Luis Florencio Chamizo Trigueros






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(Baja la cabeza y seca unas lágrimas. Pausa, Sigue cosiendo.)

ESCENA QUINTA

MARIQUILLA —»


ANDREA —»
MARIQUILLA —»

ANDREA —»
MARIQUILLA —»

ANDREA —»


MARIQUILLA —»

ANDREA —»


MARIQUILLA —»
ANDREA —»


MARIQUILLA —»


ANDREA —»

MARIQUILLA —»


ANDREA —»
MARIQUILLA —»

ANDREA —»
MARIQUILLA —»

ANDREA —»


MARIQUILLA —»

ANDREA —»
MARIQUILLA —»
ANDREA —»
MARIQUILLA —»


ANDREA —»

MARIQUILLA —»


ANDREA —»
MARIQUILLA —»

ANDREA —»
MARIQUILLA —»
ANDREA —»
MARIQUILLA —»


ANDREA —»

MARIQUILLA —»

ANDREA —»


MARIQUILLA —»
ANDREA —»

MARIQUILLA —»


ANDREA —»


MARIQUILLA —»
 

(Desde la puerta del foro, por Frasco.)
¡Na, y se va!
Porque me vio venir, por eso,
¡Si pensará que yo embrujé a su prima
del mal de ojo! Sus desprecios
no puen ser otra cosa, ¡Ay, Dios mío!
¡Si él y la Andrea pensarán lo mesmo
y de ahí que rejuyan mi compaña!
Pero no, no pué ser... ¡Dios, qué tormento!
Ya estoy aquí.
(Entrando, dirigiéndose a Andrea.)
¿De dónde?
Del arroyo,
Fui con tu tía.
Pronto has vuelto.
Es que no vivo de impaciencia.
Vamos, Andrea, dime eso,
por lo que tú más quieras, ¿qué te pasa?
(Sentándose a su lado.)
¿Pero comienzas ya de nuevo?
Déjame estar, no seas cansina.
¿No ves que estoy sufriendo?
Es que tú disimulas,
me ocultas algo, bien lo veo.
¡Hija, lastimas con tus cosas!
Si tos mis secretillos te los cuento
ce por be y al instante, ¿qué más quieres?
El secreto d'ahora es lo que quiero,
Dime, ¿por qué me esquivas?
¿Por qué me tratas con despego;
por qué no vas, Andrea, pa mi choza
como ibas antes?
¡Si no pueo;
si este dañino mal de ojo
me tiene trastorná!
No, no te creo;
disimulas mu mal; no me convences.
(Levantándose y cogiéndole la cara con las manos.
Muy resuelta.)
Oye, dime; ¿por qué miras pal suelo
cuando hablamos? Se mira cara a cara,
así.
(Rechazándola.)
            Deja, no quiero,
(Llorando.)
¿Ves como era verdad? ¡Vigen Santísima,
qué horror; me tiés miedo!
¿Miedo de qué, muchacha? Tú estás loca.
(Sollozando.)
¡Pobre de mí! Lo veo y no lo creo.
Y es verdad, ¡es verdad! Lo sospechaba.
¡Qué vergüenza. No tiés perdón del cielo!
(Levantándose rápidamente, convencida
de que Mariquilla sabe su secreto.)
¡Calla, no hables tan alto!
¿Sospechabas, el qué? Di, sin rodeos.
No te calles, por Dios, habla, chiquilla.
Tan espantoso es, que no me atrevo
ni a decirlo siquiera,
Dilo de cierto modo. Yo comprendo
con poco que me digas, ¿Sospechabas...?
¿Qué sospechabas? Dilo presto.
Si pensarlo tan sólo me horroriza.
¡Cómo voy a decirlo; no, no puedo!
Habla ya de una vez, sea como sea,
que me vas a matar con tu silencio,
(Pausa). (Mariquilla solloza.)
¿Crees que la causa de mi mal…?
(Rápida.)
No sigas.
Calla, no hables... ¡Sí, lo creo!
(Pausa. Andrea se deja caer en la tarima
ocultando el rostro.)
¿Qué pensará Agustín cuando lo sepa?
Lo sabe ya.
(Indignada.)
                      ¿Y tú le has dicho eso;
y tuviste valor; pero tiés pruebas?
(Con naturalidad.)
Por suerte o por desgracia, sí, las tengo.
(Sorprendida.)
¿Por suerte o por desgracia?
No sé qué dices; no comprendo.
¡Más vale así!
(Desconcertada.)
                           ¿Más vale así?
Me quieres confundir, por lo que veo.
Habla claro, que entienda lo que dices.
Tu inocencia te excusa de entenderlo.
¿Mi inocencia? ¡Si tú me crees culpable!
¿Culpable tú, de qué?
                                        De eso,
de lo que sufres, de tu mal de ojo,
¿de qué va a ser?
(Levantándose turbada por la alegría
que a todo trance quiere disimular.)
                             ¡Ah..., sí.,., claro..., de esto,
del mal de ojo..., claro...! Tú creías...
Lo creía y lo creo;
que tú crees que mis ojos te embrujaron.
(Acariciándola.)
¡Güeno, chachina, güeno!
Pues no lo creas ya. Sí, recelé
un poco…, fue al prencipio. Después..., luego,
¿sabes?..., ¡las cosas!; como una
pensó mal..., pues por eso
después está tan corta. Y tú notabas
algo, ¿verdad?, y sospechabas... ¡Güeno,
ya pasó! ¿Me perdonas? ¿Ves, chachina,
cómo miro tus ojos? Dame un beso.
(Se besan.)
¡Ay qué nerviosa estás; lloras y ríes!
(Rápida.)
Es el mal.
¡Yo no sé lo que te encuentro
de raro en el semblante, en las palabras...,
qué sé yo!
(Rápida.)
                   Es el mal. Dame otro beso.
Dime que me perdonas, Mariquilla.
(Después de besarse.)
¡Si ya te perdoné!
(Aparte.)
                              ¡Qué raro es esto!
(Tras la ventana pasarán en este momento Genoveva
y la Veora con dirección a la puerta del foro.)
Oye, mira; tu tía y la Veora.
Me voy por el falsete d'allá drento,
que no me vean salir.
Quédate aquí conmigo.
No, no quiero.
Vendrán a averiguar quién t'ha embrujao,
y debéis estar solas. Hasta luego.
(Mutis por el lateral.)
(Aparte.)
Otro suplicio más. Me están matando.
No tengo juerzas pa seguir fingiendo,
y he de fingir hasta el postrer instante...
¡Y ya no puedo más, Señor, no puedo!
Ten compasión de mí.

