Luis Florencio Chamizo Trigueros






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F I N



EXTREMADURA
(POEMA)

Dedicatoria:
A la santa memoria de todos
los caídos por Dios y por la Patria en este amanecer de nuestro viejo imperio.

Luis Chamizo.

Prólogo


Hace días tengo ante mis ojos, en mi mesa de trabajo, el canto primero de este singular poema. Su autor, mi admirado amigo Luis Chamizo, me apremia cariñosamente para que escriba unas líneas, con las cuales me hace el honor de querer que se encabece la edición de su poema. Mí deseo de complacer al eximio poeta no puede ser más profundamente fervoroso.
Quisiera trazar esas líneas, y trazarlas a su gusto. Pero al poner manos en la obra me veo acometido de una gran perplejidad. No sé cómo hacerlo. He leído y releído estos hermosos versos. Son versos empapados en una honda, sincera emoción. No hay gran poeta que no los haga así. Podrá ser esta emoción alborotada y violenta. Podrá ser mansa y honda. Pero sin ella no escribe versos ningún gran poeta. Ahora bien: lo interesante para el crítico es dilucidar la raigambre de la emoción de que están impregnados los versos del gran poeta. Y esta discriminación exige una calma, una serenidad analítica que se hace difícil conservar ante los versos de Luis Chamizo.

Cuando tuvo la bondad de leerme su poema dramático Las Brujas, recuerdo que le dije:
—No sé lo que la crítica dirá de la obra al día siguiente de verla en las tablas. Esto es dificilísimo de predecir, porque son muchos los factores contingentes que influyen en ello. Pero lo que me atrevo a asegurar es que no hay público al que no domine y rinda esta versificación.
Y los hechos confirmaron luego plenamente mis palabras. No ha habido un solo público que haya presenciado la obra sin prorrumpir en clamorosas ovaciones.

Lo mismo puede asegurarse respecto de los públicos que oigan el recital de este poema. Pero es el caso que esta mágica fuerza de contagio que tiene la versificación de Chamizo altera la serenidad, la calma necesaria para que ninguna caliginosidad apasionante empañe la diafanidad de visión, sí se ha de penetrar con paso firme en el análisis del contenido estético, del alcance ideal, y aun simbólico, en que pueda radicar el misterio emotivo de la creación artística.
Chamizo ha creado una fábula, una acción hondamente interesante, y la ha encuadrado en un marco maravillosamente delineado. Este marco tiene dos atmósferas: el medio racial y el paisaje.
Todo lo ha tomado el poeta, con rigurosa exactitud, de la realidad viva y palpitante que le rodea. La acción se desenvuelve con un calor de vida auténtica, que se palpa y se siente, como los sucesos que se viven a diario. Los actores del drama viven y se mueven con una originalidad tan espontánea, con una reciedumbre de realidad, que el poeta, más que su creador, parece mero cantor, entusiasta e inspirado, pero fiel y exacto, de una gesta que transcurrió a su vista.

Y el marco en que se encuadra esta acción —ya lo hemos dicho— tiene dos esferas distintas, pero tan íntimamente compenetradas, que la una parece continuación y complemento de la otra. Una es el ambiente social, la vida del pueblo y la vida campesina, donde la acción se desenvuelve. La otra es el paisaje, el escenario.
La exactitud, la intensidad del color, la vida del pueblo, con sus regocijos, sus tradiciones, sus ritualidades dolorosas y placenteras, se siente palpitar con tal vigor que el ritmo de sus latidos contagia el del corazón del lector. Y esta vida se encuadra y arraiga de tal modo en el paisaje, que se unen y compenetran, sin solución de continuidad.

