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consolarlo; suena tan melancólico su canto entre la armonía de la naturaleza, como para

probar que hay en ella una voz, así como en el corazón hay una cuerda, que vibra

siempre melancólicamente, aunque el día haya sido brillante y sea la noche serena (1).

Sólo la grave y misántropa lechuza, a la que chocaba este concierto general al acercarse

la noche, se desprendía de la torre en que medita y censura, lanzando su enérgico ceceo

como para imponer silencio.

Pero entre todas estas voces campestres, tan llenas de indefinible encanto para quien

sabe gozar prácticamente de la naturaleza, sobresalía la sonora, modulada, y expresiva

voz del hombre, las de los trabajadores campesinos que al regresar a sus casas cantaban.

¿Quién ha enseñado a estos hombres? ¿Quién les ha infundido la elevada y aguda poesía

de la letra, la encantadora y original melodía de sus cantos? El sentir, que no necesita

del arte; entre tanto que sin el sentir, el arte es un cadáver, un bien formado cuerpo sin

alma.

Mas prestemos oído a lo que canta este airoso joven que se ha adelantado a los

demás, y cuya voz ha atraído a la ventana a una linda muchacha, a quien oculta una

cortina formada en la reja por la enredadera cubierta de sus flores amarillas.

EL RETRATO.

Tiene tu cabeza

hermoso peinado;

con hebras de oro

lo tienes formado.

Tienes una frente

que es plaza de guerra,

donde amor triunfante

puso su bandera.

Tienes unas cejas

muy bien dibujadas;

no hay pincel que pueda

tan bien colocarlas.

Tienes unos ojos,

luceros del alba,

que apagan sus luces

a la luna clara.

Es tu nariz fina

cual filo de espada,

que a los corazones

todos los traspasa.

Tienes unos labios...

Son dos coralitos;

ya esconden, ya enseñan

tus dientes bonitos.

Tienes una barba

con un hoyo en medio;

si en él me enterrasen,

quisiera haber muerto.

Tienes la garganta

tan clara, tan bella,

que hasta lo que bebes

se trasluce en ella.

Tienes unos trazos

tan bien torneados...

No los tuvo Eva

mejor acabados.

Tienes, niña, el talle

como hermosa palma

que airosa descuella

por entro las plantas.

Tienes unos pies,

pisas tan airosa,

que por donde pasas

florecen las rosas.

Ya están dibujadas,

niña, tus facciones;

ahora viene Mayo,

que las dé colores (2).

Capítulo V.

El alojado.

Como ya hemos hecho observar, en este pueblo español rancio, cristiano viejo, tan

alegre y pacíficamente alumbrado por las luces de sus altares y por las del sol, no habían

penetrado las del siglo. Donde sonaban las armonías que hemos descrito, no se habían

oído ni arengas políticas ni canciones patrióticas; no se tenía idea de un alistamiento

voluntario para vestir casaca, ni menos del objeto con que se hacía. ¡Cuál sería, pues, el

asombro de los atrasados valdepacíficos, cuando vieron una tarde un tropel semipaisano

semimilitar entrar en el pueblo dando desaforados gritos de ¡Viva la libertad!

Al ver aquella banda de hombres armados y empolvados, al oír aquel grito extraño

para ellos, los habitantes de Valdepaz quedaron consternados. Cundió luego la voz de

que eran presos que se habían fugado de la cárcel de la capital, y que huían a la sierra

vitoreando su reconquistada libertad. La consternación fue general; pero poco después

se serenaron los ánimos, al oír el severo toque del tambor, y ver bajar por la cuesta, en

buen órden y con paso mesurado, una columna de soldados.

Es de advertir que el pueblo tiene por los soldados que salen de su seno una simpatía

profunda, en que se mezcla la lástima y la admiración: míranlos como víctimas, sí, pero

víctimas consagradas a una santa causa, esto es, la de su religion, la de su rey y la de la

independencia, no individual, sino la del país, como se defendía en la heroica e inmortal

guerra, que por lauro y distintivo ha conservado esta denominación.

Todo, al llegar esta tropa, quedó aclarado. Decíase entonces (pero en Valdepaz no se

sabía nada de eso) que existía en la sierra una partida de facciosos, y venía en su

persecucion una columna compuesta de voluntarios nacionales y de tropa de línea: los

primeros eran los que, entrando algo estrepitosamente, habían alarmado al pueblo; pero

aclarado el asunto, los ánimos se sosegaron, y sólo les quedó a los valdepacíficos el

asombro, primero, de que hubiese soldados sin haber entrado en quintas; segundo, que

los hubiese de menos de veinte y de más de cincuenta años; tercero, que se vitorease la

libertad sin haber estado preso; y cuarto, que en la sierra hubiese facciosos.

Los voluntarios recorrieron aquellos alrededores, se hicieron vejigas en los pies, y no

encontraron nada; por lo cual se volvieron por donde habían venido, y llegaron a sus

casas un poco tostados del sol. Los zapateros de su pueblo hicieron una función a San

Crispín.

