Luis Florencio Chamizo Trigueros






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Luis Chamizo Trigueros

Luis Florencio Chamizo Trigueros

(* Guareña, Badajoz (España); 7 de noviembre de 1894 – † Madrid (Id.); 24 de diciembre de 1945) escritor español en castellano y en la variedad local del bajoextremeño de Guareña.

Biografía

Nace en el seno de una familia humilde y trabajadora. Su padre Joaquín Chamizo Guerrero, natural de Castuera es tinajero de profesión, y su madre, Asunción Triguero Bravo, natural de Guareña. Recibió los cursos primarios en Guareña, al parecer, por el maestro Don Diego López. Muy joven frecuenta el despacho de su padre y a escondidas escribe sus primeros poemas amorosos.

Se traslada a Madrid y para empezar a cursar Bachillerato que finalizará en Sevilla, donde también obtiene el Título de Perito Mercantil. A los 24 años se licencia en Derecho en la Universidad de Murcia, donde termina los estudios empezados en la Universidad Central de Madrid. Durante las vacaciones veraniegas de su bachillerato y primeros años de carrera en Guareña entabla amistad con su paisano , Eugenio Frutos Cortés (Vid. edición de Antonio Viudas Camarasa "Obras completas" de Luis Chamizo(1982). Colabora en el periódico “La Semana” en Don Benito, que dirige Francisco Valdés y en ratos libres, inicia su “aventura” en habla extremeña componiendo versos a los parajes de Valdearenales, sus gentes, y a la tierra que le vio nacer. Admirador de José María Gabriel y Galán asistió a la velada poética e inauguración de la estatua, realizada por Enrique Pérez Comendador, que el pueblo de Cáceres le ofreció el año 1925.

En 1921 marcha a Guadalcanal (Sevilla) y conoce a Virtudes Cordo Nogales con quien contrae matrimonio al año siguiente. Tuvieron cinco hijas, Mª Luisa, Mª Victoria, Mª de las Virtudes, Consolación y Mª Asunción. El 7 de abril de 1924 es elegido circunstancialmente, alcalde de Guadalcanal. Y al mes siguiente se le designa académico de la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla (Vid. edición de Antonio Viudas Camarasa (1982))

En 1930 fue homenajeado en Madrid por el estreno de “Las Brujas”, acto que presidió el Premio Nobel de Literatura D. Jacinto Benavente. Terminada la Guerra Civil Española marcha a Madrid e ingresa en el Sindicato de Espectáculos consiguiendo un sueldo del Estado. En la calle madrileña de El Escorial, 15, da clases de declamación totalmente gratis.

El 24 de diciembre de 1945, fallece a los 51 años en Madrid. 49 años después del día de su fallecimiento, el 7 de Noviembre de 1994, y gracias al pueblo de Guareña, sus restos son trasladados al Cementerio Municipal para el resto de los siglos, cumpliéndose su deseo en el año del centenario de su nacimiento 1994.

Chamizo contactó con el movimiento modernista a través de Salvador Rueda, Francisco Villaespesa, Amado Nervo, Emilio Carrere, etc. Conoció a Federico García Lorca, probablemente a Rafael Alberti y a otros intelectuales y poetas de entonces. Chamizo coetáneo del 27 prefirió quedarse en el camino de la poesía regionalista.

En 1921 aparece por primera vez El Miajón de los Castuos, posteriormente escribiría la obra de teatro Las Brujas (1932), y su libro Extremadura. En 1967 se editó en Madrid una antología poética con el nombre de Obra Poética Completa.

Bibliografía



  • El miajón de los castúos es una novela del escritor español Luis Chamizo publicada en 1921, compuesta por doce poemas relacionados temáticamente y linguísticamente.[1] Entre otros, el libro es un homenaje al pueblo extremeño, del que destaca el miajón o la entraña identificativa del ser extremeño.

  • Las escasas descripciones en la obra dan paso a diálogos y monólogos que contribuyen a una estructura cuasiteatral, en la que cada composición corresponde a una escena dramática. Todos los poemas están medidos cronológicamente.

  • Por su parte, los castúos[2] se consideran los descendientes de los conquistadores, por ello el autor los describe como "los nietos de los machos que otros días trunfaron en América".[cita requerida]



  • EL MIAJÓN DE LOS CASTÚOS
    (RAPSODIAS EXTREMEÑAS)

  • DEDICATORIA

    A la memoria de mi padre:
    un hombre honrado
    que trabajó mucho y amó
    mucho.

    el autor


  • PRÓLOGO

    Pocos meses hace que vino a verme un pariente queridísimo e ilustre en quien admiro el entendimiento y la virtud: el jurisperito y notario de Don Benito, D. Victoriano Rosado Munilla. El objeto de esa visita era presentarme a un poeta recién nacido en las artes por espontáneo impulso del propio brío. Este poeta había escrito poesías muy bellas y había tenido un acierto singularísimo: el de hallar en el lenguaje de los extremeños de la provincia de Badajoz palabras, giros, temas de energía y de originalidad asombrosos. No ocultaré que temía encontrarme con una de estas glorias locales que pocas veces fructifican.

