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durante su ausencia. Hacíalo, porque en aquella época -por los años de 1764- era Cádiz

rica y poderosa, y el oro arrastraba en pos de sí ese lujo, esos placeres, esas vanidades,

esa embriaguez y esas pasiones que son su séquito ordinario. Para alejarse de este foco

de seducciones y peligros, Don A. F. les suplicó que se trasladasen a la Isla, ciudad de

arsenales y de marina, vasta y solitaria, porque Cádiz lo absorbía todo en sus cercanías.

»Mientras un barco salía lentamente de la bahía de Cádiz, entonces animada como

una feria, una berlina con cuatro caballos, cuyos cascabeles sonaban alegremente, corría

por el arrecife que conduce de Cádiz a la Isla, y que se alza entre dos mares, que se unen

tanto en las altas mareas, que entonces, más que camino, parece el arrecife puente.

»En la berlina se hallaban dos señoras: la una anciana, cuyo semblante expresaba

cuidados y zozobras; la otra joven y hermosa, cuyo rostro estaba bañado de lágrimas.

Frente de ambas iba sentada una negra aún joven, doncella y compañera desde su

infancia de la que lloraba; la que por sus visajes, gracias y niñerías logró que a una

legua de Cádiz las lágrimas de su ama llegaran a secarse, y que una sonrisa reemplazase

los suspiros que antes salían de sus labios.

»La Isla de León es una ciudad larga y angosta, que se levanta blanca y brillante

entre los montones de sal, como un cisne rodeado de sus polluelos. Tres cosas

descuellan en ella: las palmeras de su arenisco suelo, el Observatorio de su sabia

marina, y la cúpula de sus católicos templos. La Isla es triste como una bella mujer

arrinconada por una feliz competidora; o más bien la Isla, con sus arsenales, sus diques,

sus cordelerías, sus astilleros y machinas, parece la mujer del marino en su soledad,

sentada en la playa y mirando al mar.

»La berlina se paró delante de una hermosa casa, que, como la mayor parte, era de

piedra y estaba solada de mármol, y cuyas puertas eran de caoba. Frente de la puerta de

la calle se abría la del jardín. Precedíale una galería que formaban columnas de mármol,

entre las cuales habían confeccionado los jazmines, las madreselvas y los rosales

guirnalderos, columpios para mecer sus flores. Caminitos de ladrillos dividían el jardín

en cuatro partes. Las paredes desaparecían bajo un espeso velo de enredaderas. En el

centro del jardín había un cenador o merendero tan espesamente cubierto por rosales de

Pasión, que en lo oscuro y fresco, más que cenador, parecía gruta. En medio, sobre un

pedestal, se hallaba un amorcito de mármol, que con una mano escondía sus flechas, y

con un dedo de la otra, que llevaba a sus labios, imponía silencio.

»En este merendero era en el que pasaba la hija del sol largas y solitarias horas.

Algunas veces le decía Francisca, su negra, después de prolongados ratos de silencio:

-»Ese niño, mi señora, nos hace señas que callemos. Más valiera que nos mandase

hablar, pues lo vamos a olvidar. Mi amo tiene en el barco la mar, los vientos y los

peligros; pero acá nosotras no tenemos nada sino las flores.

»La hija del sol bostezaba y respondía:

-»Mi marido piensa

«que entre dos que bien se quieren,

con uno que goce basta.»

»¡Así pasaba su vida aquella mujer, que, por desgracia, no había sido enseñada a

llenar su tiempo y a ocupar su mente, y a la que pesaba la ociosidad como al desvelado

las tinieblas! Necesitaba la vida activa, para revolotear ligeramente y sin objeto, de flor

en flor, como la mariposa.

»Un día estaba la hermosa solitaria sentada, abanicándose, en su ventana o cierro de

cristales. Francisca, echada en el suelo, se entretenía en teñir de azul con agua de añil el

blanco perrito habanero de su señora.

