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actualidad, como se diría ahora, aquella regla de:

En dando las diez,

dejar la calle para quien es,

los rincones para los gatos,

y las esquinas para los guapos.

No había, es claro, vapores, esos correvediles que han estrechado los vínculos de

amistad entre ambas ciudades, joyas de Andalucía. Cádiz, tan bella o más que lo es hoy,

vestía en esta época descotadísimamente a la griega, como vemos en sus retratos a

Josefina, a Mad, Recamier y Mad. Tallien, nuestra paisana, que murió no hace mucho

princesa de Chimay, y otras beldades de entonces. Cádiz, la seductora sirena de desnudo

pecho y escamas de plata, nadaba en un mar de saladas aguas, en un mar de placeres y

en un mar de riquezas. Sabía hermanar admirablemente la cultura y el arte de la

elegancia extranjera con el señorío, la gracia y la espontaneidad de la elegancia

española; y así, aunque tomaba ciertas cosas y formas extranjeras que le agradaban, no

por eso dejaba la graciosa y entendida andaluza de ser esencialmente española; con lo

que probaba su buen gusto, su delicado tino y apego a su nacionalidad.

¡Cosa extraña! En aquellos tiempos no se conocía el pomposo y campanudo

españolismo que hoy día llena las sábanas no santas de los papeles públicos, y que

resuena por todos los discursos como esos truenos huecos y prolongados que se deslizan

por entre oscuras y pesadas nubes. Ni brillaba en composiciones líricas, ni mucho

menos se hacía con él un arma de partido, aplicándolo a tales o cuales opiniones, ni se le

buscaba con entusiasmo al toro Señorito (9) por símbolo; nada de eso. Se tenía amor y

apego a lo español sencilla y naturalmente, como tiene el valiente su denuedo, sin

pregonarlo; como las estatuas griegas tienen su belleza, sin adornarla; como tiene el

campo sus flores, sin ostentarlas. No estaba el españolismo en los labios, pero estaba en

la sangre, en la índole, en los gustos, y se hacía tan fino, tan amable, tan donoso, tan

caballero, se le conservaba tanto su gracioso tipo meridional, que era la admiración y

encanto de los extranjeros. Hoy día es al contrario: se reniega de él, se le desconoce, se

le desprecia; y al revés del asno que cubrió su piel gris y pobre con la rica y dorada piel

del león, nosotros, más asnos que aquél, en lugar de peinar y alisar la nuestra, la

cubrimos de una piel inferior y extraña. Entonces no reinaba el spleen, sino la más

franca alegría, identificada con la más exquisita finura. No había clubs, ni casinos; no

había sino tertulias, en las que la galantería tenía por código estos versos antiguos (10):

Vosotras sois las temidas,

nosotros somos temientes;

vosotras sois las servidas,

vosotras obedecidas,

nosotros los obedientes;

vosotras sojuzgadoras,

nosotros los sometidos;

vosotras libres señoras,

vosotras las vencedoras,

nosotros siervos vencidos;

vosotras las adoradas,

nosotros los denegados;

vosotras las muy loadas,

vosotras las estimadas,

nosotros los desechados.

Entonces no se conocía la voz de darse tono; pero sí se practicaba la de darse decoro.

Los oficiales de marina, principal galardón de la sociedad gaditana, finos y caballeros

como ahora, pero ricos y galantes más que ahora, habían formado una alegre

hermandad, a cuya cabeza estaba la oficialidad del navío San Francisco de Paula (11),

que se titulaba, con alusión al monte del Santo, Charitas bonitas, la devota hermandad

de las caritas bonitas. Dábanse en el teatro las piezas nacionales de nuestros poetas, y

entusiasmaban los sainetes de D. Ramón de la Cruz. A las ferias de Chiclana y del

Puerto, brillantes como fuegos artificiales, acudía toda la sociedad de Cádiz como una

bandada de pájaros de vistoso y dorado plumaje. En fin, muy posteriormente, guardaba

Cádiz bastantes hechizos para ser cantada por lord Byron, grande e inteligente

apreciador de la belleza.

El general conde de Alcira, a su regreso a Cádiz, deseó comprar una casa de campo;

le propusieron la de D. Patricio O-Carty, y fue a verla. El desgraciado dueño de la casa

se la franqueó tan luego como se presentó. Quedó admirado el conde de cuanto vio en

aquella rica morada que hemos descrito; pero de nada tanto como de la hija del dueño, a

la que, enlutada y cubierto el albo cuello de rubios rizos, hallaron escribiendo y llorando

en un apartado gabinete, que tomaba del jardín luz y fragancia. Ismena lloraba al

contestar a dos amigas suyas que le habían participado el casamiento que hacían, la una

con un lord inglés, la otra con un marqués madrileño. ¡Cuán amargamente hacían

contrastar estas cartas la suerte de sus amigas con la de Ismena, que, sola y pobre, tenía

que abandonar hasta esta casa, último resto de su brillante posición pasada!

