La constitución de las lenguas medievales






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Capítulo II

LA CONSTITUCIÓN DE LAS LENGUAS MEDIEVALES


  1. LA INVASIÓN ÁRABE


La entrada de los musulmanes (árabes, sirios y beréberes) en la Península, a la que conquistaron con inusitada rapidez y en la que instalaron una nueva organización, vino a romper radicalmente con todo el desarrollo histórico anterior. Su presencia inicia una nueva etapa en la historia peninsular, no una mera prolongación de situaciones precedentes, no fueron un paréntesis más o menos largo en una evolución que ya se hubiera iniciado y que continuó tras su expulsión (como a veces insinuaba la Historia tradicional), ni tampoco constituyeron una simple superestructura de poder, al revés de lo que había ocurrido con los visigodos. No sólo fue su presencia: la larga lucha que pusieron en marcha en los cristianos rebeldes hizo que la España que surgió de ella fuera en muy pocos sentidos continuadora de la Hispania gótico-romana.

Algo muy parecido ocurrió en la lengua. Si la invasión árabe no se hubiera producido, es probable que los centros prestigiosos hubieran seguido siendo los mismos que venían siéndolo desde la época romana; quizá Toledo hubiera sido un foco de irradiación de innovaciones, dado el papel que adquirió en esa época. Los dialectos románicos hubieran, así, perpetuado viejísimas divisorias, que las administraciones romana y eclesiástica habían conservado; los rasgos del latín hispano habrían tenido herencia directa, como toda lengua que evoluciona in situ. A. Tovar ha llegado a decir que el romance hispánico resultante habría sido más semejante a las hablas italianas, con las que tantos lazos existían1.

Nada de eso ocurrió (en realidad, es ocioso especular sobre ello). La sociedad que se constituyó en la Península con los musulmanes, Al-Andalus (el nombre de la España islámica, fuera cual fuera su extensión), trajo una lengua de naturaleza muy distinta, el árabe, que se impuso como lengua oficial y de cultura; al mismo tiempo, roto el entramado de la sociedad hispanogótica, los hablantes románicos se distribuyeron y evolucionaron en situaciones y lugares que apenas tenían que ver con los anteriores. Ciertamente, Al-Andalus fue una sociedad bilingüe arábigo-románica, al menos hasta el siglo XI o XII. En esa habla románica se continuaba el latín de Emerita, Hispalis, Corduba, Tarraco o Caesaraugusta; pero era sólo una lengua para el coloquio, carente de cualquier normalización, y fragmentada en formas diversas: en la mayor parte de la Península había desaparecido al empezar el s. XIII. Por el contrario, lo que se perpetuó fue el habla de los distintos enclaves de resistencia, desde la cordillera astur hasta el Pirineo, donde a sus rudos habitantes, siempre rebeldes, se habían unidos miembros de la aristocracia hispanogoda o simples cristianos que, frente a la actitud mayoritaria, rechazaron integrarse en Al-Andalus (con y sin conversión, al islamismo). Allí surgieron nuevos centros (Oviedo León, Burgos, Pamplona, Barcelona, etc.) en los que fraguaron los nuevos modos lingüísticos sobre un fondo de latín vulgar lleno de elementos de sustratos de esas lenguas se esparcirán sobre el resto de la Península a tenor del desarrollo de la reconquista. El mapa lingüístico de la España moderna nació de ese proceso.

