Quinas amargas gonzalo hernandez de alba






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QUINAS AMARGAS GONZALO HERNANDEZ DE ALBA


Capítulo 5

El Sabio y la Expedición Botánica

El doctor José Celestino Mutis escribía el 19 de diciembre de 1789, desde la sede de la Expedición Botánica en Mariquita, una larga carta al médico Francisco Martínez de Sobral, su bien encumbrado condiscípulo, que no es otra cosa que una especie de confesión vital, producto de más de una reflexión solitaria y de muchos análisis de sus empresas neogranadinas y sus resultados, contrapuestos a sus aspiraciones iniciales. En unos cuantos renglones condensa 27 años de experiencias en el Nuevo Mundo y logra destacar aquello que por ese entonces le parece más significativo.

Mi principal ocupación —expresa todo franqueza— ha sido en trein­ta años el ejercicio de la medicina con las alternativas de gustos y amarguras que produce la facultad en corazones tiernos y sensibles hacia el bien del prójimo. He disipado francamente, sin previsión mía, el caudal que iba adquiriendo, para hallarme imposibilitado de volver a Europa, y pegado mi corazón a mi excelente biblioteca y gabinete; formando entretanto una multi­tud de discípulos y aficionados a las ciencias útiles en un Reino envuelto en las densísimas tinieblas de la ignorancia, a pesar de una juventud lucidísima, ocupaciones que me constituyen en el oráculo de este Reino, con satisfacción de mis interesantes tareas1.

Allá en el fondo de su espíritu continúan retozando sus viejas expectativas confundidas con algunos de sus múltiples logros. Es mucho lo que ha alcanzado, es cierto, pero también es mucho lo que le falta por realizar y por consolidar y la vida ya le parece corta. Hay tantos problemas por definir y tantas injusti­cias que combatir, que ya no puede continuar solo y requiere aliados en la lejana corte de Madrid.

No es asunto del todo fácil lograr definir lo que pueda llegar a entenderse por oráculo en el contexto anterior. Es factible que al lograr relacionarlos con el calificativo de sabio que ostenta, por obsequio de su sociedad de alumnos, se pueda comprender mejor por qué se califica a sí mismo de esta curiosa manera. En térmi­nos generales y en contextos ordinarios, bien puede entenderse que una determinada persona pueda denominarse como el oráculo de una sociedad al lograr producir en los demás un gran respeto por todo aquello que representa, que logra personalizar y, en espe­cial, por la sabiduría universal que ostenta y que logra difun­dir.

En las últimas décadas del siglo XVIII neogranadino no nos encon­tramos con un contexto ordinario. Muy por el contrario, esos años implican unos momentos de gran efervescencia intelectual, hasta el punto de poderse hablar de la presencia de una notoria transformación en las mentalidades, de una significativo apertura de la cultura oficial. Aquí y en ese ahora se está produciendo la invención de la ciencia. En realidad no parece tratarse de un caso más de eso que los especialistas han venido llamando, con un giro ya plenamente aceptado, una “ruptura epistemológica”, ya que para que ésta se produzca es necesario que algo parecido o análo­go al conocimiento científico general del mundo se haya presen­tado con anterioridad. La ruptura implica una transformación brusca de hipótesis permaneciendo, sin embargo, dentro de una misma atmósfera general del conocimiento proporcionada por la aceptación continua de un mismo sistema de procedimientos metódi­cos. Eso que se llama la ciencia avanza, parece ser, dibujando ese esquema teórico tan generalizado hoy. Lo que implica un cierto juego de afirmaciones, su aceptación colectiva, una ruptura y el establecimiento de unas nuevas afir­maciones que luchan por su difusión. En nuestro medio y mundo dieciochesco lo que es dable encontrar es más semejante a una actitud de tabula rasa, de limpiar la mesa para poder arrancar desde cero, pero de una que implica la adopción total de una suma de conocimientos y saberes adoptados y comprobados en otros medios sociales. Actitud semejante a la que se encuentra en los inicios de la modernidad cartesiana europea.