    Comenzó el joven a recitar, y a los pocos momentos se había apoderado de mi ánimo, porque en verdad os digo que el novel ingenio posee dos cualidades eminentes y dominadoras: la originalidad y la vehemencia expresiva, y aumentaba el interés de estas composiciones el estar escritas en el decir, un tanto bárbaro y fiero, de la gente de Extremadura, el de haberse adueñado el compositor del estilo arrogante y bravo de sus pasiones, el haber inventado, en fin, un nuevo modo de belleza en las letras. Y la emoción fue aumentando según recitaba más y más poesías el poeta. También me dijo canciones a la moderna, en puro estilo castellano, pero yo preferí las otras, las en que nuestro idioma ha sido troceado por una raza que, hallándose entre Castilla y la Bética, participa de ambas modalidades étnicas y dice lo que siente con energía poderosa y siente lo que ha dicho con violencia amenazadora. Esa condición extremeña está prodigiosamente representada en estas poesías de Luis Chamizo, que es el poeta de quien hablo.

    Los idiomas van modificándose según los grados geográficos. Apenas viajéis unas horas hallaréis las diferencias. Quien se meta en el tren expreso de Andalucía para ver la primera luz matutina en Despeñaperros, ya encuentra en el modo de vocear el mozo de la estación o los viajeros acentos distintos de los de Castilla la Nueva. Y así va el vocablo cambiando de sonoridad y tal vez de sentido.
    Nada tan curioso como este estudio de la palabra a través de los kilómetros de una expedición. Diríase que no es el hombre el que habla, sino la tierra, el medio ambiente. La tradición, las costumbres, el paisaje... Así que el que intentara reducir todas las formas idiomáticas a un solo concepto, erraría gravemente, porque ni el amor, ni el odio, ni el negocio, ni la amistad, ni la polémica, ni la concordia, se expresan de igual suerte en Valladolid que en Sevilla. Y ello no es sino la prueba de que la naturaleza se impone y de ella surge todo, quieran o no quieran los doctos.
    En lo que atañe a los extremeños, es evidente que ellos han cambiado el decir buscando dos modalidades diversas; la energía y la delicadeza. Para dar a la palabra fuerza sustituyen unas consonantes por otras. Para darle suavidad mimosa y tierna operan del mismo modo. Y así el vocabulario se enriquece, adquiere matices inesperados y produce la impresión que importaba. Maravilla del ingenio de los pueblos, que de tal manera saben vestir su pensamiento con la indumenta que conviene. Sobran aquí las casacas .bordadas y los vuelillos de encaje, lo que hace falta es la ruda zamarra, el calzón de estezado, la polaina de piel de cabra, la monteruca hirsuta y iodos los demás detalles del labriego, del venador, de los que guardan piaras en la montanera. Haría falta en quien estudiase lo que apenas indico y casi ni esbozo, una competencia lingüística extraordinaria y una agudeza de observación por la que se interese y nos interese a los demás de qué modo se realiza esta mudanza. Es que el hombre troquela nuevamente la palabra, recorta un podadlo de la moneda, imprime en ella una nueva figura para que circule entre la aceptación común de la raza.

    El señor Chamizo ha acertado, reconstituyendo la emoción y el parlar del pueblo en que ha nacido, allá en un lugar de la "crasa" Extremadura.

    Porque semos asina, semos pardos,
    del coló de la tierra,
    los nietos de los machos que otros días
    trunfaron en América.

  • Así dice el cantor de la recia Extremadura en un lindo prólogo con que encabeza este libro. Y en verdad que fue afortunado el recuerdo de los trágicos antepasados, los que realizaron en América prodigios que parecen inventados y que aún no han sido descritos sino por el acaso y con intenciones no siempre plausibles ni veraces. Añadiré que las poesías de Chamizo, las palabras que él saca de la conversación del pueblo, el sentir de éste, expresado a maravilla en su tosquedad ruda, nos explica aquellos casos de Hernán Cortes y de los Pizarro, así como de los otros que les acompañaron y siguieron en las epopeyas inmortales. Los que fueron capaces de esas epopeyas habían de hablar con un poder que desgarra los labios, escogiendo las palabras más enérgicas, adobándolas de suerte que aún tuviesen mayor energía... Y esos hombres, que fueron el máximo de la potencialidad luchadora, tuvieron luego en sus amores la dulzura meliflua.
    Ved cómo el gran caudillo enamora a doña Marina, ved cómo el mayor de los Pizarro acaricia al fiel pajecillo, el que le lleva la coracina y la espada. Esos diminutivos de ternura que florecen en el hablar extremeño son la fórmula que el contraste pedía con la rudeza violentísima de los otros vocablos.

    No cabe en estas páginas sino la indicación de los temas, porque, aparte de no hallarme yo preparado para estudio semejante, he de ser breve y aún tengo algo que decir acerca del autor de este libro.
    Sabed que Luis Chamizo es ocasionalmente poeta y fundamentalmente tinajero. Es decir, que su verdadero oficio en la sociedad es construir, allá en sus talleres de Guareña, recipientes para el aceite y para el vino. Es toda una historia familiar que yo quiero que quede aquí apuntada. El padre de Chamizo comenzó su vida pobremente. Era un hombre bueno, era un hombre valeroso. Dios le había concedido una luminosa mentalidad, y sin estudios, sin maestros, entregado a sí mismo, fue levantándose hasta conseguir una fortuna y el respeto de sus convecinos. De él sí que puede decirse que quería romper los moldes. Y trabajó porque la tinaja ventruda se estilizase, podríamos decir si yo me atreviese a emplear esta palabra que me es poco simpática, y se adaptara a las realidades del almacenamiento. ¿Qué razón ha podido haber para que la tinaja ocupe lanío sitio con su panza y tan poco con su pie y con su boca? ¿Es que la runflante calidad de los poetas antiguos había servido de modelo y de inspiración a los que fabrican estos recipientes? Yo he consultado a un maestro de la cerámica y él me ha dicho:
    "Es que la orza, el puchero, el jarro, fabricándose sobre el disco giratorio del alfarero, había de seguir el movimiento de las manos, que oprimían abajo, iban abriéndose más arriba y tornaban a juntarse en lo alto."

