Humanismo y Renacimiento. Una comprensión satisfactoria del R., según lo han delimitado las más válidas y modernas aportaciones historiográficas, exige tener en






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RENACIMIENTO ESPAÑOL

  

1. Humanismo y prerrenacimiento. 2. Etapas del Renacimiento español. 3. Ciencia y erudición. 4. Religiosidad y erasmismo. 5. Petrarquismo y formas italianas.

      El R. en algunos países y culturas, tales como Francia e Italia, supondrá cambios más o, menos profundos; en otros, como España, el sentido de integración responde más a un tránsito que a un cambio. La transición entre R. y Edad Media ha sido la causa que ha movido a algunos investigadores a negar la existencia de un R. claro, tipo italiano, con la problemática que ello implica. Dicha negación es en extremo exagerada, y en gran parte supone un carácter unitario al llamado R., lo cual es un gran error. No sólo se yerra al enjuiciar el R. español, sino que investigadores tan completos como Burdach, Voigt, Burckhardt, Hefele y Toffanin (cfr. bibl.), al encararse con la problemática del R. europeo, cada uno la ve bajo un prisma muy especial y adopta actitudes muy divergentes.

      Para Burdach, la sustancia del R. se encuentra en las convulsiones místicas de la minoría y en la religiosidad exacerbada de la masa que se traducen en violentas rupturas que escinden la ya resquebrajada unidad. Para Voigt, el R. se reduce a una mera recreación de la tradición clásica, en forma de traducciones, adaptaciones y comentarios; en él se funden R. y humanismo (v.). Hefele ahonda en razones políticas y en factores socioeconómicos; atiende más a un R. externo y común que a la visión interna de los problemas traducidos después en esos factores políticos y económicos antes aludidos. Burckhardt, apasionado por los valores culturales italianos, ve la huella personal de su individualismo en todos los R. europeos; atiende más al aspecto formal y descuida lo característico de las distintas culturas y personas. Toffanin encuentra la razón íntima en la reacción católica y romana apoyada en la transmutación del humanismo desde unas premisas paganas a una conclusión cristiana. Frente a algunas notas comunes hay profundas y muy variadas diferencias en todos los países, inclusive Italia. Observemos que el humanismo napolitano, p. ej., es distinto del veneciano, y que éste tiene muy superficiales entronques con el romano. Si dentro de una misma comunidad hablante, no política, hay divergencias profundas, con más razón tiene que haberlas cuando contemplamos comunidades y mentalidades distintas. La posición de España respecto a Europa viene dada por la vitalidad de formas culturales que en el s. XV encontraron una razón profunda de ser, amparadas por los cortesanos, la Iglesia, la burguesía y el pueblo. Esto nos lleva a una de las causas primarias del Renacimiento.

      1. Humanismo y prerrenacimiento. En la segunda mitad del s. XV en España hay una cierta insistencia en el tema de la muerte, la filosofía se escuda tras una ética estoica, y un cierto pesimismo vital, a veces literario, contribuye a matizar de un modo peculiar el ascetismo medieval y a enraizarlo en la vida, sometida a contrastes en muchos espíritus cultos. Podía pensarse aquí en las tesis semitas de A. Castro (v.) que, aunque exageradas, tienen cierto valor; grandes figuras de la época fueron judíos conversos, y su profunda religiosidad unida a los caracteres de espiritualidad que tuvo la lucha contra el Islam contribuyeron a mantener en especial tensión el trascendentalismo de la vida del hombre. Muchos ejemplos históricos, de imborrable memoria, calaron fácilmente en los espíritus cultos y populares; el recuerdo de Álvaro de Luna, la miseria de la monarquía, los tópicos literarios de la fama, ubi sunt, la rosa, el' honor, la gloria, contribuyeron a mantener alerta a los hombres y a no hacerles olvidar que esta vida es un mero tránsito.