En el medio cultural que encontró Mutis en 1763, y que enfrentó desde entonces, no se trataba de proponer nuevas interpretaciones científicas que se opusieran a otras concepciones científicas supuestamente más limitadas y, por ello mismo, superables. Lo que se le propone a la juventud desde ese instante no es otra cosa sino un entrenamiento, un cierto aprendizaje, en un método ya plenamente establecido y comprobado, sobre el que nadie duda, al menos por ahora. Sobre el que el maestro, el entrenador, no puede postular vacilaciones y que, por el contrario, no duda en certificar tanto su bondad explicativa y su superioridad experi­mental, como su entronque con el sistema de verdades religiosas tradicionales y su continuidad con las afirmaciones éticas acata­das socialmente. Mutis muestra, por intermedio de su ejemplo explicativo y de los modelos que de pronto introduce, sus propios paradigmas, la viabilidad y la necesidad de la aplicación del ya viejo método de conocimiento científico si se desea explicar racionalmente el medio natural desconocido en términos de la exitosa ciencia europea. La ignorancia criolla de la que constan­temente se refiere se concreta en un cierto desconocimiento de la ciencia natural tradicional. Para superarla parece ser suficiente entrenarse en la aplicación del método que permite comprender, delimitar y ordenar un mundo hasta ese momento caótico en térmi­nos de la interpretación científica. Se inventa la ciencia por la razón de que inmediatamente antes no había prácticamente nada semejante. Inventar, en este caso, significa partir prácticamente de cero, es cierto, pero con la inmediata posibilidad de recibir la totalidad de unos conocimientos plenamente aceptados y compro­bados. No se trata de transformarlos, modificarlos o negarlos en función de una explicación más coherente y universal sino, por el contrario, de poderlos emplear correctamente.

El introducir la ciencia natural en el mundo neogranadino impli­ca, para el criollo sujeto del proceso, partir de la nada de los saberes científicos y ese punto de partida es, de alguna manera, un proceso de invención que habrá de permitir reencontrar verda­des y señalar limitaciones ya establecidas o de alguna manera ya superadas. Este punto e instante de arranque es el de una cierta actitud inventiva que entraña encontrarse de pronto inmerso en un nuevo mundo, en una realidad completamente diferente de la normal tradicional, a la cotidiana de los restantes miembros de la sociedad. El lenguaje que de pronto se adopta conlleva, entre otras muchas cosas, el establecimiento de una nueva actitud valorativa ante el contorno y el dintorno compartido por la mayoría y, por ello, sus seguidores principian a distinguirse, a destacarse, de ellos. Así se constituyen en un núcleo cerrado, en una comunidad de elegidos, que se sabe diferente, que tan sólo puede ser bien comprendida por otros individuos entrenados en el mismo sistema interpretativo y en el mismo lenguaje. Se saben solos, se conocen aislados y se conciben como depositarios de verdades difícilmente compartidas. Requieren, para romper la insularidad en que se encuentran, el espaldarazo de los consagrados, de los científicos europeos, o, en su defecto, del maestro, del gran iniciador. Mutis se con­vierte en el oráculo de la ciencia y ellos se constituyen en el grupo de los mutisitos.

La invención y adopción de la actitud científica en los últimos años de la colonia en la Nueva Granada sólo pudo ser posible por intermedio de la presencia actuante de una cierta personalidad paradigmática que, por ello mismo, se convierte en el ejemplo que debe imitarse y en las actitudes que deben seguirse. Ya nos hemos referido en páginas anteriores al impacto social y cultural de los novadores, debemos agregar ahora que éste sólo parece ser posible cuando logra confundirse e identificarse con la aceptación pedagógica, con la influencia educativa y, por qué no, con las negociaciones, rechazos e intentos de superación que desenca­dena el oráculo. Es posible que el tratar de rastrearlos aclare su acción y explique el conjunto de su obra.

En algunas otras regiones del Imperio Español en América, tales como el Perú y la Nueva España, se presenta un desenvolvimiento temporal de las ciencias que, por comparación con el neogranadi­no, se puede calificar de normal. En su desarrollo no parece presentar rompimientos radicales, ni en sus inicios se entablan polémicas extraordinarias, tampoco parece depender de la acción providencial de un cierto oráculo o de algún novador único. Ello no implica que no se hubieran presentado discusiones y contradicciones entre actitudes y concepciones antagónicas. Más bien parece significar que unas y otras se produjeron dentro de un desenvolvimiento cotidiano de unas instituciones consagradas: las universidades y otros institutos oficiales de educación superior. Las de Lima y México fueron creadas en 1551, su in­fluencia bien pronto se hizo sentir en varios campos de los saberes, en el del conocimiento y descubrimiento de la naturaleza en términos científicos influyó el establecimiento en ellas de los estudios de medicina y de farmacia, con lo que de alguna manera se reproducía y hasta anticipaba el modelo experimentado en la metrópoli. Otro factor de singular importancia es la presencia de un muy activo intercambio de discusiones teológicas y filosóficas que, en última instancia, fueron las responsables de una paulati­na aceptación de ciertas concepciones generales del mundo que arrastraban una difusión de teorías, métodos y hasta prácticas científicas. En la Nueva Granada las aspiraciones por la creación de una universidad nunca lograron verse satisfechas.