Para obtener este triunfo, el artista ha creado el paisaje, un paisaje que se ajusta con maravillosa exactitud de líneas, de matices, de luz, color y entonación, no solamente al ambiente social, sino a la diátesis espiritual de la vida que se desenvuelve en la acción de su fábula. Pero téngase en cuenta que al decir, al asegurar nosotros que el artista ha creado el paisaje, 710 hemos pensado un momento en negar, ni siquiera restar en nada, la exacta objetividad que tiene el paisaje de Extremadura que Chamizo pone en su obra.
Cuando se dice —y se ha dicho repetidamente, con gran verdad— que el paisaje es creación del artista, no se pretende asegurar que se trata de una nueva invención puramente imaginativa, sin conexión alguna con la objetividad real. La mejor prueba de esto está en el caso —tan frecuente— de que un determinado paisaje conocido, disfrutado por nosotros directamente, lo vemos un día en el cuadro que de él nos presenta un poeta, y encontramos en él una novedad insospechada. Y en ocasiones no es necesario que sea un artista ajeno a nosotros; nosotros mismos encontramos inesperadas novedades en el mismo paisaje que hemos visto antes muchas veces sin advertirlas.

Tres grandes poetas nos han ofrecido vivas sensaciones del paisaje de Extremadura. Un gran verismo hay en los cuadros que cada uno de estos tres grandes artistas han trazado sobre el mismo paisaje. Sin embargo, son los tres profundamente distintos. Estos poetas son Cristóbal de Mesa, Gabriel y Galán y Luis Chamizo. El paisaje de Extremadura que nos ofrece Cristóbal de Mesa es un remanso de paz, de silencio y dulce apartamiento de los tráfagos mundanos; más estimable por fecundo que por florido. Árboles y ganados brindan ubérrimas abundancias que ponen el venturoso retiro a cubierto de penurias y escaseces, y los ríos de mansa corriente, las frondas de tupida urdimbre, las dilatadas llanuras silenciosas y lejanas de las urbes tumultuosas nos aseguran la paz, la tranquila quietud, el dulce reposo defendido del tumulto de las pasiones, envidias venenosas y agresiones de los hombres. Hay en este paisaje una dulce melancolía cuya gustosa quietud compensa las renunciaciones a que obliga su lejanía del bullir mundano, y en su fecunda abundancia una liberación de penurias y privaciones. La vida del poeta ha sido una infortunada contienda con la adversidad Sus merecimientos no han logrado triunfar, ni en sus legítimas aspiraciones de gloria, ni siquiera en la suspirada liberación de la indigencia que tenazmente le ha perseguido. Con despechado rendimiento ve que la nieve de las decepciones comienza a blanquear sus cabellos, y vuelve su vista a los campos de Extremadura, que conocía desde la niñez, y los ve a la luz de su deseo de paz y de reposo, y aun de abundancia, nunca disfrutada, por él.

El paisaje de Extremadura que canta Gabriel y Galán es también un remanso de paz, lleno de dulces quietudes, pero iluminado por una sana alegría de perenne y riente alborada, gozosa y optimista. La inmensa llanura, el río, la fuente, hasta la pelada cuesta ríe y canta, en el trino del pájaro o en la flauta del vaquerillo, las dulces tonas de la tierra, la cual se pone triste sólo con los dolores inherentes a la vida terrena, sobrellevados con la santa resignación que la fe firme pone en los corazones valerosos.

El paisaje de Chamizo, en cambio, es un paisaje bronco, adusto y dinámico, si se me permite la frase, ya que no encuentro otra más ajustadamente expresiva de la naturaleza de este paisaje. Es objetivamente el mismo, pero sus elementos parece que se mueven, se retan, luchan, y hasta se rinden de fatiga:

«Al abrigo del cerro de las coscojas,
que reta con sus canchos a la montaña,
torvo y enfurrufiao,
hay un roíllo de tierra llana
que alfombran gamonitos u jaramagos,
cardinchas, gallicrestas y ceborranchas,
en donde muy surtió vierte su corriga
de limpias aguas
el fragüín que, saltando de risco en risco,
desciende de las morras de la Morgaño
y en el lecho del llano, sobre la yerba,
trinsao de fatiga se destiraja,
diciendo, cantarína, cuentos de lobos
al doblón, los tamujos y las retamas.»