      También en la segunda mitad de dicho siglo aparece pujante el humanismo procedente directa o indirectamente de Italia a través de estudiosos y traductores (v. II, 1 y III, 1-2). Tres son los focos impulsores del humanismo; el grupo aragonés establecido en Italia con Alfonso V el Magnánimo, el núcleo catalano-aragonés peninsular (del que hay que destacar Valencia y los escritores valencianos), y las figuras aisladas de Castilla. No puede considerarse humanista a Juan Fernández de Heredia, uno de los primeros españoles conocedores del griego; su curiosidad se limita a un estudio a flor de piel de muy varios autores latinos y algún griego bastante tardío, sin conciencia del valor que encerraban. El primer intento serio parte del foco humanista italiano protegido por Alfonso V (V. ALFONSO V DE ARAGÓN). Cuando F. Valentí, G. Pau, J. R. Ferrer y otros entran en contacto con Crisoloras, E. S. Piccolomini, L. Valla, Filelfo y J. de Trebizonda, se produce un trasvase de saber y surge una generación de humanistas hispánicos que, si bien trabajaron en Italia, tuvieron frecuentísimos contactos con la Península. Baste recordar el viaje del Príncipe de Viana a la corte de Nápoles y cómo él mismo mantenía en su círculo de Olite una pequeña corte renacentista (v. JUAN II DE ARAGÓN). El foco catalano-aragonés, representado por J. de Moles, F. Eiximenis (v.), los poetas Jordi de Sant Jordi (v.) y Ausiás March (v.), uno de los primeros poetas españoles, y otras figuras, nos familiarizaron con las obras del primer R. italiano, llegando en algunos casos concretos a asimilar a la perfección dicha influencia. En Castilla podemos citar a Juan de Mena (v.), estudioso y viajero por Italia; al canciller Pablo de Santa María (v.), mantenedor de una animada correspondencia con el Aretino; hasta cierto punto al marqués de Santillana (v.) y a Fernando de Córdoba, R. Sánchez de Arévalo y Alonso de Cartagena. Ahora bien, todos estos intentos quedaron un poco aislados; fueron acercamientos personales o epistolares entre doctos españoles y humanistas italianos, pero no por eso dejan de tener su interés e importancia, pues fueron ellos las avanzadillas de una auténtica invasión humanista durante el reinado de los Reyes Católicos.

      Esta segunda generación tiene como verdadero maestro a E. A. de Nebrija (v.), cuya enseñanza se vería reforzada por la llegada de los primeros humanistas italianos. La floración de estudiosos y la aparición masiva de humanistas se debió en parte al ejemplo de los Reyes, quienes se preocuparon de aprender la lengua latina, buscaron para sus hijos preceptores italianos y arrastraron con su ejemplo a la aristocracia. Isabel la Católica tuvo por maestra a Beatriz Galindo (v.); los infantes, a los hermanos Geraldinos; y la aristocracia, tanto eclesiástica como cortesana, se glorió de secundar a los Reyes en tan noble tarea. Es la época en que acuden Lucio Marineo Sículo, para enseñar poesía latina en Salamanca, y Pedro Mártir de Anglería (v.), preceptor de la élite de la nobleza española. A esa misma generación pertenecen grandes maestros de las Univ. de Salamanca y Alcalá; destacaremos entre otros a Arias Barbosa, especialista en lengua griega; a Hernán Núñez, llamado El Pinciano; a Francisco de Vergara y a toda una pléyade de poetas que utilizaron exclusivamente el latín, destacando por esta época Juan Sobrarias, Álvar Gómez, Pedro Núñez y el hispano-italiano B. Gariteo.

      2. Etapas del Renacimiento español. Dos tipos de R. se perfilan en la España del s. XVI. El primero coincide con el reinado del Emperador; el segundo, con el de Felipe II, previa una etapa de transición que presupone un cambio de mentalidad lingüística, religiosa y política. A nuevas formas de vida, nuevas reacciones espirituales y culturales. A. Bell, estudioso del R. español (o. c. en bibl.), lo divide en cuatro etapas: la época de los descubrimientos y de la influencia italiana, la época crítica surgida bajo el signo de Erasmo (v.), la época de la reacción ascético-mística y, por último, la de la teoría literaria. En principio, sigue siendo válida esta interpretación temática. Sin embargo, intentaremos ser un poco más precisos.