    Claro que éste es un modo de ser poético de la alfarería, y que no se burlen los solemnísimos maestros de la observación que hago. Cuando el poeta Herrera nos asombraba con la majestad de su estilo, hasta los más ignorantes soldados, al marchar por la Rúa, puesta la mano izquierda en el pomo de la espada, iban marcando en su espaciado marchar la rima del vate sevillano. Influye de tal modo el genio sobre las muchedumbres, que hasta el que no sabe leer al maestro recibe de él la inspiración. Así, la gente popular madrileña en los días de la gloria de Lope, enamoraba, reñía, trataba de sus asuntos con el concepto agudo y galano del inquieto y genial Fray Félix.

    Bien podemos los académicos esforzarnos en limpiar, fijar y dar esplendor al léxico. En último recurso, no hemos de ser sino los que organicemos lo que el pueblo hace, lo que el pueblo dictamina, y demos forma pragmática a lo que el pueblo resuelve. Quedamos, pues, en que la tinaja oronda fue una fórmula del casticismo antiguo y que Chamizo el padre, el inventor de la tinaja cilíndrica, fue un revolucionario.

    Pues ved cómo el autor de este libro, el feliz tinajero de Guareña, mientras sus máquinas laboran, mientras los obreros que él dirige se esfuerzan, allá en un cuartito de su casa escribe. Escribe copiando la manera de hablar de sus operarios. Y viaja el poeta para vender sus tinajas, y anda por las montaneras y por las dehesas, y pernocta a las veces en las chozas pastoriles, y se satura del espíritu racial en la conversación de los mercados. Y luego, de todo este caudal de ideas, de sentimientos y de frases expresivas, él realiza el empeño noble que la Providencia le ha confiado: el de convertir en páginas perdurables lo que de otra suerte quedaría en el olvido. Y además dignifica, ennoblece, cubre de gloría esas maneras de la actividad espiritual de su pueblo, y hoy, cuando los bien entendidos otorguen a Chamizo su aplauso, como yo se lo otorgo/ deberán sentirse alegres y contentos los hombres de la montanera, los labriegos de la Extremadura, los que el poeta ha sacado a la luz del aplauso en sus pasiones y en sus quereres, recios como la encina, luchadores como los que crearon su antiguo linaje:

    Y sus dirá tamién cómo palramos
    los hijos d'estas tierras,
    porqu'icimos asina: jierro, jumo
    y la jacha y el jigo y la jiguera.

    Y ésta es una cadencia en que Chamizo anuncia su programa.

    Cada uno de los poemas que forman este libro significa una modalidad espiritual de las composiciones extremeñas. Chamizo llama al conjunto de sus versos El miajón. de los castúos, esto es, la esencia, el jugo, el tuétano de una raza... ¡El miajón...!

    Palabra feliz, prodigiosamente hallada entre tantas, así como es felicísima la otra con que el título se completa... ¡los castúos! Los que constituyen la entraña de un pueblo, los guardadores de ¡o castizo, conservan y defienden la majestad intangible de una estirpe. Y acreditan el valor de ésta en las palabras y en los usos y en los trajes.
    En el estío anterior me encontraba yo en Llanes, la ilustre villa asturiana, y asistí a la danza típica de los llaniscos y pensaba: "Ésta es una raza." Y poco antes había estado en Sevilla y había visto bailar a las niñas garridas del Betis la sevillana entre los repiqueteos de las castañuelas, con el honesto y limpio andar de los pies menudos sobre la alfombra de la tienda..., ésta es otra raza. Y así recogiendo las impresiones diversas de una nación tan varia en sus modalidades, es como se comprende la grandeza nacional.

    ¡El miajón de los castúos!... Véase cómo ahora surge a la consideración de los curiosos una nueva manera del estilo, el que predomina en una dilatada región española.
    El poeta Chamizo tiene el secreto de la expresión brava. Tiene también el secreto de la expresión tierna. Los que leáis este libro no quedaréis defraudados. Lo que os afirmo es que no lo podréis leer con tranquilidad, porque salían de aquí para allá las vehemencias, surgen de improviso las audacias expresivas. Todo es grande, fuerte, potentísimo...
    El libro de Chamizo no es de los que se dejan dormir en la estantería de la biblioteca. Quien comience la lectura, la continuará y la dará fin y no se olvidará más de ella.

    Con esto he dicho todo lo que tenía que decir, porque no cabe elogio mayor para quien traza líneas con su pluma en las cuartillas, que la certeza de que esas líneas van a vivir en muchas memorias y van a excitar muchos ánimos. Así es como una fama nace. Y por eso he querido yo escribir este prólogo.
    Porque os advierto que yo he solicitado de Chamizo el iniciar su obra con mis palabras. Quiero añadir a mis antiguos descubrimientos el del tinajero de Guareña, el que ha descubierto una modalidad literaria española, el que no olvida su oficio, el que heredó de su padre. Y así, al padre le dedica este libro con una frase bella:
    "A la memoria de mi padre: un hombre honrado que trabajó mucho y amó mucho." Y ésta es la honra de un hombre. Ser heredado por quien le engrandece, por quien le continúa, por quien le bendice y le adora después del tránsito...

  • JOSÉ ORTEGA MUNILLA.

  • COMPUERTA

    Corre'l tren retumbando por los jierros
    de la vía. Retiemblan
    los recios arcornoques qu'esparraman
    al reor del troncón las hojas secas.
    Juyen las yuntas cuando'l bicho negro,
    silbando, traquetea.
    S'esmorona un terrón, y el jumo riñe
    con las ramas d'encinas que l'enrean...

