón del anciano, el cual, arrodillado al pie

del altar, unía sus oraciones a las del sacrificante.

Amargaba, además, la vida del general el horrible secreto que le ahogaba, y envolvía

con él a todos sus hijos, así como el soberbio grupo del Laocoonte la fiera sierpe hace

su presa del padre y de sus hijos. No podía romper el arcano, sin sacrificar al que su

bondadoso corazón amaba siempre con tierno cariño, sin difamar las cenizas de la

madre de sus hijos. El general guardó, pues, este infausto secreto: respetaba la infancia

y la inocencia de sus hijos, y no se hallaba con valor para descubrirlo. ¡Siempre será

tiempo -pensaba- de descorrer el velo a tan triste y cruel realidad! Algunas veces había

pensado enterrarlo consigo. Pero ¿con qué derecho podía él, hombre de tan estricta y

firme probidad, privar a sus hijos de sus bienes en favor de un extraño? ¿Cómo hacer

cabeza de su noble casa a un individuo extraño, a un expósito, usurpando sus derechos a

sus legítimos propietarios?

Hay padres mundanos que quieren hacer sonar más alto que la voz de la conciencia

el parecer del mundo, y pesar más que el fallo de aquélla las consideraciones sociales,

pretendiendo amoldarlas a las circunstancias. Pero ¡no transige la conciencia! Pues si lo

hiciese, no sería lo que es. Sería entonces una encubridora, y no una centinela: sería una

veleta, y no un cimiento; perdería la confianza que inspira, y el respeto que merece. La

conciencia da sus fallos como el sol difunde sus luces, sin que nada las empañe ni tuerza

su dirección.

Háblase, para turbar a los que ciegamente por la conciencia se guían, de las lágrimas

que su inflexibilidad hace derramar, de los males que a veces origina, y de los trastornos

que suele causar en un estado de calma exterior y de tranquila superficie; y para tildarla,

se exponen razones bellas y brillantes, pero falsas, y que pecan por la base. Si la

conciencia exige una dolorosa operación en una parte gangrenada del cuerpo social, que

no vengan la ciega bondad, o a veces la hipocresía con nombre de humanidad, a clamar

contra una decisión que llamarán cruel, y que puede que lo sea, pero que es necesaria, si

la gangrena no ha de propagarse, y si ha de quedar sano el cuerpo y sin males solapados.

La conciencia es el sentimiento del deber que puso Dios en el corazon del hombre,

como puso su invariable dirección en el imán, para que, cual éste, nos sirva de norte.

Este sentimiento del deber admirémosle con el gran Schlegel, que ha dicho que «las dos

cosas mas bellas que conocía, eran el cielo estrellado sobre nuestras cabezas, y el

sentimiento del deber en nuestro corazón.»

Corrieron, entre tanto, los años: el conde había envejecido, y veía acercarse su fin.

Queriendo pasar sus últimos días rodeado de sus hijos, y viéndose precisado antes de

morir a descubrir el secreto que no podía llevarse consigo a la tierra, los mandó venir a

reunirse con él en Chiclana. Allí quería morir, para ser enterrado al lado de su mujer, y

darle, aun después de muerto, ese público testimonio de amor y de aprecio.

Hallábase recostado el general en su cama-sillón del que ya no podía levantarse: sus

hijos le rodeaban.

Aunque entonces no estaba puesta en uso la palabra ilustración, ni los colegios

estaban modernizados, no obstaba eso para que los tres hermanos fuesen tres jóvenes

tan cumplidos como caballeros, que llenaban de placer y vanagloria al general. Ramón,

el mayor, había salido del colegio de artillería, colegio del que salieron por entonces

Daoiz y Velarde. El segundo salía de las Academias de guardias marinas, adonde

también habían pertenecido los héroes de Trafalgar, titanes que a un tiempo lucharon

con las grandes fuerzas de un poderoso adversario, con la cobarde traición de un aliado,

y con la desencadenada furia de los elementos, y que fueron, no vencidos, sino

destrozados por los tres enemigos conjurados. El tercero llegaba de la Universidad de

Sevilla, en la que estudiaban poco antes o por entonces los Listas, Reinosos, Blancos,

Carvajales, Arjonas, Roldanes, Calatravas y González, y el digno, sabio y ejemplar

maestre, gobernador que fue del arzobispado; porque bien pueden faltar a España

caminos de hierro, buenas posadas, refinados y sensuales goces, pero en ninguna época
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