      La etapa etiquetada por Bell como de los descubrimientos y de la influencia italiana, en rigor, puede subdividirse fácilmente; la etapa de los descubrimientos coincide con el humanismo filológico de E. A. de Nebrija, con la llegada de los humanistas italianos y la tenaz pervivencia de amplias corrientes medievales, que alcanzan su madurez al filo de 1500. Pensemos en el Romancero (v.) y la labor de los músicos de capilla de los Reyes Católicos; por esos años se fragua el romance viejo y se fija definitivamente después de una lenta gestación. Poco antes de principios de siglo aparece la Celestina (v.); por los mismos años, Garci Rodríguez de Montalvo trabaja para dejar a punto el Amadís (v.). Se crea la Univ. de Alcalá y se vigoriza la religiosidad del pueblo por obra de F. Ximénez de Cisneros (v.). En suma, esta era de los descubrimientos abre caminos y posibilita ese equilibrio entre lo medieval y lo nuevo.

      Con la llegada del Emperador y la apertura de la política española hacia Flandes y- Centroeuropa, coinciden las dos siguientes etapas, es decir, la que Bell incluía junto a la de los descubrimientos, o sea, la de la influencia italiana, y la época crítica de signo erasmista. La italiana es secuela del humanismo y está representada exclusivamente por Boscán (v.), Garcilaso de la Vega (v.) y su escuela. La erasmista es mucho más profunda y queda truncada por reacciones de tipo interno más relacionadas con la vida que con lo cultural. Su manifestación es amplísima y va desde el terreno político hasta el religioso, expresándose en diálogos, tratados doctrinales, novela y teatro. Pese a todo, la tradición de la etapa anterior se continúa con gran pujanza y se siguen haciendo libros de caballerías (v.), se crean y recrean romances, se vigoriza la poesía de los Cancioneros (v.), se continúa la Celestina y hasta hay intentos larvados de barroquismo estilístico. Lo que se había ganado en extensión se pierde para ahondar en la entraña de lo hispánico, para ganar en profundidad y nacionalizar todo la anterior, rechazando lo que violentaba la manera de ser religiosa.

      A este segundo R. pertenecen la reacción ascético-mística y la etapa de la teoría literaria, que cristaliza en las dos grandes escuelas superadoras a su manera del petrarquismo garcilasiano. La escuela salmantina apunta más a la corriente ascético-mística, y la sevillana atisba el nuevo movimiento poético-cultural barroco a través del puente antequerano-granadino. Quedan unos cabos sueltos que no acertaríamos a incluir en ninguna de las mencionadas etapas. La literatura pastoril, que sería el sustitutivo de la picaresca (v.) de la primera época, y el teatro prelopista, bastante más endeble que el vicentiano. Podemos afirmar que este segundo R. lo cierra el mundo cervantino, parte del cual apunta a una nueva mentalidad.

      3. Ciencia y erudición. Uno de los rasgos más salientes del humanismo europeo es el especial estudio crítico de los textos, en su intento de fijarlos y depurarlos para una interpretación y traducción correctas (v. III, 1). La filología es una disciplina que, si bien nació en la época clásica, encuentra entre los renacentistas especialistas exigentes y minuciosos (V. FILOLOGÍA IV). España no está ausente de esa nota propia del humanismo, y los filólogos contribuyeron a la restauración de numerosas obras, tanto de carácter literario como de doctrina religiosa. No olvidemos que uno de los campos de discusión más prolíficos fueron las correcciones realizadas a los textos bíblicos en sus numerosas versiones latinas y griegas. España puede ofrecer, a través del equipo formado por Cisneros en la Univ. de Alcalá, la Biblia Políglota Complutense, uno de los monumentos más señeros del saber renacentista (v. BIBLIA VI, 8 A). Colaboraron en esta tarea Pablo Coronel, Alfonso de Alcalá, Alfonso de Zamora (v.), Demetrio Ducas, Hernán Núñez, Diego López de Zúñiga, Juan de Vergara y E. A. de Nebrija (v.). Con este último, los estudios filológicos alcanzaron profundidad y pleno valor científico.