    Vusotros qu'ajuís pa no sé onde,
    no queändo'n los jierros ni las juellas;
    vusotros qu'asomaos a las ventanas
    guipáis las foscas y arrogantes jesas
    y las jondas colás con sus regachos
    y la tierra e labor enjuta y seria
    donde rumian su pan unos gañanes
    del coló de la tierra.

    Vusotros qu'atendéis a las lerturas
    y séis tan sabijndos de las cencias
    que quizás nus larguéis de carrerilla
    y en romances jazañas extremeñas
    que los nuestros ejaron sin contaglas
    endispués de jaceglas.

    Vusotros, los que vais drento del bicho
    que juyendo retumba y traquetea,
    ¿no sentís al pasá junto por junto
    al mesmo corazón de nuestras tierras
    argo asín com'argún juerte deseo
    que s'eschanguen del chisme toas las rueas
    pa queäros aquí, junt'a nusotros,
    pa endurzá una mijina nuestras penas,
    pa rumiá nuestro pan y p'ampaparos
    en la sal del süor que nus chorrea?

    Vusotros qu'atendéis a las lerturas
    sin queär en los jierros ni las juellas,
    qu'asina como'l tren vais por la vida,
    retumbando y depriesa...

    Si n'os podéis pará, meté pal bolso
    este cacho e libreta,
    y al pasá por aquí mirá pal cielo,
    y endispués pa la tierra,
    y endispués de miranos con cariño,
    prencipiar a leegla;
    porqu'ella sus dirá nuestros quereles,
    nuestros guapos jorgorios, nuestras penas,
    ocurrencias mu juertes y mu jondas
    y cosinas mu durces y mu tiernas.

    Y sus dirá tamién cómo palramos
    los hijos d'estas tierras,
    porqu'icimos asina: jierro, jumo
    y la jacha y el jigo y la jiguera.

    Y tamién sus dirá que semos güenos,
    que nuestra vida es güeña
    en la pas d'un viví lleno e trebajos
    y al doló d'un viví lleno e miserias:
    ¡el miajón que llevamos los castúos
    por bajo e la corteza!

    Porque semos asina, semos pardos,
    del coló de la tierra,
    los nietos de los machos que otros días
    trunfaron en América.
    CONSEJOS DEL TÍO PERICO

    No me jimples, no me jimples, mocosina;
    no t'enfusques ni me fartes al respeto,
    no reguñas, Carnación, ni esparrataques
    esos ojos cuando yo te dé un consejo.

    Esos ojos qu'otros días me miraban
    chiqueninos, entornaos, zalameros
    y hora miran rencorosos y asustaos
    del sentir que llevas drento
    y de l'honra de tu casta que derrumban
    ese jambre que tú tienes de dinero
    y ese orgullo mardecío, porque sabes
    qu'eres guapa, más que toas las del pueblo.

    Ya ie ije qu'el noviajo s'ha eschangao,
    que no quiero yo jarones, que no quiero
    ni las jesas, ni las yuntas, ni los miles
    mal ganaos por el padre de Nocencio;
    qu'el süor que nuestras frentes esparraman
    pa ganar el cacho pan que nos comemos
    jiede a sangre corrompía si es que güerve
    a nusotros del arcón del usurero.

    No me jimples, no reguñas; no te casas
    con el hijo del tío Bruno, no consiento
    qu'esta cara tan bonita qu'han bruñío
    estos labios con la juerza de sus besos
    jasta hacegla reluciente como el oro
    de la tarde, cuando el sol se va del cielo,
    te s'empringue con el vaho de los süores
    ya podríos encerraos en el cuerpo
    sin que chupen las esponjas del trebajo
    la carroña creminal de su veneno.

    Semos probes, hija mía, porque icen
    que son probes los que no tienen dinero;
    semos probes, semos probes, ¡qué sé yo!,
    eso icen de nusotros, icen eso.
    Quiero un hombre de rïanos, que te quiera,
    quiero un hombre con agallas de los nuestros,
    d'esos hombres que dispiertan las gallinas
    cuando salen con los burros del cabresto,
    y en el campo despabilan las alondras
    agachás entre los surcos del barbecho,
    qu'esparraman sus chilríos d'amor cuando
    viene el sol agateändo por los cerros
    y s'ajuyen las neblinas y s'apagan
    las estrellas y la luna y los luceros.

    Quiero un hombre sin fanfarrias que te iga
    los sentires que se jinchan mu p'adrento,
    jasta cuando que revientan en paliques
    que los ojos arrebuscan en el suelo.

    Quiero un hombre, quiero un hombre d'estos hombres
    ya curtíos por el frío del invierno,
    y tostaos por el sol del meyodía,
    y bañaos po las aguas de febrero,
    y besaos po la luna cuando duermen
    en las eras, junt'al trillo, cara'l cielo.
    Qu'estos hombres son los machos d'una raza
    de castúos labraores extremeños
    que inorantes de las cencias de los sabios
    las jonduras d'otras cencias descubrieron
    cabilando tras las yuntas
    en la pas de los barbechos.

    Ellos saben que la tierra labrantía,
    seria, llana y arrogante'n los recuestos,
    es la jembra que mantiene muchos hijos
    con la juerza de la savia de sus senos;
    y es la madre, y es la novia y es la hermana
    del gañán que, con calor de macho en celo,
    la colmara de cuidiados,
    la regara con süores de su cuerpo,
    la labrara con cariño,
    derramara por sus surcos el granero
    y supiera conformarse cual cristiano
    cuando Dios, dende los cielos,
    pa probá si eran mu jondas sus querencias,
    malograra sus esfuerzos.

