Luis Florencio Chamizo Trigueros






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ESCENA SEXTA

BARTOLO —»


FRASCO-
BARTOLO-
—»
F FRASCO—BARTOLO»


FRASCO BARTOLO FRASCO —»
BARTOLO—»
FRASCO—»


BARTOLO—»

FRASCO-
BARTOLO
FRASCO»

B—»
BARTOLO —»


BARTOLO —»
ANDREA —»

FRASCO —»
BARTOLO —»
FRASCO —»
BARTOLO —»

FRASCO —»
BARTOLO —»
FRASCO —»

BARTOLO —»
FRASCO —»
BARTOLO —»
FRASCO —»

BARTOLO —»

FRASCO —»
BARTOLO FRASCO —»


BARTOLO —»
—»
FRASCO —»


BARTOLO —»


FRASCO —»

BARTOLO —»


FRASCO —»  

No hay más que desgracias en el mundo, Frasco.
El pan que te comes, siempre lleva drento
la jiel de las lágrimas…
¡Mundo pijotero...!
Pos ¿y los compadres? ¿Quieres tú decirme
qué podrá ser d'ellos?
Se llevan el hijo a la guerra. El hijo
era pa esos probes el brazo derecho,
y allí pué quearse pa siempre. La hija
toavía está moza. Y, como son viejos,
si Agustín no vuelve, y no tien un yerno
que gane los cuartos... a pedir limosna
o a morir de jambre... ¡A ver, qué remedio!
Tú debías casarte con la Mariquilla,
(Pausa breve.)
¡Padre!
Mira, Frasco, no quise hablar d'esto
porque yo contaba con vuestro noviajo
dende que el compadre vino d'aparcero.
Como érais muchachos entonces, me dije:
Chitón; punto en boca; dale tiempo al tiempo.
Pero tú ya has salió de quinta,
y ella es moza. Ya es razón qu'hablemos.
(Se sienta y le ofrece la petaca.)
Vaya juma...
(Sorprendido.)
                           ¡Padre!
Dende hoy tiés licencia
pa jumar ante mí... Sin rodeos:
¿Es que no la quieres a la Mariquilla?
Quererla... la quiero.
Pos entonces... a ver ¿a qué aguardas?
Es que con quererla no basta pa eso;
hay que sentí algo más jondo toavía.
Los sentires jondos se barruntan luego;
vienen con el trato y el roce.
No, padre;
                         se sienten primero.
El roce, que arranca chispas a las piedras
y enciende las tablas y quema los jierros,
podrá caldearnos la carne, en tó caso.
Pero no es tó carne lo que va aquí drento.

