Tales son los perfiles que adopta, en este momento, la preocupación por el hombre (antes de que desemboque claramente en una “poesía social”). A esta poesía corresponde un estilo






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títuloTales son los perfiles que adopta, en este momento, la preocupación por el hombre (antes de que desemboque claramente en una “poesía social”). A esta poesía corresponde un estilo
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PREGUNTA  PRÁCTICA          TEMA 8


De Pablo Neruda hemos leído varios poemas de Veinte poemas de amor y una canción desesperada(1924), como el Poema  5 en que se plantea el problema de la incomunicación entre el “yo” que emite el mensaje y el “tú” receptor que calla y espera. El poeta intenta llegar a la amada a través de sus palabras, teñidas por la tristeza y desasosiego del autor, que  escapan y se transforman con el amor de la amada hasta convertirse en un “collar infinito”. Para que la transformación sea posible invoca desesperadamente a la amada a través de los imperativos y vocativos “Ámame, sígueme, compañera, compañera ”. Expresa su estado de ánimo utilizando metáforas y símiles  con el referente de la Naturaleza y un léxico con connotaciones dolorosas. Métricamente utiliza el verso libre y el ritmo viene dado, como es habitual en estos poemas, por las repeticiones  de palabras o frases.
El Poema 15  “Me gusta cuando callas....” presenta a la amada como un ser ausente, lejano y distante que se queja y sufre, imagen que se repite con ligeras variaciones y que  funciona como un estribillo, dando un ritmo muy marcado al poema. El tono melancólico y la percepción de la amada distante se disipan  en los últimos versos en los que la sonrisa y las palabras de la amada le devuelven la alegría. Esta escrito en versos alejandrinos, en estrofas de cuatro versos con rima en los pares.
En el Poema 20,  ya desde el inicio queda claro el tema (amor roto) y la honda tristeza  del poeta: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”, verso que se repite en tres ocasiones y halla un eco en el verso final (“últimos versos que yo le escribo”), recurso que Neruda utiliza para enfatizar sus sentimientos. A partir del sexto verso se van oponiendo, en antítesis, un tiempo pasado de amor correspondido con un tiempo presente en el que se niega ese amor, aunque al final se deje abierta la posibilidad de seguir amando (“Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero”) Este poema está escrito en versos alejandrinos  con rima asonante en los versos pares.
                También hemos leído algunos poemas de las “Odas elementales”, obra en la que  elogia objetos y sentimientos cotidianos con un estilo sencillo pero poético y muy original. En la “Oda a la cebolla” describe este alimento con sorprendentes metáforas (“rosa de agua”, “”estrella de los pobres”, “hada madrina”,....), repasa sus usos culinarios en la olla,  en el aceite  y en la ensalada y la elogia como alimento fundamental para los pobres, usando numerosos vocativos y aposiciones y dirigiéndose directamente a ella en 2ª persona.
En la “Oda al caldillo de congrio” muestra al principio el origen chileno de este plato y luego, en tono apelativo, enumera ordenadamente las instrucciones para la elaboración de este plato que mezcla “los sabores del mar y de la tierra”. Las metáforas ennoblecedoras de sus ingredientes y  la adjetivación valorativa contribuyen al elogio. En las odas prefiere el verso corto, libre y sin rima.
            Hemos leído también a representantes de la poesía social, por ejemplo A la inmensa mayoría de Blas de Otero,  donde escribe “doy todos mis versos por un hombre en paz”, Aviso de Gabriel Celaya que ríe y llora con todos o Canción de cuna para dormir a un preso de José Hierro
            De los poetas de la Generación del 50, Collige, virgo, rosas de Francisco Brines, que, recogiendo la tradición que viene de Horacio, Garcilaso o Góngora, aconseja a una chica que goce y ame, antes de que venga esa otra luz, rencorosa y extraña, en una nueva versión del Carpe diem. El caballero infiel, don Olvido, que no vino, de José Ángel Valente, Palabras para Julia, consejos de un padre a su hija, de José Agustín Goytisolo y Contra Jaime Gil de Biedma, en que el poeta, a través del desdoblamiento, se reprocha su forma de vida, ligada a las barras de los bares y la madrugada, truculenta cuando se tienen más de treinta años.   