La tropa tenía orden de permanecer en Valdepaz. Venía mandada por un capitán, que

fue alojado en casa de la viuda de un rico y honrado labrador. Tenía ésta un hijo, que

seguía llevando la labor tal cual había enriquecido a su padre y abuelos, y una hija de

quince años, que era el sol de aquel modesto, cándido y virtuoso hogar doméstico.

El capitán, que se llamaba D. Andrés Peñalta, era un hombre de no mala presencia,

pero de carácter melancólico y agriado por repetidas decepciones en su carrera, en la

que, como muchos, en tiempos de trastornos y revoluciones había sido víctima de

circunstancias adversas. Era esto aún más sensible para este hombre, tipo de una clase

que se ha hecho harto común en nuestra época, esto es, de aquellos que se creen siempre

superiores a la posicion que ocupan.

No obstante, la dulce atmósfera de aquella pacífica casa pareció influir

benéficamente en el ánimo tétrico y ensimismado que había producido en él su no

satisfecho orgullo. Inclinose hacia aquella niña, ídolo de su casa y gala del pueblo, que

tenía el encanto de la juventud y de la inocencia, las garantías de felicidad que aseguran

las virtudes, y las de bienestar que prometen los bienes de fortuna. Esto último, sobre

todo, debía seducir a un hombre que tenía una ambicion por figurar y ser considerado,

tanto más ansiosa, cuanto contrariada se había visto por las circunstancias.

Peñalta, con su brillante uniforme y su porte respetuoso, según calificaban su aire

altivo en el pueblo, se había captado la admiración general, pero muy particularmente la

de sus patronas; así fue que el día en que pidió a Doña Mariana a su hija Rosalía, no

pudo ni intentó la señora ocultar su satisfacción. La dócil niña, al ver que estaba

contenta su madre, no lo estuvo menos; las comadres y vecinas hicieron coro, y sólo el

hijo de la señora demostró desagrado y decidida oposicion al proyectado enlace. Hizo

presente a su madre que su caudal, que consistía en algunas fincas, pero principalmente

en su vasta labor y numerosa ganadería, prosperaba unido; pero que si cada parte tiraba

por su lado, si se dividía o se realizaba, sería en perjuicio de todos. Demostró con

buenas razones que su hermana debía casarse con un vecino del pueblo, sin salir del

lugar en donde se había criado, y en el que de padres a hijos todos habían vivido felices,

bienquistos y considerados. Pero nada pudieron estas juiciosas observaciones sobre la

ilusionada Doña Mariana, que estaba llena de entusiasmo por la brillante suerte de su

hija Rosalía; y el insistir su hijo en oponerse, sólo sirvió para exasperar a su buena y

limitada madre que acabó por decirle que su empeño en que no se dividiese el caudal

sería por sacar él la mejor parte. A pesar de tan dura o injusta razón (que había sido

sugerida a la buena señora) su hijo siguió combatiendo abiertamente el casamiento de su

hermana; de suerte que, incomodada la madre con esta pertinacia, y arrastrada a ello por

los extremos que tenía por su hija, declaró que nunca se separaría de ella, y sí de un hijo

díscolo, y que seguiría a la primera adonde quiera que fuese.

Este proyecto de la bien acomodada viuda no podía menos de convenir y agradar al

capitan, que se apresuró a acogerlo y apoyarlo.

Poco después se verificó la boda, y la nueva familia partió.

Siete años consecutivos vivieron en una paz no interrumpida, gracias al angelical

carácter de la madre y de la hija, a su falta de toda pretension y exigencia, así como a la

pequeñez del círculo doméstico en que se movían, puesto que la existencia de ambas se

reducía a admirar al capitán, a la sazón ascendido a comandante, y a adorar a los tres

niños habidos de este matrimonio. Fuera de esto, caían en la nulidad más completa,

anonadadas por el prepotente orgullo del comandante Peñalta.

¡Triste mundo éste, donde no se adquiere un lugar sino conquistándolo, ni se

conserva sino atrincherándolo! ¡Flaca y débil humanidad, que subyuga al que modesto

cede, y ataca al que insolente se encima! Esto solo basta para probarnos nuestra

inferioridad humana, y hacernos ansiar aquella justicia superior, para la que no hay

brillo deslumbrador ni oscuridad impenetrable.

Así fue que en aquellas mujeres, la modestia que aceptaba, la humildad que cedía, la

bondad que se conformaba, lejos de ser apreciadas como las más finas y perfectas perlas

entre las joyas femeninas, no sirvieron sino para hacerlas aparecer como débiles y

ruines, y para robustecer y entronizar en el que acataban, el menosprecio y el

despotismo.

Siendo así que D. Andrés Peñalta tenía un excesivo amor propio y un ansia

desmedida por ser apreciado como hombre de virtudes, sin tenerlas (hipocresía

catonesca que ha reemplazado a la religiosa), trataba a su mujer y a su suegra en

presencia de extraños con gran consideración y afecto, y se hacía, como dicen los

franceses, buen príncipe, esto es, que se dignaba descender benévolamente a la esfera de

aquellas que ante él se inclinaban; pero en la intimidad, se desquitaba, tratándolas con

suma altanería y recalcado desdén.