En el virreinato de la Nueva España la penetración de las nuevas ideas se hizo sentir antes que nada en el campo de los estudios filosóficos. Los responsables de ello fueron los muy poderosos jesuitas, quienes intentaron las primeras reformas sustanciales en los estudios tradicionales. Fue quizás en la crítica del argumento de autoridad, propio y definidor de la actitud escolás­tica, donde lograron sus más significativos resultados. Frente a la autoridad de Aristóteles colocaban a Bacon, Descar­tes, Gassendi y los representantes de la nueva ciencia. Su acti­tud fue esencialmente conciliadora al intentar conjugar el dogma religioso con el pensamiento moderno y, al lograrlo, se convir­tieron los responsables de esa aceptación normal de la filosofía y la ciencia. Entre sus principales difusores criollos se desta­can José Rafael Campoy, Francisco Javier Clavijero y Francisco Javier Alegre. Durante la segunda mitad del siglo XVIII se crea­ron en México dos instituciones de singular importancia para el desenvolvimiento de una ciencia normal: la Real Escuela de Ciru­gía y, sobre todo, el Real Seminario de Minería a cargo de Fausto de Elhuyar y de otros destacados científicos.

En Lima, capital del virreinato del Perú y “ciudad de los reyes”, no sólo se encuentra una muy parecida obra educativa de los jesuitas, tal vez menos espectacular que la mexicana, pero de todas maneras significativa. Hay que recordar cómo alguno de los miembros más importantes de la expedición franco-española de la medición del ecuador enseñó matemáticas en la Universidad de San Marcos y que alguno de sus miembros criollos, tal como ya se ha expresado, fue un destacado cartógrafo peruano que luego regresó a la enseñanza en su país. El muy recordado virrey Amat, el de la Pericholi y sus escándalos, creó en 1771 el Real
Convictorio de San Carlos
, donde se destacaron la figura y el saber de Toribio Rodríguez de Mendoza, quien logró crear un nuevo panorama educati­vo al implantar, también él, los nuevos conceptos de la filosofía científica entresacados de las enseñanzas de Descartes, Gassendi, Newton y Leibniz. Así, en el Perú la aceptación colectiva de la ciencia no despertó mayores motivos de dudas ni de posibles choques ideológicos.

En la Nueva Granada la presencia de la ciencia fue brusca y ciertamente tardía, implicó rupturas inmediatas, insatisfacciones calladas, apoyos oficiales demasiado obvios que, en última instancia, imposibilitaron la existencia de diálogos o la pre­sencia de compromisos positivos entre las tendencias opuestas y contradictorias. Más aún, los recién convertidos discípulos se sintieron de inmediato abanderados de un nuevo mundo que no podía ni debía contemporizar con la tradición educativa y cultural. Aquí, por el retraso existente y el imperio aparentemente antes no discutido de la escolástica tardía y anquilosada, las contra­dicciones fueron más claras, más radicales, más inmediatas, hasta el punto de implicar la presencia de dos bandos, dos partidos que se disputaban las aulas, las calles y los cargos.

Remontémonos al momento de la reconquista española de las colo­nias. El general Pablo Morillo, jefe de las tropas hispánicas encargadas de la pacificación, en uno de sus informes al rey Fernando VII, en el que explica su conducta inicial en la Nueva Granada, asienta un concepto que no sólo sintetiza el por qué de sus acciones represivas sino que transparenta la nueva política emprendida por la Madre Patria en sus colonias emancipadas. “Había pasado por las armas a todos aquellos doctores y letrados que son siempre los provocadores de las revoluciones”2, expresa con la claridad y economía propias de un lenguaje militar. Unos pocos años antes, como que es el de 1812, el gobernador Toribio Montes se expresaba así ante el Secretario de la Guerra de España:

Los mismos motivos que han obligado a prohibir que se estudie el Derecho Civil por el sinnúmero de abogados que existen, y he reducido al número de seis, como igualmente el de los escribanos, por ser los que han causado mayores trastornos, jurando la independencia y formando constitución, pues todos los alumnos de los colegios han tomado las armas, y estoy tratando del arreglo de ellos y de la Universidad, prohibiéndoles a aquéllos y a los ca­tedráticos y maestros su continuación y reduciendo el número de todas las clases a lo más preciso3.