Interesaron y conmovieron tanto aquellas lágrimas al bondadoso general, que suplicó

a su dueño, después, de comprar la casa, que se quedase viviéndola, y le admitiese en

ella como uno de la familia, uniéndole a su hija. Excusado es decir que D. Patricio

recibió esta oferta como una embajada de felicidad, y su hija como un medio que la

impedía rodar hasta el fondo del abismo en que la precipitaba la suerte.

Difícil sería pintar la furia que se apoderó de la cuñada del conde cuando supo el

proyectado enlace. Desfogola esparciendo calumnias sobre Ismena y cubriendo de

ridículo este enlace, escupiendo su veneno en amargos sarcasmos, vaticinando, por

último, que la ambiciosa arruinada, que por interés se casaba con un anciano gastado y

valetudinario, no tendría sucesión, burlando así una justa prevención de Dios sus

ambiciosos cálculos, y haciendo volver, por falta de su actual poseedor, el mayorazgo a

su familia.

¡Cuánto no se resentirían el excesivo orgullo y el altivo amor propio de Ismena, tan

exageradamente susceptibles desde sus desgracias, con estos escarnios y vilipendios! -

Exasperábase más, viendo los de su contraria verificarse, puesto que ha dos años que

estaba casada sin haber tenido sucesión. No parecía sino que Dios, en su alta justicia,

negaba la bendición de los hijos a un matrimonio en que la consorte no los deseaba por

el santo instinto del amor de madre, sino por vil orgullo y despreciable codicia; no por

la bendita gloria de rodearse de su descendencia, sino por la soberbia y despreciable

ansia de humillar y triunfar de una contraria!

En esta época, y llena de estos pensamientos, es cuando hemos presentado a Ismena,

condesa de Alcira, vertiendo lágrimas. -Y por eso dijimos que aquellas lágrimas frías y

amargas no eran de amor, sino de despecho y de coraje.

Capítulo III.

La persona que había indicado la posesión que hemos descrito al general, había sido

su secretario Lázaro, que la conocía porque era hijo de la casera deo dicha casa.

Explicaremos esto en breves palabras.

El general, cuando joven, tuvo por largos años a un asistente a quien quería mucho.

El asistente español es el criado modelo, es el ideal del sirviente. Es todo corazón, todo

lealtad: nada exige, todo le sobra: cuanto se le pide, hace a ojos cerrados, y con gusto; y

si se le diesen con este objeto, sembraría las cebollas podridas, como Santa Teresa, por

ciego espíritu de obediencia. El asistente tiene el corazón de niño, la paciencia de santo,

la fidelidad y apego del perro, ese tipo del amor consagrado. Cual éste, ama y cuida de

la propiedad de su amo, y sobre todo, de sus hijos si los tiene, y esto a tal punto, que ha

dicho uno de nuestros más célebres y distinguidos generales que los asistentes son las

mejores amas secas. No tiene voluntad propia; no conoce la pereza; es humilde y

valiente, amigo de complacer y agradecido; y siempre en el alojamiento, en el que se le

vio llegar con la natural e irritada repulsa que causa todo lo que a la fuerza invade el

hogar doméstico, se le ve marchar con sincero sentimiento. El general, que era entonces

capitán, vivió mucho tiempo con su asistente en la mayor intimidad, sin que ésta hiciese

perder al último ni un ápice del respeto que a su jefe tenía. El respeto es propio y anejo

al asistente, como lo es al sauce la inclinación de sus ramas.

Cuando el general fue a América, su asistente se separó de él con gran sentimiento

de ambos, para venir a Chiclana, su pueblo, a casarse con su novia, que hacía quince

años le aguardaba con una constancia muy común en España. A los pocos años murió

de un tabardillo o insolación, dejando a su desconsolada mujer un niño. La desamparada

viuda entró de casera en casa del señor O-Carty con una sobrina suya pequeña. En

cuanto al niño, que era ahijado del general, éste mandó por él, le educó a su lado con

mucho esmero, y le hizo su secretario. En esta calidad le trajo con él a España a los

veinticuatro años de su edad. Lázaro, así se llamaba, era uno de aquellos seres que la

nobleza marca con su sello, y que, ayudados por las circunstancias, llegan al heroísmo

sin ostentación ni premeditación, y sólo por instinto y espontaneidad.

Enterado Lázaro por su madre de que la casa en que hacía de casera iba a ser

vendida, se la había indicado al general, y éste la había adquirido, y con ella una joven y

bella consorte.

¡Hermosa estaba aquella mujer, blanca y delicada como una ninfa de alabastro! ¡Fría

también e inmóvil, cual ésta, aquella mujer, que nunca había amado sino a sí misma!

¡Desabrida y sin fragancia, como un jazmín que nunca hubiese vivificado los rayos del

sol!

A la caída de la tarde entró en la sala para abrir las vidrieras otra mujer llamada

Nora, que era el ama que había criado a Ismena, y nunca se había separado de ella.

Mujer astuta y soberbia, que mucho había contribuido a desarrollar en la niña las

perversas propensiones que ya hemos indicado.

-¡Siempre llorando! -dijo con un movimiento de impaciencia al ver las lágrimas de la

condesa. Todo lo habrás perdido cuando falte tu marido: caudal, consideración,

juventud y belleza! No te quedará mas que meterte a beata, y vestir santos.

