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juicios del mundo, tan celoso de salvar las apariencias, lleno de venenosa rabia contra la

suerte modesta que le deparó la Providencia; y en vez de elevarse sobre ella por medio

del trabajo y del merecimiento, mintiendo sumisión y cariño para cautivar la vanidad y

deslumbrar la cándida inexperiencia de una gente crédula y buena; pobre familia, que

como una víbora empieza desuniendo, en pago de haberla abrigado en su seno,

recurriendo en seguida al asesinato cobarde y sobre seguro, para venir por último a

especular con los esqueletos de los conventos. ¿Por ventura está mejor dibujado el

Tartuffe de Molière que el hipócrita de estos tiempos? ¡Cuánto nos ha hecho reír,

siquiera por lo mucho que de ello hemos tenido que ver por oficio, aquel proyectado

canal, para el cual sólo faltaba dinero con que abrirle y agua para llenarlo!

Mas porque no se crea que es la pasión política la que hace hablar al escritor, véase

cómo no atribuye a un partido los vicios de la época; y véase también la noble

independencia con que al declararlo así, protesta el fin con que hace esta declaración:

porque no se atribuya a cobardía lo que sólo es hijo de la bondad del alma, de la justicia,

y finalmente de una elevación de espíritu, ante quien caben, para ser imparcialmente

juzgados, todos los partidos y opiniones.

«No es nuestro ánimo (habla el escritor) personificar la época en el señor D. Andrés,

sino sus influencias. Es seguro que en un orden de cosas opuesto, habría sido el

centinela avanzado de la intolerancia, el seide de la rutina, el cancerbero de los

aranceles y el carabinero de útiles y necesarias innovaciones. Esto lo decimos en honor

de la verdad, y en favor de la exactitud del tipo que pintamos, y no de ninguna manera

por lavarle su feísima cara a la época.»

Pero volviendo al suceso que es el alma de la Relación, el criminalista puede seguir

con particular interés toda la generación de ese delito, su germen funesto, su estudiada

preparación, su interesada ocasión, sus terrores, en mal hora confundidos con los que

debió causar el crimen en persona tan allegada a la víctima. Aumenta el efecto el

abandono de la casa y de la ciudad manchada por la familia huérfana; y se duele uno y

se impacienta involuntariamente de que no se insinúe la sospecha en el ánimo del juez

de la causa, o en el de que por la ley es el representante del interés de la sociedad en la

acusación, especialmente cuando la Providencia ha hecho que el criminal marque con su

mano una huella terrible en las paredes de la casa misma. ¡Cuántos laberintos de

iniquidad se han escudriñado con un indicio, con un hilo harto mas débil! Cualquiera

que tenga alguna práctica del foro pudiera citar no uno solo. En el de Sevilla, por

ejemplo, en donde ha residido el autor, un dedo que quedó insepulto fuera de la tierra

que encubría los cadáveres de varias víctimas, y que se conservó incorrupto mientras

que éstos se hallaban ya del todo consumidos, bastó para descubrir, un año después de

cometido, aquel horrendo crimen, haciendo recaer sobre él el condigno castigo. ¡Tan

cierto es que la Providencia, cuando quiere, sabe frustrar todas las astucias de los

hombres!

¡Si al menos hubiera parecido a tiempo aquella plana! Pero aquella plana, el nombre

del asesino escrito sin saberlo ni pensarlo por mano de la inocencia, la fecha del crimen

puesta con tinta encarnada, y más abajo el renglón que contiene el testamento de la

víctima, todo esto es el terrible desenlace, o más bien el verdadero nudo, de otro

terrible, callado y magnífico drama, digno de estudio para el poeta filósofo. En él, sin

necesidad de un ay, se debaten las cuestiones supremas de la honra, de la vida y de la

muerte, en el corazón de la que es hija, esposa y madre, y que necesita gastar su cuerpo

con lágrimas, y fortalecer su alma con la oración para poder pelear dentro de sí tan

recias batallas, y llevar tan inmenso golpe, sin otro alivio (dice su digno intérprete), sin

otro alivio que la certeza de que era mortal!»

¡Oh! ¡De cuán buena gana insertaríamos aquí el trozo en que se hace la exposición

de esta espantosa situación, la relación de estos combates y su término sublime! Pero no

podemos, no debemos decir más. Sería defraudar su corona al escritor, y para Fernán

Caballero me parecen pocas cuantas puede acumular el talento, tejer la simpatía, y

bendecir la religión.

Pero por encima de tantas bellezas en el orden literario y en el jurídico, en el moral y

en el político, ¿sabéis cuál nos parece el pensamiento capital de la obra, su verdad

completa, su principal inspiración, aquélla a que todas se subordinan, la que

inmortalizará esas páginas, ligándolas íntimamente hasta con la biografía de quien las

escribió? Escóndese en un rincón de ellas como humilde violeta, pero trascendiendo por

todas partes con celestial fragancia. Vosotros la encontraréis sin duda; pero oídla desde

ahora. Nuestro deber es decírosla para que apreciéis merecidamente esta obra y otras

que de la misma pluma se desprenden:

«¡Oh! ¡Cuánto sabe la mujer que sabe ser cristiana!»