El romance en Al-Andalus


  1. Buena parte de la población hispanogoda había permanecido en sus lugares de origen: la mayoría del campesinado acogió a los invasores como libertadores, y muchos nobles y ciudades lograron mediante pactos conservar sus dominios. Si tenemos en cuenta que los recién llegados eran escasos en número (hasta 756 sólo unos 60.000 hombres, frente a una población peninsular de cuatro millones), es fácil comprender por qué el habla románica pervivió en Al-Andalus. Sin embargo, al revés de lo ocurrido con los visigodos, los musulmanes lograron imponer su organización y sus modos de vida y atraer a ellos a los indígenas: la arabización cultural fue intensa, no sólo entre los conversos al Islam (musalina o “musulmanes nuevos”, y muwalladum o muladíes, sus herederos), sino también en los que permanecieron fieles al cristianismo (mu’ahidun, “confederados”, o musta’rib, “arabizado”, origen de mozárabe, palabra castellana que no aparece hasta comienzos del s. XI (1024). Este proceso, no obstante, fue largo y complejo: desde mediados del s. IX hasta la instauración del Califato (929) se producen rebeliones de mozárabes en Córdoba y Toledo y de muladíes en numerosos lugares (Toledo, Mérida, Zaragoza), hasta culminar en la sublevación de Omar ben Hafsun en la serranía de Ronda; todo ello no es sino una muestra más de la extensa fragilidad andalusí, debido a la heterogeneidad de sus componentes (abundaron, del mismo modo, los conflictos entre árabes y entre árabes y beréberes).

Esa heterogeneidad se manifestaba también en el plano lingüístico: el árabe era, según hemos dicho, la única lengua de la administración y la cultura; muy pronto sufrió cambios que condujeron a un árabe coloquial, “vulgar”, bastante distinto al clásico, como testimoniaban ya autores coetáneos2. Sin embargo, la lengua más extendida en Al-Andalus era el romance, al que los lingüistas denominaban mozárabe, pero que de ningún modo estaba limitado a los cristianos: puede decirse que casi ningún andalusí lo ignoraba, aunque los cultos emplearan preferentemente el árabe, sobre todo en la escritura. Los testimonios de bilingüismo son muy abundantes: aparte de anécdotas de la vida cotidiana, los médicos y botánicos recogen denominaciones romances, se componen vovabularios o glosarios entre ambas lenguas, y los poetas intercalan en sus muwasahas (inventadas por dos poetas de Cabra en el s. X) y zéjeles palabras, frases y hasta versos enteros, en romance. Los historiadores andalusíes citan casos de personajes, incluso elevados, que no hablaban árabe; y como excepciones presentan a quienes desconocían el romance.

Ese bilingüismo árabe-románico se dio a lo largo del Emirato, el Califato y los reinos de taifas (es decir, hasta el siglo XI), aunque parece que progresión decreciente, debido tanto al desarrollo del proceso de arabización como a las emigraciones masivas de mozárabes a los reinos cristianos del Norte, iniciadas durante las persecuciones religiosas del s. IX. Desde mediados del s. XI, dos fenómenos contribuyen a la paulatina disolución de los mozárabes por un lado, el avance de los reinos cristianos, en los que se integran, diluyendo así su personalidad (con la notable excepción de Toledo); por otro, las invasiones de almorávides (fines del s. XI) y almohades (mediados del s. XII), fanáticos guerreros africanos, van a terminar definitivamente con la relativa tolerancia religiosa de épocas anteriores: los mozárabes se ven obligados a emigrar al Norte, o son deportados en masa al otro lado del estrecho. Esto no supone necesariamente la desaparición del romance andalusí, aunque con los cristianos debió de perderse uno de sus principales soportes: en las ciudades reconquistadas en el s. XIII no parece que existieran grandes núcleos de hablantes románicos. En cuanto al reino de Granada, sabemos que su árabe estaba lleno de romanismos y que contaba con numerosos renegados o refugiados de habla románica; pero no parece que esta situación heredara directamente la que existía en épocas anteriores.

      1. El conocimiento de la lengua románica de Al-Andalus choca con grandes dificultades. En primer lugar, ni siquiera podemos nombrarla con un término específico. El más habitual es mozárabe, pero ya se ha señalado que esta palabra no tenía aplicación lingüística sino socio-religiosa: además, lealtad al cristianismo y lealtad al romance no tenían por qué superponerse. Los árabes emplearon para ella una denominación genérica: ‘ayamiya (> aljamía), que, como “lengua de bárbaros o extranjeros”, podía aplicarse, y se aplicaba, a cualquier lengua no arábiga; también usaron latiniya, que unas veces valía por “latín” y otras por “romance” (es decir, “ladino”), aunque en ocasiones especificaban “latinía vulgar”: de todos modos, también esos rótulos se empleaban para otras lenguas romances. En cualquier caso, parece que los árabes tuvieron plena conciencia, desde el comienzo de su estancia en la Península, de que latín y romance constituían ya dos realidades lingüísticas bien diferenciadas.

