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pié de la plana y a liar en ella las onzas.

La señora cogió la pluma con la que acababa de firmar los recibos, y escribió al pie

de la plana, y debajo de la roja fecha y del nombre del niño, que era el mismo de su

padre: «Esto le deja en memoria, Mariana Pérez».

En seguida lió las veinte onzas en la plana, las que guardó con el demás oro en una

caja, que cerró y se llevó a su cuarto.

Aquella noche se consumó en la persona de esta anciana el atroz asesinato referido al

principio de esta relación, en la que queda tambien pintado el dolor en que tan inaudita

desgracia sumió a la pobre Rosalía, y la profunda impresion que causó en su marido, el

cual quizás se arrepentiría entonces de lo amarga que hizo la vida a aquella infeliz

víctima, que tanto le había querido y considerado.

La pérdida que experimentaron con tan considerable robo, de que nada se pudo

recuperar; el misterio que envolvió el atentado, a pesar de las muchas diligencias e

investigaciones que se hicieron; la convicción de tener algún enemigo oculto, pero

perspicaz, hicieron insufrible al matrimonio su permanencia en aquel pueblo, y a

instancias del comandante fueron trasladados a un punto lejano de aquél.

Capítulo VII.

Una notabilidad.

Diez años habían pasado en su nuevo domicilio, en el que, desde que llegaron,

habían hallado, tanto el marido como la mujer, la mejor acogida. Su suerte mejoró

mucho. D. Andrés heredó a un tío, muerto en América, se retiró del servicio, afincó, y

se dedicó con buen éxito a varias empresas, entre ellas a derribar conventos, cuyos

materiales, de gran valor, vendía baratos. Había sido alcalde, y era en la actualidad

diputado provincial; en una palabra, llegó a ser una notabilidad, y el tipo del ciudadano

moderno, esto es, gran expendedor de frases retumbantes salpicadas de términos

heterogéneos, celoso apóstol de la moralidad, ferviente pregonador de la filantropía,

arrogante antagonista de supersticiones, entre las que contaba la observancia del

domingo y días festivos; preste de la diosa Razón, arcipreste de San Positivo, gran

maestre de Prosopopeya, profesor en las modernas nobles artes del menosprecio y del

desden, hábil arquitecto de su propio pedestal: nada faltaba a este moderno tipo, que era

reputado por el Salomón de los juicios de conciliación, y por el Demóstenes de una

recién instalada junta formada para la construccion de un canal, cuyos trabajos, a fuerza

de juntas y expedientes, estaban muy adelantados, no faltando más para la realización

del proyectado canal, sino el dinero para abrirlo, y el agua para llenarlo.

No es nuestro ánimo personificar la época en el señor D. Andrés, sino sus

influencias, y es seguro que en un órden de cosas opuesto habría sido el centinela

avanzado de la intolerancia, el seide de la rutina, el cancerbero de los aranceles y el

carabinero de útiles y necesarias innovaciones. Esto lo decimos en honor de la verdad, y

en favor de la exactitud del tipo que pintamos, y de ninguna manera por lavarle su

feísima cara a la época (3).

Con la ventaja que gozan las almas mansas de no dejarse abatir por la desgracia, la

que tienen los temples suaves de estar exentos de sentimientos efervescentes y

violentos, y la que es propia de caracteres pacientes, de no irritarse ni aferrarse en sus

sufrimientos, Rosalía había vuelto a su estado natural de calma y de tranquilidad de

espíritu, que es, a no dudarlo, una señal de predestinación.

Habríase aún llamado feliz, a no haber sido por la manera con que la trataba su

marido, el cual, cada vez más ensoberbecido por su buena posición, por el éxito de sus

empresas y por la consideración general que había sabido granjearse, trataba a su pobre

mujer con una dureza y un menosprecio que iban en aumento cada día.

La educación de sus hijos, a quienes Rosalía mimaba, era el continuo tema de sus

reconvenciones, y la ocasión de repetir su incesante ultraje: «Tú no sabes nada.» A

veces al oírlo lloraba Rosalía; a veces se resignaba paciente; pero nunca replicaba,

haciéndose a sí misma esta reflexión: «Natural es que eso piense y eso diga mi marido,

que tanto sabe, cuando yo nada sé, sino coser y rezar.»

¡Cuán cierto es que la virtud innata, lo mismo que la inocencia, se ignoran a sí

mismas! Pero el tiempo había de demostrar a D. Andrés cuánto sabe la mujer que sabe

ser cristiana, y cuán preferibles son las virtudes humildes a las heroicas.

Capítulo VIII.

El legado.

Un día en que Rosalía enseñaba a su hija, suave niña, como lo había sido su madre,

lo que ella sabía, esto es, rezar y coser, entró el menor de sus dos hijos.

-Madre -le dijo alargándole un papel-, mirad, una plana hecha por Andrés cuando era

chico.

Rosalía lo tomó, y leyó con ojos asombrados:

«No cuentes con el día de mañana, que no lo tienes seguro.»

Al fin de la hoja se veía roja y sangrienta la fecha del 19 de Marzo de 1840, lo hizo

Andrés Peñalta, y debajo, de letra de su madre, de la víctima del misterioso e impune

crimen, éste su solo testamento: «Esto le deja en memoria, Mariana Pérez.»

