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Relaciones

Fernán Caballero

Primera parte

Prólogo

Cuando llegue a estas páginas el lector, probablemente será habiendo pasado por las

que contienen La familia de Alvareda.

¿Deberemos decirle algo que prepare su ánimo para las que van a seguir? ¿O bien

será mejor respetar la profunda impresión, las hondas meditaciones, y -¿por qué no

hemos de decirlo?- acaso las sentidas lágrimas que en él habrán promovido la simpatía,

arrancado el infortunio y santificado la religión?

A saber nosotros que íbamos a estorbar, este santo fruto a que puede aspirar, pero

que no consuma nunca por sí sola ninguna humana literatura, cierto es que,

sobrecogidos ante el secreto de las conciencias, retrocediéramos con religioso respeto, y

diciendo «por aquí ha pasado Dios!», nos contentáramos con adorar.

Pero creyendo que muchos de los lectores participarán del efecto que en nosotros

produjo aquella lectura, juzgamos, sin embargo, que no nos toca sobreponernos a la

intención ni a las miras del autor, a quien es dado herir estas cuerdas, y producir tales

efectos. Como el sembrador que esparce la semilla sobre la tierra, así él sin darse cuenta

de lo que hace, pasa presentando a la imaginación sus cuadros, abriendo al corazón el

tesoro de sus sentimientos, evocando la fe de las generaciones pasadas, despertando el

amor en la presente, y avivando la esperanza en las que están por venir.

No busca él ni escoge, ni modela, ni retoca sus cuadros. Dios le ha dado ver en las

entrañas de nuestra sociedad, y él ve lo que nosotros no vemos; y pintando como nadie,

nos pinta como somos, puesto que al mirarnos retratados, brota la risa en el labio y las

lágrimas en los ojos, llega el sentimiento hasta el fondo de nuestras almas, y

prorrumpimos involuntariamente: « ¡Es verdad, es verdad! ¡Gracias, Dios mío, por lo

que fuimos! ¡Gracias por lo que aún somos! ¡Todavía valemos más que nuestras ideas!

¡Aún no nos está negada la esperanza!»

Sin exagerarnos, pues, temerariamente la importancia de estos escritos; sin que por

ello neguemos, -¿ni cómo habíamos de imaginarlo siquiera?- ni al sacerdote ni al

maestro, ni al púlpito ni a la cátedra su derecho y su deber de enunciar y discutir, en la

esfera de acción que respectivamente les corresponde, la palabra de Dios y los arcanos

de la ciencia, respetamos una vocación que tenemos por sublime, y en la cual creemos

tanto más, cuanto que ni fue profesada a priori por quien la tiene y ejerce, ni menos es

invención nuestra, ni parto de acalorada fantasía. Y ya que nos es dado observarla y

admirarla de cerca, sigamos, pues ella sigue; leamos, pues ella escribe. Adónde cada

cuál haya de pararse, dónde encontrará la palabra, el pensamiento, la idea, destinados a

germinar en su corazón; si será en el libro, en la cátedra, en la sociedad, en un

desengaño, en el infortunio, o acaso en la lectura de una de estas novelas, ése es el

secreto de Dios, que no tiene abreviados sus medios.

Sigamos, pues, nosotros a nuestro novelista querido, al escritor eminentemente

nacional y católico, ya cruzando por entre los ricos senderos de la más espontánea,

lozana, inagotable poesía, ya estremeciéndonos con él al ay doloroso de una creencia

herida, ya recreados con la dulce flor de esos consuelos que encuentra para todos los

dolores; esperanzas de mejora en esta vida, esperanzas para otra vida en que no hay

mejora posible, y cuyos misterios y consuelos, si tal vez chocan a la vana ciencia de los

hombres, cumplidamente descifra la fe. Aparte del deleite purísimo, aun los que

vayamos de corrida, algo nos llevaremos; algo para nuestra meditación y consuelo, algo

que ofrecer a los demás, como atractivo, como enseñanza y ejemplo.

Y esto es lo que nos incumbe hoy respecto a las páginas siguientes, que por título

llevan: Callar en vida y perdonar en muerte. No son una Novela, no son un Cuento.

Llámalas el autor una Relación. Forma literaria, si no nueva ni por él inventada, al

menos desentrañada, restituida y aplicada con singular propiedad. Hay, en efecto,

verdad histórica en el fondo del suceso, ya que no en todos sus pormenores. La que a

éstos les falta, no se pide a la fantasía; se encuentra en el corazón, en la lógica de los

hechos, en la experiencia de la vida. Volvemos, pues, a decirlo: Callar en vida y

perdonar en muerte no es una historia, no es un cuento, ni una novela; no es un asunto

buscado ni inventado de propósito, combinado a placer, desenvuelto con arte; no es un

drama tampoco. Es lo que su autor ha dicho, tan natural como profundamente, la

Relación de uno de tantos sucesos que todos hemos visto, con que hemos tropezado,

unos en el teatro del mundo, otros en el estudio del hombre, y muy particularmente los

médicos, los abogados y los confesores, que por deber están llamados a sondar los

secretos de las pasiones y de los intereses humanos.