Jaime Gil de Biedma

INFANCIA Y CONFESIONES
Cuando yo era más joven

(bueno, en realidad, será mejor decir

muy joven)

algunos años antes

de conocernos y

recién llegado a la ciudad,

a menudo pensaba en la vida.

Mi familia

era bastante rica y yo estudiante.

Mi infancia eran recuerdos de una casa

con escuela y despensa y llave en el ropero,

de cuando las familias

acomodadas,

como su nombre indica,

veraneaban infinitamente

en Villa Estefanía o en La Torre

del Mirador

y más allá continuaba el mundo

con senderos de grava y cenadores

rústicos, decorado de hortensias pomposas,

todo ligeramente egoísta y caduco.

Yo nací (perdonadme)

en la edad de la pérgola y el tenis.

La vida, sin embargo, tenía extraños límites

y lo que es más extraño: una cierta tendencia

retráctil.

Se contaban historias penosas,

inexplicables sucedidos,

¿dónde? no se sabía, caras tristes,

sótanos fríos como templos.

Algo sordo

perduraba a lo lejos

y era posible, lo decían en casa,

quedarse ciego de un escalofrío.

De mi pequeño reino afortunado

me quedó esta costumbre de calor

y un imposible propensión al mito.


Claudio Rodíguez
EL BAILE DE ÁGUEDAS

Veo que no queréis bailar conmigo

y hacéis muy bien. ¡Si hasta ahora

no hice más que pisaros, si hasta ahora

no moví al aire vuestro estos pies cojos!

Tú siempre tan bailón, corazón mío.

¡Métete en fiesta; pronto,

antes de que te quedes sin pareja!

¡Hoy no hay escuela! ¡Al río,

a lavarse primero,

que hay que estar limpios cuando llegue la hora!

Ya están ahí, ya vienen

por el raíl con sol de la esperanza

hombres de todo el mundo! Ya se ponen

a dar fe de su empleo de alegría

¿Quién no esperó la fiesta?

¿Quién los días del año

no los pasó guardando bien la ropa

para el día de hoy? Y ya ha llegado.

Cuánto manteo, cuánta media blanca,

cuánto refajo de lanilla, cuánto

corto calzón. ¡Bien a lo vivo, como

esa moza se pone su pañuelo,

poned el alma así, bien a lo vivo!

Echo de menos ahora

aquellos tiempos en los que a sus fiestas

se unía el hombre como el suero al queso.

Entonces sí que daban

su vida al sol, su aliento al aire, entonces

sí que eran encarnados en la tierra.

Para qué recordar. Estoy en medio

de la fiesta y ya casi

cuaja la noche pronta de febrero.

y aún sin bailar: yo solo.

¡Venid, bailad conmigo, que ya puedo

arrimar la cintura bien, que puedo

mover los pasos a vuestro aire hermoso!

¡Águedas, aguedicas,

decidles que me dejen

bailar con ellos, que yo soy del pueblo,

soy un vecino más, decid a todos

que he esperado este día

toda la vida! Oídlo.

Óyeme tú, que ahora

pasas al lado mío y un momento,

sin darte cuenta, miras a lo alto

y a tu corazón baja

el baile eterno de Águedas del mundo,

óyeme tú, que sabes

que se acaba la fiesta y no la puedes

guardar en casa como un limpio apero,

y se te va, y ya nunca...

tú, que pisas la tierra

y aprietas tu pareja, y bailas, bailas.
"Conjuros" 1958

Antonio Colinas
Mientras Virgilio muere en Bríndisi no sabe

que en el norte de Hispania alguien manda

grabar

en piedra un verso suyo esperando la

muerte.

Este es un legionario que, en un alba

nevada,

ve alzarse un sol de hierro entre los

encinares.

