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truenos, para descargarse de su electricidad?

En los tiempos en que Cádiz era el Rothschild de las ciudades; en aquellos tiempos

en que, según decían los farasteros de fuste, hacían los comerciantes de dicho pueblo la

vida de rumbo, y con la grandeza propia de embajadores, la mayor parte de ellos tenían

casas de campo en Chiclana, que se labraban y amueblaban con extraordinaria riqueza y

buen gusto. Aunque deslustrado, aún quedan grandes vestigios de aquel elegante lujo, a

que la venida de los franceses de Napoleón dio el golpe de muerte.

En la época presente, en la que se cumple en muchos casos aquel conocido adagio:

se abajan adarves y se levantan muladares; cuando los ancianos cuentan las grandezas

y fausto de aquella época, la gente, no diremos joven, sino nueva, cree oír cuentos de

Las mil y una noches, y alternan en sus labios el asombro y la crítica. Garbo,

generosidad, esplendidez, son, al parecer de nuestra época, materia para un apéndice al

Don Quijote, es decir, virtudes fantásticas, que sólo pueden existir en un cerebro

sobrexcitado (6).

Cuando empiezan los sucesos que vamos a referir, que es a fines del siglo pasado,

Chiclana estaba en todo su auge, brillaba el oro por Cádiz y esparcía sus rayos en sus

alrededores, como el sol en el cielo. Sólo en la Habana se sabe hoy, cual allí se sabía

entonces, echar por ahí las onzas con la misma sencilla indiferencia con que arrojan los

niños globulillos de espuma de jabón en el espacio, y con el señorío de príncipes, que ni

miran ni ponen precio a lo que dan o gastan en obsequio de otros. Cuéntase que fue en

esta época cuando la famosa duquesa de Alba dijo a un joven, que al ver en su mesa

veinte mil duros opinaba que esta suma, que era para ella tan poca cosa, haría la fortuna

de un hombre: «¿Los quieres?» El joven admitió. La duquesa le mandó el dinero, y... le

cerró su casa. Hoy día sucedería lo contrario: no se daría el dinero; pero en cambio no se

cierran las puertas al que lo adquiere, sea cual sea el medio de que para ello se haya

valido.

En una de las anchas y alegres calles del mencionado pueblo descollaba entre todas

una hermosa casa, aunque sólo tenía un piso algo elevado del suelo. Subíase a ella por

una escalinata de mármol, y era su puerta de caoba, tachonada de grandes clavos de

brillante metal. Coronaban el frontispicio las armas de su dueño esculpidas en mármol.

La nobleza y la riqueza se buscan, porque primitivamente fueron hermanas. Hoy día ni

aun primas son! La casa-puerta, así como el patio y todas las habitaciones, hasta las

oficinas interiores, estaban soladas con magníficas losas de mármol azules y blancas.

Sostenían las cuatro galerías que rodeaban el patio

columnas de jaspe; en el centro de éste, rodeada de macetas y estatuas de alabastro,

corría una fuente sin cesar, celebrando con su pura e infantil voz, lo mismo al pimpollo

entreabierto como una esperanza, que a la flor que caía deshojada como el desconsuelo.

Entre columna y columna pendían, cubiertas de verdes y floridas colgaduras de

jazmines y mosquetas, doradas jaulas con vistosos pájaros; un toldo de lona con puntas

ribeteadas de color cubría el patio y conservaba la frescura, esparciendo una sombra

suave como un duerme-vela en una siesta de verano. Las paredes de la sala eran de

estuco blanco sobre un fondo celeste; la sillería y sofá, de ébano con adornos de plata

maciza, y forros de gro de Tours celeste. Era su hechura sencilla y mezquina, a la

griega; moda que había entronizado la revolución de Francia, poniéndola a la orden del

día con el gorro frigio los nombres de Antenor, Anacarsis, Temístocles, Arístides, y

otras cosas menos inofensivas. Sobre la mesa, que ostentaba cuatro pies derechos e

istriados, había un magnifico reloj de mármol blanco y bronce negro y dorado. Pasado a

la sazón en las artes también el gusto por lo pastoril e idílico, privaban entonces las

graves y clásicas alegorías, a las que en breve debían seguir los cañones, banderas y

coronas de laurel bélicos con que Bonaparte había de hacer evaporarse en ancha

atmósfera el ardor de la calentura revolucionaria francesa. A su vez la época de la

Restauración, en la que acabó la legitimidad con el despotismo de la democracia (7),

trajo las ideas monárquicas y los sentimientos religiosos, con el caballerismo, la lealtad,

la fidelidad y la religiosidad antiguos, que habían de introducir el romanticismo en la

literatura, y el gusto gótico en las artes y modas, siguiendo luego el gusto a lo Luis XIV

y Luis XVI, llamado rococó. Cual niños, los hombres son entusiastas de lo nuevo, y

pisan en seguida con desprecio lo que era su ídolo un momento antes. Shakespeare ha

dicho: «¡Fragilidad, tu nombre es mujer!» Bien pudiera haber añadido: «¡Cambio, tu

nombre es hombre!»