    Qu'estos hombres qu'al amor de sus terruños
    ayuntaron el sentir de sus adrentos,
    despreciando la pereza sin descanso
    de los hijos poltronaos del dinero,
    con la juerte calentura de su gloria
    que manó del corazón a sus celebros,
    conquistaron pa los reyes de su Patria
    los Peruses y los Méjicos,
    y llenaron de pinturas sus iglesias,
    y parlaron su sentir en los Congresos,
    y cantaron la belleza de sus campos,
    y elevaron sus plegarias a los cielos,
    y murieron orgullosos por la causa
    de las santas libertades de su pueblo...

    Son asina los cachorros de la raza
    de castúos labraores extremeños,
    que, inorantes de las cencias d'hoy en día,
    cavilando tras las yuntas, descubrieron
    que los campos de su Patria
    y la madre de sus hijos, son lo mesmo.

EL NOVIAJO

I

Tocan las campanas,
la gente s'alegra.
Unos güenos mozos, cantando flamenco,
jacen gorgoritos en una taberna.

Tocan las campanas,
tocan dando güertas,
qu'asín tocan siempre
los días de fiesta.

Hay riñas de gallos
en la resolana de las corraletas,
y en el artozano, junt'a los ceviles,
unos zagalones se juegan las perras.

Los viejos s'apíñan,
s'apiñan las viejas
jaciendo la bulra
de la gente nueva.

S'arriscan las mozas,
y van peripuestas
luciendo los guapos
pañuelos de sëa;
goliendo a manzanas,
goliendo a camuesas.

Van en carrefilas, jaciendo pinitos,
camino e la iglesia...
Y yo, qu'era malo, más malo qu'un vendo,
me voy detrás d'ellas.

Me voy detrás d'ellas sin ver a los gallos
que riñen los mozos en las corraletas;
sin tomá las once,
sin jugá las perras.

Me voy tras las mozas
porque va con ellas
la que yo dinguelo,
la que me dinguela
con sus ojos tristes de miras mu tristes,
con sus ojos tristes de miras mu negras.

Yo, qu'era tan malo,
me voy pa l'iglesia
sin tomá las once,
sin jugá las perras,
sin dir a las riñas
de las corraletas.

¡Qué jormá te pones! —me icen los viejos—.
¡Que güeno que eres! —me icen las viejas—.
¡Chacho! ¿qué t'ha dao? —me icen los mozos
dende la taberna.

M'ha dao la vía,
la vía qu'es güeña
cuando se trebaja
por una querencia;
cuando por un argo
que llevamos drento
se sufre y se pena;
cuando, de röillas,
drento de la iglesia,
rezando, lloramos
sin danos vergüenza.

La quiero y me quiere,
espero y espera
jasta que yo junte pa dale las donas,
jasta qu'ella s'haga'l ajuá con la hijuela.




Tocan las campanas
la gente s'alegra.
Mi novia va a misa:
yo voy detrás d'ella;
y allí, mesmamente delante del Cristo,
jincao en la tierra,
rezando las cosas qu'a mí m'enseñaron
cuand'iba a la escuela,
una vos me ice: ¡sé güeno y trebaja!
y otra vos me ice: ¡trebaja y espera!

II

¡Qué güeña y qué santa!
¡Qué santa y qué güeña!...
Con lo que me quiere, ni siquiá me mira
drento de la iglesia.

Por eso me icen
qu'a mí me disprecia,
porque no me mira
drento de l'iglesia.
¡Juy, qué cacho e brutos!
¡Juy, qué mal que piensan!
Si mesmitamente
lo qu'a mí m'alegra
es que no se istraiga,
es que no m'atienda,
pa qu'asín la Vigen mus dé de seguía
lo qu'ella la píe ca ves que la reza.

III

Cariños mu jondos son dambos cariños;
querencias mu jondas son dambas querencias.

Cuando con la jacha
descuajo en la jesa,
las ramas se runden,
la jacha se mella,
y yo, que soy juerte,
me queo sin juerzas...

Cuando yo la vide
po la ves primera,
prencipió la cosa de nuestro noviajo
con nuestros quereles y nuestras querencias.

Yo sé qu'el cariño d'ella no se runde,
ni el mío se mella,
que semos más duros que los arcornoques
y más que los jierros de las jerramientas.

|Qué juerza más grande llevamos por drento!
¡qué juerza, qué juerza!

Cuando con el burro salgo mu templano
camino e la jesa,
siempre me la encuentro
barriendo la puerta;
y siempre me ice: —¡Anda con Dios, hombre!—
y siempre la igo: —¡Quéate con Él, Petra!—
y le doy al burro pa qu'ande más listo,
y ella barre, barre, mucho más depriesa...

Y si, ya mu lejos,
güervo la caëza,
me mira y se ríe
con esa risina que tanto m'alegra…

¡Qué trabajaora!
¡Qué guapa y que güena!
¡Si páece mintira
que tanto me quiera!




Tocan las campanas,
locan dando güertas...
Unos güenos mozos, cantando flamenco,
jacen gorgoritos en una taberna.

Hay riñas de gallos
en la resolana de las corraletas;
y en el artozano, junt'a los ceviles,
unos zagalones se juegan las perras...

¡Juy, qué cacho e brutos!
¡Juy, qué mal que piensan
creyendo que asina son las diversiones
de la gente nueva!