      Mientras tanto, por los caminos de Europa, el filósofo Luis Vives (v.) soñaba con una renovación de la ciencia pedagógica y abría nuevos caminos al pensar. Francisco Sánchez de las Brozas (v.), el Brúcense, adivinaba en su Minerva la futura senda a seguir dentro de una rudimentaria filosofía del lenguaje. En la ciencia matemática descollaron Pedro Ciruelo y J. Pérez de Moya; en el campo de la medicina, Andrés de Laguna; en el mundo del Derecho gozó reconocida fama Martín de Azpilcueta (v.), y en el campo teológico brillaron por su saber y por el digno intento de abrir posibilidades nuevas Francisco de Vitoria (v.), Melchor Cano (v.) y Domingo de Soto (v.), quienes con sus escritos hicieron posible la tan esperada y auténtica renovación de la Iglesia (v. II, 6-7).

      4. Religiosidad y erasmismo. Otro rasgo distintivo del R. español es la constante espiritual, ya en sus vertientes ortodoxas, ya en desviacionismos heréticos. Por una parte, esta constante le une a la profunda tradición medieval, y por otra le une a los países que hicieron su R. partiendo más de bases religiosas. Esta nota no es única, sino que se armonizó fácilmente con las corrientes culturales de época, incluso con las más neopaganizantes. El factor principal de este movimiento fue Cisneros (v.). La renovación se produjo en las clases cultas y en las populares; llegó lo mismo a cualquier Orden religiosa, no importa su índole, y acogió en su seno a gentes de toda clase social. Pueden señalarse dos etapas, que permiten establecer un distingo entre religiosidad y erasmismo. Cronológicamente, se produjo primero la corriente religiosa ascético-mística, ortodoxa y heterodoxa, que dejó abonado el campo para la siembra erasmista.

      La floración ortodoxa se expresó en traducciones de todo tipo y en creaciones originales, no trascendentales, pero de sólida doctrina. Hay un grupo de obras debidas a los grandes místicos medievales de las escuelas flamenca, francesa y alemana; el tratado De spiritualibus ascensionibus de G. de Zutphen, la Imitación de Cristo de Kempis (v.), el Ornamento de las nupcias espirituales de Juan de Ruysbroeck (v.), el Arte de bien morir de Gerson (v.) y el Directorio de contemplativos de Herp eran libros corrientes y se reimprimieron varias veces. Otro grupo está representado por la edición de textos hagiográficos que tendían a excitar la piedad y celo de las gentes: la Vida de Santa Catalina, la de la bienaventurada Juana de Orvieto, la de Tomás de Canterbury y el Flos sanctorum corrían en las manos de todos empujándoles a ser mejores. Se crea una literatura popular en verso que alcanza su cenit en la época de los Reyes Católicos; recordemos las figuras de Iñigo de Mendoza y Ambrosio de Montesinos. Y para un público más selecto se traducen obras de S. Buenaventura, Raimundo Lulio y Savonarola, y se editan tratados originales de García de Cisneros (v.) o Pedro Ximénez, amén de salterios, santorales, catecismos o tablas, breviarios y misales, que salieron en buena cantidad de las prensas amparadas por Cisneros.