Mas comencemos ya a ejercer nuestro cargo de indicadores (el de conductores lo

excusa la sencillez característica de la obra) de la siguiente Relación. Y ante todo, será

presentarla a los lectores como muestra de otras varias de tan sabroso género que les

tiene preparadas el autor. También es de notar (y a eso aludíamos al empezar estas

líneas) el secreto lazo que liga su asunto con el de la Familia de Alvareda; lazo que

consiste en la perpetración del delito, pero que hace más palpable el contraste que

resulta entre el de Pedro, que casi a despecho de su voluntad, por la venganza de una

ofensa dolorosa y la debilidad ingénita de su carácter, es arrastrado a cometerle; y el

horrendo crimen de D. Andrés, por el cual se viola fría, aleve e impunemente la santidad

del hogar doméstico y los más dulces vínculos del amor y la gratitud, siendo impotente

la justicia de los hombres para descubrirle y castigarle, mas no sin que por ello quede

sin castigo ante el Supremo Juez, que juzga las justicias y se reserva las venganzas.

Amplia materia ofrece esta contraposición a las meditaciones de la filosofía; el cristiano

no dejará de resolverlas harto más fácilmente con sólo estas dos palabras: adorar y

creer.

Pero lo que aquélla no acertaría nunca a proponer, ni menos a conseguir, es el

silencio y la resignacion de la víctima voluntaria; no de la que sucumbe al puñal

homicida, sino de la que sostiene una lucha de toda la vida, compartiendo ésta con el

asesino. ¡Vivir con una losa sobre el corazón, que ahoga la vida! ¡Morir sin un ay, sin

una reconvención, pero con entera dignidad, teniendo el perdón en los labios y

exhalando el alma sin rencor y sin amargura!

Entren ahora con esta indicación los amantes de la poesía de buena ley, que consiste,

no en sonoras vaciedades, sino en la verdad y la belleza de las ideas y de los

sentimientos; éntrense por el escondido valle que rodea a Valdepaz; crucen la amenidad

de sus huertas.

«Oíase -dice el escritor- el alegre murmurio del agua de riego, esparciéndose en cien

diferentes direcciones por los huertos. Dócil en seguir la senda que le traza el hombre,

se veía a esta hija de las nubes y de las fuentes, ya rodear a un naranjo como un ceñidor

de bruñido acero, ya esparciéndose sobre un cuadro recién sembrado como una cubierta

de cristal, y entonces pararse incierta entre ceder a las seducciones del sol, que la

solicita para sí a fin de tejerse con ella sus velos, o a la atracción de la tierra, que la

anhela para nutrir con ella las plantas tan lindas que forman su rico vestido... Oíase el

balar de las ovejas, tan dulce como su índole, tan suave como su vellón, tan triste como

la víctima de la cual es el símbolo; el prolongado mugido de la vaca que llama a su cría;

el zumbido monótono del abejorro tonto y torpe, que vuela en derechura de sus narices,

sin cuidarse de tropezar con las ajenas. Veíanse los aviones surcar el aire con alegres y

desatinadas evoluciones, dando sus gozosos pitíos; lo cual, al contemplarlos, hace decir

a los niños con fraternal simpatía: «Ya salieron los muchachos de la escuela»...

Entonaban sus claras serenatas la ranas, rústicas sirenas que convidan entre sus frescos

juncos a las delicias del baño. Las laboriosas abejas dejaban mal contentas su tarea,

porque hallaban ya en las flores rocío mezclado a la miel. Oíase la triste y plañidera

queja del mochuelo, tan triste, que da gana de ir a consolarlo. Suena tan melancólico su

canto entre las armonías de la naturaleza, para probar que hay en ella una voz, así como

en el corazón hay una cuerda, que vibra siempre melancólicamente, aunque el día haya

sido brillante y la noche serena. Sólo la grave, y misantrópica lechuza, a la que chocaba

este concierto general al acercarse la noche, se desprendía de la torre en que medita y

censura, lanzando su enérgico ceceo como para imponer silencio.

»Pero entre todas estas voces campestres, tan llenas de indefinible encanto para

quien sabe gozar prácticamente de la naturaleza, sobresalta la sonora, modulada y

expresiva voz del hombre, en las de los trabajadores campesinos que al regresar a sus

casas cantaban.

»¿Quién ha enseñado a estos hombres? ¿Quién les ha infundido la elevada y aguda

poesía de la letra, la encantadora y original melodía de sus cantos? -El sentir, que no

necesita del arte; al paso que sin el sentir, el arte es un cadáver.»

¿Dónde se hallará en una escena tan vulgar, tan manoseada, tanta verdad, tanta

sencillez, ni más originalidad ni poesía? También cantan los pastores de Virgilio; mas

aunque tan entusiastas del gran poeta, nosotros no vacilamos en oponer esta descripción

a la suya. Y es que si Virgilio no era menos poeta, no era cristiano.