El único reposo es de fatiga, y es para contar cuentos de lobos. Y antes de esto:


«Al fondo de la vasta llanura fértil,
se yergue, majestuosa, la sierra brava,
ceñía por la comba de los regachos
que penden, caprichosos, de sus gargantas,
como regios cintillos de cuentas verdes
con engarces de plata.
Y a la vera del lombo, breves alcores,
extensos altozanos, mesetas amplias
que, como desperezos de la llanura,
sirven de contrafuertes a la montaña,
y en donde seculares encinas vírgenes
muestran la reciedumbre de su pujanza
serenas, graves, nobles, como si fueran
el troquel de la raza.»

Y he aquí levantado el velo del misterio. El troquel de la raza, la cuna en que se han mecido los vigores hercúleos de los hombres que incorporaron un mundo nuevo a la vieja civilización. En eso está el secreto del dinamismo de que dota Chamizo a la extensa llanura, a las ondulantes cuestas, a las rumorosas frondas de los encinares que Gabriel y Galán ve tan rientes y dulcemente apacibles y Cristóbal de Mesa siente tan silenciosamente acogedores y colmados de abundancias restauradoras.

El troquel, la cuna de aquellos hombres ecuménicos que abrieron para siempre a España las puertas de la Historia universal, es lo que canta Chamizo en este poema, tanto en la acción de la fábula como en el marco social y natural en que encierra el cuadro. Desde el paisaje hasta la acción, todo está visto y sentido a la luz de la gesta titánica de Extremadura en los días gloriosos de España.

¿Es un nuevo espejismo del entusiasmo del artista? Lo innegable es la raigambre objetiva, auténticamente efectiva, que tienen las observaciones de la realidad, tan bellamente plasmadas en este vibrante cantar de gesta. ¿Está en esto la raigambre de la emoción contagiosa que nos priva de la calma, de la serenidad indispensable para el análisis detenido y minucioso que hubiéramos querido hacer de todos los quilates estéticos que avaloran la obra de Chamizo? No lo sabemos. Pero nos vemos imposibilitados de ir más allá en el estado emotivo que nos produce la lectura de sus versos.
Perdónenos el dilecto y admirado poeta y perdónenos el lector si hemos dilatado con estas divagaciones, más de lo que hubiéramos querido, el momento de comenzar el deleite inefable del poema hermoso de Chamizo.

JOSÉ LÓPEZ PRUDENCIO
PRIMERA PARTE

I

LA JESA DE LA MORGAÑA

Viejas capellanías, bienes de propios,
terrengueros baldíos del Guadiana,
plantonales en ciernes, sotos, calveros,
rozas, senaras...
Sin más titulaciones que los milagros
d'un feliz amasijo de maturrangas,
componen la dejesa que llama el pueblo,
por mal nombre, «La jesa de La Morgaña».

Mide leguas y leguas de linde a linde.
Y sus mojones de piedras blancas,
en pie de guerra siempre, van enrolando,
sin conquiyos, umbrías y resolanas,
Y a lo sonco, recortan los olivares,
y muerden, a lo sonco, tierras de calma,
y un año de sequía se permitieron
pellizcar en el cauce del Guadiana.

¡Pero venir al río con socotreos
y papandorias y martingalas!...
Al río, que se esconde de chiriveje
pa que no le barrunten andar a gatas;
al caudaloso río de los castúos,
que les pregona, cácarro, recias jazañas.

La chiringa, tan sólo colma recuéncanos.
El chaparrón consigue llenar las balsas;
pero ronca la furia de la tormenta:
las aguas se desbordan turbias de rabia,
y, a la charramandusca, quiebran mojones,
derrumban setos, rompen barrancas
y corren po los valles arrepañando
cochinos, cabras, borros, yeguas y vacas.
¡Que le vengan al río con socotreos
y martingalas!
¡Al amo de la jesa, tan sólo el río
le cobra con justicia las alcabalas!


