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amante, que no hacía más en la vida que sonreír y rezar. Puede que esta felicidad,

aunque santa y modesta, fuese demasiado perfecta para ser duradera en un mundo en

que, por desgracia, aun los buenos se acuerdan menos del cielo cuando la tierra les hace

la vida dulce. Ello es que una mañana entró mi doncella azorada en mi cuarto; traía el

rostro descompuesto y agitada la respiración.

-¿Qué hay, Manuela? -le pregunté sobresaltada.

-Señora, una gran desgracia, una atrocidad sin ejemplo.

-Pero ¿qué es? ¿Qué ha sucedido? Explícate.

-Esta noche... en la casa de junto... No os asustéis, señora.

-No, no; acaba.

-Ha sido muerta la señora mayor.

-¡Muerta! ¿Qué dices?

-Sí señora, degollada.

-¡María Santísima! -exclamé horrorizada-. ¿Y cómo? ¿Han entrado ladrones?

-Es de presumir; pero nada se sabe.

El caso es, señor, -prosiguió la narradora-, que aquella mañana salió el asistente, que

dormía en un cuarto en el zaguán, para ir a la plaza. La puerta de la calle, según afirmó,

estaba cerrada, como la había dejado la noche antes. Así, era evidente que por la calle

no habían entrado los asesinos. Pero cuando volvió de la plaza, extrañó hallar la puerta

de en medio sólo encajada, de manera que cedió a su presión, y pudo entrar sin ser

necesario que nadie le abriese; mas ¡cuál no sería su asombro al ver enrojecida el agua

en la blanca mar de la fuente del patio! Aumentose éste al ver en la tersa pared de la

escalera señalada con sangre una mano. ¿Hubo acaso de darle al asesino, al bajar

aquellos escalones y al verse cubierto de sangre humana, un desvanecimiento que le

obligó a buscar un apoyo en la pared? ¿Conservó ésta la marca de la mano homicida

para acusar al culpable y marcar su senda? Subió el asistente desalado, siguiendo el

rastro de las gotas de sangre, que de trecho en trecho, y como dedos vengadores, le

señalaban por dónde ir a descubrir el crimen. Llega a la sombría y apartada estancia que

en el interior de la casa habitaba la señora mayor, aquélla que nunca quiso creer en el

mal porque nunca pudo comprenderlo! ¡Hasta la puerta llegaba la laguna de sangre que

iba extendiéndose en el suelo y que sus ladrillos no querían absorber! Sangre líquida,

caliente, que parecía todavía conservar la vida que faltaba al lívido cadáver, que con los

ojos desmesuradamente abiertos por el espanto con que terminó su vida, yacía sobre la

cama, al lado de la que pendía un brazo blanco y yerto, como si fuese de cera, para

testificar el abandono en que murió. El asistente, aterrado, dio gritos, y corrió a llamar a

sus amos. ¡Qué espectáculo para estos desgraciados!... La pobre hija cayó al suelo como

herida de un rayo. El comandante, pálido y demudado, pero más dueño de sí, mandó

cerrar la puerta de la casa, pues a los gritos del asistente se reunía gente, e hizo avisar a

la justicia. Pero ésta nada halló sino el mudo cadáver; vio sangrientas heridas, bocas que

acusaban el crimen, pero no al criminal; y era lo extraño, que ni aun las más remotas

sospechas pudieron caer sobre nadie, ni encontrarse el más leve indicio que sirviese de

luz para seguir pista alguna. El asistente dormía al lado afuera del portón, en el zaguán.

Esta puerta, que sólo por el lado de adentro se abría, la halló abierta al volver de la calle;

lo que hace probable que el asesino se hubiese ocultado el día antes en el interior de la

casa, o entrado por los tejados. Esta última versión no era probable ni casi posible, en

vista de que esa casa, la de la condesa *** y la mía forman manzana. La criada había

pasado aquella noche en la fiesta de una boda de una hermana suya, como atestiguaron

cuantos habían concurrido a ella. El otro asistente estaba malo en el hospital, y no se

había movido de su lecho. A pesar de esto, los dos primeros fueron presos; pero despues

de algun tiempo se les puso en libertad. Notad hasta qué punto fue aterrador y

horripilante el atentado, cuando sólo la idea de que se le sospechara de haber tenido

parte en él, hirió de tal suerte la imaginación del asistente, que era un honrado

mallorquín, que perdió la razón, y de la cárcel fue llevado a la casa de los locos. Sobre

la criada cayó tal sombra, por haber sido presa y envuelta en aquel tétrico y misterioso

proceso, que no pudo hallar casa en que la quisiesen admitir de sirviente; su novio la

dejó, y así, presa de la ignominia y de la miseria, arrojose a la mala vida, y se perdió.

Entre tanto, la ciudad estaba aterrada. Nada pudo la justicia inquirir, ni aun sospechas

que hubieran podido servirle de vislumbre en aquellas tinieblas. El crimen, con el

misterio, se hace pavoroso y crece como el terror en la oscuridad de la noche. La

vindicta pública, indignada, gritaba: «¡Justicia!», y los jueces, con la cuchilla alzada, no

hallaban sobre quién descargar el golpe. Así, eran vanos los clamores para que se

hiciese justicia, en vista de que ésta se la había Dios reservado para sí; pues, repito, que

nada se supo entonces, nada se ha sabido despues, ¡nada se sabrá nunca!