-»¿Sabe usted, mi ama -dijo de repente-, que ese oficial, ese brigadier de guardias

marinas que nos sigue cuando vamos a misa, se ha mudado aquí enfrente?

»La hija del sol, al oír a su negra, volvió la cabeza por un irreflexivo e involuntario

impulso, y vio en el balcón de la casa a que Paca aludía, a un joven, el cual,

aprovechando el instante en que ella fijó su vista en él, la saludó con la finura y gracia

que ha distinguido siempre a los oficiales de la Marina Real.

» La reconvención que iba a hacer la hija del sol a su negra, espiró en sus labios al

ver al jóvenes en el que de sobra había reparado anteriormente. Así que Francisca

prosiguió:

-»Se llama D. Carlos de las Navas, tiene veinticuatro años, y es el mejor mozo de la

brigada. Es tan bueno y tan llano, que todo el mundo le quiere...

-»Parece que estás muy impuesta en todo lo concerniente a ese caballero -dijo su

ama interrumpiendo a la negra-. Pero como todo eso ni me atañe ni me importa,

guárdalo para ti y otros curiosos.

-»Aquí tiene mi ama a su perrito, más azul que una pervinca -dijo la humilde

muchacha para distraer a su ama.

»Pero la hija del sol no pensaba ni en el perrito azul, ni en su doncella negra. Días

había que un gallardo joven la segura por todas partes: le veía en todas partes, en la

calle, en la iglesia, en sus pensamientos, en sus sueños! Ahora se le encuentra alojado

frente a su ventana; se le han nombrado; se halla casi en relaciones con él, por medio de

un saludo que no ha podido excusar!

» De más está el que se añada que las Navas, que fue uno de los más cumplidos

caballeros de su época, al ver a la hija del sol, había concebido por ella una de aquellas

pasiones que en tiempos en que no absorbía la política completamente a los hombres,

henchían y exaltaban sus almas a punto de intentar lo imposible, movidos por ellas.

»Mucho tiempo fueron inútiles todas sus gestiones; porque a la hija del sol habían

sido infundidos principios religiosos, que si no siempre alcanzan, en vista de la

fragilidad humana, a evitar una culpa, siempre llegan a enmendarla o a corregirla. Las

Navas estaba desesperado; la hija del sol, por su parte, había trocado su anterior

tranquilo fastidio por un constante dolor que la consumía. Francisca, la negra, llena de

compasión por los sufrimientos de ambos, y cediendo a sus instintos de raza

incivilizada, sin reflexionar en la culpable causa de estos voluntarios sufrimientos, ni en

las trascendentales consecuencias de su necia complacencia, cedió a los ruegos de las

Navas, y una noche en que estaba su ama tristemente sentada en el cenador del jardín, le

abrió una puertecita que éste tenía, y que daba a la Albina, sitio solitario y pantanoso

que se extiende entre la Isla y el mar.

»Es una verdad muy conocida la de que el primer paso es el que cuesta. La puerta

que tan imprudentemente abrió la negra, lo fue ya cada noche. En aquella galería, poco

ha tan sola y vacía; entre aquellas flores, poco ha tan desdeñadas; a la claridad de

aquella luna, poco ha tan desatendida, pasaban los amantes noches de encanto, y cuya

felicidad adormecía hasta la conciencia. De esta suerte pasó un año.

»Entonces acaeció que el capitán general del Departamento, que había ido a Jerez,

murió allí repentinamente: toda la brigada de guardias marinas tuvo que trasladarse a

aquel pueblo para acompañar el entierro. Esta ausencia, por corta que fuese, causó un

vivo dolor en dos seres que había un año que no podían vivir sino en la misma

atmósfera, y para los cuales era la ausencia un compuesto de dolor, de inquietud, de

ansiedad, de temor y de celos.