Los mozárabes, por su parte, cuando no utilizan el árabe, sólo escriben en latín y sólo se refieren a éste: es lo que hace el cordobés Alvaro en 854 cuando se duele de que los cristianos (latini, dice él) ya desconocen linguan suam, linguam propiam. Otro testimonio, una supuesta traducción del árabe fechada el Toledo en 1290, diferencia dos formas de latín (¿habladas?): latinum circa romancium frente a latinum obscurum. No se halla ninguna otra referencia al romance vulgar por parte de los mozárabes.

      1. No se conservan textos escritos directamente en esta forma romance: en todo caso, su escritura sería el “latín” de sus himnos, historias, actas conciliares, etc., en que vislumbra algo de la lengua hablada. Por ello, no sabemos si ésta era una sola o presentaba fragmentación, y en este último caso qué formas adoptaba ésta: es de suponer sin embargo, dada su situación social, que el romance mozárabe sería poco unitario, aunque carecemos de datos para señalar en él divisorias dialectales (los autores árabes no aluden a ello, limitándose a indicar que tal o cual palabra se usa en la “aljamía” de una u otra ciudad).

Nuestro conocimiento del mozárabe se limita, en buena parte, al léxico: por medio de él podemos muchas veces reconstruir su fonética (y el sistema fonológico que subyace); muy poco, en cambio, conocemos de otros planos de la lengua. A esto hay que añadir que casi todos los elementos mozárabes nos han sido transmitidos por los árabes, bien directamente como formas extranjeras en grafía arábiga, o bien como romanismos que el árabe hispano había asimilado y luego transmitió a castellanos, portugueses, catalanes, etc.; siendo el árabe una lengua de naturaleza tan diferente, los problemas de interpretación de esos datos (semejantes a los problemas que tendrían los árabes para adecuarlos) son muchos y muy complejos; además, las reglas de adecuación eran distintas en uno y otro caso3.

Mozarabismos, o romanismos, aún ni integrados en árabe son los que nos ofrecen desde el s. X al XV los tratados árabes de Medicina o Botánica, entre los que destacan el anónimo sevillano de 1100 y del judío zaragozano Ibn Buklaris de 1106. Más interesante, si cabe, por contener los únicos datos de sintaxis mozárabe, son las cancioncillas romances que sirven de remate a muwassahas árabes y hebreas: las jarchas, descubiertas a mediados de este siglo, que constituyen la más antigua lírica románica de la Península; aunque hay quien cree que eran anteriores incluso a la poesía árabe andalusí, lo cierto es que las jarchas conservadas remontan a una época algo tardía, entre mediados del s. XI y el s. XII (con algunas prolongaciones, que llegan al XV): Hay que tener también en cuenta los zéjeles, escritos en árabe vulgar, y que suelen contener palabras o frases cortas en romance (aunque ya no estrofas completas): en este sentido, los más interesantes son los del cordobés Ibn Quzman, de mediados del s. XII.

