La literatura del siglo XVII. La poesía






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ANTOLOGÍA





Escoge antes el morir que exponerte

a los ultrajes de la vejez
Miró Celia una rosa que en el prado

ostentaba feliz la pompa vana

y con afeites de carmín y grana

bañaba alegre el rostro delicado;

y dijo: -Goza, sin temor del Hado 5

el curso breve de tu edad lozana,

pues no podrá la muerte de mañana

quitarte lo que hubieres hoy gozado;

y aunque llega la muerte presurosa

y tu fragante vida se te aleja, 10

no sientas el morir tan bella y moza:

mira que la experiencia te aconseja

que es fortuna morirte siendo hermosa

y no ver el ultraje de ser vieja.

Sor Juana Inés de la Cruz

Canción a las ruinas de Itálica

Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora

campos de soledad, mustio collado,

fueron un tiempo Itálica famosa.

Aquí de Chipiona la vencedora

colonia fue; por tierra derribado

yace el temido honor de la espantosa

muralla, y lastimosa

reliquia es solamente

de su invencible gente.

Sólo quedan memorias funerales

donde erraron ya sombras de alto ejemplo

este llano fue plaza, allí fue templo;

de todo apenas quedan las señales.

Del gimnasio y las termas regaladas

leves vuelas cenizas desdichadas;

las torres que desprecio al aire fueron

a su gran pesadumbre se rindieron.

Este despedazado anfiteatro,

impío honor de los dioses, cuya afrenta

publica el amarillo jaramago,

ya reducido a trágico teatro,

¡oh fábula del tiempo, representa

cuánta fue su grandeza y es su estrago!
¿Cómo en el cerco vago

de su desierta arena

el gran pueblo no suena?

¿Dónde, pues fieras hay, está, el desnudo

luchador? ¿Dónde está el atleta fuerte?

Todo desapareció, cambió la suerte

voces alegres en silencio mudo;

más aun el tiempo da en estos despojos

espectáculos fieros a los ojos,

y miran tan confusos lo presente,

que voces de dolor el alma siente […]
Rodrigo Caro
Epístola moral a Fabio
Fabio, las esperanzas cortesanas

prisiones son do el ambicioso muere

y donde al más astuto nacen canas.
El que no las limare o las rompiere,

ni el nombre de varón ha merecido,

ni subir al honor que pretendiere.
El ánimo plebeyo y abatido

elija, en sus intentos temeroso,

primero estar suspenso que caído;
que el corazón entero y generoso

al caso adverso inclinará la frente

antes que la rodilla al poderoso.
Más triunfos, más coronas dio al prudente

que supo retirarse, la fortuna,

que al que esperó obstinada y locamente.
Esta invasión terrible e importuna

de contrarios sucesos nos espera

desde el primer sollozo de la cuna.
Dejémosla pasar como a la fiera

corriente del gran Betis cuando airado

dilata hasta los montes su ribera.
Aquel entre los héroes es contado,

que el premio mereció, no quien le alcanza

por vanas consecuencias del estado.
Peculio propio es ya de la privanza

cuanto de Astrea fue, cuando regía

con su temida espada y su balanza.
El oro, la maldad, la tiranía

del inicuo procede y pasa al bueno.

¿Qué espera la virtud o qué confía?
Ven y reposa en el materno seno

de la antigua Romuela, cuyo clima

te será más humano y más sereno.
Adonde por lo menos, cuando oprima

nuestro cuerpo la tierra, dirá alguno:

«Blanda le sea», al derramarla encima;
donde no dejarás la mesa ayuno

cuando te falte en ella el pese raro

o cuando su pavón nos niegue Juno.
Busca, pues el sosiego dulce y caro,

como en la oscura noche del Egeo

busca el piloto el eminente faro;
que si acortas y ciñes tu deseo

dirás: «Lo que desprecio he conseguido,

que la opinión vulgar es devaneo».
Más precia el ruiseñor su pobre nido

de pluma y leves pajas, más sus quejas

en el bosque repuesto y escondido,
que agradar lisonjero las orejas

de algún príncipe insigne, aprisionado

en el metal de las doradas rejas.
Triste de aquel que vive destinado

a esa antigua colonia de los vicios,

augur de los semblantes del privado.
Andrés Fernández de Andrada

Con una risa entre los ojos bellos

bastante a serenar los accidentes

de los cuatro elementos diferentes,

cuando muestra el amor del alma en ellos;
con dulce lengua y labios, que por ellos