-Ya sé que todo lo habré perdido; ¡y por eso lloro! -contestó Ismena.

-¿Y quién te dice que tu suerte no puede ser otra? -repuso Nora. -No es tu cuñada la

que dispone de tu porvenir. Más puedes tú misma contribuir a hacerlo bueno, que no

ella a hacerlo malo. La esperanza es lo último que se pierde. Pero no hay que cruzarse

de brazos mientras éstos puedan servirnos.

-¡Palabras vanas! -interrumpió con áspera tristeza Ismena-. Sabes que son estériles

mis esperanzas, como lo es mi matrimonio.

-Lo mismo es parir un hijo que prohijarlo -dijo Nora.

La condesa fijó en Nora la profunda mirada de sus rasgados ojos azules, y exclamó:

-No querría el conde.

-No es necesario que lo sepa -repuso Nora.

-¡Un fraude, un delito, un expolio, un engaño! ¿Deliras?

-Déjate de palabras altisonantes -repuso Nora-. No es sino una obra de caridad, que

harás con algún infeliz desvalido. Tus sobrinas, que están bien casadas, y tu cuñada, que

disfruta de una pingüe viudedad, no necesitan del caudal del conde, y si por él ansían, es

sólo por ambición y por el mal deseo de que no lo disfrutes tú.

-¡Nunca! nunca! -dijo Ismena-. Hay más orgullo en no exponerse a ser esclava de un

secreto que nos pueda deshonrar, que no en sostener una su rango y su posición.

¡Nunca! ¡Nunca! -repitió sacudiendo su cabeza, como si de su mente quisiese sacudir

tan funesto pensamiento.

-El secreto sólo lo sabré yo, y yo soy la responsable. Así, más seguro estará en mi

pecho que en el tuyo.

-Tendrías que valerte de otra persona.

-Sin confiarme a ella, sí. Pero esa persona ya la tengo hallada. Tu marido se embarca

para la Habana; a su vuelta hallará un hijo.

-¡Nora, Nora, no hay maldad que no inventes!

-Lo que invento es cuanto puede combinarse en provecho tuyo.

-Engañar a un hombre como el conde sería la más imperdonable de las infamias.

-Te he oído cantar esta estrofa, Ismena:

Es el engaño leal

y el desengaño traidor;

el uno, mal sin dolor;

el otro, dolor sin mal.

Pero por lo visto estás hoy más remontada que los mismos poetas.

-Esa letra alude a querellas de amor.

-Esa sentencia, que es muy entendida, se puede aplicar a todo. ¿Acaso no se ha visto

mil veces poner en práctica el caso que te propongo? ¿No es aún mil veces peor

combinarlo con la infidelidad?

En este momento entró el conde.

-Ismena, hija mía -dijo acercándose cariñosamente a su mujer-, vengo para sacarte a

dar un paseo: ya tus amigas te estarán aguardando en la Cañada. ¿Cómo es que no te

animan estas hermosas tardes de primavera a ir a disfrutarla en su reino, esto es, al aire

libre que embalsama, en el campo que atavía?

-Me incomoda el andar, y me fastidian las gentes -contestó Ismena, que al ver entrar

a su marido había palidecido.

-Te encuentro descolorida, hija mía -repuso lleno de interés el conde-; y sobre todo,

te hallo desde algún tiempo a esta parte abatida. ¿Acaso te hallas enferma?

-No me aqueja mal alguno -contestó Ismena.

-A lo menos los que sufres no son de aquellos para cuya curación se llama a un

facultativo -dijo Nora, mirando al conde, con una maliciosa y significativa sonrisa.

El rostro de Ismena se puso encendido como la sangre que a él hicieron afluir unidas

la irritación y la vergüenza.

-¡Nora! -gritó-. ¿Estás demente? ¡Calla!

-Callaré. Señor conde, dícese que mientras más se calla la venida, más hermoso es lo

que viene.

En el bondadoso rostro del general brilló una santa esperanza paternal.

-¿Será cierto? -murmuró, fijando una enternecida mirada sobre su hermosa mujer.

-Señor -dijo Nora-, ¿acaso de tres meses a esta parte no notáis su desgana, su

languidez, su malestar, sin que otra causa las motive? No está convencida ni se quiere

convencer; pero yo, que tengo más experiencia que ella, lo estoy.

-¡Mientes, Nora! -gritó demudada Ismena.

-¡El tiempo!... -repuso ésta con el mayor aplomo.

-¡El tiempo! -repitió Ismena indignada.

En este momento el reloj que figuraba a Saturno dio seis campanadas con su claro y

metálico son.

-Ya acudió el tiempo a la cita, señor conde -dijo Nora con afectada risa-; de aquí a

seis meses contestará.

Capítulo IV.

Seis meses después de estas escenas, el general, que había ido a la Habana a asuntos

propios, anunciaba en una cariñosa carta a su mujer su vuelta, y ésta pasaba a Cádiz

para recibir a su marido, acompañándola en la berlina un ama, que llevaba en brazos a

su supuesto hijo.

Este niño había sido traído de la Inclusa (12), y el secreto de esta iniquidad no era
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