¡Bah... Bah... Bah... pamplinas! ¿Sentístes por alguien
querencias tan jondas?
                                       Las sentí y las siento.
¿Por quién?
                         Por la moza más güena del mundo,
más jonrá y más guapa... Pero ¿a qué hablar d'eso
si no ha de ser mía ni ahora ni nunca?
¿Y quién es la moza que jace desprecios
un hombre tan hombre como tú, quién es?
Di, Frasco...
                       No es eso.
Yo nunca la jice saber mis querencias,
y otro, que es mi amigo, me ganó el terreno.
Yo soy el culpable de mi mal, yo solo;
¡qué sabían ellos!
                             Di; ¿quién es la moza…?
Ella no tié culpa.
Me estás jorobando con tantos rodeos.
¿Quién es? Vamos, habla…
Es mi prima Andrea.
¡Cómo! ¿Nuestra Andrea?...
                                           ¡Sí, padre; la quiero
con toa mi alma!
                             ¡Mal asunto, Frasco!
Ya lo sé...
                 No pueo
                                   jacer cosa alguna.
Ya di pal noviajo mi consentimiento.
Tiés que darte cuenta
que está la palabra de tu padre al medio.
Está su cariño, que es ya d'Agustín.
¡Si no fuá por eso…!
(Pausa.)
Era yo dichoso sin saber d'amores.
Bastaba el trebajo pa rendir mi cuerpo;
y pa soñar cosas, esas cosas guapas
que de mozalbetes soñamos dispiertos,
me bastaba entonces con la Mariquilla,
qu'era como rosa de mayo en mi güerto.
¡No hay risco en la sierra, ni encina en el valle,
ni fuente escondía, ni fragüín ligero
que no me recuerde las horas felices
de los días aquellos!
¡Qué bien que vivíamos! La vida era mansa
y el mundo era güeno.
Toas las cosas eran igual que sus ojos,
d'un azul de cielo.
Nos queríamos mucho;
ella entavía me sigue queriendo,
se jiso ilusiones... ¡Probe Mariquilla!...
¡Yo también creía qu'era amor aquello!
(Pausa.)
Murió tia Mariana.
Tío Melchor quería seguir d'arriero.
Y pa que mi prima no quedara sola,
mandó usté a buscarla, y aquí la trujíeron…
y dende aquel día
prencipió el calvario de mis sufrimientos.
Mariquilla y ella me llamaban siempre
pa que las guiara por los vericuetos
de los andurriales,
cuajaos de jarancios y brezos.
La Andrea era juerte, su paso era firme;
jamás se paraba pa tomar aliento.
Daba gusto verla trepar por los riscos
ganando la cumbre de tos los cabezos...
Mariquilla, en cambio, prefería los valles
donde los arroyos pasan sonriyendo.
To iba bien entonces; pero poco a poco
barrunté unas cosas que me estremecieron.
Eran mil preguntas que andaban jilando
su lino en la rueca de mis pensamientos.
—¡Qué guapa es tu prima; qué hermosa y qué juerte!
¿Si será ella, Frasco, tu amor verdadero?
Y el canchal bravío, la encina del valle,
la fuente escondía y el fragüín ligero,
viéndome a su lao, paecían icirme
como respondiendo;
—¡Qué hermosa y qué juerte...
Por fin encontraste tu amor verdadero!
¡Malhaya la pena!...
Pero, vamos, habla; ¿qué más pasó luego?
Un día l'Andrea quiso que subiésemos,
yéndole a la zaga, hasta los picachos
del canchal del Ciervo;
allá donde sólo por salvar un chivo
suben los cabreros.
Subió l'Andrea sola.
Como a Mariquilla le daban mareos,
me quedé con ella
debajo d'un fresno.
Y llegó a la cumbre del risco más alto;
y allí, de pie firme, se quedó un momento.
Miraron sus ojos al sol cara a cara
como si quisieran robarle a los cielos
su lumbre. De orgullo
retembló su cuerpo,
como en el verano, cuando s'achicharra
de calor el suelo,
retiembla la entraña de las carboneras
que devora el fuego.
Era el mes de mayo. Nos emborrachaba
d'aromas picantes la flor del romero;
sudaba resinas el jaral florío,
corría el lagarto, volaba el vencejo...
y dende las ramas de los alcornoques
prendían las tórtolas su arrullo en el viento.
¡Malhaya el diablo…!
Pero, vamos, sigue... ¿Qué más pasó luego?
Poca cosa, padre. Dejé a Mariquilla
debajo del fresno;
trepé por los riscos, me llegué a su lao,
la miré de frente... y sentí aquí drento
que una cosa grande me s'achicharraba
en las dos jugueras de sus ojos negros.
¡Probe Frasco; da pena escucharte!
Pero hay más toavía. Fue pasando el tiempo;
y una tarde que estaba en el monte
descuajando brezos,
s'acercó Agustín
la mar de contento,
diciéndome: —Frasco; abrázame juerte;
traigo una alegría más grande por drento...—
L'abracé; y entonces me dijo: —Soy novio
de tu prima Andrea dende ahora mesmo.
Alégrate, Frasco; ¿verdad que t'alegras?—
No sé cómo pude icirle... ¡m'alegro!
¡Válgame Dios, hombre!
Sí que es un calvario lo que estás sufriendo.
(Coge el hacha y se dispone al mutis.)
Pero ni él ni ella tién culpa ninguna.
¡Qué sabían ellos!
Verdad; no tién culpa. Vamos pa allá, Frasco,
que ya los compadres me echarán de menos.
¡Quién sabe toavía!
¡Ya no tié remedio!
(Mutis por el foro.)

ESCENA SÉPTIMA

(Entra Andrea por el lateral. Trae un cestito de costura que dejará sobre la mesa. Misteriosa se acercará a la puerta del foro y mirará a uno y otro lado. Después sacará un escapulario, lo recortará con la tijera y extraerá de él un pedazo de tela, reliquia de la Virgen de Guadalupe. Después de besar la reliquia, dirá):

ANDREA —»

Perdón, perdón, madre.
Virgen cita mía;
perdón si le doy
tu santa reliquia.
Me se va a la guerra,
y él es tó en mi vida.
Mi amor, mi tesoro,
mi amparo, mi dicha,
Si me le mataran
yo me moriría.
Que no me le maten,
Virgen cita mía.
En su escapulario
pongo tu reliquia
pa que me lo guardes
de noche y de día.
Vela por su alma,
vela por su vida,
pa que no le jiera
la bala enemiga.
Y si me lo jiere,
que cure en seguía,
¡Que no me lo maten,
Virgen cita mía,
Hasta Guadalupe
iré pelegrina
con los pies descalzos
y sin compañía,
mendigando el pan
por las alquerías.
Esta es mi promesa;
dala por cumplía.
¡Que no me lo maten,
Vírgencita mía!
(Coge del cestillo un escapulario aún
sin terminar y se sienta a coserlo
junto a la puerta del foro. Va anocheciendo.)
¿Vendrá? Sí, vendrá; él es mu osao.
Volveré, me dijo, loco de pasión.
No parará en raya. Es apasionao.
Mu apasionao. Es tó corazón,
Y luego tié planta, y tié gallardía,
y es tan inocente, tan franco y sencillo,
que al darle palique cualquiera diría...
¡qué mozo más mozo!, paece un chiquillo.
¿Vendrá? Yo no quiero que venga, no quiero.
Porque es tan fogoso y tan zalamero
y tan exigente... Pero es necesario;
que si no viniera,
acaso se fuera
sin el relicario.