Las torpezas o impropiedades que solía cometer Rosalía en visita, le indignaban. Es

consiguiente que la pobre joven, criada en una aldea, nada sabía de los primores y

etiquetas de una ciudad populosa; ni vestirse con elegancia, ni estar tres o seis horas en

su tocador; ni cantaba, ni bailaba, ni tocaba el piano; por lo cual el necio amor propio de

su marido, mortificado con estas cosas, había tomado, para demostrar su encono, una

muletilla con la que continuamente hería y humillaba a su pobre mujer; era ésta: «Tú no

sabes nada.»

Sobre dos cosas nada puede el malévolo e injusto despotismo: sobre el hierro, que

resiste siempre con igual fuerza, y sobre el junco, que al punto cede; así era que en

aquella casa había una paz profunda, pues el despotismo que la regía sólo hallaba

suaves y débiles juncos. Pasaba la voluntad del déspota sobre aquel interior doméstico

como una ráfaga del huracán sobre un campo llano; campo no estéril ni desolado, sino

cubierto de suave y fresco césped.

Capítulo VI.

La plana.

En este trascurrido tiempo, las relaciones de Doña Mariana con su hijo se habían ido

agriando cada vez más; porque esta buena señora, subyugada y en todo sumisa a su

yerno, no se conformaba con las cuentas que le mandaba aquél, el cual había seguido

administrando el caudal de su madre, que continuaba unido al suyo. Conformándose al

parecer, y dócil a los consejos de D. Andrés, acabó Doña Mariana por exigir la partición

del caudal y la realización de su parte. Despues de muchos debates, se había por fin

verificado este arreglo al poco tiempo de su llegada a M***. Este suceso contentó a

todos; y la buena señora se sentía aligerada de un peso grande, con haber cortado por

este medio todo motivo de altercados para lo sucesivo, tanto con su hijo como con su

yerno.

Una mañana despues de volver de la iglesia, había venido a hablar a la señora un

escribano, que era el apoderado de su hijo, y la había traído quinientas onzas en oro,

última entrega de su capitalizado caudal. La señora había a continuación firmado el

finiquito, y sentada al lado de su hija celebraba la conclusión de este negocio, cuando

entró el mayorcito de sus nietos, que venía de la escuela. Traía muy ufano una plana

escrita por él, la que enseñó a su abuela. Tomola ésta en la mano con aquel agrado y

aquella complacencia qne excitaban en ella cuanto hacían sus nietos, y leyó la máxima

que, escrita con firme pulso, encabezaba la plana, y se repetía en cada renglon, copiada

por el niño. Decia así:

«No cuentes con el día de mañana, que no lo tienes seguro.»

La señora miró cada renglón con aire de aprobación, y dijo al niño:

-¿Siempre dice lo mismo, Andresito?

-Sí señora -contestó éste-; todos los renglones dicen lo que la muestra, menos el

último.

La abuela bajó la vista, y leyó:

«La hizo Andrés Peñalta el 20 de Marzo de 1840.»

¡Chiquillo -dijo la señora-, si estamos hoy a 19, día del Patriarca!

El niño se echó a reír, y repuso:

-Verdad es que me equivoqué; pero ¿qué le hace? Supongamos que la escribiría

mañana.

-¿Tan pronto te olvidas de las sentencias que escribes niño? -le dijo su abuela-. ¿No

dice acaso, «No cuentes con el día de mañana, que no lo tienes seguro»?

-Bueno, yo la enmendaré -repuso el niño, cogiendo la plana y echándose a correr.

Un momento después volvió y se la entregó a su abuela.

-¡Muchacho! -exclamó ésta apenas la vio-. ¿Por qué has enmendado estos números

con tinta encarnada? ¡Jesús! ¡Parece una fecha sangrienta!

-Estaba la tinta encarnada sobre la mesa de padre, y es muy bonita, -contestó el niño.

-Pues a mí me parece muy fea -observó su madre-, y que hace muy notable la

enmienda. Rómpela, hijo, y mañana, si Dios quiere, escribirás otra plana mejor a tu

abuela.

-No, no -dijo ésta-; dámela, gloria mía. Para mí la hiciste, en ella me dices una cosa

muy buena y muy santa, y es que no cuente con el día de mañana, que no es seguro; esto

es, que debemos estar siempre preparados para la muerte, que nos lleva ante el tribunal

del gran Juez de las almas; así es que la quiero conservar como buena memoria y mejor

consejo. Y mira -añadió, tomando sobre la mesa una pila de veinte onzas-, estoy tan

satisfecha de tu aplicación y de esta plana que la atestigua, que estas veinte onzas te las

destino, y por mi muerte serán tuyas. Para que se sepa, voy a escribir ésta mi voluntad al
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