Horacio Quiroga y La Hipótesis Técnico-Científica






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La imaginación técnica. Sueños modernos de la cultura argentina. Buenos Aires. Nueva Visión, 1997.

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1 José M.Delgado y Alberto J. Brignole, Vida y obra de Horacio Quiroga, La Bolsa de los Libros, Biblioteca Rodó, Montevideo, 1939.

2 Delgado y Brignole, cit., pp. 56 y 57.

3 Ibíd., p.58.

4 A juzgar por los registros de invenciones, la galvanoplastia por electrólisis comenzaba a preocupar tanto a empresas extranjeras radicadas en Buenos Aires como a los imaginativos rioplatenses, casi con la misma intensidad que los adelantos fotográficos y fonográficos. Véase, en el Registro de Marcas y Patentes, Grupo 2, gaveta 26, “Electroquímica, electrólisis, galvanoplastia y similares; medios, aparatos, etc. empleados y composición o preparación de baños electrolíticos; electrodos y electrolitos; sus diferentes aplicaciones en la industria”. Antes de 1913, y sin fecha, se patentan cinco inventos, tres de ellos argentinos y dos reválidas de patentes extranjeras. En fotografía, y también antes de 1913, hay 16 patentes otorgadas, de las que sólo dos son reválidas de inventos norteamericanos. Pero el aumento verdaderamente espectacular del número de patentes en todos los rubros se produce a comienzos de la década del veinte, cuando de las alrededor de mil patentes anuales de la segunda década del siglo, se pasa a las 2.800 de 1923.

5 “Había adquirido un gran bagaje de conocimientos en física y química industriales, así como en todo lo relativo a la artesanía. Su lectura favorita era la de los manuales técnicos Hoepli” (Delgado y Brignole, cit., p.299).

6 Horacio Quiroga,”Los destiladores de naranja”, y Delgado y Brignole, cit., p.224.


7 En esto, la ficción de Quiroga se diferencia de la construida por otros modernistas sobre la base de algunas hipótesis “científicas”. Nada hay más extraño a Leopoldo Lugones, para poner el ejemplo inevitable, que estas preocupaciones practicas, del todo ajenas al tono de los cuentos recopilados en Las fuerzas extrañas (Buenos Aires, 1906).


8 Horacio Quiroga, “Cadáveres frescos”, en Obras Inéditas y desconocidas, Montevideo, Arca, 1968, pp.130 y ss.

* Ocioso. (JB)

9 “Cuando salía por las tardes de la oficina del Consulado, se reunía con un grupo de amigos en el café “El Toyo”, de la calle Corrientes, entre Reconquista y San Martín. Después se apartaba de ellos para ir solo a la Ferretería Francesa, de la cual era visitante casi diario, se pasaba allí horas enteras examinando aparatos y herramientas, o en procura de tal o cual clase de tornillos, o colores, o sustancias químicas [...] Cuando no se dirigía a las librerías y se pasaba curioseando las novedades, sobre todo, hojeando los compendios de artes manuales, que lo atraían más poderosamente que ningún libro y de los cuales llegó a tener una colección completísima” (Delgado y Brignole, cit., pp.300-l, subr. BS).

10 Roberto Arlt, “El paraíso de los inventores”, El Mundo, 28 de enero de 1931. Véase el capítulo sobre “Inventores: tecnología y fabulación”.

11 Quiroga, aunque no se convierte en aviador como otro dandy del período, Jorge Newbery, experimenta el vuelo, los loopings y otras pruebas de acrobacia.

12 Carlos Dámaso Martínez ha estudiado este aspecto de la obra de Quiroga, y sus conclusiones me permiten abordar mejor esta temática. Véase: “Horacio Quiroga: la fascinación del cine y lo fantástico”, Clarín, suplemento “Cultura y Nación”, Buenos Aires, 5 de marzo de 1987; y “Horacio Quiroga: la búsqueda de una escritura”, en David Viñas (director) y Graciela Montaldo (comp.), Historia social de la literatura argentina, Buenos Aires, Contrapunto, 1989, tomo VII: Yrigoyen entre Borges y Arlt (1916-1930)... Sobre “El vampiro” véase también: Annie Boule, “Science et fíction dans les contes de Horacio Quiroga”, en Bulletin Hispanique, LXXII, 3-4,1970. Además de los cuentos, Quiroga publicó una apreciable cantidad de artículos sobre cine: en Caras y Caretas, con un seudónimo que alude a uno de sus personajes: “El esposo de Dorothy Phillips”, en 1919 y 1920; en Atlántida, en 1922; en El Hogar, en 1927.