II
LA JILANDERA

eran chiquirrininos dambos hermanos,
¡Qué tiempo aquél!… Roaba la vida güena,
cristiana y labraora, mansa y jorzúa,
con el roar pausao de las carretas.

El padre trajinaba de manijero,
la madre laboraba de jilandera,
dambos a dos hermanos arrepañaban
légamos del vacío de las albercas.

Y un día y otro día: firme, castúa,
juerte, serena,
blanca como las flores de los jarales,
limpia como la costra de las camuesas,
dulce como las mieles,
robusta, santa, potente, recia,
la casa de los padres se mantenía
como panal tupío por sus abejas,
como la jerrería que va rompiendo
los eslabones broncos d'una cadena
con alegres martillos que repicaran
en el yunque de bronce de la pacencia.

¡Qué tiempo aquél! La madre, con sus caricias
sembraba la simiente de sus querencias,
y con la miel d'un beso trocaba en bálsamos
el dolor y las penas.

Y era su afán de siempre tener ajorros
pa mercar su jacienda:
una miajirrinina d'aquellos campos,
un cachino siquiera
d'aquella tierra parda que recibía
comuniones de trigo: la sementera,
Y d'aquí que bregara noche tras noche
con el juso y la rueca
traduciendo la rumia de sus sentires
en un —¡Alante, alante; valor, pacencia!:
Miguelón, aj erremos pa nuestros hijos
un cacho e tierra.

Y así noche tras noche, constante, firme,
mimosa, tierna,
con el suñir monótono de los tabardos,
con el leve zumbió de las abejas,
como la lima sorda rayando el jierro,
como el chorro del agua sobre las piedras..
—¡Alante, alante;
valor, pacencia!

Y al calor de sus pláticas,
y a los tibios alientos de la candela,
Míguelón y los chachos, en la tarima
se queaban dormíos a pierna suelta.
Y su sueño, dorao por estas llamas
redentoras y eternas,
subía puro y limpio jasta la gloria
con las alas abiertas.

Sonreía la madre jilando el lino.
Sonreía la rueca,
Un calenturón negro, por los rincones
reía con su zumba malagorera…
!Cómo dormían
Miguelón y los chachos a pierna suelta!

El candil s'apagaba.
Ladraban unos perros en la calleja,
Daba las once, daba las doce, daba la una
el reloj de la iglesia...
Y la madre jilaba,
y giraba la rueca.
Y los chachos dormían
a pierna suelta
mientras la chascarina canturreaba
con sus chisporretees de chilraera:
—¡Alante, alante;
valor, pacencia!
Valor...
Pacencia...



Poco a poco la madre se puso triste,
se puso paliúcha, se puso enferma.
Sus ojos d'azabache no relucían
con los vivos relumbres de las estrellas,
ni su voz, más alegre que la calandria,
desparcía las nubes de la vivienda.

Eran sus manos finas de terciopelo,
d'un amarillo mate como la cera;
y era su talle flojo, bajo los pliegues
del coletillo rúspero de la estameña,
como las espadañas y los pimpájaros
qu'al alentar la tarde se tambalean.
¡Tosía con los bofes concalecíos
que daba pena!...
Se moría la madre. De na servían
los bilistrajos de las recetas.

Ya no se revolvía de sus trajines
con el rumbo garboso de la oropéndola,
ni en sus labios pulíos se deshojaba
la rosa de su risa jugosa y fresca.
Y pasaba domingos sin arriscarse;
y comía las puchas sin apetencia;
y, bregando, rezaba como las monjas;
y jilaba temblando como las viejas...

¡Qué de priesa se pasan los tiempos güenos!...
¡Los tiempos güenos pasan a la carrera!