ESCENA ÚLTIMA

(Aparece Agustín por el foro. Queda un instante en la puerta contemplando a Andrea. Ésta, al verle, se pone en pie.)

ANDREA —»
AGUSTÍN —»
ANDREA —»
AGUSTÍN —»


ANDREA —»
AGUSTÍN —»
ANDREA —»


AGUSTÍN —»

ANDREA —»
AGUSTÍN —»
ANDREA —»
AGUSTÍN —»
ANDREA —»
AGUSTÍN —»

ANDREA —»
AGUSTÍN —»
ANDREA —»

AGUSTÍN —»

 

¡Agustín!...
                      ¿Estás sola?
No; hay gente allá drento.
Quiá, me engañas. Tu primo y tus tios
están con mis padres jaciéndome el duelo.
No hay naide...
                        Sí; hay gente.
Pues vamos a verlo.
(Se asoma por la puerta lateral y vuelve
sonriendo. Cogiéndole la mano.)
¡Ves, chachina! No pues engañarme.
Ven acá. ¡No sabes lo que yo te quiero;
miajinína e gloria, rayino de luna,
estrellina branca, pimpollino nuevo!...
Dime que me quieres.
Nadie t'ha querío como yo te quiero!
Qué labia tienes; no me engañes.
Sígueme hablando… Sí, te creo,
quiero creerte.
(Transición.)
Vuelve pronto.
Piensa en lo mucho que te quiero.
Yo rezaré por ti a la Vigen.
Sí, volveré; no tengas miedo.
Cuando las balas enemigas
vengan silbando, tus recuerdos
sabrán librarme de la muerte.
Y cuando vuelva, casaremos;
y seré tuyo y serás mía.
Y mis caricias y tus besos
convertirán nuestras querencias
en manantial d'amores nuevos.
Tendremos hijos, muchos hijos...
¡Verás, el mundo será nuestro!
(De la lejanía llegan confusas las notas de una canción que, al son de
guitarras, bandurrias y panderos, entonan los mozos que vienen de

la aldea para despedir a Agustín.)
¡Oh... qué alegría; Dios te oiga!
¡No desconfíes; Dios es güeno!
¿Oyes; acaso hay romería?
(Después de escuchar.)
Calla a ver. Sí, son ellos.
Son mis amigos de la aldea,
que al enterarse prometieron
acompañarme toa la noche.
¡Pues sí que traen un sentimiento...!
Los que nos vamos al servicio,
siempre cantamos y bebemos,
que con el vino y con el cante
no hay penas jondas —dicen—, pero
no es oro to lo que reluce.
(Los mozos se acercan.)
La procesión anda por drento.
Escucha bien. Van pa mi choza;
ya se apartaron del sendero,
¿Has entendió lo que cantan?
Esa canción tié sentimiento.
Esa es la espina que llevamos,
los que nos vamos, aquí drento.
(Se oye claramente la letra de la canción, que será la misma
que recite Agustín después de escucharla.)
¯Las madres son las que lloran,
que las novias no lo sienten;
se van con otros zagales
y con ellos se divierten.¯

¡Agustín, no, tú no la cantes!
Calla, por Dios, no cantes eso;
que yo te juro por la Vigen
que mi querer es verdadero,
y mientras tanto tú no vuelvas...
¿Qué…?
(Emocionada, sin saber terminar la frase, se arroja en sus brazos.)
¡Que soy tuya, que te quiero...!
(Después de abrazarla, radiante de alegría.)
Deja que mire yo tus ojos;
deja que huela yo tu aliento,
que huele a rosas encendías,
a mejorana y a poleo;
olor a campo remojao
por el turbión del aguacero.
Deja que bese yo tu boca,
deja que zugue yo tu aliento
igual que zugan las abejas
las florecinas del guapero.
Quiero llevarme tus olores
encerramos aquí drenío,
pa echarlos fuera si me jieren
y no morirme sin golerlos.
Mi tierra y tú sois mis amores...
¡¡mi tierra y tú goléis lo mesmo!!
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