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conocido sino de Ismena, de Nora y de Lázaro, que era el que por disposición de Nora

le había sacado del hospicio de los expósitos. Cómo esta mujer perversa pudo persuadir

al noble joven a prestarse a esta infamia, sólo se comprende considerando que ésta,

según ella afirmaba a Lázaro, se hacía no sólo con autorización, sino por disposición del

general. Lázaro dudó: pero Nora, que había previsto su oposición, había prudentemente

conservado en su poder la última esquela que antes de partir había escrito el general a su

mujer, y que decía así:

«Ya se despliegan las velas que me van a alejar de ti, y contigo, de todas las dulzuras

de mi vida! ¡Adiós, pues! Espero a mi vuelta hallar en tus brazos un niño, que consolide

aún nuestra felicidad.

»Ya te dije que para el consabido asunto, así como para todos, te valgas de Lázaro,

en el que tengo yo, y puedes tener tú, la más ilimitada confianza.»

El general añadía aún algunas frases cariñosas, y firmaba.

Nora desde luego comprendió todo el partido que podía sacar de esta carta, haciendo

ver a Lázaro que el consabido asunto -que era uno de dinero- era el que ella traía entre

manos, y la guardó.

Lázaro, pues, con el mayor dolor, pero todo consagrado a su bienhechor, trajo a la

inocente criatura abandonada por el vicio y recogida por la iniquidad; como la suave

flor, que del seno de una prostituta pasa a las manos de un envenenador.

Poco antes de la época en que volvemos a reanudar este relato, había acontecido que

el administrador de la Inclusa había reclamado a Lázaro la criatura. Nora no halló otro

medio de salir de este espantoso conflicto sino el que Lázaro pasase a los Estados

Unidos. Ismena apoyó con calor este pensamiento, y la consagrada víctima se convino,

sabiendo que su ausencia, esa ausencia inmotivada y mal explicada por él, iba a partir el

corazón de su madre y el de su prima, con la que estaba tratado su casamiento.

Embarcose ocultamente en un místico que partía para Gibraltar, el cual, sorprendido

frente de la peligrosa costa de Conil por un espantoso temporal, zozobró, sin que

salvase uno solo de los que iban embarcados en él.

Esta catástrofe de que se creyó causa, asombró a Ismena, y su espanto se aumentó

por un amenazante presentimiento, que le hizo no poder fijar su vista ni en lo pasado ni

en lo porvenir sin estremecerse. En el primero veía una reconvención; en el segundo,

una amenaza.

¡Infeliz de aquel que entre estas dos fantasmas arrastra una angustiosa vida! ¡Feliz

aquel que entre desgracias y penas conserva con una buena conciencia la paz del alma,

supremo bien que en este destierro prometió Dios al hombre!

Capítulo V.

Durante muchos años quedó deshabitada la hermosa casa de Chiclana. La condesa

rehusaba con obstinación el ir a gozar allí de la Primavera; porque para esta mujer no

había ya ni primavera ni goces. La justicia divina hacía pesar sobre ella de una manera

espantosa los resultados de una culpa fría y voluntaria, que ni una sola disculpa tenía

para aminorar su horror. Quiso esta alta y poderosa justicia imprimir en un corazón duro

e impávido, por la fuerza de los hechos, lo que los sentimientos no habían podido

comunicarle. ¡Y estos hechos eran terribles! Pues había dado sucesivamente dos hijos al

conde, cuyo nacimiento inesperado aterró a la madre. Había más aún: veía al mayor de

los tres niños, hermoso muchacho, franco, valiente y sincero, pero que no podía sufrir,

ocupar en el cariño del general el lugar preferente. Porque no sólo simpatizaba Ramón -

así se llamaba este niño- con el general, sino que en el equitativo anciano, el desvío y

hostilidad que le mostraba la condesa eran motivo para que compensase esta injusticia,

redoblando su amor e interés hacia el que de ella era víctima. ¡Así había traído la

Providencia, por la fuerza terrible de los hechos, a aquel corazón frío e inerte al

remordimiento, y éste había ahuyentado a aquella mujer culpable de la casa en que todo

le recordaba su culpa!

¡Remordimiento! Tú, que ciñes la cabeza de una corona de espinas y el corazón de

un cilicio; tú, que tan ligero haces el sueño y tan pesada la vigilia; tú, que te interpones

entre la clara mirada que viene del alma y los ojos para empañarla, y entre la sonrisa

pura que viene del corazón y los labios para amargarla; tú, que callas cuando aparece la

culpa seductora de frente, y que tan alta y espantosamente lanzas tus saetas cuando,

pasada ya, no se puede retroceder, ¡cruel e inexorable remordimiento! ¿quién te envía?

¿Es el espíritu del mal, para gozarse en su obra y desesperar al hombre, o es Dios, para

avisarle, a fin de que expíe sus faltas?

La clemencia divina abrió con el remordimiento dos sendas al hombre: la

desesperación y la penitencia. Las almas tibias, las voluntades flojas, fluctúan entre

ambas, agonizando así entre la hoguera, que las ha de purificar, y el mar sin fondo, en

cuyo amargo abismo se corromperán para siempre.