Sopla un cierzo que apesta a carne

corrompida,

a cuerno requemado, a humeantes

escorias

de oro en las que escarban con sus lanzas

los bárbaros.

Un silencio más blanco que la nieve, el

aliento

helado de las bocas de los caballos

muertos,

caen sobre su esqueleto como petrificado.

Oh dioses, qué locura me trajo hasta estos

montes

a morir y qué inútil mi escudo y mi espada

contra este amanecer de hogueras y de

lobos.

En la villa de Cumas un aroma de azahar

madurará en la boca de una noche azulada

y mis seres queridos pisarán ya la yerba

segada o nadarán en playas con estrellas.

Sueña el sur el soldado y, en el sur, el

poeta

sueña un sur más lejano; mas ambos sólo

sueñan

en brazos de la muerte la vida que

soñaron.

No quiero que me entierren bajo un cielo de

lodo,

que estas sierras tan hoscas calcinen mi

memoria.

Oh dioses, cómo odio la guerra mientras

siento

gotear en la nieve mi sangre enamorada.

Al fin cae la cabeza hacia un lado y sus

ojos

se clavan en los ojos de otro herido que

escucha:

Grabad sobre mi tumba un verso de

Virgilio.

(Noche más allá de la noche, 1983)
LIFE VEST UNDER YOUR SEAT


Señores pasajeros buenas tardes

y Nueva York al fondo todavía,

delicadas las torres de Manhattan

con la luz sumergida en una muchacha

triste,

buenas tardes señores pasajeros,

mantendremos en vuelo doce mil pies de

altura,

altos como su cuerpo en el pasillo

de la Universidad, una pregunta,

podría repetirme el título del libro,

cumpliendo normas internacionales,

las cuatro ventanillas de emergencia,

pero habrá que cenar, tal vez alguna copa,

casi vivir sin vínculo y sin límites,

modos de ver la noche y estar en los

cristales

del alba, regresando,

y muchas otras noches regresando

bajo edificios de temblor acuático,

a una velocidad de novecientos

kilómetros, te dije

que nunca resistí las despedidas,

al aeropuerto no,

prefiero tu recuerdo por mi casa,

apoyado en el piano del Bar Andalucía,

bajo el cielo violeta

de los amaneceres de Manhattan,

igual que dos desnudos en penumbra

con Nueva York al fondo, todavía

al aeropuerto no,

rogamos hagan uso

del cinturón, no fumen

hasta que despeguemos,

cuiden que estén derechos los respaldos,

me tienes que llamar, de sus asientos


(Habitaciones separadas, 1994)



Antología. PABLO NERUDA

Las más claras estampas de la niñez del poeta están en La frontera, de Yo soy, final del Canto general;
Mi infancia son zapatos mojados, troncos rotos

caídos en la selva, devorados por lianas

y escarabajos, dulces días sobre la avena,

y la barba dorada de mi padre saliendo

hacia la majestad de los ferrocarriles.

Poema 20:
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,

y tiritan, azules, los astros, a lo lejos."

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como esta la tuve entre mis

brazos.

La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.

Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella.

Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.

La noche esta estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.

Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.

Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos

árboles.

Nosotros, los de entonces, ya no somos los

mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.

Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.

Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.

Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como esta la tuve entre mis

brazos,

mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque este sea el ultimo dolor que ella me

causa,

y estos sean los últimos versos que yo le escribo
Hay poemas que hablan con claridad de un tema, a veces nítidamente evidente, aunque haya elementos sin explicación lógica; por ejemplo, en Débil del alba, se describe el amanecer como tristeza:
El día de los desventurados, el día pálido asoma

con un desgarrador olor frío, con sus fuerzas en gris,

sin cascabeles, goteando el alba por todas partes:

es un naufragio en el vacío, con un alrededor de llanto.

Porque se fue de tantos sitios la sombra húmeda, callada,

de tantas cavilaciones en vano, de tantos parajes terrestres

en donde debió ocupar hasta el designio de las raíces,

de tanta forma aguda que se defendía.