» En la noche del segundo día estaba sentada la hija del sol en la galería de su jardín:

Francisca lo estaba a sus pies. La luna se levantaba pura y tranquila, como un corazón

exento de pasiones y de inquietudes.

-»Mi ama -dijo Francisca, poniéndose de un salto en pie-, ahí está el señorito de las

Navas. ¿No ha oído su mercé la señal?

-»No es posible, Francisca -respondió azorada y con corazón palpitante la hija del

sol.

-»Escuche, mi ama, escuche -repuso la negra. La hija del sol aplicó el oído, y oyó

distintamente el silbido particular que usaba las Navas para darse a conocer.

»Francisca corrió a buscar la llave del postigo, corrió hacia él, lo abrió, y las Navas,

envuelto en su capa, entró con paso acelerado.

»Pero Francisca no pudo volver a cerrar el postigo, porque le empujaron dos

hombres que entraron y siguieron a las Navas.

»Sobrecogida de un asombro que la paralizó, la negra no pudo ni moverse, ni gritar.

Los que habían entrado alcanzaron a las Navas, y antes que pudiese defenderse ni parar

el golpe, le clavaron sus puñales en el pecho. Las Navas cayó sin dar un gemido; cuando

le vieron tendido en el suelo, los asesinos huyeron.

»Por algún tiempo el más profundo silencio siguió reinando en aquel lugar, mudo

testigo de la catástrofe. Francisca permanecía paralizada bajo la doble impresión del

espanto y del horror. La hija del sol yacía desmayada sobre las gradas de mármol de la

galería; las Navas no daba señal de vida! La luna plateaba tranquilamente este cuadro, y

las flores lo embalsamaban.

»Al cabo de un rato, vuelta Francisca en sí por la activa angustia que sucedió a su

pánico espanto, vuela hacía su ama, a quien ya mira deshonrada y perdida, la coge en

sus brazos, la despierta, la anima.

-»¡Ama mía! ¡ama mía! -exclama-. Sois perdida si aquí hallan ese cadáver! Ama

mía, vuestra honra y vuestra suerte dependen de lo que podamos hacer en estos

momentos; ¡y son contados! Es preciso sacar de aquí ese cadáver que os compromete.

¡Valor, mi señora, valor! Si no lo hacéis por vos, hacedlo por el amo! Saquemos de aquí

ese cadáver para evitar el escándalo y la afrenta. Ayudadme a arrastrarlo a la Albina,

que yo no puedo hacerlo sola.

»Y la valerosa negra arrastra a su infeliz ama, y la obliga a ayudarle a arrastrar el

cadáver a la Albina.

-»¡Basta! ¡Que no puedo más! -gemía su ama.

-»¡Más todavía, mi señora! -replicaba con angustia la negra-. ¿Queréis aparecer ante

los tribunales?

»Y las dos, dominando su dolor, su asombro y su flaqueza, volvían a coger el yerto

cadáver para alejarlo más de allí.

»Después Francisca, sosteniendo a su señora, la arrastra a su cuarto, la acuesta,

vuelve al jardín, echa agua sobre las manchas de sangre, y hace desaparecer todo rastro,

todo vestigio de aquel lúgubre crimen, con esa energía, hija del cariño, que es la más

perseverante. Regresa al lado de su señora, y al verla tendida, tan blanca y tan inmóvil

como si fuese aquel lecho su féretro, cae de rodillas, y elevando hacia su señora sus

temblorosas manos, prorrumpe en sollozos exclamando:

-»¡Ama mía, yo os perdí!

-»No, Francisca, no -murmuró su señora-; me has salvado!

»Y echando uno de sus brazos de marfil al cuello de ébano de la esclava, la atrajo a

sí prorrumpiendo en sollozos.

-»Ya viene el alba -dijo poco después Francisca, que fue a abrir las ventanas, como

para poner cuanto antes fin a aquella espantosa noche.