Estos tormentos de que era víctima Ismena, este remordimiento, -¡gusano eterno! -

habían roído su corazón y su vida, como un cáncer incurable. Iban sus torturas en

aumento, a medida que sentía acercarse su fin. En sostenida lucha con su conciencia,

que no transigía con razones ni con miras mundanas, cada día más incierta sobre entrar

por la senda que ésta le trazaba, y que su orgullo rechazaba, Ismena, igualmente

horrorizada de la terrible hoguera y del espantable abismo, caminaba a su fin, como el

reo al patíbulo, deseando a un tiempo alargar y acortar la distancia. Casi postrada ya, los

facultativos insistieron, como por último recurso, en que respirase su abrasado pecho las

frescas brisas del campo.

Habiéndose anunciado en Chiclana la venida de los señores, la casa estaba preparada

para recibirlos. El toldo cubría el patio como un movible techo; la limpieza más

exquisita brillaba en ella como un barniz; los pájaros cantaban, y las flores mostrábanse

lozanas, aunque María ya no cantaba al regarlas!

El sonido de los cascabeles anunció la berlina, que llegó pausadamente, y se paró a la

puerta. ¡Ya no era la hermosa y brillante Ismena, sino su sombra, la que apoyada sobre

el brazo del general, y sostenida por un facultativo, se arrastró bajo el soberbio portal de

mármol, como un cadáver en su suntuoso mausoleo! A los veintiocho años, Ismena

había perdido todo el brillo de la juventud: sus claros y brillantes ojos estaban

empañados y abatidos; sus dorados cabellos habían encanecido, y su tez blanca y mate

parecía una mortaja que cubriera un esqueleto! Pocos años habían bastado para producir

este cambio, puesto que no era el tiempo el que con su pausada y suave mano le había

traído, sino el sufrimiento con su destructora garra.

La condesa fue llevada al sofá, en el que quedó por mucho rato tan postrada, que

parecía insensible a cuanto la rodeaba. Mas cuando la dejaron sola, dijo con febril

agitación a Nora que llamase a María. Nora, previendo la fuerte sacudida que había de

producir la vista de la desgraciada anciana, víctima de su infortunio, quiso replicar; pero

la condesa reiteró la orden con tal exasperación, que fue preciso obedecer. Cuando entró

la anciana, Ismena extendió sus convulsos brazos hacia ella, la estrechó en ellos, y

reclinó su cabeza ardiente y su ruborizada sien sobre el pecho de la anciana que la había

visto nacer. Pero María estaba serena: en aquel pecho latía tranquilo su puro corazon.

Sus ojos habían perdido la expresión de contento que antes tenían, pero no la de la paz

del alma.

-María -exclamó al fin Ismena-, ¿cómo habéis podido soportar vuestra desgracia?

-Con la resignación que Dios da cuando se le pide, señora -contestó la anciana.

-¡Oh! ¡Bienaventuradas las penas con que ésta no es incompatible! -exclamó

mentalmente Ismena.

-Un día os dije, señora -prosiguió María-, que me inspiraba orgullo mi hijo; y Dios

ha permitido que ese hijo, mi galardón y mi gloria, fuese difamado por todas las

apariencias de un delito!

-¡Apariencias! -dijo Nora-. ¿Quién dice eso?

-Todos -contestó María con suave firmeza.

Y después de algunos instantes, continuó con la misma serenidad:

-Un profundo misterio cubre a mis ojos, como a los de todos, las circunstancias de su

huida. Pero si alguna persona está complicada en ella, ¡perdónela el Divino Juez, como

la perdono yo! Dios y yo sabemos que mi hijo no fue ni pudo ser criminal: esto me

basta; ¡callo y me conformo!

-¡Y no os engañaron vuestro corazón y vuestra convicción de madre! -exclamó

Ismena, cayendo exánime sobre los cojines del sofá.

Ismena fue acostada en su lecho, y se atribuyó su peor estado a la agitación y fatiga

del viaje.

Un narcótico fue calmando gradualmente su agitacion, y la sumió más tarde en un

sueño facticio, por lo que todos, menos su ama, se fueron a descansar de las fatigas y

emociones del día.

El general, por delicada previsión, había mandado cerrar la llave de la fuente, para

que su murmurio no turbase el débil reposo de su mujer. Sonaron las doce en el reloj de

la sala, y doce veces sonó la voz del Tiempo como una aterradora profecía. ¡Doce contó

el austero anciano con su inflexible memoria, y doce años cumplían ahora que

sobrevivía Ismena culpable en la molicie del lujo, y con la aureola de la consideración y

del respeto público! ¡Doce años hacía que después de sacrificar su conciencia a su

soberbia, había sacrificado una noble existencia a su orgullo!

Ismena despertó sobresaltada, y se incorporó en su lecho: sus ojos desatentados

vagaban por todas partes; su sangre hervía precipitada por la fiebre.

Su devoradura inquietud la ahogaba; el peso que oprimía su pecho la sofocaba! Se

arrojó del lecho, y corrió a la ventana, pues anhelaba, cual la Margarita en el Fausto de

Goethe, aire para respirar.