ESCENA SEXTA

(Genoveva y la Veora por el foro.)

GENOVEVA —»

VEORA —»

GENOVEVA —»


VEORA —»

GENOVEVA —»


VEORA —»

 

(Desde la puerta.)
Entra, Veora;
esta es mi casa.
Aquí rumiamos nuestra probeza.
(Ya dentro, tras una rápida ojeada.)
Apañaíta, limpita y branca.
¡Mentira paece
que aquí haiga lágrimas!
Pues sí, las hay
y en abundancia.
(Presentando a su sobrina.)
Esta es la moza que tanto pena
dende la hora que la embrujaran,
y a quien tu hermano curó diez veces
sin aliviarla.
(A Andrea.)
Bueno, mocita;
tiés buen palmito. Dame la cara
que nos veamos,
(Andrea levanta la cara y mira con recelo).
(La Veora la examina detenidamente. Después sonríe y dice:)
¡Sí que eres guapa!
Por tu semblante de flor de luna,
bien que debieron correr las lágrimas.
Pero tus ojos arden toavía...
¡Tú llevas fuego drento del alma!
(Transición. A Genoveva.)
¿Jizo la cura de los hechizos
mi buen hermano?
Como Dios manda.
Negra y lustrosa jué la gallina
que yo le truje. Con su navaja,
d'un solo tajo la abrió por medio;
y echando sangre de sus entrañas,
viva toavía, la puso encima
de la mollera de la muchacha.
Esta se puso como un Ecce-Homo...
¡Me dio una lástima...!
Porque la probe no abrió la boca;
sufrió la cura como una santa,
Eso me prueba que no hay hechizos.
En fin; veamos lo que le pasa.
Trae que yo encienda la capuchina,
lléname d'agua
un tazón grande que esté mu limpio.