      Junto a esta tradición erudita y libresca, que afectó más al público culto, hay desde finales del s. XV, y cada vez con más fuerza expansiva, un deseo de renovación espiritual que se queda en las mismas almas (V. CONTRARREFORMA, 2). Una especie de actitud contemplativa sublimada por la meditación y despreciadora del formulismo externo y de las prácticas ostensibles de la virtud. Este movimiento de reforma de conciencias, enriquecedor de la vida interior, se aproximaba doctrinariamente al quietismo (v.), y a su desviación máxima se le conoce con el nombre de alumbrados o iluministas en estado de dejación (V. ILUMINISMO). Aunque su campo de influencia no era amplio, algunos focos tuvieron una vitalidad asombrosa; tal el caso de Cuenca, Sevilla y Valladolid. En estos focos se propagaron las ideas reformistas, pues los puntos de contacto doctrinales eran muy amplios. Algunos iluministas, que supieron conjugar acción e inactividad, se mantuvieron dentro de la ortodoxia y contribuyeron con sus escritos a la floración de la ascético-mística posterior.

      A estos grupos iluministas, tanto en estado de dejación como de recogimiento, se une la corriente erasmista típica del R. religioso y rasgo distintivo de los 20 primeros años de la política imperial. El erasmismo al servicio del Estado define una época crucial de la vida hispánica en el primer tercio del s. XVI (v. ERASMO). Su momento de mayor intensidad gira en torno a los escritos y actividades de los hermanos Valdés (v.); el erasmismo ortodoxo en la persona de Alfonso, y el iluminista heterodoxo en las obras de Juan. De toda esta problemática deducimos una sencilla y decisiva conclusión. Hay en el primer R. español una vitalidad de la ascética y en parte de la mística también, comparable a la reacción postridentina definidora del segundo R. Lo variable es la forma; en el primer R., se prefiere el diálogo a la exposición doctrinaria, en el segundo R. se impone el tratado en prosa o en verso. En el primer R., las corrientes religiosas informan toda una política, a favor o en contra; en el segundo R., nada tienen que ver con la política, porque su identidad con ella es plena.

      5. Petrarquismo y formas italianas. Una de las aportaciones más singulares y persistentes del humanismo italiano fue la constante referencia al mundo amoroso trazado por Petrarca (v.) en torno a la idealizada Laura. Esta idealización se refuerza por los presupuestos platónicos de algunos estudiosos. M. Ficino y L. Hebreo (v.) hicieron posible la vuelta a Platón (v.); nos interesa sobre todo el último, pues sus Diálogos de amor tocan a lo esencial lírico y, en ciertos aspectos, a la vida de algunos espíritus renacentistas. Antes del desarrollo del humanismo ya existía en España un culto y admiración por la obra de Petrarca, pero la influencia era muy superficial; se aprovechaba la belleza de sus versos, se le imitaba y copiaba, mas no se calaba ni en su espíritu ni en la perfección de la forma, a veces fría e intelectualizada. Recordemos al marqués de Santillana. En cambio, en el s. XVI, a partir de Garcilaso de la Vega, Petrarca será vida y obra de la lírica más variada, y su influencia, en lo formal y doctrinal, llegará hasta muy avanzado el s. XVI (v. PETRARQUISMO). Algunos críticos hablan de generaciones petrarquistas y llevan la influencia del poeta italiano hasta la misma poesía de Cervantes (v.). En verdad, sólo hay dos auténticas y plenas generaciones de devotos petrarquistas, Garcilaso y su escuela, y Fernando de Herrera (v.) y la suya. No olvidemos que este mundo rememorador del poeta italiano se funde en muchas ocasiones con el neoplatonismo renacentista, que muy probablemente se hubiera traducido en idénticos resultados (v. II). En efecto, la filografía de L. Hebreo, de honda raigambre judeoespañola, desarrolla una teoría completa en torno al amor, su esencia y naturaleza, origen y universalidad. El acercamiento a la armonía de las esferas celestes de tono pitagórico informa algunos aspectos de fray Luis de León (v.) y se incorpora, si no directamente sí a través de Castiglione (v.) y Bembo (v.), a la lírica garcilasiana, a toda una mística (V. ESPIRITUALIDAD, LITERATURA DE II) que tiene el amor como centro.