Una tarde de mayo, llena de trinos
y perfumes de lirios y madreselvas;
una tarde de mayo, cuando las sábanas
verdes de los trigales amarillean,
y con su salpullío las amapolas
tiñen de puntos rojos las forrajeras,
y tuercen sus visajes los girasoles,
y afinan sus bandurrias las tarantelas,
y las cañas lustrosas de las espigas
cual gañotes de cisnes se bambolean…
Una tarde de mayo, la madre juerte,
que ya no era ni sombra de lo que era,
suspirando... —¡La tierra pa nuestros hijos!—,
se queó muerta.


III
MARI-ROSA

Mari-Rosa:
La Mari-Rosa de los cantares en la vigüela,
la de los ojos de lumbrinarias,
la de los labios como cerezas,
la de los verdes refajos cortos
que, cuando brinca, revolotean
sobre su carne jugosa y blanca
como la leche de las almendras.

Mari-Rosa:
La Mari-Rosa, la de la risa cascabelera;
la de retozos como los chivos
en sus alegres chinchirinelas;
la que no sabe ni de dolores
ni de congojas ni de tristezas;
la que repulga sus diez abriles
con picardías de fina seda.

Mari-Rosa:
la repionela,
la gorgorina,
la galrotera,
la charabasca,
la cusculeja;
¡la Mari-Rosa!

La Mari-Rosa de los cantares en la vigüela
llegó la noche del velatorio
tan callandito, tan rastrandera,
que ni la vieron ni la notaron
bajo la nube de gasas negras,
Y de puntillas,
y casi a tientas
fue rejostrona junto a los chachos
que sollozaban su llantilena.

La Mari-Rosa de los cantares
la de la risa cascabelera…
¡cómo lloraba junto a los chachos!
¡Cómo lloraba por su maestra:
la que llevaba sus manos finas
jilando el lino, jaciendo medias,
entretejiendo los cobertores
y repulgando las pañoletas!
Pero de pronto dijo una cosa la Mari-Rosa,
dijo una cosa la galrotera
que dio en la llaga del jimploteo,
movió la trúbila de la tristeza
y en el relámpago d'un calofrío
surgió de pronto la vida nueva.

Dijo a los chachos la Mari-Rosa:...
—¡Alante, alante. Valor, pacencia!...
¡Dios!... ¡Y lo dijo como lo dijo!
¡Cual lo decía la madre muerta!



La Mari-Rosa, que se criaba
sin laboreo de barbechera,
como las juncias y los valluncos
en los recuéncanos de las albercas,
solícita limpiaba los achiperres
y cuidaba gozosa de las faenas
en casa de los chachos, donde yacía,
junto a la rueca,
respetada por todos,
la más preciada joya de la vivienda.

La silla de bayones festoneaos
en caprichosas mallas de cadeneta
sobre sus patas corvas, y requilorios
en palos de cerezo, con taraceas
a punta de cuchillo.
La silla que la madre trajo en la hijuela:
con su respaldo de piel de lobo,
donde los ocres y las grosellas,
en laberintos de ringurrangos,
fingen airosos cuerpos de ciervas
en brincos ágiles
sobre las juncias y las adelfas.

¡El trono de la santa! Mudo testigo
de una vida fecunda, paciente y téntiga.



Cuando la virgen de bucles de oro,
la chilindrina revirivuelta,
gozó las mieles del amor puro,
savia rajosa de paz austera...
Cuando sus ojos de lumbrinarias,
en el aljibe de aguas serenas,
donde solía llenar el cántaro,
vieron los lirios de sus ojeras,
como bisarmas de cuentos brujos
que dieran sombras a su inocencia;
sintiendo el vértigo
de aquella raza juerte y enérgica
que hacía las glorias de su destino
corre nutriéndose de Cielo y Tierra,
sopló la lumbre del hogar santo,
cogió la rueca,
y en un arranque de sangre moza,
firme, resuelta,
llegóse al ara del sacrificio
subiendo al trono de su maestra.


IV
BASTÍAN

Fermín agateaba por quince años;
Bastían no contaría trece siquiera,
y Miguelón, el padre, por aquel tiempo
daba de bruces en los cincuenta.