Desde otro ángulo, el del rechazo a la invasión, el cronista santafereño José María Caballero recuerda cómo el 22 de octubre de 1816

se hizo una hoguera en la plaza y a las once vinieron todos los inquisidores y en medio de ellos traían un carro lleno de todos los papeles así manuscritos como todos los impresos que habían salido en tiempos de la patria... En la punta de una vara traían el retrato de un colegial, que era el doctor Frutos Gutié­rrez, colegial de San Bartolome, y lo echaron en la hoguera, junto con todos los papeles, y mientras se hizo este sacrificio tocaron las campanas a descomunión4.

Desde 1815 las campañas contra la educación, la cultura y los saberes se realizaron sistemáticamente. Las citas anteriores muestran con claridad cómo se atribuía al libre pensamiento, al análisis y a la reflexión toda la responsabilidad por los inten­tos de búsqueda de nuevos derroteros de sociabilidad. El nuevo hombre culto y sabio, la institución formadora, los instrumentos de difusión de los conocimientos recién adoptados y sus medios de expresión se interpretaban como la suma de todos los males y el sinónimo perfecto de todo lo reputado como negativo. Es por ello que fueron considerados como responsables del delito de lesa majestad y como pecadores, como reos culpables de una ofensa enorme a los hombres y a Dios. Como tales fueron persegui­dos y como tales fueron condenados a muerte.

Se destaca en esta actitud represiva, compartida por los ejérci­tos hispánicos, las autoridades civiles, las dignidades religio­sas y las fuerzas tradicionalistas criollas, una cierta contra­dicción con la práctica efectiva de la educación oficial imparti­da durante todo el período colonial. “Nuestra educación —recuerda Caldas, uno de los nuevos sabios— estaba reducida a los rudimen­tos del cristianismo, a una moral burda y a las locuras de la escolástica”5. El abogado Camilo Torres fue aún más contundente en sus juicios:

En cuanto a la ilustración, la América no tiene la vanidad de creerse superior, ni siquiera igual a las provincias de España. Gracias a un gobierno despótico, enemigo de las luces, ella no podía esperar hacer rápidos progresos en los conocimientos huma­nos, cuando no se trata de otra cosa que de poner trabas al entendimiento6.

¿Cómo era posible infringir las normas educativas cuando todo parecía estar definitivamente controlado?

Dejemos que sea nuevamente el ilustrado Caldas quien nos cuente sus propias experiencias formativas, comunes a una elite criolla regada por todo el territorio del virreinato, a una generación claramente definida por sus aspiraciones científicas, sus limita­ciones formativas y la aceptación de un lejano paradigma, de un oculto oráculo.

Cuando en los colegios no recibía la juventud sino principios que era preciso olvidar —cuenta el payanés—, en el retiro de la casa paterna y en la de los amigos se estudiaba física y matemáticas. Se leían los oradores, los poetas y también los políticos. Este estudio los hacía conocer el estado de degradación en que los mantenía un gobierno que abominaba la luz y que se empeñaba en apagarla por todas partes7.

Formación clandestina en materias si no prohibidas al menos consideradas peligrosas que bien pronto se convierte en clara manifestación del amor por lo nuevo y del rechazo de lo tradicio­nal, que se expresa por intermedio de la usual metáfora de la afirmación de la luz del saber y negación de la oscuridad de la ignorancia. Sentimientos y sensaciones que no son otra cosa que unas manifestaciones más del permanente juego de contradicciones entre educación y dogmatismo, entre un lastre retardatario y unos exigentes deseos de estar al día. Expresión, en otros términos, de la lucha entre la ciencia y la tecnología, entre catecismo y política, entre repetición e investigación, entre saber del más allá y conocimiento del más acá, entre dependencia cultural y libre vuelo educativo. Es, y no en última instancia, el apasiona­do deseo de transformar formas de vida y manifestaciones de relaciones de dependencia. Es pretender poner las instituciones al servicio y gloria de los hombres y transformar a los súbditos en ciudadanos. Fue la pretensión muy humana de un núcleo cerrado de criollos que quiso realizar en su medio y con armas no del todo conocidas la afirmación vernácula de que
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