Y es ¡claro!, por eso, ¡qué coñio!, me icen
qu'ella me disprecia,
porque no me mira
drento de la iglesia
con sus ojos negros de mirás mu tristes,
con sus ojos tristes de mirás mu negras.
LA EXPERENCIA

Ven p'acá, hija mía,
que yo soy ya vieja
y ya di ese paso que tú das agora,
y viví esa vida que llamamos güeña,
y estrujé mis ojos pa sécame el llanto,
que a juerza de llanto m'entró la experencia.

Mi Juan mesmameníe paece un chiquillo,
y tú eres mu nueva,
y sus queréis mucho, y tenéis ajorros,
y estáis mu solitos dambos en la tierra...
¡y este pícaro mundo es tan güeno
con los que así empiezan...!
Con cosinas durces sus va engatusando,
sus tapa los ojos,
sus jace promesas,
y aluego se ríe,
dispués que sus ceba
y sus eja solos erramando jieles
por el sumiero de vuestra concencia.

¡Hija de mi arma, si páece mentira
que ya estéis casados dambos po la Iglesia;
si a mí me paece que sois dos muñecos
entavía, Teresa,
pa dirse con tiento pa gastá los cuartos,
p'atendé a los gorpes de las desigencias,
pa jacé, jormales, el troncón rebusto
d'una nueva casta que dé castas nuevas;
unos chirivines que páescan d'azogue,
qu'estruj'en, qu'arañen, que muerdan la teta,
que lloren con genio, qu'estrocen, que chillen,
que jagan pucheros al jacegle fiestas...

¡Míala cómo jimpla la recandongona
cuando se le palra de cosinas tiernas!

Éjate de mimos
Y delicaëzas;
¡sí ya estáis casaos
dambos, po la Iglesia!

Ascucha, hija mía,
y no t'encapríches con tu comenencia,
que la vida es corta,
mu corta y mu güeña
pa los que vivimos de nuestro trebajo
y estamos contentos con nuestra probeza.

Hay que ver y cómo refalan los días,
y pasan los años,
y s'hace una vieja,
rebuscando siempre lo desconocío,
siempre suspirando por cosinas nuevas.

Primero la noche d'estar dambos solos
con nuestras querencias,
y endispués los hijos, y endispués los nietos,
y endispués el pago de nuestra concencia.

Mi Juan es un santo;
tié sus cosiquillas como tié cuarquiera;
pero le tiés ley y tiés mucha labia
y sabrás llevagle por güeña verea;
porque miá tú, hija, aquí pa nusotras,
töitos los hombres son como si jueran
unos muñequitos d'esos bailarines
qu'un jilillo jace danzar, en la feria:
nusotras los vemos, mus encaprichamos
y mercamos uno, a tontas y a ciegas,
sin que mus endilguen los revendeores
de los chismecitos, qu'enganchan la cuerda.

Y es claro, qu'aluego,
¡que si quiés, morena!
qu'icen que no bailan,
que no se menean,
que t'andas espacio pa dir a enterate,
y que ya se jueron los tíos de la feria...
y anda, ponte moños,
¡búscale el risorte
de la bailaera!

Tamién las mujeres semos corno semos,
mu dás a los lujos de las vestimentas,
desajeraoras y amigas de chismes
y de requilorios y de cuchufletas.

Tú, hija mía, precura
seguir las lecciones que da la experencia
que yo te iré iciendo lo qu'has de jacete
pa que vos resulte la vida mu güena.
Amos a ver, mïa: esta mesma noche,
asín qu'arrematen los mozos la fiesta,
sus diréis pal cuarto; pus bien...

|Ay qué contra, y qué mimosina
t'has güerto, Teresa!;
¡si ya estáis casaos
dambos, po la Iglesia!
EL PORQUÉ DE LA COSA

Miá, Celipe, ¡qué gusto!, tres manojos
d'espigas rapañás en un instante,
dende misa mayor al meyodía,
tres manojos lo mesmo que tres jaces.

Y ná más. Tú trebaja
que yo barro p'alantre
y presto jorraremos pa la suerte
los cuatro mil rïales.

Y na más. Que rechiflen y reguñan,
cabilando burrás los jolgazanes,
iciendo que los probes mueren jartos
de trebajo y de jambre:
¡ellos sí que revientan de su rabia
lo mesmito qu'estrumpe un triquitraque!

¿Pero qué refunfuñas entre dientes?
¿Qué congojas te anúan el gagnate
que ni me palras, ni siquiá, Celipe,
te güerves pa mírame?

D'un periquete voy a ve'l puchero
y atrancar el postigo de la calle,
pa dispués que me siente en tus roïllas,
que no mus coja naide,
icirte yo las cortas ocurrencias
de mis cortos arcances.

¡Ajajá! Celipillo, tú tiés argo,
tú no pués engañame,
o el amo te miró con mala cara,
o bajó el manijero los jornales;
pero tú tienes argo, Celipillo,
argo que yo no pueo devinate
por más que me caliento la mollera
rebuscando el porqué de tus pesares.

Pero dame la cara, ¡por Dios, hombre!;
dam'un beso y abrázame,
y dame un estrujón juerte, mu juerte,
pa ve si al estrujame
quié reventá de gorpe la vejiga
de jieles qu'avinagra tu caraite.

¿Es que gorvemos otra ves, Celipe,
a las mesmas junciones d'andenantes,
porqu'eres ergulloso y no te gusta
que tu mujé trebaje?

¿Es qu'aún no juyó de tu caletre
el resquemor que tiés que m'asolane
por dir a rebuscar a los rastrojos
las espigas de trigo? ¡Qué diantre!
Pos si es asín, t'amuelas, Celipillo,
que n'hay más qu'aguantase.