Yo lloro en medio de lo invadido, entre lo confuso,

entre el sabor creciente, poniendo el oído

en la pura circulación, en el aumento,

cediendo sin rumbo el paso a lo que arriba,

a lo que surge vestido de cadenas y claveles,

yo sueño, sobrellevando mis vestigios morales.

Nada hay de precipitado ni de alegre, ni de forma orgullosa,

todo aparece haciéndose con evidente pobreza,

la luz de la tierra sale de sus párpados

no como la campanada, sino más bien como las lágrimas:

el tejido del día, su lienzo débil,

sirve para una venda de enfermos, sirve para hacer señas

en una despedida, detrás de la ausencia:

es el color que sólo quiere reemplazar,

cubrir, tragar, vencer, hacer distancias.

Estoy solo entre materias desvencijadas,

la lluvia cae sobre mí, y se me parece,

se me parece con su desvarío, solitaria en el mundo muerto,

rechazada al caer, y sin forma obstinada.

En Madrid escribió Neruda su Oda a Federico García Lorca, el "naranjo enlutado", con oscuros presagios trágicos: antes, en Buenos Aires, los dos habían compuesto juntos un cuaderno, con dibujos de Lorca, el último de los cuales representaba las cabezas, cortadas y sangrantes, de ambos poetas.

Si pudiera llorar de miedo en una casa sola,

si pudiera sacarme los ojos y comérmelos,

lo haría por tu voz de naranjo enlutado

y por tu poesía que sale dando gritos.

Porque por ti pintan de azul los hospitales

y crecen las escuelas y los barrios marítimos,

y se pueblan de plumas los ángeles heridos,

y se cubren de escamas los pescados nupciales,

y van volando al cielo los erizos:

por ti las sastrerías con sus negras membranas

se llenan de cucharas y de sangre

y tragan cintas rotas, y se matan a besos,

y se visten de blanco.

Cuando vuelas vestido de durazno,

cuando ríes con risa de arroz huracanado,

cuando para cantar sacudes las arterias y los dientes,

la garganta y los dedos,

me moriría por lo dulce que eres,

me moriría por los lagos rojos

en donde en medio del otoño vives

con un corcel caído y un dios ensangrentado,

me moriría por los cementerios

que como cenicientos ríos pasan

con agua y tumbas,

de noche, entre campanas ahogadas:

ríos espesos como dormitorios

de soldados enfermos, que de súbito crecen

hacia la muerte en ríos con números de mármol

y coronas podridas, y aceites funerales:

me moriría por verte de noche

mirar pasar las cruces anegadas,

de pie llorando,

porque ante el río de la muerte lloras

abandonadamente, heridamente,

lloras llorando, con los ojos llenos

de lágrimas, de lágrimas, de lágrimas.

Si pudiera de noche, perdidamente solo,

acumular olvido y sombra y humo

sobre ferrocarriles y vapores,

con un embudo negro,

mordiendo las cenizas,

lo haría por el árbol en que creces,

por los nidos de aguas doradas que reúnes,

y por la enredadera que te cubre los huesos

comunicándote el secreto de la noche.

Ciudades con olor a cebolla mojada

esperan que tú pases cantando roncamente,

y silenciosos barcos de esperma te persiguen,

y golondrinas verdes hacen nido en tu pelo,

y además caracoles y semanas,

mástiles enrollados y cerezas

definitivamente circulan cuando asoman

tu pálida cabeza de quince ojos

y tu boca de sangre sumergida.