Fuese Fermín de rapa con los señores
a la casa-cortijo de la dejesa,
y Bastían, a la sombra del manijero,
dominó los intríngulis de la mancera.

Vio cómo sonreía la tierra parda
tras de las rejas,
brindándole sus labios a las alondras
en tanto que llegaba la sementera.
Y ya a los lubricanos, cuando volvían
alegres y cansinos hacia la aldea,
vio cómo los gañanes se santiguaban
al esquilón del Ángelus, que, de la iglesia,
venía despacito minando el aire
con el caracoleo de las barrenas.

Bastían era ya un hombre. Bajo su látigo
s'encogían las bestias.
Bastían era ya un hombre, porque regaba
con el süor la tierra,
Un hombre ya forjao por los trajines
y templao en el córrigo de las tristezas...
¡Un hombre, sí: qu'el dolor y el trebajo
fraguan los hombres a la carrera!


V
EL PLEITO DEL TÍO JUAN

Juan, el de la Petruja,
el mozo más templao de la comarca,
descuajó palmo a palmo los matorrales;
abrió besana
trazando con dos surcos, según costumbre,
la cruz del primer jierro; mostró la entraña
virgen de los posíos
al beso del relente y al sol y al agua,
y dende aquel entonces jué labrantía
la madre de los brezos y de las jaras.

Juan trajinó de firme.
Su cacho e tierra le jucheaba
con resabios de brozas,
con gamonitas y ceborranchas.
Y Juan jerre que jerre, jurguneando,
trinsando fusca, zachando grama,
domando las querencias de sus terrones
cual si domara
los negros potros de luengas crines
que pacen en las vegas del Guadiana.

Y cuando el espinazo de Juan se puso
corvo cual la cuchilla de la guadaña,
y temblaron sus manos encallecías,
cedió rajosa la tierra brava.

Entonces la dejesa le puso pleito.
¡Y por qué cosa le pleiteaba!
¿De quién era la tierra de Juan? ¿De Juan
o de la jesa de La Morgaña?

—Tierra de mis quereles, tierra bravia,
matorral de jarales y d'albulagas
que yo regué de mozo con mis suores
y con mis lágrimas;
dime: ¿quién es tu amo,
cachino e tierra de mis entrañas!
¿Quién bautizó con nombre de labraora,
sobre la cruz del jierro de la labranza,
la tez de tu corteza, donde reía
burlona la miseria de nuestra raza?
¿Quién empreñó los vientres de tus barbechos
con la gloria del trigo de las senaras
un año y otro año, cuando las grullas
bajo los nubarrones guarrapeaban?...

Tierra de mis afanes, tierra bravia:
mis sueños, mis quereles, mis esperanzas.
Dime; ¿quién es tu amo,
cachino e tierra de mis entrañas!

Y Juan besó su tierra.
Y en la paz religiosa de la mañana,
sus ojillos azules y el sol naciente
conversaron mirándose cara a cara.

El pleito jué reñío.
Larga y reñía jué la batalla.

Llegaron los changüines de la dejesa,
repletos de razones en tarangaina...

¡Juan no tenía más razón
que la corva de sus espaldas!

Y los andacapadres,
las tracalamandanas,
el berrón y el perrengue
de La Morgaña
esta vez no cegaron a la Justicia,
fiel a la revijuela de la balanza.

Y Juan ganó su pleito.



Una mañana,
cuando con rejolgorio
la Candelaria,
prendiendo cascabeles d'amores nuevos
al bordón y a la prima de las guitarras,
lanzó desde la torre su voz de vísperas
compasando el repique de las campanas,
Juan, el de la Petruja, vendía su tierra;
y Miguelón, su amigo, se la compraba.

—¡Justicia de las leyes: güena justicia;
pero mu cara!
—dijo Juan, añujao por las congojas
y con los ojos llenos de lágrimas—.
—Yo, que gané mi pleito, di pa la Curia
los ajorrillos que me queaban.