»Por más que digan los poetas, que por lo regular no conocen al alba sino de oídas,

el alba es triste. Cuando el día cae, todo se prepara al reposo; al alba todo se prepara al

trabajo y al sufrimiento! La luz del día alumbra a una ciudad muerta; tanto brillo en el

cielo y tanto silencio en la tierra contrastan penosamente! -la hija del sol, bella y

silenciosa, se parecía a esa madrugada sin vida.

»Francisca la obligó a levantarse y a sentarse en su cierro de cristales, como tenía de

costumbre, para evitar toda sospecha. Francisca entraba y salía en el gabinete.

-»¿Qué se dice? -le preguntaba su señora a media voz.

-»Todavía nada -respondía Francisca en el mismo tono.

-»¡Dios Santo! ¡Ese cadáver abandonado! -gemía la infeliz.

»Francisca cruzaba las manos y le hacía seña de que callase, señalándole a su madre,

que rezaba tranquilamente sentada en el canapé.

»De repente se oyeron los brillantes y animados sonidos de la música militar. Era la

brigada de marina, que regresaba de Jerez.

»Cada nota de la música, que tantas veces había oído cuando precedía a la brigada, y

a su cabeza venía el hombre a quien amaba, y que ahora yace muerto y abandonado

cadáver en la Albina; cada una de estas notas es un puñal que se clava y destroza el

corazón de la infeliz mujer, en la que hasta su dolor es un delito!

»De repente, aquella mujer que gemía quédase muda, sus ojos se abren espantados y

fijos, un temblor convulsivo se apodera de ella, y sólo tiene acción para extender el

brazo con un ademán lleno de espanto hacia la calle. Francisca se arrojó al cierro, y

sigue con la vista la dirección que indican el brazo y las miradas de su ama, y ve... ve a

las Navas a la cabeza de su brigada, que en aquel instante alza la cabeza, sonríe y saluda

alegremente a su amada! Francisca da un grito, y cae sin sentido: la hija del sol, fuera de

sí, clama al cielo pidiendo misericordia. Refiere a voces lo acaecido aquella noche; la

creen loca, y su madre manda llamar a un facultativo; pero Francisca, vuelta en sí,

confirma la relación de su ama. Van a la Albina; pero allí no se halla cadáver alguno.

Preguntan a las Navas; éste no ha faltado, no ha podido faltar de Jerez; lo que confirman

unánimes sus compañeros.

»La hija del sol, después de restablecida de una larga enfermedad, escribe a su

marido, se confiesa culpable, le ruega que la perdone y le dé licencia para entrar en un

convento a hacer penitencia. El marido le da esta licencia, la bula es otorgada, y LA hija

del sol entró y profesó en las Descalzas de Cádiz, en el que, después de una vida

ejemplar, murió como una santa. Francisca la siguió al convento.»

-¿Y cómo se explicó eso? -preguntó con profundo interés la marquesa a su amiga

cuando ésta hubo concluido.

-Esto no se explicó nunca para los incrédulos; pero sí muy luego a las almas

creyentes -respondió su amiga.

Nota. Esta Relación es verídica. La hija del sol nació en 1742, y murió monja

Descalza en Cádiz en 1801, a los cincuenta y ocho años de edad. El señor D. Francisco

Micón, marqués del Mérito, compuso a La hija del sol, cuando profesó, el siguiente

soneto, que si bien no tiene mucho del título de su autor, puede servir de comprobante a

lo referido:

A la hija del sol.

Soneto.

Ya en sacro velo esconde la hermosura

en sayal tosco garbo y gentileza

la hija del sol, a quien por su belleza

así llamó del mundo la locura.

Entra humilde y contenta en la clausura;

huye la mundanal falaz grandeza:

triunfadora de sí, sube a la alteza

de la santa mansión segura.

Nada pueden con ella el triste encanto

del siglo, la ilusión y la malicia;

antes los mira con horror y espanto.
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