Si pudiera llenar de hollín las alcaldías

y, sollozando, derribar relojes,

sería para ver cuándo a tu casa

llega el verano con los labios rotos,

llegan muchas personas de traje agonizante,

llegan regiones de triste esplendor,

llegan arados muertos y amapolas,

llegan enterradores y jinetes,

llegan planetas y mapas con sangre,

llegan buzos cubiertos de ceniza,

llegan enmascarados arrastrando doncellas

atravesadas por grandes cuchillos,

llegan raíces, venas, hospitales,

manantiales, hormigas,

llega la noche con la cama en donde

muere entre las arañas un húsar solitario,

llega una rosa de odio y alfileres,

llega una embarcación amarillenta,

llega un día de viento con un niño,

llego yo con Oliverio, Norah

Vicente Aleixandre, Delia,

Maruca, Malva Marina, María Luisa y Larco,

la Rubia, Rafael Ugarte,

Cotapos, Rafael Alberti,

Carlos, Bebé, Manolo Altolaguirre,

Molinari,

Rosales, Concha Méndez,

y otros que se me olvidan.

Ven a que te corone, joven de la salud

y de la mariposa, joven puro

como un negro relámpago perpetuamente libre,

y conversando entre nosotros,

ahora, cuando no queda nadie entre las rocas,

hablemos sencillamente como eres tú y soy yo:

para qué sirven los versos si no es para el rocío?

Para qué sirven los versos si no es para esa noche

en que un puñal amargo nos averigua, para ese día,

para ese crepúsculo, para ese rincón roto

donde el golpeado corazón del hombre se dispone a

morir?

Sobre todo de noche,

de noche hay muchas estrellas,

todas dentro de un río

como una cinta junto a las ventanas

de las casas llenas de pobres gentes.

Alguien se les ha muerto, tal vez

han perdido sus colocaciones en las oficinas,

en los hospitales, en los ascensores,

en las minas,

sufren los seres tercamente heridos

y hay propósito y llanto en todas partes:

mientras las estrellas corren dentro de un río

interminable

hay mucho llanto en las ventanas,

los umbrales están gastados por el llanto,

las alcobas están mojadas por el llanto

que llega en forma de ola a morder las alfombras.

Federico,

tú ves el mundo, las calles,

el vinagre,

las despedidas en las estaciones

cuando el humo levanta sus ruedas decisivas

hacia donde no hay nada sino algunas

separaciones, piedras, vías férreas.

Hay tantas gentes haciendo preguntas

por todas partes.

Hay el ciego sangriento, y el iracundo, y el

desanimado,

y el miserable, el árbol de las uñas,

el bandolero con la envidia a cuestas.

Así es la vida, Federico, aquí tienes

las cosas que te puede ofrecer mi amistad

de melancólico varón varonil.

Ya sabes por ti mismo muchas cosas.

Y otras irás sabiendo lentamente


En 1936, empieza la guerra en España, y Neruda toma partido, en el Madrid bombardeado ─ lo cual hace que su gobierno le destituya del cargo de cónsul ─. Surgen ahora los poemas de España en el corazón, pertenecientes a su nuevo libro Tercera residencia, con un cambio completo de temática, que justifica en Explico algunas cosas:
Preguntaréis: Y dónde están las lilas?

Y la metafísica cubierta de amapolas?

Y la lluvia que a menudo golpeaba

sus palabras llenándolas

de agujeros y pájaros?

Os voy a contar todo lo que me pasa.

Yo vivía en un barrio

de Madrid, con campanas,

con relojes, con árboles.

Desde allí se veía

el rostro seco de Castilla

como un océano de cuero.

Mi casa era llamada

la casa de las flores, porque por todas partes

estallaban geranios: era

una bella casa

con perros y chiquillos.

Raúl, te

acuerdas?

Te acuerdas, Rafael?

Federico, te acuerdas

debajo de la tierra,

te acuerdas de mi casa con balcones en donde

la luz de junio ahogaba flores en tu boca?

Hermano,

hermano!

Todo

eran grandes voces, sal de mercaderías,

aglomeraciones de pan palpitante,

mercados de mi barrio de Argüelles con su

estatua

como un tintero pálido entre las merluzas:

el aceite llegaba a las cucharas,

un profundo latido

de pies y manos llenaba las calles,

metros, litros, esencia

aguda de la vida,

pescados hacinados,

contextura de techos con sol frío en el cual

la flecha se fatiga,

delirante marfil fino de las patatas,

tomates repetidos hasta el mar.