(Coge Genoveva de la cornisa de la chimenea la capuchina, que entregará a la Veora, y un tazón de Talavera, que llenará de agua. La Veora encenderá la capuchina y la colocará sobre la mesita que estará en el centro de la escena. En tanto dirá Andrea):

ANDREA —»

VEORA —»

GENOVEVA —»


VEORA —»
GENOVEVA —»

VEORA —»


ANDREA —»
VEORA —»
 

¿Pa qué más curas? ¡Si no estoy mala,
si dende entonces me puse güena!
A la Veora naide la engaña.
Mira mis ojos;
to lo trasminan, to lo taladran...
Tú sufres mucho; tú llevas fuego
drento del alma.
Pero no importa, yo he de curarte.
(Que vuelve de la cantarera.)
Aquí está el agua.
¿Qué más precisas?
Un paño negro.
(Quitándose el delantal y ofreciéndoselo.)
¿Es suficiente?
(A Genoveva.)
Con esto basta. (Echándose el delantal sobre el brazo y cogiendo
de la mesa la capuchina y el tazón, que ofrecerá a Andrea.)
Ten un instante.
Cierra las puertas y la ventana,
(Genoveva Y Andrea obedecen. la Veora coloca
el delantal sobre la mesa. Andrea suspira.)
¡Ay...!
No te aflijas,
Drento del agua,
cuanti que rece mis oraciones,
veré la causa
de tus pesares.
Dios, por mis méritos, me dio esta gracia.
Trae.
(Andrea le da la capuchina y el tazón,
que la Veora colocará sobre la mesa.)
¡Ya está listo!

(Se arrodillará la Veora, se santiguará, hará como que reza y bendecirá el agua aparatosamente; después quedará mirando con fijeza al fondo del tazón. Andrea observará todo aquello con repugnancia y temor.)

GENOVEVA —»

VEORA —»
 

(A la Veora.)
¿Ves algo?
Calla.
Pedirle al cielo que me ilumine.
Besar mis cruces de «Alcarabaca».

(Sin dejar de mirar saca de la faltriquera un manojo de cruces que entregará a Genoveva Esta las besará y hará que también las bese Andrea. Ambas mujeres se arrodillarán y rezarán. Genoveva, con mucha fe, y Andrea, por cubrir las apariencias).

VEORA —»
GENOVEVA —»

VEORA —»
ANDREA —»

GENOVEVA —»

VEORA —»


 

¡Ya veo..., ya veo!
(Levantándose y yendo a su lado.)
¿Qué ves, Veora?
Nubes oscuras cuajas de lágrimas;
jondos recuáncanos,
negras bisanuas
que se revuelven en las neblinas
jaciendo cabalas.
Allá va el buitre que ausma la carne.
Sobre sus alas
va un amorcillo color de rosa,
Detrás le siguen muchos fantasmas.
(Aparte.)
¡Qué horror, Dios mío!
(A la Veora.)
Mira de nuevo.
Ya voy; ten calma,
(Vuelve a mirar.)
Ahora un relámpago...
¡Ah... Si es la Muerte con su guadaña
rasgando el seno de las tinieblas!...
Se enturbia el agua.
Seguir rezando.
Besar mis cruces de «Alcarabaca».

(Genoveva besa nuevamente las cruces y tos da a besar a su sobrina. Se arrodillan las dos mujeres; la Veora repite los rezos y bendiciones, observando en Andrea el efecto de sus palabras.)