La suave luna y el dulce silencio se unían en aquella templada noche como

hermanos. Eran tan profundos el sosiego y la calma, que pesaron sobre el alma agitada

de Ismena como el ambiente sereno, pero sofocador, que precede a la tormenta.

Apoyó su ardorosa frente en la reja de la ventana que daba al patio, negra y dorada

como su existencia! Oyó entonces a lo lejos dos voces que se unían para rezar, tan

hermanadas como la Fe y la Esperanza! Eran las voces de María y de Piedad, que

rezaban el Rosario. Había algo de solemne en aquel sonido dulce y monótono, con el

que la palabra sin pasión, sin movilidad, sin modulaciones terrestres, se alza al cielo,

como lo hace el humo del incienso sobre el altar suave, sin color y sin ímpetu, como

impulsado por la atracción del cielo. Algo que conmovía hondamente había en esas

palabras mil veces repetidas porque mil veces son sentidas; en esos rezos, en que se

unen millares de corazones al pie del trono de Dios; en esos rezos, que son tradición

verbal no interrumpida de Jesucristo y de sus apóstoles, que han santificado las almas de

miles de generaciones; en esos rezos tan perfectos y cumplidos, que en vano querrían

perfeccionarlos todos los adelantos y todas las ilustraciones del espíritu humano.

¡Qué doloroso contraste formaban aquellas graves y apacibles voces con el estado

del alma de Ismena, en la que rugía el remordimiento! ¡Quiso unirse a ellas, y no pudo!

-¡Oh, Dios mío! -exclamó, apartándose de la ventana-. ¡No puedo rezar!

Pero pronto volvió, atraída por el santo e irresistible imán de la oración. Entonces

oyó a María pronunciar estas palabras: «¡Por la paz del alma de mi hijo Lázaro!»

Y la oración de las dos católicas continuó, sin que sus voces se inmutasen.

-¡Ah! -exclamó Ismena, retorciendo desesperadamente sus manos-. No soy digna,

Dios Santo, de unir mi voz maldita a esas voces puras que no empañó la culpa, ni sofoca

el remordimiento!

Postrose en el suelo con el rostro sobre la tierra, hasta que el último amén subió al

cielo. Entonces se levantó, causándose a sí misma horror como un espectro, y vio a

Nora, que se había quedado dormida en un sillón; acercose a ella, y asiola fuertemente

por un brazo con su mano, antes tan hermosa, y que ahora parecía la garra de un águila

de mármol.

-¡Duermes! -exclamó-. ¡Duerme la iniquidad, en tanto que la inocencia vela y ora!

¡Despierta! Que tu reposo es más horrible aún que tu culpa. Ves a la que sacaste con

esmero de su dulce cuna entrar por tus infames sugestiones en su féretro, ¡y duermes...

mientras ella agoniza! -¿Qué ves en lo pasado? El delito impune. ¡Y duermes! -¿Qué

ves en lo presente? Una usurpación, un despojo, una traición, un crimen frío de todos

los días. ¡Y duermes! -¿Qué ves en lo futuro? La divina y universal justicia de Dios, tan

dulce para el justo, tan tremenda para el criminal. ¡Y duermes! -¡Pero esta justicia hará

que recaiga sobre tu cabeza la maldición que pesa y oprime ya la mía! ¡Lleva, pues,

unida al anatema de Dios, la maldición de la que sedujiste! Pues culpable soy cual

ninguna; pero ¡Nora, Nora, sin ti no lo hubiera sido!

A los gritos que dio Nora acudieron todos los habitantes de la casa, y hallaron a la

condesa en un espantoso y convulso estado, que se asemejaba a la demencia. Nora

estaba aterrada y desvariaba; pero esto se atribuyó al dolor que le causaba el cercano fin

de su señora.

Capítulo VI.

Al día siguiente fue espantosa la agitación de la enferma. A la noche se vieron los

médicos precisados a suministrarle un fuerte narcótico, que la hizo caer en un profundo

sueño.

El general se ocupó en arreglar los papeles que yacían dispersos en un lindísimo

escritorio antiguo de ébano, ornado de riquísimo trabajo de talla y pinturas de Rubens

en sus varios compartimientos, en el que guardaba Ismena sus papeles. El escritorio

había sido abierto por orden de su dueña aquella tarde, para sacar de él papel y pluma

que necesitaba.

Ismena había aprendido de su padre el inglés, que poseía como su propia lengua. El

general fijó con dolor su atención sobre una traducción empezada por su mujer,

considerando que ya no la concluiría! Era la traducción del Hamlet de Shakespeare. El

general se puso a leer lo último que su mujer había escrito. Era el monólogo del rey

Claudio, en el tercer acto; la letra era temblorosa, como si la hubiera trazado una mano

trémula. La traducción, en la que un inteligente hubiera notado algunas supresiones

voluntarias, era ésta:

«¡Maduró ya la culpa, y clama al cielo! ¡Sobre ella pesa la primera maldición que

entró en el mundo: la del fratricidio! -No puedo rezar, aunque a ello me impelen el

deseo y la voluntad; pero la postración de la culpa es más que la fuerza del propósito; y
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