Pero parémonos a contemplar el pensil que ofrece en primavera cada uno de los

balcones de nuestra amada y oriental Andalucía, y entre aquellas dahalias, nardos,

camelias, lilas y geranios, para quienes es poco la música de sus colores y la ambrosía

de sus bálsamos (que esto al cabo es patrimonio común de las flores, aunque en él se

extremen y señalen acaso las que son hijas de aquel sol y aquella tierra), las veremos

animadas, viviendo en la sociedad y para la sociedad, amando y disputándose sus

preferencias; en tanto que «hallaremos inclinados sobre los rodapiés a los exquisitos

claveles, la más española de las flores, como si les doliesen sus hermosas cabezas por la

fragancia de su aroma.»

Así lo ha visto el autor, así lo revela; y nadie, después de haberlo leído, podrá olvidar

tal exuberancia de olor, ni tan magnífica y fragante esplendidez de poesía.

Pero donde tales son las flores, ¿cuáles han de ser las mujeres? ¿Cuáles las damas?

Vedlas en la Señora (ni su nombre de novela se dice siquiera; porque donde todas son, y

piensan y sienten como ella, ¿cómo distinguirla?) Vedla en alas del corazón y de la

caridad, volar, cediendo al primer irreflexivo impulso, sin calcular los deberes, tal vez

egoístas, del frío decoro, ante otros más santos deberes, acudir franca, generosa,

ardiente de corazón hacia aquel santuario de la familia que ha profanado la muerte, a

ver a su amiga, que «al verme -dice-, pudo gritar y llorar y desahogar su corazón.» ¿Qué

importa que tan honda conmoción haga palpitar el corazón de la piadosa consoladora,

hasta el punto de privar de la vida al hijo que abrigaba en sus entrañas? No se arriesgara

ella a tanto, si tal pensara. Pero fue el último holocausto que en las aras de la caridad

sacrifica la noble dama, sin apenas echar cuenta de él. ¡Tanta es la sencillez con que lo

refiere, preocupada con el recuerdo de la inmensa aflicción que consolaba! Pero

oigamos sus palabras:

-«El cadáver, que aún permanecía en el cuarto en que se le halló, no se veía; pero se

notaba! Enfriaba aquella atmósfera: ¡la casa olía a sangre! El agua que llenaba la mar de

la fuente (el pilón de las que suele haber en aquellos patios) permanecía roja, como si el

líquido y corriente hilo que constantemente la renueva pasase por en medio cual yerto

témpano, sin querer mezclarse con ella; o como si una gota de inocente sangre vertida

bastase a enturbiar para siempre toda una fuente, así como basta a manchar para siempre

una conciencia!»

Medite el filósofo cuán profundo conocimiento del corazón humano revela aquel

religioso temor y popular respeto que pesa sobre el lugar que fue teatro del crimen

impune; el deslinde entre la esfera de terror que rodea a éste, y la atmósfera más blanda

que cerca al delito patente, discutido y confesado, contra el cual no hay que armarse ni

precaverse tanto como contra el que es, por su mismo misterio, inconmensurable; la

idea cristiana que sublima y santifica el arrepentimiento; y finalmente, las que encierran

estas palabras, tan profundas y sencillas a un mismo tiempo.

-«Por lo visto (dijo el forastero con una sonrisa agria y amarga), la casa conserva la

impresión que se ha borrado ya en los corazones! -La casa ha conservado la impresión

del crimen: en los corazones se ha amortiguado la del dolor. El dolor no puede ser

eterno sobre la tierra: así lo ha dispuesto Aquél que sabe lo que nos conviene. Cada día

un nuevo sol nos hace olvidar al que desapareció la víspera: cada flor que abre su

hermoso seno aleja la vista de la que se marchita. La ausencia es un velo poco

trasparente. Lo venidero absorbe lo actual, y su ardiente excitación debilita las

impresiones, como los rayos del sol desvanecen la viveza de los colores. -No motejéis al

olvido, ese bálsamo, esa panacea, ese dulce elixir de la vida, que Dios envía a las

criaturas, como envía a las plantas su refrigerante rocío. Sin él, ¿qué sería de nosotros?»

Duda el interlocutor si esto es sublime filosofía, o indiferentismo vulgar. -«Ni lo uno

ni lo otro. Es la verdad; una verdad sencilla y práctica, de aquellas contra las cuales en

vano se rebela el orgullo del hombre.» -Así contesta la noble dama. Y la humanidad

espiritualizada del cristiano se reconoce y aplaude, así como se reconoció la humanidad

antigua al escuchar las inmortales palabras de Terencio: «Hombre soy; todo lo que es

del hombre me interesa.»

No es nuestro ánimo traer a discusión las opiniones políticas del escritor. Tiénelas

sin duda. ¿Y cómo había de estar sin ellas una inteligencia tan superior y de tan

profundas convicciones? Pero dígase imparcialmente si comprendo o no la época quien

tan magistralmente sabe pintar en Peñalta al hábil arquitecto de su propio pedestal.

Vese medrar y crecer en el concepto público a aquel hombre, verdadero sepulcro

blanqueado, tirano del hogar doméstico, atento sólo a acumular intereses materiales, es

decir, goces para el bienestar físico y para el endiosamiento moral; tan débil ante los
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