Julio de 1856.

Fermín de la Fuente y Apezechea.

Callar en vida y perdonar en muerte

Relación.

«Me está reservada la venganza, y Yo

soy quien la ejerceré», dice el Sabor.

(Epist. de Son Pablo a los Romanos.)

Capítulo I.

Una calavera entre dos floreros.

Veíase en la populosa ciudad de M*** una extraña anomalía que chocaba a todo

forastero, pero que había llegado a ser para sus habitantes, por la costumbre que tenían

de verla, cosa en que no paraban la atención. Consistía ésta en el mustio y extraño

contraste que formaba en uno de los barrios más céntricos y de mejor vecindario de la

ciudad, en una de las calles de más tránsito, en la que las casas competían en

compostura y buen parecer, una casa cerrada, sucia, descuidada y sombría, cuyo aspecto

hería la vista y afectaba el ánimo. Las dos casas que tocaban a sus costados estaban tan

blancas como si fuesen de alabastro; sus rejas y balcones se habían pintado, forzando de

esta suerte al grave hierro a vestirse de alegre verde de primavera, como las plantas que,

colocadas en sus tiestos color de coral, los ocupaban. Asomábanse por encima de los

tiradillos, con sus vestidos de varios colores, las vanidosas dahalias, que tanto ha

embellecido el cultivo europeo; alzábanse las lilas, tan distinguidas entre las flores,

como lo es en sociedad la persona que a un mérito real une la modestia. El heliotropo,

que sabe cuanto vale, y por lo mismo desdeña visuales colorines, se retiraba detrás de

los geranios, que, variando y mejorando su exterior, han sabido conquistarse un buen

lugar entre la aristocracia de Flora. En el sitio preferente se ostentaban las camelias,

frías, tiesas, sin fragancia, que es el alma de las flores, haciéndose valer y dándose tono,

sin acordarse de que la moda y la novedad, que las ensalzan hoy, las desatenderán

mañana, y que serán tanto más olvidadas, cuanto que no dejan un perfume por recuerdo.

Inclinábanse sobre los rodapiés los exquisitos claveles, la más española de las flores,

como si les doliesen sus hermosas cabezas por el exceso de su aroma. Detrás de las

vidrieras se veían extendidas esas cortinas formadas de pequeños juncos verdes, que

vienen de China, sobre las cuales se miran pintados pájaros extraños y apócrifos, que

parecen partos del arco iris, figurando así las casas, grandes pajareras de aves fantásticas

en jardines encantados.

Por el contrario, la casa vacía, con sus paredes oscuras, sus negros hierros, sus

maderas cerradas, si huyese de la luz del día y de las miradas de los hombres, parecía

excluida de la vida alegre y activa y llevar sobre sí un anatema. En el balcón sólo se

veían unos girones de papel de cartelón, que el viento y los aguaceros habían

destrozado, y que su dueño, cansado de renovar, dejaba ya en el mismo estado; con

cuyo mal aspecto parecían poner en entredicho aquella tétrica y abandonada mansión.

En fin, podíase comparar la sola, silenciosa y fúnebre casa, enclavada entre sus dos

alegres y vistosas vecinas, a una calavera colocada entre dos floreros.

Capítulo II.

Conversación.

En una de estas casas recibía una señora amable y risueña gran número de visitas,

con motivo de ser los días de su santo.

Dirigiéndose a uno de los caballeros que se hallaba sentado en el círculo formado

ante su sofá, le dijo:

-¿Con que no habéis hallado casa?

-No señora, -contestó el interrogado, que era forastero-: las que se me han

proporcionado, unas son estrechas para mi numerosa familia, otras están en mal sitio; y

mi mujer, que sale poquísimo, lo primero que me ha encargado es que la casa que tome

esté bien situada.

-No hay duda en que este vecindario aumenta; no se hallan casas, -dijo uno de los

presentes.

-Pero, señora, -añadió el forastero-, acabo de ver la inmediata casa a la vuestra,

desalquilada; me convendría mucho, y no me habéis hablado de ella.

-Es cierto, es cierto -repuso la señora; ha sido una inadvertencia; pero estamos tan

acostumbrados aquí a contar esa casa entre los muertos, que no debéis extrañar no se me

ocurriese sacarla de su mortaja.

-¿Entre los muertos? ¿Es decir, entre lo no existente? -preguntó asombrado el

forastero.

-Así es, puesto que nadie la ocupa, ni le quiere dar vida.

-¿Y por qué? ¿Está acaso ruinosa?

-Nada de eso; está en muy buen estado.

-¿Es fea? ¿Es destartalada?

-No; es buena y tiene comodidades.

-¿Ha muerto en ella algún ético?