Y una mañana todo estaba ardiendo

y una mañana las hogueras

salían de la tierra

devorando seres,

y desde entonces fuego,

pólvora desde entonces,

y desde entonces sangre.

Bandidos con aviones y con moros,

bandidos con sortijas y duquesas,

bandidos con frailes negros bendiciendo

venían por el cielo a matar niños,

y por las calles la sangre de los niños

corría simplemente, como sangre de niños.

Chacales que el chacal rechazaría,

piedras que el cardo seco mordería escupiendo,

víboras que las víboras odiaran!

Frente a vosotros he visto la sangre

de España levantarse

para ahogaros en una sola ola

de orgullo y de cuchillos!

Generales

traidores:

mirad mi casa muerta,

mirad España rota:

pero de cada casa muerta sale metal ardiendo

en vez de flores,

pero de cada hueco de España

sale España,

pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos,

pero de cada crimen nacen balas

que os hallarán un día el sitio

del corazón.

Preguntaréis por qué su poesía

no nos habla del sueño, de las hojas,

de los grandes volcanes de su país natal?

Venid a ver la sangre por las calles,

venid a ver

la sangre por las calles,

venid a ver la sangre

por las calles!


En los poemas de España en el corazón hay ya la misma alternancia que se encuentra luego

en el Canto general, entre el insulto panfletario y la tensa elevación contemplativa; así en

Cómo era España:
Era España tirante y seca, diurno

tambor de son opaco,

llanura y nido de águilas, silencio

de azotada intemperie.

Cómo, hasta el llanto, hasta el alma

amo tu duro suelo, tu pan pobre...


La tercera parte del Canto general describe, en tono de ataque, a Los conquistadores españoles, alguna vez creando también sugestivos mitos o dando tonos positivos: descubridores de Chile, Ercilla, El corazón magallánico:
La luz vino a pesar de los puñales.
Alturas de Macchu Picchu.
ENTONCES en la escala de la tierra he subido

entre la atroz maraña de las selvas perdidas

hasta ti, Macchu Picchu.

Alta ciudad de piedras escalares,

por fin morada del que lo terrestre

no escondió en las dormidas vestiduras.

En ti, como dos líneas paralelas,

la cuna del relámpago y del hombre

se mecían en un viento de espinas.

Madre de piedra, espuma de los cóndores.

Alto arrecife de la aurora humana.

Pala perdida en la primera arena.

Ésta fue la morada, éste es el sitio:

aquí los anchos granos del maíz ascendieron

y bajaron de nuevo como granizo rojo.

Aquí la hebra dorada salió de la vicuña

a vestir los amores, los túmulos, las madres,

el rey, las oraciones, los guerreros.

Aquí los pies del hombre descansaron de noche

junto a los pies del águila, en las altas guaridas

carniceras, y en la aurora

pisaron con los pies del trueno la niebla enrarecida,

y tocaron las tierras y las piedras

hasta reconocerlas en la noche o la muerte.

Miro las vestiduras y las manos,

el vestigio del agua en la oquedad sonora,

la pared suavizada por el tacto de un rostro

que miró con mis ojos las lámparas terrestres,

que aceitó con mis manos las desaparecidas

maderas: porque todo, ropaje, piel, vasijas,

palabras, vino, panes,

se fue, cayó a la tierra.

Y el aire entró con dedos

de azahar sobre todos los dormidos:

mil años de aire, meses, semanas de aire,

de viento azul, de cordillera férrea,

que fueron como suaves huracanes de pasos

lustrando el solitario recinto de la piedra.