-¿Dónde hallaste este papel? -preguntó Rosalía con una voz tan extraña y demudada,

que sus hijos la miraron sobrecogidos.

-En el cuarto de padre, entre unos papeles viejos -contestó el niño.

Rosalía se levantó lívida, corrió a su cuarto, echó el cerrojo, y cerró las ventanas para

no ver la luz del día.

El velo que por diez años cubría al asesino de su madre estaba descorrido a sus ojos;

el horroroso secreto salía de su sombra; la víctima, desde su tumba, recordaba la

sangrienta fecha en un documento guardado con el dinero robado, que sólo podía

hallarse en poder del ladrón y asesino, y este documento acusador se hallaba en poder

de su marido!

Rosalía se dejó caer sobre un sofá, y ocultó su rostro entre sus manos. Así

permaneció tres horas, inmóvil como el estupor, fría como deja la falta de la circulacion

de la sangre a un cadáver, muda como pone la parálisis a aquél a quien hace su presa.

La primera hora no pensó: todas sus ideas se confundieron en un espantoso vértigo.

En la segunda, la desesperacion vagó por su alma como el león por su jaula, viendo por

dónde salir y hallar ancho ámbito en que lanzar su rugido. En la tercera se presentó

digna y severa la reflexión, trayendo de una mano a la moderación cristiana, y de la otra

a la prudencia humana: la primera, con su freno; la segunda, con su anteojo. Entonces la

cristiana, la madre y la esposa cruzó sus manos y exclamó:

-¡Tuya, tuya, Padre y Juez nuestro, es la justicia! ¡Tuya, tuya la vindicta!

Levantose animosa, encendió una vela, en cuya llama quemó con resuelta mano el

papel acusador, y se arrojó en su lecho.

A poco llegó su marido, y le preguntó con su usual aspereza lo que significaba aquel

encierro.

Al oír la voz del asesino de su madre, al sentir su cercanía, un temblor espantoso se

apoderó de la infeliz, la cual, entrechocándose sus dientes, respondió que estaba

enferma.

El marido se alejó impaciente: ¡no le concedía ni aun el derecho de estar enferma!

Ocho días permaneció Rosalía encerrada, sin permitir que la viese nadie, ni aun sus

hijos, pretextando para ello un agudo dolor de cabeza, pero en realidad porque temía se

exhalase en clamores desesperados el tremendo secreto que quería ahogar en su

destrozado pecho.

Quería ademas, para lograr esto, perder fuerzas físicas, debilitando su cuerpo con

ayunos y lágrimas, y cobrar fuerzas morales en la oración y en su amor de madre.

Cuando se levantó y la vio por vez primera su marido, retrocedió asombrado; ¡y

razón tenía! El pelo de la joven madre se había encanecido. Sobre sus facciones

demacradas se había extendido la palidez verdosa de la ictericia; sus ojos, extraviados y

hundidos, brillaban calenturientos en un círculo morado.

-Es cierto -le dijo- que estás mala, ¡y muy mala! ¡Debes haber sufrido mucho!

-¡Mucho! -contestó la paciente.

-Pero ¿por qué no has llamado a un médico? -repuso impaciente su marido-. ¡No

sabes nada, ni aun cuidarte cuando padeces!

¡Un año aún sobrevivió la mártir, con el golpe de muerte en el corazón, sin más

alivio que la certeza de que era mortal!

¡Un año entero duró su descenso al sepulcro! La vida es tenaz a los treinta años.

-Pero ¿qué tiene la señora? -preguntaban sus numerosos amigos a D. Andrés Peñalta.

-Una ictericia negra que le aniquila el cuerpo y el espíritu -respondía éste-. Mucho le

mandan los médicos, pero nada la alivia. Estoy ciertamente con mucho cuidado.

Y a su mujer a solas decía:

-El médico dice que no acierta la causa de tus males, y que tú no se la indicas. ¡Si

nada sabes, ni aun explicar lo que padeces!

Por fin la quinta víctima del crimen cayó postrada. Los facultativos, desorientados,

agotados sus recursos, se cruzaban de brazos. La hora del eterno descanso era llegada; el

confesor derramaba lágrimas y consuelos a la cabecera de la moribunda.

Ya preparada y pronta a aparecer ante el tribunal de Dios, y cuando sintió que sólo

pocos instantes de vida le quedaban, la noble víctima hizo seña a los presentes de que se

alejasen, y llamó a su marido.

-¡Padre de mis hijos! -le dijo con voz solemne-. Dos cosas he sabido en esta vida.

-¿Tú? -exclamó asombrado el marido.

-¡Sí!

-¿Y cuáles han sido? -preguntó aterrado el delincuente, con los ojos espantados y

fuera de sus órbitas.

-CALLAR EN VIDA, porque era madre, Y PERDONAR EN MUERTE, porque soy

cristiana! -respondió la santa mártir, cerrando sus ojos para no volver a abrirlos más.

Fin.

No transige la conciencia

Relación.