-¿Y que fue luego del comandante y de su familia? -preguntó vivamente interesado y

conmovido por la relación que había oído el forastero, para quien la casa que le había

parecido un inocente paria, se iba convirtiendo en un antro misterioso y lúgubre.

-Sabéis -respondió sonriéndose la señora- que los extranjeros nos echan en cara a las

españolas el proceder siempre de ligero, el ceder constantemente a nuestro primer

impulso, y el tener en poco aquel estricto y severo círculo de accion de sus paisanas, que

está a veces lleno de delicado decoro, y a veces hinchado de frío egoísmo: las españolas,

francas y ardientes de corazón, no reflexionan cuando éste las arrebata; y si por esta

razón aparecen siempre tiernas, valientes y generosas, a veces son irreflexivas; esto es,

como dicen los franceses, tener los defectos de sus cualidades. Consiguiente a esto,

apenas salio la justicia de aquella casa, cuando me arrojé en ella para prestar auxilio y

consolar a mis desgraciados amigos. No, nunca olvidaré, ni se borrará de mi alma, el

lastimero cuadro que presentaba! Fue tal la impresion que recibí, que costó la existencia

al último hijo que Dios me destinaba. El cadáver, que aún permanecía en el cuarto en

que se halló, no se veía, pero se sentía! Enfriaba aquella atmósfera: ¡la casa olía a

sangre! El agua que llenaba la mar de la fuente permanecía roja, como si el líquido y

corriente hilo que constantemente la renueva pasase por en medio como yerto témpano,

sin querer mezclarse con ella, o como si una gota de inocente sangre vertida bastase a

enturbiar para siempre una fuente, así como basta a manchar para siempre una

conciencia. Mi pobre amiga, que tanto amaba a su madre, se estremecía en

convulsiones. Al verme, pudo gritar, llorar y desahogar su comprimido dolor. Su marido

estaba aterrado; el asombro parecía haber parado la circulación de su sangre. ¡Tal era la

lívida palidez que cubría su rostro, y la inmovilidad de sus labios, comprimidos por el

horror! Me traje a su infeliz mujer a mi casa, y a poco tiempo, habiendo su marido

logrado una permuta, pasaron a una lejana provincia, porque les era imposible

permanecer en el lugar en que había acontecido tan horrorosa catástrofe.

-Pero ¿con qué objeto se cometió ese asesinato? -preguntó el caballero.

-Se infirió que por robar a la víctima, -contestó la señora-. Aquella mañana, según

dijo su hija, había recibido su madre una crecida suma de dinero por manos de un

escribano; sobre él recayeron violentas sospechas, y aunque nada se le ha podido

probar, ha quedado completamente desacreditado. Las sospechas que llegan a hacerse

unánimes y estables desacreditan a veces más que un hecho probado y ventilado, en

cuyo caso el interesado, aunque culpable, ha podido emitir descargos, alegar disculpas,

y sobre todo demostrar arrepentimiento y obtener así el perdon, que el Dios de las

misericordias no guardó sólo para sí, sino que con su divino destello puso en el corazón

del hombre, y al que elevó a precepto en su santo Evangelio.

-Vuestra observación es justa -repuso el caballero-. La sociedad, que es y debe ser

clemente, después de castigado el delito, es inexorable con el crimen impune. Eso es

lógico. ¿Y habeis vuelto a saber de vuestros pobres vecinos?

-He sabido varias veces de ellos, hasta que últimamente los he perdido de vista. Les

fue muy bien en el pueblo a que se trasladaron. El marido se retiró del servicio militar,

se afincó y tuvo mucha suerte en cuanto emprendió: así sucede que es hoy uno de los

hombres más considerados de aquel pueblo, una notabilidad, según el estilo moderno.

Ha sido alcalde y diputado provincial, y qué se yo cuántas cosas más en el innumerable

plantel constitucional de autoridades. En cuanto a ella, vivía siempre contenta en su vida

doméstica y retirada.

-Por lo visto -dijo el forastero con una sonrisa ágria y amarga-, la casa conserva la

impresion que se ha borrado en los corazones!

-La casa ha conservado la impresión del crimen: en los corazones se ha amortiguado

la del dolor. El dolor no puede ser eterno en este mundo; así lo ha dispuesto Aquél que

sabe lo que nos conviene. Cada día un nuevo sol hace olvidar el que desapareció la

víspera; cada flor que abre su seno aleja la vista de la que se marchita. La ausencia es un

velo poco trasparente. Lo venidero absorbe lo actual, y su ardiente excitacion debilita

las impresiones, como los rayos del sol desvanecen la viveza de los colores. Y no

motejéis al olvido, ese bálsamo, esa panacea, ese dulce elixir de vida que Dios envía a

las criaturas, como a las plantas envía su refrigerante rocío. Sin él, ¿qué sería de

nosotros?