Los glosarios contienen romanismos adoptados en préstamo por el árabe, por lo que son menos valiosos para inferir de ellos la lengua hablada mozárabe; tampoco sabemos la fecha de su incorporación al árabe, por lo que no podemos extraer conclusiones históricas. Destacan dos glosarios entre latín y árabe, uno del s. XI y otro del XIII, y otro del árabe al castellano, compuesto por fray Pedro de Alcalá en 1505, en el que pueden observarse los numerosos romanismos del árabe granadino. También nos ha sido transmitida por el árabe la toponimia andalusí de origen latino: en unos casos sólo han intervenido cambios lingüísticos de origen árabe (p. ej. HISPALIS > Isbiliya > Sevilla), pero en otros muchos las alteraciones corresponden a la evolución fonética mozárabe (así, ONUBA > Huelva). Aparte de esta diferenciación, no siempre fácil de realizar, hay que tener en cuenta que esa toponimia pudo quedar fijada ya en los primeros momentos de la dominación musulmana, por lo que la forma en que fue recibida por los cristianos del Norte, a lo largo del proceso de reconquista, puede no corresponder a la fonética mozárabe de épocas posteriores; además, siempre es posible que los reconquistadores adecuaran esa forma mozárabe a su propia lengua (castellana, catalán, etc.), sobre todo si podían hacer corresponder entre sí las formas propias de cada lengua. En este sentido, son fundamentales los Libros de repartimiento, que los conquistadores empiezan a confeccionar desde el s. XIII con el objeto de inventariar las posesiones de los musulmanes (en el campo o en la ciudad) para repartirlas entre nuevos dueños: las necesarias precisiones y exactitud a la hora de deslindar los antiguos y los nuevos dominios provocan la abundante aparición de toponimia, mayor y menor, tanto árabe como mozárabe, y que es de extraordinario interés lingüístico.

      1. No se puede determinar con precisión la influencia que las hablas mozárabes tuvieron en la evolución lingüística peninsular, tanto en lo que se refiere a la distribución de lenguas y dialectos como en el paso de rasgos concretos a una u otra lengua. La mayoría de los lingüistas se muestra bastante escéptica a este respecto: se piensa, según ya dijimos, que las fronteras lingüísticas de la Península fueron marcadas por la expansión de los distintos reinos cristianos durante la Reconquista (a excepción del Norte, zona poco o nada en contacto con los árabes); por otra parte, salvo en topónimos o ciertas palabras, es muy difícil calibrar la herencia mozárabe: compartían bastantes rasgos con otros dialectos, pero de los que les eran propios (en fonética o en morfología) apenas hallamos ninguno que fuera transmitido a otros ámbitos lingüísticos; por último, hay que tener en cuenta que desconocemos aún muchas de sus características y de otra tenemos datos oscuros o contradictorios.

Ciertamente, es posible que los dialectos románicos del Norte se encontraran, en su marcha hacia el Sur, con un sustrato mozárabe y que de la conjunción de ambos surgieran leonés, castellano, catalán, etc.; también podrían hacerse remontar a este momento las diferenciaciones internas de cada una de estas lenguas. No hay, sin embargo, muchas pruebas de ello; además, la situación no fue la misma a lo largo de la Reconquista. La época más favorable fue la comprendida entre los siglos VIII y X por un lado, en la franja fronteriza del Duero (creada por el rey asturiano Alfonso I, hacia 750) debió permanecer población románica que después mezclaría su habla con la de los repobladores posteriores (finales del s. IX y s. X); por otro, el reino astur-leonés era el objetivo de todos los cristianos de Al-Andalus descontentos del dominio musulmán: las emigraciones de mozárabes se incrementan desde mediados del s. IX, época de rebelión y persecución para los cristianos. La preferencia por Asturias y León se explica por ser éste el reino cristiano más poderoso del momento y, sobre todo, por presentarse como continuador de la Monarquía y la tradición cultural hispano-godas. Los mozárabes, más cultos, dominan la administración, y en los documentos aparecen con frecuencia sus nombres arábigos, dobletes de los nombres cristianos que también llevaban.

En las conquistas de los siglos XI y XII parece que todavía pudieron producirse confluencias de este tipo. El caso más notable es el de Toledo (reconquistada en 1085), cuya abundante población mozárabe, tanto de la ciudad como del campo, mantuvo su personalidad propia hasta la Baja Edad Media. Esa fuerte conciencia de identidad se observa en que conservan en sus documentos sus rasgos lingüísticos, al menos hasta el s. XIII (para mantener la diferencia, llegaron a emplear el árabe de forma casi sistemática en sus escritos). Suele afirmarse que bajo la presión mozárabe el castellano revolucionario e innovador refrena su marcha evolutiva, adecuándose a los dialectos vecinos en aquellos rasgos, más conservadores, que les eran comunes. Pero, salvo en algún momento, apenas hay manifestaciones concretas de tal influjo. Por su parte, para el habla del Aragón medieval se ha dicho que los mozárabes zaragozanos fueron determinantes (junto a las presiones castellana y catalana) para diferenciar en tal grado el aragonés del Valle del Ebro de los dialectos pirenaicos, cuna de este reino oriental.