Ya me veo jundio:
sesenta inviernos llevo a la espalda;
y m'ajogan, m'ajogan los socotreos
de la labranza.
Ya no pueo: la brince me tie cascao.
Y cuando doy de bruces en la besana,
barrunto los quejíos de mis terrones
que me icen dolíos de mí desgracia…
—¡Juan, qué torpe y qué flojo te vas poniendo!
¡Juan, si das lástima!
Labra un surco mu jondo, suelta la yunta,
¡túmbate cara al cielo, Juan, y descansa!...

—En el sueño m'acechan las pesaíllas;
sus visiones me matan.
Veo la sombra d'un látigo que se retuerce.
Ya no es sombra: las lindes de La Morgaña
se desparcen, repían, culebrillean,
expropian, ciñen, trincan, arramplan...
Yo las veo, las veo cercar mi suerte
y estrangularla...

Algo zumba en el aire. Miro pal cielo;
¡son los grajos que pasan!

La yerba crece... Son jaramagos;
aluego son jelechos, aluego jaras...

La pesina devora mi cacho e tierra...

Una jonda restalla.
Después oigo un sílbío...
Después el birimbao d'alguna flauta...
Y columpiando roncos cencerros,
paso pasito llegan las vacas...

Ya no pué ser, me jundo. Los malos sueños
m'esmorecen el alma.

Tú tienes dos cachorros, Miguel, dos hijos
espigaos, y jorzúos y con agallas.
Siendo tuya la tierra, seréis tres machos
pa defender sus lindes y pa labrarla.
Tómala sin escrúpulos: es mi concencia
quien te la vende por lo que valga.



La fiesta va granando;
risas, cantares, mosto, bullanga.
Es hora que s'arrisquen
los mozalbetes y las muchachas.

De los viejos arcones labraos a fuego,
donde la forja luce sus filigranas,
la ropa dominguera sale al jolgorio,
perfumando el ambiente de mejorana.
En la plaza terrosa qu'el sol orea,
lucen los güenos mozos sus arrogancias.

Un zagalón bragao se cuadra y dice
al tirar a la barra:
—Tengo un jarro de vino pa quien la ponga
más allá de mi raya.

Es Bastián, es el hijo de Miguelón;
son los mejores puños de la comarca.

Juan, el de la Petruja, oye, s'acerca,
mira, repara…
y apoyao en su recio garrote d'azauche,
velando una sonrisa, cruza la plaza.


VI
LA NOCHE DE LAS CANDELAS

Llega la noche
de las candelas.
Cada familia de labrantines
tiene su lumbre junto a la puerta,
y ¡ay de la casa sin candelorio!;
más le valiera
que la tomaran las pantarujas
para sus grajas y sus cornejas.

Noche de ronda.
¡Bendita noche de las candelas!
Silban las flautas;
locas palpitan las panderetas;
y las sonoras y las bandurrias
y los rabeles y las vigüelas,
en fermatinas de notas lánguidas
se regodean.

Noche de ronda,
Vienen los mozos de puerta en puerta
dándole al jarro.
Y al sonsonete de la cadencia
dicen a dúo su gerineldo
de coplas dulces, finas, serenas,
cual la llantina de los juagarzos
en las fogatas de mil lengüetas.

Las buenas mozas,
con perifollos en la caeza,
con garambainas de colorines
y pañízuelos de filoseda,
con el repulgo de los refajos
a media pierna,
bordan descalzas el gerineldo.

Bendita noche de las candelas.
En torbellinos de repiquetes,
el campanario pulsa la fiesta
dando a los aires trinos de bronce.
La chascarina chisporrotea
bajo la comba de las campanas,
Solloza el órgano; fulge la iglesia;
surcan los cohetes el cielo torvo,
como las flechas,
y, al estrumpicio, se desmoronan
en una lluvia mansa de estrellas.
¡Ay de los mozos!
¡Ay de las mozas casamenteras!
Danzan las brujas
sobre los brazos de la veleta;
corre la savia,
vagan perfumes de vida nueva,
llegan las flores,
el amor llega...
¡Ay de los mozos!
¡Ay de las mozas casamenteras
que, al zarandango,
brincan en torno de las candelas!