13 Véase: B.S., El imperio de los sentimientos, Buenos Aires, Catálogos, 1985.

14 Registro de Marcas y Patentes, gaveta 27, donde se encuentran, entre 1916 y 1922, varios inventores locales. En 1922, el número de patentes tanto locales como revalidadas aumenta de unas pocas por año a más de treinta, tanto en lo referido a la fotografía como al cine. Entre ellas, vale la pena recordar la pantalla para ver cine a la luz del día inventada por Lola Mora (patente número 18.175).

* Aquí Sarlo emplea el término en su doble semántica francesa. Bricoleur es tanto “el que se da maña” (el diestro) en un oficio, como el chapucero, el que obtiene pobres resultados. (JB)

15 “Los destiladores de naranja”, en Los desterrados.

16 “Los destiladores de naranja”.

17 “Los fabricantes de carbón”.

18 “Los fabricantes del carbón”.

19 Al respecto, véase Hugo Vezzetti, La locura en la Argentina, Buenos Aires, Folios, 1983; y El nacimiento de la psicología en la Argentina, Buenos Aires, Puntosur, 1988.

20 Véase al respecto la ponencia de Dora Barrancos: “Ciencia y trabajadores. La vulgarización de las tesis darwinianas entre 1890 y 1920”, donde se estudian las conferencias de la Sociedad Luz de Buenos Aires; Jornadas Inter Escuelas de Historia, Facultad de Filosofía y Letras, Buenos Aires, septiembre de 1991 (mimeo).

21 El crimen del otro, Buenos Aires, E. Spinelli.

22 “Una historia inmoral”, Cuentos, tomo IV, compilación de Jorge Ruffinelli, Montevideo, Arca, 1968. Publicado por primera vez en Nosotros, año I, número 5, 1907.

23 “Los perseguidos”, editado en 1905 por Armando Moen en Buenos Aires.

24 Publicado en El crimen del otro (1904).

25 Véase, por ejemplo, “Una estación de amor”, de Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917); “El infierno artificial”, publicado en 1913 en la revista Fray Mocho.

26 Véase también al respecto “El perro rabioso”, relato de un proceso de locura por hidrofobia.

27 “Véase el informado estudio preliminar de Pedro Luis Barcia a Las fuerzas extrañas de Leopoldo Lugones (Buenos Aires, Ediciones del 80, 1987) donde se señalan detalladamente las fuentes extraliterarias de los relatos de Lugones y el origen en uno de éstos (“Yzur”) de “El mono ahorcado” de Quiroga.

28 Véase Barrancos, cit. p.7: “El éxito de la obra de Haeckel en nuestro país, y creo también en España, donde se realizaron las primeras traducciones, fue tan intenso que estoy inclinada a pensar que no pocas personas iniciaron su contacto con las ideas de Darwin a través de la lectura de los textos de Haeckel”. En la ponencia citada se fundamenta esta opinión sobre textos y conferencias pronunciadas en Buenos Aires.

29 Publicada en El crimen del otro (1904). En 1909, Quiroga publica en Caras y Caretas, en folletín, otra historia de monos: “El mono que asesinó”.

30 Caras y Cardas, números 588 a 593, 8 de enero a 12 de febrero de 1910. “El hombre artificial” y otros folletines aparecidos en Caras y Caretas con el seudónimo de S. Fragoso Lima, fueron recopilados en: Novelas cortas. La Habana, Editorial de Arte y Literatura, 1973, con estudio final de Noé Jitrik, donde se afirma que estos cuentos “se inscriben en la oleada de literatura fantástica que tuvo una expresión soberana en 1906 con Las fuerzas extrañas de Lugones”(p. 278). “El hombre artificial” es, junto con “La fuerza Omega” de Lugones, una ficción científica; sobre las diferencias entre uno y otro relato podría estudiarse el paso de una narración fantástica con materiales ‘científicos’ (el caso de Lugones) a un texto (como el de Quiroga) inscripto más abiertamente en el espacio, todavía a desarrollar en la literatura norteamericana y europea, de la ciencia ficción. Respecto de la primitiva ciencia ficción de ese origen, véase Sam Moskowitz, Science Fiction by Gasliglit, A History and Anthology of Science Fiction in the Popular Magazines, Weslport. Hyperion Press, 1968.

31 La idea de que las pasiones pueden producirse y transmitirse por ondas eléctricas o de otra especie, está presente, desde fines del siglo XVIII. en los ensayos de mesmerismo. Véase: Robert Darnton, Mesmerism, cit. Como dato curioso, vale la pena recordar que un primitivo relato de ciencia ficción donde las pasiones son inducidas por descargas eléctricas, “Dr. Materialismus”, fue escrito por Frederic Jessup Stimson, embajador norteamericano en Argentina a fines del siglo XIX.

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