Formaba el reloj un grupo, compuesto de un anciano que representaba al Tiempo, de

dos bellas jóvenes desnudas y enlazadas que se apoyaban en el anciano y personificaban

la Inocencia y la Verdad, y de otras dos figuras envueltas en negros velos que figuraban

la Maldad y el Misterio huyendo del anciano, que con el dedo levantado parecía

amenazarlas. La efigie del viejo estaba bien y característicamente esculpida, y cuando a

su expresivo gesto se unía la clara y vibrante voz de la hora que contaba a sus muertas

hermanas, parecía la amenazante voz del austero anciano, y no podía menos de

conmover al que, meditando sobre el sentido de aquella alegoría, oía resonar sus

compasados ecos.

A cada lado del reloj había un candelero, formado de un negro de bronce, posado

sobre una basa redonda de mármol adornada de cadenitas del mismo metal; llevaba el

negro sobre la cabeza, y en cada mano, unos cestos de flores doradas, en cuyos centros

se colocaban las velas. El techo de la sala estaba pintado figurando leves nubes blancas

y grises, entre las que asomaba una ninfa o hija del aire, que en sus manos parecía

sostener los cordones y borlas celestes, de que pendía una lámpara de alabastro

destinada a filtrar una luz suave como la luna; luz que favorecía en extremo la belleza

de las mujeres, y era adoptada para tertulias de confianza. En medio del cuarto, sobre un

velador de mosaico, había un gran globo de cristal en que nadaban pececitos de colores,

que ostenta el agua en competencia con el aire, que muestra sus encantadores pájaros, y

con el jardín, que ostenta sus deliciosas flores. Allí vivían suaves y callados, sin que les

intimidase la trasparencia de su círculo de acción, mirándolo todo con sus grandes ojos

sin comprender nada, cual pequeños idiotas. Coronaba este globo otro más chico que

estaba lleno de flores, y había profusión de ellas colocadas en jardineras en los huecos

de las ventanas. Pendían de éstas, cortinas de muselina guarnecidas de encajes, poco

más o menos como se ven hoy día, con la diferencia de que la muselina de aquéllas no

era inglesa, sino de la India, y que los encajes no eran de algodón y de telar, sino de hilo

y de bolillos. Como era verano, las persianas no dejaban penetrar en la sala sino una

débil claridad: la atmósfera estaba embalsamada por las flores y por las pastillas de

Lima.

Sobre el sofá estaba recostada una mujer de extraordinaria belleza: una profusión de

rizos rubios cubrían una de sus manos de alabastro, en la que se apoyaba su cabeza,

reclinada sobre uno de los cojines del sofá. Un peinador de holán, guarnecido de encajes

de Flandes, cubría sus perfectas y juveniles formas, y sólo asomaba por entre el encaje

la punta de su pie, calzado a la moda de entonces, con media de seda y zapato de raso

blanco. Las damas de importancia no gastaban otro a ninguna hora del día, y llegó el

lujo hasta gastar zapato de encaje forrado de raso de color. Los apóstoles de la última

moda, sobre todo si viene de allende, grandes admiradores de los brodequins, echan una

mirada de soberano desprecio sobre ese rico y elegantísimo uso, que tiene dos pecados

mortales: el ser antiguo, y el ser español.

Brillaba en la mano izquierda de la joven acostada en el sofá un magnífico brillante,

y con un pañuelo de holán, bordado en Méjico, que en ella tenía, enjugaba de cuándo en

cuándo una lágrima que se deslizaba lentamente por sus anacaradas mejillas. Sin duda

piensa el lector haber adivinado que esa lágrima solitaria que vierte una mujer joven y

hermosa, rodeada de aquel lujo, indicio de una posición envidiable, es y no puede ser

sino una lágrima de amor. Sentimos decirlo: el lector ha adivinado mal. Y en obsequio a

la verdad, y aun a costa de desprestigiar a la heroína de nuestra relación, tenemos que

decir que esa lágrima no era de amor, sino de coraje. Sí, esa lágrima tan brillante que

caía de aquellos ojos, azules como el cielo de la tarde, y que pasando por entre sus

largas y oscuras pestañas resbalaba por aquellas mejillas de tan suave y fresco

sonrosado, era de coraje.

Pero antes de proseguir, es preciso referir lo que la originaba.

Capítulo II.

La joven que hemos descrito se llamaba Ismena, y era hija única de D. Patricio OCarty,

cuya familia había emigrado de Irlanda, como otras muchas, huyendo del

usurpador Cromwell, que perseguía dos cosas que suelen unirle: la religión y su

constancia; el principio monárquico y su lealtad. La mayor parte de estos fieles que

abandonaron sus empleos, casas y tierras, siguieron a Carlos Eduardo Stuart el

Pretendiente a Francia, y le acompañaron cuando en 1690, auxiliado por Luis XIV, hizo

este desgraciado rey un desembarco en Irlanda, y después de muchas vicisitudes, mandó

en persona la desgraciada batalla de la Boyne. Después de esta derrota entraron aquellas

tropas, que se componían de la primera nobleza de Irlanda, al servicio de Francia y

España. Acogiolas, como de suponer era, Felipe V favorablemente, y formaron en 1709

los regimientos de Ibernia y Ultonia, y más adelante otro tercero, que se llamó Irlanda.