ANDREA —»

VEORA —»

ANDREA —»

VEORA —»


GENOVEVA —»

VEORA —»

ANDREA —»

VEORA —»

GENOVEVA —»

VEORA —»
GENOVEVA —»

ANDREA —»

VEORA —»


 

(Aparte.) ¡Qué cosas dice!
¿Verá tó eso drento del agua?
(Que habrá vuelto a mirar.)
Ya van juyendo los nubarrones.
Sobre las vegas del Guadiana,
vuela un cernícalo tras una tórtola,
Ya cae rendía… ya le da caza...
¡Ya se la engulle!
Va anocheciendo; la luz s'apaga...
Por un camino van muchos mozos
con panderetas y con guitarras...
Y van cantando. (Mira a Andrea de reojo.)
(Preocupada. Acercándose a la Veora.)

¿Qué es lo que cantan?
(Sonriendo maliciosa.)
¡Ay, güena moza! Yo no los oigo:
Dios no me ha dao esa otra gracia.
(Impaciente.)
¡Vamos!
No hay priesa,
mujer, aguarda.
(Aparte.)
¡Será posible!
(Mirando nuevamente.)
Una cabaña
de carboneros
me se aparece drento del agua.
(Muy contenta, a su sobrina.)
¡Es nuestra choza!
No me distraigas.
Una mocita de ojos de noche,
hermosa y guapa
como las vírgenes,
suspira drento de la cabaña.
(A la Veora, muy satisfecha.)
¡Esa es mi Andrea!
(A Andrea.)
Pronto sabremos lo que te pasa,
(A la Veora, atemorizada.)
¡Por Dios, Veora!
(A Andrea, tras una sonrisa triunfal.)
Reza y no tiembles. Escucha y calla.
(Pausa breve. Mirando al interior del tazón.)
Tornan las nubes cuajas de llanto.
Vuela un murciélago.
Se enturbia el agua...
Alguien no reza como es debió,
Besar mis cruces de «Alcarabaca».

(Genoveva y Andrea besan nuevamente las cruces. Se arrodillan. La Veora repite sus ceremonias y vuelve a mirar.)

VEORA —»

GENOVEVA —»

ANDREA —»

VEORA —»

ANDREA —»
GENOVEVA —»

ANDREA —»


GENOVEVA —»
VEORA —»


ANDREA —»


GENOVEVA —»

ANDREA —»


GENOVEVA —»
ANDREA —»
GENOVEVA —»

VEORA —»

GENOVEVA —»
 

Ya veo claro,
Ya tié la moza güena compaña.
Es un güen mozo, de pelo en pecho,
alto y fornío, de güena planta.
(A su sobrina, alarmada.)
¡Ese es tu novio!
(A la Veora, suplicando.)
¡Veora.,.!
(Sin alzar los ojos.)
¡Calma!:
Él está hablando. ¡Ay..., quién le oyera!
Ella se pone como la grana.
Baja los ojos... Mira pal suelo...
(Pausa breve.)
¡Qué retunante.... cómo la engaña..,!
¡Cómo la mima..., cómo la besa...!
¡Veora..., calla! (Rápida, enérgica.)
(Indignada, a la Veora,)
¡Sigue mirando!
(Muy enérgica, tapando el tazón con la mano.)
No. Clama al Cíelo
que me afrentéis con mi desgracia.
¡Cómo!... ¿Qué dices?... ¿Tú?...
(Con sonrisa díabólica.)
Güena moza;
¿cómo querías que te curaran?
(Ocultando el rostro entre las manos y dejándose caer en la tarima.)
No maltratarme,
compadecerme, tenerme lástima...
(Indignada.) ¡Compadecerte! ¿No te das cuenta
que ya la jonra de nuestra casta
cayó en el cieno por culpa tuya,
reperigaya?
¡Compadecerte.... compadecerte,..,
si merecías que te mataran!
(Sollozando.) Bueno; matarme,
Pero yo os juro que no fui mala;
cegué d'amores.
Y aquel bigardo, ¡juy, qué canalla...!
¡Tía Genoveva!
¡Ah!, ¿le defiendes?...
¡Eso faltaba!
(Aparte a Genoveva.) Vaite con tiento.
No la sofoques a la muchacha.
Esto sucee ya tos los días;
no tié importancia.
¿Pero tú has visto? ¡Quién lo diría,
La perigaya!...

ESCENA SÉPTIMA

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