¿Por qué, pues, el mortal ciego se lanza

tras mentida ilusión que poco dura?

Sólo asegurará su bienandanza

la paz del alma y la conciencia pura.

Francisco Javier de Burgos.

Un seul printemps suffit a la nature,

a reproduire ses fleurs et sa verdure;

hélas! jamais la vie ne reproduit

la paix de cour qu'un seul instant détruit.

Bástale a la naturaleza una primavera para recobrar

sus flores y su lozanía; pero ¡ay! que no alcanza la vida

del hombre para devolver al corazón la paz que puede

destruir un solo instante.

Capítulo I.

Así como en las desiertas costas del mar se ve blanquear un nido de gaviotas en la

concavidad de una peña, así aparece Cádiz en la concavidad de sus murallas. Hanla

labrado tan denodadamente entre las olas, que la tierra alarga un brazo para asirla. Lleva

este angosto brazo de piedra y arena, como un brazalete, la Cortadura, esto es, una

fortaleza construida en tiempo de la gloriosa guerra de la Independencia; separa las

violentas olas del Océano de las tranquilas aguas de la bahía, y conduce a la ciudad de

San Fernando, que en el fondo de la ensenada abre sus arsenales de la Carraca, como

hospitales, a los barcos que, heridos y maltratados en sus azarosas carreras, regresan a

sus lares. ¡Pobres barcos, a los que los huracanes dicen: ¡Marcha! ¡marcha!, como los

acontecimientos se lo gritan a los hombres, y que al llegar a su patria se asen a ella con

sus áncoras, como niños con sus manos al cuello de su madre!

Pasada la ciudad de San Fernando, gallarda y digna vecina de Cádiz, que ostenta su

Calle Larga parecida a un estrado, y sus casas brillantes y sólidas corno si fuesen de

plata maciza, y atravesando el puente Zuazo, tan antiguo que se atribuye su

construcción primitiva a los fenicios, el camino se divide en dos: el de la izquierda sigue

costeando la bahía, y el de la derecha se dirige a Chiclana. Se entra en este precioso

pueblo por una arboleda de álamos blancos, que toman asiento entre verdes huertas, a la

manera de nobles ancianos encanecidos, estimulando con su susurro a las plantas

pequeñas y tiernas a crecer y fortalecerse, para resistir como ellos a los vendavales. El

pueblo es grande, y el río Liro lo divide en dos mitades como un cuchillo de plata.

Dominábanlo otras veces sobre dos alturas, una torre morisca ruinosa, como imagen

de lo pasado, en la una, y una lindísima capilla, como imagen de lo presente, en la otra.

De pocos años a esta parte la torre ha desaparecido, y la capilla es una ruina.

Era un templo, era un altar

donde llora el desvalido:

yo lloré; volví a pasar...

¡Y era polvo consumido,

que también me hizo llorar! (4)

Era esta capilla (dedicada a Santa Ana) de construcción redonda, y estaba ceñida de

una columnata, que formaba en su alrededor una galería, desde la cual se admiraba un

hermoso panorama, esto es, una bella vista circular.

La aislada y abandonada torre tenia a sus pies el cementerio, como si los hombres

muertos buscasen simpáticamente la sombra de la muerta torre! Esta torre, que parecía

un sello de piedra que ostentase los archivos del pueblo, que era una herencia de

generaciones guardada por la comarca, como la momia de un vencido caudillo,

embalsamado por los aromas de las flores del campo; esta torre austera, que no tenía

conexiones ya sino con los muertos, que a su alrededor se volvían esqueletos; con las

aves noturnas, que en sus oscuros antros huían del bullicio y de la luz del día, y con los

vientos, que venían a gemir tristemente en las brechas, que podían considerarse como

heridas causadas por el tiempo;¡esta torre inofensiva no pudo escapar al moderno

vandalismo! ¡Ni el respeto a los recuerdos que evocaba, ni el respeto al cementerio que

tan expresivamente presidía, ni lo romántico de su aspecto, ni lo histórico de su origen,

pudieron valerle! ¡Fue demolida bajo el sabio pretexto de que... estaba ruinosa!!!

¡Ruinosa una ruina!! ¡Ruinosa aquella torre, que llevaba los siglos como vosotros los

días! ¡Ruinosa aquella mole petrificada, que hubiera vivido más que todas vuestras

construcciones de yeso y de madera!

También la capilla, cerrada y abandonada, ha sido presa de la destrucción. Ya ha

desaparecido la columnata que tan noblemente la ceñía. Arbolado, edificios, conventos,

santuarios, castillos, palacios feudales, hasta las ruinas van desapareciendo! sin que ni

siquiera se levanten fábricas, ni se planten huertas para reemplazarlos, para vestir con

cocos (5) y flores a la noble matrona España, en lugar de los tisús y joyas de que la

despojan! -¿Qué nos quedará, pues?- Dehesas para criar la fiera salvaje y feroz, cuyas

lides forman el ameno y culto placer que goza con preferencia del favor del público!!!

¡Dios mío! ¿Será que la ferocidad y la crueldad del hombre necesitan un desahogo,

como lo necesita y lo halla la atmósfera alguna vez en sus tormentas, relámpagos y
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