Descurre una miajina tan siquiera
pensando en esa cosa que tú sabes.
¡Ay, Celipillo, Celipillo tonto,
que pal mes de los Santos semos padres,
qu'hay que jorrar, ¡receontra!, pa la suerte
los cuatro mil rïales,
qu'el corazón me ice qu'es un macho
lo que yo voy a dalte.

Un macho mu jorzúo, con agallas,
con genio, con reaños, con coraje;
más vivo que los vientos,
más listo que los frailes,
más duro que las piedras,
más güeno que los ángeles,
qu'ha de saber podar como su agüelo
y ha de saber segar como su padre.
Y será campusino mu castúo,
y será labraor, ¡qué duda cabe!,
pa labrar esta suerte que mercamos
con la yunta qu'habemos de mercale.

Páece que ya no gruñes, Celipillo,
páece que ya t'atreves a mirame,
y me jaces cosquillas con las barbas
de tanto como quieres arrimate...

¡Mi feuchillo! Si tú eres mu candongo,
dame un beso y abrázame;
pero a vel, cudiaito y no m'estrujes,
que ya me tiés breá de cardenales,
y de fijo que vía las estrellas
si mu juerte llegaras a estrujame.

Amos a ver, prencipia... ¡No seas burro!...
¡Miá que chillo!... Prencipia cuanto antes.

—Yo te voy a fundir en una urnia,
cacho e cielo dorao de la tarde;
yo te voy a fundir en una urnia
pa que no te dé'l aire.

—Güeno, las manos quietas, Celipillo;
amos a sé jormales.

—Yo te voy a comer esa boquina
una ves que t'arrimes pa besame,
y endispués de comía m'entapono
pa que no me s'escape.

—Miá, Celipe, si sigues burreando,
esta noche m'acuesto con mi madre.

—Porqu'eres tú lo mesmo de preciosa
que la Vigen del Carmen.

—Pos si tanto le gusto, venga, dime,
¿por qué refunfuñabas andenantes?
¿Por qué no me mirabas?
¿Qué ajogos agriaban lu caraite?

—Mis ajogos, mujé, no son pa dichos,
que no puen esplicase
manque yo m'embuchara más palraos
que tós los sacamuelas chalratanes.
Mis ajogos se cuajan aquí drento
con negros cuajarones de mi sangre
que m'enturbian los ojos y me jieren
lo mismo que si jueran dos puñales.
Y tú te tiés la curpa, ya lo ije.
Y tó por nuestro mozo, ya lo sabes.

Tú te vas a espurgá las rastrojeras,
y en tres días ajuntas cuatro jaces,
y contenta me vienes y me ices
que tú barres p'alantre.
Yo, que soy segaor, sé bien de cierto
que mu pocas espigas se mus caen,
y yo dúo si espurgas los rastrojos
o las cargas que pillas por delante.

Y esto ya no pue ser: ésta es la jonra
qu'al muchacho tenemos que dejagle
más limpia que la cara de la Virgen,
más branca que la fló de los jarales,
y al que quiera manchala me lo jundo
manque sea su madre.

Y no jimples, que son feguraciones
y no jué mi decir pa molestase,
que bien pudo segar en esa suerte
por argún casual un prencipiante.

Y asín y tó no quiero qu'arrebusques
las migajas qu'algunos se le caen,
siquiera mientras lleves ahí metío
nuestro mozo, porqu'eso es enseñale
dende chico a doblar el espinazo
y a viví de las sobras de los grandes;
y asín saldrá sin juerzas, sin agallas,
sin bríos, sin coraje
pa pescar el jocino y dir al corte
pa llevase a los hombres por delante.

Ya no güerves a di pa los rastrojos.
Ya no juntas más jaces,
qu'el muchacho no viene pa escurrajas
y me lo pués torcer con agachate.

Porque, mira, mujé, con esas cosas,
¿sabes tú lo que jaces?,
pos le plantas el jierro de los probes
que no lo borra naide.
LA NACENCIA

Bruñó los recios nubarrones pardos
la lus del sol que s'agachó en un cerro,
y las artas cogollas de los árboles
d'un coló de naranja se tiñeron.

A bocanás el aire nos traía
los ruíos d'allá lejos
y el toque d'oración de las campanas
de l'iglesia del pueblo.
Íbamos dambos juntos, en la burra,
por el camino nuevo;
mi mujé, mu malita,
suspirando y gimiendo.
Bandás de gorrïatos montesinos
volaban, chirrïando, por el cielo,
y volaban pal sol, qu'en los canchales
daba relumbres d'espejuelos.

Los grillos y las ranas
cantaban a lo lejos,
y cantaban tamién los colorines
sobre las jaras y los brezos;
y, roändo, roändo, de las sierras
llegaba el dolondón de los cencerros.

¡Qué tarde más bonita!
|Qu'anochecer más güeno!
¡Qué tarde más alegre
si juéramos contentos!...




—No pué ser más —me ijo—, vaite, vaite
con la burra pal pueblo,
y güérvete de prisa con l'agüela,
la comadre o el méico.
Y bajó de la burra poco a poco,
s'arrellanó en el suelo,
juntó las manos y miró p'arriba,
pa los bruñíos nubarrones recios.




¡Dirme, dejagla sola,
dejagla yo a ella sola com'un perro,
en metá de la jesa,
una legua del pueblo...
eso no!   De la rama
d'arriba d'un guapero,
con sus ojos reondos
me miraba un mochuelo;
un mochuelo con ojos vedriaos
como los ojos de los muertos...

¡No tengo juerzas pa dejagla sola;
pero yo de qué sirvo si me queo!