muestran los blancos y menudos dientes,

con palabras tan graves y prudentes,

que es gloria oírlas, si es descanso vellos;
con vivo ingenio y tono regalado,

con clara voz y pocas veces mucha,

con poco afecto y con serena calma;
con un descuido en el mayor cuidado

habla Lucinda. ¡Triste del que escucha

pues no le puede responder con alma!

Lope de Vega

Estos los sauces son y ésta la fuente,

los montes éstos y ésta la ribera

done vi de mi sol la vez primera

los bellos ojos, la serena frente.

Éste es el río humilde y la corriente,

y ésta la cuarta y verde primavera

que esmalta alegre el campo y reverbera

en el dorado Toro el sol ardiente.

Árboles, ya mudó su fe constante,

Mas, ¡oh gran desvarío!, que este llano,

entonces monte le dejé sin duda.

Luego no será justo que me espante,

que mude parecer el pecho humano,

pasando el tiempo que los montes muda.

Lope de Vega

A una calavera
Esta cabeza, cuando viva, tuvo

sobre la arquitectura destos huesos

carne y cabellos, por quien fueron presos

los ojos que mirándola detuvo.
Aquí la rosa de la boca estuvo,

marchita ya con tan helados besos,

aquí los ojos de esmeralda impresos,

color que tantas almas entretuvo.
Aquí la estimativa en que tenía

el principio de todo el movimiento,

aquí de las potencias la armonía.
¡Oh hermosura mortal, cometa al viento!,

¿dónde tan alta presunción vivía,

desprecian los gusanos aposento?

Lope de Vega

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,

que a mi puerta, cubierto de rocío,

pasas las noches del invierno oscuras?
¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,

pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,

si de mi ingratitud el hielo frío

secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el ángel me decía:

«Alma, asómate ahora a la ventana,

verás con cuánto amor llamar porfía»!
¡Y cuántas, hermosura soberana,

«Mañana le abriremos», respondía,

para lo mismo responder mañana!
(Rimas sacras) Lope de Vega
Conjura a un culto, y hablan los dos de medio soneto abajo
-Conjúrote, demonio culterano,

que salgas deste mozo miserable

que apenas sabe hablar, ¡caso notable!,

y ya presume de Anfïón tebano.
Por la lira de Apolo soberano

te conjuro, cultero inexorable,

que le des libertad para que hable

en su nativo idioma castellano.
-¿Por qué me torques bárbara tan mente?

¿Qué cultiborra y brindalín tabaco

caractiquizan toda intonsa frente?
-Habla cristiano, perro. -Soy polaco.

-Tenedle, que se va. -No me ates, tente,

suéltame. -Aquí de Apolo. -Aquí de Baco.

Lope de Vega
A mis soledades voy,

de mis soledades vengo,

porque para andar conmigo

me bastan mis pensamientos.
¡No sé qué tiene la aldea

donde vivo y donde muero,

que con venir de mí mismo

no puedo venir más lejos!
Ni estoy bien ni mal conmigo;

mas dice mi entendimiento

que un hombre que todo es alma

está cautivo en su cuerpo.
Entiendo lo que me basta,

y solamente no entiendo

cómo se sufre a sí mismo

un ignorante soberbio.
De cuantas cosas me cansan,

fácilmente me defiendo;

pero no puedo guardarme

de los peligros de un necio.
El dirá que yo lo soy,

pero con falso argumento,

que humildad y necedad

no caben en un sujeto.
La diferencia conozco,

porque en él y en mí contemplo,

su locura en su arrogancia,

mi humildad en su desprecio.
O sabe naturaleza

más que supo en otro tiempo,

o tantos que nacen sabios

es porque lo dicen ellos.
Sólo sé que no sé nada,

dijo un filósofo, haciendo

la cuenta con su humildad,

adonde lo más es menos.
No me precio de entendido,

de desdichado me precio,

que los que no son dichosos,

¿cómo pueden ser discretos?
No puede durar el mundo,

porque dicen, y lo creo,

que suena a vidrio quebrado

y que ha de romperse presto.
Señales son del jüicio

ver que todos le perdemos,

unos por carta de más

otros por cartas de menos.
Dijeron que antiguamente

se fue la verdad al cielo;