      A Italia se debe también la más profunda y extensa renovación de la métrica española. Las innovaciones formales se imponían en la lírica, ya que eran consecuencia de otras influencias doctrinales, tales como petrarquismo, neoplatonismo, humanismo o bien el gusto por la lectura de los nuevos clásicos. La belleza de la forma era nota esencial de la nueva poesía, y en castellano ya se había intentado en el s. XV por el marqués de Santillana conscientemente y por F. Imperial como recuerdo del mundo dantesco. Tanto el uno como el otro fallaron en su intento por tres razones: el oído castellano estaba hecho al verso de arte mayor, y los mejores ingenios de la época lo cultivaban; se poseía ya un endecasílabo entrañablemente hispánico, el de gaita gallega, popular a partir del Arcipreste de Hita (v.) y D. Juan Manuel (v.), y, finalmente, la lengua no estaba preparada para recibir los nuevos ritmos, que requerían un genio aclimatador, como lo fue Garcilaso.

      Se necesitaba un ambiente propicio y éste se produjo en el verano de 1526, precisamente en Granada, por medio de una conversación mantenida entre 1. Boscán y A. Navagiero, donde, entre otras muchas cosas, el poeta catalán cuenta lo siguiente: «Estando un día en Granada con el Navagiero tratando con él en cosas de ingenio y letras, y especialmente en las variedades de muchas lenguas, me dijo por qué no probaba en lengua castellana sonetos y otras artes de trovas usadas por los buenos autores de Italia; y no solamente me lo dijo así livianamente, mas aún me rogó que lo hiciese. Partíme pocos días después para mi casa; y con la largueza y soledad del camino, discurriendo por diversas cosas, fui a dar muchas veces en lo que el Navagiero me había dicho; y así comencé a tentar este género de verso. En el cual al principio hallé alguna dificultad, por ser muy artificioso y tener muchas particularidades distintas del nuestro. Pero después pareciéndome, quizá con el amor de las cosas propias, que esto comenzaba a sucederme bien, fui paso a paso metiéndome con calor en ello. Mas esto no bastara a hacerme pasar muy adelante si Garcilaso con su juicio, el cual no solamente en mi opinión, mas en la de todo el mundo ha sido tenida por regla cierta, no me confirmara en esta mi demanda. Y así alabándome muchas veces este mi propósito, y acabándomele de aprobar en su ejemplo, porque quiso él también llevar este camino, al cabo me hizo ocupar mis ratos ociosos en esto más particularmente».

      De sus palabras deducimos que la dificultad no estaba tanto en el verso o la estrofa en sí, sino en la aclimatación de un estilo nuevo que era la consecuencia directa. Con el verso endecasílabo de muy variados tipos, la métrica española se enriqueció con el soneto, que ni Boscán ni Garcilaso acertaron a plasmar en toda su perfección de pequeño poema acabado. Sin embargo, la escuela garcilasiana, H. de Acuña (v.) y Gutierre de Cetina, lo amoldó casi con idéntica maestría a la de sus modelos italianos.

      El segundo R. lo llevará a una cima con los retoques del brillante Fernando de Herrera. Se aclimatarán también la estancia, de origen provenzal y renovada por los italianos; la octava real que, reservada por los italianos para la épica renacentista, cuajó en bellos poemas menores a modo de églogas o bien para el mismo tipo de poema épico; la lira, que alcanzó cimas de inigualable belleza entre la lírica de los poetas místicos; el sexteto lira, el cuarteto, el terceto encadenado, reservado para las graves epístolas; la sextina, el madrigal, estilizado en su concepto de requiebro amoroso por el garcilasiano Gutierre de Cetina; el endecasílabo suelto y la estrofa sáfica de origen clásico, pero aclimatada por un poeta español, Antonio Agustín, que residió durante cierto tiempo en Italia.