Miguelón tiene hogaño su candelorio
por vez primera,
y, ante sus relumbríos, dice a los chachos
con lengua estropajosa que balbucea
templando los decires de las palabras
por llegar al acorde de las ideas;
—Bastían, Fermín, Chachina: La güena madre,
cuando l'abandonaron las curanderas,
jallándole los ojos ya desparcíos
por la sábana branca de la concencia,
palpándome los brazos
con las manos aquellas
que en mis carnes reviven, pos entavía
por tó mi cuerpo me temblequean,
me dijo: ¡Alante, alante;
valor, pacencia!...
Y palpaba, palpaba como queriendo
buscar a tientas
en mis brazos jorzúos
el filón de mis juerzas,
Y con voz soterraña,
jurguneando la garraspera,
me suspiró: ¡La tierra pa nuestros hijos!...
Y queó muerta.
Y con aquel suspiro jundió en mis tuétanos
el afán de mercaros un cacho e tierra,
Endíspués los trajines y los ajorros,
Mari-Rosa que llega...
Y los ruíos sagraos
en la casa dispiertan
al chascar de la lumbre, y al jervor del puchero,
y al runrún de la rueca.
Y esta zumba, tan juerte de puro mansa,
jucheó nuestras juerzas;
y el süor del trabajo, con el polvillo
que levantaran las jerramientas,
en nuestras mesmas frentes se convertía
en terrones de tierra.
¡Terrones de la tierra que yo he mercao,
sin que naide lo sepa,
y que quiero, chachinos, dir a enseñárosla
en esta noche de las candelas!

Y Miguelón suspira. Brillan sus ojos
cual los relumbres de la juguera;
se retuerce las manos, mira pal cielo,
s'encara con los guiños de las estrellas…
y al barruntar el llanto de Mari-Rosa,
l'acaricia y la besa,
y al oído le dice; —Chacha, chachina,
gorgorín de mi güerta:
¿lloras? No llores:
ponte contenta,
Ponte tu zagalejo de colorines
y tu gandaya de filoseda
y el pañolino grana con el adobo
d'aromas de membrillos y de camuesas.
Canta, ríe, retoza, brinca de gusto,
mí chorovina revolandera;
que quiero que esta noche se desentuman
tus quince años y tu vigüela.



Al brillar el lucero, los labrantines
aparejan sus bestias.
Van a piernacachones los mozalbetes
en albardas de bálago, bien peripuestas;
en el arzón la bota de vino tinto,
y la moza en las ancas, a mujeriegas,
una mano en el talle del mozalbete
y otra mano en el talle de la vigüela.

Delante van los viejos.
En sus recias manazas chisporretean,
al soplar el remujo,
los últimos tizones de las candelas.

Marchan rumiando jondos sentires.
Van a sus tierras
con el tributo del candelorio,
que purifica las sementeras.

En carros entoldaos, los labraores
van a sus jesas
delante de la rastra de jornaleros,
que al lomo de sus muías de La Serena
con ricos collarones de campanillas
y con jáquimas nuevas,
pregonan fachendosos
el rumbo y el tronío de la jacienda.

Dende la torre
se ve como rebullen y jormiguean
por caminos, carriles y vericuetos,
rasgando la negrura de las tinieblas,
en procesión de risas y de cantares
y notas de guitarras y panderetas,
unos puntos de fuego que se persiguen
como luciérnagas.

Son los rescoldos
de las candelas,
Son ellos, labrantines y labraores,
mozos tallúos, mozas casamenteras...
Son ellos, coplas, risas,
süor, creencias...
¡Son los cachorros que conquistaron
y conservaron un cacho e tierra!


FIN DE LA PRIMERA PARTE






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