La burra, que roía los tomillos
floridos del lindero,
careaba las moscas con el rabo;
y dejaba el careo,
levantaba el jocico, me miraba
y seguía royendo.
¡Qué pensará la burra
si es que tienen las burras pensamientos!




Me jui junt'a mi Juana,
me jinqué de röillas en el suelo,
jice po recordá las oraciones
que m'enseñaron cuando nuevo.
No tenía pacencia
p'hacé memoria de los rezos...
¡Quién podrá socorregla si me voy!
¡Quién va po la comadre si me queo!




Aturdío del tó gorví los ojos
pa los ojos reondos del mochuelo;
y aquellos ojos verdes,
tan grandes, tan abiertos,
qu'otras veces a mí me dieron risa,
hora me daban mieo.
¡Qué mirarán tan fijos
los ojos del mochuelo?





No cantaban las ranas,
los grillos no cantaban a lo lejos,
las bocanás del aire s'aplacaron,
s'asomaron la luna y el lucero,
no llegaba, roando, de las sierras
el dolondón de los cencerros…
¡Daba tanta quietú, mucha congoja!
¡Daba yo no sé qué tanto silencio…!

M'arrimé más pa ella:
l'abrasaba el aliento,
le temblaban las manos,
tiritaba su cuerpo...
y a la lus de la luna eran sus ojos
más grandes y más negros.
Yo sentí que los míos chorreaban
lagrimones de fuego.
Uno cayó roando,
y, prendió d'un pelo,
en metá de su frente
se queó reluciendo.
¡Qué bonita y qué güeña,
quién pudiera ser méico!




Señó: tú que lo sabes
lo mucho que la quiero.
Tú que sabes qu'estamos bien casaos,
Señó, tú qu'eres güeno;
tú que jaces que broten las simientes
qu'echamos en el suelo;
tú que jaces que granen las espigas,
cuando llega su tiempo;
tú que jaces que paran las ovejas,
sin comadres ni méicos...
¿por qué, Señó, se va morí mi Juana,
con lo que yo la quiero,
siendo yo tan honrao
y siendo tú tan güeno?...




¡Ay! qué noche más larga
de tanto sufrimiento:
¡qué cosas pasarían
que decilas no pueo!
Jizo Dios un milagro;
¡no podía por menos!

II

Toíto lleno de tierra
le levanté del suelo;
le miré mu despacio, mu despacio,
con una miaja de respeto.
Era un hijo, ¡mi hijo!,
hijo de dambos, hijo nuestro...
Ella me le pedía
con los brazos abiertos.
¡Qué bonita qu'estaba
llorando y sonriendo!




Venía clareando;
s'oían a lo lejos
las risotás de los pastores
y el dolondón de los cencerros.
Besé a la madre y le quité mi hijo;
salí con él corriendo,
y en un regacho d'agua clara
le lavé tó su cuerpo.
Me sentí más honrao,
más cristiano, más güeno,
bautizando a mi hijo como el cura
bautiza los muchachos en el pueblo.





Tié que ser campusino,
tié que ser de los nuestros,
que por algo nació baj'una encina
del caminito nuevo.





Icen que la nacencia es una cosa
que miran los señores en el pueblo:
pos pa mí que mi hijo
la tié mejor que ellos,
que Dios jizo en presona con mi Juana
de comadre y de méico.





Asina que nació besó la tierra,
que, agraecía, se pegó a su cuerpo;
y jue la mesma luna
quien le pagó aquel beso...
¡Qué saben d'estas cosas
los señores aquellos!





Dos salimos del chozo;
tres golvimos al pueblo.
Jizo Dios un milagro en el camino:
¡no podía por menos!
EL CHIRIVEJE

Pimpollo, rey de tu madre,
miagirrinina de la gloria mesma
que cayó de los cielos desprendía
del botón reluciente d'una estrella:
no me jagas pucherinos
cuando yo te jaga fiestas;
ponme los ojillos tunos,
relámbiate con la lengua,
jame'l angó, muchachete,
que voy a dalte la teta.

Míala, túmbate a la larga,
chachino, chuperretea
jasta qu'el cholro del pezón rebose
los bujerinos de tus tragaeras.
Asín, con genio, mu juerte,
manque t'aplastes las narices mientras
y endispués, de muchacho, te se note
que las tiés porrillúas y retuertas,
qu'a esos que tienen la narís picúa,
sus madres ajuyéronle las tetas.

Lucero, pan y condío,
espiguina de carne de mis eras,
suerbe p'adrento remetiendo juncia,
larga chupones atizando yesca
pa que aluego, cuando mozo,
naide te moje la oreja.

Rempuja tú con genio, chiriveje,
chupa jondo y bochinchea,
chiquenino de tu casa,
muñequino jormao de miel y cera
que derritió'l aliento de tu padre,
que yo cuajé con sangre de mis venas,
que Dios jizo al igual que semos dambos
pa que tos devinaran tu nacencia:
remete'l jociquino bien p'adrento,
rempuja con töa tu juerza,
que asín el chipitón saldrá seguío
con dos gorpes tan sólo qu'arremetas.

Descudia tú, preciosino,
no te acagaces y aprieta,
manque te ringuen tus narices guapas
y te se pongan retuertas,
que por estas señales se conocen
los muchachos castúos de tu tierra,
los hijos de las madres que son madres
tan äina que Dios las jace jembras;
porque aquí, pa nusotros, tos sabemos,
com'una cosa mu cierta,
qu'a esos que tienen la narís picúa,
sus madres ajuyéronle las tetas.



EL DESCONCIERTO
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