tal la pusieron los hombres

que desde entonces no ha vuelto.
En dos edades vivimos

los propios y los ajenos:

la de plata los extraños

y la de cobre los nuestros.
¿A quién no dará cuidado,

si es español verdadero,

ver los hombres a lo antiguo

y el valor a lo moderno?
Dijo Dios que comería

su pan el hombre primero

con el sudor de su cara

por quebrar su mandamiento,
y algunos inobedientes

a la vergüenza y al miedo,

con las prendas de su honor

han trocado los efectos.
Virtud y filosofía

peregrina como ciegos;

el uno se lleva al otro,

llorando van y pidiendo.
Dos polos tiene la tierra,

universal movimiento;

la mejor vida el favor,

la mejor sangre el dinero.
Oigo tañer las campanas,

y no me espanto, aunque puedo,

que en lugar de tantas cruces

haya tantos hombres muertos.
Mirando estoy los sepulcros

cuyos mármoles eternos

están diciendo sin lengua

que no lo fueron sus dueños.
¡Oh, bien haya quien los hizo,

porque solamente en ellos

de los poderosos grandes

se vengaron los pequeños!
Fea pintan a la envidia,

yo confieso que la tengo

de unos hombres que no saben

quién vive pared en medio.
Sin libros y sin papeles,

sin tratos, cuentas ni cuentos,

cuando quieren escribir

piden prestado el tintero.
Sin ser pobres ni ser ricos,

tienen chimenea y huerto;

no los despiertan cuidados,

ni pretensiones, ni pleitos.
Ni murmuraron del grande,

ni ofendieron al pequeño;

nunca, como yo, afirmaron

parabién, ni pascua dieron.
Con esta envidia que digo

y lo que paso en silencio,

a mis soledades voy,

de mis soledades vengo.

Lope de Vega


En los pinares de Xúcar

vi bailar unas serranas

al son del agua en las piedras

y al son del viento en las ramas;

5 no es blanco coro de ninfas

de las que aposenta el agua,

o las que venera el bosque

seguidoras de Dïana:

serranas eran, de Cuenca,

10 honor de aquella montaña

cuyo pie besan dos ríos

por besar de ellas las plantas;

alegres corros tejían,

dándose las manos blancas,

15 de amistad, quizá temiendo

no la truequen las mudanzas.

¡Qué bien bailan las serranas!

¡Qué bien bailan!

El cabello en crespos nudos

20 luz da al sol, oro a la Arabia,

cuál de flores impedido,

cuál, de cordones de plata.

Del color visten, del cielo,

si no son de la esperanza,

25 palmillas que menosprecian

al zafiro y la esmeralda.

El pie, cuando lo permite

la brújula de la falda,

lazos calza, y mirar deja

30 pedazos de nieve y nácar.

Ellas, en su movimiento,

honestamente levantan

el cristal de la columna

sobre la pequeña basa.

35 ¡Qué bien bailan las serranas!

¡Qué bien bailan!

Una, entre los blancos dedos

hiriendo negras pizarras,

instrumento de marfil

40 que las Musas lo invidiaran,

las aves enmudeció

y enfrenó el curso del agua;

no se movieron las hojas

por no impedir lo que canta:

45 Serranas de Cuenca

iban al pinar,

unas, por piñones,

y otras, por bailar.

Bailando, y partiendo,

50 las serranas bellas,

un piñón con otro,

si ya no es con perlas,

de Amor las saetas

huelgan de trocar,

55 unas, por piñones,

y otras, por bailar.

Entre rama y rama,

cuando el ciego dios

pide al sol los ojos

60 por verlas mejor,

los ojos del sol

las veréis pisar,

unas, por piñones,

y otras, por bailar.
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