-No, que yo sepa... Ademas, ese miedo exagerado, que es ciertamente una

preocupación, se va desvaneciendo. Blanqueando las paredes, pintando las maderas,

como se hace después de cualquiera enfermedad, todas las casas se habitan hoy día

luego que deja de existir en ellas la víctima de ese terrible padecimiento, que sólo curan

los viajes de mar con privilegio exclusivo.

-Pues entonces, ¿cuál es el que tiene esa casa para no ser habitada?... ¿Tiene

asombros? -añadió sonriendo el caballero forastero.

-Justamente -contestó la señora.

-¿Eso me decís en el siglo XIX, en medio del esplendor de las luces, en las barbas de

la reinante despreocupación?

-Sí señor, porque el asombro que se supone es el que selló en ella el crimen, y ese

asombro aún no han llegado a disiparlo ni las luces, ni la despreocupacion. En esa casa,

señor, se cometió un asesinato.

-Convengo -repuso el caballero- que eso debió de ser una cosa atroz para los que a la

sazon la vivían, y terrible para los allegados y los parientes de la víctima; pero no creo

sea razón suficiente para que, andando el tiempo, quede por ese motivo una casa

condenada a ser demolida, o a existir sin ser habitada. ¿Cuánto ha que tuvo lugar el

hecho?

-Seis años.

-Señora, entonces me parece el abandono de esa casa, inocente del atentado de que

fue teatro, cosa de agüero y sobremanera anómala en esta época, en la que, sin extrañas

influencias, llevan la utilidad y la conveniencia el timón de los hechos.

-¡Qué quiere usted, señor! -repuso la dueña de la casa-. Estamos aquí, por lo visto,

un poco atrasados; y no nos pesa. Pero lo horroroso del asesinato, la inocencia de la

víctima, que fue una pobre e inofensiva anciana, el misterio que cubrió y cubrirá

siempre al autor del crimen, han impregnado de tal horror el lugar en que se consumó, y

la sanción que ha dado el tiempo al desvío que esa casa inspira es tan poderosa, que

nadie se ha hallado que quisiese quebrantar el aislamiento que, cual una maldición, pesa

sobre el lugar del impune delito. Parece la soledad de esa casa un sello sobre un pliego

cerrado, que Dios abrirá en su día, si no ante los tribunales de los hombres, ante el

tribunal supremo de que es juez.

Entraron en este momento nuevas visitas, y la conversación fue interrumpida.

Capítulo III.

Un crimen.

La curiosidad del caballero forastero, excitada por lo que había oído, hizo que

volviese a los pocos días con el determinado objeto de anudar la conversación

interrumpida.

Después de los primeros cumplidos, dijo a la amable dueña de la casa:

-Señora, extrañareis quizás mi insistencia; pero es grande mi deseo de saber algunos

pormenores sobre el crimen de que me hablasteis el otro día, que tan pavoroso debe

haber sido cuando no puede el tiempo, ese Saturno que hasta las piedras se traga,

consumir las huellas que ha dejado.

-Con la mejor voluntad os comunicaré lo que sé, que es lo que sabe todo el mundo -

contestó la interrogada-. Pero es probable que la fecha, ya antigua, del hecho, así como

el no haberlo presenciado, lo despoje a vuestros ojos de la activa y siniestra impresión

que causó a todos los habitantes de esta ciudad. Habrá diez años que llegó aquí, y se

alojó en la referida casa, un comandante con su mujer, tres hijos pequeños y su suegra.

Era él todo un caballero en su porte, así como en su conducta; al cariño que demostraba

a su mujer, que era muy joven y muy sencilla, se mezclaba la gravedad de un padre, y

así formaban una familia tan unida como feliz. Era ella una paloma sin hiel, como dice

la poética definición popular, y se hallaba tan satisfecha y dichosa en ser la escogida de

aquel digno marido, como en ser la madre de los tres ángeles que sin cesar la rodeaban.

Era el tipo de aquellas ejemplares mujeres que sólo existen en el estrecho círculo de sus

deberes de hija, esposa y madre. En cuanto a la señora mayor, era de aquellas criaturas

que denomina el mundo, para clasificarlas pronto, con el título de una infeliz. Siendo

muy piadosa, pasaba su tranquila existencia en el templo rogando a Dios por los objetos

de su cariño, y en el hogar doméstico alabando a los de su culto. Eran estas señoras

propietarias en un pueblo pequeño, por lo que muchos las denominaban lugareñas o

provincianas, como se dice ahora en frances traducido; pero yo siempre hallé en aquella

casa delicada urbanidad, porque era sincera, franqueza decorosa, y una conducta austera

sin gazmoñería y sin aspirar a los elogios a que es acreedora. Si es esto ser lugareña, no

debe pesar el serlo. Pasaba yo en su casa muchos ratos, porque aquella paz interior,

aquella felicidad modesta y sosegada, comunicaban bienestar a mi corazón; porque una

simpatía grata me inclinaba hacia aquel hombre tan digno y tan estricto en el

cumplimiento de sus deberes, me impelía hacia aquella suave mujer que gozaba en sus

virtudes como otras en sus placeres, y me arrastraba hacia aquella anciana sencilla y
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