El siglo XIII, en cambio, parece mostrar mayor homogeneidad en la difusión lingüística: la casi total desaparición de los mozárabes origina que las lenguas del Norte tengan que competir sólo con el árabe de las poblaciones conquistadas. A pesar de ello, se ha señalado que las coincidencias entre el valenciano y el catalán occidental (de Lérida, etc.) no tienen que ver sólo con la procedencia de los repobladores, sino con una vieja identidad étnica prerromana (ibérica), conservada por la población romanizada y que aflora en el catalán de la reconquista por obra de los mozárabes valencianos. Por su parte, hasta ahora han sido infructuosos los intentos de entroncar los intentos de entroncar los dialectalismos meridionales del castellano (en particular los andaluces) con un posible sustrato mozárabe: si bien es cierto que en la actual Andalucía se emplean voces árabes desconocidas o inusitadas en el resto del español, también lo es que los rasgos lingüísticos que caracterizan a esta región parecen proceder, al menos, según los datos que poseemos, del habla de los reconquistadores.

  1. Los elementos de origen mozárabe entrados en español (o en otras lenguas peninsulares), nunca en número elevado, presentan graves problemas a la hora de determinar su transmisión: ya indicamos que el árabe pudo suministrar palabras de origen latino sin ningún intermedio mozárabe (parece ser el caso de alcázar < CASTRUM y otros). Por otro lado, muchos mozarabismos entraron también a través del árabe, por lo que determinadas características fónicas atribuidas tradicionalmente al mozárabe surgen de la adaptación de estos romanismos a una lengua de rasgos tan diferentes como es el árabe. Y aun en el caso de que esas características provengan de la pronunciación mozárabe, como ignoramos en qué fecha tales elementos fueron incorporados por el árabe, ignoramos también, pues, si fueron caracteres permanentes en mozárabe o, por el contrario, sufrieron alteraciones durante el período de existencia de esas hablas.

Entre los mozarabismos más conocidos (aparte de los abundantísimos topónimos, a los que ya hemos hecho referencia) habremos de citar términos de alimentación con alcaucil, chacina, gazpacho, chícharo, guisante, habichuela, horchata, y nombres de peces con jurel, pargo y jibia; recipientes como búcaro, capacho, cenacho, coracha, dornacho y hornacho; relacionados con la construcción están alcayata, cambija y ripio; otros nos recuerdan el mundo agrícola; almatriche, campiña, corcho, chiquero o marisma; y a los oficios artesanos nos llevan cordobán, o trapiche. Todas éstas, y otras como chinche o marchito, pertenecen al mundo de lo material (alguna excepción: regomello ?reconcomio’): si es cierto que fue el árabe quien transmitió estos términos, constituyen una buena muestra de qué es lo que interesó a los árabes de los cristianos sometidos; los testimonios mozárabes coetáneos en árabe andalusí (nombres de plantas, etc.) corroboran esa impresión: el mundo superior del espíritu de Al-Andalus no se expresaba en romance.

Pueden apreciarse ciertos rasgos comunes en la forma de varios de estos mozarabismos: el artículo árabe al-, la presencia de ch en lugar de la dental (así, chacina frente a cecina, o el sufijo -acho en vez de -azo) consonante sorda por sonora (alcayata frente a cayado); si tenemos en cuenta los topónimos, hallaremos numerosos terminados en -(i)el (Odiel, Utiel, Montiel, Muriel, Carabanchel, etc) o -uel (Teruel, Buñuel, etc.), correspondientes a los castellanos ­-illo, o -uelo. Según veremos, tales correspondientes a los castellanos -illo o -uelo. Según veremos, tales rasgos pueden definir la fonética del mozárabe (pero ¿de qué época?), aunque algunos, como ya dijimos, puedan ser fruto de la adaptación al árabe.
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