-No sé -repuso el caballero- si clasificar lo que decís de sublime filosofía, o de divisa

del vulgar ¿qué se me da a mí?

-Ni tan alto ni tan bajo: es una verdad sencilla y práctica; una de las muchas

disposiciones de la naturaleza, contra las que se rebela en vano el orgullo del hombre.

Pero decidme, ¿queréis habitar la casa? Mucho me alegraría que la presencia de una

buena y amable familia disipase la sombra de esa fúnebre morada, como la sonrisa de la

aurora ahuyenta el ceño de la noche.

-Gracias, señora. No la viviré yo. Aunque hijo de este siglo despreocupado, no ha

podido el carácter del positivismo que le preside ahogar las impresiones del espíritu que

reina, en alta esfera; y puesto que aquella casa es la depositaria del misterioso y

horrendo atentado, la única que conoce los impunes criminales, huyan de ella los

buenos y quédese sola con su secreto, como deberían estarlo todos los que llevan la

conciencia manchada con algun delito.

Capítulo IV.

Valdepaz.

Existe un pueblo que nombraremos con el pseudónimo de Valdepaz, que ha escogido

por asiento un valle, colocado entre las últimas ondas que forma el suelo de una vasta

cordillera. Dórale un brillante sol sus mieses, riéganle claros manantiales sus huertas, en

que el copudo naranjo cubre de perlas su manto como un rey, el fino granado se adorna

de corales, el suave almendro de guirnaldas de rosa, y los sencillos frutales se apresuran

a ponerse su traje blanco, que es tan que se desprende aun antes de partir la fugitiva

primavera que se lo viste.

Separan a Valdepaz del resto del mundo los montes que a su alrededor se levantan

como inmensos biombos, con los que hubiese rodeado la naturaleza la cuna en que

durmiese uno de sus hijos. Álzase en su centro, digna y tranquila, la no profanada

iglesia; descansa honrado bajo el techo del labrador el arado que enseña el trabajo, y en

premio da el pan de cada día. Los niños aprenden la doctrina, besan la mano al cura, y

piden la bendición a sus padres. La ilustracion del siglo novador, según se habrá notado,

había retrocedido desdeñosa al ver tanto oscurantismo, había contado a Valdepaz entre

las momias, borrándolo de la lista de los vivos, y, cual a otro enterrado Pompeya, le

había dicho con profunda intención y grave solemnidad: ¡Séate la tierra ligera!

Era una tarde de primavera despues de un día de verano, pues el suave vientecillo

que corría se había, como hace un sibarita, refrescado en las nieves de las altas cumbres,

y perfumádose después entre las jaras que cubren sus laderas. La plácida hora del

crepúsculo se anticipaba por el valle, no dorando ya los rayos del sol sino las cimas de

los montes que lo rodeaban, en cuyas crestas todas parecía arder una hoguera; tal como

sucedió en los montes de Asturias, en aquel famoso hecho guerrero que valió su nombre

al progenitor de los Cienfuegos. No había un celaje en el cielo que pudiese servir de

refugio a los últimos y rosados esplendores del sol. Oíase el alegre murmurio del agua

de riego esparciéndose en cien diferentes direcciones por los huertos; dócil en seguir la

senda que le traza el hombre, se veía a esta hija de las nubes y de las fuentes, ya rodear

un naranjo como un ceñidor de bruñido acero, ya esparcirse sobre un cuadro recién

sembrado como una cubierta de cristal, y entonces pararse incierta entre ceder a las

seducciones del sol, que la atrae a sí para tejerse con ella sus velos, o a la atracción de la

tierra, que la anhela para nutrir con ella las plantas tan lindas que le forman su rico

vestido. Oíase el grillo, tocador del primer instrumento que hubo en el mundo,

desesperado de que a pesar de su incesante reclamación no se le declare decano de la

filarmonía. Oíase el balar de las ovejas, tan dulce como su índole, tan suave como su

vellón, tan triste como la víctima a la cual simboliza; el prolongado mugido de la vaca

que llama a su cría, el zumbido monótono del abejorro tonto y torpe, volando en

derecho de sus narices sin cuidarse de tropezar con las ajenas. Veíanse los aviones

surcar el aire en sus alegres desatinadas evoluciones, dando sus gozosos pitíos, lo cual,

al contemplarlos, hace decir a los niños con fraternal simpatía: «Ya salieron los

muchachos de la escuela.» Empezaban su silencioso vuelo los inofensivos murciélagos,

pobres pájaros sin plumas que se esconden de la luz del día como pobres veronzantes,

tan feos, que llevan en las aldeas el nombre de figuritas, y tan perseguidos, que se

preguntan: ¿Si considerará el hombre usurpada la existencia que les dio a ellos aquel

mismo Criador que al hombre le dio la suya? Entonaban sus claras serenatas las ranas,

rústicas sirenas que convidan entre sus frescos juncos a las delicias del baño. Las

laboriosas abejas dejaban gruñendo su tarea, porque hallaban ya en las flores rocío

mezclado a la miel. Oíase la triste y plañidera queja del mochuelo, que impele a ir a
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