Veinte canciones de amor y una canción desesperada

Poema 5

Para que tú me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas.
Collar, cascabel ebrio
para tus manos suaves como las uvas.
Y las miro lejanas mis palabras.
Más que mías son tuyas.
Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.
Ellas trepan así por las paredes húmedas.
Eres tú la culpable de este juego sangriento.
Ellas están huyendo de mi guarida oscura.
Todo lo llenas tú, todo lo llenas.
Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,
y están acostumbradas más que tú a mi tristeza.
Ahora quiero que digan lo que quiero decirte
para que tú las oigas como quiero que me oigas.
El viento de la angustia aún las suele arrastrar.
Huracanes de sueños aún a veces las tumban
Escuchas otras voces en mi voz dolorida.
Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas.
Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme.
Sígueme, compañera, en esa ola de angustia.
Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.
Voy haciendo de todas un collar infinito
para tus blancas manos, suaves como las uvas.    

Poema 15

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.
Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía;
Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.
Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

Poema 20

 

 

 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,

y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.

La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.

Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.

Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.

La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.

Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.

Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.

Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.

Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.

Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,

mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,

y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

Odas elementales

ODA A LA CEBOLLA


Cebolla,
luminosa redoma,
pétalo a pétalo
se formó tu hermosura,
escamas de cristal te acrecentaron
y en el secreto de la tierra oscura
se redondeó tu vientre de rocío.
Bajo la tierra
fue el milagro
y cuando apareció
tu torpe tallo verde,
y nacieron
tus hojas como espadas en el huerto,
la tierra acumuló su poderío
mostrando tu desnuda transparencia,
y como en Afrodita el mar remoto
duplicó la magnolia
levantando sus senos,
la tierra
así te hizo,
cebolla,
clara como un planeta,
y destinada
a relucir,
constelación constante,
redonda rosa de agua,
sobre
la mesa
de las pobres gentes.

Generosa
deshaces
tu globo de frescura
en la consumación
ferviente de la olla,
y el jirón de cristal
al calor encendido del aceite
se transforma en rizada pluma de oro.

También recordaré cómo fecunda
tu influencia el amor de la ensalada,
y parece que el cielo contribuye
dándole fina forma de granizo
a celebrar tu claridad picada
sobre los hemisferios del tomate.
Pero al alcance
de las manos del pueblo,
regada con aceite,
espolvoreada
con un poco de sal,
matas el hambre
del jornalero en el duro camino.
Estrella de los pobres,
hada madrina
envuelta
en delicado
papel, sales del suelo,
eterna, intacta, pura
como semilla de astro,
y al cortarte
el cuchillo en la cocina
sube la única lágrima
sin pena.
Nos hiciste llorar sin afligirnos.
Yo cuanto existe celebré, cebolla,
pero para mí eres
más hermosa que un ave
de plumas cegadoras,
eres para mis ojos
globo celeste, copa de platino,
baile inmóvil
de anémona nevada
y vive la fragancia de la tierra
en tu naturaleza cristalina.

ODA AL CALDILLO DE CONGRIO

En el mar
tormentoso
de Chile
vive el rosado congrio,
gigante anguila
de nevada carne.
Y en las ollas
chilenas,
en la costa,
nació el caldillo
grávido y suculento,
provechoso.
Lleven a la cocina
el congrio desollado,
su piel manchada cede
como un guante
y al descubierto queda
entonces
el racimo del mar,
el congrio tierno
reluce
ya desnudo,
preparado
para nuestro apetito.
Ahora
recoges
ajos,
acaricia primero
ese marfil
precioso,
huele
su fragancia iracunda,
entonces
deja el ajo picado
caer con la cebolla
y el tomate
hasta que la cebolla
tenga color de oro.

Mientras tanto
se cuecen
con el vapor
los regios
camarones marinos
y cuando ya llegaron
a su punto,
cuando cuajó el sabor
en una salsa
formada por el jugo
del océano
y por el agua clara
que desprendió la luz de la cebolla,
entonces
que entre el congrio
y se sumerja en gloria,
que en la olla
se aceite,
se contraiga y se impregne.
Ya sólo es necesario
dejar en el manjar
caer la crema
como una rosa espesa,
y al fuego
lentamente
entregar el tesoro
hasta que en el caldillo
se calienten
las esencias de Chile,
y a la mesa
lleguen recién casados
los sabores
del mar y de la tierra
para que en ese plato
tú conozcas el cielo.

 

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