Mandaba estas tropas Jacobo Stuart, duque de Berwick, hijo natural que tuvo Jacobo II

de Arabela Churchill, hermana del famoso Marlborough. Ganó el duque de Berwick la

batalla de Almansa, y tomó a Barcelona por asalto; y el rey premió sus grandes

servicios a la corona con los ducados de Liria y Jérica y con la grandeza de España.

Tuvo este bizarro general dos hijos: el primero se naturalizó en España y llevó los

títulos de Berwick, Liria y Jérica, uniéndose después por enlace a la noble casa de Alba,

que había recaído en hembra; el hijo segundo se estableció en Francia, donde existen

sus descendientes, que llevan el título de duques de Fitz-James. Los arriba mencionados

regimientos han llegado hasta nuestros días con los hijos de aquellos fieles; pues, según

se nos dice, existen aún noventa apellidos irlandeses en el ejército español, que honran a

los que los llevan, por su lealtad, bizarría y nobleza hereditaria (8).

Casó D. Patricio con una española, y su hija Ismena reunió la belleza de ambos tipos.

Cubría sus delicadas y graciosas formas de andaluza la alba y rosada tez de las hijas de

la nebulosa Erin, a la que daba la impasible frialdad de su dueña esa limpieza y tersura

trasparente de la esperma, que nada enturbia. Sus rasgados ojos azul turquí tenían entre

sus oscuras pestañas la altiva y entendida mirada de las hijas del Sur; su porte, un poco

estirado, era, no obstante, gracioso y natural. La naturalidad es el mayor encanto de la

gracia española, tan justamente célebre y decantada. El irresistible atractivo que de ella

nace, y que en otro tiempo esparcían las mujeres alrededor de sí, como la llama su brillo

y las flores su perfume, se lo debían a los hombres, que aborrecían cuanto era afectado y

supuesto, amanerado y estudiado, anatematizándolo bien y varonilmente con la

despreciativa voz de monada. Hoy día parece que se tiende a lo opuesto; lo que es lo

mismo que si los florentinos vistiesen a sus Venus de Médicis por un figurín de modas.

En la naturalidad está la verdad, y fuera de la verdad no hay perfección; en la

naturalidad está la gracia, y sin la gracia no hay elegancia genuina.

En cuanto a lo moral, peor dotada Ismena que en su persona, unía al alma fría y

serena de su padre el genio altivo y dominador que había heredado de su madre,

exaltado todo por el orgullo de la niña mimada, rica, hermosa y adulada. No se ocupaba

la celebrada Ismena, la rica heredera, sino de sí y de un porvenir que se forjaba en su

imaginación, lucido y brillante cual los que pronostican las hadas. Así fue que despreció

con impertinencia el amor de cuantos jóvenes se le ofrecieron sinceramente, no

pareciéndole ninguno digno de realizar su soñado porvenir. Pero los cambios de la

suerte son repentinos e inesperados como las trasformaciones de las comedias de magia.

En pocos meses perdió el padre de Ismena todo su caudal, merced a la traición de los

ingleses, que tantos barcos y caudales apresaron antes de haber declarado la guerra a

España; ¡infausta guerra que nos atrajo el infausto Pacto de familia! D. Patricio, que por

entonces también perdió a su mujer, se retiró arruinado a la bella casa de campo que en

Chiclana tenía; pero en breve ni aun ese recurso le quedó, y la casa fue puesta en venta

por los acreedores.

El primer comprador que se presentó fue el general conde de Alcira. Volvia este

general de América, donde había pasado largos años. Aunque no tenía sino cincuenta y

cinco, parecía mucho mayor, gracias a la acción corrosiva del clima de América, que

con su ardiente humedad destruye al europeo, como corroe el hierro. A pesar de su

edad, había heredado a un joven sobrino suyo, cuyo título y mayorazgo excluían

hembra.

El general, a su regreso, se trasladó a Sevilla, su pueblo natal. Allí, su cuñada, que

por él veía a sí y a sus hijas privadas del caudal que antes poseían, y del título que

llevaban, le recibió de una manera tan agria, y tan hostil, que el general, a pesar de ser el

hombre mejor, más honrado, noble y generoso del mundo, se indignó, y se resolvió a

dejar a Sevilla y a establecerse en Cádiz.

Hacía bien. En aquella época, Sevilla, la grave matrona, con su rosario en la mano,

vestía aún la tiesa cotilla, el alto promontorio empolvado, que más que peinado parecía

una carga, y los tontillos, con los que sólo por una puerta muy ancha podía pasar de

frente una señora. Jugaba exclusivamente en sus austeros saraos a la báciga o al tresillo

con sus canónigos y oidores, con sus veinticuatros y sus maestrantes; no tenía teatro: un

voto religioso se lo impedía; no tenía más alumbrado que las piadosas luces que ardían

ante sus numerosos retablos; no tenía baldosas, ni Delicias, ni paseo de Cristina; y tenía
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