      Todas estas estrofas convivieron con las netamente castellanas y no triunfaron sin oposición; recordemos la sátira llamada Reprensión escrita por C. de Castillejo contra los que abandonan los metros castellanos y siguen los italianos, y la Visita del amor de Gregorio Silvestre, finalmente garcilasiano también. Aquí se nos presenta una vez más esa nota propia del R. español; medievalismo formal métrico, como un rasgo más, se continúa a través de Cancioneros y Romanceros; no olvidemos que el bello octosílabo, la seguidilla, la redondilla y otras estrofas menores siguieron teniendo pleno valor en medio de la apoteosis del R. El verso endecasílabo no pudo desterrar al octosílabo castellano tan entrañablemente unido al pasado, ni las decantadas estrofas nuevas dejaron arrinconadas las viejas y tradicionales. Es cierto que no todo resistió al embate. El empuje del primer R. acabó con muchas de ellas y con algunos versos muy cultivados en el s. XV; olvidados el verso de arte mayor, el de las coplas de pie quebrado y el de las coplas reales, la mayor dulzura del endecasílabo italiano terminó por generalizarse hasta el punto de considerarlo como propio en la segunda mitad del s. XVI.

      

      V. t.: SIGLO DE ORO; CERVANTES SAAVEDRA, MIGUEL DE, 5.

P. CORREA RODRÍGUEZ.

    BIBL.: G. TOFFANIN, Historia del humanismo desde el s. XIII al XVI, Nápoles 1934; K. BURDACH, Reforma, Renacimiento, humanismo, Berlín 1926; L. PFANDL, Introducción al estudio del Siglo de Oro, Barcelona 1929; A. F. G. BELL, El Renacimiento español, Zaragoza 1941; M. MENÉNDEZ PELAYO, Humanistas españoles del s. XVI, en Obras completas, VII, Madrid 1941; B. CROCE, España en la vida italiana del Renacimiento, Madrid 1925; A. BONILLA, Fernando de Córdoba (1425-1486) y los orígenes del Renacimiento filosófico en España, Madrid 1911; P. VERRUA, Epistolario di Marineo Siculo, Cittá di Castello 1940; A. BONILLA, Luis Vives y la filosofía dei Renacimiento, Madrid 1903; G. MARAÑóN, Luis Vives (un español fuera de España), Madrid 1942; F. GONZÁLEZ, Juan Bonifacio (1538-1606) y la cultura literaria del Siglo de Oro, Madrid 1938; A. BONILLA, El Renacimiento y su influencia literaria en España, «La España Moderna», 158 (1902), 84100; F. DE ONfs, El concepto de Renacimiento aplicado a la literatura española, en Ensayos sobre el sentido de la cultura española, Madrid 1932, 195-223; 1. A. MARAVALL, Sobre naturaleza e historia en el humanismo español, «Arbor», 17 (1951), 469-493; R. G. VILLOSLADA, Renacimiento y humanismo, en Historia general de las Literaturas hispánicas, II, Barcelona 1951, 317-433; A. PARKER, Valor actual del humanismo español, Madrid 1952; 1. MORAN, El humanismo español desde Juan II de Castilla hasta los Reyes Católicos, Cuenca 1953; M. BATAILLON, Erasmo y España. Estudios sobre la historia espiritual del s. XVI, 2 ed. México 1966; E. ASENSIo, El erasmismo y las corrientes espirituales afines, «Rev. 

     de Filología Española» 36 (1952), 31-99; 1. G. FUCILLA, Estudios sobre el petrarquismo en España, Madrid 1960; fD, Relaciones hispanoitalianas, Madrid 1953; P. U. GONZÁLEZ, Arias Montano, humanista, Badajoz 1928; A. F. G. BELL, Benito Arias Montano, Oxford 1928; F. CABALLERO, Conquenses ilustres. Melchor Cano, Madrid 1871. Consúltese también la bibl. de los autores citados en el texto. Sobre las formas métricas italianas: T. NAVARRO Tomás, Métrica española. Reseña histórica y descriptiva, 2 ed. Nueva York 1966.
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